martes, 12 de diciembre de 2017

DIARIO DE ARTEMISA: JUEVES, 2 DE NOVIEMBRE DE 2017


Jueves, 2 de noviembre de 2017:

Me he propuesto intentar escribir todos los días; algo que sé que me costará mucho hacer, ya que no estoy acostumbrada a escribir un diario. Hace mucho tiempo que no escribo ningún diario. Me acuerdo de que, cuando era adolescente, desahogaba todo lo que sentía y pensaba escribiendo febrilmente durante horas, pero todos esos diarios se han perdido y apenas recuerdo qué cosas escribía. Sé que cuando era adolescente me planteaba y me preguntaba muchísimas cosas sobre la vida, sobre el porvenir y el pasado, porque mi sentir siempre ha sido demasiado intenso y enrevesado. Como las personas de mi entorno apenas me daban muestras de que pensasen tanto como yo, creía que era la única que les daba tantas vueltas a las cosas y que podía permanecer durante horas cavilando sobre temas aparentemente sencillos que no tenían ninguna complicación y que, sin embargo, yo exprimía con insistencia. Además, me acuerdo perfectamente de que prefería estar sola para que nadie me molestase, para escribir o dibujar sin que nadie me interrumpiese. Al mismo tiempo, también adoraba pasear sola por el bosque, observando los árboles, las flores y los animales que me rodeaban para analizar y clasificar su apariencia. Siempre he tenido alma de bióloga y por eso estudié la carrera de biología. Nunca dudé de cuál debía ser mi profesión. Siempre quise aprender todo lo posible sobre la vida de la Tierra, sobre todas las especies de plantas y animales para después enseñar a quienes sintiesen, como yo, interés por la inmensa diversidad de vida que puebla nuestro planeta. Pasaba horas imaginándome que le hablaba a un público infantil sobre los animales que tan bien me conocía, sobre las distintas especies de pájaros que vivían en aquel bosque que yo apreciaba tanto y sobre los diferentes árboles de hoja caduca que cambiaban de color dependiendo de la estación del año. El alma se me llenaba de hermosura y admiración cuando percibía, en la apariencia de la naturaleza, el fluir de las estaciones, el cambio de verano en otoño, de otoño en invierno, de invierno en primavera y de primavera en verano. Al mismo tiempo que captaba con tanta nitidez el paso de los días y de los meses, sentía que yo crecía rodeada de bendiciones. Yo sentía que la luz que llovía del cielo y la oscuridad de la noche me protegían en un mundo en el que nadie podía irrumpir. En ese mundo yo siempre me sentí amparada por una fuerza que no sabía nombrar. Escondía en mi interior la admiración que le profesaba a esa fuerza porque intuía que ésta no se parecía a la fuerza en la que creía mi familia y de la que tanto me hablaron cuando era pequeña. Yo no negaba la existencia de Dios. Nunca se me ocurrió pensar que no había nada por encima de nosotros que hubiese decidido nuestro nacimiento. Yo jamás me habría atrevido a renegar de ese espíritu protector y benevolente que siempre estaba con nosotros porque yo sentía en mí y a mi alrededor la presencia de ese espíritu creador, pero dudaba de que éste fuese masculino. Levemente me planteaba la posibilidad de que este espíritu fuese más bien femenino. Con vergüenza, creía que, si de una mujer veníamos todos, era innegable que toda la naturaleza y toda la vida de la Tierra hubiesen nacido también de un ser femenino; pero nunca me atreví a compartir con nadie estas creencias.

Me acuerdo de que me olvidaba de la noción de mi entorno cuando me dedicaba a dibujar una pequeña parte de lo que vagaba por mi imaginación. Mis primeros dibujos realmente dignos de ser apreciados me los inspiró el primer libro que me fascinó profundamente en mi vida: Las Metamorfosis de Ovidio. Ese libro me lo regaló mi padre cuando yo cumplí ocho años y me pidió que no se lo enseñase a nadie. Me contó que lo leyese a escondidas y que no le hablase a nadie de lo que allí estaba recogido. Yo así lo hice siempre. Me iba al bosque a leer cuando la tarde más brillaba, cuando salía de la escuela, y no regresaba a casa hasta que de veras la noche avisaba de su llegada atenuando el fulgor del atardecer. MI madre intentó prohibirme muchas veces que me pasase la tarde fuera de casa, pero yo alegaba siempre que me concentraba mejor en el bosque para hacer mis deberes y leer. Ella, entonces, me dejaba ser libre y así podía hundirme en mi realidad sin que nadie me molestase.

Algunos niños sí intentaron seguirme algunas tardes, pero yo siempre conseguía despistarlos. En la escuela sabían todos que me iba al bosque a leer y que podía pasarme allí las horas hasta que caía la noche, por eso empezaron a creer que yo tenía relaciones secretas con alguien (no sé si creían que ese alguien era una persona o un ser mágico) y comenzaron a llamarme hada Mila. Además, a mí siempre me fascinaron las hadas y siempre intentaba disfrazarme de hada en Carnaval; lo cual intensificaba las razones para que me llamasen así. Nunca se rieron de mí en la escuela, pero no tenía amigos. La única amiga que tuve vivió muy poco tiempo en el pueblo. Se llamaba Sara y jugábamos a que éramos habitantes de un mundo mágico en el que vivíamos muchísimas aventuras. Teníamos sólo nueve años cuando tan amigas éramos, pero nunca podré olvidar todos los momentos que compartimos. Creo que ella fue la única persona en mi infancia que sabía por qué me iba al bosque y me pasaba las horas allí leyendo. Cuando jugaba con ella, ya casi nunca estaba sola, pero sus padres decidieron marcharse cuando más unidas estábamos y no volví a saber de ella nunca más. Al principio, durante los primeros meses de nuestra separación eterna, nos escribimos algunas cartas que luego mi madre revisaba, por eso apenas podía hablarle de nuestro mundo. Eso provocó que la bonita confianza que había nacido entre nosotras se desvaneciese y ahora ni siquiera sé dónde vive. Tampoco sabría cómo buscarla. Muchas veces me he preguntado si ella tendrá las mismas creencias que yo. Me parece plausible que crea en la Diosa, pues su alma era muy mágica y, a veces, sin que ninguna de las dos lo previese, alguna de nosotras hablaba sobre el ser superior que reinaba en el mundo mágico en el que tantas aventuras vivíamos y, entonces, nos quedábamos en silencio, sin atrevernos a decir nada más, como si ambas sintiésemos en nuestra alma la influencia de ese espíritu superior al que no nos atrevíamos a nombrar con ningún nombre, sólo con la frase: el ser superior, el espíritu reinante... Yo sentía en esos momentos que había algo que nos unía más que nada en el mundo y el silencio que nos rodeaba creaba un ambiente de secretos. Creo que ambas sabíamos que había algo en lo que creíamos las dos y que no nos atrevíamos a compartir por miedo o inseguridad. Éramos muy pequeñas, por eso no sé si mis pensamientos coinciden con la realidad o no. El caso es que sé que ella también sabía que nuestro ser creador era femenino y que no sólo reinaba en ese mundo mágico que nosotras ideamos, sino en toda la Tierra y en la vida de cada persona o ser que creaba.

Cuando Sara se marchó, me sentí mucho más sola que nunca. Además, empecé a preguntarme muchas más cosas que nunca. Me despertaba por la noche notando que se me agolpaban unos nervios muy extraños en el estómago. Notaba que mi cuerpo estaba cambiando y que mis pensamientos eran cada vez más enrevesados e ininteligibles. Me acuerdo de que, una tarde lluviosa, me senté junto a mi madre, que estaba tejiendo una bufanda, y le confesé que me sentía extraña, que no me reconocía y que me había cambiado mucho el humor. Ella me contó que estaba haciéndome mujer y que era muy posible que dentro de poco empezase a menstruar. Yo solamente tenía once años, pero sí sentía cercano ese preciso momento en el que ya dejas de ser una niña. Además, notaba que cualquier cosa me conmovía hasta las lágrimas. Lloraba con mucha facilidad, me escondía de los demás no sólo en los rincones del bosque que ya tan bien me conocía, sino en otros mucho más lejanos desde los que observaba mi entorno con una nueva curiosidad.

En aquellos momentos de mi vida, cuando ya comenzaba mi adolescencia, creía que era la única chica en el mundo que sentía de ese modo tan intenso cualquier cosa que vivía; pero la vida me ha demostrado que ni soy la única persona en el mundo con tanta sensibilidad ni soy la que más sensibilidad tiene. Y la vida me ha demostrado precisamente esto poniendo en mi camino a Agnes.

Me apetece muchísimo hablar de mis recuerdos. El lunes, Agnes y yo comentábamos que no había entre nosotras ningún secreto. Agnes me aseguró que yo lo sabía prácticamente todo de ella, que, si había algo que yo de ella desconocía, era porque no había tenido la ocasión de hablarme de ello; pero que generalmente conocía todos los momentos de su vida. Entonces me hizo saber que le inspiraba mucha curiosidad mi pasado, sobre todo mi infancia y mi adolescencia, y me preguntó por qué nunca le había hablado de esos años ni tampoco había escrito sobre ellos en ninguna parte. Y por eso, quizá, haya viajado a esos lejanos años y haya empezado a escribir sobre esos recuerdos tan antiguos. Me gustaría plasmar, como hizo Agnes, mi vida con tanta perfección, pero creo que, al contrario de lo que le ocurre a ella, yo apenas puedo evocar los momentos de mi infancia. Agnes, en cambio, puede recordar perfectamente, con una nitidez espeluznante, lo que vivió desde que era muy, muy pequeña. El primer recuerdo que tiene pertenece a un momento en el que ella tenía solamente ocho meses. Me contó que su abuela le dijo muchas veces que era imposible que se acordase de eso porque era demasiado pequeña, pero ella se acuerda perfectamente de esa tarde en la que su abuela estaba amasando unas rosquillas y le permitió hacer una con sus pequeñas manitos. Qué ternura, qué entrañables me parecen los recuerdos de la infancia de Agnes.

