viernes, 11 de mayo de 2018

DIARIO DE AGNES: XOVES, 10 DE MAIO DE 2018

Xoves, 10 de maio de 2018
Vin unha nena camiñando por un vieiro cheo de auga e de flores, entre árbores floridas, baixo un ceo nubrado, gris, pero fermoso. Había néboa ao seu redor, unha néboa que se esvaecía cando ela pasaba. Cantaban os paxariños da mañá. Aínda era cedo, pero xa quería brillar o sol. De súpeto ela detívose na metade do camiño para mirar ao seu redor e atopou unha pequena cova que parecía chamala dende a distancia, agochada entre as árbores. Sen dubidar, ela camiñou cara a esa cova que tanto reclamaba a súa atención. E camiñaba máis rápido, cada vez máis rápido, correndo entre a brétema da mañá, esa brétema que lle quería ocultar a corredoira que ela seguía coma se fose o camiño máis claro do mundo. Ao fin conseguiu chegar, case sen folgos, pero chegou, e sentou no chan respirando cada vez máis paseniñamente ata quedar acougada. O seu redor era silandeiro, o silencio tecía a súa canción nas paredes escuras da cova, pero ela non tiña medo. Non tiña medo porque alí, tan lonxe de calquera ollar, de calquera persoa, sentíase moito máis protexida que en calquera outra parte. Sabía que alí non lle ocorrería ningún mal. Os animais que vivían alí non eran perigosos para ela, porque ela sabía falar con eles, sabía comprender a súa lingua e, cando os miraba aos ollos, podía escoitar a voz da súa alma.  Sabía se tiñan medo, se ían ledos, se estaban tristeiros, se precisaban dalgunha cousa que ela podíalles proporcionar. Os animais non a temían, nunca o fixeron, e por iso ela non tiña medo, porque sabía que eles non lle farían dano.

Pero despois, cando pasaron uns cantos minutos case infindos, ela levantouse do chan e comezou a camiñar outra vez, cara ao bosque, saíndo da protectora cova que atopara, e entón volveu á corredoira, cada vez máis estreita entre ás árbores. Camiñou durante horas, ata a anoitecida; pero a ela non lle asustaba a noite, ao contrario, a ela gustáballe moito a noite. Sabía comprendela, podía escoitar a voz da natureza no murmurio da auga, nos confíns da soidade das fragas e tamén nos silandeiros rumores dos animais que voan polo infindo ceo escuro da noite pecha.

Era unha noite sen luar, escura como ningunha, como a primeira noite do mundo, da Historia, pero non tiña motivos para se desacougar. Tampouco a esperaban en ningures, porque non tiña onde ir. Non tiña fogar. Fuxira pola mañá do seu lar e xa non volveu e sabía que ninguén a buscaba, ninguén, e non era porque a súa vida non lle importase a ninguén. Era porque todos os que a coñecían sabían que ela soamente podía ser feliz e libre alí, neses bosques que existen en Galicia, eses bosques infindos que tanto falan, que tanto recenden a humidade, a vida.

E mirei a esa rapaciña aos ollos. Podía albiscar a súa ledicia, o leda que camiñaba. E podía mirala aos ollos porque esa rapaza era eu. Eu, cando tiña dez anos ou once anos, non importa. Era a nena que aínda vive dentro de min, esa nena que xa non sabe falar, que soamente renace cando estou na miña terra. E sentín que ela quería preguntarme por que non estaba alí, qué me impedía voltar para sempre, pero non o fixo, e verdadeiramente o agradecín, agradecín que non o fixese, porque tampouco lle sabería responder, porque a resposta que eu lle podía dar ela non a podería entender.

E espertei sentindo que a metade da miña alma quedara nese soño.

 

DIARIO DE ARTEMISA: JUEVES, 10 DE MAYO DE 2018

Jueves, 10 de mayo de 2018:

Hace un mes que no escribo. La última vez que lo hice, terminé de escribir de una forma un poco brusca porque interrumpí la escritura porque tenía que hacer algo pensando que después volvería a escribir, pero ya no lo hice.

Estoy en un momento de mi vida muy raro, en el que vivo sin ser muy consciente de los momentos que forman mis días, pero de repente uno de ellos se me queda grabado en el alma o de pronto obtiene un significado que nunca pensé que tendría. Hace una semana que regresamos de nuestro último viaje a Galicia, pero no será el último del año. En dos semanas, precisamente, Agnes tiene que volver para hacer un examen de gallego, para obtener el certificado que acredite que sabe emplear su propia lengua. Es muy curioso que tengamos que hacer esas cosas, pero así es, y yo creo que le irá muy bien, aunque ella me ha dicho muchas veces que el gallego que aprendió en su aldea no se asemeja mucho al que ha acabado siendo el normativo, que ha tenido que aprenderse muchas normas que ella nunca usó y también ha tenido que deshacerse de palabras que ella tiene arraigadas en lo más profundo de su alma porque supuestamente no son normativas. Y esas cosas le hacen pensar que no va a aprobar, que le costará mucho aprobar y que no le saldrá bien, pero es normal que tenga esas dudas. No obstante, primero viene el examen de las oposiciones. Yo no la veo nerviosa, al contrario, la veo demasiado tranquila, siendo lo que es, significando lo que significa para ella ese examen, pero creo que la veo así de tranquila porque tiene aceptado que no va a aprobar, según ella piensa. Yo no sé por qué confía tan poco en ella. Es cierto que en tres meses es imposible que aprendas un temario tan denso y tan difícil. Hay personas que llevan un año estudiando y que posiblemente no aprueben ni en tres intentos, pero ella es muy inteligente y tiene mucha memoria. A que tiene poco tiempo para estudiar se suma que trabaja y pasa muchas horas fuera de casa. Yo creo que tendría que ser más comprensiva consigo misma. Además, no me lo dice, pero sé que está muy nerviosa (aunque no lo demuestre) porque de ese examen depende que nos podamos ir a Galicia a vivir o no.

Precisamente de eso quería hablar. Hace unas noches, tuve con ella una conversación bastante importante en la que le reconocí que, si por mí fuese, sinceramente, no me iría, que, si nos vamos, es porque ella lo ha conseguido. Y esa conversación surgió porque, durante todo este último fin de semana, Agnes estuvo muy seria conmigo. Apenas me hablaba, cuando lo hacía me dirigía frases muy escuetas, aunque no me hablaba secamente. Sabía que no estaba enfadada conmigo, pero sí la notaba rara, ofendida por algo que, por más que le preguntaba qué le pasaba, no me decía. Incluso delante de mi hermana apenas hablaba, luego tampoco hablaba mucho cuando el sábado por la tarde fuimos a dar un paseo por el centro de la ciudad (y además se agobió mucho porque había mucha gente) ni tampoco cuando el domingo fuimos a comer al pueblo de mi hermana. Hablaba lo justo, lo necesario, y yo pensaba que estaba así porque, aparte de que tenía la menstruación, estaba muy triste por haber vuelto de Galicia o porque se moría de morriña, pero después descubrí que no era eso sólo lo que le pasaba. Además pensaba que estaba teniendo alguna recaída de las suyas, que hace unas semanas pensé que le venía una mala época e incluso debo confesar que, cuando estuvimos en Galicia, no la vi como siempre. Estaba muy extraña. Sí estaba contenta, se le notaba mucho que lo estaba, sonreía mucho y de los ojos se le escapaba mucha luz, pero, no sé, no estaba como siempre, como estaba en octubre o en mayo del año pasado, que estaba tan temblorosa y nerviosa, tan sensiblemente feliz. Estaba bien, eso no lo puedo negar, pero... incluso mi hermana me preguntó alguna vez si le pasaba algo, porque no nos hablaba apenas, iba mucho a la suya, se quedaba rezagada enseguida cuando caminábamos por alguna parte. Sobre todo le pasaba en Ourense. De repente nos dábamos cuenta de que no nos seguía, de que se había quedado muy atrás haciendo alguna foto o simplemente caminando más despacio, como distraída, no sé... Yo no me atrevía a presionarla mucho porque sentía que actuaba así porque necesitaba sentirse en donde estaba, no sé cómo explicarlo, porque necesitaba sentirse allí con todos los sentidos, pero algo pasaba por su mente que yo no podía detectar. Y al mismo tiempo ella era quien nos guiaba, quien nos decía a dónde teníamos que ir, quien más les prestaba atención a las indicaciones que nos encontrábamos, quien se esmeraba en buscar en el móvil cómo ir a los sitios. Sobre todo el domingo, cuando hicimos una excursión preciosa hacia un monasterio horadado en la roca, llamado San pedro da Roca. Ese día nos llovió muchísimo y yo realmente sí lo pasé mal porque todo estaba anegado en agua, las piedras que nos encontrábamos por el camino estaban muy resbaladizas y podíamos caernos con mucha facilidad; pero a ella no se le notaba preocupada en absoluto, al contrario, parecía que le diese igual ir mojada hasta casi las rodillas. Ni se preocupaba de llevar el paraguas ni nada y, claro, luego llegamos como llegamos al hotel, hechas unas sopas, hechas un caldo gallego casi. Yo me caí unas cuantas veces, pero por suerte ninguno de los cuatro se hizo daño; pero me quedo con lo libre que la veía caminando por el bosque, qué poco la intimidaba la lluvia, la niebla, las cuestas, las bajadas, las piedras, los riachuelos en los que la lluvia convirtió los caminos, qué plena estaba entre los árboles, bajo el cielo nublado tan propio de su tierra.

