sábado, 31 de diciembre de 2016

LA LLAMA DE UGVIA: CAPÍTULO 8. VIAJANDO A TRAVÉS DE LOS MUNDOS


8

 

Viajando a través de los mundos

 

Mientras Samhain no llegaba, Artemisa y Gaya celebraron varios rituales en el santuario de Agnes para transmitirle a su querida amiga toda la vida que pudiese emanar de su poder. La Diosa estaba junto a ellas siempre que la invocaban, así lo sentían, y, además, desde que habían comenzado a celebrar esos íntimos rituales, los médicos no habían dejado de asegurarles a las dos mujeres, cada vez que podían, que en Agnes se habían producido cambios importantes. Una mañana, cuando Artemisa entró en la habitación en la que Agnes dormía en aquella especie de muerte, el doctor que se ocupaba de ella le reveló con una bondadosa sonrisa:

     Agnes ha tratado de respirar por sí sola. Además, los latidos de su corazón se han acelerado.

     ¿Eso quiere decir que puede que despierte? —le preguntó Artemisa muy esperanzada.

     No tiene por qué despertar, pero que haya ocurrido eso es muy buena señal. Por favor, avísame enseguida si notas que ha cambiado algo en ella, en su respiración, en su corazón...

Artemisa adoraba aquel doctor. Era amable, tenía mucha empatía y además la trataba como si la conociese desde hacía mucho tiempo; algo que a Artemisa le inspiraba confianza y esperanza.

     Agnes, cariño, sé que estás más cerca de la vida que de la muerte. Dentro de una semana celebraremos Samhain y soy incapaz de aceptar que lo haremos sin ti. Por favor, vuelve...

Además de los rituales, lo que Gaya y Artemisa realizaban cuando se hallaban en el santuario de Agnes eran tisanas de hierbas y pastillas que la ayudarían cuando despertase. Artemisa había conseguido convencer al doctor González, quien se ocupaba de la salud de Agnes, de que a Agnes siempre le había ayudado mucho ingerir hierbas en lugar de medicinas artificiales. Aquel doctor, tras conocer el contenido de las tisanas que ella le traía a Agnes, consintió en introducírselas a través de inyecciones. No obstante, nadie más conocía que él actuaba de esa forma. Le aseguró a Artemisa que en el hospital era posible que no aprobasen aquel comportamiento.

     Es un gran confidente, Gaya —le aseguraba Artemisa cada vez que le hablaba de aquel hombre—. Parece como si él también creyese más en la naturaleza que en la ciencia, aunque es imposible que se desprenda por completo de sus convicciones.

     Me alegra que hayas podido encontrar un amigo en ese lugar tan hostil. Siento hablar así, Artemisa, pero para mí los hospitales son la antesala de la muerte.

     Tú deberías hacerte algunas revisiones. Tienes muchos mareos últimamente.

     Me falta hierro, Artemisa. Ya lo sé, pues siempre he sufrido los efectos de la anemia, y estoy tratándome como es debido; pero es una enfermedad que nunca se me curará. No quiero que te preocupes más por mí.

     No puedo evitar preocuparme por ti, Gaya. Te quiero con locura. Te quiero como una hija ama a su madre.

     Lo sé, cielo, lo sé, Artemisa; pero no es necesario que te preocupes por mí, de veras. Estoy bien. No me sucede nada que no se pueda tratar, y de hecho me trato como es debido.

     ¿Estás segura?

     Por supuesto. En realidad me mareo mucho menos que hace un mes y eso es gracias a la energía positiva que me transmites. A veces nos hace más daño el ambiente que nos rodea o en el que vivimos que lo que introduzcamos o dejemos de introducir en nuestro cuerpo.

     Me alegra tanto saber que te ayudo... —le sonrió tomándola de la mano.

     Siempre te he necesitado mucho, Artemisa, mucho; pero era incapaz de rogarte que vinieses a mi lado y dejases tu vida.

     Mi vida, ciertamente, no tenía mucho sentido antes de buscarte. Y ahora...

     Artemisa, oí lo que le prometiste a la Diosa si Agnes se curaba.

     Sí, pero no me hables de eso, por favor.

     ¿Te duele?

     Sí, sí me duele; pero también sé que es lo mejor que puedo hacer.

     La Diosa entendería...

     No, Gaya. Mi destino es estar consagrada a la Diosa para siempre. Así lo he escogido y así moriré. Me habría gustado tanto que estuvieses en la celebración en la que me convertí en sacerdotisa... No dejé de pensar en ti en todo momento, te lo aseguro.

     Sé lo feliz que te sentías y lo triste que sin embargo estabas porque yo no me hallaba a tu lado; pero quiero que sepas que, aunque no estemos juntas físicamente, anímicamente nunca te dejo sola, Artemisa. Siempre estoy contigo, siempre.

Se hallaban caminando por el jardín que rodeaba la casa de Neftis y Artemisa. Habían ido a Lindanivia para elaborar una composición de hierbas para ayudar a Agnes a que le creciese el cabello con velocidad y energía y aún quedaban unas horas para que saliese el próximo autobús hacia Gandela.

     Háblame de tu ceremonia, Artemisa —le pidió transcurridos unos largos y silenciosos segundos. Artemisa se había quedado pensativa y Gaya intuía que necesitaba desahogar cómo se sentía, por ello le insistió deteniendo su paso y tomándola de las manos—: Cuéntame todo lo que necesites, cariño. Nunca hemos conversado sobre esto.

     Fue... extraña. Ocurrió de repente. Me acordaba continuamente de lo que me dijiste sobre el llamado de la Diosa. Hacía apenas unos meses que Neftis y yo habíamos fundado La llama de Ugvia y hasta entonces ni siquiera me había planteado la posibilidad de convertirme en sacerdotisa. Sabía que estaba consagrada a la Diosa, pero aún no había experimentado esa sensación indescriptible que nos invade el alma cuando la Diosa nos reclama. De pronto, una mañana de primavera, me desperté muy temprano. El sol se adivinaba en unos rayos muy débiles y todo estaba sumido en un profundo silencio. Ya vivíamos en Lindanivia.

     Continúa, por favor —le suplicó Gaya presionándole las manos. Tenía el alma pendiéndole de un hilo y la mirada de Artemisa aparecía anegada en emoción y solemnidad.

     Lo único que me apetecía era internarme en el bosque que queda cerca de nuestra casa, a unos dos kilómetros. No me importaba que todavía no hubiese amanecido. Sólo podía sentir ese anhelo. Salí de casa sin hacer ruido y casi corrí por las calles hacia ese lugar, impulsada por una fuerza cuya procedencia yo no era capaz de conocer, pero no dudaba de que era real. Cuando me rodearon los primeros árboles y oí el suave canto del ruiseñor y de los mirlos, me invadió el alma una sensación... indescriptible, Gaya. Fue como si de repente me hubiese quedado sola en el mundo, pero me sintiese sin embargo mucho más acompañada que nunca. Me arrodillé en la tierra y, mientras el viento me mecía los cabellos y me envolvía, mientras aspiraba el olor del rocío y de la humedad y me hundía en la contemplación de los primeros matices del día, le juré a la Diosa que nunca la abandonaría, noté que Ella me inundaba el cuerpo y el alma.

Artemisa hablaba con una emoción inmensa. Le brillaban los ojos y le temblaba la voz. Gaya supo que lo que Artemisa estaba revelándole era muy intenso para ella. Se trataba del momento más importante para una servidora de la Diosa; ese momento en el que la Diosa te llama sin que puedas ignorar su llamado, su voz, su poder invadiéndote toda el alma, en el que no te importa nada más que Ella, que su existencia, en el que sabes con toda certeza que ya no estás sola, que caminarás siempre acompañada por su bondad, por su magia y su esplendor.

     Y de repente todo se llenó de luz, Gaya, todo. Amaneció rápidamente, como si el sol tuviese prisa por mostrarse ante mí. Volaron aves por encima de mí, haciendo un ruido muy bonito con sus alas, y cantaban a través del viento, atravesando el cielo incendiado. Y supe que había alcanzado al fin mi destino. No sé cuánto tiempo permanecí en aquel bosque, pero sé que regresé a casa cuando el sol ya había llegado a su cénit. Cuando Neftis me recibió, supe que conocía lo que me había ocurrido. Lo primero que me dijo fue: «enhorabuena, Artemisa. Ya eres una servidora fiel de la Diosa». Esa misma noche nos reunimos con las personas que componían junto a nosotras La llama de Ugvia. No eran más de cinco, pero había nacido entre nosotros un lazo muy bello. Les comuniqué lo que me había ocurrido y acordamos que, a la noche siguiente, celebraríamos mi ceremonia. Fue... Gaya, no sé cómo explicarlo porque son sensaciones e impresiones que no forman parte de este mundo.

