sábado, 19 de enero de 2019

DIARIO DE ARTEMISA: SÁBADO, 19 DE ENERO DE 2019


Sábado, 19 de enero de 2019

Hoy apetece salir a la calle menos que nunca. Hace mucho frío y está lloviendo bastante. La lluvia ha vuelto húmedo el frío y éste se mete en los huesos enseguida, por eso hemos pasado toda la mañana en casa, junto al fuego o haciendo otras cosas. Además, estamos solas en casa desde media mañana porque Anxiños está con Iria, la madre de Lúa, ya que no se encuentra bien. El jueves Damián la llevó al hospital de Ourense porque se sentía muy mareada y ahora está con vértigos, casi sin poder moverse ni comer. Pobrecita. Encontrarse tan mal físicamente la ha derrumbado anímicamente. Ayer fuimos a verla por la noche y nos dijo que ojalá esto que le ocurre fuese el preludio de su muerte. Nos confesó que estaba deseando irse de la vida, que no le apetecía seguir luchando ya más, que ha luchado mucho a lo largo de su vida para mantenerse bien y sobre todo siente que se esfuerza por vivir desde que Lúa murió. Nos dijo que ansiaba morir para poder ir junto a su hija, que sabía que tenía que abrazarla la muerte sin que ella tuviese que hacer nada para poder llegar junto a su hija, que sólo le quedaba esperar el fin de su existencia. Agnes no pudo evitar ponerse a llorar cuando oyó lo que Iria decía y yo tuve que esforzarme por no arrancar a llorar porque estaban afectándome mucho las palabras de Iria, sobre todo porque la entendía perfectamente. Sé lo que se siente cuando el alma se nos llena de ese desaliento que desvanece nuestra fuerza vital y que nos quita las ganas de seguir luchando por nuestra vida. Además, debe de ser horrible perder a una hija, a alguien que creció en tu ser y por quien lo habrías dado todo. Iria no ha superado aún la muerte de Lúa y todos estamos convencidos de que no la superará jamás, que, mientras su vida dure, existirá llevando en el alma una tristeza que nunca desaparecerá. Iria tiene ya setenta años y está mucho más envejecida que Anxiños, que tiene sesenta y dos y parece mucho más joven que cualquiera de las mujeres mayores que viven en la aldea. Ayer, Iria nos dijo que no podía vivir sabiendo que Lúa no respiraba, que se le destrozaba el alma cada vez que se acordaba de que su hija no estaba viva y que le costaba mucho encontrarle el sentido a seguir viviendo si no podía hablar con ella. La quiso muchísimo, la quiere todavía mucho, y nos confesó que, cuando supo que su hija sufría una enfermedad rara que no tenía cura, pensó en darle su propio corazón si así conseguía que su hija pudiese envejecer y vivir todo el tiempo que esa enfermedad le arrebataría; pero ni siquiera un trasplante habría salvado a Lúa.

Siento que este fin de semana la aldea está llena de tristeza. La lluvia ha vuelto mucho más nostálgico y solitario este rinconcito del mundo y también ha llenado de soledad las calles. No obstante, a mí me parece que está mucho más bello que nunca. Este cielo plomizo que lo cubre todo hace refulgir el color marrón de la tierra y de los troncos de los árboles, hace que brille más la nieve que se puede distinguir a lo lejos, tan lejos que parece imposible que podamos observar esas cumbres nevadas. El río se ha vuelto más quedo y parece que no discurra entre las rocas áridas que forman su orilla. La hierba se ha mezclado con la tierra que duerme en los márgenes del Miño y de todos lados brota un intensísimo y precioso aroma a tierra mojada que da la vida, que abre y limpia los pulmones y revitaliza; mas todo está en silencio. Sólo se oye la lluvia chocándose con la callada voz del bosque. Las calles están más resbaladizas que nunca y, aunque me encantaría ver llover en el bosque, prefiero permanecer escribiendo junto al fuego. Me siento muy tranquila y a la vez ansiosa porque quiero contar muchas cosas y no sé cuál explicar primero. Quiero hablar de mi vida, pero también de Agnes y de mi hermana.

Agnes parece contagiada por la tristeza que este fin de semana mora en la aldea. Todos parecen afectados por algo, pero nadie responde con sinceridad a la pregunta de: “¿te ocurre algo?” Agnes y su madre parecen cortadas por la misma tijera porque ninguna de las dos responde con claridad cuando se les formula esa pregunta. Esta mañana, oí conversar a Agnes y a su madre mientras me duchaba. Anxiños le confesaba a su hija que no entendía por qué renunciaba a prepararse unas oposiciones, no entendía por qué se había rendido tan pronto y que le gustaría que fuese funcionaria porque así tendría una vida más relajada y no tendría que estar dependiendo de nadie para trabajar (eso no es muy verdad, pero Anxiños ve las cosas así de sencillas). Agnes le decía que en estos momentos no se sentía capaz de estudiar unos temas tan complicados y que no necesitaba ser funcionaria porque le gustaba mucho el trabajo de la cafetería. Su madre la contradecía diciéndole que el trabajo de la cafetería no era seguro, que en cualquier momento este negocio podía ir mal y que, si Silvia cerraba la cafetería, tanto ella como yo nos quedaríamos sin trabajo. También le alegaba que confiaba mucho en ella, que sabía que era muy inteligente y que esos temas no eran nada para ella, que sólo tenía que ponerle fuerza de voluntad. Anxiños le repitió a su hija muchas veces que ella siempre fue muy inteligente, que estaba segura de que no era tan difícil como pensaba y que enseguida podría aprender todo eso que necesitaba saber para tener un trabajo estable para el resto de su vida; pero Anxiños no ha conseguido convencer a Agnes y realmente lo lamento mucho. Lo último que Agnes le dijo fue que, por el momento, no se prepararía esas oposiciones porque no hay plaza en Galicia de eso y entonces su madre la animó a que se presentase a otras, pero Agnes la calló diciendo que, para presentarse a la mayor parte de las oposiciones, había que tener una carrera universitaria y que ella sólo tenía hasta la selectividad. Entonces se acabó la conversación. Creo que Anxiños está afectada por la enfermedad de Iria, que realmente parece muy grave; pero, como suele ocurrir, nadie quiere ponerle nombre a lo que le sucede a Iria. Agnes ni lo sabe y Anxiños, aunque fuese la única persona que quedase en el mundo conociendo lo que está aconteciendo, jamás abriría la boca. Yo no entiendo por qué la gente de aquí de la aldea es tan reservada, pero yo soy la menos indicada para criticar a alguien que no confiesa la verdad. Yo también he actuado así muchas veces, sobre todo últimamente. He mentido a Agnes deliberadamente sobre la excedencia que supuestamente me había pedido para poder venir a vivir a Galicia. Nunca existió tal excedencia porque todavía no llevaba trabajados los años que se precisan para poder pedirla. Tampoco podía pedir un traslado porque no había convocado ningún concurso y tampoco llevaba trabajados dos años, pero fue muy fácil engañar a Agnes y eso me sabe muy mal, la verdad, porque ella siempre me creyó sin preguntarse nada, sin sospechar nada.

Sigo pensando que no me arrepiento nada de haber renunciado a mi plaza. No cambiaría por nada la vida que tengo ahora aquí en Ourense con Agnes. Tengo a Agnes conmigo como jamás la tuve antes y no sería capaz de cambiar nada ahora porque estamos tan bien que cualquier cambio apagaría la intensa luz que ilumina nuestra vida; mas tengo la sensación de que esta vida también es muy frágil. No es frágil lo que tenemos. Nuestro trabajo y nuestra vida en Ourense en general es firme y la siento fuerte. La sensación que tengo es que puede ocurrir cualquier cosa dolorosa que haga temblar la estabilidad anímica de Agnes. Sin querer, presiento que va a suceder algo triste. No sé si tiene que ver con la madre de Lúa o con Agnes en sí, pero va a pasar algo. Es como si todos me avisasen de ello con el silencio que les llena la mirada, es como si me lo dijesen a través de las silentes palabras que no se dicen. Y me da la impresión de que todos conocen lo que va a ocurrir o lo que ya está ocurriendo porque se miran de una manera que sólo ellos pueden entender. Anoche, cuando Anxiños, Damián, Agnes, Xiña y yo salimos de la casa de Iria, justo después de cenar, se miraron todos en silencio. Fue una mirada que duró apenas unos segundos, pero pareció alargarse en el tiempo y en el espacio. Sentí que esa mirada que los unía y los comunicaban los envolvía a todos en un halo de complicidad y entendimiento que me excluía delicadamente. Yo era la única que no comprendía el lenguaje de sus miradas, pero no me ofendió en absoluto. Los observé desde fuera, desde fuera de ese halo de complicidad que los unía tanto, y tuve la sensación de que no necesitaban decirse nada, que se entendían mucho mejor con esa mirada que con cualquier palabra. Después, a todos se les llenaron los ojos de una tristeza silenciosa que les impidió hablar hasta que nos dimos todos las buenas noches antes de entrar en nuestras respectivas casas. Cuando Agnes y yo nos hallamos en nuestro cuarto, no fui capaz de preguntarle qué ocurría porque tampoco sabía qué tenía que preguntar. Agnes parecía abatida, tristísima, pero, estando junto a mí, se sentía la persona más feliz del mundo. Yo creía que se dormiría enseguida entre mis brazos, pero no ocurrió así. Estuvimos hablando y compartiendo todo nuestro ser hasta casi las doce de la noche, disfrutando de esa profunda intimidad que nos protegía, que protegía todas nuestras caricias, nuestros besos, nuestras palabras de amor y de ternura. Incluso cuando Agnes parece tan triste me hace la mujer más feliz del mundo.

Y es que no puede negarme que está un poco triste, y de hecho no me lo niega ni me lo esconde. Sin embargo, esa tristeza no le impide ser feliz ni le quita la energía que necesita para enfrentar cada nuevo día con tanta ilusión y ganas. Trabaja con mucha energía y ánimo, sin cansancio, sin acobardarse ante la inmensa cantidad de trabajo que se nos puede llegar a acumular. Anxiños me dijo ayer que ésa era la manera de ser de Agnes, que Agnes siempre fue muy trabajadora, que, cuando era niña, era la que menos se cansaba trabajando la tierra, que tenía mucha fuerza y energía, que era la primera en levantarse para ir a las vendimias cuando era época de vendimiar (o a la siega cuando era el tiempo de “seitura”, como lo llaman aquí) y la primera en acostarse cuando el día de vendimia terminaba para poder descansar y estar recargada para el día siguiente, que se levantaba muy temprano, almorzaba corriendo, se preparaba la comida para ese día y se marchaba aún cuando ni siquiera la noche se había dado cuenta de que le quedaba cada vez menos tiempo de vida. El amanecer la sorprendía ya en los campos, reuniéndose con las demás personas que trabajarían junto a ella. Los vecinos de esta aldea y de las demás de esta parroquia no podían dar crédito a que una niña tan menuda y delgada tuviese tanta fuerza de voluntad y fuese tan trabajadora e inagotable. Muchos llegaron a pensar que estaba hechizada por algún espíritu y sobre todo (esto me lo confesó Anxiños con un hilo de voz) muchos creían que Agnes era una meiga. Muchos pensaban que no era humana del todo, pero nadie se atrevía a decir esas palabras en voz alta. Como siempre, lo comentaban en silencio, a través de miradas que expresaban mucho más que cualquier palabra. Agnes conocía perfectamente lo que la gente pensaba de ella, pero no le importaba. Empezó a importarle cuando la arrancaron de su tierra, cuando comenzó a creer que su madre había querido deshacerse de ella enviándola a ese hospital terrible donde quisieron abatirla y destruirla. Agnes sólo pudo empezar a sentir rencor por todo lo que había vivido, pero porque le dolía tanto recordar su tierra que no podía soportarlo y esa profundísima tristeza fue convirtiéndose en rencor y resentimiento hacia todas las personas que la habían visto crecer y que no habían hecho nada para impedir que su madre la alejase de su hogar, del único lugar del mundo en el que ella podía ser ella misma, donde podía ser feliz.

Ayer pensé, sintiendo un profundo escalofrío: “cuánto daño le hemos hecho a Agnes, hemos sido todos los que la conocemos los que le hemos destrozado el alma”. Agnes me dice que no tiene sentido que me sienta culpable por todo lo que ella ha llegado a sufrir, pero sí me siento culpable por haberla obligado a vivir tan lejos de su tierra durante tanto tiempo, sabiendo perfectamente que ella estaba enferma porque no se encontraba en Galicia, sabiendo que regresar a este lugar era lo único que podía curarla. Siempre creí que podía ser feliz en cualquier parte mientras estuviésemos juntas, que con el tiempo su enfermedad iría atenuándose si teníamos una vida sencilla, pero estuve muy equivocada.

Agnes me ha confesado muchas veces que es inmensamente feliz, que ya no la inquieta nada, pero que ser tan feliz aquí no significa que nunca más vaya a estar triste, que la vida nunca puede carecer de momentos tristes y que es imposible que nada pueda desanimarla pese a vivir en Ourense, que vivir aquí no la aleja para siempre de las cosas tristes.

