sábado, 11 de mayo de 2019

DIARIO DE ARTEMISA: VIERNES, 10 DE MAYO DE 2019


Viernes, 10 de mayo de 2019

Hace días que necesitaba escribir, pero no me he atrevido a hacerlo porque escribir en mi diario significa darles forma a mis miedos, verbalizar mis pensamientos y poner en palabras los sentimientos que me anegan el alma y que tanto me descontrolan y entristecen. Escribir en mi diario es algo que me cuesta mucho hacer porque no se trata de algo superficial. No escribo sobre las cosas rutinarias de nuestra vida, sino de la maraña de emociones, miedos y pensamientos que tengo por dentro. Escribir en mi diario es mirar dentro de mí y ponerles nombre a esos temores que me hacen temblar. Cuando me siento llena de luz y energía, no me resulta nada difícil escribir en mi diario, al contrario; escribir es algo que me apetece mucho hacer. Me llena mucho el alma convertir en palabras mis sentimientos, mis impresiones y mis deseos; pero, cuando no me encuentro bien anímicamente, huyo de la posibilidad de expresar lo que siento. Soy cobarde porque no me atrevo a enfrentarme a mis sentimientos, pero no puedo eludir eternamente la obligación que yo misma me impongo de hablar sobre mi vida.

Tengo miedo porque la semana pasada y durante algunos días de ésta nos ocurrieron hechos muy extraños y experimenté unos miedos atroces que hacía mucho tiempo que no sentía. Es más, estaba totalmente segura de que no volvería a sentirlos viviendo aquí en Ourense, pero esos miedos regresaron y esta vez creí que se convertirían en mi única realidad. Hacía mucho tiempo que no sentía tanto pánico a perder a Agnes. Pensaba que la perdería. Creí que no volvería con nosotros, que se desvanecería en esa realidad antigua que la atrapa y que tendría que despedirme de la persona que más amo del mundo. Creí que habíamos perdido a Agnes, pero, afortunadamente, no ha sido así y ruego por mi vida que nunca lo sea.

El sábado pasado creo que fue un día clave en la vida de Agnes y también en la mía. Ese día supuso un antes y un después para ella. Yo experimenté ese día todo el miedo que no he sentido en meses.

Ahora estoy en la aldea, rodeada por el poder y la tranquilidad de la naturaleza ourensana. Me siento capaz de hablar de todo esto porque la naturaleza me incita a hacerlo. El río parece pedirme con su silencioso cauce que exprese lo que siento, que exteriorice lo que llevo por dentro, todo eso que he estado callándome durante estos días. A Agnes le he hecho creer que estoy tranquila y que confío en su recuperación; pero la única realidad que reina en mis días es que estoy completamente aterrada. Sin embargo, parece que todo ha vuelto a su cauce. Desde este lunes, Agnes está distinta. Su manera de actuar no se asemeja en absoluto a la que la dominó la semana pasada. Está contenta, la noto feliz, veo que le brillan los ojos, ríe más, por fin, come cada vez mejor, la veo trabajar con ganas, experimento en mí la fuerza de la preciosa energía que le llena el alma. Está alegre, optimista, bromista, tal como ella es. Ha vuelto. Agnes ha vuelto, al fin; pero me da mucho miedo confiar en que está ya del todo bien porque tengo la sensación de que esta tregua que su enfermedad le ha dado es frágil. También me he planteado la posibilidad de que esta buena energía que ahora la domina no sea más que otro síntoma de la terrible enfermedad que la ataca y que la amenaza con destruirla para siempre, pero quiero confiar en que todo irá bien, al fin. Quiero creer que esta horrible crisis que ha sufrido ha sido muy necesaria para que pudiese conocerse a ella misma. Quiero creer que la crisis ha pasado y que de nuevo tendré a mi Agnes conmigo, la Agnes que tanto amo.

La semana pasada, creí que la perderíamos, que tendríamos que llevarla al hospital, pero no sólo porque su estado anímico empeorase, sino también porque estuvo más de tres días sin poder comer nada. Al principio, ella se excusaba diciendo que no se encontraba bien del estómago. También sufría mareos muy extraños e incluso se desmayó en la cafetería en más de una ocasión. Me decía que estaba cansada y que no se encontraba bien. Yo la creí, evidentemente, porque, además, el aspecto físico que tenía concordaba con lo que ella me contaba; pero, al final, ella acabó confesándome lo que le ocurría de verdad. Al principio, me costó creerla. Incluso se me pasó por la cabeza que esas explicaciones fuesen una paranoia. Me contó que, de repente, la mente se le llenaba de visiones de las que no podía huir. Me dijo que estaba totalmente convencida de que esas visiones eran recuerdos de sus vidas pasadas. Alguien que no conoce bien a Agnes, enseguida, pensaría que Agnes deliraba, que estaba perdiendo la cabeza; pero yo la conozco bien. Conozco sus dones, sus habilidades, sé que es la persona más mágica y especial que existe. Por eso soy incapaz de dudar de ella. Por supuesto que creí lo que me decía. La veía tan segura de sus palabras que en ningún momento se me ocurrió dudar de la veracidad de lo que me explicaba. Además, era cierto que no podía comer. Cada vez que tenía ante sí algún alimento, se le revolvía el estómago y vomitaba sin poder evitarlo. Yo la he visto sufrir esta crisis mejor que nadie. La he visto delirar de fiebre también... porque se puso mala el jueves con mucha fiebre, con dolor de estómago y de cabeza. La he visto padecer ataques horribles de ansiedad que estuvieron a punto de provocarle desmayos. Y eso lo he visto yo, lo he sufrido yo con ella. Nadie sabe lo mal que me sienta ver a Agnes tan deshecha, tan enferma.

Mas lo peor ocurrió el sábado. Cuando me desperté por la mañana, muy temprano, enseguida noté que Agnes no estaba conmigo. No me preocupé, pues, la noche anterior, Agnes me había dicho que por la mañana saldría a pasear con Laila por el bosque. Empecé a preocuparme cuando dieron las once de la mañana, y Agnes todavía no había vuelto. Anxos también empezó a inquietarse y a afirmar que no era normal que Agnes pasase tanto tiempo fuera de casa y mucho menos si había estado tan mala, padeciendo tanta fiebre. Me preparé para ir a buscarla, aunque en realidad no tenía ni idea de por dónde comenzar a hacerlo; pero, justo cuando me disponía a salir, Agnes llegó con Laila en brazos. Laila estaba extraña, como preocupada también, y Agnes estaba ida. Ida es la palabra que mejor define el estado en el que se encontraba, aunque soy consciente de que no suena nada bien; pero es que estaba ida. No hablaba, estaba sumergida en unos pensamientos que no compartía con nadie y parecía que hubiese acabado de vivir algo sorprendente y chocante. Yo le pregunté muchas veces si estaba bien y dónde había estado, pero ella me contestaba con monosílabos y me daba una información completamente nula; lo cual me preocupaba mucho más.

Mi desasosiego aumentó cuando me comunicó que, al atardecer, saldría de nuevo para dar un paseo por el bosque. Quise convencerla de que no fuese, de que se quedase descansando; pero ella parecía no entender mis palabras. Incluso le propuse acompañarla, pero se negó en rotundo a que lo hiciese. Me pidió que ni se me ocurriese seguirla, que tenía que hacer algo muy importante y que tenía que hacerlo en la más absoluta soledad, que era algo esencial para su vida y miles de cosas más que me sonaron a excusas horribles.

Por supuesto que la seguí. Salí detrás de ella cuando llevaba por lo menos cinco minutos fuera. Corrí hacia el bosque, siguiéndola desde la distancia; pero, como si alguien intuyese que pretendía perseguirla, Agnes acabó desapareciendo entre los gruesos troncos de los árboles, como si de veras alguien se hubiese encargado de ocultármela, y no pude volver a encontrarla, por más que me esforcé por descubrir por qué caminos habría pasado.

Decidí ir a buscar a Laila porque ella podía ayudarme a encontrarla. Le comenté a Anxos, cuando entré en su casa, que Agnes nos esperaba en la linde del bosque para dar un paseo las tres. No le dije la verdad porque sabía que Anxos se preocuparía muchísimo si le contaba que Agnes había desaparecido en el bosque.

Yo estaba muy nerviosa. Creía que no sería capaz de encontrarla y, sinceramente, tenía la mente llena de una posibilidad que me aceleraba brutalmente el corazón. Estaba convencida de que Agnes quería cometer una locura. El hecho de que ella se hubiese negado con tanta fuerza a que yo la acompañase me había hecho comenzar a sospechar de que sus intenciones no eran nada buenas, al contrario; serían absolutamente perjudiciales. Creía que Agnes quería quitarse la vida. La veía tan mal que estaba segura de que su enfermedad la había turbado por completo y la había convencido de que lo mejor que podía hacer era marcharse de este mundo.

Por eso, cuando me esforcé tanto por encontrarla sin ningún resultado, me dominaron unos nervios horribles que me impedían pensar con claridad. Si no perdí la paciencia, fue gracias a Laila, quien de veras estaba desviviéndose por encontrar a Agnes. Olía atentamente cada rincón, cada árbol, y decidía enseguida por dónde teníamos que seguir caminando.

Se hizo de noche, pero a Laila pareció no importarle. Yo estaba aterrada. No quería sentir desconfianza hacia Laila, pero no podía confiar en nada. Creía que se estaba haciendo demasiado tarde para ayudar a Agnes, aunque también sabía que ella estaba viva, pues, si le hubiese ocurrido algo horrible, yo lo habría sentido en mi corazón. Mi alma me lo habría dicho.

Pero el momento en el que la buscaba por el bosque cuando ya era casi noche cerrada me parece una pesadilla. Me sentía como si estuviese atrapada en un sueño horrible del que no podía despertar. Me acordaba, en ese momento, de todas las cosas extrañas que llevaban ocurriéndole a Agnes durante toda esa semana. Tenía la mente llena de recuerdos de momentos muy duros en los que Agnes estuvo a punto de perderse en el desaliento más profundo. Incluso, por dentro de mí, susurraban varias voces que me recriminaban todo tipo de cosas. Oía incluso la voz de mi hermana diciéndome: “te lo dije, que acabarías teniendo problemas por culpa de ella, te dije que estaba enferma y que jamás se curaría, que el irte a Galicia a vivir abandonando toda tu vida fue una estupidez. Eres idiota, muy idiota, por haber creído en Agnes”. Oía la voz de mi conciencia recriminándome: “esto es sólo culpa tuya, es culpa tuya porque no has sabido cuidarla, porque no te has dado cuenta de lo mal que estaba. Si le sucede algo horrible, sólo será responsabilidad tuya. A ver cómo le dices a Anxos que Agnes se ha perdido por culpa tuya. Eres una inepta. No has sabido cuidar de ella”. Yo luchaba contra todas esas voces sintiendo que perdía el aliento, que me faltaba el aire, pero no quería dejar de correr, de fijarme en todos los gestos de Laila. Les prestaba mucha atención a todos los sonidos que me rodeaban por si oía pasos o la respiración de Agnes, pero la noche era cada vez más silenciosa.

No dejé de rogarle a la Diosa que Agnes estuviese bien. Estuve hablando con Ella durante todos esos momentos porque lo necesitaba, pero también porque, dirigiéndome a la Diosa, era una manera de huir de esas voces que me gritaban silenciosamente cosas tan horribles. Yo sentía que la Diosa me escuchaba. Me sentía escuchada. Le dije que era consciente de que Agnes, últimamente, no había estado muy pendiente de Ella, pero que aún la respetaba con toda su alma, le pedí que, por favor, la ayudase... y no sé cuántas cosas más me salieron del alma, pero sé que fueron momentos espantosos que me parecen la peor de mis pesadillas.

Estuve pensando, también, en lo distraída que había estado Agnes durante todo ese día. Hacía mucho tiempo que no la veía así. Ese estado en el que se hallaba me recordaba a esa mañana en la que, antes de llevarla al hospital, fui a verla a casa de Gilbert. Recuerdo que era mi cumpleaños y que Gaya había accedido a que visitase a Agnes. Qué equivocados estaban todos con ella. Creo que yo era la única persona que conocía la realidad. Cuando la vi tan triste, me pareció que no tenía alma, que no había nada por dentro de ella; pero, cuando, regresando del ensimismamiento en el que su enfermedad la sumergía, me reconoció y me dirigió esa mirada tan llena de amor y disculpas, supe que el alma de Agnes todavía estaba viva y necesitaba mucho cariño para que sanasen esas profundísimas heridas que la hendían. Yo tenía que haber estado a su lado desde ese momento hasta el fin, y no lo hice. La abandoné, como la abandoné también al vivir al fin juntas y con Neftis. La abandoné al morir Neftis porque me sentía culpable de la muerte de Neftis y, en esa ocasión, abandoné a Agnes de una forma mucho más vil y cruel que si la hubiese dejado sola en un desierto. Me alejé de ella cuando más me necesitaba, cuando justo se hallaba en el proceso de curación de su enfermedad. Yo me convencí de que ella ya estaba bien, pero no era así en absoluto.