     Sé perfectamente a lo que te refieres, cielo.

     La Diosa estuvo a mi lado en todo momento, siendo una conmigo. Cuando cantaba, notaba que mi voz tenía mucha más fuerza que nunca. Cuando bailaba, me invadía una energía indestructible y muy vigorosa que me impedía experimentar cualquier otra sensación. Fue tan bonito... Recordaré siempre el olor del incienso, el color de las velas, el reflejo de la luna... Celebramos mi ceremonia en el bosque. Pocos rituales hemos festejado en el bosque... Por la Diosa, cuánta magia hubo aquella noche.

A Artemisa se le quebró la voz. Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas y no pudo evitar que un llanto inocente se apoderase de ella. Gaya la abrazó mientras, con una voz anegada en amor, le aseguraba:

     Puedo ver y sentir todo lo que viste y sentiste esa noche. Yo también lo viví así, Artemisa. Es magia, simplemente. No puedes explicar con palabras las emociones y las sensaciones que te invadieron aquella noche porque, como muy bien has dicho, no forman parte de este mundo ni provienen de ningún lugar material, sino de la misma Diosa.

     Tienes toda la razón. Ciertamente, nunca he sentido tanto apego por las cosas como lo sienten la mayoría de personas que forman este mundo; pero, desde aquella noche, me parece que no estoy atada a nada finito. Las personas que quiero y a quienes adoro con todo el corazón pertenecen a otro mundo, a otra realidad, Gaya. No lamentaría perder lo que tengo ahora si me queda el amparo de la Diosa. Sé que Ella nunca me ha dejado sola, que siempre ha estado a mi lado, incluso en esos momentos en los que más sola me sentía. A veces, estamos solos, sin nadie que nos entienda y nos quiera de veras, porque es la única manera de que podamos percibir plenamente su presencia y su amor.

     Exactamente, Artemisa. Hablas como una verdadera sacerdotisa.

     Y ahora se acerca Samhain... Noto la pena y la desesperación de la Diosa.

     El Dios muere, Artemisa.

     Gaya, debo confesarte que para mí el Dios sol no tiene tanta importancia como la Diosa. No creo tanto en Él e incluso muchas veces me olvido de su existencia.

     Es evidente, cielo. Eres sacerdotisa de la Diosa, sirves a la Diosa... Tienes el alma enlazada a Ella y es Ella quien te inunda el cuerpo y el alma, quien te enseña y te guía; pero no debes olvidarte de que la Diosa no podría ser nada sin el Dios Sol. Él es quien provoca el transcurso del tiempo, quien maneja la luz de los días y el paso de los meses. La vida también depende de Él, aunque sea la Diosa la madre de todos y de todo; de la naturaleza y de nosotros, de todos nosotros.

     Es cierto —rió Artemisa con timidez—. Cuando te oigo hablar así, tengo la sensación de que nunca podré llegar a ser tan sabia como tú.

     Eso no es verdad, Artemisa. Yo tampoco sabía nada de la vida cuando tenía tu edad, incluso sé que tú eres mucho más sabia de lo que yo lo era. Me siento muy orgullosa de ti, Artemisa, muy orgullosa. Te has forjado una vida ejemplar, amas con sinceridad, no guardas en tu corazón ni el menor ápice de rencor, luchas incesantemente para mantener viva tu fe, para hacer felices a quienes te rodean. Me siento tan orgullosa de ti, cariño...

A Gaya se le había quebrado la voz. Había cerrado los ojos y volvió a abrazar a Artemisa con una ternura casi desesperada. A Artemisa le pareció que un halo de luz y amor rodeaba a Gaya y que su voz y sus palabras no emanaban de su ser, sino de otro lugar mucho más lejano y cercano a la vez. Le pareció que la Diosa se comunicaba con ella a través de aquella voz maternal, a través de aquellas palabras tan hermosas y del abrazo que la protegía.

     Creo que tendríamos que ir hacia la estación. El autobús sale dentro de una hora y el camino es algo largo. Además, deberíamos preparar todo lo que le llevaremos a Agnes, aunque sea sólo ropa limpia y algo de hierbas —le comunicó Gaya con amor.

Una tarde, cuando faltaban apenas dos días para Samhain, Artemisa se sentía inmensamente nerviosa sin motivo. Era cierto que aquélla era una de las festividades más importantes de su calendario, pero nunca había estado tan impaciente y a la vez expectante. Gaya captaba todos los sentimientos que se le desprendían de la voz y de la mirada, pero no se atrevía a preguntarle por qué tenía el alma tan llena de inquietud.

     Me llevaré la guitarra al hospital y le cantaré una canción que he compuesto para ella. La tocaremos en Samhain.

     No tenía ni idea de que supieses tocar la guitarra. Cuando Gilbert intentó enseñarte a hacerlo, fuiste incapaz de aprender a crear un solo acorde —se rió Gaya con cariño mientras guardaban en una bolsa de tela todo lo que le llevarían a Agnes.

     Me ha enseñado Osir.

     ¿Qué te parece ese chico? No lo conozco todavía.

     Quiero que celebres Samhain con nosotros —le reveló de pronto ignorando por completo su pregunta.

     Cuando me cambias de tema tan rápida y descaradamente... Está bien, iré contigo, pero, dime, Artemisa...

     Osir es encantador, Gaya, pero demasiado sincero. Creo que a veces es incapaz de adivinar lo que sienten los demás. He tenido más de una discusión con él por ese motivo. Además, quieren convertirlo en sumo sacerdote y...

     Y a ti no te parece que la Diosa lo haya llamado.

     Él asegura que ha sido el Dios quien lo ha llamado. ¿Sabes qué quiere decir eso? Quiere decir que, en Beltane...

     Pero ¿acaso celebráis el ritual como se hacía antiguamente?

     No lo hemos hecho nunca, pero...

     Pero ¿qué? Ese tipo de celebraciones son las que provocan casi todos los prejuicios que se tienen de la Wicca.

     Ellos quieren que lo celebremos así por primera vez cuando me convierta en suprema sacerdotisa, pero yo no puedo ser suprema sacerdotisa de ese aquelarre. No siento que ése sea mi destino.

     No lo es, en efecto; pero ahora no te preocupes por eso. Vayamos ya, Artemisa.

Fue una tarde lenta, dorada y melancólica. Las calles estaban impregnadas del olor a castañas asadas y había muchos puestos en los que era posible adquirirlas. Gaya compró un cucurucho de papel con veinte castañas en su interior y se las ofreció a Artemisa con una sonrisa tan nítida y sincera como la de un niño.

     Ojalá Agnes pudiese comerlas —susurró mientras pelaba una, intentando no quemarse—. Le gustan mucho hechas a la lumbre.

     A mí también. Éstas están especialmente bien hechas.

     Luego tendré dolor de vientre, pero no me importa.

     Te tomas manzanilla con anís y se te quitará.

Parecía como si la vida fuese sencilla y sólo estuviese hecha de amor, paz y felicidad; pero aquella sensación tan hermosa se quebró en cuanto llegaron al hospital y las rodeó aquel ambiente enfermizo, aquellas luces amarillentas que provocaban náuseas y aquellos olores intensos y asfixiantes a desinfectantes y productos artificiales.

     No puedo, Gaya. Hoy no puedo —le reveló Artemisa nerviosa cuando caminaban por el pasillo en el que se hallaba la habitación de Agnes—. No sé lo que me sucede, pero me encuentro muy mal. Estoy mareada.

     ¿Quieres que salgamos?

     No, no. Ve a ver a Agnes y a hablar con el doctor. Yo regresaré enseguida.

     ¿Estás segura de que no quieres que te ayude?

     No. Necesito salir de aquí —le declaró reprimiéndose las ganas de vomitar.

Gaya se quedó muy preocupada cuando vio desaparecer a Artemisa. Estaba segura de que no era solamente el ambiente del hospital lo que le había hecho sentir tan mareada y descompuesta. No obstante, intentó no inquietarse y se dirigió hacia la estancia en la que se hallaba Agnes.

     Agnes, ya estoy aquí —la saludó mientras se sentaba en una silla que había al lado de la cama—. Artemisa volverá enseguida. Ya sabes que ella se marea con nada y hoy no se encuentra muy bien, pero yo creo que lo que le sucede es que está muy nerviosa. Faltan sólo dos días para Samhain y... bueno, es una noche muy especial en la que sentimos más que nunca el poder de la Diosa y de las fuerzas ocultas. Agnes, tienes que esforzarte por volver, cariño —le pidió mientras le acariciaba la cabeza. Ya le había crecido un poco el pelo—. Sé que puedes escucharme, lo sé. Dile a la Diosa que te deje ir, que no te retenga más a su lado.

