viernes, 4 de noviembre de 2016

EL FUEGO DE HÉCATE: CAPÍTULO 12 - VIVIENDO EN LA OSCURIDAD DEL RENCOR




12

 

Viviendo en la oscuridad del rencor

 

La casa de Agnes se encontraba en un rincón del bosque casi inalcanzable donde las ramas de los árboles se enredaban las unas con las otras para crear un techo natural que impidiese el paso de la luz del día. Hacía mucho más frío que en cualquier otra parte del bosque y la humedad podía casi tocarse. Olía tanto a humedad que incluso aquel aroma, tan bello y revitalizante, resultaba incómodo y demasiado intenso si se respiraba durante unos largos minutos. Además, la oscuridad era tan espesa que, llegadas incluso las seis de la tarde de un día estival, se volvía difícil caminar por allí sin tropezar con las raíces salidas, las plantas tupidas que ocupaban cualquier senda y las ramas que el viento había conseguido tirar al suelo. Las hojas que en invierno habían quedado sepultadas bajo el hielo y la nieve parecían revivir cuando llegaba la primavera, aunque eran hojas secas que crujían al ser pisadas.

Gilbert y Gaya se habían enfrentado ya muchas veces a situaciones tensas y difíciles que habían conseguido superar y convertir en una enseñanza para todos aquéllos que las vivían junto a ellos; pero en aquella ocasión ambos sentían que les costaría mucho más mantener la calma en todo momento. Artemisa era como una hija para ellos. La querían como podrían haber querido a cualquier fruto de sus entrañas. Gaya nunca había sido madre biológica de ninguna persona, pero se sentía madre de todos los que se habían acercado a ella y le habían permitido tornarse una maestra para ellos. Gilbert sí había sido padre de algunas criaturas engendradas en la noche de Beltane, pero les había perdido el rastro en cuanto las madres se habían distanciado de él para conservar su honor como sacerdote; algo que a Gilbert le parecía totalmente inhumano y triste. Extrañaba a sus hijos, aunque realmente no los conocía y ni siquiera sabía cómo eran, qué pensaban y sentían.

Gaya y Gilbert habían compartido momentos muy íntimos cuando los rituales todavía se celebraban de una forma tan desenfrenada y enloquecida; pero pocas veces se había quedado embarazada, ni siquiera cuando ella había creído que se encontraba en los días fértiles del mes, y esas pocas ocasiones en las que creyó que al fin sería madre perdió al poco tiempo esa vida que había empezado a crecer en su interior. Aquello la había obligado a pensar que tenía algún problema para ser madre, pero nunca había comprobado que aquello fuese cierto y ya era demasiado tarde para hacerlo. Por eso, Artemisa, Neftis, Penélope y muchas más miembros del aquelarre eran para ella como las hijas que nunca pudo tener.

Se hallaban ambos en estos pensamientos cuando, sin esperarlo, llegaron al camino que comunicaba directamente con la casa de Agnes. Aquel camino estaba todo invadido por raíces olvidadas, hojas secas, plantas espesas, oscuridad, humedad y frío. Era la parte más íntima y peligrosa del bosque. Ambos se preguntaban cómo era posible que Agnes viviese en un lugar tan irrevocablemente apartado, pero también sabían que ella prefería vivir inmersa en la soledad más inquebrantable.

La casa de Agnes era vieja, pero sus paredes de madera y piedra brillaban como si fuesen el sol de aquel rincón tan oscuro. Tenía grabadas en la puerta de entrada una serie de imágenes cuyo significado no le había revelado nunca a nadie. Se trataba de símbolos que parecían pertenecer a una escritura ancestral. Además, de las ventanas siempre se escapaba el reflejo de la luminiscencia de las velas. Agnes vivía sin luz ni agua corriente, pero aquello nunca se le había notado ni en el olor de su cuerpo ni en su mirada. Agnes siempre parecía aseada y de su ser se desprendía un intenso olor a hierba y a flores que no resultaba nada incómodo. Tenía cerca de su hogar un lago de aguas cristalinas que el río siempre renovaba cuando las lluvias inundaban aquella naturaleza; algo que ocurría con bastante frecuencia. Además, Agnes también poseía un gran depósito de piedra que la lluvia llenaba de un agua fresca y limpia que le servía para muchas de las tareas cotidianas de su vida.

A aquella hora de la tarde, la luz del día apenas se colaba ya entre las ramas de los árboles. Parecía ser un reflejo de otro mundo, el espejismo de otra realidad. Sin embargo, aunque la negrura y la neblina del atardecer prematuro que gobernaba en aquel lugar sobrecogiesen a Gaya y a Gilbert, debían reconocer que vivir en aquellos lares le proporcionaría a Agnes una paz que no podría hallar en ninguna otra parte del mundo.

Fue Gaya quien se acercó a la puerta de la casa de Agnes y quien llamó con sigilo y delicadeza. Se oyeron unos vacilantes pasos y, en breves instantes, Agnes abrió la puerta con lentitud y extrañeza. Al ver a Gilbert y a gaya, entornó los ojos, como si no quisiese que ellos captasen el fastidio que se había apoderado de su mirada. No obstante, les sonrió con amabilidad y los invitó a pasar mucho antes de que Gaya planease preguntarle si podían hacerlo.

Pocas veces habían entrado en el hogar de Agnes. Más bien, Gaya no recordaba haber estado allí antes. Aquélla era la primera vez que se fijaba en cómo vivía Agnes, aquella mujer tan misteriosa de pocas palabras que prefería expresarse a través del silencio. Se trataba de una cabaña parecida a la que había resguardado a Artemisa, pero mucho menos acogedora. La oscuridad se acumulaba en los rincones y olía también mucho a humedad, como si aquel aroma construyese los muros de aquella pequeña morada. Apenas tenía muebles, solamente los necesarios ocupaban el centro y algún recoveco de la casa. Una chimenea parecía ser la cocina de Agnes. Hervía en esos momentos en una gran olla algo que desprendía un cómodo aroma a comida templada y sana.