Sin embargo, cuando pienso en mi pasado, también siento que éste también es muy entrañable. Agnes me dijo que entrañable significa “afectuoso y íntimo”, por lo que a veces usamos esa palabra sin que ésta defina muy bien aquello a lo que nos referimos, pero en este caso sí me parece que entrañable sí define mi pasado. Fue afectuoso porque estuvo lleno de mucho amor y también fue íntimo porque la mayoría de momentos felices que viví los viví conmigo misma, pero también con mi padre. Cuando recuerdo mi infancia, siento mucha nostalgia porque lo primero que me viene a la mente es la complicidad que yo tenía con mi padre, a quien tampoco veía muy a menudo porque era transportista y viajaba mucho, pero, cuando llegaba a casa tras días de ausencia, me abrazaba muy fuerte, me traía regalos muy bonitos (casi siempre eran libros o cuadernos de ésos con dibujos para que los colorease) o dulces típicos de los lugares a los que viajaba, que no solía ir muy lejos. Sobre todo debía desplazarse por Castilla y León y a veces iba a Madrid, pero en aquel entonces los vehículos eran mucho más lentos que ahora y un viaje de trescientos kilómetros podía durar, tranquilamente, seis horas como mínimo. Yo muchas veces le pedí que me llevase con él, pues me atraía muchísimo la idea de ver lugares nuevos. Además, me imaginaba que Madrid sería una ciudad enorme llena de luces, aunque pensar en eso también me sobrecogía, y también quería ver las llanuras de Castilla y sus bosques profundos, de los que apenas queda nada ya, sobre todo por culpa de los incendios. El Cierzo, la comarca donde está mi pueblo, este octubre también estuvo ardiendo, como Galicia, y a mí me daba tanta impotencia saber que también estaban quemando mi tierra... pero apenas me atrevía a confesarle mis sentimientos a Agnes, pues su tierra estaba pasando por lo peor que podía ocurrirle. Galicia este año ha sufrido tanto por culpa de los incendios... Además, cuando volvimos de nuestro segundo viaje a Galicia, todo empezó a arder y yo lo único que yo podía hacer era consolar a Agnes de la inmensa pena que la atacaba y tragarme mi tristeza, porque yo también estaba muy triste. Yo no siento tanto amor por mi tierra como Agnes, pero sí es cierto que le tengo mucho cariño y que algún día me gustaría regresar allí donde nací, porque aprecio mucho ese lugar y nunca negaré mis orígenes, nunca. Además, yo en aquel lugar siempre fui muy feliz, siempre, aunque fuese una niña tan propensa a entristecerse y a sentir nostalgia, pero la tristeza o la añoranza que yo pudiese sentir no me abatían, al contrario, me inspiraban mucho.

No me gusta reconocerlo delante de Agnes porque ella tuvo una adolescencia bastante complicada, sobre todo por lo distinta que fue siempre al resto de las personas y por lo especial que fue siempre, pero yo fui muy feliz, tuve una infancia preciosa en la que cada nuevo día era una bendición para mí. Adoraba ir a la escuela, me reía mucho, aunque después prefiriese jugar y estar sola, apreciaba cada momento, corría libre por las calles del pueblo en dirección al bosque o a la escuela agradeciendo que el aire me rozase la piel. Amaba el otoño, amaba jugar con las hojas caídas, me divertía muchísimo cuando me tiraba al suelo y removía todas esas hojas fenecidas con mis manos, amaba jugar con la nieve cuando nevaba, no me acobardaba nada el frío e incluso puedo asegurar que cuando nevaba era la primera en ir hacia el bosque para hacer muñequitos de nieve. También me esforzaba por quitarles la nieve a esas ramas que parecían no soportar su peso y con mi padre... cuánto jugué con mi padre cuando nevaba, qué buenos ratos pasábamos, cuánto nos queríamos.

A mi madre también la quería mucho, pero ella era una persona muy triste, muy estricta y demasiado religiosa. A mí me obligaba a ir a la iglesia todos los domingos, algo a lo que yo no me oponía porque, sinceramente, me gustaba ir, pero no por lo que pudiesen decirme allí (ya que prácticamente no entendía nada de lo que decía el cura), sino porque mi madre me vestía con trajes muy bonitos. Me ponía vestidos largos con faldas que tenían mucho vuelo, me peinaba, me mimaba mucho y, cuando salíamos de la iglesia, íbamos a la casa de una tía mía y allí desayunábamos rosquillas o cualquier dulce que hiciese, porque mi tía tenía mucha mano con los dulces. No obstante, con ella nunca tuve confianza porque se parecía mucho a mi madre y, cuando desayunaba en su casa, debía estar callada y sin moverme apenas. Tenía que demostrarle que era la niña mejor educada del pueblo. Ella también era muy religiosa. Yo siempre me pregunté por qué no se hizo monja, ya que siempre fue soltera, vivió sola, muy sola, sin novios, sin hijos, sin nada... pero ahora, cuando ya han pasado tantos años de esos momentos, me planteo otro tipo de posibilidades.

Mas a mí tampoco me importaba ir a la casa de mi tía porque me encantaban los dulces que ella nos ofrecía y mi mayor entretenimiento era comer, lenta y concienzudamente (yo siempre he comido muy despacito), ese delicioso desayuno. Además, era el único día de la semana en el que tomaba chocolate para desayunar.

Yo no llegué a conocer a mis abuelos porque murieron accidentalmente antes de que yo naciese, qué lástima. Me imagino que los habría querido mucho. Por lo que mi padre me contaba de mi abuela paterna, siempre me imaginé que sería una persona muy buena, con mucha dulzura en la voz, con sus ojos grises y su calmada forma de moverse. Yo creo que con mi abuela paterna habría pasado la mayor parte del día. Si se parecía a mi padre, entonces me habría llevado muy bien con ella. Además, mi padre me contaba que su madre le narró siempre muchos cuentos y que se conocía muchísimos refranes. Por eso Agnes me da tanta envidia cuando me habla de su “avoíña”, como ella la llama siempre, porque ella pudo disfrutar mucho de su abuela, tenía en ella la amiga más fiel y la quiso mucho más que nadie, aunque la perdiese tan pronto. Cuando Agnes habla de Rosiña, siempre, siempre, siempre se le humedecen los ojos y lo que más me sorprende es que el paso del tiempo no ha atenuado ni un ápice la nostalgia tan fuerte que ella siente cuando la recuerda. Lo que me asombra mucho también es que se acuerda de todos los instantes que compartió con su abuela, de todos. Su memoria es un tesoro.

Y a mi abuelo, al padre de mi padre, también me lo imagino perfectamente. Siempre supe que habría sido para él la luz de sus días, pues mi abuelo siempre deseó tener una nieta a quien pudiese enseñarle todo lo que él sabía. Mi abuelo era un hombre de campo, un labrador, un pastor, un hombre que amaba las montañas y los bosques, un hombre que solamente necesitaba vivir allí, en aquel lugar de la Tierra, para ser feliz. Seguramente, él me habría enseñado a distinguir mucho mejor cada tipo de animal, de planta, de flor, de todo, porque, según me contó mi padre, él conocía muy bien la naturaleza. Es muy probable que haya heredado de él esta alma bióloga que tengo.

Hablar de todo esto me hace sentir triste, porque son pensamientos que no se corresponden con ningún recuerdo, sino que solamente forman parte de mi imaginación; la que siempre fue tan inquieta y tan aguda. Puede que en otra vida comparta con mis abuelos todo lo que siempre soñé vivir con ellos. Puede que los conozca en mi siguiente vida o, tal vez, sepa tan bien lo que habría vivido con ellos si no se hubiesen ido antes de mi llegada porque ya formaron parte de mi presente en otro tiempo, porque ya viví con ellos todo eso que me imagino con tanta claridad. Yo sé que tuvimos, antes de ésta, otras vidas, que vivimos en otro tiempo, en otro espacio, en otra dimensión posiblemente, pero, al contrario de lo que le ocurre a Agnes, yo no puedo evocar prácticamente ningún recuerdo de mis otras vidas. Sí sé con una seguridad estremecedora que Agnes y yo nos conocimos en otra vida y no sólo eso, sino que, además, compartimos varias vidas, nos encontramos en varias existencias a lo largo del tiempo. Además, ella sí hizo regresiones en las que pudo visualizar lo que vivimos juntas en el pasado y, cuando me habla de esos recuerdos, yo siento que viví esos momentos. También hay algo que nunca le confesé y es que, cuando estuve en Ourense por primera vez este año, en esta vida, sentí que mi alma se encogía y que mi mente intentaba encontrar algo que me relacionaba con aquel lugar, pero no pude extraer del olvido ese recuerdo. Había algo en esas calles antiguas que quería ayudarme a evocar algún momento de mi vida, pero fui incapaz de conseguirlo. Y es que yo no tengo la suerte de poder recordar momentos de otras vidas. Sólo sé que he estado en un lugar ya, sin que en esta vida haya viajado hasta allí. Me ha ocurrido con Ourense, pero también con muchas partes de Cataluña e incluso con lugares en los que nunca he estado, a los que únicamente he accedido a través de documentales o fotografías, lugares muy lejanos a este rincón del mundo en el que me encuentro ahora.

Me sorprende la facilidad que tengo de enlazar un tema con otro. Ya ni recuerdo lo que contaba antes de empezar a hablar de todo esto. Sé que explicaba momentos de mi infancia, pero apenas puedo recuperar ya el hilo de todo lo que narraba. Quizá haya llegado el momento de dejar de escribir. Son las siete de la tarde y debería ir preparando la comida y la cena para mañana. Agnes, la pobre, hoy ha tenido que recuperar tres horas en el trabajo y por lo menos no llegará hasta las nueve de la noche. Ahora es cuando terminaba de trabajar. Seguro que llegará tan agotada que ni ganas tendrá de cenar y mucho menos de hablar.

Seguiré escribiendo mañana, lo más probable, porque me apetece muchísimo convertir más recuerdos en palabras y sobre todo liberar tantos pensamientos que llevo por dentro...