Justo entonces Artemisa entró en la habitación. Oyó a la perfección las palabras que Gaya le dirigía a Agnes. La sobrecogió el tono triste con el que Gaya las pronunciaba. Se acercó a la sacerdotisa y le acarició sus sedosos y níveos cabellos mientras se acomodaba en otra silla junto a la cama.

     ¿Cómo te sientes? —le preguntó Gaya limpiándose las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

     No me encuentro bien, pero por Agnes merece la pena hacer cualquier esfuerzo.

     Toca la canción que has compuesto. Ya verás cómo te sientes mejor.

     He cambiado de opinión. Creo que será mejor que la toque por primera vez en Samhain. Su poder será mucho más impetuoso.

     Está bien. Pues canta alguna que nos dé buenas energías.

     Es que, además, tengo náuseas, Gaya.

     ¿Quieres que te prepare alguna infusión con el termo que hemos traído?

     No, no. La vomitaría.

     Es comprensible que te sientas así. Hay tantas malas energías en este lugar...

     Intentaré ignorar lo que siento para poder entregarle a Agnes todas las fuerzas que reservo para ella.

La tarde pasó entre canciones tiernas, lentas y muy hermosas que a Gaya y a Artemisa les llenaban los ojos de lágrimas y les hacían experimentar emociones que parecían no tener fin.

Mientras Artemisa tocaba con delicadeza y cantaba junto a Gaya, le parecía ver a Agnes viajando a través de las dimensiones que componían la realidad. La veía entre nubes blancas, entre brumas oscuras, surcando cielos ingentes e ígneos, luchando contra la fuerza del viento, derribando de repente algunos árboles sin que ni siquiera ella pudiese evitarlo, rodeada también por la lluvia más furiosa y atacada por el resplandor de los relámpagos... Era como si Agnes fuese el espíritu de la Diosa, hallado en el poder invencible de los huracanes, en la vigorosa fuerza de los volcanes, en la impetuosa velocidad del viento, en las interminables olas del mar, en el esplendor nocturno de las noches, en la plateada mirada de la luna... Perdía la noción del tiempo y del espacio mientras, con sus sabios dedos, pulsaba las cuerdas necesarias para crear melodías totalmente profundas que se adentraban en lo más hondo del alma y la removían impiadosamente.

La noche llegó mientras Gaya y Artemisa le ofrecían a Agnes una compañía que, según los médicos, era muy favorable para su estado, era idónea e incluso estimulante. Nunca la dejaban sola. Siempre se hallaban a su lado, aunque algún día no pudiesen viajar hasta Gandela. Ya habían solicitado varias veces que la trasladasen a Lindanivia, pero los enfermeros y el doctor que la trataba aseguraban que un traslado podría empeorarla.

Así pues, tuvieron que conformarse con visitarla en Gandela prácticamente todos los días. Dependían del autobús que las llevaba y traía con esa lentitud propia de algunos servicios retrasados. No obstante, ninguna de las dos protestaba cuando empleaban la mayor parte del día en aquellos trayectos tan largos y a veces desesperantes. Eran dificultades con las que tenían que vivir si querían ayudar a Agnes. Nada es sencillo en la vida. Todo requiere esfuerzo, requiere superación y persistencia.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

LA LLAMA DE UGVIA: CAPÍTULO 7. SIGUE MI VOZ


7

 

Sigue mi voz

 

Cuando llegaron al hospital, los enfermeros que habían analizado el estado de Agnes se la llevaron por pasillos que Artemisa y Gaya tenían prohibido transitar. Al quedarse solas, desprotegidas y lejos de Agnes, Artemisa arrancó a llorar de nuevo. Se había reprimido el llanto durante el trayecto hacia el hospital y en esos momentos las ganas de llorar eran un puñal que se le clavaba cada vez más hondamente en el alma.

Agnes había estado inconsciente hasta que llegaron al hospital. Justo entonces, uno de los enfermeros que la habían atendido les comunicó a los demás que Agnes había entrado repentinamente en estado de coma y que debían llevarla cuanto antes a la unidad de vigilancia intensiva para asistirla lo más rápido posible. Su vida estaba en peligro.

     Ha entrado en coma. Debemos darnos prisa. Llevadla a la UVI y que la atienda cuanto antes el doctor González.

Aunque aquel hombre pronunciase aquellas palabras quedamente, Artemisa las oyó a la perfección. Vio cómo se llevaban a Agnes a una velocidad vertiginosa. No pudo despedirse de ella, pues varios enfermeros rodearon la camilla en la que estaba tendida, asistiéndola con medicamentos que Artemisa no podía ni siquiera imaginarse; mas dejó de verla mucho antes de que intentase adivinar qué iba a ocurrir con Agnes.

     Deben esperar a que las busque alguno de los enfermeros o el doctor González —les anunció una enfermera de mirada amable.

     Nos sentaremos aquí —le comunicó Gaya a Artemisa mientras la tomaba del brazo y la conducía a una silla de madera. Artemisa se sentó sin casi prestarles atención a sus movimientos. No podía dejar de llorar—. Artemisa, adivino que te crees culpable de lo que ha ocurrido, pero no debes hacerlo; aunque comprendo muy bien lo que sientes, cariño. Yo también experimentaba esas mismas emociones que a ti te anegan el alma cuando nos dimos cuenta de que Agnes estaba tan enferma y cuando ella te atacó.

     Por supuesto que ha sido culpa mía. No tendría que haberla llevado a ninguna parte. En la estación de autobuses de Lindanivia ha tenido un leve ataque de pánico y después estaba riéndose como si no le hubiese sucedido nada. Está muy desequilibrada y yo me he negado a aceptarlo durante todo este tiempo intentando convencerme de que se encuentra bien, de que cada vez está mejor —le explicaba totalmente desolada, luchando contra los sollozos para que le permitiesen expresarse con claridad.

     Es muy difícil aceptar que alguien a quien amamos con todo nuestro corazón esté tan enfermo, así que tu comportamiento es totalmente comprensible.

     Si vive, la encerrarán de nuevo.

     No pueden hacerlo, Artemisa. Agnes está completamente traumatizada por todo lo que ha vivido en ese lugar y, si de veras quieren que se cure, lo último que deben hacer es internarla otra vez.

     Creo que no todos los médicos piensan así.

     Lo mejor que puede ocurrirle, Artemisa, es que viva. Después, ya lucharemos por ella para que no la encierren, si es eso lo que tanto te atormenta.

     ¿Crees que vivirá? —Gaya no le contestó, ni siquiera la miraba a los ojos. Artemisa insistió—: Dime si vivirá, Gaya. ¿Qué te comunica la Diosa? Yo no puedo hablar con ella porque estoy muy nerviosa.

     ¿Crees que en un sitio así como éste, lleno de enfermedad, malas energías y medicamentos artificiales, puedo comunicarme nítidamente con la Diosa? —le preguntó sonriéndole con cariño.

     Inténtalo, por favor.

Gaya cerró los ojos y permaneció en silencio durante unos momentos que Artemisa creyó una eternidad. Cuando parecía que la sacerdotisa estaba a punto de hablar, un enfermero se acercó a ellas dos y, con una voz anegada en apatía, les comunicó:

     Lamento mucho tener que informaros de que Agnes ha entrado en coma. En estos momentos están interviniéndola quirúrgicamente. Tiene un grave hematoma. Además, se ha roto la muñeca y la pierna derechas y algunas costillas.

     Por la Diosa... —musitó Gaya muy quedo, pero Artemisa la oyó nítidamente.

     ¿Están operándola ahora? —le preguntó Artemisa asustada.

     Sí, está con ella el doctor González; una verdadera eminencia, así que no debe preocuparse por nada —la animó el enfermero con algo más de humanidad.

     ¿Qué ocurrirá después de la operación? —quiso saber Gaya.

     Eso no podemos saberlo. Por lo pronto, lo que más importancia tiene es que salga del coma cuanto antes. Es posible que despierte cuando se pase el efecto de la anestesia o que, por el contrario, tarde días en hacerlo. Debemos ser pacientes y no perder la esperanza.

     Vivirá, ¿verdad? —le cuestionó Artemisa incapaz de reprimirse el llanto.

     No lo sabemos. No podemos decirlo. La intervención que tienen que hacerle es muy complicada y delicada. No hay que perder la esperanza. Si lo desean, pueden irse a casa. Es probable que la operación sea larga y que tarden en proporcionarle información sobre su estado. Además, tendrá que permanecer en la UVI hasta que despierte. No sabemos cuándo ocurrirá eso.

