sábado, 12 de enero de 2019

DIARIO DE ARTEMISA: SÁBADO, 12 DE ENERO DE 2019


Sábado, 12 de enero de 2019

Estoy escribiendo sintiéndome protegida por el calor de la lumbre. Agnes lee junto a mí, también amparada por el calor de la lareira. Tenía muchas ganas de escribir, pero sobre todo tenía ganas de volver a la aldeíña de Agnes. Siento que aquí también puedo encontrar mi hogar. Siento que este lugar ya es mi hogar, una parte innegable de mi vida y un rincón donde puedo alejarme de todo aquello que me ha preocupado e inquietado a lo largo de mi existencia. Este rincón parece formar parte de otra dimensión. Parece alejado de cualquier sentimiento punzante, parece quedar apartado de la energía negativa y de la maldad. Tenía muchas ganas de estar en la aldea sobre todo para poder disfrutar del silencio y de la tranquilidad que aquí moran. Esta mañana, desperté oyendo el canto de los pocos pájaros que no se fueron, que se atrevieron a seguir viviendo aquí pese al frío del invierno. Desperté oyendo también hablar en la calle a Anxos con Iria y con más vecinas de la aldea. Sus voces estaban impregnadas de tranquilidad y sencillez. Comentaban que hacía mucho frío y una de ellas decía que tenía que llamar a algún veterinario porque tenía mala la “vaquiña”. Salvo eso, no se oía nada. El silencio era otra voz que escuchaba y que hablaba junto a las tres mujeres que intercambiaban sonrisas y palabras llenas de cariño y armonía. Hay algo en los habitantes de la aldea que me calma, que me hace saber que la vida no es tan difícil como pienso a veces, pese a que ellos llevan en realidad una vida muy dura, pues tienen que trabajar en el campo haga el tiempo que haga. Ahora, el invierno ha dejado paralizados los trabajos del campo, pero nunca descansan. Estas personas me despiertan una admiración muy tierna y me dan envidia también porque las siento más puras que las personas que vivimos en alguna ciudad. Yo todavía tengo en el alma la prisa y el estrés de haber vivido en una ciudad tan estresante durante tres años por lo menos. En Ourense no me estreso tanto, pero también es verdad que me exijo mucho, aunque también tengo que decir que no siento la misma agonía que sentía cada vez que tenía que caminar por aquellas calles tan llenas de gente, con tantos coches y ruido. Hay cosas de esa ciudad que extraño, pero las que me da Ourense les resta importancia a las que no tengo. También ahora estoy yendo por fin a la autoescuela para hacer prácticas. Cada vez me siento más segura conduciendo; algo que pensé que no llegaría nunca.

Tengo que contar muchas cosas. Ahora me siento tan tranquila que incluso me cuesta construir frases y saber qué quiero contar primero. La calma de la aldea se me ha metido en el alma y ha barrido todo lo que llevaba acumulado. Aunque no lleve una vida estresante, tengo todavía huellas de todo lo que he sufrido estos últimos meses por causa de mis decisiones. Tengo todavía en el alma las huellas de esa inmensa tristeza que estuvo a punto de matarme hace unos meses. Todavía lloro cuando recuerdo cuánto extrañé a Agnes, cuánto me sentí morir sin ella y me cuesta reponerme un poco de lo que me ocurrió cuando Agnes estaba con Lúa. No obstante, cuando estoy en la aldea, parece que todo eso no haya pasado y que lo único que ha habido en mi vida siempre ha sido sencillez, felicidad y amor. Todo eso queda muy lejos, pero a veces sí siento escalofríos cuando recuerdo que estuve a punto de quitarme la vida, sobre todo porque me horroriza pensar que me habría perdido todo esto que estoy viviendo ahora si lo hubiese conseguido. También siento que ahora amo más la vida, más que nunca, porque últimamente he vivido momentos en los que pensaba que mi vida se me iría, en los que creí que perdería mi salud para siempre. Ahora aprecio más que nunca el hecho de estar viva. Estar viva es el regalo más inmenso que tenemos, que nos dieron, y cada momento es especial, aunque sea duro, pues los momentos duros nos ponen a prueba y nos hacen más fuertes. Me convenzo más que nunca de que vivir es una bendición cuando miro a Agnes y noto toda la fortaleza que reina en su interior, cuando la observo trabajando con tanta energía y recuerdo cuán enferma ha llegado a estar. Agnes es el ejemplo más grande que tengo a mi alcance de superación, de fortaleza. Es increíble que ahora pueda vivir tan tranquilamente y a la vez con tantas ganas después de haber estado tan enferma, después de haberse hallado tantas veces al borde de la muerte.

Lo primero que quiero explicar es que me encanta trabajar en la cafetería. No me imaginaba que me gustaría tanto. me lo paso muy bien trabajando con Agnes, aprendo mucho con ella e incluso es que tengo que reconocer que me alivia muchísimo saber que, cuando termine de trabajar, no tendré que seguir trabajando en casa, cuando me acuerdo de que, fuera del trabajo, ya no tengo que hacer nada más, que mi trabajo sólo consiste en estar ocho horas sirviendo a toda la gente que viene a la cafetería, haciendo infusiones, cafés, bocadillos (por cierto, no me gusta nada hacer bocadillos de embutido), poniendo pastas en el horno, limpiando las mesas y haciendo muchas más cosas que nunca terminaría de escribir. Lo que más me gusta es sentir que la gente me sonríe, saber que a la gente le caigo bien y sobre todo trabajar con Agnes. Nos coordinamos perfectamente, ella me dice qué es lo que tengo que hacer cuando llego por la mañana y nos distribuimos las tareas sin ninguna complicación. Además, nos reímos muchísimo por la cosa más tonta. Reímos hasta llorar de risa y eso nos da energía para seguir trabajando. Trabajar en la cafetería es mucho más sencillo de lo que me esperaba no sólo porque las tareas que tengo que realizar sean fáciles, sino porque con Agnes todo siempre se vuelve mucho más ligero, es todo mucho más mágico y bonito. Es cierto que, cuando ella se va a las tres, me siento algo vacía, pero saber que en dos horas volveremos a vernos me da fuerzas para trabajar el tiempo que me queda. Además, me siento muy a gusto en todo momento con la gente. Hay personas de todo tipo, pero por lo general la gente es muy amable y paciente. Además, me gusta mucho ver cómo Agnes se dedica a hacer su trabajo lo mejor posible, me gusta verla trabajar con tanta eficiencia y energía. He de reconocer que, cuando tengo que hacer algo por primera vez, me siento muy insegura, como cuando tuve que hacer un cappuccino por primera vez y Agnes me enseñó a hacerlo. Es una cosa muy simple, pero me sentía muy insegura y pensaba que me iba a quedar muy mal. También me sentí así cuando tuve que rellenar de chocolate unos cruasanes pequeños, pero después ya lo hago como si llevase mil años haciendo todo eso. Agnes, además, me hace confiar en mí, me ayuda a tener más seguridad en mí misma.

Mas tengo que hablar de algo que no es tan positivo, pero tampoco lo considero muy grave o, más bien, yo no quiero darle la importancia que quizás tenga. El lunes fuimos al médico para que me diesen los resultados de los análisis. Me dijeron que tenía que ir; lo cual quería decir que no salieron bien. Cuando salen bien, no hace falta que vayas a ninguna consulta. Agnes me acompañó en todo momento y, cuando me preguntó si quería que entrase conmigo a la consulta del doctor (por cierto, me gusta mucho el doctor que tenemos), le dije que sí. No quería estar sola en ese momento. Tenía miedo a que me diesen una mala noticia y quería que ella estuviese a mi lado. Lo que tengo es una anemia fortísima. El doctor me explicó que tengo falta de hierro tanto en la sangre como en las reservas de hierro, que en las reservas de hierro no tengo nada de hierro prácticamente y que por eso me mareo, por eso apenas tengo hambre, por eso tengo todos esos síntomas que tengo. Me preguntó si había vivido recientemente una situación que me hubiese afectado anímicamente y le dije que sí. Enseguida pensé en lo mal que estuve cuando Agnes y yo lo dejamos. Sabía que esa época tan oscura me dejaría secuelas físicas porque no me alimenté bien durante semanas, porque estuve tan y tan triste que ni ganas tenía de comer ni de beber agua. No tenía ánimo para nada, ni siquiera para dormir. No podía dormir bien, no me sentaba bien lo que comía, sólo podía llorar y llorar sin sentir que ese llanto tuviese fin. Lloraba sintiendo que cada vez estaba más vacía. Solamente estuve sin Agnes un mes y medio prácticamente, pero ese tiempo me hizo mucho daño. Pasé una depresión fortísima que se dejó dejándome unas huellas graves que me costará mucho borrar. Sé que la anemia que tengo nació justo en ese tiempo tan triste y duro. El doctor (que se apellida Piñeiro) me dijo que no me asustase, que seguramente podré recuperarme rápido con las pastillas de hierro que me recetó y sobre todo me recomendó que cambiase mi alimentación. Me dijo que tenía   que abandonar mi dieta vegana y que tendría que hacer el esfuerzo de comer carne. Sinceramente, yo me puse a llorar cuando me dijo eso. Le dije que era absolutamente incapaz de comer carne, que no podía ni pensarlo. Él me sonrió y me dijo que, entonces, me hiciese zumos de remolacha todos los días, que comiese soja varias veces a la semana y muchísimas legumbres y nueces. También me dijo que tenía que comer muchas naranjas y mandarinas, hacerme zumos de limón por las mañanas para obtener la vitamina C que posibilite que mi organismo asimile el hierro que voy comiendo. Me advirtió de que, si en un mes no había mejorado prácticamente, tendría que comer carne obligadamente, como si fuese una medicina. Agnes se puso blanca cuando oyó esas palabras. Cuando salimos de la consulta, me dijo que ella se había recuperado de una anemia fortísima sin necesidad de comer carne. Esa anemia fue una de las secuelas que tuvo de haber estado en coma y yo fui testigo de cómo se iba recuperando poco a poco. Recuerdo perfectamente todo lo que la ayudé en ese tiempo. Lo que no entiendo es cómo es posible que no cayese en sus brazos, cómo fui capaz de estar con ella en todo momento sin abandonar mis convicciones. Me acuerdo de que la ayudaba a ducharse, a asearse, a todo, a todo, porque no se podía casi mover y tuvo una recuperación lentísima. Yo fui su más fiel enfermera y lo que no entiendo es cómo es posible que no traspasase la débil frontera que nos separaba. Me acuerdo perfectamente de cómo me miraba Agnes, de cómo me daba las gracias continuamente, de cómo se ruborizaba cada vez que tenía que ayudarla a vestirse o a ducharse, de cómo lloraba cuando le decía que nunca iba a dejarla sola, de cómo notaba yo lo protegida que se sentía a mi lado. Son muchísimos los recuerdos que guardo de esos meses tan duros.

