martes, 4 de febrero de 2020

DIARIO DE ARTEMISA: LUNES, 3 DE FEBRERO DE 2020


Lunes, 3 de febrero de 2020:
Es la primera vez que escribo en mi diario este año. Sé que llevo mucho tiempo sin escribir, pero no escribir en mi diario tan seguidamente es una decisión tomada a conciencia. Prefería y prefiero que haya espacio de tiempo entre un día y otro para que, la próxima vez que tenga que escribir o que me apetezca hacerlo, pueda explicar lo que ha ocurrido con más perspectiva y, también, tengo la esperanza de que, si no escribo tan a menudo, la próxima vez que lo haga pueda hablar de evolución, de mejoría.
Me cuesta mucho explicarme. Me cuesta escribir, hablar con orden, ser consciente de un momento durante mucho tiempo. Me desconcentro muy fácilmente. He perdido la capacidad de interesarme largamente por algo. Vivo como si nada durase ni un instante y, a la vez, algo puede alargarse para mí más de lo debido: una comida, una ducha, un trayecto relativamente corto. Mi psiquiatra me dice que son consecuencias absolutamente normales de una depresión tan profunda como la que estoy pasando y también de una enfermedad tan grave como la que estoy intentando superar.
Sé que la última vez que escribí parecía que todo iba mejor, que estaba más optimista y positiva. Yo también creía que estaba mejorando, pero, días después, ese ánimo se desvaneció de súbito cuando me aplicaron quimioterapia de nuevo. Puedo empezar a mejorar, pero la quimioterapia me quita todo ese ánimo y ese aliento que tanto me cuesta sentir.
Mas tengo que explicar cosas algo más positivas. Estas semanas en las que no he escrito han sido horribles, de nuevo, pero también han sido muy productivas. Estoy levemente mejor. He mejorado mucho desde la última vez que escribí. Las sesiones de quimioterapia y de radioterapia están más espaciadas. Me han reducido la medicación que tomo y también me han confirmado que me encuentro en el buen camino, camino al que aún le falta un buen trecho para que acabe, para que se convierta en un fin; pero, evidentemente, ya no estoy como hace unos meses, como en el principio ni en lo peor de la enfermedad. Me hallo en el camino de la curación. En la última visita que tuve con mi médico, él me dijo que, sorprendentemente, estaba curándome a una velocidad poco común en estos casos. Le costaba entender que mejorase tan rápido. Sí, me dijo que estaba curándome. Estaba curándome: esa frase me supo a luz, a esperanza; pero, en ese momento, no me atreví a creerme que ésta pudiese ser cierta. Me cuesta mucho confiar positivamente en la vida. Mis ojos y mi alma sólo ven aquello que no tiene luz, que es oscuro, que es triste, que hace daño, porque es lo único que he tenido durante meses. Sí me he sentido muy apoyada por mi hermana y por Gabriel, a quien le pedí si podía ser mi médico, pero él me lo negó alegando que no era ético que yo fuese su paciente.
Hace mucho tiempo que no me atrevo a mirarme al espejo. No me reconozco en la mujer que me devuelve ese reflejo turbio, lleno de enfermedad. Estoy demacrada, delgadísima como nunca lo estuve antes, pálida, me ha cambiado mucho la cara, no tengo brillo en la mirada, no tengo pelo. Hace meses que voy siempre con un pañuelo en la cabeza, pero, como tampoco salgo mucho de casa, tampoco me preocupa esto. Sólo salgo para ir al hospital. Hace meses que no siento latir mi feminidad. Ya no recuerdo qué es tener la regla y, sin embargo, sangro muy a menudo por culpa de los tratamientos.
La última vez que escribí, conté que había salido a comer por mi cumpleaños, que me habían dado una sorpresa que me había hecho muy feliz, que incluso tenía ánimo para salir a caminar por las mañanas y para cocinar. Eso no duró nada, como ya he contado. Sin embargo, llevo semanas sintiendo algo muy extraño por dentro de mí. Es una especie de ánimo curioso que me alienta, que intenta convencerme de que me levante y salga a caminar, que intenta luchar contra la profundísima debilidad que me ataca, pero no lo consigue porque el cansancio que yo siento está hecho de todos los cansancios del mundo. Es un cansancio que me destruye. Me sorprende mucho que pueda sentir ese pequeño haz de luz por dentro de mí. Creo que, cuando empiece a mejorar físicamente, éste se hará más fuerte y me hará tener más vigor para vivir, me ayudará a tener fuerzas para luchar por mi vida. También pienso que ese pequeño latido de energía positiva está ayudándome a curarme. No sé por qué lo sé ni de dónde sale esa certeza, pero lo sé. Es algo que intuyo con mucha convicción.
Tengo que contar algo muy importante. Ayer me escribió Agnes por whatsapp. Me sorprendió muchísimo que me escribiese. La conversación que mantuve con ella me llegó tanto al alma que la voy a transcribir. Hacía muchísimo tiempo que no hablaba con Agnes. Creía que ella nunca más volvería a hablarme, pero que me escribiese me hizo sentir muchísimas cosas. Me sentí halagada porque sabía que estaba preocupándose de verdad por mí, pero también me sentí muy triste, tristísima, porque fui plenamente consciente de lo que significaba haber perdido a Agnes, haber perdido ese tesorito de mujer... y todavía no he podido deshacerme de esa tristeza. Es cierto que lo más conveniente para las dos sería no hablar nunca más o, al menos, hasta que yo me sintiese totalmente recuperada y hubiese superado nuestra ruptura, pero tampoco sería lógico que ella no se preocupase por mí después de lo que hemos vivido, después de amarnos tanto, aunque yo ya dudo de que el amor que Agnes sintió por mí fuese tan fuerte como pensaba. Ahora sí conozco prácticamente todo lo que vivió con Lúa. A ella la amó siempre e incluso vivió con ella cosas que yo creía que jamás había vivido con nadie. No obstante, he de confesar que, cuando Agnes me besó por primera vez (creyendo yo que aquél era su primer beso), me pareció que ella besaba demasiado bien como para no haberlo hecho nunca. Sí recuerdo que me pareció que aquélla no era la primera vez que Agnes me besaba, o que besaba a alguien, porque sus besos eran exquisitos, deliciosos, eran precisos y profundos, tenían una consciencia que a mí me dejó paralizada, hondamente estremecida. Aquélla no era la manera de besar de alguien que nunca había estado con nadie en su vida. Tendría que habérselo dicho.
Sé que me amó, pero, después de conocer todo lo que ha vivido en su vida, todo eso que ella decía sentir por mí ha perdido fuerza para mí. Sin embargo, hablando ayer con ella, sentí que todavía nos unía algo especial, que no había acabado todo, que no había desaparecido por completo el cariño que ella sentía por mí. Todavía le importo. Eso para mí es más que suficiente para sentirme levemente feliz... Hace mucho que no me siento feliz, pero ayer creí notar que aún podía experimentar esa emoción tan bonita.
Reproduciré la conversación que mantuvimos porque no quiero que se pierda. Por cierto, Agnes no ha vuelto a hablarme en gallego desde que cortamos. Eso me hace daño. No sé por qué me hace daño. Tendría que darme igual e incluso tendría que hacerme sentir más cómoda con ella, pero no es así para nada. Es como si hubiese olvidado que conmigo fue ella misma, aunque sé que no fue totalmente transparente conmigo porque, si lo hubiese sido, me habría hablado de su vida con sinceridad desde el principio; pero también entiendo que ella misma quería ocultarnos su pasado porque recordarlo le hacía un daño que no podía soportar, que la hería tan agresivamente que incluso le hacía perder la noción de sí misma. ¿Cuántas cosas se calló Agnes por dolor?
La conversación es la siguiente (haré incisos entre paréntesis):
“Hola, Artemisa.
Hola, Agnes.
Quería saber cómo estás, cómo te va todo.
Sé que mi hermana te lo explicó todo.
Sí, así es.
Quiero saber, pero no sé cómo preguntar.
(Ese mensaje me impactó mucho. Me demostró lo emocionalmente inteligente que es Agnes, lo delicada que puede llegar a ser).
¿Estás segura de que quieres saber? ¿Estás segura de que te sientes preparada para querer saber cómo estoy, cómo he estado?
Sí, por favor.
Pues ahora creo en el infierno sin haberme convertido al cristianismo. El infierno lo estoy viviendo desde hace meses. Hay miles de diablos atacándome a la vez. Siento que me golpean por todas partes sin tregua, sin cansancio. Me siento tan agotada y enferma que me parece que estoy muerta en vida, si es que a esto se le puede llamar vida. Tengo cáncer de útero. Por suerte, me lo han detectado en el primer estadio, lo que quiere decir que no han tenido ni tienen que operarme, que están destruyendo ese maldito tumor con radioterapia y quimioterapia, pero he perdido más que la salud. He perdido tantas cosas que ni siquiera sé dónde se fue todo lo que esta enfermedad me ha quitado, entre ellas la parte femenina de mi ser. Llevo meses con tratamientos que me dejan absolutamente hundida. No puedes imaginarte lo que es esto, lo que está siendo. Jamás podrás hacerlo.
Estoy tan cansada que me parece que hasta respirar me cuesta. No puedo comer bien desde hace meses porque se me ha ido por completo el apetito, porque tengo diarreas y vómitos. He vomitado y vomito tanto que me parece que ya no me queda nada dentro de mí. Tengo un aspecto monstruoso. Estoy extremadamente delgada y pálida. Soy sólo huesos. No quiero vivir así, pero tampoco me quiero rendir. Hay algo que tira de mí, pero no puedo luchar porque no tengo energía. Me la han machacado.
Pero me han dicho que estoy mejorando, que estoy saliendo de ésta, que las sesiones de quimioterapia estarán cada vez más espaciadas. Es cierto. Ya no me la tienen que aplicar cada quince días, sino cada tres semanas... y eso me ayuda a poder animarme algo, pero, cuando consigo recuperar algo de energía, enseguida me tienen que aplicar otra dosis de quimioterapia y vuelvo a hundirme.
No me reconocerías si me vieses. No puedo hablar contigo porque ni siquiera tengo energía en la voz. No quiero hablar. Lo único bueno de todo esto es que no estás viviéndolo conmigo. No lo habrías podido soportar, tú que eres tan sensible. Esto te habría matado a ti también.
(Mientras yo escribía todo eso, Agnes estuvo en línea continuamente. No se desconectó en ningún momento; lo cual me aseguraba que ella estaba leyéndome con atención y esperando a que terminase de escribir para intervenir ella. Hasta por whatsapp es tremendamente educada).
Y eso es lo que te puedo contar. Hablar más de esto sería repetirme porque todo acaba en lo mismo. Estoy viviendo un infierno.
Lo siento, Artemisa. Lo siento de verdad, con toda el alma.
Tú no te mereces esto, no te lo mereces. No entiendo por qué te tuvo que tocar a ti, no lo entiendo.
Pero sé que vas a salir de ésta. Lo sé, Artemisa. Confía en mí. Eres fuerte, aunque te cueste creerlo.
Nadie se merece algo así, Agnes, nadie.
No sé si saldré de ésta, pero no quiero hacerme ilusiones. Tampoco sé qué sería no salir de ésta.
Eso ni lo pienses, Artemisa. Piensa siempre en que vas a salir. La otra opción ni la contemples. Vas a salir de esto, créeme.
¿Cómo estás tan segura de que me curaré?
Porque lo sé, Artemisa. ¿No recuerdas lo que puedo llegar a saber sin que nadie me lo diga?
Sí, pero es tan horrible esto que me cuesta confiar en que me curaré.
Lo harás. Créeme, por favor.
De acuerdo. ¿Y tú cómo estás? Quiero saber de ti.
Yo estoy bien, pero, a tu lado, mis problemiñas no son nada.
Pero quiero saber de ti. No importa cómo esté yo.
Pues estoy bien. Últimamente tuve algo de ansiedad, pero estoy luchando contra ella ya y sé que también me curaré. Tenemos que pensar siempre eso.
De todos modos, si no nos curamos, tampoco merece la pena haber vivido ese tiempo creyendo que no lo haremos.
Así es, Artemisa.
Sé que vas a casarte con Lúa. Me alegro por ti.
Gracias.”
A partir de ahí, la conversación ya fue perdiendo fuerza, pero me gustó mucho hablar con ella.
A todo esto, también tengo que contar que estoy completamente decidida a ir a la boda de Agnes y Lúa. Mi hermana está intentando quitarme de la cabeza esa idea, pero no lo conseguirá. Siento que tengo que ir. Será un antes y un después en mi vida esa boda y sé que podré cerrar la etapa de Agnes si asisto a ella. Mi hermana opina que presenciar cómo Agnes se casa con otra mujer (la que, para colmo, es el amor de su vida) no es precisamente una buena manera de pasar página, de superar una ruptura. Mi hermana lo único que quiere es protegerme. No quiere que siga sufriendo.