     No, no, no, no quiero dejarla sola —lloró Artemisa en silencio.

     ¿No sabe qué tipo de secuelas pueden quedarle si vive? —volvió a preguntarle Gaya.

     Ya les he dicho que no podemos saberlo. Lo que sí es seguro es que, tras el coma, su recuperación será complicada.

     ¿Podemos verla cuando terminen de operarla? —preguntó Gaya.

     Tendrán que esperar al doctor González.

Entonces el enfermero se marchó, dejándolas solas con aquella incertidumbre tan dolorosa. Artemisa no podía cesar de preguntarse qué sucedería a partir de esos instantes, en qué estado se hallaría Agnes cuando despertase, cómo se encontraría... Además, recordaba continuamente el momento en el que la había visto lanzarse por el balcón. En su mente aparecía continuamente la imagen de Agnes tendida inconsciente en el suelo.

     Artemisa, cielo —la apeló Gaya con mucho amor tomándola de la mano—, tienes que ser fuerte, cariño. Estoy segura de que Agnes detecta nuestras energías, aunque no esté junto a nosotras.

     Tengo mucho miedo, Gaya —le confesó Artemisa llorando abatida—. No saber lo que le sucederá cuando despierte me destroza el corazón.

     Puede que no sufra ninguna secuela importante, sólo algunas pasajeras. Conozco el caso de muchos que han tenido un accidente, han estado en coma y han despertado al poco tiempo sintiéndose mucho mejor que cuando se durmieron. Es probable que la recuperación sea lenta, pero nosotras la ayudaremos.

     Sí, por supuesto. Todavía no entiendo por qué la Diosa ha permitido que ocurra esto.

     La Diosa tiene sus propios proyectos. Es posible que ahora no comprendamos lo que se propone, pero, cuando pase el tiempo y miremos hacia atrás, recordando este momento, nos daremos cuenta de que este hecho era necesario para que otros se produjesen.

     Tus palabras son muy sabias, pero...

     La Diosa está con nosotras y con Agnes, Artemisa. Agnes está viva, está viva: eso es lo más importante, ésa es la señal más evidente de que la Diosa no nos ha abandonado. No lo hará nunca, Artemisa.

Permanecieron conversando durante un tiempo que ninguna de las dos se atrevía a contar. La noche ya se había apoderado del terreno del ocaso y aquel cielo que antes había estado impregnado de una luz dorada se había vuelto tan opaco y oscuro que parecía como si en él nunca hubiese brillado ninguna estrella. El hospital, además, estaba prácticamente vacío. Solamente veían caminar por los pasillos a los enfermeros, a algunos pacientes acompañados por algún médico... En las salas de espera, apenas había personas aguardando noticias terribles como ellas. No obstante, ninguna de las dos se sentía sola.

Cuando creían que la noche se convertiría en amanecer, se acercó a ellas un hombre con el pelo canoso y una mirada profundamente amable. Les habló con calma, con una voz bondadosa, con una paciencia interminable y con una dulzura que suavizaba sus palabras:

     Buenas noches. Soy el doctor González, quien ha intervenido a Agnes. Todo ha salido bien, aunque todavía está sumida en ese estado de coma que le impide respirar por sí misma. Hemos conseguido reanimar su corazón; el que se ha detenido durante unos cortos segundos, y hemos controlado todas sus constantes vitales. Tiene el brazo y la pierna derechos enyesados y algunas costillas rotas que se le curarán solas. No podemos hacer más por ella.

     Muchas gracias, doctor —musitó Artemisa sobrecogida.

     ¿Podemos verla? —preguntó Gaya con miedo.

     Sí, pero no puede haber más de una persona en la sala. Es un lugar muy pequeño y cualquier estímulo puede afectar a la paciente, por lo que solamente pueden permanecer allí durante diez minutos.

     De acuerdo —se conformaron ambas mujeres.

     Acompáñenme, por favor.

El doctor González las condujo, a través de aquellos pasillos fríos y distantes, hasta la planta en la que se encontraba la diminuta estancia en la que Agnes se hallaba. Cuando Artemisa la vio, se mareó inevitablemente al descubrir su estremecedor aspecto. Agnes tenía la cabeza totalmente rasurada, estaba conectada a un tubo que le proporcionaba el oxígeno que ella no podía conseguir por sí misma y a otras máquinas que controlaban el ritmo de su corazón y la cadencia de su respiración. Gaya la tomó del brazo para ayudarla a serenarse y, con una voz muy cariñosa, le aseguró:

     Esas máquinas la ayudan a estar viva. No te asustes.

     Lo sé, pero...

     Solamente diez minutos cada una —informó el doctor con paciencia.

     Pasa tú primera, Artemisa —le ordenó Gaya con amor.

Cuando Artemisa se halló a solas con Agnes en aquel lugar tan triste, se acercó a ella y le acarició la mano con mucha ternura y cuidado, como si temiese que aquellas caricias pudiesen destruir el poco ápice de vida que todavía latía en ella. Las máquinas a las que Agnes estaba conectada emitían pitidos estremecedores separados por intervalos de tiempo que a Artemisa le parecieron demasiado largos. Sabía que aquellos sonidos estridentes eran la muestra de que Agnes estaba todavía viva, aunque se preguntó si en realidad ella se hallaba en el mundo o si eran las máquinas quienes la mantenían enlazada a su existencia; de la que apenas quedaban unos rescoldos. Además, verla sin su preciosa y nocturna cabellera, con la cabeza afeitada, la impactaba tanto que no podía evitar que aquel detalle la entristeciese profundamente.

     Agnes, sé que puedes oírme, cariño. Sé que ahora estás con la Diosa y que Ella te entrega una vida que tú debes acoger. Por favor, Agnes, sé fuerte, vive, regresa a mi lado, por favor —le suplicó con una voz susurrante y trémula mientras se agachaba para tenerla más cerca—. Agnes, por favor, te necesito. Eres el apoyo más grande que tengo ahora. Por favor, no te marches. Vuelve conmigo, Agnes, por favor, vuelve conmigo. Que no te hayas ido significa que la Diosa te quiere en este mundo. Ella también te necesita. Tenemos muchos sueños que cumplir, Agnes. Por favor, regresa pronto junto a mí, Agnes.

Mientras le hablaba con tanto amor y desesperación, Artemisa le acariciaba el rostro, la mano que no tenía enyesada, los hombros... Agnes le parecía tan frágil, tan poco humana en esos momentos... Le costaba reconocer a la mujer imponente, misteriosa y atractiva en aquel cuerpo tan magullado, tan lleno de señales de dolor y muerte.

     Por favor, Diosa, no la abandones. Por favor, haz que regrese, ayúdala a volver. Agnes, escucha a la Diosa. Está contigo, Agnes, está a tu lado.

Agnes no realizaba ni la menor señal que le indicase a Artemisa que podía oírla, pero Artemisa no dejó de hablarle durante los diez minutos que le permitían estar con ella. Cuando aquel tiempo llegó a su fin, entonces salió de aquella estancia sintiéndose totalmente abatida y destruida. Gaya la abrazó con mucha fuerza y después entró junto a Agnes. Artemisa se sentó en una de las sillas que había en la sala de espera y volvió a arrancar a llorar sin consuelo.

En aquella sala solamente había una mujer que se limpiaba continuamente las lágrimas y que tenía en el regazo una mochila verde. Artemisa pensó en aquel momento tan divertido que Agnes y ella habían vivido en el autobús. Se acordó de cómo Agnes se había reído al ver que a aquella mujer de apariencia curiosa, que se sentaba de una forma tan extraña, se le había derramado la mitad de ese líquido negro y, según Agnes, tan insalubre. Sonrió al evocar lo felices que se sentían en esos instantes; pero la profunda tristeza que le invadía el alma destruyó la sutil serenidad que había emanado de aquellos recuerdos.

     ¿A quién tiene enfermo usted? —le preguntó la mujer de la mochila con educación.

     A una amiga.

     ¿Por una amiga llora tanto?

     La quiero mucho y...

     Yo tengo a mi madre.

     Lo siento mucho.

No volvieron a decirse nada más. Gaya apareció entonces con los ojos llenos de lágrimas y se sentó al lado de Artemisa para tomarla de la mano con fuerza.

     Cuando vuelva el doctor a hablar con nosotras, nos iremos, Artemisa. Aquí ya no hacemos nada más.

     ¿Y qué ocurrirá si despierta y no hay nadie a su lado para ayudarla? —le preguntó a Gaya con temor.

     No creo que despierte esta noche, Artemisa.