Yo sé que me recuperaré. Agnes se ha recuperado de cosas más graves. Esta anemia que tengo no es nada grave. Todavía me mareo mucho, pero Agnes siempre está ahí para ayudarme. El miércoles, me mareé mucho de repente mientras sostenía en mis manos una bandeja llena de tazas. Ni siquiera me dio tiempo a llamarla. Agnes estaba limpiando una mesa cuando se dio cuenta de que no me encontraba bien. Se giró y me miró mucho antes de que yo tuviese tiempo de llamarla. Lo que más me estremeció y aún me estremece es que no fue necesario que le dijese nada. Ella intuyó que no me encontraba bien y actuó con una rapidez increíble. Enseguida vino hasta mí, con una mano me quitó la bandeja y la dejó en la mesa y con la otra me sostuvo para que no me cayese. Me ayudó a sentarme y permaneció a mi lado hasta que me recuperé, diciéndome que estuviese tranquila, ayudándome a sosegarme, porque es que a mí me afecta mucho marearme. Me siento impotente porque el cuerpo se me va, porque no puedo hacer nada para evitar el mareo, porque noto que el mundo se vuelve loco. Experimento una sensación horrible al sentir que el suelo se balancea, que no puedo mantener el equilibrio y que se me nubla la vista. Cuando me encontré algo mejor, Agnes, literalmente, me dio una cucharada de chocolate. Llenó una cuchara con el chocolate con el que rellenamos los cruasanes y eso me dio la vida, la verdad. Suerte tengo de que no hubiese nadie en ese momento en la cafetería. Eran las dos de la tarde, momento en el que prácticamente nunca viene nadie. Es el momento en el que Agnes y yo aprovechamos para comer juntas.

Tengo que reconocer que los mareos y mi anemia no atenúan la fuerza de la felicidad que siento. Soy muy feliz. Sé que me tengo que cuidar mucho. El doctor Piñeiro me dijo que, si la anemia no remitía, tendrían que investigar de dónde proviene, pero él también confía en que me recuperaré muy pronto. Soy feliz también porque tengo una vida muy bonita y sencilla. No necesito nada más. Me gustaría que no llegase nada más, que el tiempo se detuviese. Quiero que la vida sea siempre esto.

Y para mí es un regalo venir a la aldea. Ayer me emocioné muchísimo cuando llegamos. Tuve que ir corriendo a la habitación de Agnes (en la que dormimos siempre, la que también es ya mía, según me dice ella) porque no pude evitar ponerme a llorar mucho. Agnes vino tras de mí y le confesé que me había emocionado mucho oír cómo Anxos preguntaba si yo no había venido, porque Agnes entró antes que yo a su casa y yo me quedé un momento afuera hablando con Damián, que nos había traído en el coche, evidentemente. Cuando Anxos preguntó por mí, sentí que ella era la madre que me falta, que ella estaba convirtiéndose en la madre que perdí hace mucho tiempo. El cariño con el que me recibió intensificó esa emoción tan bonita y sentir el calor de este hogar tan antiguo y bonito y el silencio que lo inunda todo me desmoronó por completo. Anxos me trata como si me conociese desde siempre, con un cariño y una comprensión mucho más grandes que los que mi propia madre me dedicaba. MI madre me quería mucho, pero era muy severa conmigo. Quería adoctrinarme todo el tiempo sobre los valores de la Iglesia y quería que fuese una hija ejemplar siempre para poder presumir de mí delante de las demás vecinas. Por eso siempre sentí que la decepcionaba continuamente, por eso nunca fui capaz de confesarle que yo no era para nada la hija que ella esperaba tener. Ella me dijo, desde que era una niña, que tenía que casarme con un hombre bueno que me protegiese, esperaba de mí que me casase por la Iglesia y que tuviese hijos. Quería que fuese abogada o médico y que ganase mucho dinero para no pasar nunca ninguna necesidad.

Mi madre sigue viva, pero me temo que no le gustaría nada reencontrarse conmigo y mucho menos descubrir qué tipo de vida llevo. Cuando mi padre murió, ella se volvió mucho más estricta; pero, por suerte, yo ya estaba estudiando en León. Iba los fines de semana a casa y durante la semana vivía en un piso de estudiantes. De esa época casi no le he hablado a nadie porque no la recuerdo con mucho cariño, ya que me sentía muy mal por no poder estar junto a mi padre, quien estaba muy enfermo de cáncer. Murió de cáncer de estómago.  Debido a que mi padre tuvo cáncer de estómago, el doctor Piñeiro me dijo que tendría que hacerme unas pruebas porque ese tipo de cáncer es hereditario, pero esas pruebas me las realicé hace unos años y los resultados no fueron para nada alarmantes. No obstante, tendría que hacerme pruebas periódicamente, y no me las hago.

Ahora no quiero pensar en cosas tan tristes. No sé si a mi madre le gustaría saber de mí, pero yo tampoco sé si quiero saber de ella. Hay algo en mí que me dice que no tengo que volver a verla, que tengo que aceptar que ella nunca más va a estar en mi vida. Y, sin embargo, siento también que Anxos está ocupando el puesto que tendría que ocupar mi madre en mi corazón. Se preocupa por mí con toda sinceridad, es tan buena conmigo que a veces siento que no me lo merezco. Ni siquiera tengo que pensar en que ella me acepta. Aceptar no es una palabra que entre en su diccionario porque tampoco se encuentra en su mente la palabra rechazar.

Y de momento eso es todo lo que tengo que contar. Vivimos muy intensamente cada día. Siempre que llego del trabajo, Agnes y yo nos reencontramos profundamente la una con la otra en momentos que desvanecen el resto del mundo. Nunca dejamos de oír el amor que late en nuestra alma. Continuamente nos decimos “te quiero, te amo” a través de miradas que sólo nosotras sabemos interpretar, a través de silencios que nadie más puede oír, a través de gestos que sólo tienen sentido para nosotras. La forma como nos presionamos la mano en momentos puntuales, la manera como nos sonreímos, el modo como nos hablamos e incluso cómo callamos ciertas cosas que la otra no necesita oír expresan sin cesar lo que sentimos. Es todo tan sincero que nunca dudé de que nuestro amor viviría eternamente.

Y, con este frío tan intenso que está haciendo en Galicia (y sobre todo en Ourense), nos apetece muchísimo bañarnos en las Burgas o estar en casa protegidas del frío, pero también nos gusta sentir este frío tan gélido que hiela las calles. No obstante, Agnes está muy preocupada porque no nieva. Dice que, a estas alturas del invierno, las montañas de Ourense tendrían que estar más nevadas. Me cuenta que, en enero, su aldea estaba cubierta por un manto blanco que los aislaba a todos del resto del mundo y que el Miño estaba helado. Ahora también hay capas de hielo flotando en el río, pero dice Agnes que esta situación no se asemeja para nada a las que ella vivía cuando era pequeña; pero a mí me parece que hace muchísimo frío, que este frío va a helarme la sangre. Lo que me sorprende es que Agnes no se acobarde para nada cada vez que sale de casa a las cinco y media de la mañana. Qué valiente que es.

Y ya voy a dejar de escribir por hoy. Espero haber dejado constancia de lo feliz que soy. Espero que mis palabras hayan estado cargadas todas de buena energía, porque es lo único que siento que tengo dentro de mí: una energía preciosa que me hace brillar.

 

 

 

 

domingo, 6 de enero de 2019

DIARIO DE ARTEMISA: DOMINGO, 6 DE ENERO DE 2019


Domingo, 6 de enero de 2019

Estoy muy nerviosa. Mañana empiezo a trabajar en la cafetería. Al final, Silvia consintió en que mi horario fuese de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Me proponía trabajar de diez a seis, pero ese horario no me gustaba nada porque no me motivaba nada trabajar hasta las seis de la tarde. Agnes estará conmigo enseñándome todo lo que necesito saber, pero desconocer las tareas que tengo que realizar no es lo que más nerviosa me pone. Me pone nerviosa adentrarme en un nuevo trabajo y no saber responder a lo que Agnes y Silvia esperan de mí. Agnes me ha convencido de que va a ser todo muy fácil e incluso me ha transmitido la ilusión que tiene por trabajar juntas. Dice que jamás se imaginó que ella y yo pudiésemos acabar trabajando en el mismo sitio. Yo sé que esto es temporal, que algún día tendremos que volver realidad nuestros proyectos. A mí me gustaría tener un herbolario donde pudiésemos ofrecer terapias alternativas a las personas que no quieren tratarse sólo a través de la medicina tradicional; pero, para llevar a cabo un proyecto así, se requiere la acreditación de esos conocimientos porque no podemos ponernos a tratar a la gente sin tener algo que les asegure a todas esas personas que realmente hemos adquirido legalmente esos conocimientos. La salud de la gente es algo muy importante. También nos gustaría tratar a animales, evidentemente. La salud es importante, sea la de una persona, animal o planta. Mi hermana lleva toda la vida formándose en ese ámbito y ella tiene lo que a mí siempre me habría gustado tener, pero yo he tirado por otros caminos que me han alejado de lo que realmente deseé hacer con mi vida y creo que a Agnes le ocurre exactamente lo mismo. Sinceramente, yo no sé qué narices hace Agnes intentando prepararse unas oposiciones de administrativa del Estado. El estudio de esos temas no la satisface ni la motiva en absoluto y además el contenido de esos temas es totalmente opuesto a lo que ella es. Creo que Agnes no ha nacido para aprender esas cosas tan terrenales y materialistas. No me extraña en absoluto que le cueste ponerse a estudiar. Esos temas no alimentan nada el alma y no le satisface nada aprenderse todo eso porque realmente no le es hermoso, al contrario, le aburre soberanamente y es incapaz de centrarse cuando estudia. Es mucho más satisfactorio para ella y le llena mucho más el alma ensayar para sus conciertos, cantar, tocar y bailar delante de la gente que quiere y que tanto admira observarla formando parte de la música. Y yo entiendo perfectamente que no le quede ánimo para estudiar algo tan aburrido cuando vuelve del trabajo, tan cansada mental y físicamente; pero yo no seré quien la convenza de que se olvide de las oposiciones. Que lo intente. No tiene nada que perder, pero sí es verdad que exigirse tanta concentración la agota muchísimo más de lo que se merece.

Mi hermana se fue esta mañana. Nos marchamos de la aldea a las nueve y a las once ya estábamos en la estación de Ourense para que ella cogiese un tren que la llevaría a Santiago, que es de donde volvía. Me ha dado muchísima pena despedirme de ella, tanto que no he podido evitar ponerme a llorar. En principio, mi hermana iba a quedarse hasta mañana, pero al final nos desveló que le iba mucho mejor volver hoy porque mañana ya empezaría a trabajar, que ya le tocaba después de tantos días de vacaciones como ha tenido. Mi hermana es autónoma y eso le permite no tener obligaciones con nadie, pero también pierde mucho dinero cuando se coge tanto tiempo de vacaciones. No obstante, ella dice que eso no tiene que restringir su felicidad, es decir, ella prefería mil veces estar con nosotras en Galicia antes que seguir ganando dinero lejos de las personas que más quiere en el mundo.

Estos días que hemos compartido han sido hermosísimos, han estado llenos de momentos preciosos y mágicos que nos han unido mucho más y yo creo que a mi hermana la han ayudado a deshacer las emociones tristes que experimentaba hacia Agnes e incluso hacia Galicia. Se ha marchado teniendo el alma llena de energía positiva y de comprensión. Me ha asegurado muchas veces que entiende por qué queremos vivir aquí, que incluso aprueba que vivamos aquí, pero también me ha confesado que la preocupa que vivamos en un lugar donde hace tanto frío. Eso me lo ha dicho riéndose.