Mi hermana está volcándose en mí todo lo que jamás se ha volcado por mí en años. Está devolviéndome ahora todo lo que me ha faltado de ella durante toda la vida. No es culpa suya que no hubiese podido cuidarme como tiene que cuidar una hermana a su hermana menor porque la vida nos separó durante años; pero nos ha costado muchísimo ser las hermanas que ahora somos. De hecho, si ahora podemos estar juntas, es gracias a que ella me buscó en su día, hace ya diez años por lo menos.
Últimamente pienso muchísimo en todo lo que he vivido desde que me fui de León tras la muerte de mi padre. Me parece imposible creer que todos esos recuerdos que guardo con tanto cariño me pertenezcan. Me parecen recuerdos más propios de una novela mágica. Fui la protagonista de una historia increíble sin saberlo. Ayer, me dediqué a escuchar música durante toda la mañana sin hacer nada más, sólo dejándome llevar por la música y por los recuerdos que ésta me traía. Me sumergí tan profundamente en mis recuerdos que, cuando Agnes me habló por whatsapp, me pareció como si mi memoria la hubiese llamado. Me escribió justo cuando más pensaba en ella. Un recuerdo me llevaba a otro. Rememoré los meses que viví en mi cabaña, la relación que mantenía con Neftis y los demás miembros del aquelarre, recordé a Agnes en esa época en la que ella me parecía, más bien, un ser místico que se escondía en las sombras. Me impresiona mucho acordarme de esa Agnes que vivía lejísimos de todos nosotros, entre árboles milenarios, en una cabaña pequeñísima que ella convirtió en un hogar acogedor, junto a esa laguna continuamente alimentada por un río caudaloso que, en primavera, crecía peligrosamente. Cultivaba ella misma sus propias verduras, su cereal, todos sus frutos... Yo tuve que aprender mucho de Gilbert para poder vivir con lo que la naturaleza me daba, pero Agnes no necesitó que nadie le enseñase nada. Ya traía los conocimientos de su niñez consigo. Siempre los llevó con ella misma, todo lo que aprendió en su tierra la ayudó a no tener que depender de nadie para vivir. ¿Cómo no nos dimos cuenta de lo que ella era en realidad? Yo creo que nadie supo ver lo que tenía por dentro. Cuánto nos equivocamos con ella.
Mas hay cosas que me parecen casi increíbles. Recuerdo a Némesis y me parece que rememoro una historia de seres mágicos que no tiene cabida en este mundo cruel, miserable, frío, lleno de muerte, de enfermedad, de injusticia y maldad. Agnes era parte de una leyenda, junto a Némesis, junto a todo lo que la envolvía. Ahora sé que ese halo de misterio que la rodeaba, como una aura visible, no era más que su soledad, la profunda soledad que la encerraba, sus frustraciones, su tristeza, su insondable dolor, sus deseos vueltos añicos y sobre todo la horrible enfermedad que arrastraba del hospital en la que la encarcelaron. Allí fue donde enfermó.
Qué pena que no supiese entenderla a tiempo, pero ahora ya es demasiado tarde para remediar nada. Yo también le hice mucho daño. Recuerdo lo difíciles que fueron los primeros meses de nuestra relación. Vivimos en casa de Gilbert durante casi un año hasta que yo acabé de estudiar para las oposiciones y conseguí una plaza fija. Me dejé la vida estudiando mientras ayudaba a Agnes como podía, pero era muy complicado ayudarla porque ella estaba muy enferma. Cuando ya por fin conseguí mi plaza, entonces nos fuimos a vivir juntas a ese piso cerca de Barcelona. Agnes me preguntó, en varias ocasiones, por qué no me presentaba a unas oposiciones estatales en lugar de hacerlo a unas autonómicas y yo no sabía qué contestarle. Le decía que prefería asentarme ya en un sitio antes que permitir que me enviasen a cualquier parte. Además, me inventaba respuestas que no eran ciertas para justificar por qué prefería quedarme en Cataluña antes que arriesgarme a que posiblemente me mandasen a Galicia. Ella, indirectamente, me preguntaba por qué no me atrevía a iniciar una nueva vida en Galicia, pero no era capaz de hacerlo. Agnes también tenía mucho miedo a volver. A ella la aterraba regresar a su tierra. Tendría que despertar sus dormidos y preciosos recuerdos si volvía y no se atrevía a hacerlo. Yo notaba que se reprimía las ganas de pedirme que nos fuésemos a vivir allí, pero no le hice caso. Si hubiese aceptado cómo era, habría entendido enseguida que lo único que la podía curar era regresar a Galicia porque, si regresaba, no estaría volviendo a su amada tierra solamente, sino sobre todo a ella misma. Estaría volviendo a ella misma después de tantos años separada de su propia alma.
No obstante, no sé qué habría ocurrido si hubiese sido todo distinto. Agnes estuvo muy enferma. Cuando empezamos a vivir juntas, ella todavía tenía el alma hecha añicos. Estaba muy enferma. No podía quedarse sola en casa durante muchas horas porque enseguida se hundía, pero tampoco se atrevía a salir a la calle porque el mundo le parecía un lugar enorme, inexpugnable, lleno de estímulos que la aterraban. Recuerdo que cualquier ruido la descontrolaba, hasta el pasar de una moto chirriante la ponía nerviosa. Me acuerdo de que tenía que tomarla de las manos y apartarla a un lugar donde nadie la mirase porque la aterrorizaba que la gente la viese. No quería que nadie la mirase. No quería existir para nadie. Poco a poco, fue calmándose, sus ataques de pánico fueron espaciándose, pero no sé cómo lo consiguió. Yo tampoco sabía ayudarla bien. Sé que muchas veces sólo le bastaba con sentirme a su lado. La música la hería. Era una época muy extraña. Me acuerdo de un detalle aparentemente insignificante que me revela mucho sobre cómo estaba ella en realidad. Recuerdo que, aquel año 2015, le mostré la aplicación de Spotify. Ella sabía que existía, pero nunca la había probado. Recuerdo que le dije: “puedes encontrar cualquier canción, cualquier artista. Venga, va, dime alguna canción de Galicia, a ver si sale.” Ella me pidió por favor que no le pusiese música de su tierra, que no lo soportaría. Entonces empezamos a buscar otro tipo de música. Fue cuando descubrimos cantantes como Wendy rule, cuya música fue la banda sonora de muchos de nuestros momentos. Un año después, Agnes ya era capaz de buscar trabajo, de nuevo, estaba estabilizándose todo. Cuando encontró ese trabajo en el que duró casi dos años, entonces empezó a recuperar su verdadera forma de ser. Empezó a ser la Agnes que llevaba reprimida durante años entre brumas, oscuridad y depresión. Fue a principios de 2017 cuando ya se atrevió a buscar música de su tierra, cuando empezó a enseñarme canciones, a hablarme poco a poco de sus recuerdos, incluso a hablarme en gallego. Yo creía que estaba siendo el principio de nuestra verdadera relación, pero lo que yo no sabía era que había empezado el fin de ésta, fin que llegaría al año siguiente, pero, en aquel entonces, Agnes ya había empezado a volver a sí misma y a su tierra sin que ni siquiera ella misma lo supiese.
Y ahora me pregunto si podría haber hecho las cosas de otro modo con ella. No tiene sentido preguntármelo porque jamás lo sabré, pero me duele pensar que la ignoré, que me hice la sorda con ella, que no la escuché ni la entendí como se merecía. Sé que todo habría podido ser distinto si yo me hubiese dignado ser menos egoísta. No obstante, también pienso que Lúa siempre estuvo allí en Ourense. Si hubiésemos iniciado juntas una nueva vida, Agnes habría acabado reencontrándose con ella. ¿Habría ocurrido entonces lo que pasó en el año 2018? Jamás lo sabré.
Yo lo único que deseo es curarme, no sólo del cáncer, sino sobre todo del amor que siento por esa mujer que nunca será para mí. Todavía la amo con locura, de una manera que me desgarra el alma. Estoy tan enamorada de ella que no me importaría nada si ella me pidiese volver conmigo; algo que sé que jamás ocurrirá, jamás, porque sé que está profundamente enamorada de Lúa. Siempre lo estuvo. Sé también que nunca podré encontrar a nadie como Agnes. Agnes es única. Tiene un corazón único, un alma llena de magia, de sensibilidad, de amor. Que sea capaz de amar tanto y tan sinceramente un lugar del mundo demuestra que tiene una de las almas más especiales del mundo, demuestra que su corazón es inmenso, que es un ser místico, mágico, que tiene una sensibilidad increíble y valiosísima, demuestra que es capaz de amar de verdad, que es capaz de amar con todo el corazón, con sinceridad, entrega y fidelidad.
Me siento agotadísima. No pensé que podría escribir tanto. Ojalá la próxima vez que escriba pueda decir que me encuentro muchísimo mejor, que incluso ya me siento capaz de caminar al menos durante una hora... Ahora no puedo caminar ni quince minutos sin sentirme profundamente cansada.


lunes, 3 de febrero de 2020

DIARIO DE AGNES: VENRES, 31 DE XANEIRO DE 2020


Venres, 31 de xaneiro de 2020
Vaise xaneiro entre avelaíñas pingas de auga que caen con timidez, indecisas e fráxiles. A aldeíña está xeadiña, fría, pero acolledora, co seu infindo silencio, coa súa escuridade neboenta. Sempre me gustou a invernía, pero devezo a chegada da primavera, da calor, dos días máis longos. Xamais me pasara iso. Sempre rexeitei o verán cando vivía fóra de Galiza, pero agora xa me reconciliei co verán porque eiquí cheire todo doutra maneira. Todo ten a súa fermosura. Non nego a fermosura doutros lugares, pero a min chégame a ialma a fermosura da miña terra. Hai beleza en calquera recuncho, pero esa beleza pode ser indiferente para nós. A nosa ialma non nos pertence de todo. Vai libre sentindo, termándose ao que a enche de fermosura, de sentimentos que teñan senso, que esperten algo en nós, como se se alimentase deses sentimentos, igual que hai certos alimentos que non nos gustan e outros que nos encantan. A ialma funciona igual, no fondo, e iso non se pode negar. A miña ialma sempre se expresou con moita fortaleza. Faloume sempre das emocións que a enchían. Nunca puiden ignorar a súa voz. Non sería acertado dicir que sinto con máis intensidade dende que voltei a Galiza porque, antes de estar eiquí, xa sentía, sentía moitísimo, cun vigor que moitas veces me facía pequena; pero sentía emocións que me afogaban, que me desfacían, que me desorientaban e me arrincaban a noción de min propia. No canto, eiquí en Galiza, podo sentir todo tipo de sensacións, de emocións. Móvese por dentro de min un río infindo de sentimentos. Esa fervenza de emocións, moitas veces, arrástrame, pero gústame deixarme levar por ela porque, da miña ialma, me poden saír composicións fermosas. Esas emocións convértense en lírica, en literatura, en arte; o cal me fai sentir chea, chea de vida, chea de sentido. Todo o que forma a miña vida, ou que a compón, ten sentido. A miña vida é un mosaico feito de beleza, de harmonía, de amor, de felicidade, de música, de riso, de sorrisos, de melancolía, mesmo de tristura, e todo compón unha imaxe brillante, espléndida e escintilante. Sempre fun eu, sempre, malia rodearme só tristura, soidade, silencio, odio, rexeitamento, desleixo, sempre fun eu porque sempre sentín latexar en min a miña identidade, a miña identidade galega que nunca conseguiron calar nin destruír. Cando un amor é forte e verdadeiro, nada o pode desfacer. Nunca esquecín a miña lingua por moito que me obrigasen a expresarme en castelán. Nunca deixaron de soar por dentro de min as cancións que foron sempre a banda sonora da miña vida. Sempre lembrei a imaxe da miña aldea de pedra, situada entre as montañas sempre nevadas, a cor das árbores, a forza do vento, o recendo das follas, dos campos, dos animais. Todo iso sempre ficou intacto por dentro de min coma se fose unha parte máis do meu corpo, un órgano máis, coma se fose parte das miñas propias veas. Durante case trinta anos, fun eu sen selo de todo porque me tiña que agochar do mundo, deses seres que non me querían coñecer. Agora, a miña verdadeira maneira de ser rexurdiu con forza, á fin. Sempre estivo en min, calada, agardando o momento de poder volver falar, expresarse, alzar a súa voz, ser, simplemente. Ser.