Justo entonces apareció el doctor González. Se dirigió hacia ellas y, mirándolas con ánimo y aliento, les comunicó:

     Deben marcharse a casa para descansar. Mañana pueden volver para ver cómo se encuentra. Sean pacientes y no pierdan la esperanza. Las llamaremos si hay alguna novedad.

     Muchas gracias, doctor. Es usted muy amable —le agradeció Gaya tomándolo de la mano y presionándosela con fuerza.

     He tratado a gente que estaba mucho peor que Agnes y que ha sobrevivido, así que nunca hay que perder la esperanza —le comunicó con ánimo a Artemisa.

     Gracias.

 Cuando Gaya y Artemisa salieron de aquel hospital en el que, sobre todo Artemisa, abandonaban una gran parte de su ser, Gaya le comunicó a Artemisa:

     Creo que lo mejor será que vivas conmigo, en mi casa, hasta que Agnes se recupere. De ese modo estarás más cerca de ella.

     No, Gaya, no creo que la dejen aquí. Creo que tendrían que llevarla al hospital que hay en nuestra ciudad.

     En este hospital hay más profesionales, Artemisa.

Artemisa estaba tan paralizada por la tristeza y por el miedo que no podía pensar con claridad y tampoco podía comprender el porqué de todo lo que estaba ocurriendo. Gaya parecía gozar de una serenidad que le permitía razonar por las dos.

     En mi casa hay una habitación de invitados en la que puedes dormir. Mañana te acompañaré a Lindanivia para que prepares todo lo que necesites. No creo que trasladen a Agnes a Lindanivia, Artemisa.

Artemisa no contestó. No podía hablar, ni pensar ni siquiera comprender lo que sentía. Le invadía el alma una tristeza tan inmensa que se creía frágil como una hoja caduca. Estaba tan desalentada y abatida que cualquier brisa nocturna le rasgaba la piel como si de un puñal se tratase.

     Artemisa, Agnes no se rendirá, cariño. Todo su ser lucha por escapar de la muerte. Es sobrecogedor cómo podemos aferrarnos a la vida. Agnes está batallando con mucho ahínco para seguir viva, te lo aseguro, y nosotras haremos todo lo que esté en nuestras manos para ayudarla. Te lo prometo.

     Gracias, gracias —respondió Artemisa con alivio.

     No pierdas la fe, Artemisa.

Las preciosas palabras de Gaya le permitían a Artemisa sentir que aún quedaba en la vida una esperanza resplandeciente que les impediría hundirse definitivamente. No obstante, Artemisa no confiaba plenamente en que Agnes pudiese recuperarse por completo. No dejaba de preguntarse qué secuelas le quedarían cuando despertase y si podría seguir siendo la misma mujer que ella había conocido y aprendido a amar.

Viajaron en taxi hacia el hogar de Gaya, donde le permitieron alojarse. Mónica no se opuso a que Artemisa ocupase la habitación de invitados y se ofreció a ayudarla en todo lo que necesitase.

Mónica no le preguntó a Artemisa por qué estaba tan deshecha. Sabía que Gaya le contaría todo lo que había ocurrido cuando Artemisa no se hallase delante de ellas. Artemisa, aunque se encerrase en la habitación que le habían ofrecido, pudo oír perfectamente cómo Gaya le declaraba a Mónica:

     Agnes y Artemisa han venido a visitarme esta tarde y, cuando se disponían a marcharse, Agnes se ha caído por las escaleras y se ha dado un golpe bastante fuerte en la cabeza. Ahora está hospitalizada.

     ¿Y por qué Artemisa tiene que quedarse aquí?

     Vive a más de doscientos kilómetros de esta casa y no creo que quiera dejar sola a Agnes.

     ¿Cuánto tiempo crees que durará esto?

     No lo sé. Espero que Agnes se recupere cuanto antes. Artemisa...

     Artemisa tendrá vida, supongo, tendrá trabajo. ¿Cómo pueden permitirle quedarse aquí? No puede hacerlo.

     No lo sé. Por el momento, no quiero agobiarla con eso.

     Puedo prestarle el coche si lo necesita.

     No sabe conducir.

     Me resulta tan extraño encontrar a mujeres que no sepan conducir en esta época...

     Es más, no creo que acepte que la lleves todos los días a la universidad.

     ¿Dónde queda la universidad en la que trabaja?

     Está bastante lejos de aquí; pero no nos preocupemos ahora por eso.

     Sí me preocupo, Gaya. Yo no sé si a Lili le convendrá que...

     Lili es mucho más fuerte, sabia y madura de lo que crees.

     Confiaré en tus palabras, pero...

     Hazlo. No te mentiría nunca, Mónica.

     ¿Estás segura? Yo no creo eso. Me parece que me ocultas muchísima información sobre tu vida, sobre tus creencias, sobre tu pasado, sobre las personas con las que tienes ese vínculo tan especial del que me hablas. ¿Qué ocurre con ese señor que viene a visitarte tan a menudo? Parece como si fueseis algo más que amigos. Lili se da cuenta de todo. Tampoco me creo que me hayas dicho la verdad con respecto a tu amiga Agnes. No puede ser que alguien se hiera tanto cayéndose por unas escaleras.

     Que dudes de mis palabras me duele muchísimo, Mónica.

     Mañana hablaremos más calmadamente sobre esto. Ahora vayamos a cenar.

     No tengo apetito, lo siento.

     Llevas mucho tiempo alimentándote pésimamente. Tienes que comer. Lo necesitas.

     Sí me alimento bien. Si una alimentación sana te parece pésima...

     No comes carne nunca y eso nos limita mucho. Espero que Artemisa no sea como tú.

     Ella tampoco come ni consume nada que provenga directamente de los animales, pero no te preocupes por eso. Ella sabe cuidarse y apañárselas muy bien.

     Sois todas tan raras...

     Sois vosotros los que estáis equivocados —susurró Gaya con impotencia.

     ¿Quiénes?

     Todos los que no escucháis a vuestro corazón. Voy a ver a Artemisa por si necesita algo.

Artemisa no podía dejar de llorar. La conversación que había escuchado entre Gaya y Mónica la había desolado muchísimo más. Cuando Gaya entró en la habitación que ocupaba y la descubrió llorando desesperadamente, se acercó a ella y se sentó a su lado para abrazarla con mucho amor.

     Siento mucho que tengas que estar aquí, Artemisa.

     Debería llamar a mi hermana y a Neftis —le comunicó con mucha lástima.

     Está bien. Te traeré el teléfono.

     ¿Cómo?

Gaya desapareció para volver a los pocos segundos portando en sus manos un teléfono que no estaba conectado a ninguna red. Artemisa no le preguntó nada, pues sabía de la existencia de esos modernos teléfonos que funcionaban de una forma tan distinta a la que ella estaba levemente acostumbrada.

     Dime el número al que tenemos que llamar —le pidió solícita. Cuando Artemisa le hubo dictado el número de su casa, entonces Gaya le entregó el teléfono—. Ánimo, Artemisa, cariño.

     Gracias, Gaya. Ay, ¿Neftis? —preguntó de pronto intentando que su voz sonase firme—. Hola, Neftis. Soy Artemisa.

     Sí, lo sé —le contestó Neftis con desgana y desinterés—. ¿Dónde estás? ¿Por qué no has venido al templo?

     No he podido ir, Neftis —le dijo con una voz quebrada.

     ¿Qué es lo que ocurre? Artemisa, ¿qué sucede?

     Neftis —suspiró Artemisa tras unos largos segundos en los que había intentado dominar el llanto—, verás, Agnes y yo hemos venido a visitar a Gaya y...

     ¿Gaya está bien?

     Sí, Gaya está bien. Es Agnes. Ha ocurrido algo horrible, Neftis —le confesó Artemisa desmoronándose de nuevo.

     Artemisa, dime qué sucede.

     Agnes está en coma.

     ¿Qué? ¿Cómo?

     Pues es que... No puedo, no puedo hablar. Lo siento.

     Ponme con Gaya, por favor. Ella podrá explicármelo con tranquilidad.

     Neftis —la saludó Gaya con una voz maternal—, perdona a Artemisa. Está destrozada.

     Oír tu calmada voz me hace sentir mejor. ¿Qué ha ocurrido?

Con mucha delicadeza, Gaya le contó a Neftis todo lo que había sucedido. Neftis se quedó paralizada, sin saber qué decir. Al fin, con una voz que intentaba teñir de naturalidad, le aseguró a Gaya:

     Mañana iré a la universidad yo misma y les explicaré lo que ha ocurrido. No creo que tengan problemas en buscar una sustituta de Artemisa. Es preciso que esté allí, lo entiendo. Yo retrasaré mi viaje para ayudarla en todo lo que necesite. Lo que haremos será alquilar una casa cerca del hospital para restaros trabajo a vosotras, que bastante tenéis ya con lo vuestro. Dile a Artemisa que no se preocupe por nada, que mañana iremos a buscarla y a llevarle ropa limpia y cualquier cosa que requiera. Ahora hablaré con Casandra y lo prepararemos todo. Ponme con ella, por favor —le pidió con mucha ternura.