Y, en esa noche, me sentía como si la hubiese abandonado de nuevo. Había estado con ella, pero no había sabido reconocer con claridad las señales que me avisaban de que estaba tan mal.

Al fin, cuando estaba a punto de deshacerme de desesperación, Laila se detuvo enfrente de un camino entre ramas caídas y arbustos. Entonces supe que había detectado algo. Me quedé paralizada, esperando alguna señal, y entonces Laila salió corriendo sumergiéndose en ese camino casi imperceptible. Supe que la había encontrado. El corazón me latía tan rápido que me parecía que el silencio que nos rodeaba se había desvanecido.

No sé cómo la vi, pero sí me di cuenta enseguida de que Agnes estaba allí, arrodillada frente a un inmenso árbol. Era un roble cuya madera ella acariciaba con sus trémulos dedos. Laila se sentó a su lado, con cuidado, e intentó llamar su atención; pero Agnes no reaccionaba.

Sabía que estaba viva, pero también sabía que no se encontraba en mi realidad. Me acerqué a ella con mucha cautela e intenté llamar su atención pronunciando tiernamente su nombre, pero Agnes no reaccionaba. Estaba paralizada, sumida en pensamientos que yo era incapaz de imaginar. Me senté a su lado y la tomé delicadamente de las manos. Me estremecí al sentir lo frías que las tenía. Enseguida me di cuenta de que Agnes tenía mucha fiebre. Temblaba y le brillaban los ojos. La abracé mientras no dejaba de pronunciar su nombre, cada vez con más nervios y culpabilidad. Tenía que aguantarme las ganas de llorar que sentía para que ella pudiese oír nítidamente mi voz, pero me costaba mucho hacerlo. Tenía en la garganta un nudo feroz que me apretaba la cabeza y los ojos me lagrimeaban sin cesar, pero intenté ser fuerte.

Estaba muy asustada. Agnes no me oía, no volvía, era como si su alma hubiese abandonado su cuerpo trémulo, delgado y tan aparentemente frágil. Me pregunté, en esos momentos, cómo lograría llevarla de vuelta a casa. Con los nervios, me había dejado el móvil en casa de Anxos y no me sentía capaz de tomar a Agnes en brazos y caminar tanto hasta la aldea. Sabía que Agnes no me obedecería si le pedía que caminase.

El mundo se me cayó encima. Le rogué, cada vez con más desesperación, que volviese, que me oyese, que me dijese algo... y, al fin, cuando creí que amanecería sobre nosotras sin que yo hubiese logrado nada, Agnes me miró a través de sus ojos vidriosos y pronunció mi nombre con una extrañeza estremecedora. Me preguntó: “que fas eiquí, Artemisiña?” Yo no pude contestarle porque me vencieron, sin poder evitarlo, las ganas de llorar. Sólo la abracé con mucha fuerza mientras le acariciaba los cabellos e intentaba protegerla del frío que la atacaba. La noche no era fría en absoluto, pero Agnes estaba helada, como si hubiese estado sumergida en un mar de hielo. Tenía mucha fiebre, otra vez.

Agnes empezó a decirme, atropellada y confusamente, que tenía que contarme todo lo que le había ocurrido ese día, que había visto muchas cosas, que había descubierto la razón por la que estaba enferma y tan unida a Galicia... que tenía que contarme todo lo que había sabido de su pasado... pero, en esos momentos, yo no me sentía capaz de demostrarle que la creía. Por primera vez en muchísimo tiempo, dudaba de que fuese real lo que Agnes me contaba. Pensaba que todo eso era producto de su enfermedad, que estaba delirando y que no se encontraba nada bien. Estaba dándole la razón a mi hermana sin ser consciente de ello.

Sólo quería volver a casa. Le pedí que me explicase todo eso cuando estuviésemos en Ourense y ella calló enseguida, como si entendiese que ése no era el momento de contarme algo tan importante. Le confesé que me sentía perdida y que dudaba de si podríamos llegar a la aldea, pero ella me tranquilizó asegurándome que conocía perfectamente el camino de vuelta, que se conocía ese bosque mejor que la palma de su mano y que nunca se perdería allí, por muy de noche que fuese.

Tuve que confiar en ella. Me tomó con fuerza de la mano y me condujo hacia casa sin dudar en ningún momento del camino que teníamos que seguir. En esos momentos, incluso me pregunté si conocía tan bien ese bosque porque lo había descubierto en su vida actual o si ese conocimiento le llegaba de otras vidas. Me sentía muy confusa, también, pero no quería demostrárselo. Por dentro de mí, se libraba una batalla entre mi razón y mi corazón. Mi corazón me suplicaba que no dudase de Agnes en ningún momento, me avisaba de que Agnes era una mujer mucho más mágica de lo que jamás nadie podría saber y que todo lo que me iba a contar era real. Mi razón, en cambio, me alertaba de que Agnes había perdido el juicio, que su mente estaba perdiéndose en su enfermedad y que todo lo que me explicaría no serían más que alucinaciones. Incluso mi razón me pedía que la llevase a un hospital en cuanto fuese posible antes de que fuese demasiado tarde, pero me negaba a escuchar esas advertencias tan horribles.

Llegamos a casa cuando rayaban ya las doce de la noche. Anxos me dedicó una mirada llena de agradecimiento cuando entramos y le ofreció a su hija una taza rebosante de caldo humeante. Agnes la bebió ávidamente, sin rechistar, con un gusto con el que hacía mucho tiempo que no ingería nada. Eso me calmó bastante. Además, me di cuenta enseguida de que tenía la mirada llena de conformidad y tranquilidad. En el bosque, la oscuridad no me había permitido detectar los sentimientos que se escondían en su mirada, pero ya, en la luz, pude atisbar en sus ojos una inmensa calma que me acarició el alma y empezó a acallar esas voces que me musitaban cosas tan espantosas e injustas.

Había dudado de Agnes, de su razón, de su juicio, y eso me hacía sentir tan culpable que me creía incapaz de mirarla a los ojos; pero Agnes, en cuanto estuvimos las dos en la cama, me abrazó con mucho amor mientras me aseguraba que se encontraba mucho mejor, mientras me confesaba que tenía muchas cosas que contarme, mientras incluso me pedía perdón sin cesar por haber estado así durante todo el día. Me aseguró que todo eso había sido necesario para que ella pudiese empezar a recuperarse. Me pidió perdón por haber estado tan desaparecida, por haberse ido sola al bosque... pero yo no podía quitarme de la cabeza que no la había protegido suficiente. Podría haberle ocurrido algo espantoso sólo por culpa mía. Incluso mi razón me decía que Lúa la habría cuidado mucho mejor que yo... y todo eso lo pensaba mientras Agnes me abrazaba, me acariciaba y me musitaba que lo sentía, mientras me pedía que la perdonase.

Entonces me di cuenta de que, a pesar de tener tanta fiebre, Agnes estaba plenamente conmigo. Tenía a mi lado a mi Agnes, a la Agnes que yo amo tanto. La encontraba en su mirada profunda y amorosa, en las caricias tiernas que ella me daba, en su voz calmada y cálida y en su entrañable acento. Estaba allí conmigo. No tenía nada que temer. Se hallaba plenamente a mi lado, sonriéndome a través de su malestar con una ternura que me derretía. Entonces rompí a llorar silenciosamente, pero Agnes no me preguntó por qué lloraba. Sé que conocía la respuesta. Sólo me apretó contra ella, me protegió entre sus brazos y me calmó diciéndome palabras hermosas, pidiéndome perdón por haber estado tan extraña durante todo ese día.

Y me dejé llevar por ese momento. Quise confiar en que todo estaba pasando. Me sumergí en el amor que nos une mientras rogaba que Agnes estuviese bien, al fin, que esa crisis horrible hubiese pasado de una vez.

Al día siguiente, Agnes ya estaba bien físicamente. Se le había ido la fiebre y se le escapaba de la voz y de la mirada una gran cantidad de energía luminosa. Al hablar, sonreía con cariño y felicidad, tal como sonreía antes de pasar esa crisis. Su madre la miraba con desconfianza, pero, al darse cuenta de que de nuevo teníamos a nuestro lado a nuestra Agnes, los ojos se le llenaban de lágrimas y volvía a tratarla como si nada hubiese ocurrido. Yo hablé en privado con Anxos y le pedí que no le preguntase nada a Agnes sobre lo que había sucedido el día anterior. Le aseguré que Agnes se lo contaría todo cuando se sintiese capaz de hacerlo. Incluso fui capaz de prometerle que Agnes ya estaba muchísimo mejor y que ya estaba recuperándose.

Al llegar a Ourense por la tarde, entonces Agnes me contó todo lo que había vivido el día anterior. Me quedé helada al oír todo lo que ella me explicaba. Al principio, dudé de que todo eso fuese real; pero entonces, mirándola a los ojos, sumergiéndome en su nocturna y aterciopelada mirada, oyendo su cálida voz, su entrañable forma de hablar, supe que tenía que creerla, que jamás, bajo ninguna circunstancia, debía dudar de ella. No me cuesta nada creer en las cosas inmateriales de este mundo. Mi alma está hecha para creer en la magia, en lo sobrenatural, en lo impresionantemente fantástico. Y Agnes es una persona mágica que no todo el mundo podría comprender. Yo sí la comprendo porque estoy hecha para entenderla, para creerla, para aceptarla tal como es, siempre, porque, tal como ella me contó, nos reencontramos vida tras vida. Nos conocemos mucho mejor de lo que pueden llegar a conocerse dos personas que comparten una sola vida. Nosotras hemos compartido muchísimas vidas. ¿Cómo no nos vamos a conocer después de vivir tanto tiempo juntas? En esos momentos, en los que Agnes me explicaba con pelos y señales todo lo que le había ocurrido, tuve la sensación de que tenía ante mí, al desnudo, toda el alma de Agnes. Podía verla en sus ojos, podía oírla en su voz y detectarla en las palabras que ella me dirigía. Supe que tenía en mis manos toda su alma, que conocía todos los recovecos de su ser. Era una sensación preciosa y muy impactante que me dejaba casi sin aliento, que me permitía escuchar a Agnes sin pensar en nada más, sólo captando todo lo que emanaba de ella. Me sentí tan conectada con ella en esos momentos que pensé que ese instante era nuestra única eternidad. Y creo que eso es el amor más sincero.

Agnes me contaba que había hablado con Lúa, pero ni siquiera eso rompía la magia de ese momento. Estaba segura de que Lúa era muy necesaria para Agnes, de que Agnes la necesitaba pese a no estar con nosotras. Yo sabía y siempre sabré que Agnes me ama con toda la fuerza de su alma, con una sinceridad indestructible. Y eso lo sabía sin que tuviese que decírmelo. Lo sabía por la forma como me hablaba, como me hacía partícipe de sus experiencias más extrañas. Estaba conmigo en todo momento. Teníamos las manos enlazadas y ella me hablaba también a través de la presión que, de vez en cuando, ejercía sobre mis dedos, me hablaba en la forma como me apretaba la mano y me acariciaba las yemas de mis dedos mientras me relataba todo lo que le había ocurrido. Y me habló en todo momento sin retirar sus ojos de los míos, demostrándome que lo que me explicaba era la verdad más absoluta.

Creo que yo soy la única persona que sabe oír y entender el lenguaje con el que se expresan los ojos de Agnes. En esos momentos, la escuchaba a ella a través de las palabras con las que construía su narración, pero también la escuchaba a través de sus ojos. Sus ojos eran los que me revelaban en qué momento ella se había sentido más asustada, en qué momento había sido más feliz, en qué momento había estado a punto de perder la calma por todo lo que estaba viendo. Era sincera no sólo con su voz, sino también con sus ojos. Y eso era la muestra más evidente de que, jamás, bajo ningún concepto, tengo que dudar de ella.

Y ahora sé que todo eso fue necesario para que ella pudiese recuperarse. Ahora está bien, lo sé. Vuelve a ser ella. Vuelve a comer normal, sin miedos ni visiones, vuelve a reír como siempre, vuelve a tener los ojos llenos de alegría y conformidad. Ha vuelto y ruego que no se vaya nunca más.

Mas hay alguien que ha muerto para mí, al menos por el momento. Casandra se ha ido de mi vida porque yo la he expulsado de mi lado. Estoy cansada de su rabia, de sus malos pensamientos, de su actitud tan dañina. Ayer, la llamé para intentar arreglar las cosas con ella. Fui sincera y le confesé que estaba muy dolida con ella. Le pedí que me dijese cuál era el motivo que la impulsaba a comportarse así con nosotras. Le dije que de nuestra conversación dependía nuestra relación. Cuando ella me preguntó qué quería decir, entonces le confesé que, mientras no fuese capaz de tratarme como su hermana que soy, no volvería a hablar con ella nunca más. Y a mi hermana pareció darle igual. No lo entiendo. No logro comprender por qué está así con nosotras, por qué nos trata tan mal. ¿Qué le hemos hecho?

Agnes me recomendó que fuese a verla a Cataluña para que lo solucionásemos todo, que estaba segura de que todo pasaría si nos teníamos una enfrente de la otra; pero yo no quiero dejar sola a Agnes ahora. Sé que está bien, pero no puedo confiarme. No puedo dejarla sola.