Da opresión, da obriga de terme que agochar, do silencio que me impuñan, das cadeas que me ataban as mans, do esforzo por non ser eu, de todo iso naceu unha doenza terríbel que tentaron curarme aplicándome terapias horríbeis que me destruían, que me desfacían, que empeoraban eses síntomas que me esnaquizaban e me descontrolaban.
E, ultimamente, nestes días, sen saber eu por que, hai unha lembranza horríbel que me enche a mente, decotío, sen que o poida evitar. Véxome agochándome en calquera recuncho do cuarto que me obrigaban a ocupar para tentar fuxir desas enfermeiras que me querían levar a esa sala na que me aplicaban esas terríbeis terapias que me facían perder a consciencia. Non quería, non quería perder a noción de min propia, non quería porque me estarrecía crer que podía desaparecer o que eu era, porque eu quería seguir vivindo porque tiña catorce anos, estaba chea de vida, vida que eles querían matar, quería vivir porque devecía por voltar á miña terra, sabía que podería voltar algún día e, porén, non quería permitir que me fixesen dano, que me desfixesen. Sinto como tremía daquela, como as ganas de berrar e de chorar me invadían toda, sinto o pánico que me descontrolaba naqueles momentos, e teño que respirar profundamente namentres me digo: “iso xa pasou, non é real, nunca máis te volverá pasar”, e podo acougar, pódome sentir calma, á fin, grazas a esas frases que me repito como un mantra. Amais, Lúa me está a axudar moitísimo con estes traumas. Onte, fixemos un exercicio moi bo que me axudou moitísimo. Fíxome recuperar esa lembranza sen interromper nada, permitindo que me invadisen todas as emocións e sensacións que me provocaba. Lúa díxome que, cando me sentise a piques de perder a calma por completo, imaxinase que a eu do presente entraba no meu cuarto no canto de imaxinar que entraba a enfermeira cruel que me levaría a ese lugar horríbel, que imaxinase que era eu quen entraba, quen se anicaba diante miña, quen me tomaba das mans e me arrastraba fóra dese cuarto para levarme á aldea a través do aire. Puiden facelo porque eu sei meditar moi ben e aquel exercicio parecíase moito a unha meditación na que eu controlaba todas as imaxes que me enchían a mente. Puiden facelo e, de súpeto, comeceime a sentir moitísimo mellor. Deixei de chorar axiña, a miña respiración acougou paseniñamente e, entón, deime de conta de que estaba ben, de que o pánico e a tristura se converteran en ledicia, en tranquilidade, en amor.
Lúa está a me axudar moitísimo. Escóitame durante longos minutos, mesmo durante horas, e cóntolle todo o que sinto, o que penso, o que me ocorreu. Desafógome con ela como xamais me desafoguei con ninguén e o máis curioso é que, neses momentos, Lúa se converte noutra persoa para min. A confianza que lle teño me incita a abrirme a ela, pero Lúa ten un poder distinto cando me axuda eisí. É outra persoa. Segue a ser a miña Luíña, pero para min é outra persoa. Atopo nela a mellor psicóloga que nunca coñecín e noto en min a súa sabedoría, a súa profesionalidade. É algo marabilloso que me custa explicar.
Cando sinto o principio da ansiedade, entón fago exercicios que Lúa me recomendou, desaparezo por uns momentos do lugar no que me acho, agóchome da xente porque o preciso, porque hei de estar rodeada de silencio para sentir que a ansiedade marcha. Por sorte, cada vez teño menos crises de ansiedade; o cal me fai sentir esperanzada e tamén con ganas de loitar porque agora teño tácticas que antes non tiña para vencela, para loitar contra ela. Lúa ten moita paciencia comigo e, se teño ansiedade, non pensa que non son feliz, como o pensaba Artemisa, quen pensaba que, se eu non estou ben, quere dicir que xa nada está ben na miña vida. No canto, Lúa sabe perfectamente que a ansiedade non é máis que un síntoma pasaxeiro que teño que tratar, pero non é sinal de que non sexa feliz, en absoluto, ao contrario, é coma quen ten baixadas de tensión ou de azucre. É unha circunstancia, un rescaldo da perigosa depresión que me atacou durante anos, da que xurdiron tantos medos, tanta desesperación. Amais, Lúa tamén me di que agora me sae a ansiedade porque estou tranquila y feliz. Eu síntome feliz, contentísima, sempre estou de bo humor, risoña, con ganas de facer cousiñas, de vivir, de falar coa xente, de ser eu sempre. Gozo de todo o que me envolve, mesmo da morriña que sinto cando volto á aldeíña. É magnífico sentir tanto porque me sinto viva, as emocións fainos sentir vivas... Nunca as teriamos que reprimir porque son a voz da nosa ialma.
Sei que agora é preciso que saia a ansiedade para que a poida curar. Se non saíse, posibelmente ficaría encerrada e soterrada na miña ialma e, de súpeto, un inesperado día, sairía convertida nun río rebordado, imparábel. Se agora vai saíndo devagariño, é máis sinxelo controlala, curala, mesmo curala. Eu sei que me curarei definitivamente co paso do tempo. Xa estou no camiño exacto, axeitado, para curarme, para deixar atrás tanto sufrimento, á fin. Creo que xa o merezo.
Non sei nada de Artemisa, pero sinto que está mellor. Non deixei de celebrar eses rituais cos que pretendo axudala e sinto na miña ialma que ela está cada vez mellor, que vai tendo máis forza e ganas de vivir. Invitamos a Casandra á nosa voda, pero non nos explicou nada verbo de Artemisa; o cal é moi bo sinal porque, se estivese peor, nolo diría.
Ultimamente, con Iauga vivo ensaios preciosos, fermosísimos, que a todas nos removen a ialma. É incríbel sentir con tanta vida a música. Compoñemos cancións fermosas que, cando convertemos en música, nos emocionan, fannos sentir que paga a pena sentir tristura ás veces, sentir ledicia... Eu compoño mellor se sinto morriña. A choiva faime sentir moita morriña, faime sentir nostálxica, pero non sei por que sinto nostalxia. É coma se esa emoción tamén chovese do ceo.
Témolo xa case todo preparadiño para a nosa voda. Sabemos xa que vestidos imos levar. Eu levarei un vestido vermello fermosísimo, con bordados de flores, cunha saia ampla, de voo, precioso. Será unha voda moi sinxela. Celebrarémola na aldeíña, cos veciños e cos nosos amigos. Lúa non me dixo como irá vestida porque prefire que sexa unha sorpresa. Tenme preparadas moitas sorpresas. Eu tamén lle teño preparada unha moi fermosa. Contactei cunha amiga súa que vive en Londres, coa que teño unha historia algo triste que logo contarei, e, sen que Lúa o saiba, vai vir á voda. Lúa invitouna moito despois de que eu contactase con ela e díxolle que non podía ir. Lúa está certa de que non vai vir e vaise dar unha sorpresa cando a vexa... casaremos o domingo cinco de abril. Poderiamos facelo en sábado, pero preferimos o domingo porque é un día no que a meirande da xente pode vir. Algunhas de nós, ás veces, traballamos os sábados, aínda que eu menos que Uxía, por exemplo, que abre a súa tenda todos os días agás o domingo.
A amiga de Lúa que vive en Londres chámase Susana e chámana Sus, Susi... Coñécense porque estudaron xuntas na universidade e sempre se levaron moi ben, malia non vérense moi a miúdo porque Susi foi traballar a Londres cando rematou a carreira de psicoloxía, pero sempre mantiveron o contacto. Pois, no novembro do 2018, cando pensabamos todos que Lúa marchara para sempre da vida e eu vivía no noso pisiño xa, ela chamou á casa unha tarde. Non lembro de como fun quen de explicarlle que Lúa non estaba. Ela non o podía crer. Non entendía nada e enténdoo, entendo que non comprendese nada porque é incomprensíbel que chames á casa dunha amiga, que che colla o teléfono unha persoa descoñecida e que, por riba, che diga que esa amiga non vive; pero Susana foi moi paciente e moi empática. Axiña se deu de conta de que eu estaba a sufrir moito por Lúa e non me dixo ningunha palabra desacertada nin desaxeitada, ao contrario, fíxome moito ben falar con ela e, dende aquela, falamos de cando en vez. Ás veces, chamabámonos para falarmos un pouco. Uníanos que ambas as dúas perderamos a un ser moi querido. Cando Lúa voltou á nosa vida, entón eu chamei a Susana para explicarlle o que pasara. Non permitín que Lúa a chamase porque por teléfono é moito máis delicado facer estas cousiñas. Foi un momento moi bonito. Susana enfadouse con Lúa, pero axiña se lle pasou.
Tamén quería falar da miña nai. Ultimamente, nótoa máis avellentada. Parece coma se lle caese enriba súa o infindo esforzo que fixo sempre por vivir minimamente ben, co básico. Caeron enriba súa todos eses anos de loita, de soidade, de tristura. Agora lembra máis que nunca das persoas que non están. Hai un ano que morreu Iria e parece coma se agora a miña nai sentise máis profundamente a súa morte. Lembra da súa nai (a miña avoa), do seu pai, da súa nenez, de cando vivían todos na aldeíña... Foron tempos moi felices, malia que tamén duros. Eu aínda non nacera nese tempo do que ela me fala con tanta morriña, pero podo imaxinar perfectamente como vivían, como eran as cousas, porque sinto que sempre estiven eiquí animicamente. Estar fisicamente é unha circunstancia temporal e efémera, pero animicamente estiven sempre, ano tras ano, século tras século, estiven eiquí sempre porque a lembranza destas árbores, destes bosques, do río, das montañas, dos campos, das vendimas, da sega, de todo, téñoa tan gravada na miña ialma... Tívena sempre, mesmo cando era cativiña podía lembrar nitidamente como foi sempre a vida eiquí. Teño na ialma sensacións doutros tempos moi lonxanos.
Noto que a miña nai se sente soa. Só se acompaña dos seus recordos e das pouquiñas persoas que aínda viven na aldeíña. Está tristeiriña. Vexo a súa tristura nos ollos. Fálame moito do meu pai. O meu pai... Que esvaecida teño a súa lembranza. Podo recordar que el me aprendeu moito verbo do campo, das flores, dos animais, das árbores. Sabía tanto e tanto... Amaba tanto a súa terra (sen ter nacido eiquí, que iso é o máis curioso) que me resulta imposíbel crer que puidese marchar así, sen ter previsión de voltar, para sempre. É certo que eramos pobres, moi pobres, pero eramos ricos en amor, tiñamos moito amor. A miña nai queríao moitísimo e sei que aínda o quere. Mesmo penso que sería quen de perdoalo se el volvese pedíndolle perdón. Non entendo por que marchou eisí. Dinme que marchou xunto os seus pais, que vivían en Arxentina. A historia dos meus avós paternos é moi estraña. O meu pai tiña dezaoito anos cando voltou a Ourense porque quería coñecer o lugar no que naceron os seus pais. Entón coñeceu á miña nai, estivo na casa dos meus avós paternos, a que levaba deshabitada dende había vinte anos, e namorou profundamente deste recunchiño do mundo e sobre todo da miña nai. Parece ser que xa tiña unha moza en Arxentina coa que estaba comprometido. É unha historia á que, para min, lle fallan detalles. É como incompleta. Eu non coñecín aos meus avós paternos, que mágoa. O meu pai sempre me contaba que o meu avó era moi sabio, que foi afiador-paraugueiro e que percorrera moitísimos recunchos de Ourense, de Galicia toda, cos seus cantos, coa súa xerga (o barallete), coas súas ferramentas... Percorreu montañas, vales, aldeas, chegando ás cidades, facendo amigos en todas partes, aprendendo da vida, das persoas. Decidiu marchar coa súa muller a Arxentina cando casaron porque sabían que eiquí pouquiño ían ter. Fixeron o mesmo que fixeron moitas persoas: viaxar en procura dun futuro mellor, máis doado, máis rico. Conseguírono, pero sempre ficou eiquí a ialma dos dous, vencellada á terra para sempre.