Fuimos con mi hermana y su novio, que me cae muy bien ese chico, aunque tengo que confesar que hay algo de él que no me acaba de gustar mucho. Además, cuando mi hermana y yo nos poníamos a hablar de algo, enseguida él iba hacia Agnes y le hablaba en el oído, se metía también mucho con ella porque, claro, Agnes conmigo habla en gallego y, aunque estuviese diciéndome algo solamente a mí, el otro saltaba diciéndole que hablase en castellano, que no tenía ganas de esforzarse por entenderla, y, aunque se lo dijese en broma, yo sentía que a Agnes le sentaban terriblemente mal esos comentarios. Hubo una vez que le dijo que estaba en su tierra y que hablaba como le petaba (así mismo lo dijo), que, si no la entendía, era su problema, pero se supone que ella también le contestó irónicamente, que no iba en serio, aunque la conozco y sé que le molestaba la actitud que él tomaba con ella. Otras veces, le decía cosas como que era la más guapa de toda Galicia y cosas muy raras que a mi hermana y a mí nos dejaban un poco sorprendidas; pero sobre todo me quedo con esos gestos, el hecho de que se le acercase tanto, el hecho de que la mirase tanto a los ojos cuando ella explicaba algo, que, además, todo el tiempo le preguntaba cosas sobre los sitios en los que estábamos: ¿te sabes alguna leyenda de aquí? ¿Y aquí qué pasó? Y, evidentemente, Agnes nos explicaba siempre cualquier cosa porque conoce muchísimas historias, leyendas y canciones de su tierra, muchas, más que yo de la mía y que ese chico de la suya, que es Cantabria, y siempre tenía en los labios alguna canción, alguna leyenda que su abuela le narró junto a la lumbre... Siempre tenía algo que contar. Y algo que no puedo negar es que, cuando estamos allí, surge de lo más hondo de sí misma una Agnes que aquí no encuentro. Creo que ya hablé de eso en otro momento. No es tímida, sólo prudente, ni siquiera me da la sensación de que puede deshacerse en mil pedazos como me pasa aquí, que continuamente, vayamos por donde vayamos, siento que la tengo que proteger, que tengo que tomarla con fuerza de la mano para que no se deshaga, para que no pase miedo, para que no se asuste. En cambio, cuando vamos por Galicia, dondequiera que estemos, siento que puedo soltarle la mano, que puedo dejarla caminando sola, la noto entera, libre, siendo fuerte, y eso la verdad es que me duele. No es que me duela verla así en su tierra. Me duele no verla así aquí, no notarle ilusión por nada. En cuanto volvemos, es como si todo le diese igual, como si nuestro entorno estuviese vacío. No se fija en nada cuando caminamos juntas por la calle. Es como si nada le gustase o como si todo lo  hubiese visto miles de veces. El interés que siente por las cosas que forman nuestro entorno es absolutamente nulo, aunque eso no quiere decir que no sepa disfrutar de los pequeños momentos que vivimos ni que no sepa valorar las cosas que tenemos, que sí lo hace, pero es algo que ella no me dice ni me confesó jamás. Son sensaciones que yo tengo.

Y otra cosa que siento es que ni siquiera hacer el examen de las oposiciones la espabila, es como si tuviese que hacerlo por una cosa que se prometió a ella misma, pero no me expresa nada, ni que está nerviosa ni nada, nada, es como si fuese algo solamente suyo.

Ay, pero me desvié del tema. No conté la conversación que tuvimos hace unas noches. Creo que fue el lunes por la noche, ahora no lo recuerdo bien. Después de preguntarle por enésima vez si le ocurría algo conmigo, al final me preguntó como respuesta (ella es así, me contesta con preguntas siempre o prácticamente siempre) si yo era sincera con ella, si no tenía que decirle nada. Cuando le pregunté por qué decía eso, me dijo que tenía la sensación de que con ella no era del todo sincera, que era más sincera con mi hermana que con ella. Cuando me dijo eso, me quedé helada y enseguida recordé que, el viernes por la noche, en un ataque de sinceridad, mientras (según yo creía) Agnes estaba preparándole la habitación a mi hermana, que ese día al final no pudimos preparársela por la tarde (mi hermana viene a dormir casi cada viernes porque hace un curso en Barcelona), le dije a mi hermana que estaba muy contenta aquí, que me encantaba la vida que tenemos, que me encanta mi trabajo, que estoy muy hecha a la ciudad en la que vivimos, que estoy muy unida a todo lo que forma nuestros días, que me costaría muchísimo irme de aquí ahora que tengo la vida que siempre soñé tener, junto a Agnes, trabajando en lo que siempre quise ser en la vida. Y no sé por qué, pero me puse a llorar mientras le hablaba con tanta sinceridad. Mi hermana entonces me preguntó si yo le había dicho esto a Agnes, si había hablado con sinceridad con ella. Yo le contesté que, si le decía esto, la mataba de un disgusto, que no quería hacerle daño, que yo no me siento capaz de destrozar así sus sueños, después de todo lo que ella ha pasado en su vida. MI hermana me dijo entonces que no estaba siendo justa conmigo misma, que estaba siendo mala conmigo misma, que tenía que hablar con Agnes y confesarle lo que siento. Yo insistía en que no era capaz de hacerlo, sin saber que Agnes estaba escuchándolo todo, todo, todo.

Y, cuando hablé con ella el lunes por la noche, ella ni siquiera tenía ánimo para aceptar mis explicaciones. Todo el tiempo me decía que daba igual, que lo dejase, que ya lo entendía, que no tenía ganas de decir nada a esas horas, que lo único que no entendía era por qué no se lo había dicho antes, pero que daba igual, que no necesitaba que me explicase, que ni me molestase en justificarme, que tampoco quería que le explicase nada. Y, después de mucho tiempo sin hacerlo, me hablaba en castellano; lo cual me dolía más todavía que la indiferencia con la que me hablaba, como si de repente se hubiese disfrazado de alguien que no es, como si se hubiese desprendido de su verdadera forma de ser.

No pude dormir bien esa noche, todo el tiempo pensando en lo cruel que puede ser todo, en lo fácil que es herirla. Al día siguiente, ya me hablaba en gallego, como siempre, pero desde entonces no está igual conmigo, a pesar de que seguimos compartiendo nuestros momentos más bonitos, a pesar de que me sonríe, me habla, comparte todo conmigo cuando estamos en casa, hacemos lo de siempre, pero algo le falta.

Y debo confesar una cosa: esta última vez que estuvimos en Galicia, no pude desprenderme de un miedo muy extraño que se me aferró al corazón. Disfrutaba de todos los momentos que vivíamos, pero yo tenía miedo, yo estaba asustada. Ese miedo me llevaba a no querer dejarla sola en ningún momento. Cuando, por algún motivo, decía que tenía que ir al baño y el baño estaba lejos de donde estábamos, yo iba con ella, aunque no tuviese ganas de ir. Sobre todo en el aeropuerto de Vigo, cuando estábamos de vuelta, no me separé de ella en ningún momento, no la perdí de vista en ningún momento, estuve pendiente más que nunca de todos sus movimientos, como si fuese una niña pequeña, pero no porque no confiase en ella o porque la viese demasiado triste como para saber lo que tenía que hacer, sino porque yo estaba totalmente convencida de que, en cuanto se le presentase la mínima ocasión, Agnes se escondería de nosotros y se quedaría allí, haría lo que fuese por quedarse. Por eso la agarraba más fuerte de lo normal de la mano cuando estábamos a punto de embarcar en el avión, porque tenía mucho miedo a que ella se soltase de mi mano en cualquier momento y corriese lejos de nosotros. A mi hermana le confesé en algún momento que estaba asustada y le pedí que también la vigilase. En todo momento, tuve la sensación de que Agnes desaparecería de nuestra vista en cuanto nos despistásemos. Por eso también me inquietaba tanto que fuese tan rezagada. Sobre todo en Ourense, repito, la notaba tan lejos de mí y a la vez tan cerca de sí misma que pensaba: la voy a perder, la perderé en cualquier momento sin darme cuenta. Y de verdad pasé miedo.

Y ese miedo lo tengo ahora. Tengo la intuición de que en cualquier momento se irá sin decirme nada, sin que yo ni siquiera pueda intuirlo, y por eso el lunes por la noche, cuando me di cuenta de que, por más que intentase explicarme, ella no quería saber nada de mis explicaciones, le pedí que, por favor, no se fuese sin decirme nada. Ella me dijo que cómo me iba a ir sin ella, que ella sí me quería, y recalcó ese: yo sí te quiero de verdad, de un modo que me hizo daño, pero no por sus palabras, sino porque oí más allá de su voz, oí más allá del significado de lo que acababa de decirme, pero no fui capaz de preguntarle nada más. La noté tan desalentada que a mí también se me fueron las fuerzas para seguir hablando.