El jueves, aprovechando que venía a Ourense, Iria le entregó a Agnes una gran cantidad de escritos de Lúa. Le dijo que quería que los tuviese ella. Agnes permaneció leyendo esos escritos durante toda la tarde, pero apenas pudo leerse tres hojas. Le afectó muchísimo descubrir lo mal que lo pasó Lúa cuando estaba yo todavía aquí en Galicia a finales de agosto. A mí también me impactó muchísimo saber que Lúa se encontraba muy mal ese día en el que nos llevó a León y conocer que ella había llorado tanto aquel día porque sentía que su muerte estaba cada vez más cerca. Me sabe muy mal por ella, la verdad. Lamento mucho que lo pasase tan mal, pero yo no he llorado por ella. En cambio, Agnes lloró muchísimo el jueves en cuanto descubrió los verdaderos sentimientos de Lúa, cuando supo por qué ella había comenzado a comportarse así con ella, con tanto dolor e impotencia, cuando leyó lo mal que lo pasó cuando permaneció una noche entera en el hospital. Me preguntó muchas veces a mí por qué nunca se lo había dicho a nadie, por qué no pidió ayuda, por qué quiso vivir todo eso sola. Yo puedo llegar a imaginarme lo que Lúa sintió esos días, pero lo que yo pueda experimentar no se asemeja en absoluto a lo que Agnes siente. Tengo la impresión de que Agnes puede conectarse profundamente con el alma de Lúa y puede llegar a experimentar esas fuertes emociones que a Lúa le llenaron el alma con tanta potencia. Y puede ser que entre ellas sí hubiese otro vínculo muy poderoso que ni siquiera la muerte ha podido quebrar. No me molesta ni me ofende que Agnes llore todavía así por Lúa. Sé que superar la muerte de un ser querido es algo muy complicado. Tampoco tengo miedo por la salud mental de Agnes porque la tristeza que siente no es destructiva. Es como un río que va fluyendo entre rocas, entre árboles, con un caudal poderoso que, sin embargo, no arrastra todo lo que se encuentra a su paso, como sí ocurría con la tristeza que atacaba a Agnes cuando su enfermedad aún gritaba con fuerza. Aquella tristeza la deshacía físicamente, le impedía tener energía para vivir y cada nuevo despertar era una tortura para ella. Sólo se serenaba cuando se hallaba entre mis brazos, protegida por nuestro amor; pero, cuando tenía que enfrentarse al mundo, cuando tenía que ir a trabajar o simplemente salir de casa para realizar cualquier gestión o para quedar con alguien, parecía como si el mundo se le cayese encima y se volvía pequeña como un granito de arena amenazado por un inmenso tsunami. Y cómo lloraba. Recuerdo muchos momentos estremecedores en los que llegué a pensar que tendría que dormirla empleando algún método artificial para conseguir que se calmase. Recuerdo, por ejemplo, cuando aquel octubre hubo tantos incendios en Galicia, que lloraba y lloraba suplicándole desesperadamente a la Diosa que, por favor, ayudase a su tierra, cuando se desvivió por celebrar decenas de rituales para atraer la lluvia y para intentar enviarle energía curativa a su tierra. En esos momentos, pensé que, si alguien le hubiese dicho que dando la vida por Galicia conseguiría que nunca más hubiese incendios y que todo volviese a ser como antes, Agnes habría dado la vida por su tierra sin pensárselo dos veces. Esta mañana precisamente me ha dicho que lo único que puede enloquecerla otra vez es que le ocurra algo similar a su tierra o a que a mí también me pueda suceder algo malo. Me ha dicho que, si a mí me ocurre algo, ella no podría superarlo, que el dolor la destruiría. Oírla decirme eso me ha hecho tener ganas de llorar. No sé por qué esta mañana hemos mantenido conversaciones tan tristes nada más despertarnos, pero hay un ambiente en la aldea que incita a hablar de las cosas más profundas y transcendentales de la vida. Agnes me ha confesado esta mañana que se ha despertado preguntándose de dónde salió toda la Tierra, pensando en que lo único que había antes de que existiesen los humanos sedentarios era naturaleza, que todo lo que fue creado por la misma naturaleza es hermoso y, en cambio, la mayor parte de lo que hemos hecho los humanos es horrible, sobre todo porque lo hemos construido sin pensar en la naturaleza, sin valorar que estábamos dejando sin vida a millones de seres pequeños que vivían tranquilamente antes de que a esas personas se les ocurriese construir una carretera, un edificio, un poblado entero, llevándose por delante árboles, hierba, flores, ríos… Me ha preguntado entonces si creo que todo eso de verdad nació de la evolución como creen los científicos o si de veras hay detrás de todo esto un espíritu creador. Me ha sorprendido muchísimo que me hiciese esa pregunta porque Agnes siempre ha tenido tanta fe como yo, pero esta mañana he descubierto que apenas le queda fe en el alma. No ha dejado de creer en la Diosa, pero me ha dicho que muchas veces se ha preguntado si es real todo lo que siempre creyó o simplemente es una invención de nuestra alma, anhelante de encontrar las respuestas más mágicas al porqué de nuestra existencia. Me ha dicho también que, si es verdad que detrás de todo esto hay un espíritu creador, no entiende por qué creó a los seres humanos sabiendo perfectamente que nosotros destrozaríamos su planeta, su más bella creación. Yo ni sabía qué decirle cuando me hacía esas preguntas, y no porque fuesen las ocho y media de la mañana, sino porque hace mucho tiempo que no me preguntaba algo así. Lo único que he podido hacer ha sido preguntarle por qué decía todo eso. Entonces me ha confesado que tiene dudas, que le ha costado mucho mantener viva su fe últimamente. Entonces yo le he cuestionado cómo es posible que diga eso después de conseguir por fin la vida que tanto anheló vivir aquí en Galicia y entonces me ha dicho que esta vida no se la ha dado la Diosa, sino Lúa, que fue Lúa quien la ayudó de verdad a comenzar aquí una nueva vida. Ha sido una conversación muy larga y profunda que me ocuparía más de diez hojas si quisiese transcribirla toda porque ha durado mucho, un tema nos llevaba a otro y hemos estado por lo menos una hora hablando de muchas cosas, cada una más profunda que la anterior. Al final Agnes me ha dicho que a veces se siente perdida, pero que eso no la deprime ni nada, que es normal dudar de vez en cuando, pero yo dudo mucho de que pierda totalmente su fe. Es imposible que pierda por completo la fe. Me ha confesado también que extraña cómo era ella cuando vivía en la cabaña. Yo le he dicho que, en esa época, estuvo enferma casi siempre y ella me lo ha negado. Me ha contado que, mucho antes de que yo apareciese, ella vivía feliz, aunque también me ha reconocido que esa felicidad y esa estabilidad tampoco eran naturales, sino que las creaba su propia enfermedad, y ella siempre fue consciente de ello; mas me ha dicho que añora la fe que tenía en aquel entonces y la inmensa energía que la despertaba todos los días con ganas de trabajar la tierra. Sin embargo, yo creo que Agnes no ha perdido aún esa energía que tanto extraña. Si ella se viese desde fuera, se daría cuenta de que todo su ser desprende energía e irradia positivismo, aunque esté triste, aunque tenga los ojos llenos de nostalgia. Incluso tengo que reconocer que me parece muy hermosa la forma como ahora ella se entristece. Es una tristeza que no la destruye y que la incita a permanecer tranquila en su mundo, contemplativa y serena, inspirada y profundamente concentrada en la lectura o la escritura. Yo respeto que esté triste de vez en cuando e incluso lo encuentro natural y lógico que de vez en cuando pase momentos de pura tristeza en los que sólo le apetece llorar por las cosas que le afectan. A mí también me ocurre. Hay días en los que siento que desciendo anímicamente como si de veras mi alma estuviese resbalando por una cuesta hecha de hierba húmeda y de repente sólo ansío estar sola para llorar, llorar por cualquier cosa. A lo mejor son recuerdos los que me hacen tener ganas de llorar. Hay veces en las que, sin darnos cuenta, las cosas que van ocurriendo a nuestro alrededor van despertando en nosotros recuerdos de momentos que nos duele rememorar y de súbito todo eso se nos acumula en el alma y necesitamos desahogarnos para poder estar fuertes otra vez. Dejarse llevar por el llanto muchas veces puede renovarnos la energía y además nos limpia el alma.

Sé que lo que vivieron Agnes y Lúa es algo muy intenso, fue algo impresionante que las unió para siempre y Agnes nunca podrá olvidar todo lo que compartió con ella. Hay muchas canciones que le recuerdan a esos momentos y es comprensible que se emocione cuando escucha alguna de esas canciones. Yo también me emociono cuando escucho alguna canción que me trae a la mente algunos de los momentos que Agnes y yo vivimos allí en Barcelona, porque hay muchas canciones que fueron la banda sonora de esos meses.

Me gustaría escribir sobre tantas cosas… pero siento que se me termina el tiempo. Es por la tarde, hace poco que comimos y no ha dejado de llover. Anxiños ha venido hace poco de la casa de Iria y nos ha dicho que Iria está muy maliña, que tendrán que llevarla al hospital porque tiene unos mareos muy fuertes y que ya ha perdido la consciencia en muchas ocasiones. No puede comer y casi no habla ya y no saben qué hacer. Agnes se ha puesto pálida al escuchar las palabras de su madre. Dicen que la llevarán al hospital en cuanto Damián vuelva, que está a punto de llegar a la aldea. Ha ido a pasar el día en Lugo.

A propósito de Gabriel, el hijo de Damián, tengo que contar que mi hermana ya me ha dicho varias veces que, desde que ella regresó a Barcelona, hablan todos los días por whatsapp y también por teléfono, que se lo cuentan prácticamente todo, que cada vez se conocen mejor y que se llevan muy bien. Noto que a mi hermana le da vergüenza hablarme de estas cosas, pero yo la conozco muy bien y sé qué piensa, a pesar de que se mantenga en silencio. No quiere reconocerme que Gabriel cada vez le gusta más porque tiene miedo a que yo le diga esas cosas que ella no quiere escuchar. Me ha explicado que en marzo posiblemente él vaya a Barcelona para verla, que antes no puede porque tiene mucho trabajo. Yo creo que entre ellos hay algo, pero mi hermana no quiere contármelo porque sabe perfectamente lo que le diría si me lo confesase. Agnes también lo piensa. Me alegro mucho por mi hermana, la verdad, porque sé que Gabriel es un hombre leal, es muy buena persona y me gustaría mucho que mi hermana y él estuviesen juntos. Agnes me ha contado que su exmujer lo dejó por otro. Menos mal que no tenían hijos porque entonces todo habría sido muy complicado.

Y, por lo que a mí respecta, tengo que decir que ahora me encuentro mejor físicamente. Ya no me mareo apenas y cada vez me siento más fuerte. No obstante, sigo sin tener apetito y me cuesta mucho comer, a pesar de que, cuando lo hago, disfruto de veras de la comida porque aquí todo está buenísimo, pero enseguida me siento saciada y muchas veces la comida ni me sienta bien; pero sé que cada vez estaré mejor. Agnes, además, está ayudándome haciéndome sesiones de Reiki y otras terapias con minerales que me van muy bien, la verdad. Tiene tanto poder en las manos y en el alma que no puede imaginar cuán bien me siento cuando está así conmigo. Enseguida noto el influjo de su poderosa energía y, si algo me duele o me preocupa, en cuanto ella me toca con sus manos o se dedica tan profundamente a mí, percibo que poco a poco me envuelve una nube de algodón que me protege de todo. El tiempo se desvanece y sólo siento las vibraciones que manan de sus manos, de su piel, de su presencia.

Además, me gusta mucho trabajar en la cafetería. No obstante, tengo que reconocer que ése no es el trabajo de mi vida, pero sí es el que, por el momento, puede ayudarnos a seguir adelante y no me desagrada para nada. También es cierto que muchas veces me siento ignorante junto a Agnes, quien no duda ni un momento de lo que hay que hacer. Agnes está enseñándome mucho y me hace sentir segura enseguida cuando nota que yo dudo de cómo tengo que llevar a cabo alguna tarea que nunca hice antes. Sé que no es el trabajo de mi vida porque todavía noto latir por dentro de mí mi vocación de maestra. Por las tardes, siempre viene a las cuatro y algo un niño con su madre que siempre empieza a hacer los deberes en la cafetería y muchas veces no he podido evitar ayudarlo en cuanto me daba cuenta de que se sentía perdido con algún ejercicio de lengua, de matemáticas o de ciencias. Incluso, cuando ya eran las cinco y Silvia había venido para relevarme, me he sentado junto a él y lo he ayudado a entender esas cosas que se sentía incapaz de comprender. La madre es muy agradecida y me pregunta si quiere recibir algo a cambio de darle esas pequeñas clases a su hijo. Yo le digo que de ninguna manera le cobraría nunca por ayudarlo, que lo hago porque me sale del corazón, no porque quiera obtener algún beneficio. Creo que ya hemos tomado por costumbre hacer los deberes juntos cada martes y cada jueves. Silvia me ha propuesto darles clases de repaso a los hijos de algunas de sus amigas, que sabe que muchos tienen problemas con las ciencias o las matemáticas y yo le he dicho que no tengo ningún problema, que me encantaría dar clases de repaso. Silvia parece una empresa de recursos humanos. Puede encontrar trabajo para todo el mundo. Cuando le dije eso a Agnes, se echó a reír sin poder evitarlo. Agnes y yo nos reímos muchísimo trabajando juntas en la cafetería. Cualquier cosa nos hace mucha gracia y compartimos todo lo que nos ocurre con una complicidad que sólo nosotras entendemos.

Y creo que por el momento voy a dejar de escribir. Espero que Iria se recupere. No me gustaría nada que se pusiese peor; pero el silencio que lo llena todo este fin de semana en la aldea habla mucho más alto que cualquier voz y se expresa con una claridad absoluta. Ese silencio me hace tener el alma llena de presentimientos y estoy totalmente convencida de que Agnes siente exactamente lo mismo que yo, incluso sé que ella tiene intuiciones mucho más exactas que yo; pero no me atrevo a preguntarle qué intuye porque sé que no le convendrá contestarme. Está muy callada y ensimismada leyendo, pero sé que muchas veces detiene la lectura para pensar, porque seguro que sabe mucho más que nadie.

Y eso es todo por hoy. Es muy curioso que no me incomode esta tristeza ni este silencio que nos vuelve tan herméticos a todos. Nuestro ánimo confluye con la apariencia de este día tan frío y lluvioso en el que la naturaleza también parece estremecida por una intuición que ni siquiera el futuro puede ignorar.

La lluvia ahora cae con más fuerza, golpeando los cristales de las ventanas y la piedra de los muros que nos protegen. Se oye la lluvia chocarse contra la piedra de las calles y caer sobre los árboles allí a lo lejos. La voz de la lluvia es un sonido continuo que nos acaricia el alma. Agnes acaba de decirme que sólo le apetece estar tranquila oyendo cómo la lluvia se expresa. Es la voz más antigua, me dice, y la que más puede sosegarnos. Tiene los ojos brillantes. Puedo intuir las lágrimas que están a punto de llenárselos. Es un momento único que el fuego protege y templa. Ojalá se detuviese el tiempo, me dice, hasta que de verdad sintamos que nos apetece seguir fluyendo con las horas… Y qué razón tiene. Creo que Agnes y yo no somos las únicas que deseamos que se detenga el tiempo por unos momentos, que se detenga la vida.