viernes, 8 de diciembre de 2017

DIARIO DE AGNES: VIERNES, 27 DE OCTUBRE DE 2017


Viernes, 27 de octubre de 2017

Hoy, en el trayecto de vuelta del trabajo, estuve pensando mucho en lo que debía y no podía explicar en mi diario y sentía una especie de ilusión cuando me acordaba de que ya existía un rinconciño en el que podría confesar una pequeña parte de lo que siento, y digo pequeña porque sé que mis sentimientos son, muchas veces, inalcanzables para las palabras. Me acordé de que tenía que explicar todavía lo que vivimos Artemisa y yo hasta llegar a este hogar desde que ella regresó, pero no me gustaba la idea de relatar solamente los acontecimientos físicos que nos llevaron hasta aquí, pues por el camino se pierden muchos pensamientos y muchas emociones que condicionaron nuestro modo de interpretar lo que vivíamos. Y aquellos pensamientos me hicieron reflexionar sobre la misma vida, sobre lo difícil que es cumplir un sueño. De nosotros no depende que podamos volverlo realidad, sino de una serie de circunstancias totalmente externas a nuestras aspiraciones. Y, además, cumplir un sueño puede llegar a ser imposible no sólo por lo inalcanzable que éste sea, sino por cómo luchemos por él, por convertirlo en parte de nuestra vida. Lo que más miedo puede causarnos es pensar que nunca seremos capaces de convertir en realidad nuestro más anhelado sueño. Yo me estremezco cada vez que me doy cuenta de que aún me hallo muy lejos de regresar a mi tierra para siempre. Tengo mucho miedo a que el tiempo me aleje de la posibilidad de volver o que la vida pueda cambiar de pronto para todos, tornando imposible volver a Galicia para iniciar allí la vida que tanto ansío compartir con Artemisa. Pensaba sobre todo en mi sueño de volver a mi tierra, pero entonces, de pronto, me di cuenta de que, por primera vez en mi vida, puedo decir que se me cumplió uno de mis más potentes sueños: vivir junto a Artemisa, con ella, siendo las dos parte de un mismo mundo. Yo creí, muchísimas veces, que Artemisa jamás se mezclaría con mi vida, que siempre estaría lejos, inalcanzable, de nuevo, como cualquier sueño, y que nunca conseguiríamos reconciliarnos con nuestros sentimientos. Y ahora vivimos juntas en este pisito que nos acoge temporalmente, soñamos juntas con construirnos una vida hermosa en Galicia y soñamos con ello siempre, aunque creo que a ella le da mucho más miedo que a mí irse, sobre todo porque tendrá que renunciar a muchísimas cosas que ahora tiene. A ella le gusta esta vida y creo que se quedaría aquí durante mucho tiempo, hasta que de veras sintiese en su corazón que llegó el momento de marcharnos, y que, además, si nos fuésemos, lo haría por mí, porque sabe que no soporto estar más tiempo lejos de mi tierra, porque sabe que toda la tristeza que muchas veces me llena toda el alma y me asfixia nace de estar lejos de Galicia, de no haber cumplido ya mi potente anhelo de regresar allí para no tener que irme nunca más. Y de nuevo siento el inmenso anhelo de hablar sobre los dos viajes que Artemisa y yo hicimos a Galicia este año. Regresar por fin, después de casi treinta años lejos de ella, también es un sueño que pude cumplir; pero fue y es un sueño que me dejó el alma aterida y agrietada al volverse realidad; un sueño que, mientras duró su esplendor, me hizo sentir la persona más feliz y dichosa del mundo y de la Historia, pero que se convirtió en un dolor insoportable cuando se marchó su esencia, su existencia, cuando pasó y se adentró en el transcurso del tiempo. Son recuerdos muy gratos que también me laceran, pero me aferro precisamente al sueño de volver para siempre para sentir ilusión, para serenarme, aunque me cuesta tanto, tanto... y sobre todo en esta época del año. El otoño siempre me recuerda tanto a mi tierra... Allí el otoño brilla tanto... tanto que deslumbra y, cuando el invierno ya se acerca, entonces se vuelve dorado el cielo de la tarde, de toda tarde, y huele a hojas secas, a humedad, a flores otoñales, a frío, a la cercanía de la nieve. Yo recuerdo que, ya para estas fechas, en mi aldeíña se asomaban ya las primeras nubes gruesas y grises que amenazaban nieve; pero la nieve no llegaba hasta diciembre, al menos, y entonces la nieve lo volvía blanco todo, nos dejaba incomunicados, nos apartaba del mundo. La nieve era una muralla de algodón que nos protegía del resto del mundo. A mí no me daba miedo que la nieve nos apartase del resto de aldeas y de bosques, pues yo me sentía muy amparada por aquel silencio tan profundo (jamás volví a oír un silencio tan intenso en mi vida como el de aquellas noches invernales) y por aquella oscuridad que la nieve quebraba con su mágica presencia. Los demás vecinos estaban inquietos, pero yo era feliz esos días mucho más que en el resto del año, pues nada nos amenazaba, salvo la presencia de los lobos que, muy de vez en cuando, se asomaban a nuestra aldea. Con los lobos tuve una experiencia muy mágica que no le expliqué nunca a nadie. Un año, cuando había yo cumplido los trece, vino a la aldea una manada de lobos que puso en peligro nuestras vidas y la de las vacas que tenía cada vecino. Intentaron cazarlos, pero ellos siempre conseguían huir y por la noche era muy complicado enfrentarse a ellos, pues la nieve dificultaba mucho las cosas. Yo recuerdo una noche en la que los oía andar por las calles nevadas de la aldea, rompiendo con sus silenciosas pisadas y su respiración agitada el silencio de la noche, ese silencio tan denso que parecía devorar todos los sonidos del mundo, y entonces, sin pensar en las consecuencias de ese acto, corrí hacia la puerta de mi casa y la abrí sintiendo una inmensa curiosidad palpitándome en las entrañas.

Me arriesgué a que entrasen, a que me atacasen, a que matasen a mi madre incluso, pero yo no tenía miedo, nada de miedo. A mí me asustaba más la actitud de las personas. Yo confié siempre en los animales y sabía que no me harían daño. Yo no sé quién se encargó de transmitirme esa idea y esa seguridad, pero de veras no tenía nada de miedo, nada.

El frío de la noche me rozó agresivamente la piel cuando abrí la puerta de mi casa. Miré hacia el bosque, cuyos árboles se veían alzarse hacia el cielo entre los tejados de las casas, esos árboles nevados cuya copa solamente la formaba la nieve que no dejaba de caer del cielo. No se oía absolutamente nada en ese momento, nada, ni siquiera el viento quebraba aquel silencio. Soplaba quedo y sigiloso por las calles. Lo único que pude oír, de forma casi inaudible, fue la respiración de los lobos, que, como yo, se habían detenido para observar ese momento.

Entonces me di cuenta de que los tenía a todos delante, quietos y mirándome con sus ojos de fuego. Estaban allí los trece lobos que formaban aquella curiosa manada. Entonces yo los miré, todavía sin sentir miedo y experimentando una especie de excitación que me recorría todo mi ser al imaginarme lo que podía ocurrir si se decidían a atacarme, pero yo sabía que no lo harían. Los miré preguntándoles qué querían, qué podía hacer yo por ellos. Nunca se me ocurriría hacerles daño. Yo entendía que tenían tanta hambre como nosotros, tanta que no les importaba qué ser mataban entre sus dientes, entre sus garras. Estaban famélicos, estaban desfallecidos de hambre, y aquella certeza me dolía mucho y me hacía sentir muy impotente.

Cuando los miré, a todos, a todos a los ojos, entonces uno de ellos se adelantó y me miró más fija y atentamente, recorriendo con sus ojos encendidos todo mi cuerpo, de arriba abajo, fijándose bien en mí, como si quisiese descubrir qué parte de mí podía alimentarlos más. Yo no dejé de mirarlo en ningún momento. Llegué a creer que aquel instante tan tenso y extraño se alargaría hasta el amanecer o que, de repente, él se lanzaría a mí y me devoraría con esa furia que se refugiaba en sus ojos; pero, entonces, él se dio media vuelta y, tras dirigirles una mirada a sus compañeros, todos empezaron a irse, lenta, pero ágilmente. Se fueron y ya no volvieron a nuestra aldeíña nunca más.

Nunca supe qué vio ese lobo en mis ojos. No sé siquiera si pudo leer mis pensamientos. Lo único que sé es que, tras mirarme así, con tanta atención, se fueron. No obstante, ningún vecino de la aldea supo jamás qué había ocurrido, por qué los lobos ya no aparecieron nunca más.

Cuando noté que el silencio y la soledad del invierno se hicieron mucho más densos, entonces cerré la puerta de mi casa y me quedé unos instantes allí, apoyada en aquella madera que me protegía del frío. Sentía que el corazón me latía con fuerza y que aquella experiencia se me quedaba guardada en lo más hondo de mi alma. Supe que nunca debía hablarle a nadie sobre lo que acababa de vivir, pues nadie lo comprendería. Ni siquiera lo entendía yo. No dejaba de preguntarme qué había visto aquel lobo en mí para tomar la decisión de marcharse, por qué me había atrevido a arriesgarme así saliendo de mi casa cuando ellos estaban tan cerca, por qué se habían ido... Sabía que eran mis ojos los responsables de aquel hecho, pero ¿por qué? ¿Qué tenían mis ojos? Ya estaba agotada de que la gente que me conocía ni tan sólo se atreviese a mirarme a los ojos. Estaba cansada de que la gente siempre dijese que tenía unos ojos muy curiosos, muy inquietantes, demasiado negros y grandes, demasiado expresivos, y también aseguraban que yo podía lanzar hechizos con mis ojos. Yo ya ni tan siquiera me ofendía cuando oía aquellas palabras, cuchicheadas entre las vecinas, porque sabía que a ellas les apetecía muchísimo creer en esas cosas; pero esa noche me pregunté si tenían razón, si siempre habían estado en lo cierto cuando afirmaban que mis ojos tenían poder.

Y realmente no sé por qué evoqué ahora este recuerdo que tanto me inquieta. Hay muchísimos momentos de mi infancia que no me atrevo a compartir con nadie porque son la muestra más evidente de que siempre fui demasiado diferente. Además, son tan míos, me pertenecen tanto que desvelarlos sería como si estuviese destruyéndolos o borrándolos de mi memoria y de la memoria de mi tierra, porque yo sé que ella es la única que fue testigo de esos instantes que yo no soy capaz de confesarle a nadie, ni siquiera a Artemisa; pero sé que, poco a poco, los revelaré para que no se pierdan en el olvido, también porque Artemisa se merece conocerlos. Hay algunos cuyo recuerdo me sobrecoge tanto que no puedo contarlos con palabras. Se me forma un nudo en la garganta y no puedo hablar, pero no es un nudo hecho de llanto, sino de miedo, sobre todo de miedo, porque yo tengo miedos que nadie podrá calmarme nunca, miedos a hechos que viví hace muchos años y de los que pocas personas podemos hablar; pero ya llegará ese momento en el que esos recuerdos serán libres...

Mas ahora, aunque me atreviese a escribir sobre ese recuerdo tan especial para mí, lo que me corresponde hacer es centrarme en este presente que vivo con Artemisa.

Este año estuvo lleno de momentos inolvidables y otros que me resultó complicado vivir, pero he de confesar que en este año me ocurrieron muchísimas cosas buenas. No obstante, quisiera relatar lo que viví desde que Artemisa me sacó del hospital hasta que conseguimos mudarnos a este piso que tan acogedor es para las dos. Es un lugar en el que me siento muy protegida. Cada rincón está impregnado de nuestra esencia y sobre todo de la luz de Artemisa, quien llena de amor y dulzura cada lugar en el que se encuentra.

Cuando Artemisa apareció ante mí, supe al instante que esa oscuridad que tanto me asfixiaba y esa soledad que me destruía el alma, contra la que yo siempre ansiaba luchar, se desvanecerían para siempre. No pretendía creer que me curaría para siempre, pues hace mucho tiempo que acepté que nunca podré deshacerme de mi enfermedad, pero no dudaba de que, a partir de aquellos momentos, la vida me resultaría mucho menos insufrible y complicada. Saber que Artemisa había regresado para no volver a irse me hizo sentir de súbito tan feliz que ni siquiera supe experimentar bien esa emoción. La tristeza que aún me llenaba el alma intentó destruir esa bonita emoción, pero la presencia de Artemisa la intensificaba sin cesar.