Por eso digo que este último viaje fue extraño, aunque fue verdaderamente precioso. Qué bonita es Galicia, si eso no me cansaré nunca de decirlo, pero, no sé, yo pienso que estamos bien así, yendo de vez en cuando... No lo digo porque no me guste para vivir, al contrario, pienso que es un lugar absolutamente precioso para vivir y mucho más tranquilo, desde luego, sino porque me da terror empezar a desvincularme de esta vida que tanto me ha costado construirme. No sé por qué me aterra tanto eso, pero es lo que más me asusta. Y al mismo tiempo soy consciente de que estoy jugando con fuego. No sé por qué las cosas tienen que ser tan difíciles. Nadie sabe aconsejarme de verdad, nadie, ni siquiera mi hermana. Ella me dice que sobre todo mire por mí, que sobre todo actúe dejándome llevar por mi corazón, pero, claro, ella no está enamorada de Agnes, a ella no le interesa tanto su felicidad como a mí, que me importa más que nada, pero soy incapaz de hacerla feliz, soy incapaz porque tengo miedo, porque no me apetece en absoluto mudarme e irme de aquí y luchar por construirme otra vida. Me costó mucho conseguir esto y no quiero renunciar a lo que tengo, pero tampoco quiero perderla, no quiero, y sé que acabaré haciéndolo si no actúo rápido, aunque ella me dijo el otro día: ya sabes que por ti ya renuncié a muchas cosas, lo sabes, pero no sé qué creer. No la encuentro, no encuentro su esencia, aunque sigue igual conmigo, tal vez un poco distante, pero relaciono esa falta de sí misma a la tensión que está viviendo, no a que haya cambiado conmigo. Sin embargo, no la encuentro totalmente cuando la busco, no está, hay algo de ella que no está consigo misma y no sé explicar lo que es. Es como si mirases al cielo y no pudieses verlo entero o como si mirases una flor y no se presentase ante ti la mitad de sus pétalos...

Yo sé reconocer que un lugar es mágico y Galicia lo es. No dudo de que, si al final conseguimos construirnos allí una vida, viviremos mucho más tranquilas que aquí, viviremos en calma, por fin, con los agobios típicos de cada día, pero sé que viviríamos al fin en un lugar lleno de serenidad y mucho menos contaminado. A mí me gusta mucho Galicia, eso no lo voy a negar nunca. Me encantan muchos de sus rincones, especialmente la inmensa naturaleza que anega esa tierra. Sus bosques son impresionantes. Por ejemplo, la excursión que hicimos el domingo me sirvió para imaginarme más o menos en qué entorno creció Agnes, junto a qué tipo de árboles, junto a qué animales y sonidos, qué colores llenaron sus días, qué colores ella veía al explotar la primavera. Podía imaginarme perfectamente lo que ella sentiría al oír la lluvia caer, al sentir el agua limpia de los ríos. Podía imaginarme perfectamente lo unida que ella estaría a toda la naturaleza que formó parte de sus días desde que nació hasta que la arrancaron de Galicia tan forzosa y horriblemente. Yo podía sentir allí, en esa excursión, en esos bosques tan bonitos, la fuerza de la naturaleza, de la Diosa. Estaba la Diosa en cada planta, en cada susurro del agua, en la lluvia, en la niebla que nos ocultaba los árboles, en todas partes; pero, cuando intentaba comunicarle a Agnes lo que pensaba y le insinuaba que podía percibir la grandeza de nuestra Diosa, yo notaba que para ella la grandeza de la naturaleza emanaba de otro espíritu, como si hubiese para ella algo mucho más grande que la Diosa, algo superior que abarca incluso cualquier divinidad. Sí, me seguía, estaba de acuerdo conmigo, pero era como si ella supiese algo que yo desconozco, como si pensase: pobre, no lo sabe, no sabe la verdad, no sabe qué es en realidad lo más grande que hay... pero me cuesta mucho creer que ella haya perdido la fe. No puedo aceptar algo así. Es incompatible con su forma de ser. No sé si la ha perdido, pero ya no está como antes, y de eso ya hablé en otro momento.

Ahora mismo me cuesta mucho definir cómo estamos realmente. No digo que estemos mal, pero falta algo, es como si se hubiese roto algo, o a lo mejor he sido yo quien lo ha roto. No puedo negar que estoy un poco asustada y triste. No sé gestionar esto, no sé qué hacer, no puedo ir en contra de mis propios sentimientos y mis deseos, pero tampoco puedo ignorar lo que ella anhela; aunque tengo la sensación de que, si alguna de las dos tuviese que renunciar a su sueño, sería ella la primera en negarse la oportunidad de ser feliz, sería la primera en deshacer sus anhelos, en ignorarlos, con tal de que yo fuese feliz, y sé que lo haría porque lo ha hecho siempre.

La otra noche, cuando intenté explicarle el porqué de la conversación que había mantenido con mi hermana y cuando le pedí que por favor no se fuese sin mí, me dijo, textualmente lo cito: yo no me fui cuando podía haberlo hecho y no lo hice porque te esperaba, porque sabía que alguna vez volverías, por eso no me atrevía a irme y alejarme de la posibilidad de verte una vez más, porque sabía que ibas a volver, y ya ves tú cómo acabé, para qué me sirvió anímicamente que estuviese esperándote durante tanto tiempo, ya ves cómo acabé. Ella después me dijo que por supuesto que no se arrepentía de haberme esperado, pero lo que no entiende es por qué no pudo aguantar firme, por qué, según ella, no pudo ser fuerte, por qué se puso tan enferma, por qué tuve que encontrarla en el hospital en lugar de viviendo tranquilamente en algún piso pequeño, bien, simplemente viviendo. Incluso me preguntó por qué continuamente era alguien tan decepcionante, por qué no podía ser todo un poco más normal. Y después me confesó que sabía perfectamente que ya no volvería a caer de ese modo mientras siguiésemos juntas, pero que sabía también que poco a poco iría apagándose si de nuevo tiene que vivir, obligada, en un lugar que no sea Galicia. Evidentemente, yo no supe qué decirle. Eso me lo decía después de insistirme en que no era necesario que dijese nada, que ya lo había dicho todo, aunque no se lo hubiese dicho a ella directamente.

¿Y cómo gestiono yo todo esto? ¿Por qué no encuentro la forma de ser valiente para decir: vayámonos a Galicia, pasemos de todo, por qué? ¿Qué pasa, es que no me basta con saber que ella es totalmente ella misma cuando está allí? ¿Tan egoísta soy? Yo no sé cómo acabará todo esto, pero creo que por alguna parte va a reventar todo, y espero que tarde mucho en ocurrir eso.

MI hermana no duda de que, de repente, cuando menos me lo espere, algún día despertaré y ya no veré a Agnes a mi lado. Me lo dice en broma, pero yo noto que está segura de ello, de que no duda de que algún día pasará; pero yo no creo a Agnes capaz de hacerme algo así, después de todo lo que nos costó estar juntas, aunque a veces ya dudo de todo, de todo. Incluso me pregunto por qué no puede ser más paciente... aunque, cuando pienso en eso, enseguida recuerdo un sueño que tuve hace unas semanas en el que estábamos mi hermana, Agnes y yo cenando en nuestra casa y mi hermana le soltaba algo así, que por qué estaba tan ansiosa, que por qué no podía entender que las cosas llegaban cuando tenían que llegar, que por qué no entendía que yo no quería irme, que ya llegaría el momento de que pudiésemos irnos, que por qué no tenía más paciencia, y entonces Agnes se levantaba de la mesa y se encaraba a mi hermana diciendo con los ojos ya llenos de lágrimas, gritando histérica, que cómo se atrevía a preguntarle algo así, cómo se atrevía a decirle algo así sabiendo todo lo que había pasado en su vida (y lo recuerdo como si lo hubiese vivido de verdad), que estaba harta de que la retuviesen, que estaba cansada de que los demás se hiciesen cargo de su vida como si no fuese suya, como si ella no tuviese la capacidad de escoger qué quiere, que estaba ya cansada de reprimirse, que no podía más, que desde siempre aguantó estar lejos de su hogar, pero que ya no podía más. Y recuerdo perfectamente que empezaba a llorar casi sin poder respirar, sintiendo mucha rabia, y que entre sollozos nos decía que no podía más, que ya no aguantaba más, que se quería ir, que estaba harta de que le impidiesen volver, que ya no podía más. Y era horrible porque no había forma de calmarla. Por más que le pidiésemos que se calmase, ella no nos oía, era como si se hubiese introducido sola en un mundo en el que no se oían nuestras voces. Y mi hermana le pedía perdón, yo le decía que ya no tenía por qué seguir reprimiéndose, que haría lo que fuese para que pudiésemos volver, pero era inútil, no nos atendía, solamente lloraba y lloraba, temblando y diciendo que ya no podía más, que ya no podía más.