 

jueves, 17 de enero de 2019

DIARIO DE AGNES: XOVES, 17 DE XANEIRO DE 2019

Nota de la editora y de la traductora:
Junto con lo que escribió en su diario, Agnes me envió una copia de los escritos de Lúa sobre los que habla en esta entrada. Me he limitado a copiarlos después de lo que Agnes escribe y he intentado traducirlos lo más fiel posible a lo que ambas escribieron.

Xoves, 17 de xaneiro de 2019

Devecía por escribir para contar moitas cousiñas. Arestora teño moitas emocións amoreadas na miña ialma e non sei se realmente me sinto feliz, tristeiriña, morriñenta ou chea de impotencia. Experimento moitas cousas ao mesmo tempo, pero si teño claro que non estou deprimida, que sigo pensando que teño unha vida fermosa que nunca puiden soñar, que en realidade non se asemella a esa vida coa que tanto soñei, que tanto devecía vivir xunta Artemisa; mais non podo esquecer que na vida hai cousiñas moi tristes que nunca me deixarán de facer dano. Unha desas cousas é que na nosa provincia, precisamente en Ourense, está habendo incendios dende principios do ano. Estou moi preocupada por estes incendios porque están a queimar monte arborado e sinto que non é xusto. Non entendo por que lle queren facer dano á nosa terriña, non sei quen se encarga de destruír a beleza desta terra tan boíña e tan chea de maxia. Artemisa dime que son persoas de eiquí as que provocan os incendios, pero non entendo que beneficio poden obter queimando o monte, non o entendo. Arderon moitas hectáreas xa e o peor é que non chove. Teño medo a que este ano tamén sexa maliño para a nosa terra. Artemisa entende que isto me desacougue tanto, pero tamén me di que non podo permitir que estas cousiñas me fagan sentir tan mal porque sentíndome así non vou conseguir ren e ten razón, pero non o podo evitar. Dóeme moito que lle fagan tanto dano á nosa terra, que queimen os nosos bosques, o noso monte, deixando sen vida a milleiros de animaliños que nunca souberon da maldade e da cobiza das persoas.

Outra cousiña que me pon moi tristeiriña é pensar en todo o que Lúa sufriu por min antes de estarmos xuntas. Eu non sabía que Lúa o pasara tan mal. Non tiña nin idea das emocións que lle enchían a ialma toda neses días nos que gozabamos da beleza da nosa terra con Artemisa. Agora si podo imaxinar un chisquiño todo o que ela sufriu, canto sufriu por sentir que eu non estaba con ela tal como ela desexaba que estivese. Non hai verbas que poidan expresar todo o que ela viviu. Só cómpre lelo para termos unha idea do que ela experimentou. Non se pode describir unha desesperación tan profunda e estarrecedora como a que a ela lle enchía a ialma.

Hoxe Iria veunos ver a Ourense e entregoume máis escritos de Lúa. Díxome que quería que os tivese eu. Son follas cheas de verbas escritas cunha desesperación que case impide comprender o que ela escribiu con tanta dor e tristura. Podo sentir nas súas verbas e sobre todo no aspecto que teñen as letras que as compoñen o inmenso desacougo que a domeaba toda. Non é xusto que ela sufrise desa maneira, pero ninguén lle podía pedir que estivese tranquila. Achábase nun momento na súa existencia no que nin tan sequera ela podía contar os días que lle restaban por vivir.

Ler todos eses escritos fíxome dano. Non só me feriu o contido deses escritos, senón sobre todo a maneira como están redactadas as frases. Son frases cheas de impotencia, de súplicas, de tristura. Ademais, pódese deducir que Lúa escribía ás présas, coma se nese momento xa lle estivese a fallar a vida. Non puiden evitar botarme a chorar cando lin todo o que ela escribira hai uns meses, neses momentos nos que eu sentía que a nosa amizade estaba en perigo e tamén cando xa nos entregamos a unha á outra nesa mañá de agosto tan bonita, na beira do río Miño, quen foi testemuña do momento máis feliz da vida de Lúa e tamén da fin da súa existencia, que curioso. Pobriña Lúa, coitadiña, non é xusto que unha ialma tan boíña e fermosa coma a súa sufrise dese xeito; pero tamén me aleda descubrir o que ela sentiu nese tempo porque así me podo achegar máis a ela e coñecer mellor a súa vida. A súa lembranza agora ten outra cor e coido que é xusto que a lembremos así, con todos os seus recordos, dende os máis bonitiños ata os máis duros. Desa maneira, sabendo o que viviu, a súa vida non cae no esquecemento.

O que tamén me fixo chorar moito foi saber que Lúa e máis eu experimentamos sufrimentos semellantes. Non sufrimos polo mesmo, pero si de modo parecido. Lendo as súas verbas, lembrei axiña do desesperada que me sentía cando me encerraron no hospital a primeira vez, cando aínda era unha rapaciña chea de vida e con tantos soños por cumprir, cando aínda o meu corazón latexaba con forza. Puiden lembrar o inmensamente tristeiriña que me sentía ao lembrar á miña terra e verme encerrada nesas catro paredes brancas que en ren se asemellaban aos campos da miña terra, aos bosques que eu amaba tanto, cando tentaba arrecender o aroma da herba e só podía ulir o noxento cheiro da lixivia, dos desinfectantes e das menciñas. Non podo describir a tristura que me enchía a ialma porque non hai verbas que poidan exteriorizar un sufrimento tan destrutivo. Eu quería ser libre, como Lúa quería ser libre da morte, ceibarse desa morte que a perseguía.

E tamén me foi ben ler todo isto porque agora sinto que me desfixen dun peso ao chorar polos tristes recordos de Lúa. E só me queda pensar que foi feliz de verdade como ela tanto desexaba. Iso faime sentir viva a min, faime ter ganas de vivir. Saber que lle fixen feliz, que foi feliz comigo os derradeiros días da súa vida ten moito máis valor que eses momentos nos que ela se sentía morrer de desesperación e impotencia.

Mañá iremos á aldeíña. Canto me apetece volver á aldeíña. Xa non vai tanto frío e choveu algo, pero non é abondo. Ogallá chova de verdade e neve, sobre todo ten que nevar, sobre todo neses lugares que o lume destruíu. Sinto que hoxe non estou tan positiva como os outros días, pero a tristura que agora me enche a ialma non se asemella a esa tristura enfermiza que me esnaquizaba o corazón cando estaba doente. Esta tristura ten senso, brota de feitos que se poden explicar, que a calquera persoa lle poñería tristeiriña. Sinto que a miña tristura ten sentido. Non é destrutiva nin tampouco me vai tirar as ganas de vivir, para nada. Agora temos que seguir avanzando por esta vida tan fermosa coa que a nosa terra nos agasalla a todos.

O que me apetece moito é cantar e tocar a pandeireta namentres a gaitiña me acompaña, porque preciso botar esta tristura que só a música pode curar. Preguntareille ao meu tío Damián se quere que mañá fagamos algo de música despois de cear, para encher de ledicia ese anaquiño de mundo.

 

Escritos de Lúa:

 

Sinto que a vida se me vai, que me restan cada vez menos horas para vivir. Pasei toda a noite no hospital porque, cando onte voltamos de León (que onte pasamos tódolo día alí con Artemisa), empecei a encontrarme moi mal. Levaba encontrándome mal durante tódolo día. Espertei sentindo que me doía o peito moito e que tiña moi pouca enerxía, pero non fun quen de dicirlles a Agnes e a Artemisa que aprazásemos a viaxe a León porque non estaba segura de se a poderiamos facer algunha vez. Non me arrepinto de facela con elas, de levalas á aldea na que naceu Artemisa, pero síntome agora coma se me tivesen arrincado o corazón. Eu mesma me arrincaría este corazón doente que tanto me fai sufrir. Ninguén pode imaxinar o que sinto. A vida marcha de min. Pasei tódala noite no hospital con probas, mesmo estiveron a piques de dicirme que quedase alí porque non me conviña saír e seguir vivindo coma se ren, pero a min ninguén me detén e eu quero vivir igual coma se non estivese doente. Non me quero apagar nun hospital, nun cuarto no que inza a desinfectante e a menciñas. Non quero morrer conectada a milleiros de trebellos que indican o que me queda de vida cun  son horríbel. Non quero. Quero morrer xunta o río Miño, á beiriña dese río que me viu medrar, que sempre estivo comigo, dende que era cativiña, tanto se estaba na aldeíña como en Ourense, sempre estivo comigo, e quero morrer baixo as pólas das árbores, envolta polo silencio que mora na aldea... pero sobre todo quero morrer entre os brazos de Agnes. Iso é o que máis me doe: Agnes, Agnes é o que máis me fai sufrir.

Ninguén imaxina o que sinto agora, tras unha noite enteiriña no hospital pensando que me ía sen lle poder dicir que a quero con toda a miña ialma. Ela sábeo, pero preciso dicirllo para que nunca o esqueza, mais preciso sobre todo estar con ela. Quero saber que é estar con ela antes de morrer. Por favor, se de verdade existe a Deusa na que tanto crin sempre, que me escoite agora máis que nunca, que por favor non me permita irme deste mundo sen ter estado con Agnes. Ámoa máis cá miña vida e non quero marchar sen saber que é estar con ela, pero agora sinto que se vai todo, que se quere apagar todo, todo, e non podo, non o podo aturar. Por favor, non quero marchar sen vela unha vez máis, sen me poder despedir dela. Non é xusto, dempois de tódolo que pasei... de agardala tanto e tanto, por favor, por favor.

O doutor díxome que me resta moi pouquiño tempo de vida, que non é quen de precisar canto vivirei, pero que non cre que dure máis de dous meses. Díxomo así, así, sen poderme mirar aos ollos, cunha voz tremente, porque este doutor me quere moito, tenme consigo dende que era cativa, estivo xunta min en tódalas operacións que me fixeron, para ren, absolutamente para ren, porque o meu corazón nunca sandou nin sandará. Díxome, literalmente, que se me estaba a desfacer o corazón, e si, iso é certo porque estou morrendo de amor. Sinto que non poder estar con Agnes está a me matar, está tirándome a vida. Hai moito tempo que sei que teño unha doenza destas que se chaman “raras” e que non teñen cura, pero a miña ilusión foi sempre reencontrarme con Agnes antes de morrer. Agora non quero marchar da vida sen ter estado con ela. Só poderei morrer acougada e conforme se morro entre os seus brazos, pero sei que é imposíbel, que estar con ela é imposíbel, carallo...

Escribo case rachando o papel co lapis que emprego, escribo con forza porque quero desafogar o que sinto. Choro sen acougo, arreo, sen me poder acougar, porque me sinto moi mal agora mesmo e non podo recibir o consolo de ninguén porque non lle podo explicar a Agnes o que me ocorre, e ela é a única que me pode acougar. Non quero que saiba que estou doente e que estou morrendo, non quero. Quero que me lembre sempre chea de vida, non así, tan feble. A lúa nunca se apagará namentres brile o sol. Eu sinto que o meu sol brila con tanta forza que non podo aturar a súa luz. Eu estou minguando xa e dentro de pouquiño xa ninguén me poderá chamar Lúa, porque non o merecerei, nunca máis.

Xoves, 30 de agosto de 2018.

 

A Deusa ouvíume, ouvíume de verdade, máis que nunca. Agora non sei onde van os ríos da nosa vida. Non sei a que mar se dirixe esta auga que nos leva, pero síntome voar coma se un paxariño me tivese dado as súas ás. Que ledicia, que ledicia. Miña nai preguntoume se estaba ben cando cheguei á casiña porque me brilaban moito os ollos e estaba moi risoña, sen poder deixar de lembrar todo o que vivín esta mañá. A miña intención era marchar a Ourense antes de que Agnes se decatase de que estou moi mal, tanto física como animicamente, pero Agnes veume buscar á miña casa antes de que tivese tempo para me ir. Eu funa buscar á súa casa para despedirme dela, pero a súa nai díxome que estaba durmindo aínda e que lle diría que eu viñera, pero eu non a quería ver xa... mais non me deu tempo a marchar, e menos mal porque Agnes me deu a vida, deume ganas de vivir de novo, de seguir adiante malia ter cada vez menos tempo para gozar da vida, para espertar cada mañá.

Falei con ela esta mañá sen saber que dicirlle porque me sentía impotente e frustrada por pensar que aquela era a derradeira vez que poderiamos falar ben. Eu quería morrer antes que vela marchar para sempre, pero tamén pensaba que non me quería arredar dela tan rápido. Non sabía o que sentía. Só sabía que quería estar con ela eses momentos que parecían tan bonitos e que eran en realidade tan tensos. Non sabiamos que dicirnos porque ambas as dúas nos sentiamos feridas por esa situación que provocaba a miña doenza. Eu non estaba impotente por non poder estar con Agnes. Estaba impotente porque sentía que me ía e que non podía facer ren para deter a miña vida no meu corpo. Eu dicíalle a Agnes que marcharía para sempre despois desa mañá e que nunca máis nos volveriamos ver. Ela cría que o dicía porque non me achegaría nunca máis a ela malia vivirmos no mesmo lugar, en Ourense, pero en realidade eu non falaba de marchar fisicamente do seu lado, senón marchar animicamente, de corazón, de ialma, de pensamento, de vida, porque eu falaba da miña morte, non dunha distancia que eu mesma provocaría. Por iso pedinlle que me dixese que sentía por min e así podería marchar en paz, marchar da vida, non da aldeíña, non do seu carón, da súa vida.

Mais Agnes fíxome vivir de novo, deulle alento ao meu corazón, deulle azos á miña ialma para seguir tendo esperanza. Fixen o amor con ela coma xamais pensei que o podería facer. Foi algo físico que nos uniu animicamente moito máis que calquera outra cousa. Non sei explicar o que vivimos porque non o percibo real. Paréceme que é algo máis propio dunha novela, dunha fermosa película das que che fan soñar. Fun tan feliz entre os seus brazos, tan pegadiña ao seu corpo, baixo as súas mans, con ela... Coido que a miña vida toda ten sentido agora porque estiven con Agnes compartindo moito máis có noso corpo e a nosa ialma. Estou segura de que existe entre nós un vencello moi forte que nos uniu hai moitísimos anos xa. Sentino namentres nos acariñabamos, namentres nos bicabamos e nos amabamos así, con tanta liberdade, dunha maneira tan bonita e entregada.