O que me resulta máis incomprensíbel é que o meu pai casase coa miña nai se tiña xa unha moza en Arxentina. Non sei por que o fixo. Si, si que o sei, pero cústame aceptar esa razón. O que pasou foi que a miña nai quedou embarazada, de min, e, entón, era inviábel que el marchase porque, naquel tempo, era unha profunda deshonra e ofensa que unha muller tivese fillos sen estar casada e máis nunha aldea de cen habitantes na que todos se coñecían fondamente. O meu pai viuse obrigado a ficar eiquí ata que eu tivese algún tempo. Foi paciente, iso creo, e logo marchou crendo que non o necesitariamos. Deixouse levar polo seu corazón, que iso é o que deberiamos facer todos. Eu non lle gardo rancor por iso, pero si que me tería gustado que el estivese máis tempo comigo, que me vese medrar, aprender a vivir, e non me coñece. Non coñece á súa filla. Seica, agora que sinto que recuperei todo o que sempre devecín ter, que non me coñeza ben é o que máis me doe. Nin tan sequera sabemos se está vivo. Coido que si. Eu sinto en min que si está vivo. Non sei se el pensa en nós, se lle gustaría coñecernos. Si, dixen coñecernos porque xa non somos as mesmas persoas que el abandonou hai xa máis de corenta anos. Corenta anos. Dise axiña, dise rápido. Corenta anos. Nese tempo, a xente muda moito, sobre todo unha nena que perde ao seu pai cando nin ten catro anos.
Hai moitas cousiñas que non quero esquecer, malia que doan. Si me doe a marcha do meu pai, pero podo vivir con esa dor. Dálle sentido á súa ausencia.
O meu pai falaba galego coma se tivese nacido e medrado eiquí porque os seus pais, os meus avós, nunca lle agocharon cales eran as súas orixes. Sempre coñeceu a terriña sen ter estado nela. Cando era cativo, botábaa en falla sen tela visto nunca e, cando veu eiquí por vez primeira, sentiu que se lle enchía a ialma, que desaparecía ese baleiro que sentira sempre. É moi curiosa a súa historia, pero tamén moi triste.
Eu lembro que era alto, forte, co cabelo negrísimo, coma min, cos ollos verdes. Eu quitei os ollos negros, de profunda noite, da miña nai, da miña avoa, da miña bisavoa... herdei delas a miña voz de veludo, suave, doce e forte asemade, a miña maneira de ser, os meus dons... Do meu pai herdei a súa altura, o seu carácter tranquilo e sensíbel. El tamén o era, era tan sensíbel coma min e posibelmente non puidese xestionar ben a súa sensibilidade porque era un home, era home, tiña que agocharse, por ser home, porque os homes non podían chorar, non podían amosar sensibilidade.
Xa veu a anoitecida. Temos que cearmos, conversando sobre a semana. Gustaríame que a miña nai viñese pasar uns días a Ourense, con Lúa e comigo, pero di que non quere irse da aldeíña, que prefire estar eiquí, que eiquí ten o seu fogar... pero non lle pido que abandone a aldeíña, só que veña a Ourense uns días, pero tamén é certo que pasaría a meirande parte do día soa porque Lúa e máis eu traballamos ambas as dúas.
Coido que por hoxe xa é abondo. Desafogueime moito escribindo. Tento escribir en Ourense sobre todo isto, pero non me sae da mesma maneira que na aldeíña, onde os meus sentimentos e as miñas lembranzas parecen ter vida propia. Na aldeíña, inspírome moito, inspírame o silencio, as lembranzas que fican eiquí detidas, para sempre. Na aldeíña, pódome reencontrar mellor co meu pasado. En Ourense, a vida é moito máis intensa. Non hai case momentos de silencio, de detérmonos. Imos sempre facendo todo tipo de cousas: as compras os luns, os baños nas Burgas os martes, os ensaios os mércores, cociñar para toda a semana os xovess e o venres as viaxes á aldeíña... e o traballo, as oito horas de choio, e máis se cadra, se é preciso. A min non me custa nada pasar horas na cafetaría porque é o meu negocio. Téñolle moito agarimo e gústame traballar eilí, igual que Lúa tamén goza moito co seu traballo.
E iso é todo por hoxe. Agora si, despídome rodeada de calma, de amor, de silencio, de benestar.

Traducción:


Viernes, 31 de enero de 2020
Se va enero entre delicadas gotas de agua que caen con timidez, indecisas y frágiles. La aldeíña está heladiña, fría, pero acogedora, con su infinito silencio, con su oscuridad brumosa. Siempre me gustó el invierno, pero ansío la llegada de la primavera, del calor, de los días más largos. Jamás me había pasado eso. Siempre rechacé el verano cuando vivía fuera de Galicia, pero ahora ya me reconcilié con el verano porque aquí huele todo de otra manera. Todo tiene su hermosura. No niego la hermosura de otros lugares, pero a mí me llega al alma la hermosura de mi tierra. Hay belleza en cualquier rincón, pero esa belleza puede ser indiferente para nosotros. Nuestra alma no nos pertenece del todo. Va libre sintiendo, aferrándose a lo que la llena de hermosura, de sentimientos que tengan sentido, que despierten algo en nosotros, como si se alimentase de esos sentimientos, igual que hay ciertos alimentos que no nos gustan y otros que nos encantan. El alma funciona igual, en el fondo, y eso no se puede negar. Mi alma siempre se ha expresado con mucha fortaleza. Me habló siempre de las emociones que la llenaban. Nunca pude ignorar su voz. No sería acertado decir que siento con más intensidad desde que volví a Galicia porque, antes de estar aquí, ya sentía, sentía muchísimo, con un vigor que muchas veces me hacía pequeña; pero sentía emociones que me ahogaban, que me deshacían, que me desorientaban y me arrancaban la noción de mí misma. En cambio, aquí en Galicia, puedo sentir todo tipo de sensaciones, de emociones. Se mueve por dentro de mí un río infinito de sentimientos. Esa cascada de emociones, muchas veces, me arrastra, pero me gusta dejarme llevar por ella porque, de mi alma, pueden salirme composiciones hermosas. Esas emociones se convierten en lírica, en literatura, en arte; lo cual me hace sentir llena, llena de vida, llena de sentido. Todo lo que forma mi vida, o lo que la compone, tiene sentido, mi vida es un mosaico hecho de belleza, de armonía, de amor, de felicidad, de música, de risa, de sonrisas, de melancolía, incluso de tristeza, y todo compone una imagen brillante, espléndida y centelleante. Siempre fui yo, siempre, pese a rodearme sólo tristeza, soledad, silencio, odio, rechazo, abandono, siempre fui yo porque siempre sentí latir en mí mi identidad, mi identidad gallega que nunca consiguieron callar ni destruir. Cuando un amor es fuerte y verdadero, nada puede deshacerlo. Nunca olvidé mi lengua por mucho que me obligasen a expresarme en castellano. Nunca dejaron de sonar por dentro de mí las canciones que fueron siempre la banda sonora de mi vida. Siempre recordé la imagen de mi aldea de piedra, situada entre las montañas siempre nevadas, el color de los árboles, la fuerza del viento, el aroma de las hojas, de los campos, de los animales. Todo eso siempre permaneció intacto por dentro de mí como si fuese una parte más de mi cuerpo, un órgano más, como si fuese parte de mis propias venas. Durante casi treinta años, fui yo casi sin serlo del todo porque tenía que esconderme del mundo, de esos seres que no querían conocerme. Ahora mi verdadera manera de ser resurgió con fuerza, al fin. Siempre estuvo en mí, callada, esperando el momento de poder volver a hablar, expresarse, alzar su voz, ser, simplemente. Ser.
De la opresión, de la obligación de tener que esconderme, del silencio que me imponían, de las cadenas que me ataban las manos, del esfuerzo por no ser yo, de todo eso nació una enfermedad terrible que intentaron curarme aplicándome terapias horribles que me destruían, que me deshacían, que empeoraban esos síntomas que me destrozaban y me descontrolaban.
Y, últimamente, en estos días, sin saber yo por qué, hay un recuerdo horrible que me llena la mente, continuamente, sin que pueda evitarlo.. me veo escondiéndome en cualquier rincón del cuarto que me obligaban a ocupar para intentar huir de esas enfermeras que querían llevarme a esa sala en la que me aplicaban esas terribles terapias que me hacían perder la consciencia. No quería, no quería perder la noción de mí misma, no quería porque me aterraba creer que podía desaparecer lo que yo era, porque yo quería seguir viviendo porque tenía catorce años, estaba llena de vida, vida que ellos querían matar, quería vivir porque ansiaba volver a mi tierra, sabía que podría regresar algún día y, por eso, no quería permitir que me hiciesen daño, que me deshiciesen. Siento cómo temblaba entonces, cómo las ganas de gritar y de llorar me invadían toda, siento el pánico que me descontrolaba en aquellos momentos, y tengo que respirar profundamente mientras me digo: “eso ya pasó, no es real, nunca más volverá a pasarte”, y puedo sosegarme, puedo sentirme calmada, al fin, gracias a esas frases que me repito como un mantra. Además, Lúa está ayudándome muchísimo con estos traumas. Ayer, hicimos un ejercicio muy bueno que me ayudó muchísimo. Me hizo recuperar ese recuerdo sin interrumpir nada, permitiendo que me invadiesen todas las emociones y sensaciones que me provocaba. Lúa me dijo que, cuando me sintiese a punto de perder la calma por completo, me imaginase que la yo del presente entraba en mi cuarto en vez de imaginarme que entraba la enfermera cruel que me llevaría a ese lugar horrible, que me imaginase que era yo quien entraba, quien se agachaba delante de mí, quien me tomaba de las manos y me arrastraba fuera de ese cuarto para llevarme a la aldea a través del aire. Pude hacerlo porque yo sé meditar muy bien y aquel ejercicio se parecía mucho a una meditación en la que yo controlaba todas las imágenes que me llenaban la mente. Pude hacerlo y, de súbito, comencé a sentirme muchísimo mejor. Dejé de llorar enseguida, mi respiración se sosegó poquiño a poco y, entonces, me di cuenta de que estaba bien, de que el pánico y la tristeza se habían convertido en alegría, en tranquilidad, en amor.
Lúa está ayudándome muchísimo. Me escucha durante largos minutos, incluso durante horas, y le cuento todo lo que siento, lo que pienso, lo que me ocurrió. Me desahogo con ella como jamás me he desahogado con nadie y lo más curioso es que, en esos momentos, Lúa se convierte en otra persona para mí. La confianza que le tengo me incita a abrirme a ella, pero Lúa tiene un poder distinto cuando me ayuda así. Es otra persona. Sigue siendo mi Luíña, pero para mí es otra persona. Encuentro en ella la mejor psicóloga que nunca conocí y noto en mí su sabiduría, su profesionalidad. Es algo maravilloso que me cuesta explicar.
Cuando siento el principio de la ansiedad, entonces hago ejercicios que Lúa me ha recomendado, desaparezco por unos momentos del lugar en el que me hallo, me escondo de la gente porque lo necesito, porque he de estar rodeada de silencio para sentir que la ansiedad se marcha. Por suerte, cada vez tengo menos crisis de ansiedad; lo cual me hace sentir esperanzada y también con ganas de luchar porque ahora tengo tácticas que antes no tenía para vencerla, para luchar contra ella. Lúa tiene mucha paciencia conmigo y, si tengo ansiedad, no piensa que no soy feliz, como lo pensaba Artemisa, quien pensaba que, si yo no estoy bien, quiere decir que ya nada está bien en mi vida. En cambio, Lúa sabe perfectamente que la ansiedad no es más que un síntoma pasajero que tengo que tratar, pero no es señal de que no sea feliz, en absoluto, al contrario, es como quien tiene bajadas de tensión o de azúcar. Es una circunstancia, un rescoldo de la peligrosa depresión que me atacó durante años, de la que surgieron tantos miedos, tanta desesperación. Además, Lúa también me dice que ahora me sale la ansiedad porque estoy tranquila y feliz. Yo me siento feliz, contentísima, siempre estoy de buen humor, sonriente, con ganas de hacer cosiñas, de vivir, de hablar con la gente, de ser yo siempre. Disfruto de todo lo que me envuelve, incluso de la morriña que siento cuando vuelvo a la aldeíña. Es magnífico sentir tanto porque me siento viva, las emociones nos hacen sentir vivas... Nunca tendríamos que reprimirlas porque son la voz de nuestra alma.
Sé que ahora es necesario que salga la ansiedad para que la pueda curar. Si no saliese, posiblemente permanecería encerrada y enterrada en mi alma y, de súbito, un inesperado día, saldría convertida en un río desbordado, imparable. Si ahora va saliendo poquiño a poco, es más sencillo controlarla, curarla, incluso curarla. Yo sé que me curaré definitivamente con el paso del tiempo. Ya estoy en el camino exacto, adecuado, para curarme, para dejar atrás tanto sufrimiento, al fin. Creo que ya me lo merezco.
No sé nada de Artemisa, pero siento que está mejor. No he dejado de celebrar esos rituales con los que pretendo ayudarla y siento en mi alma que ella está cada vez mejor, que va teniendo más fuerza y ganas de vivir. Invitamos a Casandra a nuestra boda, pero no nos ha explicado nada sobre Artemisa; lo cual es muy buena señal porque, si estuviese peor, nos lo diría.