Si mi hermana no me quiere, es su problema. Yo no tengo nada en contra de ella, al contrario, la echo de menos, pero ya me he cansado de demostrárselo. Y no la echo de menos porque estemos lejos, sino porque la hermana que yo tenía ya no está en mi vida, porque ella no es la que fue siempre conmigo. Debe de haberle ocurrido algo horrible que la ha hecho cambiar, pero yo no puedo pedirle que confíe en mí si ella no quiere tenerme a su lado, si ella no quiere tener mi apoyo.

Y creo que ya voy a dejar de escribir. El atardecer está a punto de convertirse en noche. Ha llovido mucho estos días y el bosque huele a vida.

 

viernes, 10 de mayo de 2019

DIARIO DE AGNES: LUNS, 6 DE MAIO DE 2019


Luns, 6 de maio de 2019

Teño unha pequena chama na miña ialma que arde timidamente e que está a resistir todos os ventos que a queren esvaecer. Esa chama son as ganas de vivir que teño. Teño ganas de vivir. Xúroo por todo, pola miña terra, por min mesma, por Artemisa e polas persoas todas que quero de verdade e que me queren co seu corazón todo. Teño moitas ganas de vivir, de seguir coa fermosa vida que Artemisa e máis eu empezamos eiquí en Ourense hai meses coma se nada estivese ocorrendo. Nunca tiven tantas ganas de vivir. Nunca devecín tanto deixar atrás os problemas e ignorar a miña doenza como agora para poder ser feliz, para poder seguir sendo feliz. Quero vivir plenamente cada momento co que a vida nos agasalla e quero facelo porque sei que paga a pena loitar por ser felices, por defender a nosa vida, por coidar a nosa vida. Sei que paga a pena estar eiquí neste mundo, neste momento, porque é o único que temos, a vida, estar vivos, é o único que temos, e iso habémolo de defender con todas as forzas que teñamos no noso ser. E quero vivir plenamente porque amo a miña vida, amo á persoa coa que a comparto, amo o lugar no que se desenvolve. Quero ser feliz porque sei que nunca tiven tanto como teño agora. Sempre me sentín pobre, sen nada, porque me fallaba todo cando estaba lonxe de eiquí e cando non estaba con Artemisa. Fallábame todo porque non me tiña a min mesma. Agora si me teño. Agora si sei quen son e quero seguir sendo eu mesma, cos meus medos todos, coa miña ialma tremente, coas miñas inseguridades, pero eu. Quero ser eu neste mundo que é o meu mundo. Quero ser eu por Artemisa, pola miña nai, pola miña familia toda, por Laila e por Galicia.

Mais teño moitísimo medo e iso non o podo ignorar. Teño medo porque me parece que algo está golpeando a miña vida coma se a quixese derrubar, coma se quixese virar en po todo o que teño, coma se me quixese desfacer a min mesma. Paréceme que hai algo no Universo, neste momento, que quere destruír todo o que tanto me custou conseguir. Non sei se hai unha consciencia detrás de todos estes feitos. Non sei se alguén está a decidir que me ocorra todo isto. Seica todo isto sexan probas que teño que superar para poder deixar atrás a miña doenza para sempre; pero, se son probas, non sei como atopar os azos que me permitan superalas; mais quero facelo, quero facelo aínda que me custe a vida. Quero chegar á fin de todo isto porque sei que, na súa fin, están as respostas todas que preciso para acalar esa voz que non me deixa de atacar con recordos tan horríbeis. Non obstante, cústame moito, ás veces, distinguir entre a realidade e o pasado, entre o que é real arestora e o que o foi noutro tempo tan lonxano que nin o podo situar na Historia. Non teño nin idea de cando comezou todo, pero agora sinto en min o peso deses séculos que transcorreron.

O sábado pasoume algo tan estraño e inexplicábel que non sei se serei quen de contalo, mais tentareino. A Artemisa conteillo de xeito atropelado, sen atopar as verbas exactas que me permitisen explicarlle que me ocorrera e pareceu que deliraba, que de novo tiña febre e que perdera a razón, pero estaba máis consciente que nunca cando me acharon. Sabía perfectamente o que lembrara, estaba segura de que todo aquilo era real, moito máis que moitas cousas que me quixeron facer crer noutros anos, cando me querían convencer de que eu estaba doente e que o estaría para sempre. Sei que é real e non me importa que Casandra lle diga a Artemisa a berros que está compartindo a súa vida cunha tola, que se tería que deixar de parvadas e abandonarme para voltar a Cataluña, pero iso é outro tema do que tamén quero falar, mais non sei cal é a orde axeitada para contar as cousas. O tema de Casandra e máis Artemisa é outra das cousas que están a golpear a nosa vida coma se quixesen derrubala como se esta fose unha parede de pedra antiga, unha casa sobre a que pesan tantos anos...

Casandra está a facerlle moitísimo dano a Artemisa. Todas as conversacións que Artemisa tenta manter coa súa irmá son daniñas, moitísimo, e estanlle desfacendo a ialma á pobre Artemisa, quen non deixa de tratar de arranxar as cousas coa súa irmá, pero é inútil tentalo porque Casandra está afundida nun inmenso mar de xenreira e celos que a está a mudar moitísimo. Non sei se algunha vez volverá ser esa persoa que tanto queriamos porque a noto tan lonxe do que foi, do que eu amei tamén, porque a quixen moitísimo, mais a persoa que eu quixen non está na nosa vida. Nin tan sequera é o reflexo do que foi. É unha sombra monstruosa desas que aparecen nos pesadelos para estarrecerte. Todo o que sae dela é odio, rabia, inxustiza. Está a ser moi inxusta comigo, pero tamén con Artemisa, sobre todo con ela, porque eu non son ninguén para Casandra, pero Artemisa é a súa irmá. Se eu tivese unha irmá, quereríaa moitísimo e xamais se me ocorrería dicirlle todo o que Casandra lle di a Artemisa.

Onte, Artemisa chamou a Casandra para tentar falar con ela. Casandra díxolle que non podía falar con ela porque tiña moitas cousas que facer. A conversación que mantiveron máis ou menos é a seguinte (vai parecer unha obra de teatro, pero prefiro contalo deste xeito. Evidentemente, vouna traducir toda):

Casandra: Artemisa, agora non te podo atender porque estou moi ocupada.

Artemisa: E pódese saber cando poderás falar comigo?

Casandra: Para as cousas que me tes que contar...

Artemisa: E ti non me tes que contar nada? Non che pasa nada na túa vida que queiras compartir comigo? Porque eu si quero compartir contigo moitas cousas e quero explicarche outras moitas...

Casandra: Pois compártelas con Agnes, non?

Artemisa: De verdade non te importa nada do que me pase?

Casandra: Tampouco creo eu que che pasen cousas moi interesantes.

E Artemisa, daquela, quedou sen saber que dicir. Contoume que a maneira como Casandra lle falaba a fería tanto que nin tan sequera podía pensar nas verbas que dicirlle; mais, antes de cortar a chamada, Artemisa tentoulle contar o que me está a ocorrer, o que me pasou o sábado ao solpor... mais Casandra non quixo escoitar practicamente nada. Axiña lle comezou a dicir que iso era cousa súa porque ela era quen estaba comigo e quen tiña que aceptar que eu estaba totalmente tola, que estaría peor co paso dos anos e que o que a min me sucedese non era o seu problema.

Artemisa non me tería contado isto se eu non lle tivese insistido. Ela só me quería contar a primeira parte da conversación, pero eu sabía que había algo máis e, ata que mo dixo, non lle deixei de insistir en que me dixese a verdade, en que mo explicase todo porque sabía que me agochaba algo moi forte e importante. Ao final, contoumo e non souben que dicir cando escoitei as verbas que Casandra dixera referíndose a min. O único que se me ocorreu dicir foi: “seica teña razón”, pero Artemisa caloume antes de que eu puidese rematar esa horríbel frase e comezoume a dicir, chorando profundamente, que nunca se me ocorrese pensar iso de min, que ela xamais crería que eu estou tola, que ela me cría, que sabía que eu dicía a verdade continuamente e que Casandra non tiña ningún dereito a falar así de min, que a súa irmá nese momento acababa de morrer e que non quería saber nada máis dela, que non querería saber nada máis dela se non era quen de respectarme, que eu era o que máis quería no mundo e que as persoas que non me soubesen respectar morrerían para ela, que lle daba igual quedar só comigo porque eu era o seu mundo e unha morea de cousas máis que me desfixeron, que me fixeron empezar a chorar moito ata sentir que afogaba nese pranto, ata sentir que o medo que latexaba no meu interior se desfacía e quedaba só unha paz estraña na que me manteño aboiando sen saber cando vai rematar, pero teño medo a que remate porque sei que vai ocorrer.

O sábado espertei sentíndome moi estraña. Estabamos na aldea. Era moi cedo. Nin tan sequera amencera e ía un fresquiño moi agradábel que me acariñou a pel en canto saín da casa para pasear un pouco con Laila. Laila sempre está disposta a acompañarme onde queira que eu vaia. Cando entrei xunta ela no bosque, non pensei que me ocorrería todo o que ese día me ocorreu. Non sei se son cousas boas, pero malas tampouco porque comprendo que é preciso que eu saiba todo isto para coñecerme mellor. Ese é o propósito de todo isto, que me coñeza mellor, que saiba de onde proveñen todos os meus medos, a miña doenza, na fin, porque é o que parece que me caracteriza mellor, que estou doente. É iso o que todo o mundo lembra de min. Non me recordan por ser como son, senón porque estou enferma, non si? Como me recordaría Gaia se estivese viva? Que lembraría de min, que teño os ollos negros e profundísimos ou que son galega? Non, lembraría que estiven sempre doente. Que lembra Gilbert de min alá onde vive? Seguramente, el lembrará perfectamente todas as miñas crises, todos eses momentos nos que eu perdín a calma e a ilusión de vivir diante súa. Non lembrará eses rituais tan bonitos nos que eu participaba poñendo a miña ialma toda nas verbas que dicía... Que lonxe queda agora todo iso, que diferente me sinto. Non son a mesma persoa, para nada, e tampouco sei se Némesis me querería se estivese viva. Seica ela me quixo tamén porque me sentía fráxil, porque ela sabía que eu era fráxil e, para ser forte, o único que tiña que facer era deixarme levar por esa doenza que me destruía, que desfacía todo o que eu era ata converterme nunha persoa totalmente desequilibrada que nin tan sequera sabía o que quería nin o que dicía... E todo iso queda tan lonxe que me parece imposíbel crer que pertenza á miña vida.

Seica teña que aceptar que nunca serei libre desta maldición que eu mesma me botei hai tantos séculos e para a cal non hai remedio. Eu mesma fixen que as miñas seguintes vidas fosen así, sempre tan crueis e difíciles. Cústame contalo, moitísimo, porque me custa crer que iso sexa a miña vida e non unha historia que atopei nun libro; mais agora o sei practicamente todo.

A miña doenza é un troque, un intercambio. Pedín a miña doenza a cambio de poder vivir sempre en Galicia e... non só iso, senón tamén xunta Artemisa. Pedín que houbese unha vida na que puidésemos estar xuntas sen que ninguén nolo impedise. Pedín que nunca máis me afastasen da miña terra, pedín morrer eiquí en Galicia... mais as cousas non se piden sen dar nada. Sempre temos que dar algo a cambio do que desexamos, renunciar a algo para ter cumprido o desexo que tanto nos entolece, que turra de nós e polo que loitamos ata dar a nosa vida, ata perdelo todo. Eu perdino todo en milleiros de ocasións, unha vida trala outra. Cando digo todo, é todo: a vida, todo, o amor e a seguridade dun fogar. Non sei cando comezou todo, pero si estou certa de que foi hai máis de vinte séculos, seica cando nin tan sequera Galicia era Galicia, senón un terreo salvaxe cheo de bosques profundos, como agora, pero moito máis intenso todo. Había máis natureza, máis ríos poderosos. A natureza era libre e medraba libre sen que ninguén lle cortase as ás. Quen era eu non o podo saber. Teño visións neboentas dese tempo. Esas visións recibinas ao longo dese sábado. Sei que a natureza me axudou moitísimo a descubrilo todo. Sen ela, nada disto sería posíbel, mais tamén lle pedín axuda a outra ialma á que chamei a través do espazo, coma sempre fixen para me comunicar cos meus seres queridos.

Sabía que ese día era o máis axeitado, que non podía agardar máis. Non quería que Laila viñese comigo, pero non puiden evitar que me acompañase e foi detrás miña en canto saín da porta da nosa casa, da casa da aldea, e correu tras miña ata chegarmos ao bosque. Non deixei de correr, malia sentirme moi débil, porque tamén hei de dicir que non puiden comer practicamente ren a semana pasada e estiven doentísima mesmo con febre dende o xoves; pero, nese momento, sentindo o fresco ar da mañá, non me importaba a miña debilidade. Quería chegar alá onde as árbores me ocultasen os tellados das casas, alá onde non me chegase nin o menor ruído da civilización, onde non se visen as rúas da aldea.