Cuando nos hemos despedido en la estación de Ourense, me he echado a llorar sin poder evitarlo y ella me ha abrazado muy fuerte mientras me pedía que no llorase porque entonces iba a ser mucho más difícil para ella separarse de mí. Agnes no ha venido a despedirse de mi hermana porque está mala con la gripe. Ella dice que sólo es un resfriado, pero para nada es sólo un resfriado lo que tiene porque lleva desde el miércoles con mucha fiebre. Cuando volvía a casa después de despedirme de mi hermana, el frío contra el que Casandra no dejaba de intentar protegerse se ha vuelto en mi contra y se ha apoderado de todo mi cuerpo. Saber que no volvería a ver a mi hermana hasta mayo por lo menos (si es que ella no quiere venir antes a Ourense) me ha hecho sentir mucho más helada y he estado llorando hasta que he llegado a casa. No sé por qué me ha dado tanta pena separarme de mi hermana. Sé que volveremos a vernos alguna vez, que podemos mantenernos comunicadas a través del teléfono, del whatsapp e incluso del skype, pero nada de eso me servía de consuelo. Además, mi hermana me ha ayudado mucho a organizar algunas cosas de la casa que Agnes y yo todavía no habíamos organizado. Me ha ayudado a ordenar mejor los armarios e incluso me ha ayudado a llevar a la aldea, a la casa de Iria, algunas cosas de Lúa que Agnes aún no se había atrevido a tocar. Hubo algo que nos estremeció mucho a mi hermana y a mí y es que el otro día, cuando estábamos acumulando algunas cajas para llevarlas a la aldea esa misma mañana (eso ocurrió el miércoles), encontramos una caja toda llena de escritos de Lúa. Lo que nos sorprendió no fue encontrar todos esos escritos, sino el hecho de que Lúa ya hubiese guardado todo eso mucho antes de morir. Yo le pregunté a Agnes si Iria o ella habían guardado todo eso en esas cajas y me dijo que no. Lo primero que nos encontramos en esas cajas fue un papel donde Lúa había escrito algo así como (lo traduciré al castellano porque no recuerdo exactamente las palabras que había escritas): “No quiero que ni mi madre ni mucho menos Agnes tengan que guardar estos folios llenos de tanta tristeza. Prefiero guardarlos yo cuando sé que me queda muy poco tiempo para organizarlo todo antes de morir. No quiero que la muerte me sorprenda antes de que haya reunido mis escritos más tristes, pero tampoco quiero eliminarlos. No deseo que mi voz se pierda tanto en el olvido. Si los elimino, estaré matándome antes de tiempo.”

Me moría de ganas de leer los demás folios que Lúa había llenado con su clara y bonita letra, pero no tuve tiempo y mi hermana me dijo que yo no tenía por qué asomar las narices en sus recuerdos de esa manera, que le correspondía hacerlo a su madre o a Agnes. Agnes no sabe que Lúa escribió tanto, pero yo no quiero que esos escritos se pierdan. Me gustaría leerlos e incluso reunirlos para poder tener más acceso a ella, a lo que fue, a lo que sintió y pensó.

He hecho muchas cosas con mi hermana, entre ellas practicar con el coche de Lúa. Me siento más preparada para examinarme; pero lo haré dentro de un mes. Mientras tanto, iré a la autoescuela para hacer algunas prácticas y así no tengo que molestar tanto a Damián, que el pobre parece que sólo viva para ayudarme a practicar con el coche.

Tengo muchas cosas que contar y no sé por dónde seguir. Mañana, además de empezar a trabajar, iré al médico porque ya tendrán los resultados de los análisis que me hicieron. No conté que, hace más o menos una semana, Agnes consiguió sacarme que no me encuentro bien físicamente. Me dijo que llevaba días observando que estaba más débil de lo habitual, que se había dado cuenta de que me mareaba con nada, aunque yo quisiese ocultárselo. No pude seguir escondiéndole a Agnes que no estoy bien físicamente. Cuando se lo confirmé, se sintió muy mal e incluso estuvo a punto de ponerse a llorar. Me preguntó por qué no le contaba las cosas, por qué le había ocultado algo tan importante, por qué quería protegerla de esa manera. Me dijo que lograba justo todo lo contrario y que no quería que volviese a esconderle algo tan importante. Tiene toda la razón del mundo. A las dos nos preocupa sobre todo que me maree con tanta facilidad y que me siente mal la comida con tanta frecuencia. He llegado a vomitar alguna vez, pero sobre todo siento dolor de barriga y enseguida me lleno, aunque coma muy poco. Mi hermana me dice que estoy embarazada. Evidentemente, eso no puede ser bajo ninguna circunstancia, pero, sinceramente, me encantaría que fuese eso lo que me ocurre, aun que fuese el aire quien me haya dejado embarazada. A mí sí me gustaría ser madre alguna vez, pero Agnes no quiere. Yo creo que Agnes sería una mamá muy buena y dulce. Tal vez alguna vez cambie de opinión.

Mañana saldremos de dudas. Tendré que decirle al médico que también noto que me duelen mucho los huesos cuando camino, algo extrañísimo que nunca me ha ocurrido antes. Estoy muy asustada, pero no quiero decírselo a Agnes porque ella también lo está y no quiero alimentar su miedo. Agnes no me dice nada de eso porque tiene tanto miedo que no puede ni pensar. Yo noto que finge que no le da importancia e incluso me dice que no tengo que preocuparme por nada, que estoy muy bien, que no me ocurre nada, pero sé que no piensa exactamente eso, que piensa todo lo contrario y que tiene más miedo de lo que me quiere transmitir. Mañana ella me acompañará al médico. No le he pedido que me acompañe. Se ha empeñado ella en hacerlo. Me ha dicho que no me dejará sola en ningún momento y que ésa fue la última vez que viví sola una preocupación así tan grande.

Mañana va a ser un día muy importante por muchos motivos. Agnes no irá a trabajar porque todavía está enferma, pero me ha dicho que irá conmigo a la cafetería para ayudarme en todo lo que necesite. Silvia también estará allí porque Agnes no va a ir a primera hora. Silvia es mucho más comprensiva de lo que parecía, sobre todo con Agnes. Ha sido ella quien le ha dicho que no vaya a trabajar tan temprano, que no madrugue tanto si todavía tiene fiebre y tanta tos y mucho menos con el frío que está haciendo en Ourense, que esto en vez de una ciudad parece un congelador, tan helado que está todo por las mañanas y con tantos grados bajo cero, que ha habido hasta cinco grados bajo cero. En la aldeíña esta mañana hacía cero grados. Es increíble que pueda hacer tanto frío en un lugar donde yo he llegado a pasar tanto y tanto calor., me acuerdo del verano pasado cuando estábamos a cuarenta y dos grados por lo menos. Qué curioso.

Estos días con mi hermana han sido muy bonitos, pero también es verdad que, desde que Agnes se puso mala, hemos hecho menos cosas. El jueves fue a trabajar ya encontrándose muy mal porque el miércoles por la noche ya empezó a tener fiebre y mucha tos, pero Agnes es muy cabezona y fue a trabajar a pesar de que Silvia le dijo que no fuese, pero fue, y el jueves fue un día durísimo para ella. Yo creo que tuvo fiebre durante todo el día. Por la tarde, cuando llegó, descubrimos que estaba a treinta y ocho por lo menos y desde entonces no ha bajado de esa temperatura. Además, es terca como una mula y no quiere tomarse medicinas. Su madre la convenció el viernes de que se tomase un triste Paracetamol. Yo tampoco estoy de acuerdo con tratarnos con ese tipo de medicinas, pero hay ocasiones en las que es necesario ceder un poco y olvidarnos un tanto de nuestra ideología, pero es que lo hizo porque tenía casi cuarenta y no había manera de que la fiebre le bajase por muchos remedios caseros que le hiciésemos.

También es verdad que Agnes ha estado muy bien tratada en todo momento y eso le impedía deshacerse en llanto, que siempre se pone muy sensible cuando se enferma. Su madre ha estado con ella como nunca la he visto y en la aldeíña hemos estado muy protegidas del frío porque hemos pasado el fin de semana en torno  a la lareira.

Pues creo que eso es lo más importante que tengo que contar. Escribiré cuando pueda explicando cómo ha ido el día de mañana y cómo han salido mis análisis. Ojalá no sea nada, por favor. Nunca he sentido tanto miedo por mi salud. Ahora me arrepiento de tantas cosas... Me arrepiento de haber intentado quitarme la vida hace unos meses, pero también entiendo que la mente te puede traicionar muchísimo cuando estás tan mal. Ay, por favor, que no sea nada...

sábado, 5 de enero de 2019

DIARIO DE AGNES: VENRES, 4 DE XANEIRO DE 2019


Venres, 4 de xaneiro de 2019

Arestora encóntrome rodeada polo silencio máis profundo, un silencio que só creban as voces de Casandra, da miña nai e de Artemisa, que están na cociña falando arredor da lareira. Eu estou no meu cuarto, na camiña, e non estou eiquí porque non me apeteza estar con elas falando na cociña, senón porque estou maliña cun arrefriado horríbel, con febre, moita tose e mocos e sen as ganas mínimas de moverme. Dóeme todo o corpo e mesmo me custa respirar. Non podo case falar porque afogo falando e apenas me sae a voz. Hoxe non fun traballar. Silvia entendeu perfectamente que non puidese ir. Onte, cando veu pola mañá para falar comigo e tamén con Artemisa, xa se decatou de que non me encontraba ben. Onte foi un día moi duro e coido que o mal que me encontraba reflectíase na miña faciana sen que eu o puidese evitar.