     Neftis...

     Artemisa, cariño, escúchame. Todo va a ir bien, ¿de acuerdo? Todo va a estar bien, Artemisa. Hay que ser fuertes. Recuerda lo malita que tú estuviste también y lo recuperada que ahora estás. Agnes se pondrá bien, no lo dudes nunca. Por favor, no pierdas la esperanza.

     No pierdas tú la fe, por favor —le suplicó Artemisa desesperada—. Agnes está viva cuando cualquier otra persona habría muerto.

     Sí, estoy segura de que la Diosa está con ella. Por eso, no tienes motivos para estar tan triste. Sé fuerte. Mañana iremos a ayudarte, Artemisa, y no te preocupes por la universidad ni por nada, ¿de acuerdo? Yo estoy contigo. 

     No te vayas, Neftis, por favor, por favor —le rogó casi sin poder hablar—. Perdóname, perdóname por todo lo que te hago sufrir.

     No es culpa tuya, cariño —la tranquilizó Neftis con emoción—. Intenta descansar, ¿de acuerdo? Nos vemos mañana. Que la Diosa esté contigo. Bendiciones, Artemisa.

     Bendiciones para ti también, Neftis. Gracias.

Cuando Neftis colgó, Artemisa le entregó a Gaya el teléfono y después se quedó quieta, sin hablar, sin mirar a ninguna parte. Cerró los ojos y unió las manos para presionárselas a sí misma con una fuerza desesperada.

     ¿Quieres que hablemos con la Diosa? —le preguntó Gaya con ternura. Artemisa asintió con la cabeza—. Ven conmigo. Iremos a mi dormitorio.

Artemisa siguió a Gaya sintiendo un pequeño haz de curiosidad atravesando la inmensa y oscura tristeza que le anegaba el alma. Gaya la invitó a pasar a una habitación impregnada toda del olor del incienso más relajante y suave.

     Ese olor... Tu casa olía así también —susurró Artemisa conmovida.

     ¿Acaso crees que he abandonado todo lo que me gustaba? No, en absoluto —se rió Gaya con amor.

     Agnes adora este incienso.

     Lo sé. Ven, aquí tengo mi pequeño altar.

Gaya se había arrodillado ante una pequeña mesa de madera redonda cubierta con un mantel rojo. Sobre aquella mesa, reposaban algunas velas de distintos tamaños y colores, un Pentáculo de madera, una estatua que representaba a la Diosa sentada con una vela en la mano, un diminuto caldero de barro y un arredondeado plato de cerámica lleno de piedrecitas de varios matices.

     Encendamos las velas púrpuras, pues significan la curación de enfermedades y sobre todo el poder de la vida —le indicó con solemnidad—. Ahora sí puedo sentir que la Diosa está con nosotras.

     ¿No nos interrumpirán?

     No, por supuesto que no. Les tengo dicho que no me requieran cuando me encierro en mi habitación. Ahora, Artemisa, cierra los ojos con fuerza, intenta desprenderte de las sensaciones que te invaden y aléjate de las percepciones que te entregan tus sentidos para que la presencia de la Diosa te anegue el alma.

Artemisa y Gaya se tomaron de las manos y cerraron ambas los ojos. Cuando transcurrieron unos largos momentos, Gaya los abrió y dijo con solemnidad:

     Amada Diosa Hécate, te invoco en forma de doncella, pues es así como reinas en el destino de quienes tienen una larga vida por delante. Nuestra amada Diosa, te sentimos entre nosotras, en el fuego que arde en las velas, en el agua que reposa en el caldero, en esta pequeña cantidad de tierra sagrada y en el aire que nos envuelve. Siente ahora cómo nuestra alma precisa de tu luz y de tu fuerza. Recibe las bendiciones que te entregamos con todo nuestro corazón a través de estas palabras. Artemisa te necesita, Gran Madre, te necesita muchísimo. Es una de tus servidoras más fieles; una sacerdotisa que es capaz de renunciar a todo lo que tiene para servirte únicamente a ti. Escúchala con todo tu amor infinito, amada Diosa.

Entonces, Artemisa, intentando hablar con claridad y fortaleza, exclamó con dulzura:

     Amada Hécate, sé que me dirijo a ti constantemente para pedirte que me ayudes y que me guíes por el camino correcto, pero esta vez necesito que me escuches como si fuese la primera vez que me comunico contigo. Agnes está en peligro, se halla al borde de la muerte, pero sé que la has salvado porque no ha llegado todavía la hora de que parta de este mundo, porque todavía le quedan muchas cosas que vivir y mucho por lo que luchar. Agnes te adora con todo su corazón y ha pugnado contra muchísimas personas que querían convencerla de que su fe era locura solamente por ti, porque cree en ti como no lo hace en sí misma. Por eso, por favor, ayúdala a regresar.

A Artemisa se le quebró la voz. Gaya le presionó las manos queriendo entregarle con ese gesto la fuerza que ella estaba perdiendo a través de sus lágrimas. Artemisa suspiró intentando desprenderse de esas intensas ganas de llorar y prosiguió:

     Sé que no la abandonarás, que no nos abandonarás a ninguna de las que creemos en ti. Por favor, dinos qué podemos hacer por Agnes. Sé que no necesita solamente cuidados físicos, sino sobre todo espirituales, y será complicado ofrecérselos en el hospital. Por favor, guíanos y revélanos cómo podemos enviarle toda nuestra energía a través de la distancia.

Entonces la llama de aquellas velas púrpuras que ardían con timidez tembló como si una brisa inocente la hubiese agitado. Ambas mujeres se quedaron en silencio, esperando una nueva señal. Entonces, con mucho primor, Gaya tomó entre sus manos el pequeño caldero que contenía agua consagrada y lo situó enfrente de ellas. Perdió la mirada por la clara superficie del agua mientras, con sus ágiles y sabios dedos, atrapaba unos pocos granitos de arena y los dejaba caer con suavidad en el interior del caldero. Artemisa observaba con interés y tensión los movimientos de Gaya. Presentía que estaba a punto de suceder algo sobrecogedor.

Gaya cogió con mucho cuidado una de las velas cuya llama había temblado levemente y la acercó al caldero. Aquel fulgor trémulo y dorado se reflejó en la superficie del agua y tiñó de oro los granitos de arena que se habían posado en el fondo.

     Te escuchamos, Diosa.

Artemisa se estremeció de sublimidad cuando vio que la superficie tranquila del agua se convertía en un remolino azulado cuyo sutil movimiento la hipnotizó. Sabía que la Diosa estaba allí, en los cuatro elementos que las rodeaban, pero tenía miedo a que aquel momento no fuese sino una ilusión y que la magia que lo caracterizaba se desvaneciese de repente. No obstante, los segundos avanzaban y aquella agua tan clara no recuperaba la quietud que antes había poseído.

     La Diosa nos comunica que éste no es el mejor lugar para celebrar un ritual que nos permita curar a Agnes con nuestros dones —le susurró Gaya con dulzura—. Tenemos que acudir a algún rincón que esté impregnado de la energía de Agnes para poder conectar con las fuerzas de su destino. ¿Se te ocurre cuál puede ser ese sitio, Artemisa?

     Sí, por supuesto: el santuario de Agnes.

     La Diosa nos ayudará, Artemisa. La sientes, ¿verdad?

     Como hace mucho tiempo que no la sentía —contestó Artemisa sobrecogida.

     Abre las manos, Artemisa, para recibir su aliento. —Cuando Artemisa la obedeció, colocando las manos junto a la llama de las velas que ardían suavemente, Gaya le indicó—: Ahora ascendamos nuestros brazos muy lentamente para expandir la fuerza de la Diosa por nuestro alrededor. Sí, así. Ahora dame las manos, Artemisa, y presionémonoslas con energía, compartiendo el hálito de vida que la Diosa nos ha entregado.

     Bendiciones, Gaya —musitó Artemisa con devoción y emoción. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez no eran de tristeza, sino de gratitud—. Bendiciones, Agnes —susurró mucho más quedo.

     Bendiciones, mi amada Artemisa —le correspondió Gaya feliz.

Tras celebrar aquel sencillo ritual, Gaya acompañó a Artemisa a su habitación para que descansase. Le prestó un camisón para que durmiese cómodamente y le aseguró que al día siguiente la despertaría temprano para volver a pedir juntas por Agnes.