Cando souben que estabamos lonxe de calquera ollar, sentamos no chan, entre as raíces e as follas secas, e entón collín a Laila no meu colo para protexela de todo o que ía ocorrer. Sentir a súa calor fíxome ben, saber que ela estaba comigo fíxome ser valente. Estabamos esgotadas ambas as dúas, pero non lles prestaba atención ás reaccións da parte física do meu ser. O único que me importaba era que a miña ialma collese azos para poder empregar o don que sempre tiven.

Concentreime moito, a través do frío, da miña respiración axitada e o meu extremo cansazo. Concentreime sentindo o silencio que nos rodeaba, ulindo o recendo da natureza e sabendo que ese intre era só noso, era meu. Laila axiña quedou acougada entre os meus brazos, no meu colo, e pechou os ollos coma se soubese que tiña que afundirse na miña concentración. Pedinlle moi mainiño que non se asustase e pareceume entender porque axiña quedou durmidiña.

Entón, cando souben que xa estaba preparada para facelo, chamei a Lúa coa voz da miña ialma, chameina sabendo que ela me podería ouvir alá onde estivese. Chameina arengando ao meu don a que me axudase, a que se expresase máis que nunca e sentín que me obedecía, que algo espertaba en min coma se fose outra consciencia máis. O bosque desapareceu levemente na inmensidade dese momento e, de súpeto, comecei a notar cousas que non eran deste mundo, que proviñan doutra realidade: murmurios que non entendía, voces lonxanas, ecos doutro tempo e... a voz de Lúa, a presenza de Lúa. Sabía que ela me ouvira. Sabía que ela me preguntaba se a chamara. Estaba insegura e dubidaba de que o tivese feito de verdade, por iso chameina aínda con máis forza e decisión ata que sentín que a súa ialma (ou o que quedaba dela) se achegaba á miña. Noteina comigo no medio da nada. Non dubidei de que estaba alí, de que podía falar con ela. Esa certeza fíxome sentir un poderoso nó na gorxa. Podía falar con Lúa, á fin. Pregunteime por que non a chamara antes, pero entón entendín axiña que so o podo facer cando de verdade o precise. Falar coas ialmas que non están neste mundo non é algo que debamos de facer tan seguidamente, sempre que queiramos. Ten un prezo e eu pagueino moi ben, tanto que aínda non dei recuperado do que me ocorreu despois.

Lúa estaba alí. Non estaba enfronte miña, pero tampouco ao meu carón. Estaba onde eu estaba, exactamente no mesmo lugar, en min, coma se ela estivese no meu corpo, pero ela non ocupaba ningún espazo. Estaba e punto. Nós, os galegos, cremos que as ialmas non ocupan espazo. Por que o han de facer se non teñen materia? Ela non tiña materia. Era a ialma que a definiu sempre. Tampouco vía o seu verde ollar nin os seus vermellos cabelos. Sentía a súa ialma na miña, coma se estivesen unidas por uns dedos cálidos.

Entón pedinlle axuda. Pedinlle que me axudase a descubrir de onde viñan todas esas visións que me estaban a encher a mente. Pedinlle que me amosase a orixe de todo o que son, da miña doenza, de todo o que precise saber para poder ser eu mesma sen sentir máis dor. Ela díxome que nunca deixaría de sentir dor e que nunca me curaría de todo porque a miña doenza era un feitizo que eu mesma me botara había moitísimos séculos, pero si podía conseguir que eu coñecese practicamente todo verbo ás miñas vidas para que puidese comprender mellor todo o que son e o que me ocorre. Díxome que non tiñamos moito tempo, pero que o tentaría empregar o mellor posíbel. Pediume que non lle preguntase nada ata que todo rematase, ata que se fose a derradeira visión que ela me traería, que non dubidase de nada porque, se preguntaba ou dubidaba, ela desaparecería, iríase a oportunidade que eu tiña de coñecelo todo e nunca máis tería a posibilidade de volvela chamar. Aquilo estarreceume tanto que non dixen nada, só agardei con paciencia, mais tamén estaba moi nerviosa. Nin tan sequera me preguntei se aquilo era real nin pensei en que parecía, máis ben, a escena dunha película, como mo parece agora; pero sei que foi real e sempre o será.

Os detalles deses tempos non son tan importantes como o que eu vivín. Anos de vida reducíronse a intres que Lúa me presentou diante miña coma se non fosen anacos das miñas existencias. Na primeira imaxe que vin, estaba eu camiñando por un bosque igual ao que nos rodeaba. Souben axiña que me achaba exactamente no mesmo lugar no que me atopaba daquela. Estaba vestida cunha túnica feita de pel de animal, pero non puiden identificar que me protexía do frío. Camiñaba distraída e con bágoas nos ollos. Sentín a inmensa tristura que me apertaba a ialma.

Axeonlleime no chan e cravei os dedos na terra, afundín os dedos na terra con todas as miñas forzas namentres comezaba a chorar de rabia. Estaba chorando de rabia. Entón deime de conta de que tiña na man unha prenda de roupa que souben que non era miña. Era unha cinta para o cabelo. Era azul e apertábaa na miña man dereita namentres coa esquerda rañaba a terra. Choraba por alguén que marchara para sempre. Axiña chegaban a min as respostas que precisaba para comprender o que ocorría. Sei que Lúa mas enviaba.

Choraba porque mataran ao meu amor. Axiña vin imaxes nas que apareciamos ela e máis eu ao carón do lume, protexéndonos do frío. Ela era... era igual que Artemisa. A muller que aparecía xunta min nesas imaxes era igual que Artemisa. Era Artemisa.

A miña dor rachábame a ialma, era tan forte que non a podía soportar. Vin que ela morrera xunta min asasinada por unha frecha chea de veleno. Ela caera entre os meus brazos cando tentabamos fuxir desas persoas que descubriran o que ocorría entre nós. Ela caeu entre os meus brazos namentres eu me apartaba do camiño e me agochaba entre as árbores. Non nos perseguían xa. Non me perseguían. Non me querían matar a min. Sabía que só a querían asasinar a ela para tirala do medio. Ela molestáballes. A min non lles interesaba matarme porque eu era moi poderosa e necesaria para o pobo. Era unha sacerdotisa que curaba tanto ás persoas como aos animais e precisábanme moito, por iso nunca me matarían. E non podían tolerar que eu estivese namorada doutra muller. Evidentemente, ninguén o entendería xamais. Ela e máis eu tentaramos agocharnos, pero os nosos esforzos non serviran para nada.

Ela caera entre os meus brazos chea de sangue. Cos ollos trementes e un fío de voz, pediume que fose forte, que seguise vivindo por ela. Díxome que non se arrepentía de nada do que fixeramos, que o volvería facer malia saber que morrería tan pronto, que o que máis lle doía era non poder vivir máis tempo xunta min.

Eu nese momento sabía que a perdía, pero tamén estaba segura de que a volvería ver noutra vida. Sentía que o noso vencello era moito máis forte cá morte; pero doíame tanto que marchase que non podía aturar a idea de vivir sen ela. Aínda me faltaban moitísimos anos de vida. Quedaba diante miña a miña vida toda... e non a quería vivir sen ela. Eu cría na reencarnación, pero dábame medo envellecer sen ela. Non o quería facer.

Estaba amencendo, pero para min chegara a noite máis longa.

Pecheille os ollos cando notei que dera o seu derradeiro suspiro, cando souben que se fora.

E non foi a única vez que a perdín. Perdina sempre, unha vida trala outra. Malia saber que era moi posíbel que a volvese ver noutra vida, nese momento eu non podía aturar a idea de que tería que seguir sen ela. Coñecía que nos reencontrariamos, pero tiña medo a que non fose certo, a que puidese ocorrer algo que desfixese o noso vencello. Emporiso, corrín coa súa cinta do pelo tras enterrala no bosque. Sabía que me querían levar lonxe, aínda que Lúa non me quixo explicar por que, que motivos tiñan para me querer arrincar da miña terra, do meu fogar.

Sei que choraba coma se me fallase o alento namentres rachaba a terra e me fería para que o zume das árbores e o meu sangue se mesturasen para sempre, namentres xuraba ao vento, cunha desesperación que me desfacía a voz: “nunca vivirei sen ela nin lonxe de eiquí, nunca máis vivirei en paz se me separan dela e da miña terra. Prefiro estar tola antes que vivir sen ela e lonxe de eiquí. Eu quero pertencer para sempre a este lugar. Que a tolemia caia enriba miña se me afastan do meu lar.”

A tolemia era o máis temíbel nese tempo, o que máis medo poñía a todos porque non había ren peor que perder a razón e a saúde da ialma.

As visións desapareceron moito antes de que eu puidese comprender en que ano se atopaban. Despois dese xuramento, volvín ver as imaxes de sempre, volvinme ver ardendo nunha fogueira, volvín sentir a miña morte, como o lume me desfacía toda, volvín notar que me afastaban do meu fogar para levarme a sitios horríbeis nos que me torturaban... E vinme tamén camiñando soa por unha praia deserta ao empardecer o día, cando ninguén me vía, correndo tamén cara esa praia cando caía a noite... e chorando por todo o que perdera. Vinme en tantas ocasións distintas que non son quen de lembralas todas; pero sempre estiven eiquí, sempre, coma se fose unha árbore da terra... que renace cando un lóstrego tenta desfacela. Unha árbore non pode medrar lonxe do chan que a viu nacer. Non se poden arrincar as árbores que xa medraron nun lugar e levalas a outro que non se asemella en absoluto ao seu berce. Seica eu sexa algo así.

Teño moitas contas pendentes co meu propio destino, pero non sei como saldalas.

Tiña que descubrir onde fixen ese xuramento. Sabía que estaba preto do lugar no que me achaba, no que estaba unida a Lúa de novo... Ela desapareceu moito antes de que me puidese despedir dela. Desapareceu sen dicirme adeus, seica pensando que algunha vez nos volveriamos encontrar... pero a min teríame gustado darlle as grazas pola súa axuda... mais non tivemos tempo. Volveu a realidade cando nin tan sequera era consciente de que Lúa comezara a marchar.

Seguía con Laila entre os meus brazos, pero eu tiña tanto frío que de novo tremía coma se houbese xeo ao meu redor. Non tiña azos para erguerme de alí e voltar á casa. Sabía que a miña nai e máis Artemisa estarían desacougadas por min, pero ese motivo non me pedía que me movese. Pensaba en Lúa, en que a tivera tan preto de novo e, outra vez, estabamos separadas por unha fronteira indestrutíbel... e pensaba en todo o que vira, en todo o que soubera de pronto. Tiña medo, pero sobre todo estaba abraiada por todo o que descubrira.

Mais sabía que non me tiña que render, por moito medo que me dese descubrir máis cousas do meu pasado. Tiña que atopar o lugar exacto no que fixera ese xuramento. Planifiquei buscalo ao solpor. Non sei por que non o preferín procurar cando aínda brilase o día. Prefería que a crecente escuridade me protexese. Ademais, iría calor ese día e non tiña folgos para sufrila.

Regresei á casa cando xa estaba dourado o día. Serían contra as dez da mañá. Pregúntome como fun quen de permanecer tanto tempo sentada no chan, entre as árbores, sen comer ren, sen abrigarme... Seguramente, permanecería nun estado estraño que non sería nin sono nin vixilia. Sei que non tiven unha boa aparencia estes días porque case que non comía, estaba pálida e enmagrecín moitísimo, pero sei que, devagariño, me conseguirei recuperar.

Podo comer un pouco máis cada día. Artemisa está a me axudar moito a comer sen que lles preste atención a esas visións que me impiden alimentarme. Acompáñame con paciencia neses horríbeis momentos nos que me teño que enfrontar á comida e axúdame a comer namentres me fala de calquera cousa, pero está a me custar moito vencer o noxo que me inspiran esas visións estarrecedoras nas que se converte cada alimento que tento inxerir.

Artemisa preguntoume onde estivera cando cheguei á casa, pero só lle dixen que estivera dando un paseo con Laila polo bosque. Evidentemente, non me creu, pero non mo amosou nese momento. Díxenlle que, á tardiña, iría de novo camiñar un pouco. Ela tentoume convencer de que non fose, de que descansase, pero eu estaba moi decidida a procurar o que tanto precisaba atopar. Non sei por que me interesaba tanto descubrir onde fixera exactamente ese xuramento, pero queríao coma se diso dependese a miña vida.

Artemisa non me puido convencer nin de que quedase na casa nin de que lle permitise acompañarme. Fun soa, sabendo que a fería a miña actitude, cando á tarde xa case non lle quedaba luz. O sol brillaba tralas montañas cunha forza invencíbel, coma se intuíse que eu quería que desaparecese. Comecei a camiñar sen saber moi ben onde ía, pero estaba totalmente convencida de que ese espírito dos bosques me axudaría a atopar o que buscaba. Estaba certa de que non me achaba soa nese momento, de que alguén inmaterial me acompañaba. Esa sensación sentina cando era cativa. Mellor dito, non a experimentaba con tanta forza dende que era cativa. É algo que non sei explicar. É coma se alguén me falase sen verbas, só a través dun silencio que para min está cheo de palabras que non soan. Alguén me guiaba a través das árbores, entre vieiros que case non se percibían entre os troncos, namentres morría a tarde, namentres empardecía.