Vou escribir pouquiño porque me custa moito fixarme nas letras que me saen, que nin tan sequera sei como teño azos para escribir. Sáeme unha letra moi estraña. A miña caligrafía reflicte o feble que estou e que me sinto. Síntome feble fisicamente, pero non animicamente. Animicamente non me sinto feble porque me acho absolutamente en paz co mundo, co meu redor. Estou protexida pola antiga señardade que mora na aldeíña e polo agarimo das persoas que me queren. A miña nai non fixo máis que coidarme dende que entrei na casa. Non tiñamos pensado vir á aldeíña, pero a miña nai pediulle a Artemisa que me convencese de que fósemos porque ela me quería coidar e iso fixo cos seus caldiños riquísimos e co seu agarimo. Agora acaba de saír do meu cuarto tras aloumiñarme e cubrirme coa mantiña e tamén tras asegurarse de que todo estaba ben. Sentir os cálidos acenos da miña nai, sentir que ela me coida e sobre todo que ela me teña aínda por unha cativiña malia medrar tanto xa faime sentir coma se o tempo non tivese pasado. Que pracenteira é a sensación de sentirse coidada. Lembro de todas isas veces nas que ninguén me coidou durante anos malia sentirme tan mal que nin tan sequera eu sabía que facer para que ise malestar non me vencese. Non falo dun malestar físico, senón anímico, un malestar psicolóxico que creo eu que non ten comparación con ren. Si hai doenzas terríbeis que parecen poder rematar coa nosa vida nun intre, pero ise malestar psicolóxico... E canto precisei que me coidase alguén, que alguén me protexese entre os seus brazos e me aloumiñase como o fixo a miña nai ista tarde en canto estiven ao seu lado. Agora encóntrome moito mellor que ista mañá e que onte á noite, cando cada vez tiña máis febre. Artemisa tamén me coida moito e moi agarimosamente. Non o deixa de facer. Non o deixou de facer dende que comecei a me encontrar mal. Está pendente de min en cada momento e dáme todo o que preciso. Eu agradézollo tanto... Cando estou doentiña, póñome moito máis sensible e dou en pensar en tantas cousas... pero tamén sinto calma. É estraña a sensación de estar doentiña e á vez sentirme en calma. Non ten moito senso, pero síntome eisí porque non teño nin un só motivo para crer que estou desprotexida. Poderiamos ter quedado en Ourense, pero si é certo que me apetecía moito vir á aldeíña. Dábame moita preguiza vir sobre todo porque me cría incapaz de saír de casa. Vai un frío terríbel que converte Ourense nunha neveira e na aldeíña tamén fai moitísimo frío. Polas noites e polas mañás atopámonos a menos de cero graos e todo está xeado. Eu pensaba que iste ano non vería o inverno de Ourense porque as temperaturas que ían nistas últimas semanas non eran as temperaturas propias do inverno, pero de súpeto comezou a facer moito frío, cada vez máis frío. Coido eu que o terríbel arrefriado que teño collino o luns pola noite por estar en tirantes na rúa danzando cando estabamos a case cero graos. Eu non notaba o frío porque bebera moito e porque o baile sempre nos saca o frío de enriba, pero si me decataba de que nos meus osos había moito frío e que en realidade, malia non sentilo, tiña o frío instalado en todas as partes do meu corpo. Lembro de que, cando fomos durmir Artemisa e máis eu, sentín unha sensación infinitamente agradábel cando ela me abrazou e nos protexemos xuntas baixo as mantas e xa o martes pola mañá descubrín que o bailar na rúa case sen estar abrigada traeríame malas consecuencias. Merézoo, pero tampouco me arrepinto de danzar eisí e de gozar como gocei disa noite; a que case quedou envolta en brétemas na miña memoria. Agora paréceme que calquera lembranza é imprecisa na miña memoria. Coido que é a febre a que fai que todo sexa neboento na miña mente.

Artemisa comezará a traballar na cafetaría a partir do luns sete. Dáme moitísima ilusión que ela e máis eu traballemos no mesmo sitio. Nunca crin que iso puidese ocorrer. Silvia xa botou fóra a María, quen, por certo, me chamou o mércores pola tarde para me dicir que non podía crer que Silvia lle fixese iso, que me botaría moito en falla e que estaba moi decepcionada connosco porque non lle deramos unha oportunidade para facer mellor as cousas. Eu non lle dixen que, en realidade, non quería que Silvia a botase fóra porque tampouco quería deixar mal a Silvia. Eu si estaría de acordo en que lle désemos outra oportunidade para facer mellor as cousas, pero iso non pode ser xa.

Artemisa traballará dende as nove da mañá ata as cinco da tarde. Comezará tres horas máis tarde ca min e eu rematarei antes ca ela. Coido que lle irá moi ben porque Artemisa está chea de luz e seguramente a xente empezará a querela axiña. É imposíbel non querer a Artemisa. Dixen hai pouco que Lúa era unha disas persoas que non podían caer mal a ninguén. Pois Artemisa é así tamén. É imposíbel que non queiran a Artemisa. É unha muller chea toda de luz, de maxia, ten a ialma chea dunha enerxía tan bonita que consegue alumear todos os recunchos sombríos da vida. Calquera lugar onde Artemisa estea convértese nun paraíso.

Casandra marcha o luns. Dáme mágoa que se vaia. A Artemisa tamén lle ocorre. Non me deixa de dicir que non quere que se marche, que lle gustaría que quedase eiquí máis días. Eu enténdoa. Lévase tan ben coa súa irmá que parece imposíbel que poidan vivir separadas, pero sei que o viviren lonxe non as vai distanciar. Non obstante, penso eu que a meirande parte da súa vida pasárona separadas, pero é unha mágoa que esteamos tan lonxe. Eu tiña a esperanza de que Casandra namorase do meu curmán e que quixese vir vivir a Galicia para estar con el, pero non sei se iso ocorrerá algunha vez. Polo que Artemisa e máis eu temos observado, Casandra e Gabriel, o meu curmán, lévanse moi ben e son cada vez máis amigos. Coido que teñen moitas cousas en común e mesmo os seus carácteres son semellantes. Seica algunha vez si namoren... pero eu creo que o meu curmán si sente algo por Casandra. Non nolo dixo a ninguén e sei que non llo diría nin tan sequera ao seu pai, ao meu tío Damián. Tempo ao tempo... Só o tempo é quen desvela as cousas.

E iso é o máis importante que teño que contar. Non pasou ren máis que deba de ser salientado. Estou moi ben, esperanzada e contenta. Vou leda pola miña vida e non o podo evitar. Malia estar maliña, síntome moi agradecida, feliz e estábel, moi estábel. Estou segura de que cada vez estarei mellor. Non sei se me curei do todo, pero agora paréceme que nunca estiven doente, que sempre gocei dista estabilidade anímica que agora teño. Si é certo que me pon tristeiriña que Lúa non estea eiquí, pero a morte dun ser querido nunca nos deixará de poñer tristeiriños, por moi felices que sexamos. Sempre lembraremos con tristura e agarimo aos que marcharon para sempre porque o seu amor nunca morrerá, nin o que eles sentiron por nós nin o que nós sentimos por eles. Os sentimentos non morren nunca se son fortes, se foron fortes, e eu quixen a Lúa de verdade. Tamén é certo que me podo sentir moi esgotada, pero nin a tristura nin o cansazo farán que a miña vida perda forza, que a luz que agora alumea toda a miña vida se esvaeza.

E xa irei durmir. Artemisa xa está eiquí no cuarto.

Só quero rematar cunha palabra... Grazas. Nunca temos que deixar de dar as grazas por todo. Grazas.



Viernes, 4 de enero de 2019
Ahora mismo me encuentro rodeada por el silencio más profundo, un silencio que sólo quiebran las voces de Casandra, de mi madre y de Artemisa, que están en la cocina hablando alrededor de la lareira. Yo estoy en mi cuarto, en la camiña, y no estoy aquí porque no me apetezca estar con ellas hablando en la cocina, sino porque estoy maliña con un resfriado horrible, con fiebre, mucha tos y mocos y sin las ganas mínimas de moverme. Me duele todo el cuerpo e incluso me cuesta respirar. No puedo casi hablar porque me ahogo hablando y apenas me sale la voz. Hoy no he ido a trabajar. Silvia entendió perfectamente que no pudiese ir. Ayer, cuando vino por la mañana para hablar conmigo y también con Artemisa, ya se percató de que no me encontraba bien. Ayer fue un día muy duro y creo que lo mal que me encontraba se me reflejaba en la cara sin que yo pudiese evitarlo.
Voy a escribir poquiño porque me cuesta mucho fijarme en las letras que me salen, que ni tan siquiera sé cómo tengo fuerzas para escribir. Me sale una letra muy extraña. Mi caligrafía refleja lo débil que estoy y que me siento. Me siento débil físicamente, pero no anímicamente. Anímicamente no me siento débil porque me hallo absolutamente en paz con el mundo, con mi alrededor. Estoy protegida por la antigua soledad que mora en la aldeíña y por el cariño de las personas que me quieren. Mi madre no ha hecho más que cuidarme desde que entré en casa. No teníamos pensado venir a la aldeíña, pero mi madre le pidió a Artemisa que me convenciese de que fuésemos porque ella quería cuidarme y eso ha hecho con sus caldiños riquísimos y con su cariño. Ahora acaba de salir de mi cuarto tras mimarme y cubrirme con la mantiña y también tras asegurarse de que todo estaba bien. Sentir los cálidos gestos de mi madre, sentir que ella me cuida y sobre todo que ella me tenga aún por una niña a pesar de haber crecido tanto ya me hace sentir como si el tiempo no hubiese pasado. Qué placentera es la sensación de sentirse cuidada. Me acuerdo de todas esas veces en las que nadie me cuidó durante años a pesar de sentirme tan mal que ni tan siquiera yo sabía qué hacer para que ese malestar no me venciese. No hablo de un malestar físico, sino anímico, un malestar psicológico que creo yo que no tiene comparación con nada. Sí hay enfermedades terribles que parecen poder acabar con nuestra vida en un instante, pero ese malestar psicológico... Y cuánto necesité que me cuidase alguien, que alguien me protegiese entre sus brazos y me mimase como lo ha hecho mi madre esta tarde en cuanto estuve a su lado. Ahora me encuentro mucho mejor que esta mañana y que ayer por la noche, cuando cada vez tenía más fiebre. Artemisa también me cuida mucho y muy cariñosamente. No deja de hacerlo. No ha dejado de hacerlo desde que empecé a encontrarme mal. Está pendiente de mí en cada momento y me da todo lo que necesito. Yo se lo agradezco tanto... Cuando estoy maliña, me pongo mucho más sensible y me da por pensar en tantas cosas... pero también siento calma. Es extraña la sensación de estar maliña y a la vez sentirme en calma. No tiene mucho sentido, pero me siento así porque no tengo ni un sólo motivo para creer que estoy desprotegida. Podríamos habernos quedado en Ourense, pero sí es cierto que me apetecía mucho venir a la aldeíña. Me daba mucha pereza venir sobre todo porque me creía incapaz de salir de casa. Hace un frío terrible que convierte Ourense en una nevera y en la aldeíña también hace muchísimo frío. Por las noches y por las mañanas nos encontramos a menos de cero grados y todo está helado. Yo pensaba que este año no vería el invierno de Ourense porque las temperaturas que hacía en estas últimas semanas no eran las temperaturas propias del invierno, pero de repente comenzó a hacer mucho frío, cada vez más frío. Creo yo que el terrible resfriado que tengo lo cogí el lunes por la noche por estar en tirantes en la calle bailando cuando estábamos a casi cero grados. Yo no notaba el frío porque había bebido mucho y porque el baile siempre nos quita el frío de encima, pero sí me daba cuenta de que en mis huesos había mucho frío y que en realidad, pese a no sentirlo,  tenía el frío instalado en todas las partes de mi cuerpo. Me acuerdo de que, cuando nos fuimos a dormir Artemisa y yo, sentí una sensación infinitamente agradable cuando ella me abrazó y nos protegimos juntas bajo las mantas y ya el martes por la mañana descubrí que el bailar en la calle casi sin estar abrigada me traería malas consecuencias. Me lo merezco, pero tampoco me arrepiento de bailar así y de disfrutar como disfruté de esa noche, la que ha quedado envuelta en brumas en mi memoria. Ahora me parece que cualquier recuerdo es impreciso en mi memoria. Creo que es la fiebre la que hace que todo sea nebuloso en mi mente.
Artemisa comenzará a trabajar en la cafetería a partir del lunes siete. Me hace muchísima ilusión que ella y yo trabajemos en el mismo sitio. Nunca creí que eso pudiese ocurrir. Silvia ya echó a María, quien, por cierto, me llamó el miércoles por la tarde para decirme que no podía creerse que Silvia le hubiese hecho eso, que me echaría mucho de menos y que estaba muy decepcionada con nosotras porque no le habíamos dado una oportunidad para hacer mejor las cosas. Yo no le dije que, en realidad, no quería que Silvia la echase porque tampoco quería dejar mal a Silvia. Yo sí habría estado de acuerdo en que le hubiésemos dado otra oportunidad para hacer mejor las cosas, pero eso no puede ser ya.
Artemisa trabajará desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Comenzará tres horas más tarde que yo y yo acabaré antes que ella. Creo que le irá muy bien porque Artemisa está llena de luz y seguramente la gente empezará a quererla enseguida. Es imposible no querer a Artemisa. Dije hace poco que Lúa era una de esas personas que no podían caer mal a nadie. Pues Artemisa es así también. Es imposible que no quieran a Artemisa. Es una mujer llena toda de luz, de magia, tiene el alma llena de una energía tan bonita que consigue iluminar todos los rincones sombríos de la vida. Cualquier lugar en el que Artemisa esté se convierte en un paraíso.
Casandra se marcha el lunes. Me da pena que se vaya. A Artemisa también le ocurre. No deja de decirme que no quiere que se marche, que le gustaría que se quedase aquí más días. Yo la entiendo. Se lleva tan bien con su hermana que parece imposible que puedan vivir separadas, pero sé que vivir lejos no va a distanciarlas. No obstante, pienso yo que la mayor parte de su vida la pasaron separadas, pero es una lástima que estemos tan lejos. Yo tenía la esperanza de que Casandra se enamorase de mi primo y que quisiese venir a vivir a Galicia para estar con él, pero no sé si eso ocurrirá alguna vez. Por lo que Artemisa y yo tenemos observado, Casandra y Gabriel, mi primo, se llevan muy bien y son cada vez más amigos. Creo que tienen muchas cosas en común e incluso sus caracteres son semejantes. Quizás alguna vez sí se enamoren... pero yo creo que mi primo sí siente algo por Casandra. No nos lo ha dicho a nadie y sé que no se lo diría ni tan siquiera a su padre, a mi tío Damián. Tiempo al tiempo... Sólo el tiempo es quien desvela las cosas.
Y eso es lo más importante que tengo que contar. No ha pasado nada más que deba ser resaltado. Estoy muy bien, esperanzada y contenta. Voy feliz por mi vida y no puedo evitarlo. A pesar de estar maliña, me siento muy agradecida, feliz y estable, muy estable. Estoy segura de que cada vez estaré mejor. No sé si me he curado del todo, pero ahora me parece que nunca estuve enferma, que siempre disfruté de esta estabilidad anímica que ahora tengo. Sí es cierto que me pone tristiña que Lúa no esté aquí, pero la muerte de un ser querido nunca dejará de ponernos tristiños, por muy felices que seamos. Siempre rememoraremos con tristeza y cariño a los que se marcharon para siempre porque su amor nunca morirá, ni lo que ellos sintieron por nosotros ni lo que nosotros sentimos por ellos. Los sentimientos no mueren nunca si son fuertes, si fueron fuertes, y yo quise a Lúa de verdad. También es cierto que puedo sentirme muy agotada, pero ni la tristeza ni el cansancio harán que mi vida pierda fuerza, que la luz que ahora ilumina toda mi vida se desvanezca.
Y ya me iré a dormir. Artemisa está aquí en el cuarto.
Sólo quiero acabar con una palabra... Gracias. Nunca tenemos que dejar de dar las gracias por todo. Gracias.
 