Sinto que esta entrega abriu unha porta nova á vida e coido que non quedará en ren. Sei que Agnes ama a Artemisa, pero algo me di que non a perderei, que esta vez si a poderei ter comigo durante o pouquiño tempo que dure a miña vida. Non quero que ninguén sufra, pero eu ireime desta vida dentro de pouquiño e non estarei para sempre ao carón de Agnes. Sei que Artemisa e máis Agnes están moi unidas, vencelladas por algo que non é deste mundo nin desta vida, pero tamén sei que entre Agnes e máis eu hai algo moi forte e fermoso tamén. Se non o houbese, non nos teriamos reencontrado, para sempre viviriamos lonxe a unha da outra. Miña nai dime que teña coidado, que me estou a meter nun terreo moi perigoso. Miña nai non sabe ren. Eu non lle contei que estiven con Agnes, pero coñece moi ben os meus sentimentos. Eu sei que á miña nai gustaríalle moito que eu puidese estar con Agnes. Agnes sempre lle pareceu unha muller moi especial, dende sempre pensou que é moi intelixente e boíña, pero tamén é quen de aceptar que seica nunca poidamos estar xuntas, ou si... O certo é que agora non sei que vai pasar coas nosas vidas, pero intúo que ren volverá ser igual para Agnes despois do que vivimos esta mañá. Ela voltará a Barcelona con Artemisa, pero sei que regresará a Galicia moito antes do que planifica porque esta terra e máis Agnes xa non poden vivir separadas. Sei que Agnes estivo doente namentres ficou lonxe de Galicia porque nesta terra se atopa a meirande parte da súa ialma. Ao voltar ela, recompúxose todo por dentro dela e sei que, se queda eiquí para sempre, devagariño a súa doenza irá desaparecendo. Ogallá a miña tamén se esvaecese estando coa outra metade do meu ser, coa muller que máis amei e amo.

Agora síntome estraña, entre feliz e tristeiriña... pero prefiro ficar lembrando todo o que vivimos...

Venres, 31 de agosto de 2018.

 

Agnes foise. Foise. Sei que voltará. Que marchase non é o peor que está a ocorrer. O peor que está a ocorrer é que ela está mal, moi mal, e eu non podo facer ren por ela. Teño medo por ela. Antes de volver a Barcelona, ela estaba ben. Non estaba tristeiriña. Mesmo teño que recoñecer que non se arrepentía de estar comigo. Estivemos xuntas o domingo outra vez e foi marabilloso, tan máxico e fermoso que non podo crer que eses momentos sexan reais. Máis ben, parecen ese soño que eu tiña tódalas noites con Agnes, soños nos que eramos tan libres, nos que nos amabamos ceibes de toda fronteira.

Mais estou estarrecida por Agnes porque agora si noto que está doente de verdade, non só fisicamente (ten algo no estómago e non deixa de trousar), senón sobre todo animicamente porque as súas verbas carecen de luz. Non brila a súa voz e, cando falamos, sinto que lle treme a ialma. Por favor, que volte, que volte antes de que poida empeorar moito máis. Mesmo son quen de ir buscala se non se dan présa en axudala a voltar. Artemisa non se decata de que Agnes non pode estar lonxe de Galicia? Aínda non se deu de conta de que Agnes ten eiquí nesta terra a meirande parte da súa ialma? Como é posíbel que, amándoa como a ama, non pense na súa felicidade, na súa saúde? Non a quero acusar de non pensar en Agnes, pero dóeme moito que ela estea alí agora sentíndose tan mal. E a súa dor síntoa eu na miña ialma, no meu doente corazón, o que non deixa de latexar dun xeito estraño que me desacouga moito. Díxome o doutor que non me estrañase se notaba que me latexaba o corazón dun xeito atípico. Díxome que, cando sinta que se quere deter, vaia decontado ao hospital ou fique tranquila agardando que iso pase ou que veña a fin, porque ese será un sinal que indique a fin, eses latidos estraños e un inmenso cansazo que me fará estar mareadiña.

Que iso ocorra cando Agnes xa volte e poidamos estar xuntas outra vez, soñando na beiriña do Miño, baixo as árbores, coa compaña das lonxanas montañas, protexidas polo fermoso ceo da nosa terra, brilante ás veces e neboento en outras.

Só a agardo a ela, á miña vida, á muller que me pode alongar o tempo de vivir e as ganas de soñar. Quéroa tanto que o meu corazón non pode latexar levando tanto amor.

Venres, 7 de setembro de 2018.

Traducción:


Jueves, 17 de enero de 2019

Ansiaba escribir para contar muchas cosiñas. Ahora mismo tengo muchas emociones acumuladas en el alma y no sé si realmente me siento feliz, tristiña, morriñosa o llena de impotencia. Experimento muchas cosas al mismo tiempo, pero si tengo claro que no estoy deprimida, que sigo pensando que tengo una vida hermosa que nunca pude soñar, que en realidad no se asemeja a esa vida con la que tanto soñé, que tanto ansiaba vivir junto a Artemisa; mas no puedo olvidar que en la vida hay cosiñas muy tristes que nunca dejarán de hacerme daño. Una de esas cosas es que en nuestra provincia, precisamente en Ourense, está habiendo incendios desde principios de año. Estoy muy preocupada por esos incendios porque están quemando monte de árboles y siento que no es justo. No entiendo por qué quieren hacerle daño a nuestra terriña, no sé quién se encarga de destruir la belleza de esta tierra tan bueniña y tan llena de magia. Artemisa me dice que son personas de aquí las que provocan los incendios, pero no entiendo qué beneficio pueden obtener quemando el monte, no lo entiendo. Han ardido muchas hectáreas ya y lo peor es que no llueve. Tengo miedo a que este año también sea maliño para nuestra tierra. Artemisa entiende que esto me desasosiegue tanto, pero también me dice que no puedo permitir que estas cosiñas me hagan sentir tan mal porque sintiéndome así no voy a conseguir nada y tiene razón, pero no puedo evitarlo. Me duele mucho que le hagan tanto daño a nuestra tierra, que quemen nuestros bosques, nuestro monte, dejando sin vida a millones de animaliños que nunca han sabido de la maldad y de la codicia de las personas.

Otra cosiña que me pone muy tristiña es pensar en todo lo que Lúa sufrió por mí antes de estar juntas. Yo no sabía que Lúa lo había pasado tan mal. No tenía ni idea de las emociones que le llenaban el alma toda en esos días en los que disfrutábamos de la belleza de nuestra tierra con Artemisa. Ahora sí puedo imaginar un poquiño todo lo que ella sufrió, cuánto sufrió por sentir que yo no estaba con ella tal como ella deseaba que estuviese. No hay palabras que puedan expresar todo lo que ella vivió. Sólo es preciso leerlo para que podamos tener una idea de lo que ella experimentó. No se puede describir una desesperación tan profunda y aterradora como la que a ella le llenaba el alma.

Hoy Iria ha venido a vernos a Ourense y me entregó más escritos de Lúa. Me dijo que quería que los tuviese yo. Son hojas llenas de palabras escritas con una desesperación que casi impide comprender lo que ella escribió con tanto dolor y tristeza. Puedo sentir en sus palabras y sobre todo en el aspecto que tienen las letras que las componen el inmenso desasosiego que la dominaba toda. No es justo que ella sufriese de esa manera, pero nadie podía pedirle que estuviese tranquila. Se hallaba en un momento en su existencia en el que ni tan siquiera ella podía contar los días que le quedaban por vivir.

Leer todos esos escritos me hizo daño. No solo me hirió el contenido de esos escritos, sino sobre todo la manera como están redactadas las frases. Son frases llenas de impotencia, de súplicas, de tristeza. Además, se puede deducir que Lúa escribía a toda prisa, como si en ese momento ya estuviese faltándole la vida. No he podido evitar ponerme a llorar cuando he leído todo lo que ella había escrito hace unos meses, en esos momentos en los que yo sentía que nuestra amistad estaba en peligro y también cuando ya nos entregamos la una a la otra en esa mañana de agosto tan bonita, a la orilla del río Miño, quien fue testigo del momento más feliz de la vida de Lúa y también del fin de su existencia, qué curioso. Pobriña Lúa, pobriña, no es justo que una alma tan bueniña y hermosa como la suya sufriese de ese modo; pero también me alegra descubrir lo que ella sintió en ese tiempo porque así puedo acercarme más a ella y conocer mejor su vida. Su recuerdo ahora tiene otro color y creo que es justo que la rememoremos así, con todos sus recuerdos, desde los más bonitiños hasta los más duros. De esa manera, sabiendo lo que vivió, su vida no cae en el olvido.

Lo que también me ha hecho llorar mucho ha sido saber que Lúa y yo experimentamos sufrimientos semejantes. No sufrimos por lo mismo, pero sí de modo parecido. Leyendo sus palabras, me he acordado enseguida de lo desesperada que me sentía cuando me encerraron en el hospital la primera vez, cuando todavía era una rapaciña llena de vida y con tantos sueños por cumplir, cuando todavía mi corazón latía con fuerza. He podido recordar lo inmensamente tristiña que me sentía al recordar mi tierra y verme encerrada en esas cuatro paredes blancas que en nada se parecían a los campos de mi tierra, a los bosques que yo amaba tanto, cuando intentaba aspirar el aroma de la hierba y sólo podía oler el asqueroso olor de la lejía, de los desinfectantes y de las medicinas. No puedo describir la tristeza que me llenaba el alma porque no hay palabras que puedan exteriorizar un sentimiento tan destructivo. Yo quería ser libre, como Lúa quería ser libre de la muerte, librarse de esa muerte que la perseguía.

Y también me ha ido bien leer todo esto porque ahora siento que me he deshecho de un peso al llorar por los tristes recuerdos de Lúa. Y sólo me queda pensar que fue feliz de verdad como ella tanto deseaba. Eso me hace sentir viva a mí, tener ganas de vivir. Saber que le hice feliz, que fue feliz conmigo los últimos días de su vida tiene mucho más valor que esos momentos en los que ella se sentía morir de desesperación e impotencia.

Mañana iremos a la aldeíña. Cuánto me apetece volver a la aldeíña. Ya no hace tanto frío y ha llovido algo, pero no es suficiente. Ojalá llueva de verdad y nieve, sobre todo tiene que nevar, sobre todo en esos lugares que el fuego ha destruido. Siento que hoy no estoy tan positiva como los otros días, pero la tristeza que ahora me llena el alma no se asemeja a esa tristeza enfermiza que me destrozaba el corazón cuando estaba enferma. Esta tristeza tiene sentido, brota de hechos que se pueden explicar, que a cualquier persona le pondría tristiña. Siento que mi tristeza tiene sentido. No es destructiva ni tampoco me va a quitar las ganas de vivir, para nada. Ahora tenemos que seguir avanzando por esta vida tan hermosa que nuestra tierra nos regala a todos.

Lo que me apetece ahora mucho es cantar y tocar la pandereta mientras la gaitiña me acompaña, porque necesito expulsar de mí esta tristeza que sólo la música puede curar. Le preguntaré a mi tío Damián si quiere que mañana hagamos algo de música después de cenar, para llenar de alegría ese pedaciño de mundo.

 

Escritos de Lúa:

Siento que la vida se me va, que me quedan cada vez menos horas para vivir. Me he pasado toda la noche en el hospital porque, cuando ayer volvimos de León (que pasamos todo el día allí con Artemisa), empecé a encontrarme muy mal. Llevaba encontrándome mal durante todo el día. Me desperté sintiendo que me dolía el pecho mucho y que tenía muy poca energía, pero no fui capaz de decirles a Agnes y a Artemisa que aplazásemos el viaje a León porque no estaba segura de si podríamos hacerlo alguna vez. No me arrepiento de haberlo hecho con ellas, de haberlas llevado a la aldea en la que nació Artemisa, pero me siento ahora como si me hubiesen arrancado el corazón. Yo misma me arrancaría este corazón enfermo que tanto me hace sufrir. Nadie puede imaginar lo que siento. La vida se marcha de mí. He pasado toda la noche en el hospital con pruebas, incluso estuvieron a punto de decirme que me quedase allí porque no me convenía salir y seguir viviendo como si nada, pero a mí nadie me detiene y yo quiero vivir igual como si no estuviese enferma. No quiero apagarme en un hospital, en una habitación en la que apesta a desinfectante y a medicinas. No quiero morir conectada a millones de aparatos que indican lo que me queda de vida con un sonido horrible. No quiero. Quiero morir junto al río Miño, a la orilliña de ese río que me vio crecer, que siempre ha estado conmigo, desde que era niña, tanto si estaba en la aldeíña como en Ourense, siempre estuvo conmigo, y quiero morir bajo las ramas de los árboles, envuelta por el silencio que mora en la aldea... pero sobre todo quiero morir entre los brazos de Agnes. Eso es lo que más me duele: Agnes, Agnes es lo que más me hace sufrir.

Nadie imagina lo que siento ahora, tras una noche enteriña en el hospital pensando que me iba sin poder decirle que la quiero con toda mi alma. Ella lo sabe, pero necesito decírselo para que nunca lo olvide, mas preciso sobre todo estar con ella. Quiero saber qué es estar con ella antes de morir. Por favor, si de verdad existe la Diosa en la que tanto he creído siempre, que me escuche ahora más que nunca, que por favor no me permita irme de este mundo sin haber estado con Agnes. La amo más que a mi vida y no quiero marcharme sin saber qué es estar con ella, pero ahora siento que se va todo, que quiere apagarse todo, todo, y no puedo, no puedo soportarlo. Por favor, no quiero marcharme sin verla una vez más, sin poder despedirme de ella. No es justo, después de todo lo que he pasado... de aguardarla tanto y tanto, por favor, por favor.