Yo no sé por qué sueño esas cosas. Tal vez esos sueños sean un aviso o sean producto de mis miedos, pero no quiero que esos momentos se conviertan en reales, no quiero, pero tampoco encuentro la forma de evitarlo.

Dentro de dos semanas, ella tiene que volver, pero yo no podré acompañarla, y le pedí a mi hermana que por favor fuese ella, pero tampoco puede ir. No sé cómo lo haremos, no lo sé, pero yo no quiero que se vaya sola, no quiero. Intentaré por todos los medios hacer algo, pedirme el viernes como día de asuntos propios, lo que sea, pero no puedo permitir ni dejar que se vaya sola, no puedo, no puedo. Me aterra brutalmente que se vaya sola, pero no porque no confíe en ella ni porque piense que se va a perder o va a pasarle algo malo, no, al contrario, allí no se va a perder nunca y nada malo puede pasarle. Tengo miedo porque intuyo que, si se va sola, no va a volver, es que no va a volver. MI hermana me llama paranoica, después de todo, después de que ella también piensa a veces que de repente Agnes se irá sin decirme nada.

Creo que podré arreglarlo e irme con ella. No creo que tenga problemas si pido el día, aunque ya pedí muchos... pero sola no puede ir.

Ya voy a dejar de escribir. Tengo cosas que hacer, entre ellas corregir trabajos y preparar los exámenes de final de trimestre, que queda ya muy poco para que lleguen, y no he hecho absolutamente nada de eso.

DIARIO DE AGNES: LUNS, 7 DE MAIO DE 2018

Luns, 7 de maio de 2018

Onte pola noite soñei que estaba na praza da miña aldea danzando e cantando cos meus veciños e tamén cos da aldea que estaba máis preto da nosa. Cantabamos e danzabamos ao son dunha gaita e dunha zanfona que tocaban ao unísono, moi bonito todo, e era pola tardiña, entre lusco e fusco. Lembro perfectamente que canción cantabamos, o ritmo, a letra, a melodía, e lembro o cheiro a humidade da tarde, a orballo e a proximidade da noite. Cantabamos: danza, danza, meniña gaiteira, danza ata que morra de amor, danza meniña bonita, entre os carballos, danza e danza, esquece o tempo e non a liberdade, sé ti libre entre a néboa, danza con fermosura, que nós contigo danzaremos, e cantaremos as cantigas da nosa terra, e nós cantaremos as cantigas da nosa terra, aila lelo ai la láa... De verdade que lembro perfectamente como soaba esa canción na nosa voz. E a miña avoa estaba entre toda esa xente que cantaba comigo. Estaba alí, mirándome dende a distancia. Eu non lle podía dicir nada porque se supoñía que eu non a vía, pero podíame afundirme perfectamente nos seus ollos e morría de ganas de lle falar, pero non podía, estaba atrapada nese intre eterno, nesa canción, nesa anoitecida.

E sei que soñei iso por un exercicio que fixen do curso do CELGA no que había uns vídeos de xente improvisando cancións, moi bonitos e divertidos, e eses vídeos emocionáronme moito. Eu lembro moitas cantigas, moitos alalás e moitas muiñeiras da miña terra que podería cantar de memoria sen errar nin unha soa palabra, e moitas desas cancións non volvín escoitalas dende a derradeira vez que as cantamos todos xuntos na miña aldea, nalgunha desas festas que a min tanto me gustaban, festas que non me atafegaban, ao contrario, gustábanme ata tolear. Nunca poderei esquecelas, nunca, porque foron as que me ensinaron a amar de verdade as tradicións da miña terra, tan pagás, tan bonitas, tan fermosas, tan supostamente prohibidas, pero que se celebraban coma se non houbese máis mañás, coma se eses momentos fosen os derradeiros da nosa vida, e danzabamos e cantabamos e escoitabamos como tocaba a gaita, a zanfona, como soaban as pandeiradas que tocaban as avoíñas da aldea. Neses momentos, eu non era distinta, eu era coma os demais e ninguén me miraba de xeito estraño, non me sentía mal entre eles porque todos eramos unha familia.

E nunca poderei esquecer as empanadas que cada casa facía, que deliciosas, que saborosas, todos con cadansúa empanada, cada casa facíaa a súa maneira e estaban tan boas todas... En especial a da miña avoa a min gustábame tanto e tanto, porque era das poucas que non levaba carne, algo case imposíbel na miña terra, onde tan importante é a carne; pero dende que ela morreu xa non volvín comer ningunha empanada igual, nunca máis. A miña nai tamén as facía deliciosas, pero xa non era o mesmo porque faltaba a miña avoa queridiña.

Onte, antes de ir durmir, falei con Artemisa ao final e díxenlle por que me sentía tan mal con ela. Non lle puiden asegurar que non estaba enfadada porque, aínda que realmente non o estivese, tampouco me sentía do todo ben con ela. Sentíame curiosamente traizoada.

Xa seguirei escribindo noutro momento. Agora teño que ir cear.

DIARIO DE AGNES: DOMINGO, 6 DE MAIO DE 2018

Domingo, 6 de maio de 2018

Debería estudar. Quedan soamente dous semanas para o exame das oposicións e tres para o do CELGA, pero tiven unha fin de semana tan atafegante e teño a mente tan cargada que, sinceramente, paso agora de me esforzar para entender cousas que non entendo nin aínda que as lea milleiros de veces. Acostumaba escribir en castelán aquí por se Artemisa quería ler as cousas que eu contaba, que adoitamos compartir as cousas que escribimos, pero estou tan farta xa de me esforzar por non falar a miña lingua coa xente que non a coñece nin a entende ben que xa sinceramente paso de todo, dáme igual todo. Ao carallo todo xa!

Quero contar moitas cousas, ou máis ben teño que explicar moitas cousas, pero non dispoño de moito tempo porque teño que axudar a Artemisa a preparar a cea e a comida de mañá, así que intentarei contar o máis esencial. A viaxe a Galicia foi marabillosa, pero a min agora me parece que está moi lonxe xa, que a vivín noutra dimensión, noutro tempo moi afastado destes momentos, porque o que vivín dende que chegamos ata agora foi abafante, non tivo nada a ver cos momentos que vivimos na viaxe, que a maioría foron marabillosos, mesmo os que vivimos na excursión que fixemos o domingo deica o mosteiro de San Pedro. Foi unha excursión fermosísima porque fomos polos bosques de Ourense, por un camiño de bosque, de fragas, con árbores autóctonas, da miña terra, todo verde, todo cheo de recendos deliciosos, de chuvia, de humidade, e eu sentíame tan viva... Había moito tempo que non me sentía tan ben, aínda que chovía moitísimo e mesmo caeu Sarabia, pero foi precioso todo, de verdade, e eu sentíame coma se volvese a eses tempos nos que eramos Galicia e máis eu soamente, sen precisar de ninguén máis, e así me sentía eu neses momentos, cando camiñabamos entre as árbores, sentíame libre, viva, comigo mesma de novo, despois de tanto tempo lonxe da maior parte do que son. Claro que compartín cos demais eses momentos, pero non me molestaba a súa presenza, e menos a de Artemisa, ao contrario, sentíame ben cando a miraba e sabía que estaba compartindo comigo eses momentos tan especiais.

Pero agora sinto que todo iso queda moi lonxe, que incluso me custa lembrar todo o que vivín alí aquí, neste lugar que tan pouco me gusta. O que é curioso é que nesta última viaxe non chorei case, soamente o domingo pola tarde porque ese día decatábame cada vez máis do pouco que me gusta estar aquí, e o sinto moitísimo cando estou en Galicia. Pensaba: canto me gusta estar aquí e que pouco me gusta estar alí, e así mesmo llo dixen a Artemisa cando me preguntou que me pasaba, que leva todos estes días preguntándome se me pasa algunha cousa, e claro que me pasa, pásanme moitísimas cousas que non lle podo dicir, e menos dende o que oín o venres pasado, este venres, pero diso falarei agora. Cando Artemisa preguntoume que me ocorría, eu díxenlle: o que me pasa é que cando estou aquí decátome do pouco que me gusta estar alí, e cando lle dixen iso non puiden evitar botarme a chorar.

Eu pensaba que Artemisa entendíame mellor que ninguén. Se ela non me entende, ninguén o fará entón, pero agora non teño moi claro se ela de verdade me entende. O outro día, como dixen, o venres, escoiteina falar coa súa irmá e escoitei que lle dicía que lle daba moito medo ir vivir a Galicia, que lle gustaba moito o seu traballo, que non me podía dicir que non se quere ir porque entón, di ela, me mataría de tristura. Oín como Casandra lle preguntaba se xa mo dixera isto, pero ela dixo que non, que non se atrevía, que me mataría se o facía. Non é que me mataría, é que directamente me estaría arrincando da miña alma todas as miñas ilusións. Agora non sei que pensar. É certo que non son quen de me ir e deixala aquí, pero tampouco sei que será da nosa vida entón se ela non quere vivir en Galicia, e iso que sei que a ela gústalle moito Galicia. A min recoñeceumo moitas veces e diante da súa irmá tamén fíxoo outras tantas, pero agora non sei que pensar. Non sei se merece a pena aguantar aquí, aturar todo o que teño que vivir aquí se ela non se quere ir, se para sempre imos estar aprazando o momento de nos ir porque ela ten medo, porque non quere abandonar o seu traballo. Eu entendo que non o queira facer, enténdoo perfectamente, pero entón me pregunto onde quedo eu, onde queda o que sempre desexei, onde quedan os meus soños, a miña vida. De verdade é máis importante para ela o seu traballo ca min? Se é así, pois non sei se paga a pena que estea con ela, non sei ata onde chega o seu amor, ese amor que ela asegura que sinte por min, non sei se tan forte é... Agora dubido de todo, de todo, e non podo evitar non ter ganas de falar con ela. Preguntoume se me pasaba algunha cousa con ela e díxenlle simplemente que estaba cansa, que non podía máis, que estou mesmo gobiada e sobrecargada, pero non sei se me creu. Tampouco sei, nestes momentos, se verdadeiramente me importa que me crea ou non.