martes, 1 de enero de 2019

DIARIO DE ARTEMISA: MARTES, 1 DE ENERO DE 2019


Martes, 1 de enero de 2019

Estoy escribiendo junto a la lareira. Estoy muy a gusto ahora mismo, sintiendo el calor del fuego y protegida por el silencio que mora en la aldea, siempre que no se celebran fiestas, evidentemente, porque, cuando celebramos algo aquí, ese silencio desaparece y es como si nunca hubiese existido. Todo se llena de música, de alegría, de cantos, del sonido de la gaita, del repicar de los tambores y las panderetas que todos tocan, de las risas de todos, de la felicidad que todos compartimos. Todas las fiestas que he celebrado en la aldea junto a Agnes y los demás vecinos me han parecido de otra época e incluso de otro mundo. Es impresionante que todo siga igual después de tanto tiempo como ha pasado, después de tantos años. Me impresiona mucho darme cuenta de que se celebran las mismas fiestas que hace más de un siglo. Es como si todos los que viven aquí y los que conocen este lugar tuviesen en el alma el recuerdo de todas esas personas que vivieron aquí hace muchísimos años. Pienso muchas cosas mientras formo parte de esos eventos tan importantes, que tanta hermosura tienen, que tan mágicos y bonitos me parecen. Celebrar la Nochevieja aquí en la aldea ha sido algo increíble. No sé si podré explicar todo lo que hemos vivido en estas horas. Creo que no se puede describir algo tan hermoso que contiene tanta fuerza, que tanta energía positiva nos ha entregado a todos. Yo siento que, siempre que vivo el fin de un año, entran en mi alma nuevas energías, me cambia incluso la forma de ver las cosas y quedan atrás sensaciones que oscurecían mi vida. Desaparece la negatividad que a veces nos impide detectar la luz, que apaga nuestras esperanzas y que nos hace creer que nada va a salir bien. Después, conforme el año va avanzando, nacen otras sensaciones, nace otro tipo de negatividad, pero es distinta, ésta surge de lo que vamos viviendo.

Ayer, cuando llegamos a la aldea (más tarde de lo que teníamos pensado porque nos entretuvimos mucho arreglándonos, peinándonos y maquillándonos y además yo ayudé a Agnes a peinarse), Anxos nos recibió con mucha ilusión. Enseguida me di cuenta de que todos estábamos muy emocionados, con las emociones a flor de piel, porque Anxos tenía los ojos cristalinos cuando se acercó a nosotras para darnos la bienvenida e Iria, la madre de Lúa, no pudo evitar emocionarse cuando abrazó a Agnes. Damián estaba muy risueño y feliz y los demás vecinos de la aldea (que no son muchos, básicamente pertenecen todos a la familia de Agnes, entre hermanos de Anxos y Damián y algunos hermanos de Iria) se reían con cualquier cosa que decíamos y también estaban todos muy nerviosos. Yo notaba que querían que todo estuviese perfecto, que no faltase nada, que en la mesa hubiese siempre vino, agua y comida, que nadie tuviese el plato ni la copa vacíos, que nadie pudiese echar en falta nada. Sonaba la música siempre porque, al principio, mientras cenábamos, la tuvimos puesta en un altavoz que yo traje y, después, cuando nos tomamos las uvas, Damián y Agnes empezaron a tocar, él la gaita y Agnes, la pandereta, claro, mientras los demás se unían a sus cantos y todo se llenó de euforia, de alegría, de emoción. Después de cenar, nos pusimos todos a preparar las uvas y también esos momentos estuvieron llenos de sencillez. Cada uno de nosotros fue hablando de lo que habíamos vivido este año que se iba y de lo que esperábamos que llegase con el año que ha empezado ya. Anxos y Damián coincidieron en que lo mejor que había ocurrido este año 2018 (e incluso dijeron en muchos años) había sido la vuelta de Agnes, que lo mejor que podía ocurrirles era que Agnes regresase. También dijeron que llevaban muchos años deseando que Agnes estuviese junto a ellos al empezar un nuevo año, que, siempre que terminaba un año sin ella, deseaban que ése fuese el último que terminaba sin que ella estuviese en su tierra. Anxos nos confesó que siempre supo que Agnes deseaba volver. Siempre supo que ella estaba viva, pero no sabía dónde buscarla. Nos dijo que siempre sintió que su hija anhelaba volver, que no podía vivir más tiempo lejos de Galicia y que en su propia alma experimentaba el fuerte deseo de volver de Agnes. Reconoció delante de todos que tenerla lejos y la añoranza de su propia hija la enfermaron a ella también, pero la esperanza de que ella volviese algún día era la fuerza que la impulsaba a seguir luchando por su vida. Anxos nos dijo que ella siempre supo que Agnes regresaría y que eso era lo único que le importaba. Después, Iria habló de su hija, de Lúa, intentando que sus palabras sonasen claras. Más o menos dijo que, el año pasado, cuando terminó el 2017, intuía que Lúa no volvería a compartir con ellos un fin de año, que, conforme se acercaba el mes de octubre, sentía que crecía esa intuición con la que comenzó el año. Nos confesó que no podía sentirse feliz porque su hija no estaba con nosotros, pero que eso no le impedía disfrutar de esos momentos tan mágicos y bonitos. Nos dijo que éstos merecían la pena porque estábamos a su lado y que también la alegraba y la calmaba que Agnes hubiese vuelto. Del regreso de Agnes hablaron todos los habitantes de la aldea, la verdad. No hubo nadie que no dijese nada sobre Agnes. Fueron muchísimas las cosas bonitas que dijeron, que nosotros dijimos. Yo fui la última en hablar, pero porque así lo pedí. Pedí que hablasen todos antes que yo porque yo necesitaba muchísimo pensar en lo que iba a decir. Más o menos dije que me sentía muy feliz porque Agnes era feliz, porque estábamos al fin en Galicia. Les conté que yo siempre había sido testigo de cuánto Agnes deseaba volver a su tierra, que yo siempre había convivido con la morriña de Agnes y que muchísimas veces me había costado animarla, que sabía que teníamos que vivir en Galicia, pero que hasta este año no me había sentido capaz de dejarlo todo para venir aquí. Le pedí perdón a Agnes delante de todos reconociéndole que había sido muy egoísta, que tendría que haberle hecho caso la primera vez que ella me pidió que iniciásemos una nueva vida en Galicia. Agnes me dijo que no tenía nada que perdonarme, que nunca me había guardado rencor por nada y que lo que más importaba era que estábamos las dos allí, viviendo una vida preciosa llena de bendiciones. Me emocioné muchísimo cuando Agnes dijo que lo más bonito de todo era que yo amase ese lugar del mundo que ella adoraba tanto, lejos del cual no es capaz de vivir, que compartir conmigo su vida es lo más mágico que le puede pasar y que es la mujer más feliz del mundo a mi lado. Entonces, en esos momentos, después de que Agnes dijese eso, Gabriel, el primo de Agnes con el que Casandra se lleva tan bien, preguntó: “¿y la boda para cuándo?” Todos nos echamos a reír y yo sentía que me ardían las mejillas. Agnes dijo: “para iste ano que entra”. Yo me quedé paralizada al oír sus palabras, sin saber qué decir. Sí es cierto que le pedí que se casase conmigo hace unos meses, pero ya no volvimos a hablar del tema desde lo que ocurrió con Lúa. Ahora siento que queremos recuperar esa conversación y que en realidad el propósito de casarnos nunca desapareció. Lo que ocurre es que ayer Agnes iba como iba y estaba tan contenta que no sé si lo decía de verdad, pero tiene mucho sentido que queramos casarnos después de todo, ya no sólo porque nos amemos, sino también porque queremos que legalmente ninguna de las dos se quede desprotegida si a la otra le sucede algo; que eso no va a ocurrir nunca, al menos por el momento, o yo no quiero que pase. Ojalá, cuando llegue el fin de nuestra vida, podamos irnos a la vez de este mundo, así ninguna de las dos tendrá que sufrir la ausencia de la otra. No obstante, no quiero hablar de cosas tan tristes cuando tengo tantos momentos bonitos que contar.