Agnes estaba vestida con un traje negro que apenas permitía adivinar la forma sensual de su cuerpo delgado y esbelto. Además, de su mirada emanaba una oscuridad que parecía ser la que ensombrecía el bosque.

Les ofreció asiento en una alfombra mullida de color negro y después se dirigió hacia la olla que se calentaba en la chimenea. El humo de aquella hoguera se escapaba velozmente por aquel empedrado conducto, adornado también con aquellos símbolos que Agnes había grabado en la puerta de su hogar. Gaya estuvo a punto de preguntarle qué significaban, pero la respuesta que pudiese darle Agnes la intimidaba tanto que prefirió mantenerse en silencio. Ni tan sólo quiso saber qué estaba preparándose para cenar.

     ¿Queréis cenar conmigo? —les preguntó sin mirarles, con una voz casi hueca, aunque muy dulce y a la vez potente.

     No, Agnes. No queremos que se nos haga muy tarde —contestó Gilbert con educación. Incluso los sobrecogía tener que declinar el ofrecimiento de Agnes.

     Sabía que ibais a venir. Por eso estoy preparando más caldo que de costumbre. Aunque no cenéis conmigo, os llevaréis algunos recipientes para que os lo comáis cuando podáis, pues lo he hecho para vosotros.

     Te lo agradecemos mucho, Agnes —intervino Gaya.

     ¿Sabías que íbamos a venir?

     Sí, por supuesto —respondió Agnes esbozando una burlona sonrisa que ninguno de los dos pudo ver por hallarse ella de espaldas, pero pudieron intuirla plenamente—. Entonces, si no queréis cenar conmigo, ¿para qué habéis venido a mi casa? He comprobado que queda muy retirada de la vuestra.

Para entonces Agnes ya se había volteado y los miraba inquisidora y fijamente; pero ninguno de los dos bajó la mirada, sino que ambos se la sostuvieron intentando que Agnes no captase que estaban totalmente intimidados. Aquella mujer tenía un poder especial que provocaba que quienquiera que se encontrase a su lado se empequeñeciese como una gota de lluvia.

     Hemos venido porque, desde hace algún tiempo, notamos que estás distinta. No participas tanto en los rituales e incluso has llegado a faltar a alguno bastante importante para nosotros —le explicó Gilbert con paciencia. Agnes le retiró al fin la mirada y la perdió por el paisaje oscuro y denso que se adivinaba tras los cristales de las ventanas de su hogar—. Queremos saber qué te sucede. Antes eras más activa, más alegre.

     ¿Alegre? —Se rió con sorpresa y sarcasmo—. En realidad, estoy cansada de tener que dar siempre explicaciones de por qué lo hago todo —susurró intentando no parecer violenta, pero de su voz se desprendió una agresividad escalofriante.

     ¿A qué te refieres, Agnes? Estamos aquí porque queremos ayudarte, porque nos importas —le comunicó Gaya levantándose de donde estaba sentada y situándose al lado izquierdo de Agnes, quien no retiraba los ojos del paisaje.

     No es verdad —se rió irónica y agriamente–. Estáis aquí porque la preocupación que sentís por Artemisa no os deja respirar, porque en realidad quien os importa tanto es ella.

     También nos importas tú, Agnes.

     No me mientas, Gaya. Eres demasiado mayor ya para hacerlo, ¿no te parece?

     Agnes, no te comportes así. De veras, estamos preocupados por ti.

     En fin —suspiró ella dirigiéndose de nuevo hacia la olla y removiendo su contenido distraídamente—. Os explicaré algo, por si todavía no conocéis esta información —dijo mientras se daba la vuelta y se encaraba de nuevo a ellos—. El fuego de Hécate es la primera familia que tengo, es el primer grupo de personas entre las que me siento realmente acogida. Tengo un hogar maravilloso gracias a vosotros, sois mi familia; la familia ideal que siempre soñé tener. Y ahora siento que estáis todos lejos, lejos de mí y de mi pasado, de todo lo que he sufrido a lo largo de toda mi vida. Némesis parece la única que me comprende de veras. Desde que llegó Artemisa, tú, Gaya, no tienes ojos ni brazos para nadie más. Tú, Gilbert, pareces embobado con ella. Nadie es quien era antes de que ella llegase. Incluso Neftis... pero eso no tiene importancia, puesto que estoy consagrada a la Diosa y ella también lo está, pero no quiere reconocerlo. Lo que quiero deciros es que, por primera vez desde que empecé a formar parte del aquelarre, me siento sola, sola en medio de mucha gente que antes me quería.

     Nunca te hemos conocido realmente, Agnes —apuntó Gilbert.

     ¿Ni siquiera me conociste en aquella noche de Beltane?

     ¿Cómo? —interrogó Gaya sorprendida.

     No lances calumnias, Agnes —la desafió Gilbert mirándola con impaciencia.

     ¿Vas a negarlo? Me escogiste a mí para enlazarte a la Diosa; pero eso tampoco tiene importancia ahora, no la tiene, por supuesto. Lo que me importa es lo que siento en estos momentos. Sé que muchos sentimientos que ahora me invaden el alma tienen su nacimiento en el pasado turbulento que viví.

     Tienes que apreciar más lo que la Diosa nos da, Agnes, y dejar atrás el recuerdo de los malos momentos —la animó gaya, a quien había conmovido la confesión de Agnes.

     No sé si alguna vez podréis imaginaros lo que yo sentí cuando era pequeña y cuando ni siquiera tenía dieciocho años —musitó con una voz trémula—. Pasarte media vida en un sanatorio mental es lo peor que puede ocurrirle a una persona. Sentirse cuerda en medio de tanta locura es terrible, inimaginablemente espantoso. Es imposible vivir en paz albergando esos recuerdos tan horribles.

Agnes se expresaba con un llanto contenido que ahogaba el tono siempre sereno y terso de su voz. Gaya sintió el impulso de abrazarla, pero la mirada de Agnes estaba anegada en una desesperación que le resultaba mucho más potente que cualquier huracán.

     Creo que te vendría bien hablarle a alguien de tus recuerdos, Agnes —le aconsejó Gilbert.