E o que non podo aturar é afastarme de Galicia continuamente, ter que soportar a distancia, ter que aturar o feito de non poder estar alí se é o que máis desexo na miña vida. Tampouco sei por que nunca fun quen de loitar polos meus soños, por que sempre fun tan covarde...

Deixarei xa de escribir. Oxalá a próxima vez que escriba estea moito mellor. Agora xuro que collería un tren a Ourense e iríame pasando de todo, pero non son quen de abandonar así a Artemisa, aínda que sigo a me preguntar se paga a pena que renuncie a todo o que desexo... Xa non sei que crer.

DIARIO DE ARTEMISA: JUEVES, 12 DE ABRIL DE 2018

Jueves, 12 de abril de 2018:

Sería muy fácil decirle que no puede ser y que se conformase, pero su deseo es incansable y la agota tanto que de repente desaparecen de su alma las ganas de luchar por sí misma, por lo que siempre anheló, y yo no sé si sentirme culpable cuando detecto su incipiente desaliento, porque muchas veces sí siento que soy la responsable de que toda su alma se llene de desánimo. Yo no le he dicho directamente que no puede ser, sería incapaz de aniquilar así su sueño con mis propias manos; pero sí me gustaría decirle que es muy difícil, que siento un vacío en el estómago cada vez que me imagino lejos de lo que tanto me costó construir, cada vez que me imagino que tengo que alejarme de este trabajo que tanto esfuerzo me costó conseguir, de mis compañeros de trabajo, y ya no sólo eso, es que no sé si ella se lo ha planteado, es que tendré que obtener algún certificado de lengua gallega que me permita trabajar en Galicia, sobre todo porque yo me dedico a la enseñanza, y es obligatorio tener un nivel muy alto de gallego para poder hacer algún traslado o para opositar allí. Yo el gallego (al menos el suyo) lo entiendo perfectamente, también lo entiendo cuando lo escucho por la radio o por la televisión; aunque ella me resalta muchas veces que en la radio y en la televisión hablan un gallego muy neutro, que el gallego de las aldeas no tiene nada que ver, y es cierto, pero estaré tan acostumbrada a ella que muchas veces pienso que lo domino perfectamente; pero, claro, no es lo mismo entenderla a ella que saber escribirlo y hablarlo con mucha fluidez y sin cometer errores. Me costó mucho conseguir el certificado de lengua catalana. No me imagino ahora esforzándome por sacarme el de gallego. No sé por qué, pero no me imagino; al contrario que ella, que está haciendo un curso de teleformación para prepararse para el examen de CELGA, que dice que ya es hora de demostrar de algún modo que domina su lengua materna. Además, es que... otra lengua que no es la mía... tener que trabajar usando continuamente en clase una lengua que no es la mía, tener que leerla, escribirla, otra vez... Yo, sinceramente, si tuviese que escoger, me iría a vivir a León o a cualquier otro sitio donde pudiese usar el castellano; mi lengua madre, pero no me siento atada a ningún lugar tanto para hacer eso. Ella tiene este sueño tan fuerte, más que sueño ya es una necesidad vital, y yo me agarro a su sueño porque me gusta sentirme arrastrada por su ilusión, olvidándome momentáneamente de que la vida es tan difícil, de que tenemos que responder a tantos esquemas... Me gusta sentir que su sueño me da alas y me separa del suelo, de la realidad, y soñar con ella en una realidad que no es tan complicada; pero creo que yo soy mucho más racional que ella y regreso enseguida a nuestro verdadero presente; pero ella se queda soñando, hasta que una espina de la realidad le rasga el alma y en esa brecha que le provoca se introducen las preocupaciones, los miedos, sobre todo el pánico a que no pueda ser, a que pase cualquier cosa y no pueda volver, a que yo me niegue a dejar nuestra vida, que para mí podría ser perfecta si ella no tuviese esta necesidad tan grande, tan asfixiante, que tanto la anima muchas veces y que tanto la desanima en otras, que no la deja respirar con serenidad, ni siquiera le permite valorar con toda plenitud la inmensa cantidad de bendiciones que tenemos.

Últimamente brillaba la primavera, pero de nuevo vino un semi invierno y la lluvia, aunque yo creo que es totalmente necesario que llueva. Galicia sí salió de la época de sequía (y menos mal, por lo menos una preocupación menos para Agnes), pero aquí todavía necesitamos muchísima agua. A mí sí me preocupa mucho que no llueva lo que tiene que llover, pero porque a mí la naturaleza me importa toda, dondequiera que se encuentre, y me crea mucho malestar saber que está tan enferma, que hay tantas cosas que fallan; pero, al contrario que Agnes, esa preocupación no interfiere en mi día a día. Soy capaz de vivir cada momento llevando en el alma este desasosiego. En cambio, yo no sé por qué, ella es incapaz de estar serena si le pasa algo a su tierra. Muchas veces he llegado a pensar que es algo peligroso, incluso enfermizo, que tenga tanta conexión con ella, e incluso me da miedo imaginarme qué puede ocurrir si sucede alguna otra catástrofe horrible, como los incendios de octubre. No quiero pensar que no lo soportaría, que se rendiría, como estuvo a punto de hacer en aquel entonces. Pensé que la perdía. Nadie podrá imaginarse jamás lo que sentí cuando recibí esa llamada telefónica suya a las tres y cuarto de la tarde de ese lunes 16 de octubre, cuando oí que me pedía que le hablase de cualquier cosa para distraerla, que se encontraba muy mal, que estaba muy cerca de la vía del tren y que tenía la mente llena de un pensamiento horrible, que le hablase, que le dijese cualquier cosa, y yo no sabía qué decirle, me quedé en blanco. Sólo fui capaz de pedirle que no me hiciese eso, que no me dejase sola, que pensase en nuestra vida. No puedo recordar ese momento sin sentir que todo mi ser se convierte en hielo, y es que tuve de repente tanto miedo y me sentí tan impotente que no pude evitar que me dominase la ansiedad. Salí corriendo de casa en cuanto colgamos, cuando ya supe que estaba a salvo en el tren, porque era incapaz de imaginármela volviendo sola a casa, andando por la calle, sola, en ese estado. Y menos mal que fui a recibirla a la estación. Cuántas veces tuve que detenerla para tranquilizarla, cuántas veces tuve que agarrarla del brazo porque iba a cruzar un semáforo en rojo... y todo eso porque Galicia ardía.

Quisiera pensar que todo eso quedó atrás, pero sé que puede resurgir de repente. Por eso muchas veces me pregunto qué debo hacer con nuestra vida, a quién debo satisfacer y escuchar.

Sin embargo, Galicia sí me gusta mucho para vivir; pero me cuesta confiar en que lo consigamos, en que sea tan fácil. Yo deseo que Agnes sea feliz, lo deseo con toda mi alma, y saber que no está en mis manos la posibilidad de volver realidad sus sueños me hace sentir mucha impotencia, sobre todo cuando se derrumba y empieza a decirme que no entiende por qué siempre fue tan imposible conseguir lo que más anhela en el mundo, que no entiende por qué tiene que esforzarse tanto por alcanzar un sueño ni por qué su vida ha estado tan llena de desaliento y complicaciones. Me preguntaba, el otro día, si había hecho algo malo en esta vida o en otra, y yo no sabía qué responderle.

Soy consciente de que es muy difícil llenar de felicidad un alma tan herida. Sé que su alma está profundamente herida, a pesar de que conmigo parezca siempre tan conforme, tan calmada, tan libre. Y realmente creo que todos tenemos el alma herida, aunque sean heridas imperceptibles que se hallan enterradas bajo un sinfín de recuerdos que las esconden. Yo también tengo muchas heridas en el alma que creo que nunca me sanaron ni me sanarán, heridas que me hizo mi propio pasado, que me hice yo misma actuando del modo contrario a como sabía que tenía que actuar, y continuamente nos herimos a nosotros mismos a través de algún pensamiento, de alguna acción que realizamos sin estar conformes con llevarla a cabo y sobre todo nos herimos hiriendo a la persona que más queremos y nos quiere. Yo sé que a Agnes la hiero muy fácilmente sin necesidad de decirle nada, simplemente alargando el momento, huyendo de esa conversación tan importante que tenemos que mantener o, sencillamente, obligándola a permanecer en algún lugar donde no le apetece hallarse o junto a personas con las que no le apetece estar.