Comernos las uvas en la plaza de la aldea siguiendo las campanadas de la pequeña iglesia que hay aquí fue algo muy especial. Yo le propuse a Agnes que nos tomásemos las uvas en Ourense, pero ella me dijo que prefería vivir ese momento en la aldea y en realidad tenía muchos motivos para preferirlo. Estuvimos sólo nosotros aquí, haciendo la fiesta que más nos apetecía hacer, sin que nadie interrumpiese nuestros propósitos.

Sin duda, el momento más bonito y emotivo de la noche fue cuando Agnes y Anxos se abrazaron al terminar de tomarnos las uvas. Agnes empezó a llorar muchísimo en cuanto su madre la abrazó mientras le deseaba feliz año nuevo con su cariñosa manera de hablar, mientras a ella también se le llenaban los ojos de lágrimas al percatarse de que su hija estaba tan emocionada. Todos nos quedamos observándolas con el corazón lleno de ternura y con los ojos cristalinos. Yo tuve que esforzarme por no ponerme a llorar. Me parecía muy bonito ver a Agnes y a su madre tan emocionadas y entendía perfectamente que estuviesen así, tan deshechas de felicidad. Además, sentía una envidia sana al verlas tan unidas porque a mí también me gustaría llevarme tan bien con mi madre, pero lo que más siento es alegría. Me alegro muchísimo de que Agnes pueda compartir con su madre esos momentos tan importantes. Sí siento vértigo al imaginarme el hipotético caso de que hubiésemos tenido que vivir el fin de año otra vez en Barcelona. No sé si Agnes sería capaz de celebrar nada si aún estuviésemos viviendo allí.

Agnes me ha confesado esta mañana que no pudo luchar contra ese llanto tan potente, que lo único que podía hacer era llorar, que la invadió una emoción tan fuerte que le arrancó incluso la razón por unos breves momentos, que lo único que experimentaba eran ganas de llorar, que no podía sentir nada más que esa emoción tan devastadora, pero se trataba de una emoción bonita porque nacía de la felicidad más brillante. Era tan feliz en esos momentos que no podía dominar sus emociones ni las reacciones de su alma. Eso me parece muy bonito. Creo que nunca he visto a nadie llorar de alegría de esa forma.

También tengo que reconocer que bebimos mucho, pero, como siempre, Agnes bebió más que yo. También es verdad que a ella le sube antes que a mí y tal vez yo bebiese más que ella, pero, como a ella le afecta el doble que a mí, pues parece que ella beba más; pero tiene la suerte de que no le sienta realmente mal. Sí es verdad que durante la noche desapareció unas cuantas veces de un modo muy sospechoso, pero esta mañana me ha dicho que no se acuerda de nada de eso. También nos hemos levantado más pronto de lo que tendríamos que habernos levantado porque nos fuimos a dormir muy tarde, por lo menos a las cinco o seis de la mañana, y nos hemos levantado a las once. Lo primero que Agnes me ha dicho al abrir los ojos ha sido: “ai, Artemisiña, dóeme a gorxa”, que quiere decir que le dolía la garganta. Yo le he preguntado si no le dolía también la cabeza y me ha dicho que no. Luego ha rectificado y ha dicho: “bueno, un pouquiño”. Se ha pasado todo el día junto a la lumbre, leyendo, escribiendo o simplemente descansando. Su madre dice que sí tiene una buena resaca y que no quiere reconocérnoslo. Me lo decía susurrando mientras intentaba reprimirse la risa. Yo creo que, además de tener algo de resaca, creo que está incubando algo porque tiene demasiado frío y le duele la garganta. Traerá consecuencias estar en tirantes a las tantas de la madrugada en la calle cuando había como máximo tres grados. Está haciendo muchísimo frío en la aldea, mucho más que en Ourense; pero Agnes me decía que ni notaba el frío; pero su cuerpo sí lo notaba. Me da mucha pena que mañana tenga que ir a trabajar y sobre todo porque sé que va a salirle un buen resfriado. La conozco mucho, sé cuándo se va a poner mala y conozco cuándo de verdad no se encuentra bien, por mucho que me lo quiera ocultar.

De mi hermana también quiero hablar mucho. Ella, durante todos estos días que lleva en Galicia, me ha hablado mucho de su vida. Me ha contado que ha tenido muchas aventuras durante estos últimos meses, que no quiere tener pareja porque no se fía de nadie, pero que sí necesitaba “darse alegrías”, como lo dice ella, que el hecho de no querer tener pareja no significa que tenga que renunciar al sexo. Mi hermana es así, qué se le va a hacer. Yo no actuaría como ella, es decir, a mí me costaría mucho estar con alguien compartiendo tanto de mí para que luego esa persona desaparezca; pero ella sí puede hacer eso. Me ha hablado de un hombre con el que quedó varias veces durante unos dos meses o así y que se lo pasaba muy bien con él. Luego se enteró de que estaba casado y con hijos y todo. Le dio asco y ya no quiso saber nada más de él. Me ha dicho que ha ido quedando con algunas personas, pero que no ha ocurrido nada que deba ser resaltado. No obstante, me ha dicho que no se quiere enamorar de nadie porque no quiere que la decepcionen otra vez, pero que sabe que esas cosas no se pueden evitar. Yo he sido capaz de preguntarle por Gabriel, el primo de Agnes, y se ha puesto colorada como una adolescente. Me ha dicho que le parece un hombre muy interesante, que le parece que es muy buena persona y que están de acuerdo en muchísimas cosas; pero también me ha dicho que sabe que una relación con él no es factible porque él no se iría a ningún sitio por ella porque dice que quiere estar cerca de su padre y ella no se imagina viviendo lejos de Cataluña, aunque también me ha dicho que, si estuviese realmente enamorada, no se pensaría mucho las cosas, pero que no, que no quiere tener nada con nadie y punto, que sólo quiere tenerlo como amigo, pero no la creo en absoluto. No creo ni una sola de sus palabras.

Yo no quiero que terminen estas fiestas porque no quiero que mi hermana se vaya. Me siento muy feliz ahora porque tengo a mi lado a las personas que más quiero del mundo y me encanta que mi hermana esté aquí. Además, ella ya se ha deshecho de todas esas emociones injustas que experimentaba hacia la vida que Agnes y yo tenemos aquí y me ha dicho que de veras se alegra de que estemos tan bien, que se nota mucho que nos amamos de verdad, que eso tiene mucho valor y que es lo que más importa.

Ahora dejaré de escribir ya porque me apetece estar un ratito hablando con Agnes, que también está escribiendo. No tiene nada de ganas de ir a Ourense, sobre todo porque le da mucha pereza separarse del calor del fuego y porque mañana tiene que ir a trabajar. Con respecto al tema de la cafetería, tengo que contar varias cosas. Yo creo que al final acabaré trabajando allí mientras no encuentre otra cosa mejor. No me desagrada para nada la idea de trabajar junto a Agnes, eso es lo que más me apetece, la verdad. Tendría un horario diferente al de ella. Empezaría a las nueve de la mañana y acabaría a las cinco de la tarde. Preferiría tener otro horario, pero no voy a exigir nada. Silvia dice que ella sí puede ocuparse de la cafetería por las tardes porque su pareja trabaja también por las tardes y así, por lo menos, están juntos por las mañanas. Ninguna de las dos conoce a la pareja de Silvia. No sabemos cómo es y no quiere hablarnos mucho de sus relaciones. Qué extraño... Lo que me extraña es que todavía no tenga hijos. No creo que los vaya a tener ya. Es mayor que nosotras, más que Lúa incluso.

Pues eso es todo por hoy. De verdad, me siento muy esperanzada y feliz por haber compartido unos momentos tan bonitos aquí en la aldea con Agnes y mi hermana y también con los demás vecinos de la aldea. Soy realmente afortunada. Y también sé que este año va a estar lleno de cosas buenas.
 
 

DIARIO DE AGNES: MARTES, 1 DE XANEIRO DE 2019


Martes, 1 de xaneiro de 2019

Deséxolles feliz ano novo a todas as persoas que me coñecen, pero tamén á miña terra, a cada recuncho do mundo no que haxa algo de min. Gustaríame que fose un ano bo para todos os que o merecen e que no mundo non houbese problemas. Non entendo por que ten que haber tantos problemas no mundo e na vida. Emporiso, habemos de agradecer ter a sorte de podermos construír o noso propio mundo e debemos de conseguir que nise mundo noso non haxa problemas sen sentido ou insignificantes que, en realidade, non teñen tanta importancia como lles damos nós.

Non só quero desexar o mellor para todas as persoas que coñezo, senón tamén quero dar as grazas por poder ter a vida que teño. Durante moito tempo, soñei moitísimo coa vida na que agora me atopo e, á fin, isa vida converteuse en realidade. Moitas son as ocasións nas que me descubro sentíndome incapaz de crer que esta vida sexa real. É demasiado fermosa para que o sexa. Tamén quero dar as grazas á vida por darme outra oportunidade para estar con Artemisa. Son moi afortunada por ter ao meu lado unha muller tan marabillosa e máxica. Moitas veces, Artemisa faime lembrar que a vida é moito máis máxica do que penso. A rutina, ás veces, fainos esquecer o bonita que é a vida e todas isas cousas máxicas que fan que esta brile. Artemisa é quen me invita a darlles importancia a isas cousas que para a meirande parte da xente non teñen importancia. Teño que recoñecer que eu estou máis lonxe que nunca das miñas crenzas. Arestora non teño a necesidade de celebrar o que creo e tamén é certo que, dende fóra, parece que perdese as miñas crenzas, pero iso non é do todo verdade. O que si coido que me ocorre é que, ao estar en Galicia, isa parte de min que tanto precisaba atopar respostas e tamén conectarse coa ialma do mundo está máis satisfeita, está chea da poderosa enerxía da miña terra. A conexión que eu tiña coa Deusa agora téñoa con Galicia e iso éncheme tanto que moitas veces si esquezo que podemos celebrar rituais e as festas tal como as celebrabamos antes. Non o preciso tanto como antes, pero iso non quere dicir que xa perdese as miñas crenzas. Eu sigo tendo moi claro quen é a nai do mundo, a quen nos temos que dirixir cando precisamos falar cun espírito superior a nós. Artemisa preguntoume moitas veces se xa non cría na Deusa e eu sempre lle contesto o mesmo. Xaora que sigo crendo. O que ocorre é que agora necesito menos celebrar todos ises rituais que celebrabamos antes para renovar a nosa enerxía ou para cargarnos de enerxía positiva. Agora sinto que me cargan e me limpan a ialma outras cousas. Por exemplo, cando toco a pandeireta e canto, sinto que a miña ialma se desfai de todas isas cousas que me puideron doer nalgún momento da miña vida. Sinto que todo o que me enche é bo, é enerxía fermosa e poderosa que me fai sentir moi feliz, a persoa máis feliz do mundo. Tamén, cando noto que estou a piques de estoupar de estrés, camiño pola beira do Miño ata que sei que a miña ialma xa se baleirou de todo iso que a fería. Tamén hai cousas e lembranzas que nunca desaparecerán, por moito que nos esforcemos por renovar a nosa enerxía. Hai feridas que nunca se pecharán. Poden doer menos nalgún momento da nosa vida, pero nunca se pecharán do todo ata desaparecer por completo do noso interior. O que temos que facer daquela é acostumarnos a vivir con elas, levalas na nosa ialma e conseguir que a súa presenza en nós non nos tire as ganas de seguir vivindo e de soñar.