El doctor me ha dicho que me queda muy poquiño tiempo de vida, que no es capaz de precisar cuánto viviré, pero que no cree que dure más de dos meses. Me lo dijo así, así, sin poder mirarme a los ojos, con una voz trémula, porque este doctor me quiere mucho, me tiene consigo desde que era niña, ha estado junto a mí en todas las operaciones que me han hecho, para nada, absolutamente para nada, porque mi corazón nunca sanó ni sanará. Me dijo, literalmente, que estaba deshaciéndoseme el corazón, y sí, eso es cierto porque estoy muriendo de amor. Siento que no poder estar con Agnes está matándome, está quitándome la vida. Hace mucho tiempo que sé que tengo una enfermedad de éstas que se llaman “raras” y que no tienen cura, pero mi ilusión ha sido siempre reencontrarme con Agnes antes de morir. Ahora no quiero marcharme de la vida sin haber estado con ella. Sólo podré morir tranquila y conforme si muero entre sus brazos, pero sé que es imposible, que estar con ella es imposible, carallo...

Escribo casi rasgando el papel con el lápiz que utilizo, escribo con fuerza porque quiero desahogar lo que siento. Lloro sin sosiego, continuamente, sin poder calmarme, porque me siento muy mal ahora mismo y no puedo recibir el consuelo de nadie porque no puedo explicarle a Agnes lo que me ocurre, y ella es la única que puede tranquilizarme. No quiero que sepa que estoy enferma y que me estoy muriendo, no quiero. Quiero que me recuerde siempre llena de vida, no así, tan débil. La luna nunca se apagará mientras brille el sol. Yo siento que mi sol brilla con tanta fuerza que no puedo soportar su luz. Yo estoy menguando ya y dentro de poquiño nadie podrá llamarme Lúa, porque no me lo mereceré, nunca más.

Jueves, 30 de agosto de 2018.
 

La Diosa me ha oído, me ha oído de verdad, más que nunca. Ahora no sé a dónde van los ríos de nuestra vida. No sé a qué mar se dirige esta agua que nos lleva, pero me siento volar como si un pajariño me hubiese dado sus alas. Qué alegría, qué alegría. Mi madre me preguntó si estaba bien cuando llegué a la casiña porque me brillaban mucho los ojos y estaba muy risueña, sin poder dejar de recordar todo lo que he vivido esta mañana. Mi intención era marcharme a Ourense antes de que Agnes se percatase de que estoy muy mal, tanto física como anímicamente, pero Agnes vino a buscarme a mi casa antes de que tuviese tiempo para irme. Yo fui a buscarla a su casa para despedirme de ella, pero su madre me dijo que estaba durmiendo aún y que le diría que yo había venido, pero yo no quería verla ya... mas no me dio tiempo a marcharme, y menos mal porque Agnes me ha dado la vida, me ha dado ganas de vivir de nuevo, de seguir adelante a pesar de tener cada vez menos tiempo para disfrutar de la vida, para despertar cada mañana.

Hablé con ella esta mañana sin saber qué decirle porque me sentía impotente y frustrada por pensar que aquélla era la última vez que podríamos hablar bien. Yo quería morir antes que verla marchar para siempre, pero también pensaba que no quería alejarme de ella tan rápido. No sabía lo que sentía. Sólo sabía que quería estar con ella esos momentos que parecían tan bonitos y que eran en realidad tan tensos. No sabíamos qué decirnos porque ambas nos sentíamos heridas por esa situación que provocaba mi enfermedad. Yo no estaba impotente por no poder estar con Agnes. Estaba impotente porque sentía que me iba y que no podía hacer nada para detener mi vida en mi cuerpo. Yo le decía a Agnes que me marcharía para siempre después de esa mañana y que nunca más volveríamos a vernos. Ella creía que lo decía porque no me acercaría nunca más a ella a pesar de vivir las dos en el mismo lugar, en Ourense, pero en realidad yo no hablaba de marcharme físicamente de su lado, sino marcharme anímicamente, de corazón, de alma, de pensamiento, de vida, porque yo hablaba de mi muerte, no de una distancia que yo misma provocaría. Por eso le pedí que me dijese qué sentía por mí y así podría marcharme en paz, marcharme de la vida, no de la aldeíña, no de su vera, de su vida.

Mas Agnes me ha hecho vivir de nuevo, le ha dado aliento a mi corazón, le ha dado fuerzas a mi alma para seguir teniendo esperanza. He hecho el amor con ella como jamás pensé que podría hacerlo. Fue algo físico que nos unió anímicamente mucho más que cualquier otra cosa. No sé explicar lo que hemos vivido porque no lo percibo real. Me parece que es algo más propio de una novela, de una hermosa película de las que te hacen soñar. He sido tan feliz entre sus brazos, tan pegadiña a su cuerpo, bajo sus manos, con ella... Creo que mi vida toda tiene sentido ahora porque he estado con Agnes compartiendo mucho más que nuestro cuerpo y nuestra alma. Estoy segura de que existe entre nosotras un vínculo muy fuerte que nos unió hace muchísimos años. Lo sentí mientras nos acariciábamos, mientras nos besábamos y nos amábamos así, con tanta libertad, de una manera tan bonita y entregada.

Siento que esta entrega ha abierto una puerta nueva a la vida y creo que no quedará en nada. Sé que Agnes ama a Artemisa, pero algo me dice que no la perderé, que esta vez sí podré tenerla conmigo durante el poquiño tiempo que dure mi vida. No quiero que nadie sufra, pero yo me iré de esta vida dentro de poquiño y no estaré para siempre junto a Agnes. Sé que Artemisa y Agnes están muy unidas, enlazadas por algo que no es de este mundo ni de esta vida, pero también sé que entre Agnes y yo hay algo muy fuerte y hermoso también. Si no lo hubiese, no nos habríamos reencontrado, para siempre habríamos vivido lejos la una de la otra. Mi madre dice que tenga cuidado, que estoy metiéndome en un terreno muy peligroso. Mi madre no sabe nada. Yo no le he contado que he estado con Agnes, pero conoce muy bien mis sentimientos. Yo sé que a mi madre le gustaría mucho que yo pudiese estar con Agnes. Agnes siempre le pareció una mujer muy especial, desde siempre pensó que es muy inteligente y bueniña, pero también es capaz de aceptar que tal vez nunca podamos estar juntas, o sí... Lo cierto es que ahora no sé qué va a pasar con nuestras vidas, pero intuyo que nada volverá a ser igual para Agnes después de lo que vivimos esta mañana. Ella volverá a Barcelona con Artemisa, pero sé que regresará a Galicia mucho antes de lo que planifica porque esta tierra y Agnes ya no pueden vivir separadas. Sé que Agnes estuvo enferma mientras permaneció lejos de Galicia porque en esta tierra se encuentra la mayor parte de su alma. Al volver ella, se recompuso todo por dentro de ella y sé que, si se queda aquí para siempre, poquiño a poco su enfermedad irá desapareciendo. Ojalá la mía también se desvaneciese estando con la otra mitad de mi ser, con la mujer que más amé y amo.

Ahora me siento extraña, entre feliz y tristiña... pero prefiero permanecer recordando todo lo que hemos vivido...

Viernes, 31 de agosto de 2018.

 
Agnes se ha ido. Se ha ido. Sé que volverá. Que se marchase no es lo peor que está ocurriendo. Lo peor que está ocurriendo es que ella está mal, muy mal, y yo no puedo hacer nada por ella. Tengo miedo por ella. Antes de volver a Barcelona, ella estaba bien. No estaba tristiña. Incluso tengo que reconocer que no se arrepentía de haber estado conmigo. Estuvimos juntas el domingo otra vez y fue maravilloso, tan mágico y hermoso que no puedo creer que esos momentos sean reales. Más bien, parecen ese sueño que yo tenía todas las noches con Agnes, sueños en los que éramos tan libres, en los que nos amábamos libres de toda frontera.

Mas estoy aterrada por Agnes porque ahora sí noto que está enferma de verdad, no sólo físicamente (tiene algo en el estómago y no deja de vomitar), sino sobre todo anímicamente porque sus palabras carecen de luz. No brilla su voz y, cuando hablamos, siento que le tiembla el alma. Por favor, que vuelva, que vuelva antes de que pueda empeorar mucho más. Incluso soy capaz de ir a buscarla si no se dan prisa en ayudarla a volver. ¿Artemisa no se entera de que Agnes no puede estar lejos de Galicia? ¿Todavía no se ha dado cuenta de que Agnes tiene aquí en esta tierra la mayor parte de su alma? ¿Cómo es posible que, amándola como la ama, no piense en su felicidad, en su salud? No quiero acusarla de no pensar en Agnes, pero me duele mucho que ella esté allí ahora sintiéndose tan mal. Y su dolor lo siento yo en mi alma, en mi enfermo corazón, el que no deja de latir de un modo extraño que me desasosiega mucho. Me dijo el doctor que no me extrañase si notaba que me latía el corazón de un modo inusual. Me dijo que, cuando sienta que se quiere detener, vaya inmediatamente al hospital o permanezca tranquila esperando que eso pase o que venga el fin, porque ésa será una señal que indique el fin, esos latidos extraños y un inmenso cansancio que me hará estar mareadiña.

Que eso ocurra cuando Agnes haya vuelto y podamos estar juntas otra vez, soñando en la orilliña del Miño, bajo los árboles, con la compañía de las lejanas montañas, protegidas por el hermoso cielo de nuestra tierra,  brillante a veces y nebuloso en otras.

Sólo la espero a ella, a mi vida, a la mujer que puede alargarme el tiempo de vivir y las ganas de soñar. La quiero tanto que mi corazón no puede latir llevando tanto amor.

Viernes, 7 de septiembre de 2018.

domingo, 13 de enero de 2019

DIARIO DE AGNES: DOMINGO, 13 DE XANEIRO DE 2019


Domingo, 13 de xaneiro de 2019

Artemisa e máis eu hoxe fixemos algo incríbel e fermosísimo. Pola mañá fomos ao cemiterio e, sentadas perante da tumba de Lúa, tocamos e cantamos as cancións que máis lle gustaban a ela, a esa muller cuxa vida se apagou tan cediño, tan inxustamente. Artemisa aprendeu a tocar coa guitarra as cancións que máis lle facían sentir a Lúa e eu, tentando que a miña voz soase clara, cantei xunta ela o mellor que puiden. Foron uns momentos moi bonitos que nos achegaron a esa ialma que aínda segue viva entre nós. Cantámoslle cancións de Ses (unha cantante que nos gustaba moito a ambas as dúas) e de Amaral, entre outras que sempre estiveron nas nosas vidas. Eu sentín moitísimas ganas de chorar en todo momento porque aquilo que estabamos a facer era algo que levabamos planificando facer hai moito tempo e, ata agora, non nos atrevemos a facelo porque era algo moi forte e Artemisa tamén se debía de sentir quen de poder tocar a guitarra diante da tumba de Lúa imaxinando que todas as notas que nacesen dos seus dedos chegarían ata ela. Eu mantiven os ollos pechados case que tódolo tempo e sentía que na miña ialma había sentimentos que non brotaban do meu corazón. asemade que cantabamos, eu sentía que o ar acollía verbas caladas que só nós podiamos ouvir, pero sei tamén que eu era a única que ouvía esas verbas tan silandeiras que cruzaban o ceo da mañá, tan frío e tinxido da cor das perlas. Había algo no noso redor que falaba, que contiña unha voz que non formaba parte da natureza que nos rodeaba. Eu sabía que as nosas cancións chegaban ata Lúa, onde queira que estea, e sentíao moi fortemente no meu ser, coma se alguén estivese a me dicir que de verdade ela si nos ouvía. Eu sentía que o vento que zoaba abaneando as pólas espidas das árbores transportaba as nosas cancións e eu sabía que Lúa nos agradecía que lle cantásemos e lle tocásemos esas cantigas que tanto lle gustaban. Foi un agasallo para ela. Vai haber tres meses que marchou para sempre e, ata agora, non nos atrevemos a darlle ese agasallo tan bonito que eu levo tempo queréndolle entregar.

Aínda teño rescaldos do intenso arrefriado que pasei, pero puiden cantar o mellor que sei. Sei que a miña voz podería ter soado máis clara, pero tamén notaba eu que estaba chea de sentimentos, que brotaba da miña ialma arrastrando tódalas emocións que a enchían neses momentos. E o máis bonito e emotivo foi descubrir que, case cando estabamos a rematar de tocar tódalas cancións que pensabamos darlle a Lúa, Iria estaba a nos escoitar con moita atención, cos ollos cheos de bágoas, reprimindo un pranto que fuxía da súa pel e dos seus ollos sen que ela o puidese evitar. Cando me decatei de que ela estaba alí, vireime e olleina con vergonza, pero axiña me dei de conta de que ela nos agradecía con toda a súa ialma que fixésemos iso para Lúa. A derradeira canción que tocaramos era a máis alegre de todas; unha muiñeira de Ourense que nunca fallaba nas nosas pandeiradas, e eu neses momentos sentía que estaba a lle enviar vida a través da nosa música, enviabámoslle vida á súa morte, algo que non se pode explicar. Ogallá que con estas cancións lle puidésemos ofrecer unha nova oportunidade para volver vivir.

Iria achegouse a min cando soubo que xa non tocariamos máis cancións e deume unha aperta moi fermosa que me fixo chorar sen que ninguén o puidese evitar. Levaba moito tempo reprimindo o pranto e a aperta que me deu a nai de Lúa para me agradecer o que fixeramos pola súa filla desfixo a fortaleza na que eu encerraba as miñas ganas de chorar. Foi un momento moi bonito. Iria tamén abrazou a Artemisa, quen tamén se estivera esforzando moito por non chorar namentres tocaba. Fíxoo moi ben. fixo soar a guitarra con moita tenrura e dozura. Eses momentos que lle dedicamos a Lúa foron como un soño. Nunca imaxinei que Artemisa e máis eu puidésemos vivir algo tan bonito diante da tumba de Lúa. Antes de comezar a tocar, eu abaixeime e pasei a man polas verbas que hai escritas na súa lápida: “Os teus seres máis queridos, entre familiares e amigos, nunca te esquecerán. A túa lembranza vivirá sempre no noso corazón. Querémoste, Luíña” namentres sentía que o meu peito todo se enchía de pranto e de tristura. Cría que non podería cantar diante da súa tumba, pero, en canto pechei os ollos e ouvín o bonitas que soaban nos dedos de Artemisa as notas das cancións coas que iamos agasallar ao seu recordo, souben que a mesma música me daría folgos para cantar todo o que tiñamos pensado cantar.