 

domingo, 1 de abril de 2018

DIARIO DE ARTEMISA: SÁBADO, 31 DE MARZO DE 2018

Sábado, 31 de marzo de 2018

Mañana, por fin, empieza el mes de abril. Creo que hacía mucho tiempo que no tenía tantas ganas de que llegase este mes. Para mí siempre ha sido un mes muy especial, no sólo porque se halle ya inmerso en la primavera ni porque sea el reflejo del renacimiento de la naturaleza, sino porque, en mi alma, su llegada siempre produjo cambios muy bonitos, porque en abril me pasaron varias veces las mejores cosas de mi vida, porque en abril he vivido con Agnes otras muy especiales (como cuando viajamos a Galicia el año pasado, por primera vez juntas y ella después de casi treinta años lejos de su tierra) y porque abril siempre me trae sensaciones que no me entregan otros meses del año. Yo creo que más que en diciembre tendría que haber nacido en abril o tal vez nací en abril en otra vida mía.

Y siento que este abril llega distinto, con cautela y silencio, pero lleno de momentos muy vívidos. Tengo en mi ser sensaciones que no sé explicar. Llevo todo el invierno intuyendo y negando cosas, intuyendo otras que no tengo más remedio que aceptar y también deseando que el frío se vaya ya de una vez y llegue el cálido esplendor de la primavera. Por fin ya hace tiempo de primavera. Agnes no lleva tan bien este cambio, a ella no le gusta tanto la primavera como a mí, sobre todo por el calor, pero igualmente noto que el avance de los días nos acerca a algo muy importante.

Agnes está distinta, con altibajos muy extraños que de repente desaparecen, pero, mientras duran, me hacen tener miedo a que esa energía tan bonita con la que había comenzado este año se quiebre. Es cierto que ha pasado momentos muy duros por culpa del trabajo, pues le han buscado problemas donde ella no los buscaba ni se los imaginaba, y además el mes de marzo ha sido muy duro para ella, pues, además de haber pasado una época muy agobiante y mala en el trabajo, ha empezado a estudiar con mucho ahínco para poder sacarse unas oposiciones. Yo fui quien la animó a hacerlo, a que estudiase, y realmente no me costó nada convencerla de que lo hiciese. Sabe perfectamente que aprobándolas será la forma de regresar a Galicia con algún trabajo digno que nos permita subsistir cómodamente. Es evidente que ella ya habría vuelto hace mucho tiempo sin tener nada, pero ninguna de las dos queremos hacer las cosas así.

Por un lado siento que me calma mucho verla estudiar así, tan motivada, tan contenta con la posibilidad de regresar si aprueba, de trabajar allí si las aprueba; pero, por la otra parte, noto que su ímpetu y su energía son muy efímeros y presiento que en cualquier momento éstos pueden quebrarse y al mismo tiempo noto que ella se esfuerza lo indecible para no caer, para no hundirse en la aparente recaída que la espera al otro lado de todos estos días. Ella no me lo dice y es realmente eso lo que más me intimida, que no me lo confiese, pero sé que no está bien, que cuando no la miro entorna los ojos y deja de esforzarse por entregarme luz con su mirada y noto también que, cuando no está delante de mí, se encierra en sí misma, se acomoda en su estado de ánimo, del cual sale con mucho esfuerzo cuando tiene que hablar conmigo o con cualquier persona que requiera su atención. De repente me dice que solamente tiene ganas de llorar y llora durante por lo menos media hora sin consuelo, sólo diciéndome que se encuentra mal; pero después de eso regresa a lo que sabe que tiene que hacer para conseguir volver realidad su sueño. No desiste, por muy difícil que sea el temario que está estudiando, sigue estudiando pese a estar muy cansada y muerta de sueño. Y estos días de fiesta que ha tenido empezaba a estudiar por la mañana y no lo dejaba hasta que nos íbamos a dormir. Claro que de vez en cuando paraba para salir conmigo a alguna parte, para comer, para lo que fuese. Creo que nunca la he visto así, tan implicada en algo.

Pero también noto cosas que no sé explicar y que, cuando las comento con mi hermana, siento que son mucho más importantes de lo que quiero reconocer. Son cosas muy sutiles que, según mi hermana, pueden darme muchas pistas sobre el verdadero estado de ánimo de Agnes. Según Agnes, todo va bien, se encuentra perfectamente, lo único que le pasa es que anímicamente está cansada, ya está. Según mi hermana, Agnes me oculta que no está bien, que está a punto de sufrir una recaída si es que no lo está haciendo ya. Y las señales en las que se basa mi hermana para afirmar algo así es su cambiante estado de ánimo, su falta de apetito, sus despistes (está muy distraída, olvidándose de cosas básicas, olvidando cosas que le he dicho hace un momento) e incluso que tenga que insistirle para que salgamos, para que nos relacionemos con nuestras amigas. Hoy, por ejemplo, sé perfectamente que no le apetecía en absoluto ir a comer con ellas, pero me lo ha ocultado porque no quería hacerme sentir mal. Me cuesta mucho entender por qué le resulta tan complicado relacionarse con los demás. Hoy, comiendo con ellas, notaba que tenía que esforzarse mucho por seguirles las conversaciones, por escucharlas, por contestarles, aunque lo hacía aparentemente conforme y cómoda, pero yo sé que le costaba. En cambio, cuando estamos solas, parece la mujer más calmada y feliz del mundo, aunque es evidente que siempre veo más allá de sus miradas, siempre puedo introducirme en sus ojos, hundirme en sus palabras, escuchar las que no me dice, oír el verdadero tono de la voz de su alma, saber qué no quiere expresar a través de sus ojos negros y tan expresivos. La conozco mucho más de lo que ella se imagina y tal vez quiera aceptar.

Con mi hermana tampoco puedo hablar realmente de esto. A ella no puedo contarle cosas que yo noto sin saber por qué lo noto y cómo es posible que lo haga con tanta claridad. A mi hermana le he explicado miles de veces que me sorprende mucho ver a Agnes tan incapaz de relacionarse con nuestros amigos y de repente, en Galicia, verla tan extrovertida, como si no fuese una persona tímida, como si nunca se hubiese sentido intimidada por nada ni por nadie, como si siempre hubiese sido feliz. Ésa es la Agnes que es cuando estamos en su tierra; alguien que sonríe de verdad, a quien le brillan de verdad los ojos, alguien que habla sin timidez, con profundidad y mucha cercanía con quienquiera que se le acerque. Yo no sabía que era así. Yo no me imaginaba que había en ella esa otra Agnes que tanto me gusta, de la que apenas conocía nada hasta entonces, hasta este octubre pasado. Y mi hermana me dice que es normal, que actúa así porque está en su tierra, pero que tampoco tendría que existir esa inmensa diferencia entre la que es cuando está allí y la que es cuando está aquí, sobre todo porque aquí de momento tenemos nuestra vida y no sé cuánto tiempo más vamos a vivir aquí, pero no puede estar así siempre, con esas ganas tan absolutamente nulas de relacionarse con los demás, con esa timidez tan inmensa cuando tiene que hablar con alguien que se supone que nos conoce. Incluso en el templo le cuesta hablar. Y de eso también quería hablar precisamente.

En esta entrada quería desahogarme con respecto a varias cosas que me preocupan mucho, que no es que me ofendan, pero sí me quitan a veces el sueño. También noto que para Agnes el templo ya no es tan importante e incluso, hasta la semana pasada, que celebramos con la gente del templo el ritual de Ostara, hacía muchísimo tiempo que no celebraba ningún ritual. Yo sí he celebrado alguno de vez en cuando, esas veces que lo necesitaba o simplemente porque necesitaba sentirme cerca de la Diosa, pero tengo la sensación de que para ella ya no es lo mismo. NO sé qué le pasa, pero no me habla nada de ese tema, es como si todo eso que ambas compartíamos hubiese desaparecido. No me atrevo a decir que ha perdido la fe, porque sé que fe tiene, y mucha, pero está distinta, como si algo en ella se hubiese apagado. No sé con certeza desde cuándo lo noto, pero noto que algo en ella ya no está igual. Y me atreví a preguntárselo el sábado pasado, antes de ir al templo, porque me insinuó muchísimas veces que no le apetecía nada ir e incluso me dijo que fuese yo sin ella, pero al final la convencí de que ese ritual le iría muy bien. Creo que no fue el que mejor le ha ido en su vida, pero tampoco creo que se arrepintiese de haber ido, aunque tampoco me lo confirmó. El caso es que esas cosas se notan, aunque no se hablen, yo lo notaba, y se me confirmó precisamente el sábado pasado. Le pregunté si había dejado de creer y me dijo que no, que seguía creyendo, pero que simplemente no le apetecía ir al ritual. No es la primera vez que no le apetece ir a un ritual. En Samhain también le pasó, y eso que es su ritual preferido.