Ya fuese porque Gaya le había transmitido una paz infinita con su voz maternal y sus amorosas miradas o porque el ritual que habían celebrado le había llenado el alma de serenidad, lo cierto es que Artemisa durmió como no creyó poder dormir aquella noche. Ni siquiera tuvo pesadillas, sino que se mantuvo flotando por un mundo carente de estímulos hasta el amanecer.

Gaya la despertó con mucha suavidad y cariño. Artemisa se acordó entonces, aún dominada por el sueño, de todos aquellos días que Gaya la había cuidado con toda la bondad de su alma, prestándole atención a todo lo que ella sentía y pensaba, escuchándola como nadie lo había hecho antes, ofreciéndole todo aquello que ella requería para sentirse mejor. Entonces se descubrió anhelando volver a vivir con ella. Lucharía por conseguirlo, por lograr que todas pudiesen habitar en una gran casa rodeada por la naturaleza más libre y aromática.

     Buenos días, Artemisa. Lo he preparado todo para volver a hablar con la Diosa. Te espera. ¿Cómo te sientes?

     He dormido muy bien, pero estoy muy triste. Gaya, quiero que luchemos por...

     Por Agnes. Sí, lo haremos.

Artemisa supo que Gaya no la había interrumpido porque intuyese lo que iba a decirle, sino porque no deseaba que se preocupase por algo que en esos momentos no tenía solución. Acudieron juntas a la habitación de Gaya y volvieron a conectar con la Diosa como lo hicieron la noche anterior, aunque esta vez se expresaron mucho más quedamente.

A partir de aquella mañana, la vida se convirtió en una senda espinosa que ambas mujeres intentaban llenar de luz. Artemisa vivía junto a Gaya y su familia en aquella casa tan pequeña, pero acudía a la suya muchísimas más veces de las que posiblemente pudiese permitirse.

Cuando transcurrieron tres días de lo que había ocurrido con Agnes, Artemisa y Gaya viajaron hacia Lindanivia para poder cumplir con el consejo que la Diosa les había ofrecido, para poder conectar plenamente con la energía que se encerraba en aquel lugar que Agnes había convertido en su santuario.

Gaya nunca había estado en la casa de Artemisa y, cuando descubrió lo bella y amplia que era, sonrió con muchísima vida y gratitud. Al perder la mirada por el cuidado y precioso jardín que rodeaba aquel hogar, se detuvo e inspiró profundamente para captar toda la vida que lo impregnaba.

     Por la Diosa, Artemisa, qué afortunada eres por tener este tesoro.

     Tú me enseñaste cómo debía crear un hermoso y sereno jardín.

     Estoy segura de que mucha de la inspiración que has necesitado para plantar todo lo que deseabas tener aquí ha emanado de tu alma; la que está llena de sabiduría y magia, Artemisa.

     Gracias, Gaya.

     Vayamos al santuario de Agnes antes de que sea más tarde.

Artemisa nunca había estado en aquella pequeña estancia que Agnes había convertido en un diminuto templo sagrado. Al entrar allí, se sintió como si estuviese invadiendo la intimidad de Agnes, como si estuviese faltándole al respeto. Intentó que aquellos pensamientos no la condicionasen, pues necesitaba estar concentrada para poder comunicarse nítidamente con la Diosa y con la energía con la que Agnes había impregnado aquel lugar.

Artemisa se sobrecogió cuando captó toda la energía que anegaba aquella pequeña estancia. Además, estaba invadida de objetos consagrados, de tarros con hierbas, de calderos de diferente tamaño y color... Incluso había un hornillo sobre el cual reposaba una olla de barro que en esos momentos estaba vacía.

     Bien —suspiró Gaya mirando a su alrededor con atención—. Lo primero que tenemos que hacer es reunir los cinco elementos. Por favor, ve a llenar este caldero con agua nítida y yo encenderé el fuego en este hornillo. Tráeme, también... no, aquí tiene un puñadito de tierra que nos sirve. Artemisa, tienes que conseguir un objeto que le pertenezca irrevocablemente a Agnes. No importa lo que sea: una prenda de ropa, una joya, algo que sea solamente suyo. Ve a buscar lo que necesitamos, por favor.

     Creo que todo lo que hay aquí es únicamente suyo.

     Necesito algo muy íntimo, algo que haya estado en contacto continuo con su cuerpo. Incluso me sirven algunos cabellos suyos que puedas encontrar en algún cepillo o peine que use.

     De acuerdo.

Artemisa se dirigió hacia la alcoba de Agnes, donde pudo encontrar varios objetos y señales de su vida que le servirían a ambas para realizar el ritual que podría rescatarla de la muerte. Agnes llevaba sumida en ese inquietante estado de coma desde que había entrado en aquel hospital en el que le habían salvado la vida. Durante aquel tiempo, Artemisa había permanecido prácticamente a todas horas junto a ella. Solamente se había separado de su lado cuando la noche caía y se prohibían las visitas. Los médicos detectaban que a Agnes le convenía que Artemisa la acompañase en aquellos duros momentos.

Artemisa se sentía inmensamente agotada, pero nunca se lo desvelaría a nadie. En esos momentos, en los que se hallaba en la habitación de Agnes, creyó que todo lo que había vivido con aquella mujer formaba parte de otra existencia. Se descubrió imaginando que Agnes entraba de repente en aquella estancia, sonriéndole con mucho amor, con los ojos anegados en conformidad y felicidad, riéndose con aquellas carcajadas tan tiernas, tan sensuales y contagiosas. Se imaginó que Agnes se sentaba en su cama riéndose de Artemisa por haber estado tan preocupada por ella.

La soledad que la rodeaba volvía mucho más triste y a la vez hermoso el recuerdo de Agnes. No podía imaginársela en aquel hospital, conectada a esas máquinas que la mantenían en el mundo sin que ella realmente estuviese viva.

Había conseguido unos cuantos cabellos de Agnes, un colgante del símbolo de la Diosa que ella solía llevar pendiéndole del cuello y un anillo que tenía grabado el Pentáculo. No obstante, antes de salir de aquella habitación para dirigirse hacia el santuario en el que Gaya la esperaba, se arrodilló en el suelo, rogándole a la Diosa que la ayudase a soportar aquella situación, pero sobre todo que le permitiese enviarle a Agnes toda la vida que requería para regresar junto a ella.

Cuando se adentró en el santuario de Agnes portando todo lo que necesitaban, Gaya ya había encendido el fuego y se hallaba arrodillada enfrente del altar que Agnes tenía compuesto en un rincón de la estancia. Rezaba con los ojos cerrados, moviendo los labios casi de forma imperceptible. Al oír llegar a Artemisa, se levantó del suelo y se dirigió hacia ella mirándola con conformidad. Tenía en la mano una vela encendida cuyo pábilo tembloroso se reflejaba en sus grises ojos amables y sabios.

     Cierra la puerta, por favor. —Cuando Artemisa la obedeció, Gaya le preguntó—: ¿Cómo te encuentras? Es muy importante que te hayas desprendido de cualquier emoción negativa que pueda impedirte comunicarte plenamente con la Diosa.

     Me encuentro bien, aunque estoy nerviosa.

     Todo va a ir bien. Antes de que me entregues lo que has conseguido, tracemos el círculo mágico. —Cuando lo hubieron hecho, entonces Gaya le pidió—: Dame lo que has traído, por favor. —Al entregarle los cabellos y los amuletos de Agnes, Gaya le indicó—: No vamos a quemar ni el colgante ni el anillo, sólo los colocaremos cerca del caldero con agua. Los cabellos sí los lanzaré a la hoguera sagrada que he prendido.

Dichas estas palabras, Gaya se acercó a la olla de barro que ardía sobre el hornillo y lanzó en su interior los cabellos de Agnes mientras recitaba unas frases que Artemisa no pudo comprender, ya que Gaya estaba pronunciándolas en un idioma ancestral que Artemisa todavía no había podido aprender plenamente.

Artemisa se situó junto a Gaya y perdió los ojos por el contenido de aquel recipiente. Vio que había algunas hierbas hirviendo con agua. El olor que se desprendía de aquella cocción le resultaba dulce y a la vez inquietante.

     Amada Diosa, invoco la anciana para que nos guíes en este ritual. También invoco a la doncella que también eres. Te invoco para que nos alumbres con tu magia y nos permitas llegar hasta ti. Hécate, tienes en tu fuego una pequeña parte de quien está perdiéndose por el mundo de las sombras. Te pedimos, con la confluencia de los cuatro elementos y de nuestro espíritu, que la ayudes a volver a esta vida, a este mundo.