Quero contar moitas cousas, pero, sinceramente, cústame moito escribir porque teño a mente confusa porque non durmín practicamente nada hoxe, onte á noite bebín moitísimo, moito máis do que tiña que beber, pero tamén dancei moitísimo, cantei moito tamén e rin, rin tanto que teño maniotas na barriga. Tamén chorei, moitísimo, pero diso falarei despois. Primeiro direi que fomos durmir ás seis da mañá sentindo que aproveitaramos a noite o mellor que puidemos, sentindo que xa non aguantabamos máis espertas, e erguémonos ás once da mañá. Agora só me apetece estar a carón da lareira porque vai un frío que me xea toda. Ai, que preguiciña me dá agora volver a Ourense polo serán, pero non me dá preguiza porque non queira ir á miña casa, senón porque non quero saír de eiquí, non me quero afastar da calor do lume. Acabamos de xantar e agora Artemisa tamén está escribindo. Casandra quedou un anaquiño máis na casa do meu tío, que foi eilí onde xantamos, porque está o meu curmán Gabriel e, sempre que nos xuntamos, pasan as horas falando. Coido que a Casandra lle gusta un pouco, pero non nolo dixo nin a Artemisa nin a min, seica porque non queira que pensemos que xa namorou del. Artemisa non me deixa de dicir: “ogallá namoren e a miña irmá veña vivir a Galicia por el”, pero sei que iso non vai ocorrer, basicamente, porque Casandra está moi vencellada á vida que ten eilí en Cataluña. Ela si sente moito agarimo por isa terra e sempre sae en defensa súa cando alguén di algunha cousiña negativa dela. Tamén está de acordo con todo iso da independencia, pero sabe perfectamente que non pode falar diso con ningunha das dúas. Non obstante, eu entendo ise sentimento de pertencer a unha terra que non ten nada que ver coa terra na que se acha. Entendo ise sentimento de seren únicos porque eu sinto o mesmo con Galicia. Eu tamén son máis ou menos da mesma opinión ca eles, pero nunca se me ocorrería enlear todo o que están enleando nin tampouco estou de acordo coa separación, pero diso non me gusta falar con ninguén porque a política é un tema moi delicado e prefiro calar as miñas crenzas. Si é certo que eu non me sinto nada española, pero iso non ten nada que ver co feito de desprezarmos aos que non pensan como nós ou iso non ten por que obrigarnos a convencer aos demais de que a nosa maneira de crer é a correcta. Cadaquén ten que crer o que o seu corazón lle dite e punto. Ninguén ten que dicir como teñen que crer os demais.

Pero non quero empregar a miña enerxía falando de política. A política, ao contrario do que cre moita xente, non vai mudar nunca nada da nosa vida por moitas crenzas que teñamos.

Quero falar da noite de onte. Foi tan bonita e máxica que me custará moito describila. O día pasou moi rápido e ademais dábame a sensación de que todo o mundo estaba moi contento. A xente que viña á cafetería sempre sorría pola cousiña máis parviña e ademais rían todos axiña. Artemisa tamén estaba moi contenta e emocionada. Ambas as dúas tiñamos os sentimentos a flor de pel. Noteino cando chegamos á aldeíña ás nove da noite polo menos (tardamos moito en nos acicalarmos para a festa). Eu levei un vestido vermello longo de tirantes e Artemisa fíxome ondas no cabelo, pero a min gústame ir máis co meu cabelo lisiño. Non estou adoitada a levalo doutro xeito, pero a verdade é que iamos todas moi guapas. Pois, cando chegamos e a miña nai abrazou a Artemisa, notei que a ela se lle enchían os ollos de bágoas e iso emocionoume moito a min tamén.

Mais sobre todo emocioneime moitísimo cando rematamos de comer as uvas (tomámolas na praciña da aldea coas campás da igrexa) e entrou xa á fin o novo ano. Emocioneime tanto que nin podía respirar. Ocorreume cando a miña nai me apertou contra ela namentres me desexaba feliz ano novo, eisí: “feliz ano, filliña, canto me alegro de que esteas por fin  eiquí”. Comecei a chorar moito, cada vez máis intensamente, porque non podía crer que estivese vivindo ise momento na miña terra. Durante moitísimos anos, sempre que remataba un ano, desexaba que fose o derradeiro que vivía lonxe da miña terra. Ao ouvir as verbas da miña nai e ao sentir a súa aperta, todo o que vivín lonxe de eilí caeu enriba miña e asemade empecei a sentir unha inmensa felicidade por estar eilí, comezando o ano entre os seus brazos, xunta ela. Foi algo tan intenso que non puiden evitar romper a chorar coma unha cativiña, sentindo que ise pranto era moito máis forte ca min. A miña nai ao principio ría, pero, cando se deu de conta de que cada vez eu choraba máis intensamente, tamén se botou a chorar, aínda que máis controladamente ca min, namentres tamén seguía rindo porque lle resultaba moi bonito que estivese eu tan emocionada. Dicíame todo o tempo: “ai, miña filla, miña filla... Xa non chores, xa estás eiquí comigo, no teu fogar. Veña, miña rapaciña, miña meniña...” Sei que xa non son ningunha rapaciña e moito menos unha meniña, pero nise momento sentíame eisí, coma unha meniña que só se pode acougar entre os brazos da súa nai.

Non sentía vergonza ao saber que todos estaban vendo como choraba, sorrindo con moito agarimo, porque era unha escena moi bonita e tenra. Artemisa tamén tiña bágoas nos ollos e ista mañá díxome que Casandra tamén se emocionou moito ao ver como a miña nai e máis eu nos abrazabamos namentres non podiamos deixar de chorar. Non podo explicar todo o que pensaba e sentía nises momentos porque é moi intenso. Só o podía expresar chorando e non hai verbas que poidan describir isa emoción tan forte. Ademais é moi máxico comezar outro ano máis coa miña Artemisiña.

Despois, danzamos, cantamos, rimos, rimos moito. Eu rin moito con Artemisa porque ela quería aprender a bailar coma nós e custáballe moito seguir todos os puntos da muiñeira e tamén lle custaba moito seguirnos porque dicía que non sabía moverse tan rápido. Foi moi divertido tamén, pero houbo momentos moi emotivos que nunca poderei esquecer. Por exemplo, despois de comezar o novo ano, Artemisa colleu a guitarra e empezou a tocar canciós nosas sacando as partituras da Internet. Eu emocioneime moito cando vin que ela tamén cantaba xunta nós porque si é certo que Artemisa coñece a letra de moitas das nosas canciós, pero nunca se atrevera a cantar connosco. Eu non puiden seguir cantando cando a ouvín connosco. Só os podía acompañar coa pandeireta porque tiña un nó na gorxa que me impedía seguir cantando. Onte estaba eu moi emocionada e sensíbel, sobre todo porque para min é algo moi bonito e soñado comezar un novo ano en Galicia, por fin, por fin, por fin.

Sinto que, ao escribir, todo o que conto perde forza porque as verbas non poden dar conta de todo o que vivimos. Foron moitas horas bailando e rindo, falando, compartindo máis que isas primeiras horas do ano. Artemisa e máis eu bailamos moito xuntas. Ás veces, dabámonos conta de que nos afastaramos dos demais, de que estabamos entre ás árbores, baixo as espidas pólas dos carballos, entre a noite, e entón medraba ao noso redor unha nube de intimidade que nos permitía danzar doutro xeito namentres nos abrazabamos cada vez máis forte, compartindo verbas que só podiamos ouvir nós. Sei que ía moi bébeda, pero podo lembrar perfectamente todo o que nos dixemos nises momentos. Confesámonos canto nos desexabamos nises momentos, confesabámonos o felices que eramos... Foron moitísimas as palabras que nos dedicamos namentres a música seguía soando, namentres estabamos tan soíñas... pero axiña viña Casandra e obrigábanos a voltar con todos, coa escusa de que eu tiña que seguir tocando porque fun eu quen moitas veces comezaba a canción que tiñamos que tocar e cantar.

Cústame moito saber que momento foi primeiro e cal despois, pero o que sobre todo sei é que foi unha das noites máis marabillosas da miña vida. Si botaba en falla a Lúa, pero eu sentía que estaba connosco. Hei de dicir que Casandra tamén parece moi feliz eiquí e di que lle gustaría estar eiquí máis tempo. Seica mañá elas veñan outra vez á aldeíña namentres eu traballo. Mañá non sei se ensaiarei con Iauga. Estamos preparando un concerto para metades de xaneiro, pero aínda non hai nada seguro.

Tamén sinto que Artemisa está máis animadiña, que non a desanima tanto pensar no futuro. Está máis tranquila nise sentido e iso alégrame moitísimo. Faime feliz que teña esperanzas. Ten proxectos que ogallá poidamos levar a cabo, pero sei que todo require moito esforzo. Eu hoxe síntome tan esgotada que me custa pensar no mañá. Só me apetece descansar xunta a lareira e deixar que pasen as horas, pero contra as sete da tarde xa teremos que voltar a Ourense.

Volverei escribir cando mentalmente me sinta máis esperta. Teño tantas lembranzas e sentimentos na miña ialma que me custa atopar as verbas exactas que describan o que penso.

Pero son tan feliz, tan feliz... que, ás veces, isa felicidade escurece calquera outro sentimento e non me importa ren máis, só ista felicidade que me enche toda a ialma.

Tra´ducción:

Martes, 1 de enero de 2019

Les deseo feliz año nuevo a todas las personas que me conocen, pero también a mi tierra, a cada rincón del mundo en el que haya algo de mí. Me gustaría que fuese un año bueno para todos los que se lo merecen y que en el mundo no hubiese problemas. No entiendo por qué tiene que haber tantos problemas en el mundo y en la vida. Por eso, hemos de agradecer tener la suerte de poder construir nuestro propio mundo y debemos conseguir que en ese mundo nuestro no haya problemas sin sentido o insignificantes que, en realidad, no tienen tanta importancia como les damos nosotros.