Non tiña medo. Sabía que quería e estaba convencida de que o conseguiría. A natureza axudaríame, sabíao. Confiaba nela. Ademais, desexaba rematar canto antes con iso para poder voltar xunta Artemisa e contarlle todo o que me pasara ese día. Non lle explicara nada aínda. Prefería que estivésemos soas. Miña nai estaba moi pendente de min e, polo momento, non me interesa que ela saiba o que estou vivindo. Prefiro ocultarllo para que non se desacougue. Cando pase máis tempo e isto perda forza, entón contareillo.

Tiven que camiñar durante máis de dúas horas. Non me inquietaba saber que cada vez estaba máis lonxe da aldea. Tampouco me inquietaba que non houbese lúa. Era noite de lúa nova. Sinceramente, no meu peito aínda brillaba a presenza de Lúa, a súa axuda sentíaa latexando por dentro de min. Non estaba comigo coma na mañá, pero eu sabía que non me deixara soa de todo. Ela acompañábame tamén nese momento, guiaba os meus pasos.

Namentres camiñaba, pensei moitísimo. Unha das cousas nas que pensei foi na relación entre Lúa e máis eu. Fora unha relación moi forte que, sen sabelo, comezara había moitos anos; pero ela non aparecía nas miñas vidas pasadas como si aparecía Artemisa. Non obstante, nun momento confuso e neboento dalgunha das miñas vidas, vira que alguén me acompañaba de volta á miña casa despois de fuxir dalgún lugar no que me torturaran moitísimo, case ata matarme. Alguén me acolleu entre os seus brazos e protexeume, pero son incapaz de lembrar o aspecto desa persoa. Non sei se era ela. Coido que Lúa e máis eu non nos coñecemos nesta vida, pero aínda non atopei ningunha imaxe que me amose que estou certa. Sei que ela estivo comigo noutro tempo, seica noutra vida na que pensei que, de novo, perdera a Artemisa, e ela acolleume na súa vida, protexeume, namentres eu cría que Artemisa estaba morta. Talvez nunca o estivo e voltou cando eu xa me protexera demasiado na vida de Lúa... Aínda non o podo saber con certeza. Só son pensamentos, pero tampouco sei de onde saen. É coma se alguén mos tivese inxerido na miña memoria. Casualmente, estas ideas están moi vencelladas cun soño que tiven hai meses no que Artemisa se botaba pola Ponte Romana porque eu estaba ou estivera con outra muller...

Pensei que, seica, estar con Lúa tiña como finalidade poder acceder ás miñas vidas pasadas. Calquera opción me parecía convincente, mais tamén pensaba que non me importaba que finalidade tivera a nosa relación. Só me importaba que foramos moi felices, moitísimo, e que o noso amor durara o tempo que tiña que durar. Nada foi en baluto. Fomos felices e eu só existín para ela para poderlle amosar que tiña dereito a que a amasen de verdade. Sigo queréndoa moito e iso nada o poderá cambiar, pero ela estaba destinada a estar pouco tempo neste mundo, o abondo para que coñecese o amor de verdade e o celme da felicidade. Ela só quería morrer entre os meus brazos despois de coñecer o bonito que é ser feliz coa persoa que amas. E saber que o logrou faime feliz.

Mais estamos xuntas aínda na morte porque sei que podo acceder a ela cando de verdade o precise e ela pode comunicarse comigo cando me teña que dicir algo importante. Eu estou eiquí para ela e ela estará onde queira que se atope para min, para axudarnos, como o fixo ese día, como o fixo esa noite.

Algo me chamou na metade da nada, da escuridade. Eu non estaba en min. A miña mente estaba lonxe dos meus pensamentos e, á vez, sabía moi ben que quería e onde tiña que estar. Detívenme cando notei que algo latexaba no meu redor, coma se un milleiro de voces estivesen a avisarme de algo. Había unha inmensa árbore diante miña. Na escuridade que me rodeaba, souben que era un inmenso carballo moi antigo, co tronco cheo de fendas, alto e enorme, tanto que seguramente non o podería rodear cos meus brazos se o abrazaba. Parecía mirarme na escuridade, chamarme tamén coma todas esas voces que soaban sen soar.

Entón, souben que era alí, xusto alí, onde estaba esa árbore. Souben que, entre as súas raíces, estaba o meu antigo sangue, que alí onde se materializara a miña promesa, o meu xuramento, o meu feitizo, medrara esa árbore que tanto senso tiña.

Sentín ganas de chorar. Achegueime á árbore e comecei a acariñar a súa antiga madeira. Que sensación tan estraña e forte sentín nese momento. Sentinme pequena, pero tamén grande, conectada por completo co espírito dos bosques. Aquela árbore era eu tamén, eu estaba nesa árbore. Non precisaba que ninguén mo explicase. Sabía que era certo.

Tocando a súa madeira, volveron as visións, esta vez máis claras que nunca. Vinme de novo axeonllada na terra facendo a promesa, enfeitizándome a min mesma, enmeigando o meu propio destino. Vinme con Artemisa fuxindo, agochándonos entre as árbores, estando xuntas en calquera parte na que puidésemos ser libres. Vinme atrapada por mans crueis, ouvín berros na miña propia voz. Ouvín a voz de Artemisa pedíndome que non me rendese, que fose forte, que non tivese medo, que seguise sen ela. Ouvina suspirar xunta min, dicirme que me querería sempre... e ouvinme a min mesma prometéndolle que sempre a amaría, así como sempre amaría a miña terra.

Seica esa fose a derradeira ocasión na que perdín o ronsel da miña contorna e dos meus pensamentos. Non volvín estar tan ida dende esa noite na que, axeonllada diante da árbore e namentres me protexía xunta o seu poderoso tronco, me perdín nas lembranzas desas vidas tan lonxanas. Non sei canto tempo estiven así, sen estar en min mesma, afundida nos meus recordos tentando entendelo todo, ata que ouvín que alguén me chamaba, pero chamábame na realidade na que se atopaba o meu corpo, non na realidade na que estaba a miña ialma. Ouvín a voz de Artemisa e pasos detrás miña, pero custoume moito reaccionar e ademais... tiña moita febre. Non ía tanto frío para estar tan xeada, pero tremía moitísimo, cada vez máis.

Notei que alguén me collía dos brazos e me axudaba a sentar máis cómoda no chan. Alguén me chamaba cada vez con máis desacougo, pero eu non entendía por que estaba tan nerviosa a persoa que quería chamar a miña atención, xa que eu me encontraba ben, afundida na lonxanía dos meus recordos. Estaba ben porque cada vez estaba máis adoitada a verme sufrir, porque cada vez me custaba menos comprender por que son como son, de onde viña a miña maneira de ser, de onde nacera a miña ialma, porque me gustaba verme no pasado, saber como era, quen fora, que vivira. O que máis curioso me resultaba era que sempre tivera o mesmo aspecto. Sempre tiven os cabelos e os ollos tan negros coma a noite máis escura, unha noite sen estrelas. Sempre fun tan magriña como agora, sempre parecín moi fráxil e, non obstante, tiven moita forza nos brazos e nas pernas. Sempre camiñei tan rapidamente como nesta vida e puiden traballar a terra cos meus delgados brazos. O meu aspecto enganou e intimidou sempre. Sempre amei a terra sabendo que era a nai de todos. Nunca dubidei do valor dos bosques, das árbores, das montañas, do vento, da auga, da terra mesma, baixo a que se afunden os séculos. Sempre amei aos animais, seica moito máis cás persoas... e sempre fun parte destes bosques que tanto amo, polos que tanto sufro cando lles ocorre algo horríbel. Matáronme moitísimas veces lonxe da miña terra. Eiquí me afastaron do único amor do meu destino.. e sigo sendo parte deste lugar coma calquera desas árbores que enchen os bosques e que levan tantos anos respirando eiquí, dando vida eiquí.

Cando penso en todo isto, choro, pero non choro de mágoa nin de dor. Choro porque me parece demasiado fermoso que todo isto me ocorra a min. Non obstante, dende que era cativa e tiven consciencia, souben que eu non era alguén normal, que tiña algo en min que me facía distinta, que sempre me faría distinta. E que sexa precisamente eu a que teña estes dons, estas facultades, que poida falar tan claramente das miñas vidas pasadas é algo que non sei se merezo. Todo isto me ten que facer sentir feliz, e síntome moi feliz e afortunada por ser así como son. Agora si vexo a fin de tanto sufrimento, atopo a luz na fin deste túnel que tiven que atravesar. Agora vou vendo o senso a todo. Vaise abrindo o ceo da miña vida e vexo un arco da lúa que brila sobre as montañas. Vexo que hai senso en todo o que sufrín, mesmo na miña doenza, a que se expresará máis veces ao longo da miña vida... mais podo dicir que estou saíndo desta crise tan estraña que non pasou en baluto. Esta crise tivo máis sentido que calquera outra que sufrise no pasado.

E o que máis me emociona é que teño a confianza de Artemisa despois de todo o que lle contei. Ela creme, creme máis que ninguén. Estamos máis unidas que nunca con cada nova crise que eu sufro. Estou segura de que as dificultades fan que a nosa relación sexa cada vez máis forte. Hai algo que tamén me fai rir e que aínda non lle comentei a Artemisa. En todas estas vidas que estou lembrando, ela sempre está comigo. Algunhas ocasións, sei que ela veu de lonxe refuxiándose nos bosques de Galicia, pero, nalgunhas vidas, ela xa naceu eiquí. Ela tamén forma parte desta terra sen sabelo. Por iso ten sentido que ela estea eiquí tamén. Ela tamén ama esta terra, ámaa moito máis do que imaxina.

Síntome esperanzada e optimista. Síntome afortunada por ter superado outra crise. Síntome afortunada por ter ao meu lado a persoas tan marabillosas como Artemisa, coma miña familia e tamén como Silvia, quen se portou moi ben comigo en todo momento. Está a ser moi comprensiva comigo. Hoxe voltei ao traballo despois de tres días de festa. Teño moita sorte con Silvia, a verdade. E, despois de cinco días sen traballar (contando a fin de semana), volvín con ilusión porque me gusta este traballo. Gústame tratar coa xente; algo que, hai un ano, xamais tería dito.

Cando Artemisa me atopou o sábado, custoume moito regresar, pero, cando o fixen, axiña souben que lle tiña que explicar a Artemisa todo o que vivira ese día. Non obstante, ela non me quería escoitar nese momento. Só desexaba que voltásemos á casa, díxome que miña nai estaba moi preocupada e que tiña que regresar canto antes, que era tarde e que, se non tivese sido por Laila, non me tería atopado. Laila estaba ao meu carón lambéndome a man, tentando chamar a miña atención. Artemisa estaba asustada porque era noite pecha e non lembraba o camiño de volta á aldea, pero eu acougueina dicíndolle que coñecía de memoria ese bosque e que non estabamos perdidas. Ela confiou en min. Deume con forza a man e camiñou xunta min e xunta Laila ata a aldea. Tardamos case dúas horas en voltar á casa, pero miña nai non me recriminou nada. Nin tan sequera me preguntou como me encontraba. Recibiume cunha quentiña cunca de caldo e despois fomos durmir. Ao día seguinte, si falei con ela e prometinlle que nunca máis marcharía tan tarde ao bosque. Non me recriminou nada porque, seica, intuíse que o que fixera era necesario para poder estar ben, para comezar a recuperarme.

Antes de durmir, tenteille contar a Artemisa o que me ocorrera, pero ela pediume que falásemos na nosa casa, que nese momento precisaba pensar. Non sei se estaba enfadada comigo, pero non a notaba ben. Pedinlle perdón moitas veces e ela díxome que non estaba molesta comigo, só asustada, pero que lle pasaría e ao día seguinte xa estaría ben.

Cando chegamos a Ourense o domingo, sentamos xuntas no sofá e entón si lle puiden contar o que me ocorrera dende o sábado á mañá. Escoitoume sen interromperme en ningún momento. Cando rematei de contarlle absolutamente todo, preguntoume como me encontraba, preguntoume se iso que vivira me axudara a estar mellor. Cando lle dixen que si, que me encontraba moitísimo mellor, deume unha aperta moi forte e agarimosa namentres me dicía que todo pasaría, que era moi valente, que me recuperaría moito antes do que pensaba e prometeume tamén que ela sempre estaría comigo, apoiándome, axudándome en todo o que precisase.

E coido que agora si vou deixar de escribir. O frenético ritmo ao que escribín deixoume esgotada e fíxome esquecer que mañá teño que madrugar, outra vez, para ir traballar. Agora só quero que Artemisa faga grande e único o noso pequeno mundo.