Sin embargo, sabía que teníamos mucho que decirnos aún, que aquel reencuentro sería mucho más intenso cuando al fin nos hallásemos solas, lejos de aquel lugar que, por primera vez en mi vida, me había protegido plenamente. Antes de marcharnos de allí, le solicité a Silvia que me permitiese despedirme de Nuria, la doctora que me había atendido durante dos años, y, cuando le agradecí todo lo que había hecho por mí, ella me abrazó y me felicitó por ser fuerte y valiente, pero me solicitó que, si alguna vez la necesitaba, la llamase. Ella me advirtió de que no debía abandonar la terapia que estaba haciendo con ella, pero también entendía que yo era la única que tenía derecho a decidir sobre si quería seguir tratándome o no y en esos momentos yo sabía que la presencia de Artemisa me ayudaría muchísimo más que cualquier tratamiento, por eso solamente le prometí que me comunicaría con ella si la necesitaba. Después ya nos fuimos y cuando el aire de aquella otoñal tarde me rozó la piel supe que se había cerrado tras de mí una época y que ante mí tenía otra mucho más brillante.

Mas aún nos quedaban muchas experiencias tristes que vivir, entre ellas la muerte de Gaya. Gaya murió al día siguiente. Artemisa casi estuvo a punto de no poder despedirse de ella, pero por suerte pudo decirle adiós, pudo tomarla de la mano en los últimos momentos de su vida y también, afortunadamente, Gaya la reconoció antes de cerrar los ojos para siempre. Artemisa vivió aquel momento a solas con Gaya, pero después me lo contó con una emoción muy tierna quebrándole la voz. Yo supe que aquel momento le aseguró a Artemisa que nadie le guardaba rencor por haberse ido.

Apenas me atrevo a hablar de los momentos que le siguieron a la muerte de Gaya porque es que son tan tristes, tan desoladores... Recuerdo con mucha pena el momento en el que la enterraron (Gaya no quería que la enterrasen en la ciudad donde murió, pero nadie les prestó atención a sus deseos), ese preciso instante en el que colocaron la lápida que nos alejaba para siempre de ella... En esos momentos, Artemisa se derrumbó entre mis brazos, llorando como yo jamás la había visto llorar antes. Ni siquiera podía mantener su equilibrio, pues estaba temblando mucho, sollozaba hondamente y se apretaba contra mí como si tuviese muchísimo miedo al aire que nos rodeaba. La tarde caía lentamente sobre nosotras, el día se iba y, poco a poco, Gilbert, Artemisa y yo nos quedamos solos allí, en ese cementerio tan triste. El único deseo de Gaya que habían cumplido sus familiares fue que la enterrasen al ocaso.

Yo no sabía qué podía decirle a Artemisa. En esos momentos yo también me sentía muy triste, pero entendía que Gaya se hubiese ido. Su vida había llegado a su fin cuando tenía que hacerlo, cuando ya había vivido todo lo que tenía que vivir, pero Artemisa no lo entendía, no entendía que ella se hubiese ido, y en esos momentos yo creo que no lloraba solamente por saber que nunca más volvería a ver a Gaya, sino también porque era plenamente consciente de que, al alejarse de nosotros, había perdido para siempre la oportunidad de compartir con Gaya los postreros instantes de su vida.

No puedo hablar de estos momentos sin que los ojos se me llenen de lágrimas. Aún me parece sentir en la piel la fría caricia de esa tarde otoñal, aún creo experimentar en mi alma el dolor que a Artemisa tanto la deshacía, aún puedo notar cómo ella tiembla entre mis brazos, cómo ese inmenso llanto la destruye por dentro... Y lo que más me dolía en aquel entonces era saber que Artemisa estaba llorando por algo irreversible, por algo que nadie podría solucionar jamás, por algo que no tendría remedio nunca. Ese dolor tendría que llevarlo ella en el alma siempre, debía convivir con él, debía acostumbrarse a esa interminable pena que le apretaría el corazón hasta que consiguiese aceptar la muerte de Gaya.

Yo creo que Artemisa nunca pudo perdonarse haberse alejado de nosotros. Por mucho que yo le asegurase y aún le asegure que tenía todo el derecho a construirse su vida donde ella quisiese, sé que nunca pudo arrancarse del corazón ese arrepentimiento para el que no existe consuelo. Y sé que no puede perdonarse porque no soporta saber que se fue cuando Gaya ya estaba enferma y que con su marcha provocó que tanto Gaya como yo decayésemos mucho... muchísimo. Gaya ya estaba maliña cuando Artemisa partió hacia aquella mágica isla, pero su ausencia aceleró el curso de su horrible enfermedad y la agravó mucho antes de lo que todos creíamos. Y eso Artemisa lo sabe, lo sabe muy bien; pero no tiene sentido que se culpe continuamente por ello.

Lo extraño es que también recuerdo esos momentos tan tristes con una leve sensación de gratitud y de dulzura que contrasta mucho con la inmensa tristeza que Artemisa, Gilbert y yo sentíamos. Y recuerdo esos momentos también con cariño y esperanza porque, a pesar de que me doliese muchísimo saber que Gaya se había ido para siempre, yo no dejaba de agradecerle a la Diosa que Artemisa hubiese vuelto. Para mí, que ella estuviese allí era un sueño; uno de los sueños más bonitos que jamás tuve, y no podía cesar de mirarla y de asegurarme que estaba de verdad allí, a mi lado, dispuesta a ayudarme y a construir una vida junto a mí. Aquella certeza era muy potente, tanto que conseguía silenciar cualquier emoción o cualquier miedo. Además, la primera noche que compartimos después de su regreso, ya conseguimos deshacer todas las fronteras que nos separaron durante tanto tiempo. Fue la primera vez que compartimos más que el alma sin sentir culpa ni temor. Fue la primera vez que estuvimos tan unidas, tan íntimamente juntas, siendo plenamente conscientes de cuánto valor tenían aquellos momentos; los que realmente iniciaban esa vida que tanto habíamos soñado compartir. Fue la primera vez que liberamos nuestro amor con toda sinceridad, permitiéndole que fuese libre ese inmenso y poderoso sentimiento que nos unía. Y yo sentí que éste volaba a nuestro alrededor, llenando la habitación en la que nos encontrábamos, arropándonos como si de un manto de terciopelo se tratase e inundándonos el alma con un vigor muy cálido que nos unía cada vez más, que se convertía en el único sentimiento que existía para nosotras. Durante aquellos preciosos momentos en los que al fin nos atrevimos a ser libres, yo al menos no me acordé ni una sola vez de lo que había sufrido por Artemisa, de lo delirante que había sido el tiempo que había permanecido lejos de ella. Para mí solamente existían esos momentos, para mí sólo existía Artemisa, su cuerpo, su voz, su respiración, sus ojos, sus labios, todo su ser, sus caricias, su sonrisa, toda ella.

Sentí que estaba entregándome todo lo que ella era y yo deseaba darle todo lo que me componía para que siempre fuese suyo, para que pudiese tenerlo siempre; por eso luché con ahínco contra la vergüenza que no dejó de latirme en el alma desde el primer beso que nos dimos hasta quedarme dormida entre sus brazos; esa vergüenza que no dejó de latir en mí mientras duró nuestra preciosa entrega. Sentía vergüenza porque pensaba que a Artemisa no le gustaría mi delgado cuerpo o que no sabría acariciarla como ella se merecía; pero aquellos pensamientos se deshicieron en cuanto comprobé que Artemisa se derretía cuando me acariciaba y me miraba, cuando me abrazaba, cuando me besaba... y me sentí tan y tan querida entre sus brazos, junto a ella... Al fin me sentía amada de verdad. Era la primera vez que podía saborear y tañer el amor más sincero, más cálido y delicioso, y aquello me emocionaba tanto... Además, continuamente me repetía que no debía sentir vergüenza, pues era Artemisa con quien estaba compartiendo todo mi cuerpo y mi alma, era la única que se merecía tenerme así, tan plena e irrevocablemente, pues ella fue, era y sería siempre el amor de mi existencia, de todo mi destino, y por eso no tenía sentido experimentar esa vergüenza que podía detenerme.

Nunca podré expresar todo lo que sentí en aquellos momentos, pues son tan bellas las emociones y las sensaciones que me anegaban toda el alma que creo que no existen aún las palabras que puedan describirlas. Además, esas emociones y esas sensaciones contrastaban tanto con todo lo que yo había sentido durante los últimos años de mi vida que ni siquiera yo misma sabía cómo experimentar toda aquella felicidad y aquella ternura que tanto me deshacían. No estaba habituada a sentirme tan bien, tan feliz, tan dulcemente tratada. Ni siquiera existía en mí la certeza de que podían amarme así, con tanta plenitud. Descubrir cuánto me quería y cuánto me deseaba Artemisa me sorprendía continuamente, me desorientaba y me extrañaba incluso; pero ella no dejó de demostrarme, en ningún momento, que todo lo que sentía por mí era sincero y real, mucho más real que nada, y, poco a poco, fui entregándome a ese inmenso amor con el que ella me protegía y a esas interminables muestras de cariño con las que ella no dejaba de pedirme perdón. Aquella noche nos reconcilió para siempre, absolutamente para siempre.

Desde entonces, nunca nos separamos de nuevo. Vivimos desde entonces tan unidas que nos resulta imposible creer que existiese un tiempo en el que vivimos hallándonos tan lejos la una de la otra. Ese tiempo parece una pesadilla, es más bien una pesadilla ocurrida en otra vida.

Saber que al fin se habían diluido en el olvido y en la nada las barreras que nos habían separado nos entregó a las dos mucha energía para luchar por nuestra vida, nos dio fuerzas, nos dio ánimo a las dos. Sin embargo, sí debo reconocer que nos costó mucho reponernos de las experiencias tristes que debimos enfrentar. Yo aún estaba muy enferma, aunque me sintiese calmada y protegida junto a Artemisa. Sufría agresivos ataques de pánico y de ansiedad que me arrebataban todo lo que yo era y lo peor era que aquellos ataques de ansiedad me sobrevenían cuando menos los esperaba, cuando debía realizar algo tan cotidiano y sencillo como coger un tren o un autobús para ir a cualquier parte o cuando me hallaba en algún supermercado comprando junto a Artemisa y Gilbert. De repente, algún recuerdo o algún estímulo que me hiciese evocar algún momento terrible de mi pasado despertaba en mí un pánico atroz contra el que no podía luchar y lo único que me quedaba era protegerme en alguna parte donde aquellos estímulos desapareciesen; pero Artemisa nunca me exigió nada, estuvo a mi lado siempre, intentando serenarme, siendo muy paciente conmigo, amparándome entre sus brazos, con sus dulces palabras, haciéndome sentir que, al fin, no estaba sola, que ella estaría para siempre a mi lado.