     No quiero torturar a nadie con mi horrible pasado, jamás.

     Todo eso ha quedado atrás.

     No, Gaya, no ha quedado atrás porque esos recuerdos me impiden ser feliz, me impiden amar a quienes están a mi lado, me impiden vivir con confianza y seguridad. Continuamente creo que vais a rechazarme o a tacharme de loca.

     No vamos a hacer eso —le aseguró Gaya sonriéndole maternalmente.

     No sientas eso, Agnes, así como tampoco deberías experimentar envidia o rencor hacia quienes desean quererte.

     De nuevo habláis pensando en Artemisa.

     No, cariño. Sí, es cierto que Artemisa nos preocupa, pues está muy enferma, pero también nos importas tú y queremos que estés bien. Si experimentas tanto odio por ella, tendrás el alma anegada en emociones terribles que te harán mucho más infeliz. Intenta conocerla, ser su hermana de veras. Ambas estáis consagradas a la Diosa. Deberíais entenderos en eso.

     No puedo entender a alguien que desea quitarme todo lo que yo tengo.

     Ella no quiere arrebatarte nada, Agnes.

     Gaya, ya basta. Idos de mi casa si lo único que vais a saber hacer es hablarme de esa mentirosa.

     Agnes, te aconsejamos ambos que hables con Artemisa. Intenta desprenderte de la rabia que sientes y acércate a ella dominada por otras emociones más limpias y sanas —concluyó Gilbert antes de dirigirse hacia la puerta. Gaya lo siguió en silencio.

Al salir de la casa de Agnes, ambos sentían el peso de la tristeza que anegaba el alma de aquella mujer que tanto había sufrido en su pasado. No sabían si todo aquel dolor había turbado la bondad que podía invadirle el corazón o si, por el contrario, Agnes todavía podía seguir siendo aquella mujer tierna y asustadiza que conocieron hacía ya tantos años. Gilbert y Gaya tenían la impresión de que, en realidad, no conocían bien a Agnes. Las nociones que ellos podían dar de ella ni siquiera parecían reales.

     Agnes no está nada bien, Gaya —le comunicó Gilbert con temor, pero Gaya no fue capaz de contestarle.

La tarde se había hundido en las sombras de la noche. Cada paso que Gilbert y Gaya daban parecía acercarles a la negrura de un mundo invadido de sombras. Pesaba en el ambiente una densa atmósfera de temor y arrepentimiento. Gaya, en aquel día, se había sentido culpable por varios motivos: por un lado, se acusaba de que Artemisa estuviese enferma, pues pensaba que ella era la única responsable de que aquella mujer tan dulce, amable y mágica padeciese esos destructivos infortunios al haberla impulsado a formar parte de El fuego de Hécate y de aquella vida que estaba desvaneciéndola. Por el otro lado, la tristeza desesperada de Agnes le hacía pensar en lo poco que se había preocupado por ella durante los últimos meses. Siempre había detectado que la mirada de Agnes estaba llena de desolación y rabia, pero nunca se había atrevido a acercarse a ella para preguntarle si podía ayudarla en algo. Había creído que Agnes era lo suficientemente fuerte como para superar cualquier sentimiento adverso que quisiese ensombrecerle los ojos. En esos momentos, aquellas emociones tan terribles le oprimían el corazón y ansiaba poder confesarle a Gilbert todo lo que experimentaba, pero se le había formado en la garganta un nudo que apenas le dejaba respirar. Gilbert parecía no reparar en su estado, pues caminaba con decisión y firmeza hacia el hogar de Gaya sin mirar a su alrededor, como si quisiese huir cuanto antes de aquella atmósfera oscura y brumosa.

Llegaron a la preciosa casa de Gaya cuando las estrellas brillaban con timidez en el firmamento y la luna se asomaba suavemente tras la cumbre de una alta montaña. La noche estaba bellísima, pero no eran capaces de apreciarlo, pues tenían el corazón lleno de impaciencia y preocupación. Ninguno de los dos se lo había confesado al otro, pero ambos sentían que la visita a Agnes había sido totalmente banal e incluso peligrosa.

Cuando Artemisa los recibió, la culpa que Gaya sentía y la intranquilidad que invadía el alma de Gilbert se volvieron mucho más potentes e intensas. Artemisa lo notó, pero no fue capaz de decirles nada. Gilbert se despidió de ella mucho antes de que Artemisa pudiese hundirse en sus veteranos ojos.

Mas Gaya no pudo liberarse de la mirada de Artemisa; la que estaba llena de preguntas silentes que Artemisa no se atrevía a formularle. Gaya se sentó enfrente de Artemisa y, durante unos largos minutos, solamente fue capaz de perder los ojos por la noche que las rodeaba. La noche parecía hecha de misterio. Las aves nocturnas que se atrevían a acercarse al jardín de Gaya cantaban de vez en cuando, creando ecos que se esparcían por el bosque y llegaban hasta las montañas. El canto de un cárabo volvía mucho más sobrecogedor aquel ambiente tan íntimo y silencioso.

     Tengo la sensación de que no habéis logrado nada.

     Creo que hemos empeorado la situación. Agnes tiene el alma enferma y no creo que podamos curarla nunca. Además, te odia, Artemisa, te odia con todo su corazón, o al menos eso es lo que ella quiere creer.

     ¿Por qué?

La voz de Artemisa, al contrario de lo que debía ocurrir, sonaba tranquila, como si hubiese permanecido toda la tarde preparándose para recibir aquellas tristes palabras. Artemisa solamente deseaba que Gaya le ofreciese una explicación lógica y convincente que la ayudase a comprender por qué Agnes se comportaba así con ella.