 
Traducción:

Lunes, 6 de mayo de 2019

Tengo una pequeña llama en mi alma que arde tímidamente y que está resistiendo todos los vientos que quieren desvanecerla. Esa llama son las ganas de vivir que tengo. Tengo ganas de vivir. Lo juro por todo, por mi tierra, por mí misma, por Artemisa y por todas las personas que quiero de verdad y que me quieren con todo su corazón. Tengo muchas ganas de vivir, de seguir con la hermosa vida que Artemisa y yo empezamos aquí en Ourense hace meses como si nada estuviese ocurriendo. Nunca tuve tantas ganas de vivir. Nunca ansié tanto dejar atrás los problemas e ignorar mi enfermedad como ahora para poder ser feliz, para poder seguir siendo feliz. Quiero vivir plenamente cada momento que la vida nos regala y quiero hacerlo porque sé que merece la pena luchar por ser felices, por defender nuestra vida, por cuidar nuestra vida. Sé que merece la pena estar aquí en este mundo, en este momento, porque es lo único que tenemos, la vida, estar vivos, es lo único que tenemos, y eso hemos de defenderlo con todas las fuerzas que tengamos en nuestro ser. Y quiero vivir plenamente porque amo mi vida, amo a la persona con la que la comparto, amo el lugar en el que se desenvuelve. Quiero ser feliz porque sé que nunca tuve tanto como tengo ahora. Siempre me sentí pobre, sin nada, porque me faltaba todo cuando estaba lejos de aquí y cuando no estaba con Artemisa. Me faltaba todo porque no me tenía a mí misma. Ahora sí me tengo. Ahora sí sé quién soy y quiero seguir siendo yo misma, con todos mis miedos, con mi alma trémula, con mis inseguridades, pero yo. Quiero ser yo en este mundo que es mi mundo. Quiero ser yo por Artemisa, por mi madre, por toda mi familia, por Laila y por Galicia.

Mas tengo muchísimo miedo y eso no puedo ignorarlo. Tengo miedo porque me parece que algo está golpeando mi vida como si quisiese derrumbarla, como si quisiese volver polvo todo lo que tengo, como si me quisiese deshacer a mí misma. Me parece que hay algo en el universo, en este momento, que quiere destruir todo lo que tanto me costó conseguir. No sé si hay una consciencia detrás de todos estos hechos. No sé si alguien está decidiendo que me ocurra todo esto. Quizás todo esto sean pruebas que tengo que superar para poder dejar atrás mi enfermedad para siempre; pero, si son pruebas, no sé cómo encontrar los ánimos que me permitan superarlas; mas quiero hacerlo, quiero hacerlo aunque me cueste la vida. Quiero llegar al fin de todo esto porque sé que, en su fin, están todas las respuestas que preciso para acallar esa voz que no deja de atacarme con recuerdos tan horribles. No obstante, me cuesta mucho, a veces, distinguir entre la realidad y el pasado, entre lo que es real ahora mismo y lo que lo fue en otro tiempo tan lejano que ni puedo situarlo en la Historia. No tengo ni idea de cuándo comenzó todo, pero ahora siento en mí el peso de esos siglos que transcurrieron.

El sábado me pasó algo tan extraño e inexplicable que no sé si seré capaz de contarlo, mas lo intentaré. A Artemisa se lo conté de modo atropellado, sin encontrar las palabras exactas que me permitiesen explicarle qué me había ocurrido y pareció que deliraba, que de nuevo tenía fiebre y que había perdido la razón, pero estaba más consciente que nunca cuando me hallaron. Sabía perfectamente lo que había recordado, estaba segura de que todo aquello era real, mucho más que muchas cosas que me hicieron creer en otros años, cuando querían convencerme de que yo estaba enferma y que lo estaría para siempre. Sé que es real y no me importa que Casandra le diga a Artemisa a gritos que está compartiendo su vida con una loca, que tendría que dejarse de tonterías y abandonarme para volver a Cataluña, pero eso es otro tema del que también quiero hablar, mas no sé cuál es el orden adecuado para contar las cosas. El tema de Casandra y Artemisa es otra de las cosas que están golpeando nuestra vida como si quisiesen derruirla como si ésta fuese una pared de piedra antigua, una casa sobre la que pesan tantos años...

Casandra está haciéndole muchísimo daño a Artemisa. Todas las conversaciones que Artemisa intenta mantener con su hermana son dañinas, muchísimo, y están deshaciéndole el alma a la pobre Artemisa, quien no deja de tratar de arreglar las cosas con su hermana, pero es inútil intentarlo porque Casandra está hundida en un inmenso mar de rabia y celos que está cambiándola muchísimo. No sé si alguna vez volverá a ser esa persona que tanto queríamos porque la noto tan lejos de lo que fue, de lo que yo amé también, porque la quise muchísimo, mas la persona que yo quise no está en nuestra vida. Ni tan siquiera es el reflejo de lo que fue. Es una sombra monstruosa de ésas que aparecen en las pesadillas para asustarte. Todo lo que sale de ella es odio, rabia, injusticia. Está siendo muy injusta conmigo, pero también con Artemisa, sobre todo con ella, porque yo no soy nadie para Casandra, pero Artemisa es su hermana. Si yo tuviese una hermana, la querría muchísimo y jamás se me ocurriría decirle todo lo que Casandra le dice a Artemisa.

Ayer, Artemisa llamó a Casandra para intentar hablar con ella. Casandra le dijo que no podía hablar con ella porque tenía muchas cosas que hacer. La conversación que mantuvieron más o menos es la siguiente (va a parecer una obra de teatro, pero prefiero contarlo de este modo. Evidentemente, voy a traducirla toda (Nota de la traductora: y yo vuelvo a traducirla al castellano)):

Casandra: Artemisa, ahora no puedo atenderte porque estoy muy ocupada.

Artemisa: ¿Y puede saberse cuándo podrás hablar conmigo?

Casandra: Para las cosas que tienes que contarme...

artemisa: ¿Y tú no tienes que contarme nada? ¿No te pasa nada en tu vida que quieras compartir conmigo? Porque yo sí quiero compartir contigo muchas cosas y quiero explicarte otras muchas...

Casandra: Pues compártelas con Agnes, ¿no?

Artemisa: ¿De verdad no te importa nada de lo que me pase?

Casandra: Tampoco creo yo que te pasen cosas muy interesantes.

Y Artemisa, entonces, se quedó sin saber qué decir. Me contó que la manera como Casandra le hablaba la hería tanto que ni tan siquiera podía pensar en las palabras que decirle; mas, antes de cortar la llamada, Artemisa intentó contarle lo que está ocurriéndome, lo que me pasó el sábado al atardecer... mas Casandra no quiso escuchar prácticamente nada. Enseguida comenzó a decirle que eso era cosa suya porque ella era quien estaba conmigo y quien tenía que aceptar que yo estaba totalmente loca, que estaría peor con el paso de los años y que lo que a mí me sucediese no era su problema.

Artemisa no me habría contado esto si yo no le hubiese insistido. Ella sólo quería contarme la primera parte de la conversación, pero yo sabía que había algo más y, hasta que me lo dijo, no dejé de insistirle en que me dijese la verdad, en que me lo explicase todo porque sabía que me escondía algo muy fuerte e importante. Al final, me lo contó y no supe qué decir cuando escuché las palabras que Casandra había dicho refiriéndose a mí. Lo único que se me ocurrió decir fue: “quizás tenga razón”, pero Artemisa me calló antes de que yo pudiese acabar esa horrible frase y comenzó a decir, llorando profundamente, que nunca se me ocurriese pensar eso de mí, que ella jamás creería que yo estoy loca, que ella me creía, que sabía que yo decía la verdad continuamente y que Casandra no tenía ningún derecho a hablar así de mí, que su hermana en ese momento acababa de morir y que no quería saber nada más de ella, que no querría saber nada más de ella si no era capaz de respetarme, que yo era lo que más quería en el mundo y que las personas que no supiesen respetarme morirían para ella, que le daba igual quedarse sólo conmigo porque yo era su mundo y un montón de cosas más que me deshicieron, que me hicieron empezar a llorar mucho hasta sentir que me ahogaba en ese llanto, hasta sentir que el miedo que latía en mi interior se deshacía y quedaba sólo una paz extraña en la que me mantengo flotando sin saber cuándo va a terminar, pero tengo miedo a que termine porque sé que va a ocurrir.

El sábado desperté sintiéndome muy extraña. Estábamos en la aldea. Era muy temprano. Ni tan siquiera había amanecido y hacía un fresquiño muy agradable que me acarició la piel en cuanto salí de casa para pasear un poco con Laila. Laila siempre está dispuesta a acompañarme dondequiera que yo vaya. Cuando me adentré junto a ella en el bosque, no pensé que me ocurriría todo lo que ese día me ocurrió. No sé si son cosas buenas, pero malas tampoco porque comprendo que es preciso que yo sepa todo esto para conocerme mejor. Ése es el propósito de todo esto, que me conozca mejor, que sepa de dónde provienen todos mis miedos, mi enfermedad, en fin, porque es lo que parece que me caracteriza mejor, que estoy enferma. Es eso lo que todo el mundo recuerda de mí. No me recuerdan por ser como soy, sino porque estoy enferma, ¿no? ¿Cómo me recordaría Gaya si estuviese viva? ¿Qué recordaría de mí, que tengo los ojos negros y profundísimos o que soy gallega? No, recordaría que estuve siempre enferma. ¿Qué recuerda Gilbert de mí allá donde vive? Seguramente, él se acordará perfectamente de todas mis crisis, de todos esos momentos en los que yo perdí la calma y la ilusión de vivir delante de él. No recordará esos rituales tan bonitos en los que yo participaba poniendo toda mi alma en las palabras que decía... Qué lejos queda ahora todo eso, qué diferente me siento. No soy la misma persona, para nada, y tampoco sé si Némesis me querría si estuviese viva. Quizás ella me quiso también porque me sentía frágil, porque ella sabía que yo era frágil y, para ser fuerte, lo único que tenía que hacer era dejarme llevar por esa enfermedad que me destruía, que deshacía todo lo que yo era hasta convertirme en una persona totalmente desequilibrada que ni tan siquiera sabía lo que quería ni lo que decía... Y todo eso queda tan lejos que me parece imposible creer que pertenezca a mi vida.

Tal vez tenga que aceptar que nunca seré libre de esta maldición que yo misma me eché hace tantos siglos y para la cual no hay remedio. Yo misma hice que mis siguientes vidas fuesen así, siempre tan crueles y difíciles. Me cuesta contarlo, muchísimo, porque me cuesta creer que eso sea mi vida y no una historia que encontré en un libro; mas ahora lo sé prácticamente todo.

Mi enfermedad es un trueque, un intercambio. Pedí mi enfermedad a cambio de poder vivir siempre en Galicia y... no sólo eso, sino también junto a Artemisa. Pedí que hubiese una vida en la que pudiésemos estar juntas sin que nadie nos lo impidiese. Pedí que nunca más me alejasen de mi tierra, pedí morir aquí en Galicia... mas las cosas no se piden sin dar nada. Siempre tenemos que dar algo a cambio de lo que deseamos, renunciar a algo para tener cumplido el deseo que tanto nos enloquece, que tira de nosotros y por el que luchamos hasta dar nuestra vida, hasta perderlo todo. Yo lo perdí todo en millones de ocasiones, vida tras vida. Cuando digo todo, es todo: la vida, todo, el amor y la seguridad de un hogar. No sé cuándo comenzó todo, pero sí estoy cierta de que fue hace más de veinte siglos, quizás cuando ni tan siquiera Galicia era Galicia, sino un terreno salvaje lleno de bosques profundos, como ahora, pero mucho más intenso todo. Había más naturaleza, más ríos poderosos. La naturaleza era libre y crecía libre sin que nadie le cortase las alas. Quién era yo no lo puedo saber. Tengo visiones brumosas de ese tiempo. Esas visiones las recibí a lo largo de ese sábado. Sé que la naturaleza me ayudó muchísimo a descubrirlo todo. Sin ella, nada de esto sería posible, mas también le pedí ayuda a otra alma a la que llamé a través del espacio, como siempre hice para comunicarme con mis seres queridos.

Sabía que ese día era el más adecuado, que no podía esperar más. No quería que Laila viniese conmigo, pero no pude evitar que me acompañase y fue detrás de mí en cuanto salí de la puerta de nuestra casa, de la casa de la aldea, y corrió detrás de mí hasta que llegamos al bosque. No dejé de correr, a pesar de sentirme muy débil, porque también he de decir que no pude comer prácticamente nada la semana pasada y estuve malísima incluso con fiebre desde el jueves; pero, en ese momento, sintiendo el fresco aire de la mañana, no me importaba mi debilidad. Quería llegar allá donde los árboles me ocultasen los tejados de las casas, allá donde no me llegase ni el menor ruido de la civilización, donde no se viesen las calles de la aldea.

Cuando supe que estábamos lejos de cualquier mirada, nos sentamos en el suelo, entre las raíces y las hojas secas, y entonces cogí a Laila en mi regazo para protegerla de todo lo que iba a ocurrir. Sentir su calor me hizo bien, sentir que ella estaba conmigo me hizo ser valiente. Estábamos agotadas las dos, pero no les prestaba atención a las reacciones de la parte física de mi ser. Lo único que me importaba era que mi alma cogiese fuerzas para poder usar el don que siempre tuve.