Yo no me imaginaba que sería tan difícil deshacerme de las profundas y horribles secuelas que aquellos años dejaron en mi alma. Yo no me imaginé nunca que aquellos meses tan complicados en los que tanto debía esforzarme por seguir viviendo me herirían tanto. Fue viviendo tan lejos de aquel tiempo y del hospital como me di cuenta de que estaba mucho más enferma de lo que había creído; pero intentaba continuamente que aquella certeza no me desanimase y, junto a Artemisa, luché contra los síntomas de mi enfermedad para poder ser libre junto a ella. Yo soñaba con vivir con ella en otro lugar, sobre todo en Galicia, pero también sabía que sería muy difícil que pudiésemos irnos.

Artemisa también estuvo muy triste durante varios meses por la muerte de Gaya y también porque se sentía totalmente incapaz de perdonarse a sí misma haberse ido y dejarnos a todos allí cuando más la necesitábamos. Por eso también nos costó mucho encontrar el momento de irnos de la casa de Gilbert para buscar un hogar sólo nuestro. Lo hicimos al cabo de un año del regreso de Artemisa. Casandra, además, también se había ido de aquella ciudad en la que había vivido hasta entonces y se había comprado un piso en un pueblo cercano a una ciudad que se llama Manresa. Desde entonces vive allí, muy feliz y tranquila. Decidió no viajar más hasta que pase un tiempo y además tiene una herboristería preciosa en la que se vuelca plenamente.

Nosotras nos fuimos a vivir a una ciudad cercana a Barcelona por la que yo no siento mucho cariño, pero es el lugar que nos permitió vivir juntas a Artemisa y a mí. Además, hace un año que ella al fin se sintió capaz de empezar a trabajar y ahora está trabajando de profesora de biología en un instituto. Yo también encontré trabajo hace un año y, por primera vez en mi vida, se trata de un trabajo que no me agobia en exceso y que, además, desde el principio, me ayudó a superar mi intensísima timidez, aunque sé que nunca podré dejar de ser tímida. Trabajo de atención al cliente. Lo cierto es que este trabajo me hace sentir bastante realizada, pues me llena mucho poder ayudar a la gente y también descubrí, gracias a este trabajo, que tengo muchas más virtudes de las que yo creía. Jamás pensé que a mí se me diese bien estar hablando durante horas por teléfono con personas que nunca conoceré. Es algo muy grande para mí.

Nuestra intención es ahorrar lo suficiente para poder marcharnos al fin a Galicia e iniciar allí una vida. Artemisa, afortunadamente, se enamoró de mi tierra en cuanto la vio por primera vez este año. Estoy ansiosa por hablar de esos viajes tan importantes para mí, pero tengo que preparar bien las palabras que describirán esos momentos, sobre todo ese instante en el que al fin regresé a Ourense después de casi treinta años de esa mañana en la que me arrancaron de allí tan injustamente. Encontrarme de nuevo allí me hizo sentir tanta felicidad... pero, así como me resulta difícil hablar de los momentos más duros y tristes de mi vida, también me cuesta expresar con palabras los más plenos, los más hermosos e intensos.

Mas lo haré, lo haré de veras, con todo mi corazón. Por el momento, creo que aquí termina la entrada de hoy.

viernes, 1 de diciembre de 2017

DIARIO DE ARTEMISA: MIÉRCOLES, 1 DE NOVIEMBRE DE 2017


Miércoles, 1 de noviembre de 2017:

Mi nombre es Artemisa y, en estos momentos de mi vida, tengo 35 años. Nací el 22 de diciembre de 1981 en un pueblo del Cierzo, muy pequeño y bonito en el que todos los vecinos éramos como una familia; pero hace diez años que dejé mi hogar y me lancé a la búsqueda de un futuro muy lejos del lugar en el que había comenzado mi vida. Abandoné aquella casita en la que había vivido hasta mis 24 años, cogí un tren en León y me fui a estudiar a Barcelona. Al cabo de dos años, busqué un hogar que estuviese totalmente rodeado de naturaleza. Huí de la ciudad porque estaba agotada de tanta modernidad, porque necesitaba alejarme de todos esos estímulos que tanto me estresaban y tanto daño me hacían. Todavía no había superado la muerte de mi padre. Él murió cuando yo tenía 23 años y su ausencia me pesaba en el corazón como si de veras tuviese materia.

La vida que me construí en aquella cabaña en medio del bosque era muy dura, pero me enfrenté a todos los obstáculos con los que iba encontrándome sintiendo por dentro de mí una fortaleza que tal vez también naciese de la tristeza. Lo cierto es que la naturaleza me ayudó muchísimo a crecer, a serenar mis emociones, a encontrarme conmigo misma, a superar la pena de haber perdido al ser que más quería en el mundo. La naturaleza me enseñó a ser fuerte y, además, fue la naturaleza quien me guió hacia mi verdadero destino; pero prácticamente todos esos instantes de mi pasado ya quedaron relatados en otra narración. Ahora lo que pretendo es iniciar un diario en el que puedan quedar guardados los momentos que forman esta etapa de mi vida. Y me decidí a escribir un diario porque, hace apenas un mes, estuve hablando con Agnes sobre lo útil que sería que cada una de nosotras escribiese un diario personal en el que pudiésemos desahogar todos esos pensamientos y esos sentimientos de los que no nos atrevemos a hablarle a nadie. Hubo un momento en el que nos miramos haciéndonos la misma pregunta: ¿la una leería lo que la otra escribiría?, así que yo me apresuré a proponerle que lo que podíamos hacer era escribir entradas íntimas a las que la otra no tendría derecho a asomarse y otras en las que podíamos explicarnos cualquier recuerdo o experiencia que queramos compartir entre nosotras. La idea la acogimos las dos con mucho entusiasmo, pero hasta ahora yo no me atreví a ponerla en práctica, tal vez porque hace mucho tiempo que no escribo un diario y he perdido la capacidad de hablar sobre mí misma con tanta claridad; pero al fin me sentí capaz de hacerlo.

Esta entrada será para mí, para que quede constancia de lo que vivo, de cómo son mis días, de lo que siento en estos momentos de mi vida y de las cosas que anhelo y recuerdo. Será la muestra de que estos días, estas noches, estas semanas y estos meses han existido. Será la puerta que, en el futuro, me llevará hacia la Artemisa que soy ahora. Estas palabras me servirán para que pueda conocer lo que fui cuando ya hayan transcurrido muchos años, si es que consigo conservar todo lo que pretendo escribir. Este diario también será un puente que me conducirá a mi pasado, a esos momentos de los que no dejé señales en ninguna parte, ya que los escritos que han podido dar alguna cuenta de nuestra vida apenas recogen lo que vivimos, lo que cada una de nosotras vivió, y quedan todavía en nuestra memoria demasiados instantes que no queremos que se pierdan en el olvido. Por ese motivo, lo primero que haré será hablar de nuestra vida actual, de cómo es el lugar donde habitamos y de muchos más matices de nuestro presente.

Hace un año que Agnes y yo vivimos en este piso que se ha convertido, al menos para mí, en el lugar donde más protegida me siento. Es un piso muy pequeño, sólo con dos habitaciones, un baño, un comedor, una cocina, una diminuta galería y un estrechísimo balcón que nosotras hemos llenado de plantas. Es pequeño, sí, pero para mí es muy acogedor. Después de haber vivido en una cabaña en medio del bosque y en una enorme casa en mitad de una frondosa isla, siento que este lugar me arropa, me ampara del resto del mundo.

Nuestro piso se encuentra en una ciudad muy cómoda, aunque demasiado grande. No obstante, el barrio donde vivimos es pequeño y muy tranquilo. Yo no vivo mal, al contrario, a pesar de que no me gusten las ciudades, considero que aquí vivimos con calma, aunque, en cuanto nos alejamos un poco de este rincón, empezamos a encontrarnos con la contaminación, los coches, el ruido de cualquier ciudad, y es eso realmente lo único que a mí me agobia; pero de eso ya hablaré más adelante, cuando realmente sea necesario.

Algo de lo que quisiera advertirme a mí misma es que en este lugar, en mi diario, no cuidaré tanto mi redacción, ya que lo que más me guía en estos momentos es la espontaneidad con la que surgen mis pensamientos y las palabras que los expresan. Y es ésa realmente la magia de un diario personal. Debe plasmarse la esencia de la persona que lo escribe.

Me gustaría mucho poder hablar con sencillez y fluidez de mi vida, pero hay cositas que me cuesta mucho expresar con calma. Tal vez lo primero que debo aclararme a mí misma es que la vida que dejé plasmada en esos tres libros con los que intenté explicar una pequeña parte de mi existencia no se asemeja prácticamente nada a la que realmente tengo. Una biografía, cuando la escribe una misma, a veces se convierte en una vida soñada y es eso lo que yo quise hacer también, pues tampoco me atreví a contar toda la verdad. No sé si habrá alguien que lea estas líneas; pero, si así fuere, me gustaría que supiese que ninguna vida es totalmente maravillosa ni desgarradora, sino que se compone de matices hermosos y de otros que contrastan muchísimo con lo que verdaderamente deseamos. Yo conté que Agnes y yo habitamos unos años, muy felices, en esa isla en la que yo sí viví durante un tiempo; pero ésa no es la verdad y no puedo pretender que lo sea, no puedo pretender que esconda la realidad. La realidad es muy distinta. Creo que me vendrá bien hablar de esos años, de esas experiencias que apenas me atrevo a evocar, pues debo reconocerlas para convivir con ellas, para convivir con la culpa que me inspiran.

Yo sí viví durante cuatro años en aquel templo en medio de aquella hermosísima isla británica, pero regresé cuando la añoranza que sentía por mis seres queridos se volvió totalmente insostenible e insoportable, cuando me di cuenta de que no podía ser feliz sin ellos... especialmente, sin Agnes. Soñaba con ella todas las noches, continuamente me acordaba de ella, dondequiera que estuviese, hiciese lo que hiciese. La veía en todas partes, por doquier me parecía oír su voz, aspirar el olor de su cuerpo... Estaba en mí con tanta fuerza que en cualquier rincón podía atisbar su sombra, su existencia. Lo que más me dolía, sin embargo, no era estar lejos de ella, sino saber que la había abandonado justo cuando más me necesitaba. La abandoné en ese momento en el que más tenía que apoyarla y estar con ella, cuando apenas habían transcurrido seis meses desde que salió de aquel infierno en el que estuvo a punto de morir en tantas ocasiones. Yo sabía que Agnes me necesitaba como todo ser vivo precisa del aire para respirar, pero yo no me atrevía a reconocerlo. Deseaba alejarme también de Gaya y de Gilbert porque no soportaba verlos tan mayores y también quería huir de la sombra de la muerte de Neftis; algo que nunca podré superar realmente. Que Neftis se suicidase me hizo sentir siempre muy culpable. Y fue también esa culpa la que me impulsó a irme, la que me hizo ser cobarde... Yo no quería presenciar tampoco las recaídas de Agnes. Yo no me sentía capaz de tomarla de la mano cuando de nuevo el desaliento volviese a apoderarse de su corazón. Incluso tenía mucho miedo a que Agnes consiguiese quitarse la vida inesperadamente. No quería volver a vivir algo tan horrible como ese momento en el que la vi lanzarse al vacío en la casa de Gaya. Se me quedó grabada para siempre en la memoria esa imagen de ella tendida en el suelo, inconsciente..., y ese momento en el que de repente saltó... Yo no podía dejar de evocar esos instantes... Sé que no tengo justificación ni perdón. Sé que cometí un error horrible que me costará mucho perdonarme. Tan sólo intento calmar la culpa que todavía grita en mí con tanta fuerza, tanta que me ensordece.