     Agnes ha tenido una vida horrible, Artemisa. Por eso, cuando nos conoció, creyó que había encontrado su verdadera familia. Agnes piensa que, desde tu llegada, ya no nos comportamos con ella de la misma forma. Está convencida de que todos nos hemos centrado en ti y que estamos hechizados por tus habilidades. Eso no es muy cierto. Bueno, sí es verdad que tanto Gilbert como yo nos hemos volcado mucho en ti, pero lo hemos hecho porque ambos sabíamos que tenías un sinfín de dones de los que no eras para nada consciente y queríamos hacértelos descubrir; pero no es cierto que ya no sintamos lo mismo por Agnes. También la queremos mucho. No obstante, debo confesarte que, realmente, nunca la he conocido plenamente como sí he podido conocerte a ti, que eres tan transparente como las aguas del río que nos da la vida. Agnes, en cambio, es turbia como las aguas removidas de un lago profundo y oscuro. Es imposible acceder a su alma a través de sus ojos, como sí podemos hacerlo contigo. Tu alma se percibe más allá de tus miradas, se capta en tus movimientos, en tu voz y en tus acciones. Yo aprecio a Agnes, pero no me siento conectada a ella como sí me siento atada a ti por un lazo invisible y potente. Ella ha advertido todo eso y es imposible convencerla de lo contrario. Está dolida con el mundo, con nosotros. Tiene el alma llena de rencor y odio porque no se siente querida. Le hemos aconsejado que se acerque a ti portando otras emociones en el alma, pero no creo que nos obedezca, ni siquiera sé si ha detectado la parte positiva de esas palabras. Solamente cree que queremos defenderte de ella y de cualquier peligro. Ni tan sólo es capaz de imaginarse que todo lo que le decimos es por su bien, también.

Gaya había perdido la noción del tiempo, del espacio y de sí misma mientras hablaba. La tristeza que se desprendía de su voz sin que ni siquiera ella pudiese intuirlo se había introducido en el alma de Artemisa y la había anegado como si de un mar desbocado se tratase. Artemisa no podía imaginarse su futuro si todas aquellas certezas reinaban en su vida y la condicionaban hasta el punto de sentir que ni tan sólo ella era dueña de su destino; pero, al mismo tiempo, sabía que aquella situación podía solucionarse si tanto Agnes como ella ponían el empeño necesario. Sin embargo, Artemisa no se creía capaz de luchar contra la negativa energía de aquella mujer que tenía el corazón tan lleno de rencor y envidia.

Gaya, de pronto, se dio cuenta de que a Artemisa le costaba mucho escucharla y entender el significado que se hallaba tras sus palabras. Así pues, decidió callar y permitió que hablase por ellas el silencio. En esos momentos lamentó que Gilbert no hubiese entrado con ella en su hogar. Se habría sentido mucho más protegida si él se hubiese hallado a su lado. Sus palabras y sus razonamientos habrían poseído una fuerza inquebrantable.

Decidió que había llegado la hora de descansar, así que le propuso a Artemisa que durmiese plácidamente en una habitación que Gaya le había asignado desde hacía ya mucho tiempo sin que Artemisa lo supiese. Sabía que, tarde o temprano, aquella chica tan adorable y entrañable le pediría cobijo. Aquel momento había llegado, aunque a Artemisa le costase mucho reconocerlo. No sabía si Artemisa había aceptado que se había quedado sin hogar; sin ese lugar que tan suyo había sido desde que había llegado a esas tierras. No se atrevía a preguntarle cómo se encontraba. Aquel tema era una espina clavada en el silencio que se extendía entre las dos cuando ninguna se molestaba en hablar.

     Tienes una habitación en la segunda planta. La preparé hace tiempo para ti —le confesó Gaya intentando que su voz no reflejase todas las emociones que aquella situación le provocaba. Artemisa no le dijo nada. Sólo la siguió a través de aquel hogar tan acogedor hasta que llegaron a la alcoba en la que dormiría—. Puedes acomodarte como desees.

     No tengo nada —le informó Artemisa con un hilo de voz—. No tengo ropa, ni enseres personales ni tampoco ningún libro que me pertenezca. Todo lo que era mío se ha quemado en ese maldito incendio. Si Gilbert y tú pretendéis que sea comprensiva con Agnes después de que ella haya intentado matarme, estáis muy equivocados.

Entonces Gaya descubrió que el alma de Artemisa estaba llena de un rencor infinito que se le reflejaba en la voz y se le desprendía de los ojos como si de un vaho brumoso se tratase.

     Ni Gilbert ni yo te obligamos a que seas comprensiva con ella. Sólo te animamos a que converséis y solucionéis vuestras diferencias.

     ¿Por quién deseáis que lo hagamos, por nosotras o por vosotros? —le preguntó Artemisa intentando no parecer alterada, pero lo cierto era que el corazón cada vez le latía más rápido.

     Por vosotras, cariño, siempre por vosotras, pero sobre todo por ti —le contestó Gaya tomándola de las manos, tratando de calmarla con aquel suave gesto.

     Creo que me mientes, Gaya. Quieres que solucionemos nuestras diferencias sobre todo por el bienestar del aquelarre.

     No es cierto.

Mas nada podía luchar contra las certezas que se le habían arraigado en el alma. Artemisa no dudaba de que Gaya deseaba que ella estuviese bien y fuese feliz, pero no confiaba plenamente en sus palabras. Intuía que, sobre todas las cosas, lo que más le interesaba a Gaya era que el aquelarre estuviese protegido por una calma indestructible, independientemente de lo que sintiesen ella y Agnes.

Entonces, de repente, aunque Gaya la tuviese tomada de las manos, aunque se hallase junto a ella en aquel estrecho corredor, alojada en su precioso hogar, protegida supuestamente por su amor maternal, Artemisa se sintió inmensamente sola, tan sola que notó que se le horadaba un vacío profundísimo en el alma por el que caían todas sus esperanzas e ilusiones.

No pudo evitar que los ojos se le llenasen de unas lágrimas espesas que enseguida empezaron a resbalarle por las mejillas. Gaya, al verla llorar, la soltó de las manos para rodearla con sus cariñosos brazos; pero Artemisa se deshizo de ese gesto de ternura y se excusó pronunciando palabras casi ininteligibles antes de encerrarse en la habitación que Gaya le había ofrecido.