Me concentré mucho, a través del frío, de mi respiración agitada y mi extremo cansancio. Me concentré sintiendo el silencio que nos rodeaba, oliendo el aroma de la naturaleza y sabiendo que ese instante era sólo nuestro, era mío. Laila enseguida se quedó tranquila entre mis brazos, en mi regazo, y cerró los ojos como si supiese que tenía que hundirse en mi concentración. Le pedí muy suavemente que no se asustase y pareció entenderme porque enseguida se quedó dormidiña.

Entonces, cuando supe que ya estaba preparada para hacerlo, llamé a Lúa con la voz de mi alma, la llamé sabiendo que ella podría oírme allá donde estuviese. Llamé animando a mi don a que me ayudase, a que se expresase más que nunca y sentí que me obedecía, que algo despertaba en mí como si fuese otra consciencia más. El bosque desapareció levemente en la inmensidad de ese momento y, de súbito, comencé a notar cosas que no eran de este mundo, que provenían de otra realidad: susurros que no entendía, voces lejanas, ecos de otro tiempo... y la voz de Lúa, la presencia de Lúa. Sabía que ella me había oído. Sabía que ella me preguntaba si la había llamado. Estaba insegura y dudaba de que lo hubiese hecho de verdad, por eso la llamé aún con más fuerza y decisión hasta que sentí que su alma (o lo que quedaba de ella) se acercaba a la mía. La noté conmigo en medio de la nada. No dudé de que estaba allí, de que podía hablar con ella. Esa certeza me hizo sentir un poderoso nudo en la garganta. Podía hablar con Lúa, al fin. Me pregunté por qué no la había llamado antes, pero entonces entendí enseguida que sólo puedo hacerlo cuando de verdad lo necesite. Hablar con las almas que no están en este mundo no es algo que debamos hacer tan seguidamente, siempre que queramos. Tiene un precio y yo lo pagué muy bien, tanto que todavía no me he recuperado de lo que me ocurrió después.

Lúa estaba allí. No estaba delante de mí, pero tampoco a mi lado. Estaba donde yo estaba, exactamente en el mismo lugar, en mí, como si ella estuviese en mi cuerpo, pero ella no ocupaba ningún espacio. Estaba y punto. Nosotros, los gallegos, creemos que las almas no ocupan espacio. ¿Por qué lo han de hacer si no tienen materia? Ella no tenía materia. Era el alma que la definió siempre. Tampoco veía su verde mirada ni sus rojizos cabellos. Sentía su alma en la mía, como si estuviesen unidas por unos dedos cálidos.

Entonces le pedí ayuda. Le pedí que me ayudase a descubrir de dónde venían todas esas visiones que estaban llenándome la mente. Le pedí que me mostrase el origen de todo lo que soy, de mi enfermedad, de todo lo que precise saber para poder ser yo misma sin sentir más dolor. Ella me dijo que nunca dejaría de sentir dolor y que nunca me curaría del todo porque mi enfermedad era un hechizo que yo misma me había lanzado hacía muchísimos siglos, pero sí podía conseguir que yo conociese prácticamente todo sobre mis vidas para que pudiese comprender mejor todo lo que soy y lo que me ocurre. Me dijo que no teníamos mucho tiempo, pero que intentaría emplearlo lo mejor posible. Me pidió que no le preguntase nada hasta que todo acabase, hasta que se fuese la última visión que ella me traería, que no dudase de nada porque, si preguntaba o dudaba, ella desaparecería. Se iría la oportunidad que yo tenía de conocerlo todo y nunca más tendría la posibilidad de volver a llamarla. Aquello me asustó tanto que no dije nada, sólo aguardé con paciencia, mas también estaba muy nerviosa. Ni tan siquiera me pregunté si aquello era real ni pensé en que parecía, más bien, la escena de una película, como me lo parece ahora; pero sé que fue real y siempre lo será.

Los detalles de esos tiempos no son tan importantes como lo que yo viví. Años de vida se redujeron a instantes que Lúa me presentó delante de mí como si no fuesen fragmentos de mis existencias. En la primera imagen que vi, estaba yo caminando por un bosque igual al que nos rodeaba. Supe enseguida que me hallaba exactamente en el mismo lugar en el que me encontraba entonces. Estaba vestida con una túnica hecha de piel de animal, pero no pude identificar qué me protegía del frío. Caminaba distraída y con lágrimas en los ojos. Sentí la inmensa tristeza que me oprimía el alma.

Me arrodillé en el suelo y clavé los dedos en la tierra, hundí los dedos en la tierra con todas mis fuerzas mientras comenzaba a llorar de rabia. Estaba llorando de rabia. Entonces me di cuenta de que tenía en la mano una prenda de ropa que supe que no era mía. Era una cinta para el pelo. Era azul y la apretaba en mi mano derecha mientras con la izquierda arañaba la tierra. Lloraba por alguien que se había marchado para siempre. Enseguida llegaban a mí las respuestas que necesitaba para comprender lo que ocurría. Sé que Lúa me las enviaba.

Lloraba porque habían matado a mi amor. Enseguida vi imágenes en las que aparecíamos ella y yo cabe el fuego, protegiéndonos del frío. Ella era... era igual que Artemisa. La mujer que aparecía junto a mí en esas imágenes era igual que Artemisa. Era Artemisa.

Mi dolor me desgarraba el alma, era tan fuerte que no podía soportarlo. Vi que ella había muerto junto a mí asesinada por una flecha llena de veneno. Ella había caído entre mis brazos cuando intentábamos huir de esas personas que habían descubierto lo que ocurría entre nosotras. Ella cayó entre mis brazos mientras yo me apartaba del camino y me escondía entre los árboles. No nos perseguían ya. No me perseguían. No querían matarme a mí. Sabía que sólo querían asesinarla a ella para quitarla del medio. Ella les molestaba. A mí no les interesaba matarme porque yo era muy poderosa y necesaria para el pueblo. Era una sacerdotisa que curaba tanto a las personas como a los animales y me necesitaban mucho, por eso nunca me matarían. Y no podían tolerar que yo estuviese enamorada de otra mujer. Evidentemente, nadie lo entendería jamás. Ella y yo habíamos intentado escondernos, pero nuestros esfuerzos no habían servido para nada.

Ella había caído entre mis brazos llena de sangre. Con los ojos trémulos y un hilo de voz, me pidió que fuese fuerte, que siguiese viviendo por ella. Me dijo que no se arrepentía de nada de lo que habíamos hecho, que volvería a hacerlo a pesar de saber que moriría tan pronto, que lo que más le dolía era no poder vivir más tiempo junto a mí.

Yo en ese momento sabía que la perdía, pero también estaba segura de que volvería a verla en otra vida. Sentía que nuestro vínculo era mucho más fuerte que la muerte; pero me dolía tanto que se marchase que no podía soportar la idea de vivir sin ella. Aún me quedaban muchísimos años de vida. Quedaba ante mí mi vida toda... y no quería vivirla sin ella. Yo creía en la reencarnación, pero me daba miedo envejecer sin ella. No quería hacerlo.

Estaba amaneciendo, pero para mí había llegado la noche más larga.

Le cerré los ojos cuando noté que había dado su último suspiro, cuando supe que se había ido.

Y no fue la única vez que la perdí. La perdí siempre, una vida tras otra. A pesar de saber que era muy posible que volviese a verla en otra vida, en ese momento yo no podía soportar la idea de que tendría que seguir sin ella. Conocía que nos reencontraríamos, pero tenía miedo a que no fuese cierto, a que pudiese ocurrir algo que deshiciese nuestro vínculo. Por eso, corrí con su cinta del pelo tras enterrarla en el bosque. Sabía que querían llevarme lejos, aunque Lúa no quiso explicarme por qué, qué motivos tenían para querer arrancarme de mi tierra, de mi hogar. Sé que lloraba como si me faltase el aliento mientras arañaba la tierra y me hería para que la savia de los árboles y mi sangre se mezclasen para siempre, mientras juraba al viento, con una desesperación que me deshacía la voz: “nunca viviré sin ella ni lejos de aquí, nunca más viviré en paz si me separan de ella y de mi tierra. Prefiero estar loca antes que vivir sin ella y lejos de aquí. Yo quiero pertenecer siempre a este lugar. Que la locura caiga sobre mí si me alejan de mi lar.”

La locura era lo más temible en ese tiempo, lo que más miedo les daba a todos porque no había nada peor que perder la razón y la salud del alma.

Las visiones desaparecieron mucho antes de que yo pudiese comprender en qué año se encontraban. Después de ese juramento, volví a ver las imágenes de siempre. Volví a verme ardiendo en una hoguera, volví a sentir mi muerte, cómo el fuego me deshacía toda, volví a notar que me alejaban de mi hogar para llevarme a sitios horribles en los que me torturaban... Y me vi también caminando sola por una playa desierta al palidecer el día, cuando nadie me veía, corriendo también hacia esa playa cuando caía la noche... y llorando por todo lo que había perdido. Me vi en tantas ocasiones distintas que no soy capaz de recordarlas todas; pero siempre estuve aquí, siempre, como si fuese un árbol de la tierra... que renace cuando un rayo intenta deshacerlo. Un árbol no puede crecer lejos del suelo que lo vio nacer. No se pueden arrancar los árboles que ya crecieron en un lugar y llevarlos a otro que no se asemeja en absoluto a su cuna. Quizás yo sea algo así.

Tengo muchas cuentas pendientes con mi propio destino, pero no sé cómo saldarlas.

Tenía que descubrir dónde hice ese juramento. Sabía que estaba cerca del lugar en el que me hallaba, en el que estaba unida a Lúa de nuevo... Ella desapareció mucho antes de que pudiese despedirme de ella. Desapareció sin decirme adiós, tal vez pensando que alguna vez volveríamos a encontrarnos... pero a mí me habría gustado darle las gracias por su ayuda... mas no tuvimos tiempo. Volvió la realidad cuando ni tan siquiera era consciente de que Lúa había comenzado a marcharse.

Seguía con Laila entre mis brazos, pero yo tenía tanto frío que de nuevo temblaba como si hubiese hielo a mi alrededor. No tenía fuerzas para levantarme de allí y volver a casa. Sabía que mi madre y Artemisa estarían preocupadas por mí, pero ese motivo no me pedía que me moviese. Pensaba en Lúa, en que la había tenido tan cerca de nuevo y, otra vez, estábamos separadas por una frontera indestructible... y pensaba en todo lo que había visto, en todo lo que había sabido de pronto. Tenía miedo, pero sobre todo estaba asombrada por todo lo que había descubierto.

Mas sabía que no tenía que rendirme, por mucho miedo que me diese descubrir más cosas de mi pasado. Tenía que encontrar el lugar exacto en el que había hecho ese juramento. Planeé buscarlo al atardecer. No sé por qué no preferí buscarlo cuando aún brillase el día. Prefería que la creciente oscuridad me protegiese. Además, haría calor ese día y no tenía ánimo para sufrirlo.

Regresé a casa cuando ya estaba dorado el día. Serían hacia las diez de la mañana. Me pregunto cómo fui capaz de permanecer tanto tiempo sentada en el suelo, entre los árboles, sin comer nada, sin abrigarme... Seguramente, habría permanecido en un estado extraño que no sería ni sueño ni vigilia. Sé que no he tenido un buen aspecto estos días porque casi no comía, estaba pálida y he adelgazado muchísimo, pero sé que, poquiño a poco, conseguiré recuperarme.

Puedo comer un poco más cada día. Artemisa está ayudándome mucho a comer sin que les preste atención a esas visiones que me impiden alimentarme. Me acompaña con paciencia en esos horribles momentos en los que tengo que enfrentarme a la comida y me ayuda a comer mientras me habla de cualquier cosa, pero está costándome mucho vencer el asco que me inspiran esas visiones horripilantes en las que se convierte cada alimento que intento ingerir.

Artemisa me preguntó dónde había estado cuando llegué a casa, pero sólo le dije que había estado dando un paseo con Laila por el bosque. Evidentemente, no me creyó, pero no me lo demostró en ese momento. Le dije que, a la tardiña, iría de nuevo a caminar un poco. Ella intentó convencerme de que no fuese, de que descansase, pero yo estaba muy decidida a buscar lo que tanto precisaba encontrar. No sé por qué me interesaba tanto descubrir dónde había hecho exactamente ese juramento, pero lo quería como si de eso dependiese mi vida.

Artemisa no pudo convencerme ni de que me quedase en casa ni de que le permitiese acompañarme. Fui sola, sabiendo que la hería mi actitud, cuando a la tarde ya casi no le quedaba luz. El sol brillaba tras las montañas con una fuerza invencible, como si intuyese que yo quería que desapareciese. Comencé a caminar sin saber muy bien a dónde iba, pero estaba totalmente convencida de que ese espíritu de los bosques me ayudaría a encontrar lo que buscaba. Estaba cierta de que no me hallaba sola en ese momento, de que alguien inmaterial me acompañaba. Esa sensación la sentí cuando era niña. Mejor dicho, no la experimentaba con tanta fuerza desde que era niña. Es algo que no sé explicar. Es como si alguien me hablase sin palabras, sólo a través de un silencio que para mí está lleno de palabras que no suenan. Alguien me guiaba a través de los árboles, entre vericuetos que casi no se percibían entre los troncos, mientras moría la tarde, mientras atardecía.