Cuando volví portando en el alma la inmensa nostalgia que sentía hacia mis seres queridos, me encontré con una realidad mucho más horrible de la que yo reflejé en esa historia que acababa siendo tan bonita. Gaya estaba muy enferma, Gilbert había envejecido muchísimo, mi hermana estaba fuera de allí, muy lejos, en uno de sus interminables viajes... y Agnes... Agnes no era libre. De nuevo la habían llevado a ese hospital en el que jamás tendría que haber estado, jamás. Gilbert me explicó, cuando fue a recogerme al aeropuerto, que Agnes había tenido una recaída muy grave y que nadie podía hacerse cargo de ella. Mi hermana la había cuidado durante los primeros meses de aquella crisis, pero no podía vigilarla siempre. Me explicó que había decidido ingresarla de nuevo cuando Agnes sufrió un delirante ataque de pánico que incluso le arrebató la consciencia. Casandra (mi hermana) no quería llevarla allí, pero no tenía otra opción, yo no le dejé otra opción.

Agnes llevaba más de dos años encerrada allí y yo ni siquiera había podido imaginármelo. En el momento en el que Gilbert me confesó cuál era la realidad de agnes, sentí una inmensa rabia hacia mí misma, no sólo por haberla dejado sola, sino sobre todo por no haber intuido que estaba tan enferma de nuevo. Me pregunté dónde quedaban mis facultades mágicas, qué había ocurrido con mi poder de intuición. nada de eso me había servido para nada e incluso los Arcanos no me habían dicho la verdad nunca cuando yo les preguntaba por Agnes.

El mundo se me cayó encima y sentí que me aplastaba, que me quitaba la respiración.

Gilbert iba a llevarme a su casa para alojarme allí, pero yo le pedí que fuésemos al hospital. Le insistí desesperada en que me llevase allí. Tenía que ver a Agnes. Quería rescatarla de nuevo de ese lugar horrible.

Agnes me pidió que nunca le hablase de estos momentos a nadie ni tampoco lo escribiese en la historia que contó parte de nuestras vivencias; pero siempre necesité desahogar con alguien todo lo que yo sentía y pensaba en aquellos momentos.

Ni siquiera me preguntaba si Agnes me recibiría o si se acordaría de mí. Tal vez no quisiese verme, tal vez no quisiese saber nada más de mí. Y, si así ocurría, me lo merecía, me lo merecía como castigo a mi negligencia.

Recuerdo perfectamente lo que sentía cuando entré en aquel hospital y empecé a recorrer sus pasillos tras la enfermera que me guiaba hacia la habitación en la que estaba Agnes. El corazón me latía cada vez más rápido, golpeándome el pecho con rabia, y tenía la impresión de que los detalles que captaban mis sentidos estaban intensificados por mis emociones. Podía aspirar asfixiantemente el olor a desinfectante y a medicinas. Incluso me parecía oír todas las voces que susurraban en aquel lugar.

La enfermera que me recibió era la misma que, cuatro años atrás, había cuidado con cariño de Agnes; la misma que me había comentado que no tenían apenas personal que pudiesen vigilar a los enfermos y que Agnes no cesaba de intentar quitarse la vida. Temía que aquella mujer me preguntase por qué de nuevo había dejado tan sola a Agnes, pero no se atrevió a decirme nada.

Cuando me adentré en la habitación en la que tenían encerrada a Agnes, sentí que el tiempo no había pasado. Creía que Agnes no me recibiría, que ni siquiera me miraría; pero estaba muy equivocada. En cuanto notó mi presencia, Agnes fijó sorprendida sus grandes ojos negros en mí, preguntándome con su mirada si de veras era yo quien estaba delante de ella. Entonces la enfermera nos dejó solas y Agnes se levantó de donde estaba sentada y se acercó a mí con miedo, como si temiese que yo me desvanecería si me tocaba, si se aproximaba a mí.

Agnes no me rechazó, al contrario. Me recibió como si nunca hubiese dejado de esperarme. Me abrazó con una ternura que me hizo sentir protegida, me abrazó como si en mí yo llevase la mayor parte de su esencia. No necesité preguntarle nada. Ella tampoco necesitó hacerme ninguna pregunta. Las dos sabíamos que nunca más volveríamos a separarnos, que aquélla era la última vez que debíamos reencontrarnos.

Agnes estaba completamente hundida en una tristeza que nadie había sabido atenuar; pero, en cuanto yo la miré a los ojos, esa pena comenzó a remitir lentamente. Agnes tenía el alma llena de miedo, de decepción, de inseguridad; pero todavía confiaba plenamente en mí y así me lo demostró enseguida.

No puedo describir las emociones que en esos momentos me anegaban el corazón porque son demasiado intensas. Sólo puedo asegurar que en mi alma se mezclaban la culpa más desgarradora y el alivio más profundo. Me aliviaba saber que Agnes todavía existía, que la mayor parte de sí misma todavía respiraba en ese cuerpo que no había perdido ni un ápice de su belleza. La tenía allí, conmigo, tomada de la mano, la tendría para siempre si yo la cuidaba.

Era frágil, toda ella parecía temblar y poder desvanecerse en cualquier momento; por eso yo la agarré fuerte de la mano y no se la solté hasta que Gilbert nos llevó a su casa, hasta que nos sentimos protegidas por ese hogar tan bonito. Agnes parecía ausente. No se fijaba apenas en lo que la rodeaba, pero yo sabía que estaba allí plenamente con nosotros y que lo único que le ocurría era que se creía totalmente incapaz de aceptar que aquellos momentos fuesen reales. Más bien, pensaba que se hallaba sumida en un mágico sueño que se esfumaría en cuanto el alba rozase el cielo.

Hay instantes de aquella tarde que mi memoria ha hundido en el olvido. Lo que más recuerdo es el silencio que se apoderó de mi voz y que me impedía confesarle a Agnes todo lo que sentía y pensaba. Intuía, además, que ella deseaba comunicarme demasiadas cosas, pero solamente podía mirarme tímidamente. Mientras duró el trayecto hacia el hogar de Gilbert, Agnes no dejó de presionarme la mano. Cuando al fin llegamos a la casa de Gilbert y él nos dejó a solas en su precioso jardín, Agnes me dijo, aún con mucha vergüenza: “sabía que vendrías, que regresarías”. Me confesó, además, que yo siempre fui su única esperanza, pero ni siquiera fue capaz de mirarme a los ojos mientras me dedicaba aquellas palabras tan bonitas.

Yo necesitaba pedirle perdón, pero no encontraba el modo de hablar. No podía hablar, pues las ganas de llorar que sentía me oprimían la garganta con una fuerza que me dolía mucho, muchísimo, y los ojos no dejaban de llenárseme de lágrimas. Yo sabía que Agnes captaba todo mi desconsuelo y también que se había dado cuenta de que me reprimía el llanto, pero no se atrevía a pedirme nada. Intuí que mis emociones la asustaban; lo cual me demostró que su alma estaba mucho más aterida que la mía.

Yo sólo podía abrazarla fuerte, darle besos en la frente y en las mejillas y acariciarle los cabellos. Aquellos gestos cariñosos sustituían las palabras que el llanto no me dejaba pronunciar.

Y así fue nuestro reencuentro; lleno de una emoción que ninguna de las dos se atrevía a liberar. Hace dos años de aquel momento y, aunque ya le haya pedido perdón a Agnes demasiadas veces, la culpa que gritó siempre en mí por haberla abandonado no se ha silenciado todavía. A veces me despierto en mitad de la noche creyendo que de nuevo me hallo lejos de ella, teniendo la sensación de que Agnes está muy lejos de mí; pero entonces la noto dormir a mi lado, la abrazo y me duermo de nuevo sabiendo que nunca seré capaz de apartarme de ella, nunca más.

Nos costó mucho construirnos la vida que tenemos ahora. Durante un año, vivimos en el hogar de Gilbert. Él nos ayudó mucho, pero nosotras también lo ayudamos en todo lo que nos fue posible. Los tres vivimos juntos la muerte de Gaya. Los tres estuvimos juntos en esos momentos tan horribles que a mí estuvieron a punto de arrancarme la cordura. Gaya se marchó sin saber cuánto me arrepentía de haberme ido y de haberlos dejado solos a todos. Se marchó quizá sin ni siquiera intuir cuánto me culpaba por su enfermedad, por todo lo malo que les había sucedido; pero al menos pudo reconocerme antes de cerrar los ojos para siempre. La muerte de Gaya es la experiencia más dolorosa de mi vida y todavía lloro muchísimo cuando me acuerdo de ella, cuando rememoro todo lo que me enseñó, cuando siento en mi alma cuánto me quiso. Es cierto que ella también cometió errores muy tristes, pero muchas veces permitimos que sea el miedo el que nos domine, en lugar de nuestra razón y nuestra sabiduría.

Durante los meses que vivimos en casa de Gilbert, los tres intentamos reencontrarnos con los pedacitos de nuestra alma que la tristeza había deshecho. Fueron unos meses muy extraños de los que apenas guardo recuerdos. Sí puedo evocar con nitidez algunos momentos que compartí con Agnes allí, en aquella casa que tanto nos había acogido, pero la mayoría se han perdido en el olvido, tal vez porque los viví llevando en el alma una inmensurable tristeza. Sí estuve muy triste, muchísimo, durante mucho tiempo; lo cual me dificultó entregarle a Agnes toda la energía hermosa que yo deseaba darle. Creo que no fue solamente la muerte de Gaya lo que tanto me hundió, sino saber que me había equivocado tanto y ser consciente de que mis errores habían tenido unas consecuencias tan drásticas. No podía perdonarme, no podía, y me costó muchísimo deshacerme del inmenso rencor que me profesaba a mí misma. Me costó muchísimmo, pero conseguí desprenderme de la mayor parte de esa terrible emoción gracias a la ayuda de Gilbert y sobre todo de Agnes, quien, a pesar de que todavía tuviese el alma tan frágil, se volcó en mí como jamás pensé que pudiese hacerlo. Me sanó el alma a través de terapias hermosas que ella siempre dominó muy bien. A ella siempre le costó mucho reconocer cuán poderosa era, pero se olvidaba de sus inseguridades cuando me ayudaba, cuando me protegía entre sus brazos, con sus manos, con su dulcísima voz y con sus envolventes miradas.