Últimamente, con Iauga vivo ensayos preciosos, hermosísimos, que a todas nos remueven el alma. Es increíble sentir con tanta vida la música. Componemos canciones hermosas que, cuando convertimos en música, nos emocionan, nos hacen sentir que merece la pena sentir tristeza a veces, sentir alegría... Yo compongo mejor si siento morriña. La lluvia me hace sentir mucha morriña, me hace sentir nostálgica, pero no sé por qué siento nostalgia. Es como si esa emoción también lloviese del cielo.
Lo tenemos casi todo preparadiño para nuestra boda. Sabemos ya qué vestidos vamos a llevar. Yo llevaré un vestido rojo hermosísimo, con bordados de flores, con una falda amplia, de vuelo, precioso. Será una boda muy sencilla. La celebraremos en la aldeíña, con los vecinos y con nuestros amigos. Lúa no me ha dicho cómo irá vestida porque prefiere que sea una sorpresa. Me tiene preparadas muchas sorpresas. Yo también le tengo preparada una muy hermosa. Contacté con una amiga suya que vive en Londres, con la que tengo una historia algo triste que luego contaré, y, sin que Lúa lo sepa, va a venir a la boda. Lúa la invitó mucho después de que yo contactase con ella y le dijo que no podría ir. Lúa está convencida de que no va a venir y se va a dar una sorpresa cuando la vea... Nos casaremos el domingo cinco de abril. Podríamos hacerlo en sábado, pero preferimos el domingo porque es un día en el que la mayor parte de la gente puede venir. Algunas de nosotras, a veces, trabajamos los sábados, aunque yo menos que Uxía, por ejemplo, que abre su tienda todos los días excepto el domingo.
La amiga de Lúa que vive en Londres se llama Susana y la llaman Sus, Susi... se conocen porque estudiaron juntas en la universidad y siempre se llevaron muy bien, a pesar de no verse muy a menudo porque Susi fue a trabajar a Londres cuando terminó la carrera de psicología, pero siempre mantuvieron el contacto. Pues, en noviembre de 2018, cuando pensábamos todos que Lúa se había marchado para siempre de la vida y yo vivía en nuestro pisiño ya, ella llamó a casa una tarde. No me acuerdo de cómo fui capaz de explicarle que Lúa no estaba. Ella no podía creerlo. No entendía nada y lo entiendo, entiendo que no comprendiese nada porque es incomprensible que llames a casa de una amiga, que te coja el teléfono una persona desconocida y que, encima, te diga que esa amiga no vive; pero Susana fue muy paciente y empática. Enseguida se dio cuenta de que yo estaba sufriendo mucho por Lúa y no me dijo ninguna palabra desacertada ni inadecuada, al contrario, me hizo mucho bien hablar con ella y, desde entonces, hablamos de vez en cuando. A veces, nos llamábamos para hablar un poco. Nos unía que ambas habíamos perdido a un ser muy querido. Cuando Lúa volvió a nuestra vida, entonces yo llamé a Susana para explicarle lo que había pasado. No permití que Lúa la llamase porque por teléfono es mucho más delicado hacer estas cosiñas. Fue un momento muy bonito. Susana se enfadó con Lúa, pero enseguida se le pasó.
También quería hablar de mi madre. Últimamente, la noto más envejecida. Parece como si le hubiese caído encima el infinito esfuerzo que hizo siempre por vivir mínimamente bien, con lo básico. Le han caído encima todos esos años de lucha, de soledad, de tristeza. Ahora se acuerda más que nunca de las personas que no están. Hace un año que murió Iria y parece como si ahora mi madre sintiese más profundamente su muerte. Se acuerda de su madre (mi abuela), de su abuelo, de su niñez, de cuando vivían todos en la aldeíña... Fueron tiempos muy felices, aunque también duros. Yo aún no había nacido en ese tiempo del que ella me habla con tanta morriña, pero puedo imaginar perfectamente como vivían, cómo eran las cosas, porque siento que siempre estuve aquí anímicamente. Estar físicamente es una circunstancia temporal y efímera, pero anímicamente estuve siempre, año tras año, siglo tras siglo, estuve aquí siempre porque el recuerdo de estos árboles, de estos bosques, Del Río, de las montañas, de los campos, de las vendimias, de la siega, de todo, lo tengo tan grabado en mi alma... Lo tuve siempre, incluso cuando era niña podía recordar nítidamente cómo fue siempre la vida aquí. Tengo en el alma sensaciones de otros tiempos muy lejanos.
Noto que mi madre se siente sola. Sólo se acompaña de sus recuerdos y de las pouquiñas personas que aún viven en la aldeíña. Está tristiña. Veo su tristeza en sus ojos. Me habla mucho de mi padre. Mi padre... Qué desvanecido tengo su recuerdo. Puedo recordar que él me enseñó mucho sobre el campo, las flores, los animales, los árboles. Sabía tanto y tanto... Amaba tanto su tierra (sin haber nacido aquí, que eso es lo más curioso) que me resulta imposible creer que pudiese marcharse así, sin tener previsión de volver, para siempre. Es cierto que éramos pobres, muy pobres, pero éramos ricos en amor, teníamos mucho amor. Mi madre lo quería muchísimo y sé que todavía lo quiere. Incluso pienso que sería capaz de perdonarlo si él volviese pidiéndole perdón. No entiendo por qué se marchó así. Me dicen que se marchó junto a sus padres, que vivían en Argentina. La historia de mis abuelos paternos es muy extraña. Mi padre tenía dieciocho años cuando volvió a Ourense porque quería conocer el lugar en el que nacieron sus padres. Entonces conoció a mi madre, estuvo en la casa de mis abuelos paternos, la que llevaba deshabitada desde hacía veinte años, y se enamoró profundamente de este rinconciño del mundo y sobre todo de mi madre. Parece ser que ya tenía una novia en Argentina con la que estaba comprometido. Es una historia a la que, para mí, le faltan detalles. Es como incompleta. Yo no conocí a mis abuelos paternos, qué lástima. Mi padre siempre me contaba que mi abuelo era muy sabio, que fue afilador-paragüero y que había recorrido muchísimos rincones de Ourense, de Galicia toda, con sus cantos, con su jerga (el barallete), con sus herramientas... Recorrió montañas, valles, aldeas, llegando a las ciudades, haciendo amigos en todas partes, aprendiendo de la vida, de las personas. Decidió marcharse con su mujer a Argentina cuando se casaron porque sabían que aquí poquiño iban a tener. Hicieron lo mismo que hicieron muchas personas: viajar en busca de un futuro mejor, más fácil, más rico. Lo consiguieron, pero siempre permaneció aquí el alma de los dos, enlazada a la tierra para siempre.
Lo que me resulta más incomprensible es que mi padre se casase con mi madre teniendo ya una novia en Argentina. No sé por qué lo hizo. Sí, sí que lo sé, pero me cuesta aceptar esa razón. Lo que pasó fue que mi madre se quedó embarazada, de mí, y, entonces, era inviable que él se marchase porque, en aquel tiempo, era una profunda deshonra y afrenta que una mujer tuviese hijos sin estar casada y más en una aldea de cien habitantes en la que todos se conocían hondamente. Mi padre se vio obligado a permanecer aquí hasta que yo tuviese algún tiempo. Fue paciente, eso creo, y luego se marchó creyendo que no lo necesitaríamos. Se dejó llevar por su corazón, que eso es lo que deberíamos hacer todos. Yo no le guardo rencor por eso, pero sí me habría gustado que él hubiese estado más tiempo conmigo, que me hubiese visto crecer, aprender a vivir, y no me conoce. No conoce a su hija. Quizás, ahora que siento que recuperé todo lo que siempre ansié tener, que no me conozca bien es lo que más me duele. Ni tan siquiera sabemos si está vivo, creo que sí. Yo siento en mí que sí está vivo. No sé si él piensa en nosotras, si le gustaría conocernos. Sí, dije conocernos porque ya no somos las mismas personas que él abandonó hace ya más de cuarenta años. Cuarenta años. Se dice pronto, se dice rápido. Cuarenta años. En ese tiempo, la gente cambia muchísimo, sobre todo una niña que pierde a su padre cuando ni tiene cuatro años.
Hay muchas cosiñas que no quiero olvidar, aunque duelan. Sí me duele la marcha de mi padre, pero puedo vivir con ese dolor. Le da sentido a su ausencia.
Mi padre hablaba gallego como si hubiese nacido y crecido aquí porque sus padres, mis abuelos, nunca le ocultaron cuáles eran sus orígenes. Siempre conoció la tierriña sin haber estado en ella. Cuando era niño, la echaba de menos sin haberla visto nunca y, cuando vino aquí por primera vez, sintió que se le llenaba el alma, que desaparecía ese vacío que había sentido siempre. Es muy curiosa su historia, pero también muy triste.
Yo recuerdo que era alto, fuerte, con el cabello negrísimo, con los ojos verdes. Yo saqué los ojos negros, de profunda noche, de mi madre, de mi abuela, de mi bisabuela... Heredé de ellas mi voz de terciopelo, suave, dulce y fuerte a la vez, mi manera de ser, mis dones... De mi padre heredé su altura, su carácter tranquilo y sensible. Él también lo era, era tan sensible como yo y posiblemente no pudiese gestionar bien su sensibilidad porque era un hombre, era hombre, tenía que esconderse, por ser hombre, porque los hombres no podían llorar, no podían mostrar sensibilidad.
Ya vino la anochecida. Tenemos que cenar, conversando sobre la semana. Me gustaría que mi madre viniese a pasar unos días a Ourense, con Lúa y conmigo, pero dice que no quiere irse de la aldeíña, que prefiere estar aquí, que aquí tiene su hogar... pero no le pido que abandone la aldeíña, sólo que venga a Ourense unos días, pero también es cierto que pasaría la mayor parte del día sola porque Lúa y yo trabajamos las dos.
Creo que por hoy ya es suficiente. Me he desahogado mucho escribiendo. Intento escribir en Ourense sobre todo esto, pero no me sale de la misma manera que en la aldeíña, donde mis sentimientos y mis recuerdos parecen tener vida propia. En la aldeíña, me inspiro mucho, me inspira el silencio, los recuerdos que permanecen aquí detenidos, para siempre. En la aldeíña, puedo reencontrarme mejor con mi pasado. En Ourense, la vida es mucho más intensa. No hay casi momentos de silencio, de detenernos. Vamos siempre haciendo todo tipo de cosas: las compras los lunes, los baños en las Burgas los martes, los ensayos los miércoles, cocinar para toda la semana los jueves y los viernes los viajes a la aldeíña... y el trabajo, las ocho horas de trabajo, y más si cabe, si es preciso. A mí no me cuesta nada pasar horas en la cafetería porque es mi negocio. Le tengo mucho cariño y me gusta trabajar allí, igual que Lúa también disfruta mucho con su trabajo.
Y eso es todo por hoy. Ahora sí, me despido rodeada de calma, de amor, de silencio, de bienestar.

domingo, 2 de febrero de 2020

DIARIO DE LÚA: MARTES, 28 DE XANEIRO DE 2020


Martes, 28 de xaneiro de 2020
Que rápido pasan os días. Paréceme que non hai horas de abondo para desafogar a felicidade que me enche a ialma. A noite vén axiña, cando estou gozando das horas da tarde, e amence sen que me decate de que durmín durante máis de sete horas.
Acabamos de vir das Burgas. Despois dun baño nas Burgas, non queda no corpo nin na ialma a máis pequena pegada de estrés nin de tensión. Sempre imos ás Burgas os martes, non importando se vai sol, se chove, se neva... O baño nas Burgas é algo que precisamos. Hoxe volve chover. O ambiente está inzado dunha melancolía fermosa que enche a ialma de inspiración. Cando bañas nas Burgas sentindo caer a choiva, percíbese perfectamente o contraste entre a auga fría que o ceo chora e a calor da auga da Burga. É unha sensación indescritíbel e moi divertida, certamente.
Paréceme que levo séculos vivindo eisí, eiquí, nesta existencia que semella un soño, que tanto devecín vivir, durante anos, dende a miña adolescencia, cando pensei que o máis sinxelo da vida era deixarse levar polo que o noso corazón nos ditaba e o máis complicado era loitar precisamente por eses desexos tan fondos que eran o sentido da vida toda. Agora, voltando a vista atrás, paréceme que a muller que son agora non se asemella en absoluto á rapaza que soñaba cunha vida que para todos era un pecado, unha falta gravísima, unha razón para que me encerrasen nun lugar no que ninguén me puidese ver. Cando souben o que fixeran con Agnes, crin que eilí, nese hospital horríbel, haberiamos de estar ambas as dúas, xuntas, porque, se crían que ela estaba doente, eu tamén o estaba, pois amabámonos ambas as dúas, non só ela a min. Eu tamén a amaba, queríaa sobre todas as cousas que había no mundo e podía haber. Era a persoa máis especial que xamais coñecera e vira. Estaba rodeada toda dun misterio fermoso que atraía e, asemade, tamén impoñía.