Aunque hubiese cerrado la puerta con delicadeza, sabía que Gaya todavía se hallaba al otro lado de aquella madera gruesa y oscura, esperando a que Artemisa saliese de aquel escondite protector para pedirle consuelo; pero Artemisa no lo hizo. Se sentó en la cama en la que debía dormir notando que se apoderaba de ella un llanto indomable. Se esforzó lo indecible por impedir que sus sollozos fuesen sonoros. No quería que Gaya la oyese llorar.

Se tumbó intentando encontrar refugio entre las mantas y la cómoda almohada que cubrían el lecho. Sin darse cuenta, se durmió llorando. Aún cuando el sueño estaba a punto de apoderarse de su torturada consciencia, se preguntaba qué iba a ser de su vida, adónde iría, qué la esperaba al otro lado del futuro. Ni siquiera podía pensar que le quedaba presente después de haber vivido aquellos acontecimientos tan tristes. Perder un hogar es como perder la vida, es morir en vida, si es que podemos experimentar una muerte que no nos arrebate el aliento físico. Ella sentía que su alma se había quedado sin aire, que ya no tenía impulso para seguir adelante, para luchar por una vida mejor. No sabía en qué lugar de la Tierra ni en qué año de aquella era se encontraba su próxima sonrisa.

 
 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL FUEGO DE HÉCATE: CAPÍTULO 11 - LA MUERTE EN UNA MIRADA




11

 

La muerte en una mirada

 

Volvió a soñar con Agnes. Esta vez, se hallaban las dos, junto a Némesis, en medio de un prado todo rodeado de árboles caídos. El viento los había derribado sin piedad y aquellas ramas poderosas que habían ocultado con sus grandes hojas el matiz brillante del cielo yacían totalmente inertes en el suelo. Agnes tenía esbozada en su rostro una sonrisa de placer que desvelaba que aquella imagen le hacía sentir viva, la inspiraba y le llenaba el alma de emociones que Artemisa era incapaz de imaginarse. Ella estaba triste, propensa a desvanecerse de lástima, y luchaba continuamente contra unas intensas ganas de llorar. Agnes parecía burlarse de sus sentimientos mirándola con fingida amabilidad.

El cielo estaba cubierto de nubes densas y oscuras que presagiaban una tormenta devastadora. El olor que las rodeaba se asemejaba al de las hojas quemadas, pero también podían aspirar el tierno aroma de la tierra mojada. La lluvia caía allí a lo lejos, creando una cortina espesa y blanquecina que les impedía ver la silueta de las montañas. La lluvia se acercaba rápidamente, pues el viento feroz que soplaba sin tregua impulsaba con rabia aquellas poderosas nubes.

Némesis estaba tendida a los pies de Agnes, quien se sentó de repente en la hierba. Justo entonces cayó la primera gota de aquella tormenta que oscureció la naturaleza. Los rayos y los truenos estremecían hasta el último rescoldo de vida de Artemisa y el bosque se había convertido en una bestia poderosa que podía destruir cualquier fuerza, aunque ésta fuese invencible.

     ¡Hazlo ahora, Némesis! —exclamó Agnes con una voz poderosa.

Entonces Némesis se levantó lentamente del suelo y se irguió frente a Artemisa, quien de repente se percató de que estaba rodeada por unos árboles que habían surgido inesperadamente de la tierra y acorralada por aquella serpiente maligna que se había enrollado en su frágil cuerpo; el que temblaba brutalmente de frío y de miedo. Quiso gritar, pero una mano le cubrió la boca mientras notaba cómo Némesis la atacaba con una mortífera mordedura.

Aquella vez no se despertó, como siempre lo había hecho al notar el ataque de Némesis, sino que el sueño continuó fluyendo por su torturada inconsciencia. Artemisa captó cómo el poderoso veneno de aquella serpiente empezaba a repartirse por todo su cuerpo, llegando a todos sus rincones. La debilidad que experimentaba en la vigilia se trasladó al mundo de los sueños y comenzó a intensificarse imparablemente a medida que transcurrían los segundos. A Artemisa se le doblegaron las piernas y cayó al suelo entre estremecimientos de dolor. Cada vez le costaba más respirar y también se notaba rodeada por un asfixiante calor que estaba derritiendo todas sus fuerzas.

Entonces sí abrió los ojos, impulsada por una sensación poderosa que le golpeó en las entrañas. La desorientación más punzante se apoderó de todos sus músculos cuando se percató de que estaba rodeada por unas llamas que estaban devorando los muebles de su cabaña; la cual era enteramente de madera.

Lo primero que hizo fue saltar de la cama. Apenas podía respirar. El humo le arrebataba el aliento y se había adentrado hasta en lo más hondo de su cuerpo. Quiso gritar, pero entonces cayó en la cuenta de que nadie podría oír su voz.

Corrió hacia la puerta. Por suerte, las llamas todavía no habían ocupado el camino que podía llevarla hasta la libertad de la noche.

Cuando salió de su cabaña, oyó que la madera estallaba y que el techo de su hogar se derrumbaba sobre todo lo que le pertenecía. Entonces, como si aquel sonido fuese una voz que podía pronunciar palabras inteligibles, supo que había perdido todo aquello que tenía, todo, incluso su morada; en la cual se sentía profundamente protegida.

La noche estaba llegando a su fin, pero el humo de aquel incendio que estaba devorando su casa había oscurecido los primeros rayos del alba. Artemisa se quedó paralizada observando cómo aquellas llamas destruían lo que era suyo, lo único que le pertenecía en el mundo.

Tuvo miedo a que aquel incendio pudiese quemar la naturaleza que tanto amaba, así que se esforzó por llenar unos cuantos calderos con el agua del río. Por suerte, tenía, en la parte posterior de su hogar, algunos recipientes que ella utilizaba para distintas tareas. Pudo atenuar levemente la fuerza de las llamas que ya comenzaban a desvanecerse, como si devorar su cabaña fuese lo único que debían hacer en su vida. Una vez finalizado aquel propósito, éstas empezaron a disiparse hasta que de aquel incendio solamente quedaron unos perdidos rescoldos que refulgían bajo los últimos momentos de la noche, entre escombros y maderas totalmente ennegrecidas por el humo y el fuego.