No sólo quiero desear lo mejor para todas las personas que me conocen, sino también quiero dar las gracias por poder tener la vida que tengo. Durante mucho tiempo, soñé muchísimo con la vida en la que ahora me encuentro y, al fin, esa vida se convirtió en realidad. Muchas son las ocasiones en las que me descubro sintiéndome incapaz de creer que esta vida sea real. Es demasiado hermosa para que lo sea. También quiero dar las gracias a la vida por darme otra oportunidad para estar con Artemisa. Soy muy afortunada por tener a mi lado una mujer tan maravillosa y mágica. Muchas veces, Artemisa me hace recordar que la vida es mucho más mágica de lo que pienso. La rutina, a veces, nos hace olvidar lo bonita que es la vida y todas esas cosas mágicas que hacen que ésta brille. Artemisa es quien me invita a darles importancia a esas cosas que para la mayor parte de la gente no tienen importancia. Tengo que reconocer que yo estoy más lejos que nunca de mis creencias. Ahora mismo no tengo la necesidad de celebrar lo que creo y también es cierto que, desde fuera, parece que haya perdido mis creencias, pero eso no es del todo verdad. Lo que sí creo que me ocurre es que, al estar en Galicia, esa parte de mí que tanto necesitaba encontrar respuestas y también conectarse con el alma del mundo está más satisfecha, está llena de la poderosa energía de mi tierra. La conexión que yo tenía con la Diosa ahora la tengo con Galicia y eso me llena tanto que muchas veces sí olvido que podemos celebrar rituales y las fiestas tal como las celebrábamos antes. No lo necesito tanto como antes, pero eso no quiere decir que ya haya perdido mis creencias. Yo sigo teniendo muy claro quién es la madre del mundo, a quién tenemos que dirigirnos cuando precisamos hablar con un espíritu superior a nosotros. Artemisa me ha preguntado muchas veces si ya no creía en la Diosa y yo siempre le contesto lo mismo. Por supuesto que sigo creyendo. Lo que ocurre es que ahora necesito menos celebrar todos esos rituales que celebrábamos antes para renovar nuestra energía o para cargarnos de energía positiva. Ahora siento que me cargan y me limpian el alma otras cosas. Por ejemplo, cuando toco la pandereta y canto, siento que mi alma se deshace de todas esas cosas que pudieron dolerme en algún momento de mi vida. Siento que todo lo que me llena es bueno, es energía hermosa y poderosa que me hace sentir muy feliz, la persona más feliz del mundo. También, cuando noto que estoy a punto de estallar de estrés, camino por la orilla del Miño hasta que sé que mi alma ya se ha vaciado de todo eso que la hería. También hay cosas y recuerdos que nunca desaparecerán, por mucho que nos esforcemos por renovar nuestra energía. Hay heridas que nunca se cerrarán. Pueden doler menos en algún momento de nuestra vida, pero nunca se cerrarán del todo hasta desaparecer por completo de nuestro interior. Lo que tenemos que hacer entonces es acostumbrarnos a vivir con ellas, llevarlas en nuestra alma y conseguir que su presencia en nosotros no nos quite las ganas de seguir viviendo y de soñar.

Quiero contar muchas cosas, pero, sinceramente, me cuesta mucho escribir porque tengo la mente confusa porque no he dormido prácticamente nada hoy, ayer por la noche bebí muchísimo, mucho más de lo que tendría que haber bebido, pero también bailé muchísimo, canté mucho también y me reí, me reí tanto que tengo agujetas en la barriga. También lloré, muchísimo, pero de eso hablaré después. Primero diré que nos fuimos a dormir a las seis de la mañana sintiendo que habíamos aprovechado la noche lo mejor que pudimos, sintiendo que ya no aguantábamos más despiertas, y nos levantamos a las once de la mañana. Ahora sólo me apetece estar cabe la lumbre porque hace un frío que me hiela toda. Ay, qué pereciña me da ahora volver a Ourense al crepúsculo, pero no me da pereza porque no quiera ir a mi casa, sino porque no quiero salir de aquí, no quiero alejarme del calor del fuego. Acabamos de comer y ahora Artemisa también está escribiendo. Casandra se ha quedado un ratiño más en la casa de mi tío, que ha sido allí donde hemos comido, porque está mi primo Gabriel y, siempre que nos reunimos, pasan las horas hablando. Creo que a Casandra le gusta un poco, pero no nos lo ha dicho ni a Artemisa ni a mí, quizás porque no quiera que pensemos que ya se ha enamorado de él. Artemisa no deja de decirme: “ojalá se enamoren y mi hermana venga a vivir a Galicia por él”, pero sé que eso no va a ocurrir, básicamente, porque Casandra está muy vinculada a la vida que tiene allí en Cataluña. Ella sí siente mucho cariño por esa tierra y siempre sale en defensa suya cuando alguien dice alguna cosiña negativa de ella. También está de acuerdo con todo eso de la independencia, pero sabe perfectamente que no puede hablar de eso con ninguna de las dos. No obstante, yo entiendo ese sentimiento de pertenecer a una tierra que no tiene nada que ver con la tierra en la que se halla. Entiendo ese sentimiento de ser únicos porque yo siento lo mismo con Galicia. Yo también soy más o menos de la misma opinión que ellos, pero nunca se me ocurriría liar todo lo que están liando ni tampoco estoy de acuerdo con la separación, pero de eso no me gusta hablar con nadie porque la política es un tema muy delicado y prefiero callar mis creencias. Sí es cierto que yo no me siento nada española, pero eso no tiene nada que ver con el hecho de despreciar a los que no piensan como nosotros o eso no tiene por qué obligarnos a convencer a los demás de que nuestra manera de creer es la correcta. Cada quien tiene que creer lo que su corazón le dicte y punto. Nadie tiene que decir cómo tienen que creer los demás.

Pero no quiero emplear mi energía hablando de política. La política, al contrario de lo que cree mucha gente, no va a cambiar nunca nada de nuestra vida por muchas creencias que tengamos.

Quiero hablar de la noche de ayer. Fue tan bonita y mágica que me costará mucho describirla. El día pasó muy rápido y además me daba la sensación de que todo el mundo estaba muy contento. La gente que venía a la cafetería siempre sonreía por la cosiña más tontiña y además se reían todos enseguida. Artemisa también estaba muy contenta y emocionada. Ambas teníamos los sentimientos a flor de piel. Lo noté cuando llegamos a la aldeíña a las nueve de la noche por lo menos (tardamos mucho en acicalarnos para la fiesta). Yo llevé un vestido largo de tirantes y Artemisa me hizo ondas en el cabello, pero a mí me gusta más ir con mi cabello lisiño. No estoy habituada a llevarlo de otro modo, pero la verdad es que íbamos todas muy guapas. Pues, cuando llegamos y mi madre abrazó a Artemisa, noté que a ella se le llenaban los ojos de lágrimas y eso me emocionó mucho a mí también.

Mas sobre todo me emocioné muchísimo cuando acabamos de comernos las uvas (las tomamos en la placiña de la aldea con las campanadas de la iglesia) y entró al fin el nuevo año. Me emocioné tanto que ni podía respirar. Me ocurrió cuando mi madre me abrazó contra ella mientras me deseaba feliz año nuevo, así: “feliz año, filliña, cuánto me alegro de que estés por fin aquí”. Comencé a llorar mucho, cada vez más intensamente, porque no podía creerme que estuviese viviendo ese momento en mi tierra. Durante muchísimos años, siempre que acababa un año, deseaba que fuese el último que vivía lejos de mi tierra. Al oír las palabras de mi madre y al sentir su abrazo, todo lo que he vivido lejos de allí cayó sobre mí y a la vez empecé a sentir una inmensa felicidad por estar allí, comenzando el año entre sus brazos, junto a ella. Fue algo tan intenso que no pude evitar romper a llorar como una niña, sintiendo que ese llanto era mucho más fuerte que yo. Mi madre al principio se reía, pero, cuando se dio cuenta de que cada vez yo lloraba más intensamente, también se echó a llorar, aunque más controladamente que yo, mientras también seguía riéndose porque le resultaba muy bonito que estuviese yo tan emocionada. Me decía todo el tiempo: “ay, miña filla, miña filla... Ya no llores, ya estás aquí conmigo, en tu hogar. Venga, miña rapaciña, miña meniña...” Sé que ya no soy ninguna rapaciña y mucho menos una niña, pero en ese momento me sentía así, como una bebé que sólo puede sosegarse entre los brazos de su madre.

No sentía vergüenza al saber que todos estaban viendo cómo lloraba, sonriendo con mucho cariño, porque era una escena muy bonita y tierna. Artemisa también tenía lágrimas en los ojos y esta mañana me ha dicho que Casandra también se emocionó mucho al ver cómo mi madre y yo nos abrazábamos mientras no podíamos dejar de llorar. No puedo explicar todo lo que pensaba y sentía en esos momentos porque es muy intenso. Sólo podía expresarlo llorando y no hay palabras que puedan describir esa emoción tan fuerte. Además es muy mágico comenzar otro año más con mi Artemisiña.

Después, bailamos, cantamos, reímos, reímos mucho. Yo me reí mucho con Artemisa porque ella quería aprender a bailar como nosotros y le costaba mucho seguir todos los puntos de la muiñeira y también le costaba mucho seguirnos porque decía que no sabía moverse tan rápido. Fue muy divertido también, pero hubo momentos muy emotivos que nunca podré olvidar. Por ejemplo, después de comenzar el nuevo año, Artemisa cogió la guitarra y empezó a tocar canciones nuestras sacando las partituras de Internet. Yo me emocioné mucho cuando vi que ella también cantaba junto a nosotros porque sí es cierto que Artemisa conoce la letra de muchas de nuestras canciones, pero nunca se había atrevido a cantar con nosotros. Yo no pude seguir cantando cuando la oí con nosotros. Sólo podía acompañarlos con la pandereta porque tenía un nudo en la garganta que me impedía seguir cantando. Ayer estaba yo muy emocionada y sensible, sobre todo porque para mí es algo muy bonito y soñado comenzar un nuevo año en Galicia, por fin, por fin, por fin.

Siento que, al escribir, todo lo que cuento pierde fuerza porque las palabras no pueden dar cuenta de todo lo que vivimos. Fueron muchas horas bailando y riendo, hablando, compartiendo más que ésas primeras horas del año. Artemisa y yo bailamos mucho juntas. A veces, nos dábamos cuenta de que nos habíamos alejado de los demás, de que estábamos entre los árboles, bajo las desnudas ramas de los robles, entre la noche, y entonces crecía a nuestro alrededor una nube de intimidad que nos permitía danzar de otro modo mientras nos abrazábamos cada vez más fuerte, compartiendo palabras que sólo podíamos oír nosotras. Sé que iba muy ebria, pero puedo recordar perfectamente todo lo que nos dijimos en esos momentos. Nos confesamos cuánto nos deseábamos en esos momentos, nos confesábamos lo felices que éramos... Fueron muchísimas las palabras que nos dedicamos mientras la música seguía sonando, mientras estábamos tan soliñas... pero enseguida venía Casandra y nos obligaba a volver con todos, con la excusa de que yo tenía que seguir tocando porque fui yo quien muchas veces comenzaba la canción que teníamos que tocar y cantar.

Me cuesta mucho saber qué momento fue primero y cuál después, pero lo que sobre todo sé es que fue una de las noches más maravillosas de mi vida. Sí echaba de menos a Lúa, pero yo sentía que estaba con nosotros. He de decir que Casandra también parece muy feliz aquí y dice que le gustaría estar aquí más tiempo. Tal vez mañana ellas vengan otra vez a la aldeíña mientras yo trabajo. Mañana no sé si ensayaré con Iauga. Estamos preparando un concierto para mediados de enero, pero todavía no hay nada seguro.

También siento que Artemisa está más animadiña, que no la desanima tanto pensar en el futuro. Está más tranquila en ese sentido y eso me alegra muchísimo. Me hace feliz que tenga esperanzas. Tiene proyectos que ojalá podamos llevar a cabo, pero sé que todo requiere mucho esfuerzo. Yo hoy me siento tan agotada que me cuesta pensar en el mañana. Sólo me apetece descansar junto a la lareira y dejar que pasen las horas, pero hacia las siete de la tarde ya tendremos que volver a Ourense.

Volveré a escribir cuando mentalmente me sienta más despierta. Tengo tantos recuerdos y sentimientos en mi alma que me cuesta encontrar las palabras exactas que describan lo que pienso.

Pero soy tan feliz, tan feliz... que, a veces, esa felicidad oscurece cualquier otro sentimiento y no me importa nada más, sólo esta felicidad que me llena toda el alma.