Cando falo con Silvia deses anos tan estraños nos que eu seguía loitando por atopar a Agnes, paréceme que falo dunha película ou dun libro que lin hai moito tempo. Paréceme que esa historia non pode ser real porque me parece demasiado marabilloso que agora esteamos eisí despois de sufrirmos tanto e tanto. Agnes enfermou por culpa de todas esas persoas que a rexeitaron sen coñecela, que a trataron da peor forma posíbel sen deterse nin un intre a coñecela. Sentirte tan soa no mundo, na túa propia vida, cando antes estiveches acompañada por unha inxente cantidade de amor enferma a calquera persoa, a calquera ser.
Eu sempre crin que a doenza de Agnes era unha lenda. Nunca pensei que estivese doente de verdade. Cando, no verán de 2018, ela voltou á aldeíña, a Ourense, á súa terra, e contoume todo o que vivira dende que a arrincaron deste recunchiño do mundo que sempre foi o único mundo para ela, o mundo todo para ela, eu axiña pensei que, cando levase uns cantos meses eiquí, todos eses síntomas que lle facían crer a ela e a todos os que a coñecían que estaba doente desaparecerían, que, de novo, volvería ser ela, a muller que sempre foi, que tanto eu amei. Seguía estando eilí, dentro dela, soterrada por unha infinda tristura, unha enorme desesperación, unha chea de medos que a detiñan... Cando, semanas despois, ela e máis eu viramos en realidade o noso desexo máis antigo e profundo, eu sentía que Agnes xa voltara, que a tiña novamente xunta min, sendo a que foi sempre.
Mais estiven algo trabucadiña. Non sei se o que facía eu era negar a realidade ou crer nunha realidade moito máis sinxela cá que creaba a nosa propia vida. Agnes non está tan doente como pensaron todos sempre, pero aínda ten cousiñas que ten que arranxar. Ten demasiadas feridas na súa ialma que aínda latexan con forza, e que, de súpeto, poden provocarlle síntomas que a desorientan, que lle impiden estar ben; mais eu estou totalmente disposta a facer todo o que estea nas miñas mans para axudala.
Eu non negaba a realidade. Nunca o fixen. Só me baseaba no que ela me contaba e no que eu vía para pensar que nunca estivo doente; pero convencinme de que Agnes aínda precisaba axuda cando me explicou, ao reencontrármonos, que o ano pasado sufrira unha crise horríbel que estivo a piques de desfacela, de novo, sen vir a conto, cando ela máis tranquila se sentía. Non obstante, ela confesoume que nunca se sentira de todo recuperada da miña “morte”, que nunca deixou de pensar en min, que si podía recoñecer que era feliz con Artemisa, pero sentíase baleira, sentía que lle fallaba a meirande parte da súa ialma, e iso fíxome esmorecer, sentín que me esvaecía, que me sentía profundamente culpábel, porque, en parte, eu era responsable da súa recaída. Por moito que ela mo negue, eu sempre me sentirei culpábel de que tivese eses ataques de ansiedade tan horríbeis.
Este ano comezou moi ben. A noite na que entrou foi preciosa, foi fermosa, foi inesquecíbel; pero, días despois, deime de conta de que a enerxía brillante coa que o ano comezara estaba a se converter nunha nube que agochaba o escintilante fulgor dos nosos días. Eu sentía que algo non ía ben, pero tampouco entendía por que percibía iso. Vía que Agnes estaba estraña. Os momentos que compartiamos eran fermosos, non lles fallaba nada, eran incríbeis, sempre, sempre o eran; pero eu detectaba algo no seu ollar, coma unha intranquilidade que lle impedía estar totalmente acougada. Á fin, deime de conta de que estaba nerviosa, de que mesmo lle custaba ter ganiñas de facer cousas, de saír, independentemente do clima que fixese. Si que é certo que tivemos días de moitísima choiva e vento, días horríbeis, pero mesmo neses días Agnes saía igualmente. Eu leveina ao choio varias mañás porque era incapaz de permitir que camiñase durante máis de media hora dende a nosa casa deica a cafetaría coa que caía... e ela agradecíamo moitísimo porque, cando eiquí chove, chove de verdade, e as rúas de Ourense vólvense ríos, ás veces, cando cae tanta auga.
Ao final conseguín que me confesase que non se encontraba ben, que tiña algo de ansiedade, que lle custaba estar tranquila. Eu fago todo o que podo para axudala e sei que estou conseguindo que esa pequeniña crise marche. Sentir que consigo que se acougue coa miña comprensión, co meu saber escoitar, faime sentir algo que nunca sentira antes. Sempre me satisfixo moitísimo e me encheu a ialma de ledicia notar que podo axudar a alguén que non está ben, que ten problemas, que ten a ialma ferida, a mente rompida por algo... pero sentir que axudo á persoa que máis quero no mundo é algo que non ten palabras, que me fai estar certa de que ten sentido que eu estea eiquí no mundo, que ten sentido que eu nacese.
Coido que a nosa vida é completa, está chea de beizóns, agora máis que nunca. Os momentos que vivimos teñen moita luz, son preciosos, todos. Os ensaios con Iauga son cada vez máis fermosos. Agora demos en facer versións preciosas de cancións que a todas nos gustan moito. Hai unhas semanas, merquei un teclado para levalo ao local no que facemos os ensaios e, cando o toco, parece coma se o mundo se detivese. O mércores pasado, fixemos unha versión preciosa de Matriarcas de Guadi Galego co piano na que todas cantamos,. Sentín que esa canción e ese momento nos unían máis que nunca. A canción é unha reclamación á feminidade, é un canto ás mulleres de Galicia, tan loitadoras sempre, tan fortes, e, ao cantala todas xuntas, sentía que, en realidade, lle cantabamos á nosa feminidade, á nosa condición de mulleres. Chorei namentres cantaba, namentres esvaraba os dedos polas teclas, sentindo que aquilo que estabamos vivindo non volvería ocorrer nunca máis, que aquel era un momento único que nos unía, que nos enchía a ialma a todas. Foi tan e tan bonito...
Ademais, Agnes compón cancións preciosas cuxas letras sempre son divertidas e moi profundas. Nunca me canta unha canción a min soa antes de levala aos ensaios. Ten unha ialma tan bonita e máxica que creo que, se quixese, podería escribir os poemas e as historias máis belidas do mundo.
Tamén estamos pensando en converternos nunha asociación. Arestora, só somos un grupo de seis mulleres que se xuntan os mércores para ensaiar esas cancións que, despois, tocarán en foliadas, en festas privadas, mesmo noutras asociacións colaborando con outros grupos. Se nos volvemos unha asociación, entón xa poderemos facer máis actividades, mesmo poderemos recadar cartos para facer concertos máis profesionais e mesmo gravar un disco, que é algo que queremos facer dende hai ben anos. Coa incorporación de Agnes, Iauga gañou moitísimo. Agnes ten unha voz fermosa e é a pandeireteira máis incríbel que xamais puidemos ter. Penso que evolucionamos moitísimo dende que Agnes forma parte do grupo. Ademais, se nos volvemos unha asociación, mesmo poderemos dar clases de baile, de pandeireita... A min gustaríame moitísimo ser mestra de zanfona ou de pandeireta, aínda que iso lle sairía mellor a Agnes. Penso que este ano vai ser moi importante para Iauga.
Vai ser un ano cheo de beizóns, malia vivirmos momentos difíciles, pero non sería lóxico que só vivísemos momentos felices. Na vida ha de haber todo tipo de momentos, de sentimentos, de experiencias, para que saibamos apreciar as que máis fermosas son, para que das malas poidamos aprender. Os momentos difíciles son precisos para que poidamos evolucionar. Hai pouquiño, lin nun libro que as treboadas son necesarias para que despois poida haber evolución. Logo da choiva, o sol brilla, dándolle á terra a calor precisa para que poida absorber a auga que o ceo lle agasallou. Na ialma dunha persoa, tamén hai treboadas precisas. Ha de chover por dentro de nós para que despois poidamos apreciar a luz que tamén nos enche o corazón. Non podería haber equilibrio para ninguén que tivese unha ialma sempre chea de ledicia. Cando a treboada que nos ataca pasa, entón notamos que marcharon con ela eses pensamentos negativos que nos ferían, que nos sentimos máis fortes, máis capaces de loitar pola nosa vida. E unha das cousiñas máis fermosas deste mundo é ver brillar o sol despois de ficar rodeados pola choiva, despois de sentir a humidade da auga e a escuridade que traen as nubes.
Dentro de tres meses, Agnes e máis eu á fin casaremos, á fin, despois de tanto soñalo. Lembro que, naquelas tardes que pasabamos agochadas no muíño, falabamos do noso amor, faciámonos promesas de estarmos xuntas para sempre, e soñabamos con que algún día poderiamos casar, sabendo moi ben que, posibelmente, aquilo nunca podería ocorrer. Con moitísima tristura nos ollos, falabamos de amor sabendo que, fóra dese muíño que nos protexía, este non podía existir, que para ninguén era lóxico que nós nos quixésemos desa maneira que ren tiña a ver co amor que dúas amigas podían sentir a unha pola outra.
E, á fin, poderá ser certo, poderá ocorrer. Se naqueles momentos alguén nos tivese dito que algún día poderiamos casar, nós pensariamos que estarían a rir dos nosos sentimentos, que aquilo non podería ser certo nunca. Eramos dúas rapazas cheas de esperanza e de ilusións, pero tamén moi realistas, soñadoras e, asemade, cos pés postos na terra. Soñabamos con estar xuntas para sempre, malia que o mundo enteiro se opuxese ao noso amor; pero tamén coñeciamos demasiado ben a realidade. Naqueles momentos, sempre que estabamos soas no muíño, lonxe dos prexuízos, dos ollares que nos xulgaban, apertabámonos as mans con forza e nostalxia, mirabámonos sabendo que ninguén podería entender aquelas miradas. Falabamos a media voz, coma se non quixésemos que o ar ouvise as nosas verbas, e sobre todo bicabámonos con medo, con dozura e paixón, pero tamén con moito medo; medo a que eses bicos puidesen converterse en verbas e voar ata onde estaban as persoas que non nos entenderían nunca... Mais, moitísimas veces, eramos incapaces de domear o que sentiamos. Eramos dúas rapazas cheas de vida. O noso corpo adolescente acababa de espertar da nenez, estaba cheo de sensacións, de ganas de sentir, de sensibilidade, e uns bicos profundos podíannos facer perder o control cunha facilidade abraiante. Lembro que, nunha das primeiras veces nas que nos bicamos, Agnes me dixo: “á fin medrei abondo para poderte bicar. Levo moitos anos devecendo bicarte”. Canta madurez pode caber nunhas verbas, canta consciencia do mundo. Agnes sempre desexou bicarme, pero sabía que non o podería facer ata que, para todos e sobre todo para min, cumprise os anos precisos para que eu a puidese considerar unha rapaza, xa non unha cativa, senón unha rapaza capaz de saber con certeza o que quere, o que sente.
E a min parecíame que non estaba bicándome cunha rapaza de doce anos, senón cunha muller que levaba vivido o máis duro da vida. Vía en Agnes a unha muller encerrada no corpo dunha adolescente que sente unhas infindas ganas de vivir, que sabe perfectamente cal é a vida que quere, que devece por virar en realidade os seus soños máis antigos, soños que sempre viviron na súa ialma.
Ás veces, pensei en que sería moi boa idea escribir un guión ou unha novela verbo da nosa vida porque coido que podería ser un exemplo de como viviamos antes nas aldeíñas, de como criamos na vida, do que sentiamos, do que desexabamos... e tamén podería ser un exemplo de superación, de loita.