Hasta entonces, Artemisa no se había otorgado el privilegio de llorar ni de prestarles atención a sus sentimientos; pero, cuando el incendio se hubo extinguido y vio que su cabaña amada había quedado reducida a una amorfa silueta inservible, entonces permitió que los ojos se le llenasen de lágrimas. Se sentó en la tierra y comenzó a llorar. Además, la debilidad que tanto la había torturado durante todo el día anterior todavía la atacaba, por lo que a veces percibía que la mente se le nublaba hasta el punto de no saber por qué se hallaba en aquel instante, plañendo tan desesperadamente.

La mañana se doraba sobre ella, lenta y perezosamente, como si no quisiese asustarla ni alumbrar lo que había quedado del hogar de Artemisa; pero los residuos de aquella morada parecían tener una luz propia que se convertía en una oscuridad densa a medida que el fulgor de la mañana adquiría poder y potencia.

Entonces, cuando ya no quedó en el cielo ni el menor rastro de oscuridad, Artemisa se alzó del suelo, haciendo un gran esfuerzo, y empezó a caminar hacia el hogar de Gaya. Recordaba vaga e incrédulamente lo que había ocurrido en Beltane, pero en aquellos momentos ni siquiera tenía ánimo para sentirse dolida por el comportamiento de Gaya. Una vocecita en su mente le advertía de que Gaya se había encontrado bajo el influjo de aquella energía tan dañina que a ella tanto la había asustado, por lo que no debía tomar en serio sus palabras. Sin embargo, la desasosegaba y la entristecía profundamente que nadie la hubiese visitado durante aquel día. Le parecía que poco a poco los miembros del aquelarre irían perdiendo el interés por ella. Ni tan sólo Neftis se había acercado a su cabaña para comprobar cómo estaba.

Mas en aquellos instantes cualquier acontecimiento le resultaba nimio, carente de importancia, comparado con lo que acababa de sucederle. Había perdido su hogar, el único rincón del mundo que realmente era suyo, y además había estado a punto de morir abrasada por aquel incendio. Entonces pensó que la Diosa le había salvado la vida porque su destino no debía terminarse en esos momentos de su existencia. La Diosa tenía preparado para ella un hado que le costaba vislumbrar en las brumas del futuro. Aquel hado estaba cargado de dificultades contra las que Artemisa debía luchar incesante y poderosamente; pero no se sentía capaz de hacerlo. Le faltaba la energía y el ánimo para volverse fuerte.

Cuando llegó al hogar de Gaya, se sentía incapaz de dar un paso más. El cansancio, la debilidad, el desconsuelo y el malestar que no la había abandonado en ningún momento la volvían frágil y trémula como los pétalos de una amapola. Llamó a la puerta de la morada de la suma sacerdotisa empleando los últimos rescoldos de energía que le quedaban. Después, solamente tendría impulso para lanzarse a los brazos de Gaya.

Gaya le abrió la puerta cuando transcurrieron al menos tres minutos. Artemisa incluso se había planteado la posibilidad de que Gaya no quisiese saber nada más de ella; pero, cuando la vio ante sus ojos cansados, el alivio más profundo se apoderó de ella y se acomodó en su alma, junto a las terribles emociones que experimentaba.

     ¡Artemisa! —Exclamó Gaya cubriéndose los labios con la mano derecha—. ¡Por la diosa! ¿Qué te sucede?

     Gaya, Gaya —murmuró Artemisa invadida de repente por un llanto intenso. Percibir la sorpresa de Gaya la había conmovido infinitamente.

     Pasa, cariño, pasa.

Artemisa se esforzó por entrar en el hogar de Gaya; el cual estaba impregnado de un olor a flores y a hierbas frescas que le hizo sentir viva de repente; pero ni la debilidad ni la tristeza le permitían respirar con serenidad. Gaya la ayudó a acomodarse en un sillón y le pidió que la aguardase un instante. Se marchó para regresar al poco tiempo portando entre las manos un tazón de cerámica que contenía algo que a Artemisa le costaba adivinar. El olor de aquella tisana de hierbas le hizo sentir náuseas. No pudo reprimirse y empezó a vomitar justo cuando Gaya le había colocado bajo la cabeza un pequeño cubo.

     Sé que te causa un asco impresionante, pero tienes que esforzarte por beberte este brebaje, cariño. Tranquilízate, yo estoy contigo.

Artemisa se esforzó por dejar de vomitar. Cuando lo hubo hizo, Gaya le limpió los labios con un paño templado y le mojó las sienes con agua fresca. Artemisa cerró los ojos e intentó controlar las reacciones de su cuerpo, pero éstas parecían formar parte de otro ser. Empezó a llorar de nuevo, desconsolada y profundamente. Gaya, cuando hubo limpiado rápidamente el cubo en el que Artemisa había vomitado, se acercó a ella y la abrazó tal como lo haría una madre.

     ¿Qué te ocurre, cielo mío?

     Me encuentro mal.

     Tienes muy mal aspecto, ciertamente. Estás pálida y demacrada.

     Llevo más de dos días sin comer y vomitando mucho —le explicó Artemisa entrecortadamente.

     Estás enferma. Te quedarás en mi casa hasta que te mejores.

     No puedo estar en ninguna otra parte.

     ¿Qué quieres decir?

     Un incendio ha destruido mi cabaña —le contó con una pena tan honda que Gaya sintió ganas de llorar.

     ¿Qué dices, Artemisa?

     Esta noche me he despertado y estaba ardiendo.

     ¿Estás bien? ¿Te has quemado?

     No, pero me cuesta mucho respirar.

     Por la Diosa... —musitó Gaya sobrecogida, con una voz trémula—. Tranquilízate, cariño. Te quedarás aquí conmigo todo el tiempo que necesites hasta que de veras desees encontrar otro hogar para vivir. Ahora serénate. Yo estoy a tu lado, siempre lo estaré, ¿de acuerdo? Perdóname por haberme comportado tan mal contigo la otra noche. Te aseguro que no sé lo que me sucedió. No era yo, no he sido yo durante estos dos días. Estaba ida. No recuerdo nada de lo que hice.