Por más que le pregunto si le ocurre algo, si se le ha apagado la fe, lo único que saco de ella es que tiene muy pocas ganas de interactuar con el mundo que la rodea, de salir de casa cuando se tira tantas horas fuera, de estar con nadie más que no sea yo. Al mismo tiempo pienso que, cuando me dice todo eso, lo que en verdad quiere decirme es que en este lugar no le da la gana de dejar salir todo lo que ella es, en este lugar no le da la gana de dejar fluir su preciosa energía y tampoco le da la gana de intentar estrechar los lazos que tenemos con las personas que son nuestros amigos precisamente porque no estamos en Galicia, porque esa gente no es de allí y porque está cansada de hablar con gente que no tiene su acento ni sabe hablar su lengua; pero es evidente que jamás me dirá algo así, aunque lo piense.

Pero, si escribo todo esto, no es para quejarme, sino porque me preocupa, porque me entristece que ella misma se vete a sí misma de ese modo, se corte las alas de esa forma, se restrinja tanto cuando sé que puede ser y es tan maravillosa. NO entiendo por qué no permite que los demás la conozcan tal como es, por qué no es posible que en este lugar se abra más a la gente y delante de las personas que nos conocen sea quien de verdad es.

En su trabajo pasa algo así también, aunque sé que es mucho peor. Sé que no se relaciona con nadie, que apenas comparte nada con nadie, que no se esfuerza en absoluto por conocer a la gente con la que trabaja. Según ella, son personas con las que no tiene nada que ver, pero, no sé, me parece un poco triste que se niegue la oportunidad de darse a conocer a los demás; aunque también es verdad que me oculta la mayor parte de las cosas que vive allí, no sé si porque no quiere recordarlas ni darles importancia o porque realmente le duelen, pero sé que ha tenido problemas con algunas personas de allí. Me ha insinuado a veces que hay dos compañeras que hablan mucho de ella, que, cuando ella se acerca, se callan al instante y la miran de formas raras. Una vez me dijo que no quería contarme esas cosas porque no quería que yo pensase que se imaginaba cosas que no eran; pero yo jamás dudaré de ella en ese sentido.

Yo también he tenido problemas con algún compañero de trabajo y precisamente lo que más necesito es contárselo a ella porque necesito desahogarme, porque quiero que me diga qué piensa, porque necesito sacar como sea todo lo que siento ante esa situación; pero ella es muy reservada, muy hermética y a veces conmigo incluso es muy inaccesible. Tengo que sacarle a veces las cosas con pinzas, con mucho esfuerzo, hasta que por fin me confiesa lo que siente, lo que piensa sobre un tema que le duele, que le arranca tantas lágrimas. Y es que realmente me encantaría saber lo que le pasa en todo momento para decirle las palabras que más necesita oír.

Al mismo tiempo, siento que la conozco mejor que nadie en el mundo, que puedo adivinar enseguida qué piensa en todo momento, que puedo entender el lenguaje de sus miradas como nadie lo hizo antes, que oigo en su voz eso que no quiere decir, y cuando estoy con ella no necesito nada más, sé perfectamente lo que necesita, lo que quiere, aunque me diga lo contrario de lo que prefiere, sólo para satisfacerme a mí, para que yo me sienta bien y feliz. Y también cuando estamos tan juntas, solamente ella y yo, tengo la potente sensación de que no hay nadie en el mundo que pueda comprenderme y conocerme mejor que ella, que ella tiene en su alma toda la mía, que puede decir lo que pienso sin que sea necesario que yo le diga nada.

Pero de verdad sí me preocupa que no esté bien y que no quiera decírmelo para que esa sensación que la absorbe no se vuelva más fuerte. . Muchas veces me ha confesado que, aunque se sienta muy mal, prefiere no decir nada para que ese desaliento no se vuelva más fuerte y también creo que lo que le ocurre es que no quiere aceptar que no está tan bien como le gustaría. NO quiere preocuparme, ni a mí ni a nadie, pero tampoco es justo que se guarde las cosas para ella.

Y está continuamente trayendo hacia ella la existencia de Galicia, el espíritu de Galicia, como sea, a través de música, de cualquier cosa. Tengo la impresión de que cada vez le cuesta más vivir lejos de su tierra y necesita lograr que su esencia invada sus momentos. Es como una especie de desesperación insaciable.

El otro día, creo que fue el jueves, mientras escuchábamos una canción preciosa típica de su tierra, cuyo nombre no recuerdo, me contó que esa canción se la había enseñado su abuelita y que, cada vez que la escuchaba, le parecía que la oía cantar. Entonces yo le dije que tenía mucha suerte por tener tantos recuerdos bonitos, que a mí no me pasaba con mi infancia con tanta fuerza como a ella. También le dije que era muy curioso que tuviese con su tierra una relación tan fuerte, que siempre me había parecido muy bonito y curioso que casi toda la gente de Galicia sienta tanta nostalgia si se halla lejos de su tierra, que siempre me pregunté qué tendrá ese lugar para que quienes nacieron allí y o quienes se enamoren de esa tierra no puedan vivir lejos de ella. Ella se rió y dijo: “porque Galicia é única”, pero entonces le dije que yo nunca había sentido nada así, que es verdad que me sentí muy atada a la isla donde viví cuatro años, pero nunca sentí hacia ella ni la mitad de la nostalgia que siente ella continuamente por Galicia. Entonces Agnes me dijo algo que yo nunca me había planteado, me dijo (y lo escribo en castellano a pesar de que ella me lo dijo en gallego porque, evidentemente, todavía no domino su lengua como para escribirla): “creo que a ti te pasaría si vivieses fuera de España mucho tiempo. Viviste en la isla mucho tiempo, pero ese lugar era mágico y su belleza apenas te permitía extrañar este país, pero, si pasases fuera de España mucho tiempo, estoy segura de que extrañarías con mucha fuerza todo lo que viviste aquí”.

También me dijo, a colación de que yo le dije que no recordaba mi infancia con tanto cariño como ella: “si estuvieses lejos de España, entonces sí recordarías con mucha añoranza tu infancia y recordarías incluso cosas de las que ahora ni te acuerdas, simplemente porque tu país es España, simplemente eso”.

Y puede que tenga razón, puede que yo no sienta lo mismo hacia el lugar en el que nací porque es todo el país en sí lo que me tiene atada, pero yo creo que sería capaz de vivir en cualquier parte del mundo porque tampoco siento por España ese lazo tan fuerte que me resquebraje el alma si me hallo lejos. Yo creo que mi tierra está en Agnes, es decir, ella es mi hogar, es la tierra lejos de la que jamás podría vivir, y no me importa donde esté. Lo único que me importa es que ella esté bien, se sienta completa y sea feliz, nada más, y es que hace mucho tiempo que no la percibo plenamente feliz, que no me deslumbran sus ojos. Noto que, aunque conmigo se sienta feliz y plena, le falta algo, algo no brilla en ella de la misma forma.

Ahora ya nos queda menos de un mes para volver a Galicia. Cada vez que se lo recuerdo, por unos momentos que yo quisiera alargar hasta la eternidad, sus ojos negros se llenan de luz y se le ilumina el rostro, me sonríe como no la veo sonreír ante nada más. Me da mucho miedo perderla, es cierto, tengo mucho miedo a que no quiera volver cuando en mayo tengamos que regresar, me da mucho miedo traerme la mitad de su ser, traérmela tan destruida como regresó en octubre. No quiero volver a pasar por eso, no quiero; pero tampoco quiero retenerla aquí para evitar que su alma se desgarre. De todas formas, ahora parece que está más claro que es posible que podamos iniciar allí otra vida. Yo ya lo tengo completamente aceptado e incluso he de confesar que me iría mañana mismo si así consiguiera recuperar esa parte de Agnes que aquí, en este lugar, no tengo ni voy a tener. Me iría mañana mismo si nos asegurasen que allí ya podemos iniciar una vida al menos trabajando alguna de las dos. No me importa tener que estar haciendo cualquier cosa para encontrar trabajo e incluso es que me quedaría en mayo, realmente, para no volver arrastrándola así como la arrastramos en octubre, que por ejemplo nos costó mucho conseguir que nos fuésemos cuando vimos el atardecer en Finisterre, que nos costó la vida que dejase de llorar cuando nos volvimos el sábado, que incluso pensé que tendríamos que volver, que no podíamos seguir el viaje si se encontraba tan mal. Me acuerdo de que, comiendo en un pueblo de Soria cuyo nombre ahora no recuerdo, le temblaban las manos, que apenas pudo probar la comida, que se esforzaba mucho por comer y se dejó más de la mitad del plato, que se levantó mil veces al baño porque no quería seguir llorando delante de nosotras. Me acuerdo de que me dijo que se encontraba mal, que el corazón le iba muy rápido y yo tenía la sensación de que estaba obligándola a permanecer en un mundo desconocido para ella y me dolía muchísimo verla así, tan deshecha. Mi hermana incluso, en una de esas veces en las que Agnes fue al baño, me dijo: “tendrás que plantearte en serio vivir en Galicia. No lo soportará por mucho tiempo”.