Cústame moito escribir nun diario porque perdín a práctica de facelo. Dende que Agnes marchou, eu perdín cáseque todas as ganas de escribir porque escribir me lembraba a ela. Amais, eu penso en mil cousiñas asemade e cústame moito ordenar os meus pensamentos. Dáseme mellor escoitar que escribir, que falar de min propia. Seica por iso sexa psicóloga, porque prefiro escoitar durante horas á xente antes que falar eu do que sinto e penso. Non teño práctica en escribir sobre o que vivín, o que penso e sinto porque as palabras se me mesturan todas e resúltame case imposíbel saber que podo contar. Comezo a escribir unha tarde, déixoo aos poucos minutos e logo, días despois, retomo a escritura e entón doume de conta de que o que estaba contando xa non pode ir xunto ao que podo contar nese momento porque o que eu cría que podía ter sentido e importancia xa pasou ou ocorreron outras cousiñas despois que me parecen máis importantes. Emporiso, tardo tanto en volver escribir. A Agnes tamén lle custa escribir ultimamente, pero porque se dedica máis a ler e a compoñer cancións. Mañá temos outro ensaio e devezo por escoitar as que compuxo esta semana, que o domingo á tarde mesmo a vin chorar escribindo unha canción. Non me quixo amosar que escribira, díxome que era unha sorpresa, que o mércores xa a escoitaría.
Esta fin de semana non fomos á aldeíña porque Silvia nos propuxo pasar o sábado en Santiago, que había moito tempo que non iamos e creo que eu non voltaba dende que regresei a Ourense este novembro pasado. Santiago está preciosa na invernía. A min paréceme que as súas rúas están máis enchidas de soidade e de silencio. Son máis grises as cores, máis íntimas non obstante, e, cando chove, vólvese todo tan silandeiro e fermoso... Pasamos un día moi agradábel en Santiago, comemos por eilí, paseamos... rimos, rimos moito, e falamos de tantos e tantos temas que me resultaría imposíbel lembrar do que falamos. Levámonos as tres tan ben que todo isto me parece un soño, un fermoso soño do que non quero espertar nunca.
A última vez que fomos á aldeíña, pareceume que todo estaba moito máis abandonado que nunca. Foi coma se, ata entón, Agnes non se dese de conta de que a aldeíña está tan abandonada e soíña. Foi coma se vise por primeira vez nesa tarde as casiñas case derrubadas, as rúas cheas de soidade, coma se ouvise por vez primeira o profundísimo silencio que o inza todo. Eu vin desaparecer a aldeíña porque sempre tentaba ir xunta a miña nai e Anxiños cando podía e vin como se foron marchando todos os veciños, como eses rapaces cos que xogabamos no verán medraban e procuraban a súa vida lonxe de eilí, fun vendo como se pechaban as casiñas para sempre. Cando alguén marchaba sen saber se algunha vez voltaría, pechábase a porta desa casa que tantas lembranzas contiña, que gardaba tantos momentos, e todos sabiamos que aquela porta nunca máis se volvería abrir. Houbo outros veciños que morreron, que nos dixeron aburiño sabendo que non só marchaban eles da vida, senón tamén toda a súa existencia, marchaba con eles unha vida de loita, un pasado cheo de recordos, de esforzos, e sobre todo, ao pechárense os seus ollos, pechábase tamén o seu fogar. E a aldeíña ía ficando cada vez máis silandeira, a medida que pasaba o tempo, e eu iso vino, vin desaparecer esa intensa e fermosa vida que sempre me abraiara no verán, que tanto me enchía a ialma de ledicia cando voltaba coa miña nai ao lugar no que ela nacera.
Deses momentos tan bonitos e nostálxicos asemade, nos que ambas as dúas ficamos ollando aos cumes das montañas, vendo como morría o día, escoitando ese fondo silencio que calaba os nosos pensamentos, Agnes tirou unha morea de versos que quedarán tan fermosos convertidos en música... Pedinlle que me deixase copiar un fragmento dunha das poesías que escribiu esa noite deixándose levar polo que sentía, polo que sentira, por esa profunda tristura que nacía do silencio, da anoitecida...
«Camiñaba deixándose peitear polo vento,
camiñaba ouvindo como lle falaba o silencio,
sabendo que foi ese silencio quen,
unha noite trala outra,
devorou as verbas do tempo.
Ouvíase a voz do río, alá entre as árbores,
e sentía que lle falaba a terra,
que nada cambiara dende aquela,
dende esa mañá na que marchara.
Voltaba á súa orixe,
a un horizonte detido na noite.
E camiñaba, pasiño a pasiño, cara ao seu destino,
voltaba, devagariño, ao niño do seu amor,
ao niño das súas ilusións.
E camiñaba, sorrindo,
sabendo que, nunca máis, xamais,
tería que voltar a vista atrás
para volver marchar,
Para abandonar o seu berce
nin o seu leito de morte.»
Xa cantamos esta canción nos ensaios. Arranxámola coa zanfona e o meu teclado e máis dunha acabamos chorando. Agnes cantaba coma se aquela canción fose unha declaración de amor, de intencións, e tamén unha desculpa por non ter loitado pola súa vida, polos seus soños, por ela propia. Cantas veces me dixo xa: “se soubese o que me agardaba eiquí, xamais tería permitido que me obrigasen a permanecer tanto tempo lonxe de eiquí. Fun covarde e iso non sei se algunha vez mo poderei perdoar”.
E coido que xa é todo por hoxe. Fíxose algo tarde. Agnes está a preparar a cea e síntome mal se non a axudo. Teño que rematar uns informes para mañá. Estou tan acougada agora, tan feliz, tan agradecida con todo, con todos, coa miña vida. Nunca estiven tan ben, nunca poderei estar mellor porque coido que chegamos á fin dun camiño ao que, non obstante, lle resta moito treito para rematar.

Traducción:

Nota de la traductora:
Dejé sin traducir la poesía que se cita porque, al pasarla al castellano, se perdía la rima, la forma e incluso la belleza que pueden tener esos versos. De todos modos, considero que el lenguaje es bastante sencillo. También dejé sin traducir la palabra “foliada” porque no tiene ninguna equivalente en castellano. “Foliada” es un tipo de fiesta en la que se toca música tradicional de la tierra, en la que se baila, se bebe, y la cual puede durar horas, toda una tarde con su noche hasta el amanecer.

Martes, 28 de enero de 2020
Qué rápido pasan los días. Me parece que no hay suficientes horas para desahogar la felicidad que me llena el alma. La noche viene enseguida, cuando estoy disfrutando de las horas de la tarde, y amanece sin que me entere de que dormí durante más de siete horas.
Acabamos de venir de las Burgas. Después de un baño en las Burgas, no queda en el cuerpo ni en el alma ni la más pequeña huella de estrés ni de tensión. Siempre vamos a las Burgas los martes, no importando si hace sol, si llueve, si nieva... El baño en las Burgas es algo que necesitamos. Hoy vuelve a llover. El ambiente está en chido de una melancolía hermosa que llena el alma de inspiración. Cuando te bañas en las Burgas sintiendo caer la lluvia, se percibe perfectamente el contraste entre el agua fría que el cielo llora y el calor del agua de la Burga. Es una sensación indescriptible y muy divertida, ciertamente.
Me parece que llevo siglos viviendo así, aquí, en esta existencia que parece un sueño, que tanto deseé vivir, durante años, desde mi adolescencia, cuando pensé que lo más sencillo de la vida era dejarse llevar por lo que nuestro corazón nos dictaba y lo más complicado era luchar precisamente por esos deseos tan hondos que eran el sentido de toda la vida. Ahora, volviendo la vista atrás, me parece que la mujer que soy ahora no se asemeja en absoluto a la chica que soñaba con una vida que para todos era un pecado, una falta gravísima, una razón para que me encerrasen en un lugar en el que nadie pudiese verme. Cuando supe lo que habían hecho con Agnes, creí que allí, en ese hospital horrible, habríamos de estar ambas, juntas, porque, si creían que ella estaba enferma, yo también lo estaba, pues nos amábamos las dos, no sólo ella a mí. Yo también la amaba, la quería sobre todas las cosas que había en el mundo y podía haber. Era la persona más especial que jamás había conocido y visto. Estaba rodeada toda de un misterio hermoso que atraía y, a la vez, también imponía.
Cuando hablo con Silvia de esos años tan extraños en los que yo seguía luchando por encontrar a Agnes, me parece que hablo de una película o de un libro que leí hace mucho tiempo. Me parece que esa historia no puede ser real porque me parece demasiado maravilloso que ahora estemos así después de sufrir tanto y tanto. Agnes enfermó por culpa de todas esas personas que la rechazaron sin conocerla, que la trataron de la peor forma posible sin detenerse ni un instante a conocerla. Sentirte tan sola en el mundo en tu propia vida, cuando antes estuviste acompañada por una ingente cantidad de amor enferma a cualquier persona, a cualquier ser.
Yo siempre creí que la enfermedad de Agnes era una leyenda. Nunca pensé que estuviese enferma de verdad. Cuando, en verano de 2018, ella volvió a la aldeíña, a Ourense, a su tierra, y me contó todo lo que había vivido desde que la arrancaron de este rinconciño del mundo que siempre fue el único mundo para ella, todo el mundo para ella, yo enseguida pensé que, cuando llevase unos cuantos meses aquí, todos esos síntomas que le hacían creer a ella y a todos los que la conocían que estaba enferma desaparecerían, que, de nuevo, volvería a ser ella, la mujer que siempre fue, que tanto yo amé. Seguía estando allí, dentro de ella, enterrada por una infinita tristeza, una enorme desesperación, una cantidad de miedos que la detenían... Cuando, semanas después, ella y yo volvimos realidad nuestro deseo más antiguo y profundo, yo sentía que Agnes ya había regresado, que la tenía nuevamente junto a mí, siendo la que fue siempre.
Mas estuve algo equivocada. No sé si lo que hacía yo era negar la realidad o creer en una realidad mucho más sencilla que la que creaba nuestra propia vida. Agnes no está tan enferma como pensaron todos siempre, pero todavía tiene cosiñas que tiene que solucionar. Tiene demasiadas heridas en su alma que aún laten con fuerza, y que, de súbito, pueden provocarle síntomas que la desorientan, que le impiden estar bien; mas yo estoy totalmente dispuesta a hacer todo lo que esté en mis manos para ayudarla.
Yo no negaba la realidad. Nunca lo hice. Sólo me basaba en lo que ella me contaba y en lo que yo veía para pensar que nunca estuvo enferma; pero me convencí de que Agnes aún necesitaba ayuda cuando me explicó, al reencontrarnos, que el año pasado había sufrido una crisis horrible que estuvo a punto de deshacerla, de nuevo, sin venir a cuento, cuando ella más tranquila se sentía. No obstante, ella me confesó que nunca se había sentido del todo recuperada de mi “muerte”, que nunca dejó de pensar en mí, que sí podía reconocer que era feliz con Artemisa, pero se sentía vacía, sentía que le faltaba la mayor parte de su alma, y eso me hizo desfallecer, sentí que me desvanecía, que me sentía profundamente culpable, porque, en parte, yo era responsable de su recaída. Por mucho que ella me lo niegue, yo siempre me sentiré culpable de que tuviese esos ataques de ansiedad tan horribles.
Este año comenzó muy bien. La noche en la que entró fue preciosa, fue hermosa, fue inolvidable; pero, días después, me di cuenta de que la energía brillante con la que el año había comenzado estaba convirtiéndose en una nube que ocultaba el destellante fulgor de nuestros días. Yo sentía que algo no iba bien, pero tampoco entendía por qué percibía eso. Veía que Agnes estaba extraña. Los momentos que compartíamos eran hermosos, no les faltaba nada, eran increíbles, siempre, siempre lo eran; pero yo detectaba algo en su mirada, como una intranquilidad que le impedía estar totalmente sosegada. Al fin, me di cuenta de que estaba nerviosa, de que incluso le costaba tener ganiñas de hacer cosas, de salir, independientemente del clima que hiciese. Sí que es cierto que hemos tenido días de mucha lluvia y viento, días horribles, pero incluso en esos días Agnes salía igualmente. Yo la llevé al trabajo varias mañanas porque era incapaz de permitir que caminase durante más de media hora desde nuestra casa hasta la cafetería con lo que caía... y ella me lo agradecía muchísimo porque, cuando aquí llueve, llueve de verdad, y las calles de Ourense se vuelven ríos, a veces, cuando cae tanta agua.
Al final conseguí que me confesase que no se encontraba bien, que tenía algo de ansiedad, que le costaba estar tranquila. Yo hago todo lo que puedo para ayudarla y sé que estoy consiguiendo que esa pequeñina crisis se marche. Sentir que consigo que se sosiegue con mi comprensión, con mi saber escuchar, me hace sentir algo que nunca había sentido antes. Siempre me había satisfecho muchísimo y me llenó el alma de alegría notar que puedo ayudar a alguien que no está bien, que tiene problemas, que tiene el alma herida, la mente rota por algo... pero sentir que ayuda a la persona que más quiero en el mundo es algo que no tiene palabras, que me hace estar segura de que tiene sentido que yo esté aquí en el mundo, que tiene sentido que yo naciese.