Mientras hablaba, Gaya removía el contenido de la olla con el fragmento de una rama de árbol. Del interior de aquella mezcla, emanaba un humo blanquecino que le provocaba a Artemisa un leve escozor en los ojos.

     Haz de tu alma un lecho de luz para su espíritu, comunícate con su éter para devolverle la vida. Perdona sus errores, perdona sus deseos, pues de ti es súbdita y servidora quien te ama con veneración. Diosa, tienes en tus manos el bien y el mal, las sombras y la luz, el día y la noche...

Artemisa se hallaba completamente paralizada. La sobrecogía la potente, suave y tersa voz de Gaya pronunciando frases que incluso a ella, sacerdotisa desde hacía casi un año, le costaba entender. Además, el olor del humo, el calor de las velas, el aroma del incienso y la intimidad que las rodeaba la sumían en un estado de devoción que le llenaba el alma de fe y esperanza.

Durante un tiempo inconcreto, Gaya siguió pronunciando oraciones que Artemisa nunca había oído. Cuando el humo que emanaba de la olla de barro comenzó a perder fuerza, entonces Gaya quebró la rama con la que había removido la mezcla que contenía el recipiente y la lanzó al fuego. Un olor reconfortante a invierno invadió toda la estancia.

Después, Gaya apagó las velas con un ligero soplido y permitió que el fuego devorase los restos de la hoguera que no había sido sino el vehículo que le había permitido conectar con la Diosa.

     ¿Tienes algo que añadir antes de concluir el ritual, Artemisa? —le preguntó Gaya con solemnidad y cariño. Ni siquiera cuando se expresaba con aquella voz tan imponente, propia de una suprema sacerdotisa, perdía ese deje de ternura que siempre la caracterizaba.

     Sí, si se me permite...

     Por supuesto. Es más, tendrías que haber intervenido antes. Expresa lo que desees.

     Hécate —susurró Artemisa con mucha fe cerrando los ojos, arrodillándose en el suelo y uniendo las manos ante el fuego que devoraba los restos de lo que había hervido en el ritual—, sé que todo lo que decides es por nuestro bien, porque ése debe ser nuestro destino, y sé también que mucho de lo que escoges para nosotros tiene consecuencias que después nos beneficiarán; pero, por favor, Hécate, mi amada Diosa, a quien sirvo con toda el alma, si el destino de Agnes es permanecer en ese mundo que no está ni en la vida ni en la muerte, házmelo saber cuanto antes para que no se alargue este dolor tan insoportable. —A Artemisa se le quebró la voz, pero continuó con firmeza—: Hécate, haré todo lo que esté en mis manos si la ayudas a regresar a la vida. Incluso soy capaz de... de ignorar todo lo que siente mi corazón para amarte únicamente a ti en cuerpo y alma durante toda mi vida y todas las que me entregues.

Las palabras de Artemisa sobrecogieron tanto a Gaya que no supo cómo debía actuar cuando Artemisa se alzó del suelo y abrió los ojos para dedicarle a la sacerdotisa una mirada anegada en conformidad.

     Gracias, Diosa, por habernos escuchado con tanta entrega —dijo Artemisa concluyendo su intervención—. Ya podemos dar por finalizado el ritual.

     Sí, pero antes debemos tomarnos de las manos, Artemisa, y unir nuestras fuerzas a las que la Diosa nos ha entregado. —Cuando enlazaron los dedos, entonces Gaya dijo—: Damos por concluido este ritual a través del cual nos hemos comunicado contigo con toda nuestra humildad, querida Diosa. Bendiciones, Artemisa.

     Bendiciones, Gaya.

     Ahora, abramos el círculo.

Aquel ritual le había llenado el alma de esperanza a Artemisa. No obstante, aún dudaba de que Agnes pudiese volver a la vida y disfrutarla como se merecía. Se imaginaba que el tiempo transcurriría llevándose las horas que debían pertenecerle, que permanecería en ese estado de vida y muerte hasta que a Artemisa ya no le quedase aliento. Era la primera vez que desconfiaba de las intenciones de la Diosa. Aquel hecho le hería profundamente en el corazón. Desconfiar de la Diosa era como renegar del cariño que Gaya le profesaba. Así pues, intentó ignorar aquellos sentimientos. Sabía que su único origen era el miedo y en el olvido debían quedar.

Artemisa se volcó plenamente en Agnes. La cuidaba prácticamente durante todo el día. La habían trasladado a una habitación algo más amplia en la que había un lavabo y un sofá-cama en el que Artemisa prefería dormir muchas noches para hallarse más cerca de Agnes y poder estar atenta a cualquier cambio que pudiese operarse en su estado. Gaya la ayudaba en todo lo que le era posible, pero Artemisa no permitía que la suprema sacerdotisa pasase tantas horas en un lugar tan carente de vida, de energías positivas y de luz.

El hospital le arrebataba a Artemisa toda la energía vital que podía albergarse en su alma. Ingería muchas infusiones de hierbas que le permitiesen recuperar una pequeña parte de la vitalidad que se le marchitaba cuando se hallaba rodeada por esas paredes blancas y por tanta y tanta enfermedad. Notaba que el ambiente estaba cargado de tristeza, de oscuridad, de malestar. Incluso muchas veces había tenido que salir del hospital atacada por un mareo intenso que le revolvía el estómago.

Pasaron los días de una forma veloz y a la vez lenta. A Artemisa, sin embargo, le parecía que el tiempo se había detenido. Cuando se hallaba durmiendo o cuidando de Agnes en el hospital, rememoraba todo lo que había vivido desde que se había trasladado a Lindanivia y todas esas experiencias le resultaban incomprensibles. Le parecía que éstas no formaban parte de su vida, sino de otra existencia que en nada se relacionaba con ella.

Neftis y Casandra habían cancelado el viaje a Bolivia. Artemisa les había insistido en que se marchasen, pues allí lo único que vivirían serían momentos vacíos, pero ninguna de las dos había querido dejarla sola. Artemisa aseguraba que con Gaya a su lado era imposible que se sintiese sola, pero lo cierto era que le placía y la tranquilizaba profundamente que su hermana y Neftis no se hubiesen ido. Se habría percibido muy desprotegida si hubiesen partido de su vera, puesto que tampoco se creía con el derecho de absorberle a Gaya todo el tiempo del que disponía. No podía permitir que aquella mujer tan amable emplease la mayor parte de sus días en ayudarla en algo que sobre todo le concernía a ella. Agnes estaba bajo su tutela y era ella quien tenía que afrontar todas las dificultades que suponía aquel hecho.

Se acercaba Samhain. Gaya, una vez más, elaboró las galletas de manzana que Artemisa tanto adoraba. Además, los miembros de La llama de Ugvia estaban preparándolo todo para uno de los rituales más importantes del calendario wiccano; esa noche en la que finalizaba un año y otro nuevo empezaba, en la que el Dios consorte de su diosa moriría y viajaría hasta el mundo de la muerte para permanecer allí hasta que la Diosa lo alumbrase en Yule, el solsticio de invierno.

Artemisa no deseaba que Samhain llegase. Tendría que ocuparse de dar inicio y de cuidar el ritual que se celebraría en el templo. Además, de ella dependían la mayoría de los elementos que formaban parte de aquella noche: tenía que decidir qué canciones se tocarían y cantarían, qué comida se ingeriría, qué tipo de bebidas se llevarían, qué oraciones se le dirigirían a la Diosa, cómo se la consolaría de su profundísimo dolor, qué velas arderían en el altar sagrado y qué incienso llenaría el ambiente de aromas revitalizantes y estimulantes. Además, tenía que volver a consagrar los utensilios que representarían los cuatro elementos, y realmente no se sentía capaz de corresponder a lo que se esperaba de ella. Anhelaba permanecer junto a Agnes durante aquella noche, pues Samhain era una de las fechas más importantes del año y no quería dejarla sola en un momento en el que las fronteras entre la vida y la muerte se desvanecían, en el que era tan sencillo volar hacia al otro mundo y que del otro mundo entrasen en la vida espíritus que no debían aparecer... Nadie le había indicado que aquello podía suceder, pero Artemisa se asustaba cuando se planteaba la posibilidad de que, en aquella noche, el alma de Agnes decidiese partir hacia el mundo oscuro antes de que tratase, una vez más, de huir de la muerte. Sin embargo, sabía que no podía ignorar sus obligaciones. Tenía que cumplir como sacerdotisa que era, pues, antes que cualquier persona, importaba más la Diosa. La Diosa estaba por encima de todos y en todos a la vez. Sabía que, prestándole atención a la Diosa, se la prestaba a Agnes, ya que la Diosa también estaba en Agnes, y aquello era innegable.