Tódolos días, Iria vai á tumba de Lúa para falar con ela. Explicounos esta mañá a Artemisa e máis a min que só falando con ela se pode acougar, que sente que ela a escoita, que non dubida de que a súa filla a pode escoitar onde queira que estea. Díxonos que sentía que Lúa estaba no ar, que lle falaba a través do vento, que a notaba brilar na luz do día e mesmo, no frío que xea o río Miño, podía sentir que estaba a súa pel, que ela sentía que podía acaroar as mans da súa filla se tocaba a iagua do río. Confesounos que algunhas veciñas lle dixeran que, se ía tódolos días á tumba da súa filla, nunca podería superar a súa morte, pero tamén entendían que precisase facelo. Iria díxonos que non lle importaba non superar a morte da súa filla, que xa tiña idade abondo para non superar nada máis, que non quería deixar de lembrar nunca a Lúa e tampouco pretendía deixar de chorala, que chorándoa era a única maneira de saber que ela existira, que non a podía abandonar en prol da súa felicidade. Díxonos tamén que lle custaba moito estar feliz sabendo que nunca máis poderá ver sorrir á súa filla, pero que a morte dela non lle tiraba as ganas de vivir. Quería seguir vivindo, pero tendo moi presente á persoa que máis quixo e quere no mundo. A súa decisión é a máis respectábel do mundo. Paréceme que ninguén pode reinar sobre os nosos sentimentos. Os nosos sentimentos, a meirande parte das veces, son moito máis fortes cás nosas convicións, máis fortes que todo o que nos din os demais. Ninguén pode saber como sente a nosa ialma por moito que lles intentemos explicar aos demais como sentimos.

Esta fin de semana foi moi especial. Coido que cada fin de semana que vivimos na aldeíña é moi máxica, especial e única. Esta fin de semana remata unha semana inesquecíbel chea de momentos que non poderei esquecer nunca, momentos que son parte da miña rutina. Tamén tomei unha decisión importante: de momento non vou seguir estudando para as oposicións. Hai varias razóns que me convenceron de abandonar o estudo destas oposicións: unha delas é que eiquí en Galicia non hai case prazas de administrativo do Estado, que, se quero ser funcionaria en Galicia, tería que me preparar unhas oposicións á administración local. A outra razón é que de momento non quero mudar nada da miña vida. Sei que é moito mellor ser funcionaria, que laboralmente gañaría moitísimas cousas se conseguise quitar unhas oposicións, pero de verdade agora non o preciso porque o traballo que teño gústame moito e moito máis me gusta dende que o comparto con Artemisa. Traballar con Artemisa é o mellor que me pode ocorrer nese eido, no eido laboral. Vivir con ela todas esas horas que traballamos xuntas e traballar do mesmo é algo que me enche moitísimo. Sentir que ela aprende grazas a min é algo fermoso e tamén me gusta moito que poidamos compartir todo o que vivimos na cafetaría. Non me sinto soa no meu traballo, en absoluto, nin tan sequera me doe ter que me erguer ás cinco da mañá e saír ás cinco e media da miña casa indo o frío que está indo en Ourense esta semana porque sei que, dentro dunhas horas, volverei ver á miña Artemisiña e iso é algo tan grande que case non o sei vivir. Cando a vexo entrar na cafetaría ás nove menos cuarto, sinto unha felicidade tan grande que non me cabe no peito e devezo por comezar a traballar xunta ela todos os días. Ademais, Silvia está moi contenta connosco. O xoves atopei na barra da cafetaría un papel no que ela escribira unha mensaxe moi longa que dicía que estaba moi orgullosa de nós, que estaba moi contenta connosco, que traballabamos moi ben as dúas, que xa lle dixeran moitas veces os clientes que lles gustaba moito como eramos, que non nos cambiaría por nada do mundo e que foi algo moi axeitado contratar tamén a Artemisa, que é unha persoa moi boa que engaiola a todo o mundo, que é moito máis traballadora e entregada do que agardaba e que está moi contenta, sobre todo iso. Ler esas verbas fíxome moi feliz e estaba desexando que viñese Artemisa para llo contar.

A vida arestora paréceme tan fermosa que me custa moito crer que todo o que vivimos sexa real. Custoume moitísimo conseguir esta vida. Hai moito tempo que soñaba con vivir xusto como o estou facendo agora e teño que recoñecer que esta vida que temos Artemisa e máis eu eiquí en Ourense, na miña belísima e amada terra, é moito máis bonita e máxica do que xamais puiden imaxinar. Custou moito que os meus soños se cumprisen, pero hoxe pensei que sempre acaba chegando o que desexamos con todas as nosas forzas. Custa, pero acaba chegando. Ogallá eu puidese voltar ao pasado para falar coa Agnes que se murchaba no hospital e poderlle dicir que tivese paciencia, que non permitise que a tristura a abatese tanto, que chegaría o día no que podería voltar á súa estrañada terra e comezar a vida que tanto devecía vivir; pero o pasado xa non se pode recuperar e, por moito que o desexe, nunca poderei diminuír a forza de toda esa tristura que me esnaquizou a ialma durante tanto tempo; pero agora sinto que todo ese sufrimento pagou a pena porque o que teño agora é moito máis máxico que calquera soño. Non podo crer que alguén coma min, que sempre tivo tanta mala sorte, poida ter unha vida tan fermosa e chea de bendicións. Emociónome moito cando penso en todo o que teño. Non o podo evitar. Sinto que decotío teño que dar as grazas. Esta mañá, namentres acaroaba as verbas que lle dedicamos a Lúa, tamén lle dei as grazas a ela por facilitar tanto as cousas. Se Lúa non tivese aparecido na miña vida, posibelmente eu non podería traballar nin vivir en Ourense, non tería traballo e tampouco un fogar onde vivir. Sei con moita certeza que a miña vida en Galicia non tería sido posíbel se Lúa non me tivese dado tanto, se eu non tivese estado con Lúa. O destino é moito máis intelixente do que imaxinamos. Cada vez estou máis convencida de que hai algo por riba nosa que controla a nosa vida, o noso futuro, todo o que nos ocorre está planificado, unido a outras experiencias sen as cales non serían posíbeis todas as que nos agardan despois. Eu son unha persoa que pensa moitísimo en todo, nas cousas máis complicadas e transcendentais da existencia, e para min ten moito sentido que eu poida vivir eiquí en Ourense con Artemisa despois de estar con Lúa.

Mesmo teño que recoñecer que me gusta chorar por Lúa, gústame sentirme tristeiriña por ela. Sei que paga a pena chorar por ela de cando en cando porque o merece, merece que a lembremos con tanto agarimo porque ela nos quixo moitísimo a todos e amosouno sempre a través das súas atencións, dos seus acenos de amor, das súas verbas, de todos os agasallos que nos fixo durante o tempo que compartiu con todos nós. É bonito estar tristes por unha persoa que quixemos e que marchou para sempre. É bonito sentir un chisquiño de morriña cando a felicidade enche a nosa ialma toda. O contraste desas emocións tan intensas fai que a vida teña máis sentido, que sexa máis fermoso todo, como é fermoso un abrente no que o sol creba as brétemas que agochan as súas raiolas. Hai algo nos contrastes da vida que fai que esta sexa moito máis misteriosa e belida.

O que me fai inmensamente feliz é sentir que Artemisa tamén é feliz nesta vida. Díxome moitas veces que se arrepinte de non vir a Galicia antes, pero eu dígolle que as cousas pasan cando teñen que ocorrer, que todo chega cando ten que chegar. Seica nada tivese saído tan ben se as cousas non ocorresen como aconteceron. Talvez non pague a pena pensar tanto, senón só vivir, pero as persoas tan sensíbeis coma min non podemos evitar pensar nas cousas e sentir orgullo cando imos descubrindo os porqués de cada acontecemento. É algo único saber o senso das cousas. Sei que eu penso demasiado e que moitas veces ese pensar inesgotábel da miña mente pódeme pór moi tristeiriña e desacougada, pero non mudaría por nada a miña maneira de ser. Agora atópolle máis senso que nunca á miña maneira de ser, á miña personalidade, ao meu carácter, a todo o que son, porque son consciente de que a miña maneira de ser é especial e única. Si recoñezo que teño que desenvolver moitísimas facultades que agora teño durmidas no meu interior, pero sei tamén que estas irán saíndo devagariño.

Teño que contar unha cousiña moi fermosa que me ocorreu onte ao solpor. Xiña, unha veciña da aldeíña (o seu nome é Maruxiña), tiña unha vaquiña doente dende había días. Onte á tarde, encontrámonos con ela Artemisa e máis eu cando volviamos de dar un paseo polo bosque e explicounos que estaba moi preocupada pola súa vaquiña, que chamara a un veterinario que coñecía e que lle dixera que estaba fóra de Galicia esta fin de semana e que non podería ver á súa vaquiña ata o luns. Contounos que había tempo que non comía ben, que non lle apetecía moverse nin nada, que ficaba deitadiña na corte sen querer facer nada e que non había maneira de animala. Entón, díxome algo que me deixou sen palabras: “sei que ti sempre puideches falar cos animais. Vén comigo e tenta descubrir o que lle ocorre a Louriña, á miña vaquiña.”

Había moito tempo que ninguén falaba desa facultade miña tan misteriosa da que todos os veciños da aldeíña tiñan constancia e da que ninguén se atrevera a falar nunca. Era algo que se comentaba en silencio. Só miña nai insinuou algunhas veces que eu tiña un poder especial porque me levaba demasiado ben cos animais, pero nunca foi quen de falalo con ningún veciño da aldeíña porque todos xa pensaban que eu non era unha rapaza normal. O meu xeito de ser, de traballar no campo cando viña a seitura, a malla e tamén a vendima non se asemellaba ao xeito de traballar de calquera outro rapaz ou rapaza da aldeíña, pois eu tiña unha forza especial nos brazos e nunca me esgotaba, por moi duramente que traballásemos durante días. É certo que eu daba moito de min cando traballaba no agro, pero gustábame tanto sentirme forte que non podía notar o esgotamento que se apoderaba do meu ser.

Artemisa tamén quedou moi abraiada ao escoitar as verbas que Xiña me dirixira, pero non dixo nada. Sabía tamén que a min me conmovera moito o que me dixera Xiña e que estaba a piques de emocionarme. É a primeira vez que alguén que non é a miña nai me fala diso.

Non lle puiden contestar. Collina do brazo e fomos xuntas á corte para ver a Louriña. Louriña estaba deitada cos ollos case pechadiños. Antes de achegarme a ela, mireina atentamente para saber se ese momento era axeitado para estar con ela, para descubrir se quería compaña ou prefería ficar soíña. Entón, sen que nin eu mesma case o puidese crer, notei que Louriña me ollaba cos ollos cheos de tristura e súplicas. Aquela vaquiña estaba pedindo axuda e non sabía como expresala. Non podía dubidar de que o que eu estaba a sentir proviña da ialma de Louriña. Sei que Artemisa tamén advertira o senso do ollar da vaquiña.

Paseniñamente, achegueime a Louriña, con moito coidado, pois non a quería molestar, e, ao ver que me achegaba a ela, entón abriu máis os ollos e removeuse inquieta, pero eu sabía que non estaba incómoda nin asustada. Artemisa e máis Xiña quedaron na entrada da corte, sen moverse, e eu, cando estiven xa moi pretiño da vaquiña, agacheime ao seu carón e aloumiñeina con moito agarimo e coidado. Ela non me deixaba de ollar. Nos seus ollos eu podía ver o sufrimento que estaba a padecer. Daquela souben que a Louriña non lle restaba case vida. Estaba morrendo. Decatarme diso fíxome moito dano, pero tentei non romper a chorar porque non quería perder a calma tan rápido.

Louriña moveuse e achegouse un poquiño máis a min, deixando caer a súa cabeciña pretísimo do meu colo. Eu non deixei de aloumiñala, tentando que estivese máis tranquila. Xa notara que no seu ventre tiña uns  vultiños moi estraños que seguramente eran a causa da súa doenza, pero eu non son veterinaria (malia que me gustaría moito selo), non podo facer ningún diagnóstico. Só podo sentir o que un animal sente, sen que teña que facer ningún esforzo. Por iso son incapaz de comer calquera cousa que veña deles, porque me parece que a súa ialma sente con moita máis intensidade cá nosa.

Nese momento, parecíame que estabamos ela e máis eu soíñas nun mundo no que ninguén lle podería facer dano, pero eu sentía que a súa vida fuxía do seu ser devagariño, moi amodiño, como se lle dese medo afastarse da calor dese corpo que estaba deixando de vivir.

Ouvín que Xiña me preguntaba que lle ocorría a Louriña, se estaba ben. Non foi preciso dicir ren. Olleina con tristura e ela soubo interpretar moi ben o meu ollar. Achegouse á súa vaquiña con bágoas nos ollos e, namentres se agachaba ao noso lado, díxome: “sabía que ía pasar. Estaba moi maliña.” E xa non dixemos nada máis. Artemisa tamén veu ata nós e sentou no chan. Louriña estivo moi acompañada namentres a súa vida se apagaba e eu sentía que nolo agradecía, que non nos podía deixar de ollar, que os seus ollos eran a súa voz. Pechou os ollos sentíndose acougada e protexida.

A morte de Louriña foi un acontecemento moi triste, pero hei de dicir que tamén a súa fin foi bonita e entrañábel. AS cousas tristes vívense na aldeíña doutro xeito. Non hai tanta traxedia, pero a tristura sempre se sente aboiar no ar. Ninguén bota berros de impotencia nin vai polos camiños dicindo en voz alta “ai, que tristura teño na ialma.” Non fai falla. Só as miradas de cadaquén poden expresar o que levamos por dentro. Eu sempre fun eisí tamén. Poucas veces expresei a miña tristura con verbas, só cando xa non tiña máis remedio, porque prefería gardala no silencio e nos meus ollos, os que sempre falaron moito máis cá miña voz. Nós somos eisí. Calamos o sufrimento, pero témolo berrando por dentro. Temos berrando a tristura, pero seguimos sendo fortes. Eu sei que son forte, moito máis do que eu pensaba, pero sono agora moito máis que nunca porque estou na miña terra. Antes parecía e era unha persoa feble porque non estaba na miña terra. A miña terra non me podía dar os azos para seguir vivindo malia as cousas tristes que vivía. Agora si sinto que teño eses folgos que antes me fallaron.