Creo que nuestra vida es completa, está llena de bendiciones, ahora más que nunca. Los momentos que vivimos tienen mucha luz, son preciosos, todos. Los ensayos con Iauga son cada vez más hermosos. Ahora nos dio por hacer versiones preciosas de canciones que a todas nos gustan mucho. Hace unas semanas, compré un teclado para llevarlo al local en el que hacemos los ensayos y, cuando lo toco, parece como si el mundo se detuviese. El miércoles pasado, hicimos una versión preciosa de Matriarcas de Guadi Galego con el piano en la que todas cantamos. Sentí que esa canción y ese momento nos unían más que nunca. La canción es una reclamación a la feminidad, es un canto a las mujeres de Galicia, tan luchadoras siempre, tan fuertes, y, al cantarla todas juntas, sentía que, en realidad, le cantábamos a nuestra feminidad, a nuestra condición de mujeres. Lloré mientras cantaba, mientras deslizaba los dedos por las teclas, sintiendo que aquello que estábamos viviendo no volvería a ocurrir nunca más, que aquél era un momento único que nos unía, que nos llenaba el alma a todas. Fue tan y tan bonito...
Además, Agnes compone canciones preciosas cuyas letras son divertidas siempre y muy profundas. Nunca me canta una canción a mí sólo antes de llevarla a los ensayos. Tiene un alma tan bonita y mágica que creo que, si quisiese, podría escribir los poemas y las historias más bellas del mundo.
También estamos pensando en convertirnos en una asociación. Ahora mismo, sólo somos un grupo de seis mujeres que se juntan un miércoles para ensayar esas canciones que, después, tocarán en “foliadas”, en fiestas privadas, incluso en otras asociaciones colaborando con otros grupos. Si nos volvemos una asociación, entonces ya podremos hacer más actividades, incluso podremos recaudar dinero para hacer conciertos más profesionales e incluso grabar un disco, que es algo que queremos hacer desde hace muchos años. Con la incorporación de Agnes, Iauga ha ganado muchísimo. Agnes tiene una voz hermosa y es la panderetera más increíble que jamás pudimos tener. Pienso que hemos evolucionado muchísimo desde que Agnes forma parte del grupo. Además, si nos volvemos una asociación, incluso podremos dar clases de baile, de pandereta... A mí me gustaría muchísimo ser maestra de zanfoña o de pandereta, aunque eso le saldría mejor a Agnes. Pienso que este año va a ser muy importante para Iauga.
Va a ser un año lleno de bendiciones, pese a vivir momentos difíciles, pero no sería lógico que sólo viviésemos momentos felices. En la vida ha de haber todo tipo de momentos, de sentimientos, de experiencias, para que sepamos apreciar las que más hermosas son, para que de las malas podamos aprender. Los momentos difíciles son precisos para que podamos evolucionar. Hace poquiño, leí en un libro que las tormentas son necesarias para que después pueda haber evolución. Tras la lluvia, el sol brilla, dándole a la tierra el calor preciso para que pueda absorber el agua que el cielo le regaló. En el alma de una persona, también hay tormentas necesarias. También ha de llover por dentro de nosotros para que después podamos apreciar la luz que también llena el corazón. No podría haber equilibrio para nadie que tuviese una alma siempre llena de alegría. Cuando la tormenta que nos ataca pasa, entonces notamos que se marcharon con ella esos pensamientos negativos que nos herían, que nos sentimos más fuertes, más capaces de luchar por nuestra vida. Y una de las cosiñas más hermosas de este mundo es ver brillar el sol después de permanecer rodeados por la lluvia, después de sentir la humedad del agua y la oscuridad que traen las nubes.
Dentro de tres meses, Agnes y yo al fin nos casaremos, al fin, después de tanto soñarlo. Recuerdo que, en aquellas tardes que pasábamos escondidas en el molino, hablábamos de nuestro amor, nos hacíamos promesas de estar juntas para siempre, y soñábamos con que algún día podríamos casarnos, sabiendo muy bien que, posiblemente, aquello nunca podría ocurrir. Con muchísima tristeza en los ojos, hablábamos de amor sabiendo que, fuera de ese molino que nos protegía, éste no podía existir, que para nadie era lógico que nosotras nos quisiésemos de esa manera que nada tenía que ver con el amor que dos amigas podían sentir la una por la otra.
Y, al fin, podrá ser cierto, podrá ocurrir. Si en aquellos momentos alguien nos hubiese dicho que algún día podríamos casarnos, nosotras pensaríamos que estarían riéndose de nuestros sentimientos, que aquello no podría ser cierto nunca. Éramos dos chicas llenas de esperanza y de ilusiones, pero también muy realistas, soñadoras y, a la vez, con los pies puestos en la tierra. Soñábamos con estar juntas para siempre, a pesar de que el mundo entero se opusiese a nuestro amor; pero también conocíamos demasiado bien la realidad. En aquellos momentos, siempre que estábamos solas en el molino, lejos de los prejuicios, de las miradas que nos juzgaban, nos apretábamos las manos con fuerza y nostalgia, nos mirábamos sabiendo que nadie podría entender aquellas miradas. Hablábamos a media voz, como si no quisiésemos que el aire oyese nuestras palabras, y sobre todo nos besábamos con miedo, con dulzura y pasión, pero también con mucho miedo; miedo a que esos besos pudiesen convertirse en palabras y volar hasta donde estaban las personas que no nos entenderían nunca... mas, muchísimas veces, éramos incapaces de dominar lo que sentíamos. Éramos dos chicas llenas de vida. Nuestro cuerpo adolescente acababa de despertar de la niñez, estaba lleno de sensaciones, de ganas de sentir, de sensibilidad, y unos besos profundos podían hacernos perder el control con una facilidad asombrosa. Recuerdo que, en una de las primeras veces en las que nos besamos, Agnes me dijo: “al fin he crecido lo suficiente para poder besarte. Llevo muchos años ansiando besarte”. Cuánta madurez puede caber en unas palabras, cuánta consciencia del mundo. Agnes siempre deseó besarme, pero sabía que no podría hacerlo hasta que, para todos y sobre todo para mí, cumpliese los años precisos para que yo pudiese considerarla una chica, ya no una niña, sino una chica capaz de saber con certeza lo que quiere, lo que siente.
Y a mí me parecía que no estaba besándome con una chica de doce años, sino con una mujer que llevaba vivido lo más duro de la vida. Veía en Agnes a una mujer encerrada en el cuerpo de una adolescente que siente unas infinitas ganas de vivir, que sabe perfectamente cuál es la vida que quiere, que ansía devenir en realidad sus sueños más antiguos, sueños que siempre vivieron en su alma.
A veces, pensé que sería muy buena idea escribir un guion o una novela sobre nuestra vida porque creo que podría ser un ejemplo de cómo vivíamos antes en las aldeíñas, de cómo creíamos en la vida, de lo que sentíamos, de lo que deseábamos... y también podría ser un ejemplo de superación, de lucha.
Me cuesta mucho escribir en un diario porque perdí la práctica de hacerlo. Desde que Agnes se marchó, perdí casi todas las ganas de escribir porque escribir me recordaba a ella. Además, yo pienso en mil cosas a la vez y me cuesta mucho ordenar mis pensamientos. Se me da mejor escuchar que escribir, que hablar de mí misma. Tal vez por eso sea psicóloga, porque prefiero escuchar durante horas a la gente antes que hablar yo de lo que siento y pienso. No tengo práctica en escribir sobre lo que he vivido, lo que pienso y siento porque las palabras se me mezclan todas y me resulta casi imposible saber qué puedo contar. Comienzo a escribir una tarde, lo dejo a unos pocos minutos y luego, días después, retomo la escritura y entonces me doy cuenta de que lo que estaba contando ya no puede ir junto a lo que puedo contar en ese momento porque lo que yo creía que podía tener sentido e importancia ya pasó u ocurrieron otras cosiñas después que me parecen más importantes. Por eso, tardo tanto en volver a escribir. A Agnes también le cuesta escribir últimamente, pero porque se dedica más a leer y a componer canciones. Mañana tenemos otro ensayo y ansío escuchar las que compuso esta semana, que el domingo por la tarde incluso la vi llorar escribiendo una canción. No quiso mostrarme lo que había escrito, me dijo que era una sorpresa, que el miércoles ya la escucharía.
Este fin de semana no hemos ido a la aldeíña porque Silvia nos propuso pasar el sábado en Santiago, que hacía mucho tiempo que no íbamos y creo que yo no volvía desde que regresé a Ourense este noviembre pasado. Santiago está preciosa en invierno. A mí me parece que sus calles están más henchidas de soledad y de silencio. Son más grises los colores, más íntimos no obstante, y, cuando llueve, se vuelve todo tan silencioso y hermoso... Pasamos un día muy agradable en Santiago, comimos por allí, paseamos... Nos reímos, nos reímos mucho, y hablamos de tantos y tantos temas que me resultaría imposible acordarme de lo que hablamos. Nos llevamos las tres tan bien que todo esto me parece un sueño, un hermoso sueño del que no quiero despertar nunca.
La última vez que fuimos a la aldeíña, me pareció que todo estaba mucho más abandonado que nunca. Fue como si, hasta entonces, Agnes no se hubiese dado cuenta de que la aldeíña está tan abandonada y soliña. Fue como si viese por primera vez en esa tarde las casiñas casi derrumbadas, las calles llenas de soledad, como si oyese por vez primera el profundísimo silencio que lo invade todo. Yo he visto desaparecer la aldeíña porque siempre intentaba ir junto a mi madre y Anxiños cuando podía y vi cómo se fueron marchando todos los vecinos, cómo esos chicos con los que jugaba en verano crecían y buscaban su vida lejos de allí, fui viendo cómo se cerraban las casiñas para siempre. Cuando alguien se marchaba sin saber si alguna vez volvería, se cerraba la puerta de esa casa que tantos recuerdos contenía, que guardaba tantos momentos, y todos sabíamos que aquella puerta nunca más volvería a abrirse. Hubo otros vecinos que murieron, que nos dijeron adiosiño sabiendo que no sólo se marchaban ellos de la vida, sino también toda su existencia, se marchaba con ellos una vida de lucha, un pasado lleno de recuerdos, de esfuerzos, y sobre todo, al cerrarse sus ojos, se cerraba también su hogar. Y la aldeíña iba quedándose cada vez más silenciosa, a medida que pasaba el tiempo, y yo eso lo vi, vi desaparecer esa intensa y hermosa vida que siempre me había asombrado en verano, que tanto me llenaba el alma de felicidad cuando regresaba con mi madre al lugar en el que ella había nacido.
De esos momentos tan bonitos y nostálgicos a la vez, en los que ambas permanecimos observando las cumbres de las montañas, viendo cómo moría el día, escuchando ese hondo silencio que acallaba nuestros pensamientos, Agnes sacó un montón de versos que quedarán tan hermosos convertidos en música... Le pedí que me dejase copiar un fragmento de una de las poesías que escribió esa noche dejándose llevar por lo que sentía, por lo que había sentido, por esa profunda tristeza que nacía del silencio, de la anochecida...
«Camiñaba deixándose peitear polo vento,
camiñaba ouvindo como lle falaba o silencio,
sabendo que foi ese silencio quen,
unha noite trala outra,
devorou as verbas do tempo.
Ouvíase a voz do río, alá entre as árbores,
e sentía que lle falaba a terra,
que nada cambiara dende aquela,
dende esa mañá na que marchara.
Voltaba á súa orixe,
a un horizonte detido na noite.
E camiñaba, pasiño a pasiño, cara ao seu destino,
voltaba, devagariño, ao niño do seu amor,
ao niño das súas ilusións.
E camiñaba, sorrindo,
sabendo que, nunca máis, xamais,
tería que voltar a vista atrás
para volver marchar,
Para abandonar o seu berce
nin o seu leito de morte.»
Ya hemos cantado esta canción en los ensayos. La arreglamos con la zanfoña y mi teclado y más de una acabamos llorando. Agnes cantaba como si aquella canción fuese una declaración de amor, de intenciones, y también una disculpa por no haber luchado por su vida, por sus sueños, por ella misma. Cuántas veces me dijo ya: “si hubiese sabido lo que me esperaba aquí, jamás habría permitido que me obligasen a permanecer tanto tiempo lejos de aquí. Fui cobarde y no sé si eso alguna vez podré perdonármelo”.

Y creo que ya es todo por hoy. Se ha hecho algo tarde. Agnes está preparando la cena y me siento mal si no la ayudo. Tengo que acabar unos informes para mañana. Estoy tan tranquila ahora, tan feliz, tan agradecida con todo, con todos, con mi vida. Nunca he estado tan bien, nunca podré estar mejor porque creo que llegamos al fin de un camino al que, no obstante, le queda mucho trecho para terminar.