Fue una época en la que las dos nos esforzamos por ayudarnos la una a la otra. Aunque las dos tuviésemos el alma completamente destruida, nos protegíamos sin cesar, nos escuchábamos, nos apoyábamos siempre, nos consolábamos cuando llorábamos o cuando el miedo se apoderaba de nuestro ser. Yo intenté, continuamente, amparar a Agnes de los terribles síntomas de su enfermedad siempre que perdía la calma. Agnes sufría frecuentes ataques de ansiedad que le sobrevenían inesperadamente, en el lugar menos pensado, y yo siempre traté de alejarla de cualquier estímulo que pudiese aterrarla. De ese modo, lentamente, Agnes aprendió a dominar mejor las reacciones de su alma y de su cuerpo, aunque ambas sabemos que ella nunca podrá deshacerse de esa parte tan frágil de sí misma.

Poco a poco, ambas fuimos sintiéndonos cada vez más capaces de iniciar una nueva vida en otra parte, juntas, sin depender de nadie. Además, mi ehrmana regresó de su viaje en cuanto se enteró de lo que había ocurrido; aunque lo hizo a los tres meses de mi llegada. Casandra se instaló en un pueblo cercano a la casa de Gilbert y comenzó a trabajar en una herboristería que, actualmente,es la base de su vida. Casandra y Gilbert nos ayudaron a buscar un piso donde pudiésemos instalarnos y de ese modo llegamos aquí.

La persona con la que más relación mantenemos es mi hermana, que viene a visitarnos todos los fines de semana. Es la persona con quien viajamos, en quien más confiamos. Poco a poco, iré contando las experiencias que hemos compartido; pero creo que por ahora ya hablé suficiente. Solamente quería dar unas leves nociones de nuestra vida para que, cuando pasen unos años, sepa cómo empezó todo. No confío en mi memoria. Tengo la sensación de que cada vez me cuesta más acordarme de las cosas, por eso me interesa dejar constancia de esos momentos que fueron los cimientos de esta vida que tanto aprecio y amo. Sé que Agnes sería mucho más feliz viviendo en otro lugar del mundo, pero también sé que la vida está hecha de etapas y que ahora debemos disfrutar plenamente de ésta, que tanto nos ha costado construir. Además, ella, aunque le duela en el alma estar lejos de su tierra, sabe también, a pesar de que ello también le duele mucho, que irnos ahora es imposible. Yo trabajo de profesora de biología en un instituto y marcharme de mi trabajo es muy complicado en estos momentos. Ella tampoco puede dejar el suyo, aunque no tenga un contrato fijo. Ahora tenemos que vivir aquí, en este nidito que es nuestro hogar, apreciando cada instante. Tenemos muchas bendiciones en nuestra vida, aunque vivamos momentos difíciles que nos desalientan, pero la vida también es eso; esa mezcla de instantes hermosos e instantes desalentadores que parecen más fuertes que nuestro espíritu, que parecen capaces de arrancarnos el alma.

No sé de qué hablaré en la próxima entrada. Por el momento, siento que mi alma me pide que no siga escribiendo, que no siga recordando esos momentos tan tristes de los que tanto me ha costado escribir. He sido demasiado sincera conmigo misma y ello me pesa en el corazón; pero también me siento orgullosa de haberlo hecho, de haber podido abrir así mi alma.

martes, 28 de noviembre de 2017

DIARIO DE AGNES: JUEVES, 26 DE OCTUBRE DE 2017

Jueves, 26 de octubre de 2017

Hoy es 26 de octubre; mi cumpleaños. Creo que es la primera vez que le doy verdadera importancia a este día, pero porque tengo muchos motivos por los que celebrar que cumplo años; el principal de ellos es que lo hago junto a Artemisa, la persona que más quiero en el mundo. Cumplo 41 años, aunque me cuesta mucho creerme que esté inmersa ya en los 40, pero supongo que a todos nos ocurre lo mismo cuando llegan estos momentos, cuando percibimos que nuestro tiempo avanza sin que podamos detenerlo un instante. Se escapa de nuestras manos, vuela raudo y quiere alejarse de nosotros como si no nos perteneciese, como si nunca hubiese sido nuestro.

Hoy empiezo este diario. Creo que nunca escribí un diario así como pretendo hacerlo a partir de ahora. Llegué a escribir muchas reflexiones a lo largo de mi vida en las que hablaba de mis recuerdos, de los momentos más bonitos de mi pasado, pero también de los más dolorosos y en las que sobre todo confesaba cómo me sentía y qué pensaba. Esta vez, en cambio, deseo escribir casi todos los días, o al menos ésa es mi intención, para que quede reflejada la época que estoy viviendo ahora. Artemisa y yo decidimos que escribiríamos un diario porque realmente es una forma muy buena de expresar las emociones que llevamos por dentro y de desfogar nuestras frustraciones y nuestras tristezas hablando de ellas a través de las palabras. Sin embargo, yo no aspiro solamente a dejar constancia de mi presente, sino también a descubrir esos momentos de mi pasado de los que nunca me sentí capaz de hablarle a nadie, ni siquiera a Artemisa, a quien deseo dedicarle la mayor parte de las palabras que aquí escribiré. Por eso, casi siempre utilizaré su lengua para expresarme, a pesar de que yo pienso siempre en gallego y mi primer impulso es utilizar mi lengua para confesar todo lo que siento y pienso. Algunas entradas sí las escribiré en mi lengua, pero serán las más íntimas, las que no deseo compartir con nadie.

Es muy probable que la forma como cuente todo lo que deseo explicar sea desordenada, pero también son así mis pensamientos; los que nunca se detienen. La voz de mi mente nunca se calla, evoca recuerdos sin cesar, relaciona un pensamiento con otro... y así serán también mis escritos. Además, un diario no debe estar regido por las normas de la lógica, pues es el reflejo de nuestro interior y de él se alimentará todo lo que anhelemos convertir en palabras.

Podría hablar de este día, de lo bonito que Artemisa consiguió que sea; un día normal, cotidiano, en mitad de una semana un tanto difícil que se convirtió en muchos momentos hermosos que no podré olvidar. Tampoco necesitó hacerme un sinfín de regalos para conseguir que sonriese. Tan sólo con su dedicación, con su ilusión y sus palabras me hizo sentir la persona más feliz del mundo. Y es que, cuando llegué a casa, entre risas, me confesó que me había cocinado algo para mí y me sorprendió con una tarta de Santiago y una empanada de verduras que tenían una apariencia deliciosa. Me emocioné muchísimo cuando vi todo lo que había hecho por mí. Y para mí la ilusión que le puso a todo lo que hizo es realmente mi mayor regalo, pero sobre todo sentir que me recibía en nuestro hogar, llenándolo todo de luz con su presencia, con su sonrisa, porque Artemisa brilla mucho, muchísimo; es lo que más luz desprende para mí, la persona que sólo con su existencia consigue que toda la oscuridad se vuelva esplendor.

Podría escribir un sinfín de líneas que contasen cómo es nuestra vida ahora, pero creo que antes debería hablar sobre el camino que tuvimos que seguir para llegar hasta aquí, para conseguir construirnos esta vida que a la vez nos acoge y a veces nos resulta tan difícil. No fue un camino sencillo; al contrario, estuvo lleno de obstáculos, de momentos delirantes, de desesperanza, de miedo, sobre todo de miedo, miedo a la nada en la que se convirtió mi futuro cuando ella se marchó. Ella escribió tres libros que narraban brevemente la vida que ambas tuvimos en cuanto empezamos a formar parte de El fuego de Hécate, pero, evidentemente, no contó la verdad, ni siquiera la mitad de lo que realmente ocurrió. Sobre todo cambió los últimos años que relataban nuestro presente. Yo no viví nunca en esa isla preciosa a la que ella se marchó en 2011, tampoco estuve trabajando en un herbolario... y es también evidente que, por desgracia, ninguna de las dos está viviendo en Galicia, al menos por el momento. La realidad que ella contó era la realidad con la que ella soñó sin cesar, todas las noches, todos los días, a todas horas y la que a las dos nos habría gustado vivir de veras, en lugar de ésa que tuvimos que enfrentar sintiéndonos incapaces de hallar la valentía y la fuerza para hacerlo.

Artemisa se marchó cuando yo creía que viviríamos en esa casa que habíamos compartido con Neftis durante algunos años. Se marchó de pronto, sin avisarnos previamente de que se iría. Nos lo comunicó una noche, cuando estábamos cenando todos, de repente, así, sin más: me marcho. Y sus palabras se me hundieron en el alma como si de veras tuviesen materia y fuesen un interminable puñal. Incluso me pareció que mi entorno de súbito desaparecía y que otra vez me hallaba sumergida en la nada, pero entonces habló Casandra y me extrajo de esa especie de alucinación que no era sino una bruma que mi mente había intentado crear para protegerme de ese momento. Artemisa se iba, y nadie tenía derecho a retenerla ni a pedirle que no se fuese. Yo intenté preguntarle si de verdad estaba segura de que quería irse, pero sus ojos me callaban siempre, me arrancaban cualquier palabra que pudiese pronunciar, y me sentí totalmente incapaz de suplicarle que no partiese, que no me dejase tan sola, porque yo sabía que me quedaría muy sola sin ella, si ella desaparecía. Y no podía imaginarme los días sin ella, mi vida sin ella... pero no me atreví a confesarle que tenía tanto miedo a su ausencia porque tampoco quería contagiarle mi tristeza, solamente deseaba que fuese feliz dondequiera que estuviese.

Sin embargo, nunca pude vivir con su marcha. Al principio intentaba aferrarme a las cosas que me animaban, que tiraban de mí, que me permitían permanecer conectada conmigo misma. En aquel entonces, estaba estudiando para obtener los títulos académicos que necesitaba para buscar trabajo, porque lamentablemente en esta época, sin ningún certificado que acredite que obtuviste los conocimientos necesarios, nadie confía en ti y, sin trabajo, se supone que nadie puede vivir. Así pues, yo decidí seguir estudiando, me volqué muchísimo en esas clases a las que debía asistir todos los días, estudiaba casi a todas horas mientras transcurría el tiempo; pero se trataba de un tiempo que se iba dejando una huella indeleble en mí.