Por iso, cando Louriña morreu, cando pechou os seus fermosos olliños, collín das mans a Xiña e ambas as dúas choramos sen facer ruído. Artemisa tamén chorou e compartimos as tres un momento de tristura que, non obstante, foi moi fermoso. Eu sentía que Xiña nos agradecía que estivésemos con ela, pero sobre todo que a entendésemos tan ben, que a acompañásemos nese momento. E eisí vivimos as cousas na aldea, acompañándonos os uns aos outros en todo o que faga falla.

Artemisa dime que estou a lle amosar unha maneira distinta e moi fermosa de sentir e de vivir e a min iso alégrame moito porque a min sempre me puxo moito medo pensar que a Artemisa non lle gustaría como vivimos eiquí en Galicia, na aldea, en Ourense, como sentimos e pensamos, como celebramos as cousas, pero ter ese medo foi algo moi estúpido.

Da miña Artemisiña tamén quero falar, pero síntome incapaz de escribir sobre o que lle ocorre porque me pon moi tristeiriña e non lles quero facer caso a eses pensamentos que teño verbo o que está vivindo. Ela non está ben de saúde, pero sei que se vai poñer ben, seino, porque ela é moi forte tamén, pero tamén sinto medo cando me pregunto que ocorrería se ela se puxese peor. Ten unha anemia moi forte que lle tira as forzas físicas que precisa para vivir. Maréase moito e tampouco ten moita fame. Ademais, o que come non lle acaba de sentar moi ben, pero ela está disposta a loitar. Non obstante, o noso doutor díxolle que tería que deixar a súa dieta vegana por un tempo e a ela fíxolle moito dano ouvir esas verbas. Onte, cando saímos da corte de Xiña, díxome que, despois de vivir o que acababa de vivir, máis incapaz era de comer carne, que xamais o podería facer, por moi mal que se encontrase, porque é algo que a supera, que está por riba do que ela pode facer. Enténdoa perfectamente, pero agardo que non nos teñamos que ver obrigadas a tomar unha decisión tan horríbel.

Dáme medo que Artemisa estea máis doentiña do que ninguén imaxina, pero tamén sei que ese medo non nace de ningunha intuición, senón dos meus pensamentos; mais non o podo evitar. Non quero que lle pase nada. Se a Artemisa lle ocorre algo malo, eu non sei que faría, non o sei, non sei que sería quen de facer por ela. Coido que volvería entolecer se ela se enfermase. Non o podería aturar, pero tamén sei que faría calquera cousa por coidala. Artemisa nunca estará soa namentres eu ou calquera persoa que a coñeza respiremos.

Sei que miña nai tamén quere moito a Artemisa. Onte á noite, namentres Artemisa estaba na ducha, díxome que estaba moi feliz de que estivese cunha persoa tan boa. Expliqueille o que pasara con Louriña e como reaccionaramos as tres e pareceulle unha experiencia moi triste, pero tamén moi fermosa. Díxome que Artemisa tiña unha ialma moi pura e que merecía que todos a quixésemos moito, que merecía ser feliz. Esta tarde, cando chegamos a Ourense, Artemisa contoume que, pola mañá, namentres miña nai e máis ela facían unha bica que lles quedou riquísima, miña nai lle dera as grazas por todo o que facía por min. Artemisa contestoulle que me amaba con toda a súa ialma e que sempre faría calquera cousa por min. Contoume Artemisa que falaron de moitas cousas e que mesmo Artemisa lle explicou algunhas cousiñas da súa vida. Gústame moitísimo e faime moi feliz que miña nai e máis Artemisa se leven tan ben. É algo tan bonito e incribelmente fermoso... Pola Deusa, cantas bendicións temos na nosa vida.

E coido que xa vou deixar de escribir. Temos que preparar a cea. Mañá comezará outra semana fermosa chea de momentos únicos. Que feliz son. Sendo tan feliz, son quen de enfrontar calquera experiencia triste que nos veña. Sei que xuntas poderemos con todo. Sei que esta vida é a que sempre nos merecemos vivir. Preciso dar as grazas, pero ás veces sinto que non é abondo con darllas á Deusa. Preciso berrar “grazas” ao vento, á iauga, ao frío de Ourense... Que inverno tan bonito. Mais sei que ten que selo máis, que ha de nevar porque as montañas precisan máis neve para que os ríos poidan ter máis iauga, pero tamén sei que iso chegará.

 
Traducción:



Domingo, 13 de enero de 2019
Artemisa y yo hoy hemos hecho algo increíble y hermosísimo. Por la mañana fuimos al cementerio y, sentadas delante de la tumba de Lúa, tocamos y cantamos las canciones que más le gustaban a ella, a esa mujer cuya vida se apagó tan prontiño, tan injustamente. Artemisa aprendió a tocar con la guitarra las canciones que más le hacían sentir a Lúa y yo, intentando que mi voz sonase clara, canté junto a ella lo mejor que pude. Fueron unos momentos muy bonitos que nos acercaron a esa alma que aún sigue viva entre nosotros. Le cantamos canciones de Ses (una cantante que nos gustaba mucho a las dos) y de Amaral, entre otras que siempre estuvieron en nuestras vidas. Yo sentí muchísimas ganas de llorar en todo momento porque aquello que estábamos haciendo era algo que llevábamos planificando hacer hace mucho tiempo y, hasta ahora, no nos hemos atrevido a hacerlo porque era algo muy fuerte y Artemisa también debía sentirse capaz de poder tocar la guitarra delante de la tumba de Lúa imaginando que todas las notas que naciesen de sus dedos llegarían hasta ella. Yo mantuve los ojos cerrados casi todo el tiempo y sentía que en mi alma había sentimientos que no brotaban de mi corazón. Al mismo tiempo que cantábamos, yo sentía que el aire acogía palabras calladas que sólo nosotras podíamos oír, pero sé también que yo era la única que oía esas palabras tan silenciosas que cruzaban el cielo de la mañana, tan frío y teñido del color de las perlas. Había algo a nuestro alrededor que hablaba, que contenía una voz que no formaba parte de la naturaleza que nos rodeaba. Yo sabía que nuestras canciones llegaban hasta Lúa, dondequiera que esté, y lo sentía muy fuertemente en mi ser, como si alguien estuviese diciéndome que de verdad ella sí nos oía. Yo sentía que el viento que soplaba meciendo las ramas desnudas de los árboles transportaba nuestras canciones y yo sabía que Lúa nos agradecía que le cantásemos y le tocásemos esas cantigas que tanto le gustaban. Fue un regalo para ella. Va a hacer tres meses que se marchó para siempre y, hasta ahora, no nos hemos atrevido a darle ese regalo tan bonito que yo llevo tiempo queriendo entregarle.
Todavía tengo rescoldos del intenso resfriado que he pasado, pero pude cantar lo mejor que sé. Sé que mi voz podría haber sonado más clara, pero también notaba yo que estaba llena de sentimientos, que brotaba de mi alma arrastrando todas las emociones que la henchían en esos momentos. Y lo más bonito y emotivo fue descubrir que, casi cuando estábamos acabando de tocar todas las canciones que pensábamos darle a Lúa, Iria estaba escuchándonos con mucha atención, con los ojos llenos de lágrimas, reprimiendo un llanto que huía de su piel y de sus ojos sin que ella pudiese evitarlo. Cuando me enteré de que ella estaba allí, me giré y la miré con vergüenza, pero enseguida me di cuenta de que ella nos agradecía con toda su alma que hiciésemos eso para Lúa. La última canción que habíamos tocado era la más alegre de todas; una muiñeira de Ourense que nunca faltaba en nuestras pandeiradas, y yo en esos momentos sentía que estaba enviándole vida a través de nuestra música, le enviábamos vida a su muerte, algo que no se puede explicar. Ojalá que con estas canciones le hayamos podido ofrecer una nueva oportunidad para volver a vivir.
Iria se acercó a mí cuando supo que ya no tocaríamos más canciones y me dio un abrazo muy hermoso que me hizo llorar sin que nadie pudiese evitarlo. Llevaba mucho tiempo reprimiendo el llanto y el abrazo que me dio la madre de Lúa para agradecerme lo que habíamos hecho por su hija deshizo la fortaleza en la que yo encerraba mis ganas de llorar. Fue un momento muy bonito. Iria también abrazó a Artemisa, quien también había estado esforzándose mucho por no llorar mientras tocaba. Lo hizo muy bien. Hizo sonar la guitarra con mucha ternura y dulzura. Esos momentos que le dedicamos a Lúa fueron como un sueño. Nunca imaginé que Artemisa y yo pudiésemos vivir algo tan bonito delante de la tumba de Lúa. Antes de comenzar a tocar, yo me agaché y pasé la mano por las palabras que hay escritas en su lápida: “tus seres más queridos, entre familiares y amigos, nunca te olvidarán. Tu recuerdo vivirá siempre en nuestro corazón. Te queremos, Luíña” mientras sentía que mi pecho todo se llenaba de llanto y de tristeza. Creía que no podría cantar delante de su tumba, pero, en cuanto cerré los ojos y oí lo bonitas que sonaban en los dedos de Artemisa las notas de las canciones que le íbamos a regalar a su recuerdo, supe que la misma música me daría ánimo para cantar todo lo que teníamos pensado cantar.
Todos los días, Iria va a la tumba de Lúa para hablar con ella. Nos explicó esta mañana a Artemisa y a mí que sólo hablando con ella puede sosegarse, que siente que ella la escucha, que no duda de que su hija puede escucharla dondequiera que esté. Nos dijo que sentía que Lúa estaba en el aire, que le hablaba a través del viento, que la notaba brillar en la luz del día e incluso, en el frío que hiela el río Miño, podía sentir que estaba su piel, que ella sentía que podía acariciar las manos de su hija si tocaba el agua del río. Nos confesó que algunas vecinas le habían dicho que, si iba todos los días a la tumba de su hija, nunca podría superar su muerte, pero también entendían que necesitase hacerlo. Iria nos dijo que no le importaba no superar la muerte de su hija, que ya tenía edad suficiente para no superar nada más, que no quería dejar de recordar nunca a Lúa y tampoco pretendía dejar de llorarla, que llorándola era la única manera de saber que ella había existido, que no podía abandonarla en beneficio de su felicidad. Nos dijo también que le costaba mucho estar feliz sabiendo que nunca más podrá ver sonreír a su hija, pero que la muerte de ella no le quitaba las ganas de vivir. Quería seguir viviendo, pero teniendo muy presente a la persona que más quiso y quiere en el mundo. Su decisión es la más respetable del mundo. Me parece que nadie puede reinar sobre nuestros sentimientos. Nuestros sentimientos, la mayoría de veces, son mucho más fuertes que nuestras convicciones, más fuertes que todo lo que nos dicen los demás. Nadie puede saber cómo siente nuestra alma por mucho que intentemos explicarles a los demás cómo sentimos.
Este fin de semana ha sido muy especial. Creo que cada fin de semana que vivimos en la aldeíña es muy mágico, especial y único. Este fin de semana termina una semana inolvidable llena de momentos que no podré olvidar nunca, momentos que son parte de mi rutina. También he tomado una decisión importante: de momento no voy a seguir estudiando para las oposiciones. Hay varias razones que me convencieron de abandonar el estudio de estas oposiciones: una de ellas es que aquí en Galicia no hay casi plazas de administrativo del Estado, que, si quiero ser funcionaria en Galicia, tendría que prepararme unas oposiciones a la administración local. La otra razón es que de momento no quiero cambiar nada de mi vida. Sé que es mucho mejor ser funcionaria, que laboralmente ganaría muchísimas cosas si consiguiese sacar unas oposiciones, pero de verdad ahora no lo necesito porque el trabajo que tengo me gusta mucho y mucho más me gusta desde que lo comparto con Artemisa. Trabajar con Artemisa es lo mejor que puede ocurrirme en ese ámbito, en el ámbito laboral. Vivir con ella todas esas horas que trabajamos juntas y trabajar de lo mismo es algo que me llena muchísimo. Sentir que ella aprende gracias a mí es algo hermoso y también me gusta mucho que podamos compartir todo lo que vivimos en la cafetería. No me siento sola en mi trabajo, en absoluto, ni tan siquiera me duele tener que levantarme a las cinco de la mañana y salir a las cinco y media de mi casa haciendo el frío que está haciendo en Ourense esta semana porque sé que, dentro de unas horas, volveré a ver a mi Artemisiña y eso es algo tan grande que casi no sé vivirlo. Cuando la veo entrar en la cafetería a las nueve menos cuarto, siento una felicidad tan grande que no me cabe en el pecho y ansío comenzar a trabajar junto a ella todos los días. Además, Silvia está muy contenta con nosotras. El jueves encontré en la barra de la cafetería un papel en el que ella había escrito un mensaje muy largo que decía que estaba muy orgullosa de nosotras, que estaba muy contenta con nosotras, que trabajábamos muy bien las dos, que ya le habían dicho muchas veces los clientes que les gustaba mucho cómo éramos, que no nos cambiaría por nada del mundo y que fue algo muy acertado contratar también a Artemisa, que es una persona muy buena que enamora a todo el mundo, que es mucho más trabajadora y entregada de lo que esperaba y que está muy contenta, sobre todo eso. Leer esas palabras me hizo muy feliz y estaba deseando que viniese Artemisa para contárselo.
La vida ahora mismo me parece tan bonita que me cuesta mucho creer que todo lo que vivimos sea real. Me ha costado mucho conseguir esta vida. Hace mucho tiempo que soñaba con vivir justo como estoy haciéndolo ahora y tengo que reconocer que esta vida que tenemos Artemisa y yo aquí en Ourense, en mi bellísima y amada tierra, es mucho más bonita y mágica de lo que jamás pude imaginar. Ha costado mucho que mis sueños se cumplan, pero hoy he pensado que siempre acaba llegando lo que deseamos con todas nuestras fuerzas. Cuesta, pero acaba llegando. Ojalá yo pudiese volver al pasado para hablar con la Agnes que se marchitaba en el hospital y poder decirle que tuviese paciencia, que no permitiese que la tristeza la abatiese tanto, que llegaría el día en el que podría regresar a su añorada tierra y comenzar la vida que tanto ansiaba vivir, pero el pasado ya no se puede recuperar y, por mucho que lo desee, nunca podré disminuir la fuerza de toda esa tristeza que me destrozó el alma durante tanto tiempo; pero ahora siento que todo ese sufrimiento ha merecido la pena porque lo que tengo ahora es mucho más mágico que cualquier sueño. No puedo creer que alguien como yo, que siempre tuvo tanta mala suerte, pueda tener una vida tan hermosa y llena de bendiciones. Me emociono mucho cuando pienso en todo lo que tengo. No puedo evitarlo. Siento que continuamente tengo que dar las gracias. Esta mañana, mientras acariciaba las palabras que le dedicamos a Lúa, también le di las gracias a ella por facilitar tanto las cosas. Si Lúa no hubiese aparecido en mi vida, posiblemente yo no podría trabajar ni vivir en Ourense, no tendría trabajo y tampoco un hogar en el que vivir. Sé con mucha certeza que mi vida en Galicia no habría sido posible si Lúa no me hubiese dado tanto, si yo no hubiese estado con Lúa. El destino es mucho más inteligente de lo que imaginamos. Cada vez estoy más convencida de que hay algo por encima de nosotros que controla nuestra vida, nuestro futuro, todo lo que nos ocurre está planificado, unido a otras experiencias sin las cuales no serían posibles todas las que nos esperan después. Yo soy una persona que piensa muchísimo en todo, en las cosas más complicadas y trascendentales de la existencia, y para mí tiene mucho sentido que yo pueda vivir aquí en Ourense con Artemisa después de estar con Lúa.
Incluso tengo que reconocer que me gusta llorar por Lúa, me gusta sentirme tristiña por ella. Sé que merece la pena llorar por ella de vez en cuando porque se lo merece, merece que la recordemos con tanto cariño porque ella nos quiso muchísimo a todos y lo demostró siempre a través de sus atenciones, de sus gestos de amor, de sus palabras, de todos los regalos que nos hizo durante el tiempo que compartió con todos nosotros. Es bonito estar tristes por una persona que quisimos y que se marchó para siempre. Es bonito sentir un poquiño de morriña cuando la felicidad llena nuestra alma toda. El contraste de esas emociones tan intensas hace que la vida tenga más sentido, que sea más hermoso todo, como es hermoso un amanecer en el que el sol quiebra las brumas que esconden sus rayos. Hay algo en los contrastes de la vida que hace que ésta sea mucho más misteriosa y bella.
Lo que me hace inmensamente feliz es sentir que Artemisa también es feliz en esta vida. Me ha dicho muchas veces que se arrepiente de no haber venido a Galicia antes, pero yo le digo que las cosas pasan cuando tienen que ocurrir, que todo llega cuando tiene que llegar. Quizás nada hubiese salido tan bien si las cosas no hubiesen ocurrido como han acontecido. Tal vez no merezca la pena pensar tanto, sino sólo vivir, pero las personas tan sensibles como yo no podemos evitar pensar en las cosas y sentir orgullo cuando vamos descubriendo los porqués de cada acontecimiento. Es algo único saber el sentido de las cosas. Sé que yo pienso demasiado y que muchas veces ese pensar inagotable de mi mente puede ponerme muy tristiña y desasosegada, pero no cambiaría por nada mi manera de ser. Ahora le encuentro más sentido que nunca a mi manera de ser, a mi personalidad, a mi carácter, a todo lo que soy, porque soy consciente de que mi manera de ser es especial y única. Sí reconozco que tengo que desarrollar muchísimas facultades que ahora tengo dormidas en mi interior, pero sé también que éstas irán saliendo poquiño a poco.
Tengo que contar una cosiña muy hermosa que me ocurrió ayer al atardecer. Xiña, una vecina de la aldeíña (su nombre es Maruxiña), tenía una vaquiña enferma desde hacía días. Ayer por la tarde, nos encontramos con ella Artemisa y yo cuando volvíamos de dar un paseo por el bosque y nos explicó que estaba muy preocupada por su vaquiña, que había llamado a un veterinario que conocía y que le había dicho que estaba fuera de Galicia este fin de semana y que no podría ver a su vaquiña hasta el lunes. Nos contó que hacía tiempo que no comía bien, que no le apetecía moverse ni nada, que permanecía tumbadiña en la vaqueriza sin querer hacer nada y que no había manera de animarla. Entonces, me dijo algo que me dejó sin palabras: “sé que tú siempre has podido hablar con los animales. Ven conmigo e intenta descubrir lo que le ocurre a Louriña, a mi vaquiña.”
Hacía mucho tiempo que nadie hablaba de esa facultad mía tan misteriosa de la que todos los vecinos de la aldeíña tenían constancia y de la que nadie se había atrevido a hablar nunca. Era algo que se comentaba en silencio. Sólo mi madre insinuó algunas veces que yo tenía un poder especial porque me llevaba demasiado bien con los animales, pero nunca fue capaz de hablarlo con ningún vecino de la aldeíña porque todos ya pensaban que no era una rapaza normal. Mi modo de ser, de trabajar en el campo cuando venía la siega, la malla y también la vendimia no se asemejaba al modo de trabajar de cualquier otro rapaz o rapaza de la aldeíña, pues yo tenía una fuerza especial en los brazos y nunca me agotaba, por muy duramente que trabajásemos durante días. Es cierto que yo daba mucho de mí cuando trabajaba en el campo, pero me gustaba tanto sentirme fuerte que no podía notar el agotamiento que se apoderaba de mi ser.
Artemisa se quedó muy asombrada al escuchar las palabras que Xiña me había dirigido, pero no dijo nada. Sabía también que a mí me había conmovido mucho lo que me había dicho Xiña y que estaba a punto de emocionarme. Es la primera vez que alguien que no es mi madre me habla de eso.
No pude contestarle. La cogí del brazo y fuimos juntas a la vaqueriza para ver a Louriña. Louriña estaba tumbada con los ojos casi cerradiños. Antes de acercarme a ella, la miré atentamente para saber si ese momento era adecuado para estar con ella, para descubrir si quería compañía o prefería permanecer soliña. Entonces, sin que ni yo misma casi pudiese creerlo, noté que Louriña me miraba con los ojos llenos de tristeza y súplicas. Aquella vaquiña estaba pidiendo ayuda y no sabía cómo expresarla. No podía dudar de que lo que yo estaba sintiendo provenía del alma de Louriña. Sé que Artemisa también había advertido el sentido de la mirada de la vaquiña.
Lentamente, me acerqué a Louriña, con mucho cuidado, pues no quería molestarla, y, al ver que me aproximaba a ella, entonces abrió más los ojos y se removió inquieta, pero yo sabía que no estaba incómoda ni asustada. Artemisa y Xiña se quedaron en la entrada de la vaqueriza, sin moverse, y yo, cuando estuve ya muy cerquiña de la vaquiña, me agaché a su lado y la acaricié con mucho cariño y cuidado. Ella no dejaba de mirarme. En sus ojos yo podía ver el sufrimiento que estaba padeciendo. Entonces supe que a Louriña no le quedaba casi vida. Estaba muriéndose. Percatarme de eso me hizo mucho daño, pero intenté no romper a llorar porque no quería perder la calma tan rápido.
Louriña se movió y se arrimó un poquiño más a mí, dejando caer su cabeciña cerquísima de mi regazo. Yo no dejé de acariciarla, intentando que estuviese más tranquila. Ya había notado que en su vientre tenía unos bultiños muy extraños que seguramente eran la causa de su enfermedad, pero yo no soy veterinaria (a pesar de que me gustaría mucho serlo), no puedo hacer ningún diagnóstico. Sólo puedo sentir lo que un animal siente, sin que tenga que hacer ningún esfuerzo. Por eso soy incapaz de comer cualquier cosa que venga de ellos, porque me parece que su alma siente con mucha más intensidad que la nuestra.
En ese momento, me parecía que estábamos ella y yo soliñas en un mundo en el que nadie podría hacerle daño, pero yo sentía que su vida huía de su ser poquiño a poco, muy despaciño, como si le diese miedo alejarse del calor de ese cuerpo que estaba dejando de vivir.
Oí que Xiña me preguntaba qué le ocurría a Louriña, si estaba bien. No fue necesario decir nada. La miré con tristeza y ella supo interpretar muy bien mi mirada. Se acercó a su vaquiña con lágrimas en los ojos y, mientras se agachaba a nuestro lado, me dijo: “sabía que iba a pasar. Estaba muy maliña.” Y ya no dijimos nada más. Artemisa también vino hasta nosotras y se sentó en el suelo. Louriña estuvo muy acompañada mientras su vida se apagaba y yo sentía que nos lo agradecía, que no podía dejar de mirarnos, que sus ojos eran su voz. Cerró los ojos sintiéndose sosegada y protegida.
La muerte de Louriña ha sido un acontecimiento muy triste, pero he de decir que su fin ha sido bonito y entrañable. Las cosas tristes se viven en la aldeíña de otro modo. No hay tanta tragedia, pero la tristeza siempre se siente flotar en el aire. Nadie lanza gritos de impotencia ni va por los caminos diciendo en voz alta “ay, qué tristeza tengo en el alma.” No hace falta. Sólo las miradas de cada uno pueden expresar lo que llevamos por dentro. Yo siempre he sido así también. Pocas veces he expresado mi tristeza con palabras, sólo cuando ya no tenía más remedio, porque prefería guardarla en el silencio y en mis ojos, los que siempre hablaron mucho más que mi voz. Nosotros somos así. Callamos el sufrimiento, pero lo tenemos gritando por dentro. Tenemos gritando la tristeza, pero seguimos siendo fuertes. Yo sé que soy fuerte, mucho más de lo que yo pensaba, pero lo soy ahora mucho más que nunca porque estoy en mi tierra. Antes parecía y era una persona débil porque no estaba en mi tierra. Mi tierra no podía darme la fuerza para seguir viviendo a pesar de las cosas tristes que vivía. Ahora sí siento que tengo esa fuerza que antes me faltó.
Por eso, cuando Louriña murió, cuando cerró sus hermosos ojiños, cogí de las manos a Xiña y ambas lloramos sin hacer ruido. Artemisa también lloró y compartimos las tres un momento de tristeza que, no obstante, fue muy hermoso. Yo sentía que Xiña nos agradecía que estuviésemos con ella, pero sobre todo que la entendiésemos tan bien, que la acompañásemos en ese momento. Y así vivimos las cosas en la aldea, acompañándonos los unos a los otros en todo lo que haga falta.
Artemisa me dice que estoy mostrándole una manera distinta y muy hermosa de sentir y de vivir y eso a mí me alegra mucho porque a mí siempre me dio mucho miedo pensar que a Artemisa no le gustaría cómo vivimos aquí en Galicia, en la aldea, en Ourense, cómo sentimos y pensamos, cómo celebramos las cosas, pero tener ese miedo fue algo muy estúpido.
De mi Artemisiña también quiero hablar, pero me siento incapaz de escribir sobre lo que le ocurre porque me pone muy tristiña y no quiero hacerles caso a esos pensamientos que tengo acerca de lo que está viviendo. Ella no está bien de salud, pero sé que va a ponerse bien, lo sé, porque ella es muy fuerte también, pero también siento miedo cuando me pregunto qué ocurriría si ella se pusiese peor. Tiene una anemia muy fuerte que le quita las fuerzas físicas que precisa para vivir. Se marea mucho y tampoco tiene mucha hambre. Además, lo que come no acaba de sentarle muy bien, pero ella está dispuesta a luchar. No obstante, nuestro doctor le dijo que tendría que dejar su dieta vegana por un tiempo y a ella le hizo mucho daño oír esas palabras. Ayer, cuando salimos de la vaqueriza de Xiña, me dijo que, después de vivir lo que acababa de vivir, más incapaz era de comer carne, que jamás podría hacerlo, por muy mal que se encontrase, porque es algo que la supera, está por encima de lo que ella puede hacer. La entiendo perfectamente, pero espero que no tengamos que vernos obligadas a tomar una decisión tan horrible.
Me da miedo que Artemisa esté más enfermiña de lo que nadie imagina, pero también sé que ese miedo no nace de ninguna intuición, sino de mis pensamientos; mas no puedo evitarlo. No quiero que le pase nada. Si a Artemisa le ocurre algo malo, yo no sé qué haría, no lo sé, no sé qué sería capaz de hacer por ella. Creo que volvería a enloquecerme si ella se enfermase. No podría soportarlo, pero también sé que haría cualquier cosa por cuidarla. Artemisa nunca estará sola mientras yo o cualquier persona que la conozca respiremos.
Sé que mi madre también quiere mucho a Artemisa. Ayer por la noche, mientras Artemisa estaba en la ducha, me dijo que estaba muy feliz de que estuviese con una persona tan buena. Le expliqué lo que había pasado con Louriña y cómo habíamos reaccionado las tres y le pareció una experiencia muy triste, pero también muy hermosa. Me dijo que Artemisa tenía un alma muy pura y que se merecía que todos la quisiésemos mucho, que se merecía ser feliz. Esta tarde, cuando llegamos a Ourense, Artemisa me ha contado que, por la mañana, mientras mi madre y ella hacían una bica que les quedó riquísima, mi madre le había dado las gracias por todo lo que hacía por mí. Artemisa le contestó que me amaba con toda su alma y que siempre haría cualquier cosa por mí. Me ha contado Artemisa que hablaron de muchas cosas y que incluso Artemisa le explicó algunas cosiñas de su vida. Me gusta muchísimo y me hace muy feliz que mi madre y Artemisa se lleven tan bien. Es algo tan bonito e increíblemente hermoso... Por la Diosa, cuántas bendiciones tenemos en nuestra vida.
Y creo que ya voy a dejar de escribir. Tenemos que preparar la cena. Mañana comenzará otra semana hermosa llena de momentos únicos. Qué feliz soy. Siendo tan feliz, soy capaz de afrontar cualquier experiencia triste que nos venga. Sé que juntas podremos con todo. Sé que esta vida es la que siempre nos merecimos vivir. Necesito dar las gracias, pero a veces siento que no es suficiente con dárselas a la Diosa. Necesito gritar “gracias” al viento, al agua, al frío de Ourense... Qué invierno tan bonito. Mas sé que tiene que serlo más, que ha de nevar porque las montañas precisan más nieve para que los ríos puedan tener más agua, pero también sé que eso llegará.