Pero yo soy muy terca y, con la excusa de que quiero hacer bien las cosas, alargo el momento de irnos. Es cierto que yo del todo no quería irme, no estaba convencida de querer marcharme de aquí, por eso le daba largas, le decía: “tenemos que ahorrar para que, dentro de un año, podamos iniciar en Galicia una nueva vida”, pero se lo decía sabiendo que eso estaba muy lejos todavía; pero ahora tengo clarísimo que tenemos que irnos. Incluso es que hace dos meses yo estaba convencida de que quería vivir aquí hasta cuando fuese porque me gusta vivir aquí; pero no sé cómo he entendido de repente que estoy siendo muy egoísta, que, si quiero de verdad a Agnes, tengo que esforzarme por ayudarla a construirnos allí nuestra vida, que, si estamos juntas, no nos costará, seguro. Sé ahora que, si de verdad la quiero, si quiero verla feliz y si de veras me importa su bienestar anímico, tengo que acompañarla, tengo que volver con ella; pero también soy consciente de que es su sueño y que tiene que ser ella quien logre volverlo realidad. Por eso también quiero que se saque las oposiciones como sea, pero también pienso que, si no lo consigue, evidentemente, nos iremos como sea. Un año más no podemos estar aquí. Es incluso antinatural huir de lo inevitable, huir de algo que jamás va a desaparecer.

Antes sobre todo me dolía imaginarme en Galicia porque estaría lejos de mi hermana, pero ahora ella tiene una pareja con quien se pasa la mayor parte del tiempo. Está haciendo su vida como nosotras hacemos la nuestra. El chico que está con mi hermana es bastante majo, nos cae bien, sobre todo a mí, y sobre todo me cae bien porque sabe cuidar a mi hermana, porque con ella se nota que tiene una conexión muy especial. Ella está de vacaciones esta semana en Cantabria, que su chico es de allí (yo no sé qué nos pasa a las dos con la gente del norte) y está hablándome maravillas de su familia, del lugar donde nació su chico, y la veo tan feliz que eso me calma muchísimo.

Creo que voy a dejar ya de escribir. Es muy tarde y a las dos nos conviene descansar. Sólo espero que esas señales que yo creo detectar en Agnes desaparezcan, que esté bien, por favor, que no decaiga, que no se desaliente. Necesito que sea fuerte para que pueda cumplir sus sueños, para que ella pueda confiar en sí misma.

 

 

DIARIO DE AGNES: DOMINGO, 18 DE MARZO DE 2018

Domingo, 18 de marzo de 2018

Cómo pueden cambiar las cosas en un mes. La última vez que escribí me sentía muy decepcionada con Artemisa por varios motivos. Ahora, un mes después, realmente no sé cómo sentirme ante la misma vida. Me encuentro en un camino distinto, en un momento de mi existencia en el que presiento que las cosas pueden cambiar y al mismo tiempo en el que tengo la impresión de que esa esperanza puede desaparecer de un momento a otro y volar lejos de mí convertida en un polvo invisible que el paso del tiempo mezclará con el olvido.

Al final, Artemisa se percató (casi a la semana siguiente de cuando escribí por última vez) de que era una tontería cambiar los muebles de nuestra casa. No sé cómo llegó sola a esa conclusión. Yo no le dije nada para no influir en sus pensamientos. Una tarde me dijo que prefería esperar y que de momento no era necesario que cambiásemos nada, que todo está bien como está y que ya nos compraremos muebles nuevos cuando realmente las dos sintamos que estamos viviendo en el lugar en el que de veras queremos hallarnos. Yo no le di las gracias ni tampoco le dije que me había sentado muy mal que quisiese cambiar los muebles casi sin contar conmigo. Lo único que le dije fue que tenía razón, y punto, tampoco quería demostrarle que mi alma estaba dando saltos de alegría, pero yo sé que me lo notó, igual que, al día siguiente de cuando escribí por última vez, se dio cuenta de que me ocurría algo con ella, de que no estaba igual, pues me costaba hablarle y también seguirle las conversaciones que ella iniciaba conmigo. Artemisa habló conmigo, me preguntó qué me ocurría y entonces, antes de irnos a dormir, le confesé que me había sentado muy mal que ignorase por completo mi estado de ánimo, que ni siquiera le diese importancia al hecho de que no me encontraba bien, de que últimamente estoy más agotada que nunca (y sobre todo en aquel entonces) y también que ni tan sólo se plantease la posibilidad de preguntarme si me apetecía quedarme en Barcelona tantas horas. Se quedó muy sorprendida cuando se dio cuenta de que yo estaba más ofendida de lo que ella había pensado, pero ya todo eso quedó atrás.

Hace unas semanas empecé a estudiar mucho para sacarme unas oposiciones y el estudio me quita mucho tiempo. Es evidente que quiero conseguir sacármelas para poder irme a Galicia, pero también para poder tener un trabajo mucho mejor. Últimamente me siento muy extraña en mi trabajo, no me siento nada a gusto allí y el trabajo que realizo no me gusta nada. Me siento inútil, parece que apenas puedo desarrollarme como persona y estoy deseando cambiar de aires. Me siento cada vez más desesperada aquí y Artemisa me entiende. Desde aquel día en el que parecía que yo no le importase en absoluto, ya no volvió a insinuarme que no podemos irnos a Galicia. No me comenta casi nada sobre ese tema. Lo único que me dice es que estudie, que luche por conseguir esas oposiciones como sea porque serán el camino que nos lleve a Galicia, a las dos, pero de sí misma no habla mucho. Yo tampoco me atrevo a preguntarle. Yo la noto tan conforme con la vida que llevamos que muchas veces me pregunto si no estoy siendo muy egoísta por querer irme obligándola a dejar aquí todo lo que tiene, a lo que tanto se aferra: su trabajo, su hermana, sus amigas (son más suyas que mías, yo apenas le tengo confianza a esa gente, salvo a alguna de ellas, pero soy tan tímida que apenas me atrevo a hablarle), a la ciudad en la que vivimos, la que ella se conoce tan bien, y a veces pienso que debo olvidarme ya de mi sueño, que lo que más debe importarme es que estoy con Artemisa, que no estoy sola, que estoy rodeada de gente que me quiere de verdad, que me respetará pase lo que pase, que me protegerá siempre, que estará siempre a mi lado, a la mínima que tenga algún problema, y entonces siento que mi interior se desgarra, una voz me dice que tengo que enterrar mi sueño y centrarme en lo que verdaderamente tengo, lo que tengo de verdad, pero entonces me imagino viviendo así, conforme con esto, con todo, y siento que algo se me hiela por dentro, que se me vacía el alma, y entonces sé que no podré estar del todo conforme siempre porque, sí, aquí lo tenemos todo, yo lo tengo casi todo, pero no me siento en absoluto atada a este lugar, no me gusta el diseño de sus calles, no me gustan los olores que lo invaden todo, no me alimenta nada el alma ir por las calles y oír hablar el acento de la gente, no me hace sentir nada acogida que prácticamente todo esté escrito en un idioma que no es el mío, no me siento en mi hogar, por mucho que me proteja la gente que me quiere y que yo quiero. Si es que de veras sé que eso es lo que más debe importar, que no estoy sola, que después de todo lo que pasé en mi vida ya por fin tengo con quien contar, pero no, no puedo, de verdad que no puedo. Yo cogería con mis manos esa parte de mi alma que tengo tan herida, la acariciaría y la llenaría de energía luminosa para que no me palpitase tanto, para que continuamente no estuviese diciéndome: tengo que volver, tengo que volver, yo la cogería entre mis manos y la dormiría para que, durante un tiempo, no me hablase más, pero no puedo, ésta tiene mucha fuerza y yo no puedo controlarla, yo no puedo controlar esos pensamientos que tanto me invaden continuamente la mente, esas ganas de soñar, esa esperanza que se me sale por todas las partes de mi cuerpo, por los ojos, por la piel, por la voz, ese pensamiento constante que tengo dedicado a mi tierra, esas ganas de vivir allí, de estar por fin allí y de recuperar así la parte de mí que aquí no tengo, que perdí hace mucho tiempo. Y sé que parece que solamente estoy hecha de la morriña que siento por Galicia, pero no es verdad, yo sé que no es cierto, lo sé porque cuando estoy allí soy tantas cosas que ni yo misma me conozco, soy yo de verdad, y es eso lo que quiero darles a mis seres queridos, eso, mi yo toda, mi yo completa.

Y tengo que ser paciente, pero al mismo tiempo la misma vida me da mucho miedo porque yo no sé qué está deparándome. Me siento perdida, no sé cuánto tiempo más estaré aquí, qué tengo que hacer, si esto servirá para algo. Lo único que quiero es vivir en Galicia para siempre y que Artemisa nunca me deje sola, no quiero perderla por nada del mundo. Sé que al principio será difícil, pero yo espero y sé que todo esto merecerá mucho la pena.

Y dejo de escribir porque quiero seguir estudiando. Apenas tengo tiempo para mí y mucho menos para escribir aquí. Hoy escribí porque me sentía culpable al saber que lo último que había escrito estaba tan lleno de resentimiento y de decepción, sobre todo hacia mi Artemisiña.