     Era la energía poderosamente oscura que yo detectaba, Gaya —le indicó Artemisa retirándose de ella y mirándola a los ojos. Gaya parecía cansada, también demacrada, pero se esforzaba por llenar de vida cada sonrisa que le dedicaba a Artemisa.

     Estoy segura de que lo que captaste la otra noche es real.

     Agnes, Agnes...

     No me digas nada más, cariño. No pronuncies su nombre —le ordenó Gaya con un hilo de voz.

     ¿Conoces todo lo que...?

     No sé nada, nada, pero no debo saberlo. Ahora tienes que dormir. Iré a buscar a Gilbert para que entre los dos encontremos una cura a tu enfermedad.

     ¿De qué estoy enferma? —le preguntó asustada.

     De algo que nosotros llamamos absorción de energía, pero no te preocupes. Entre los dos elaboraremos una tisana que te ayudará mucho.

     No puedo ingerir nada.

     Tendrás que hacer un esfuerzo.

     Gaya, no me dejes sola, por favor.

     No estarás sola, te lo aseguro.

     ¿Cómo? Tú vives sola.

     No, no vivo sola. ¿No recuerdas a Hiduna, mi lechuza?

Entonces voló hacia ellas, impulsada por la voz de Gaya, una lechuza blanca que se posó en una estantería que quedaba justo enfrente del sillón en el que estaban sentadas. Tenía los ojos grandes, muy abiertos, e intensamente azules. Artemisa siempre había sentido fascinación por aquella ave nocturna que Gaya tanto apreciaba. Le sorprendía que pudiese estar despierta durante el día, pero Gaya le comunicó, como si le hubiese leído los pensamientos:

     Hiduna duerme algunas horas durante el día, cuando cree que todo está bien, e incluso hay noches que las pasa dormida; pero, aunque parezca que esté lejos de este mundo, siempre se halla pronta a abrir los ojos. Siempre está pendiente de todo lo que ocurre a su alrededor. Es la mejor protectora que puedes tener, te lo aseguro. Hiduna, ven y saluda a Artemisa.

Hiduna voló lentamente hacia Artemisa y se posó en el apoyabrazos que tenía a su izquierda. Temerosa, aunque con dulzura, Artemisa empezó a acariciar la cabeza de Hiduna. Hiduna entrecerró los ojos y se acomodó en el regazo de Artemisa.

     Nunca he sentido una conexión tan limpia y preciosa con un animal.

     Hiduna es muy especial. Comprende todo lo que puedes decirle, es obediente y mansa; pero puede atacar a quien quiera hacerte daño. Se aleja de las energías negativas y solamente se acerca a quienes puedan quererla y respetarla. Te protegerá mientras yo esté fuera. No tardaré más de media hora en regresar.

     Gracias, Gaya —le dijo Artemisa intentando no volver a llorar.

     Te pondrás bien, cariño, te lo aseguro. Cuando regrese, te prepararé algo de comer. Tienes que comer, Artemisa, aunque te cueste hacerlo; pero debemos esperar a que la tisana que te he proporcionado haga efecto en tu cuerpo.

Artemisa confiaba plenamente en Hiduna (no le quedaba otro remedio). Esperaba que nadie llamase a la puerta del hogar de Gaya porque se sentía incapaz de moverse. La debilidad era un peso que caía sobre todo su cuerpo y aplastaba cualquier impulso que pudiese emerger de sus entrañas. Hiduna estaba junto a ella, en su regazo, con los ojos entornados, mirándola con dulzura, dejándose acariciar por Artemisa, quien perdió la noción del tiempo y del espacio mientras deslizaba las manos por el templado y arredondeado cuerpo de Hiduna.

A pesar de lo mal que se encontraba y de lo triste que estaba, Artemisa vivió intensamente aquel momento. Le parecía que no podía existir una felicidad más grande y hermosa que aquélla que le anegaba toda el alma gracias a tener tan cerca a Hiduna; un ave cariñosa y dócil como nunca había visto ninguna. Siempre que acudía al hogar de Gaya, se la encontraba dormida en algún estante o volando lentamente alrededor de aquella casa tan hermosa, disfrutando del denso jardín que Gaya cuidaba con tanto esmero o comiendo en algún árbol; pero nunca la había tenido tan cerca. Podía notar su lenta respiración y los latidos acelerados de su corazón, y le parecía que, en lugar de ser Hiduna quien la amparaba del mal, era ella quien la resguardaba de cualquier peligro, quien la protegía como si fuese una madre, un ser poderoso que podía vencer toda adversidad.

Supo que tener a un ave tan cerca de ella, entre sus brazos, le proporcionaba una felicidad tan grande porque las aves parecen los seres más lejanos e inalcanzables de la Tierra. Su capacidad de volar los distancia de los que no pueden despegarse de la terrenalidad de la vida. Tenerlos en nuestras manos, pendientes de nuestros movimientos y de nuestra voz nos llena el alma de tanta gratitud porque nos parece que tenemos a nuestro alcance un pedacito inmenso de cielo; ese cielo que ellos atraviesan con sus iridiscentes y vaporosas alas. Y nos creemos inmerecedores de esa atención, nos preguntamos por qué precisamente quienes pueden hacer del cielo un hogar se arriman a quienes jamás podremos alzar el vuelo y atravesar las nubes.

     Eres tan hermosa y buena, Hiduna... Eres admirable.

Hiduna no podía hablar, pero Artemisa sabía que, con sus ojos, era capaz de transmitirle cualquier pensamiento o sentimiento. Hiduna parpadeó cuando Artemisa le dedicó aquellas palabras tan hermosas y Artemisa supo que aquélla era su forma de contestarle.

Gaya regresó antes de lo esperado. Artemisa se había sentido tan cómoda junto a Hiduna que incluso había rogado que la suprema sacerdotisa tardase en llegar. Había disfrutado plenamente de la suavidad de las blancas plumas de Hiduna y de sus mágicas quietud y mansedumbre.