No tenía miedo. Sabía qué quería y estaba convencida de que lo conseguiría. La naturaleza me ayudaría, lo sabía. Confiaba en ella. Además, deseaba terminar cuanto antes con eso para poder volver junto a Artemisa y contarle todo lo que me había pasado ese día. No le había explicado nada todavía. Prefería que estuviésemos solas. Mi madre estaba muy pendiente de mí y, por el momento, no me interesa que ella sepa lo que estoy viviendo. Prefiero ocultárselo para que no se preocupe. Cuando pase más tiempo y esto pierda fuerza, entonces se lo contaré.

Tuve que caminar durante más de dos horas. No me inquietaba saber que cada vez estaba más lejos de la aldea. Tampoco me inquietaba que no hubiese luna. Era noche de luna nueva. Sinceramente, en mi pecho aún brillaba la presencia de Lúa, su ayuda la sentía latiendo por dentro de mí. No estaba conmigo como en la mañana, pero yo sabía que no me había dejado sola del todo. Ella me acompañaba también en ese momento, guiaba mis pasos.

Mientras caminaba, pensé muchísimo. Una de las cosas en las que pensé fue en la relación entre Lúa y yo. Había sido una relación muy fuerte que, sin saberlo, había comenzado hacía muchos años; pero ella no aparecía en mis vidas pasadas como sí aparecía Artemisa. No obstante, en un momento confuso y brumoso de alguna de mis vidas, había visto que alguien me acompañaba de vuelta a mi casa después de huir de algún lugar en el que me habían torturado muchísimo, casi hasta matarme. Alguien me acogió entre sus brazos y me protegió, pero soy incapaz de recordar el aspecto de esa persona. No sé si era ella. Creo que Lúa y yo no nos conocimos en esta vida, pero todavía no he encontrado ninguna imagen que me demuestre que estoy en lo cierto. Sé que ella estuvo conmigo en otro tiempo, quizás en otra vida en la que pensé que, de nuevo, había perdido a Artemisa, y ella me acogió en su vida, me protegió, mientras yo creía que Artemisa estaba muerta. Tal vez nunca lo estuvo y volvió cuando yo ya me había protegido demasiado en la vida de Lúa... Todavía no puedo saberlo con certeza. Sólo son pensamientos, pero tampoco sé de dónde salen. Es como si alguien me los hubiese insertado en mi memoria. Casualmente, estas ideas están muy vinculadas con un sueño que tuve hace meses en el que Artemisa se lanzaba por el Puente Romano porque yo estaba o había estado con otra mujer...

Pensé que, tal vez, estar con Lúa tenía como finalidad poder acceder a mis vidas pasadas. Cualquier opción me parecía convincente, pero también pensaba que no me importaba qué finalidad había tenido nuestra relación. Sólo me importaba que habíamos sido muy felices, muchísimo, y que nuestro amor había durado el tiempo que tenía que durar. Nada fue en balde. Fuimos felices y yo sólo existí para ella para poder demostrarle que tenía derecho a que la amasen de verdad. Sigo queriéndola mucho y eso nada podrá cambiarlo, pero ella estaba destinada a estar poco tiempo en este mundo, el suficiente para que conociese el amor de verdad y el sabor de la felicidad. Ella sólo quería morir entre mis brazos después de conocer lo bonito que es ser feliz con la persona que amas. Y saber que lo logró me hace feliz.

Mas estamos juntas aún en la muerte porque sé que puedo acceder a ella cuando de verdad lo precise y ella puede comunicarse conmigo cuando tenga que decirme algo importante. Yo estoy aquí para ella y ella estará dondequiera que se encuentre para mí, para ayudarnos, como lo hizo ese día, como lo hizo esa noche.

Algo me llamó en la mitad de la nada, de la oscuridad. Yo no estaba en mí. Mi mente estaba lejos de mis pensamientos y, a la vez, sabía muy bien qué quería y dónde tenía que estar. Me detuve cuando noté que algo latía a mi alrededor, como si un montón de voces estuviese avisándome de algo. Había un inmenso árbol delante de mí. En la oscuridad que me rodeaba, supe que era un inmenso roble muy antiguo, con el tronco lleno de grietas, alto y enorme, tanto que seguramente no podría rodearlo con mis brazos si lo abrazaba. Parecía mirarme en la oscuridad, llamarme también como todas esas voces que sonaban sin sonar.

Entonces, supe que era allí, justo allí, donde estaba ese árbol. Supe que, entre sus raíces, estaba mi antigua sangre, que allí donde se había materializado mi promesa, mi juramento, mi hechizo, había crecido ese árbol que tanto sentido tenía.

Sentí ganas de llorar. Me acerqué al árbol y comencé a acariciar su antigua madera. Qué sensación tan extraña y fuerte sentí en ese momento. Me sentí pequeña, pero también grande, conectada por completo con el espíritu de los bosques. Aquel árbol era yo también, yo estaba en ese árbol. No necesitaba que nadie me lo explicase. Sabía que era cierto.

Tocando su madera, volvieron las visiones, esta vez más claras que nunca. Me vi de nuevo arrodillada en la tierra haciendo la promesa, hechizándome a mí misma, embrujando mi propio destino. Me vi con Artemisa huyendo, escondiéndonos entre los árboles, estando juntas en cualquier parte en la que pudiésemos ser libres. Me vi atrapada por manos crueles, oí gritos en mi propia voz. Oí la voz de Artemisa pidiéndome que no me rindiese, que fuese fuerte, que no tuviese miedo, que siguiese sin ella. La oí suspirar junto a mí, diciéndome que me querría siempre... y me oí a mí misma prometiéndole que siempre la amaría, así como siempre amaría mi tierra.

Quizás ésa fuese la última ocasión en la que perdí el rastro de mi alrededor y de mis pensamientos. No he vuelto a estar tan ida desde esa noche en la que, arrodillada delante del árbol y mientras me protegía junto a su poderoso tronco, me perdí en los recuerdos de esas vidas tan lejanas. No sé cuánto tiempo estuve así, sin estar en mí misma, hundida en mis recuerdos intentando entenderlo todo, hasta que oí que alguien me llamaba, pero me llamaba en la realidad en la que se encontraba mi cuerpo, no en la realidad en la que estaba mi alma. Oí la voz de Artemisa y pasos detrás de mí, pero me costó mucho reaccionar y además... tenía mucha fiebre. No hacía tanto frío para estar tan helada, pero temblaba muchísimo, cada vez más. Noté que alguien me cogía de los brazos y me ayudaba a sentarme más cómoda en el suelo. Alguien me llamaba cada vez con más desasosiego, pero yo no entendía por qué estaba tan nerviosa la persona que quería llamar mi atención, ya que yo me encontraba bien, hundida en la lejanía de mis recuerdos. Estaba bien porque cada vez estaba más acostumbrada a verme sufrir, porque cada vez me costaba menos comprender por qué soy como soy, de dónde venía mi manera de ser, de dónde había nacido mi alma, porque me gustaba verme en el pasado, saber cómo era, quién había sido, qué había vivido. Lo que más curioso me resultaba era que siempre había tenido el mismo aspecto. Siempre tuve los cabellos y los ojos tan negros como la noche más oscura, una noche sin estrellas. Siempre fui tan delgadiña como ahora, siempre parecí muy frágil y, no obstante, tuve mucha fuerza en los brazos y en las piernas. Siempre caminé tan rápidamente como en esta vida y pude trabajar la tierra con mis delgados brazos. Mi aspecto engañó e intimidó siempre. Siempre amé la tierra sabiendo que era la madre de todos. Nunca dudé del valor de los bosques, de los árboles, de las montañas, del viento, del agua, de la tierra misma, bajo la que se hunden los siglos. Siempre amé a los animales, quizás mucho más que a las personas... y siempre fui parte de estos bosques que tanto amo, por los que tanto sufro cuando les ocurre algo horrible. Me mataron muchísimas veces lejos de mi tierra. Aquí me alejaron del único amor de mi destino... y sigo siendo parte de este lugar como cualquiera de esos árboles que llenan los bosques y que llevan tantos años respirando aquí, dando vida aquí.

Cuando pienso en todo esto, lloro, pero no lloro de pena ni de dolor. Lloro porque me parece demasiado hermoso que todo esto me ocurra a mí. No obstante, desde que era niña y tuve consciencia, supe que yo no era alguien normal, que tenía algo en mí que me hacía distinta, que siempre me haría distinta. Y que sea precisamente yo la que tenga estos dones, estas facultades, que pueda hablar tan claramente de mis vidas pasadas es algo que no sé si merezco. Todo esto tiene que hacerme sentir feliz, y me siento muy feliz y afortunada por ser así como soy. Ahora sí veo el fin de tanto sufrimiento, encuentro la luz al fin de este túnel que he tenido que atravesar. Ahora voy viendo el sentido a todo. Va abriéndose el cielo de mi vida y veo un arcoíris que brilla sobre las montañas. Veo que hay sentido en todo lo que sufrí, incluso en mi enfermedad, la que se expresará más veces a lo largo de mi vida... mas puedo decir que estoy saliendo de esta crisis tan extraña que no ha pasado en balde. Esta crisis ha tenido más sentido que cualquier otra que haya sufrido en el pasado.

Y lo que más me emociona es que tengo la confianza de Artemisa después de todo lo que le conté. Ella me cree, me cree más que nadie. Estamos más unidas que nunca con cada nueva crisis que yo sufro. Estoy segura de que las dificultades hacen que nuestra relación sea cada vez más fuerte. Hay algo que también me hace reír y que todavía no le he comentado a Artemisa. En todas estas vidas que estoy recordando, ella siempre está conmigo. Algunas ocasiones, sé que ella vino de lejos refugiándose en los bosques de Galicia, pero, en algunas vidas, ella ya nació aquí. Ella también forma parte de esta tierra sin saberlo. Por eso tiene sentido que ella esté aquí también. Ella también ama esta tierra, la ama mucho más de lo que imagina.

Me siento esperanzada y optimista. Me siento afortunada por haber superado otra crisis. Me siento afortunada por tener a mi lado a personas tan maravillosas como Artemisa, como mi familia y también como Silvia, quien se ha portado muy bien conmigo en todo momento. Está siendo muy comprensiva conmigo. Hoy he vuelto al trabajo después de tres días de fiesta. Tengo mucha suerte con Silvia, la verdad. Y, después de cinco días sin trabajar (contando el fin de semana), he vuelto con ilusión porque me gusta este trabajo. Me gusta tratar con la gente; algo que, hace un año, jamás habría dicho.

Cuando Artemisa me encontró el sábado, me costó mucho regresar, pero, cuando lo hice, enseguida supe que tenía que explicarle a Artemisa todo lo que había vivido ese día. No obstante, ella no quería escucharme en ese momento. Sólo deseaba que volviésemos a casa, me dijo que mi madre estaba muy preocupada y que tenía que regresar cuanto antes, que era tarde y que, si no hubiese sido por Laila, no me habría encontrado. Laila estaba a mi lado lamiéndome la mano, intentando llamar mi atención. Artemisa estaba asustada porque era noche cerrada y no recordaba el camino de vuelta a la aldea, pero yo la tranquilicé diciéndole que conocía de memoria ese bosque y que no estábamos perdidas. Ella confió en mí. Me dio con fuerza la mano y caminó junto a mí y junto a Laila hasta la aldea. Tardamos casi dos horas en volver a casa, pero mi madre no me recriminó nada. Ni tan siquiera me preguntó cómo me encontraba. Me recibió con una calentiña taza de caldo y después nos fuimos a dormir. Al día siguiente, sí hablé con ella y le prometí que nunca más me marcharía tan tarde al bosque. No me recriminó nada porque, quizás, intuyese que lo que había hecho era necesario para poder estar bien, para comenzar a recuperarme.

Antes de dormir, intenté contarle a Artemisa lo que me había ocurrido, pero ella me pidió que hablásemos en nuestra casa, que en ese momento necesitaba pensar. No sé si estaba enfadada conmigo, pero no la notaba bien. Le pedí perdón muchas veces y ella me dijo que no estaba molesta conmigo, sólo asustada, pero que se le pasaría y al día siguiente ya estaría bien.

Cuando llegamos a Ourense el domingo, nos sentamos juntas en el sofá y entonces sí pude contarle lo que me había ocurrido el sábado desde la mañana. Me escuchó sin interrumpirme en ningún momento. Cuando acabé de contarle absolutamente todo, me preguntó cómo me encontraba, me preguntó si eso que había vivido me había ayudado a estar mejor. Cuando le dije que sí, que me encontraba muchísimo mejor, me dio un abrazo muy fuerte y cariñoso mientras me decía que todo pasaría, que era muy valiente, que me recuperaría mucho antes de lo que pensaba y me prometió también que ella siempre estaría conmigo, apoyándome, ayudándome en todo lo que precisase.

Y creo que ahora sí voy a dejar de escribir. El frenético ritmo al que he escrito me ha dejado agotada y me ha hecho olvidar que mañana tengo que madrugar, otra vez, para ir a trabajar. Ahora sólo quiero que Artemisa haga grande y único nuestro pequeño mundo.