Gilbert entró tras Gaya y miró a Artemisa con una preocupación paternal. Artemisa se sintió muy acogida y protegida por aquella mirada.

     Buenos días, Artemisa. Buenos por llamarlos de algún modo. Puede que ahora te sientas desvalida y no comprendas por qué te ha ocurrido todo esto, pero la Diosa siempre nos pone en el camino piedras que nosotros debemos sortear para hacernos más fuertes. Antes de todo, quisiera disculparme por mi comportamiento. Todos nos mostramos adversos a aceptar que había a nuestro alrededor una energía oscura que podía hacernos daño y a la vez pienso que aquella energía tan oscura nos influyó muy negativamente a todos. Yo no controlaba lo que pensaba y decía.

     No es necesario que te disculpes, Gilbert. Entiendo perfectamente lo que os ocurrió y ahora todo eso ha perdido importancia.

     Explícame lo que te ha sucedido desde que te marchaste del ritual, por favor —le pidió Gilbert sentándose enfrente de Artemisa.

     Gracias, Gilbert —le agradeció Artemisa acariciando a Hiduna, quien no se separó de ella en todo aquel tiempo. Su cercanía le hizo sentir valiente y capaz de contar todo lo que le había acaecido y lo que había experimentado durante todos esos días. No obstante, aunque les revelase lo que le había acontecido con Agnes, no fue capaz de mencionar su nombre en ningún momento—. Espero que mi vida no empeore después de estas confesiones.

Gilbert le sonrió con amabilidad, asegurándole con sus sabios ojos que él y Gaya nunca permitirían que volviese a sucederle nada malo. Mientras Artemisa conversaba con Gilbert, Gaya le preparó un desayuno repleto de vitaminas y alimentos saludables que no le hiciesen vomitar de nuevo. Artemisa comió distraída y lentamente, con miedo a que aquella comida le destruyese de nuevo el estómago; pero ésta, al contrario de lo que pensaba, fue devolviéndole poco a poco las fuerzas que se le habían escapado del alma por culpa de aquel malestar. Además, la cercanía paternal de Gilbert también colaboró en que se sintiese mucho mejor.

Gaya tenía el corazón lleno de culpabilidad, tristeza e intranquilidad. Todo lo que Artemisa les había confesado a ella y a Gilbert la había sumido en un estado de insufrible desolación. Se culpaba de que Artemisa estuviese enferma y amenazada por una fuerza mucho más potente que el amor. Ni Gilbert ni ella se habían esperado que Artemisa se sintiese tan desvalida ni que estuviese tan asustada. En sus palabras se adivinaba un temor profundo y gélido que les erizaba el vello de los brazos y una lástima que inspiraba una infinita ternura. Ninguno de los dos se había atrevido a interrumpirla, sino que habían aguardado, pacientemente, a que ella terminase de contarles todo lo que quisiese compartir con ellos. Sin embargo, aunque las confesiones de Artemisa les pareciesen totalmente sinceras, ambos sabían que Artemisa había omitido muchos detalles que, en realidad, eran la clave para poder conocer mejor su estado y todo lo que le había acaecido, mas no fueron capaces de preguntarle nada.

Cuando Artemisa hubo concluido su estremecedor relato, el silencio se apoderó de la casa en la que se encontraban e incluso pareció esparcirse por la naturaleza que la rodeaba. Fue Gaya quien quebró aquella tensa falta de palabras. Su voz sonó trémula, pero lo que les comunicó volvió potente su mirada y su presencia:

     No soporto saber que Agnes te ha amenazado. Ningún miembro del aquelarre debe estar en peligro. Esta tarde iré a hablar con ella, aunque en ningún momento le confesaré nada sobre ti.

     No, Gaya, no —la contradijo Gilbert—. Iremos ambos a visitarla con la excusa de que últimamente la notamos distante y poco participativa en los rituales.

Artemisa no quería que ni Gaya ni Gilbert corriesen el peligro de ir a visitar a un ser tan lleno de odio y envidia, pero tampoco fue capaz de pedirles que no lo hiciesen. El miedo la paralizaba y le impedía comunicar sus opiniones. Había descubierto que el miedo era la emoción más paralizante. Cuando dominaba el alma, la mente parecía silenciarse y no había forma de escapar de su horrible hechizo.

Cuando llegó la tarde, Gaya y Gilbert se dispusieron a partir hacia el hogar de Agnes. Gaya le pidió que no se le ocurriese salir de su casa ni tampoco que no abriese a nadie si llamaban a la puerta. También le prepararon una tisana de hierbas (la que debía ir tomándose durante todo el día antes de cada comida) que le devolvió parte de la energía que la enfermedad le había arrebatado. Artemisa se sentía más fuerte, con más ánimo para salir de allí y reemprender las acciones cotidianas que construían la rutina de sus días; pero, cuando recordaba que el fuego había devorado su amada cabaña, aquel ánimo se desvanecía por completo y la tristeza más profunda y densa se le repartía por toda el alma y el cuerpo, la devastaba como si de un muro de piedra se tratase y entonces solamente le apetecía permanecer sentada viendo cómo la tarde caía sobre los bosques y cómo la luz diurna se convertía en un manto de oro que acariciaba todos los rincones de aquella silente y tibia naturaleza.

Pasó la tarde junto a Hiduna, quien no quería separarse de ella en ningún momento. Aunque aquella ave le transmitiese mucha paz, Artemisa no podía estar tranquila. No dejaba de preguntarse cómo estaría yéndoles a Gilbert y a Gaya con Agnes. Pensar en aquella mujer tan extraña, oscura y a la vez sobrecogedora le producía una sensación fortísima que casi la dejaba sin aliento. Hiduna, como si intuyese lo mal que se encontraba cuando el recuerdo de Agnes le invadía la mente, se acercaba más a Artemisa y la acompañaba en aquel silente dolor. Artemisa agradecía muchísimo la presencia de Hiduna. Si ella no se hubiese hallado a su lado, habría sido incapaz de reanudar la serena cadencia de su respiración y de tener la esperanza de que, tarde o temprano, su situación cambiaría.