Recuerdo con miedo esos primeros meses que viví sin Artemisa, en los que continuamente me esforzaba por no decaer. Notaba que la tristeza me aguardaba en todas partes, deseando aferrarme del alma en cuanto me despistase, y yo no quería, no quería caer de nuevo, no quería, porque sabía que, si permitía que la tristeza me abatiese y se apoderase de mí, nadie iba a ayudarme, me hundiría para siempre, y yo quería seguir soñando, deseaba soñar con el futuro que anhelaba vivir con Artemisa, porque tenía la esperanza de que ella regresaría dentro de poco, en cuanto se diese cuenta de que no podíamos vivir tan lejos, de que incluso era antinatural vivir separadas; pero iban transcurriendo los meses, y nadie sabía nada de ella. Artemisa no se comunicaba con nosotros de ninguna manera, ni por carta, ni por teléfono... nada, no sabíamos nada de ella, y su recuerdo parecía un sueño lejano, ya casi perdido en el olvido.

Además, durante los primeros seis meses, yo pude vivir en la casa en la que habíamos habitado con Neftis porque todavía me quedaban algunos ahorros que me permitían morar allí; pero, a principios de octubre, de pronto me di cuenta de que no podía seguir viviendo allí. El alquiler que tenía que pagar era desorbitado y no podía enfrentarlo yo sola. Tampoco me atrevía a pedirle ayuda a Gilbert y mucho menos a Gaya, quien cada vez estaba más enferma. Casandra se había ido de viaje y no regresaría hasta abril del año siguiente. Estaba completamente sola, mucho más sola que nunca, pero también porque yo no quería que nadie cargase con mis problemas.

Tuve que buscar trabajo por doquier. Tenía que encontrar trabajo como fuese, de lo que fuese, porque entonces ni siquiera tendría dinero para comer. Busqué algún piso cuyo alquiler no fuese muy caro, pero en aquella ciudad parecía imposible vivir bien sin que eso supusiese un gasto infinito. Incluso, intenté buscar trabajo en Ourense para irme allí. Deseaba irme de una vez por todas, deseaba regresar a mi tierra, pero había algo que me impedía decidirme a marcharme, y no era solamente saber que allí estaría en la misma situación que en la ciudad en la que vivía entonces, sino el miedo a que Artemisa regresase y no me encontrase ya allí. Además, tampoco había forma de hallar trabajo allí en Galicia. Aunque me esforzase por inscribirme en un sinfín de ofertas de trabajo, aunque llamase a muchas empresas para preguntar si necesitaban personal e incluso mandase por correo postal mi currículum, nadie quería saber nada de mí, y lo entendía.

Por suerte, aquel desaliento no me arrebató las ansias de seguir estudiando. MI intención era hacer los exámenes de acceso a la universidad y cursar una carrera. Ésa era una de mis mayores ilusiones, pero no podía estudiar sin dinero. Intenté encontrar el modo de conseguir una beca que me pagase los estudios, pero en ninguna parte me la concedían.

Y llegó un momento en el que me encontré sin saber a dónde ir, sin ningún sitio en el que dormir. Debía tres meses de alquiler, no tenía casi dinero y, para colmo, no encontraba trabajo por ninguna parte. Lo único que me quedaba era pedirle ayuda a Casandra. Ella, por suerte, había regresado antes de su viaje a Colombia y en esos momentos estaba viviendo en un piso que quedaba cerca de aquella morada en la que yo ya guardaba tantos recuerdos; la que abandoné para siempre a finales de octubre de ese fatídico año.

Casandra no me negó su ayuda en ningún momento; al contrario, me regañó por no habérsela pedido antes. Creo que nunca podré devolverle a Casandra todo lo que hizo por mí. Me ayudó mucho más de lo que quizá me merecía.

Cuando ella me acogió en su casa, yo estaba empezando ya a decaer sin que pudiese preverlo ni tampoco evitarlo, pero la búsqueda de trabajo me mantenía levemente estable. No dejaba de preguntarme, sin embargo, qué sería de Artemisa, si ella se acordaba de mí o si se había olvidado por completo de todo lo que habíamos vivido juntas; pero pensar en Artemisa me hacía mucho daño y luchaba contra mi mente con todas mis fuerzas para que no evocase su recuerdo; el que reaparecía en sueños todas las noches. No entendía por qué se había sumido ella en ese silencio con el que nos castigaba a todos. Gaya estaba muy enferma, pero todavía se acordaba de ella, Gilbert tampoco comprendía por qué Artemisa se había alejado tanto de nosotros y Casandra no se atrevía a hablar de su hermana porque sabía muy bien que, si lo hacía, lo único que podía dedicarle serían palabras cargadas de rencor.

Aunque yo entendiese que Artemisa necesitase construir su vida en otro lugar, me costaba muchísimo aceptar que ella estuviese tan lejos. Me preguntaba, continuamente, si ella me quería de veras, si alguna vez me había amado como yo la amaba. Yo amaba a Artemisa con una seguridad sobrecogedora, sin ninguna duda, y sabía que aquel amor nunca desaparecería, por mucho que pasasen los años, por muy lejos que estuviésemos. Yo la amaba con toda mi alma. El amor que yo sentía por ella era inagotable y permanente. Nunca podría atenuarse y nada lo debilitaría. Yo estaba completamente convencida de que quería vivir para siempre a su lado, dándole lo mejor de mí. Por eso tal vez luchaba continuamente contra mis emociones, para que ella sintiese, en la distancia, que no me había rendido todavía, que aún la esperaba y que la esperaría siempre. No dependía de ella para vivir, solamente quería compartir mi existencia con ella, con nadie más, porque siempre fue el amor de mi vida, el único amor de todas mis vidas, y eso nunca podría cambiar, aunque ella no me quisiese. No obstante, yo sabía que Artemisa sí me quería, me quería intensamente, y que precisamente había sido ese amor el que la había impulsado a alejarse de mí. Ella temía aquel amor porque pensaba que yo podría dejarla sola en cualquier momento y prefería distanciarse de mí antes que perderme, pero ella quizá no intuyese que, si estábamos juntas, yo no tendría motivos para marcharme; mas, con el paso del tiempo, descubrí también que el deseo de abandonar esta vida puede nacer en mí sin que yo lo quiera, sin que nada ni nadie pueda evitarlo; pero Artemisa siempre fue mi fuerza y mi esperanza.

Además de la añoranza que sentía por Artemisa, en mi alma pesaban otros sentimientos, otras emociones que me hacían mucho daño. Mientras viví en la casa que compartimos con Neftis, había notado que por todas partes había una energía muy extraña y gélida que me paralizaba, que me entristecía muchísimo, y es que nunca dudé de que la muerte de Neftis había llenado aquella morada de una atmósfera tristísima con la que yo no podía convivir. Ésta me asfixiaba de repente y me hacía sentir tanta soledad, tanta... Aquella casa era demasiado grande para mí y además, por mucho que me esforzase en limpiarla energéticamente, estaba impregnada de impotencia, de culpa. Yo me sentía culpable por la muerte de Neftis. Entendía por qué había querido marcharse.

Es extraño pensar que Neftis y yo pudiésemos convivir durante algunos meses después de todo lo que había ocurrido entre nosotras. Lo que recuerdo es que apenas nos hablábamos, que convivíamos comunicándonos cuando realmente era necesario, pero siempre sentí que ella me profesaba un rencor infinito. Yo, en cambio, nunca le guardé rencor por todo lo que sucedió. Si hay algo que nunca pude sentir, es rencor hacia los demás. Creo que todo el rencor que experimenté a lo largo de mi vida me lo profesé a mí misma.

Y cuento esto ahora porque en aquel momento, cuando Casandra me alojó en su casa y yo me esforzaba      tanto por seguir adelante, sí sentía un rencor indestructible hacia mí. Me culpaba de que Artemisa se hubiese ido. Creía que había tenido demasiados motivos para marcharse y dejarnos a todos allí, sobre todo a mí. Comprendía que ella desease distanciarse de mí, pues era lógico que ella no quisiese vivir junto a mí si yo todavía estaba enferma, porque todavía no me había recuperado cuando vivíamos con Neftis, al contrario, siempre luchaba contra mis sentimientos para que Artemisa nunca percibiese que el desaliento continuaba morando en mi alma.

Por eso pensaba que tenía todo el derecho del mundo a rehacer su vida lejos de mí. Yo estaba totalmente convencida de que yo no me merecía vivir junto a Artemisa, pues creía que yo era una persona tóxica que podía oscurecer para siempre su vida.

A veces se apoderan de nosotros pensamientos muy potentes e ilógicos contra los que no somos capaces de luchar y éstos cada vez se vuelven más fuertes, cada vez más fuertes, hasta que se convierten en nuestra única realidad.

Recuerdo esos primeros meses que viví con Casandra como una especie de lucha entre lo que mi alma deseaba hacer conmigo y lo que yo deseaba ser. Era una batalla continua, día tras día, noche tras noche... y parecía que ésta nunca fuese a tener fin.

Cuando llegó diciembre, por fin, encontré trabajo. MI primer trabajo fue en un McDonald’s; un lugar infernal en el que creo que nadie se merece trabajar. No podía rechazarlo, pues necesitaba dinero. No tenía prácticamente nada, pues con la mísera pensión que me entregaba la Seguridad Social debía pagar los meses de alquiler que tenía atrasados y además quería colaborar con Casandra, pues nunca habría permitido que ella me lo diese todo sin tener motivos. Ella no tenía por qué ayudarme. Ella prácticamente no me conocía, pero me tendió su mano, me ofreció su hogar como si siempre hubiese formado parte de su vida.

Trabajar en ese restaurante que me niego a nombrar, al principio, me dio mucho ánimo y fuerzas para seguir adelante, sobre todo porque era la primera vez que trabajaba. No obstante, ese trabajo no me duró ni un mes. No pude acostumbrarme a trabajar durante casi doce horas recibiendo un sueldo que apenas me permitía avanzar en mi vida. No soportaba el continuo olor a grasa, a carne... Nunca me gustó la carne. NI siquiera toleré nunca su olor, su aspecto... y, en aquel lugar, debía cocinar hamburguesas, debía estar en continuo contacto con carne, con patatas que parecían incomestibles... con un sinfín de alimentos que me quitaban por completo el apetito. Cuando llegaba a casa, casi a la una de la madrugada, lo único que me apetecía era ducharme y dormir durante horas; pero al día siguiente ya tenía que ir de nuevo. Tenía un horario rotativo que no me permitía hacer nada, que me quitaba todo mi tiempo, que apenas me dejaba respirar. Cuando estaba allí, ya fuese atendiendo al público (algo que odiaba hacer con todas mis fuerzas, pues siempre fui muy tímida y mi intensa timidez me impedía entender bien lo que la gente me pedía) o preparando hamburguesas y pedidos en esas infernales cocinas, sentía que crecía por dentro de mí una sensación horrible que me asfixiaba. Además, el ruido que había en ese lugar era insoportable, sobre todo cuando venían familias cargadas de niños que gritaban como si se les fuese la vida en esos momentos.

Trabajar en aquel restaurante para mí maldito, el reflejo del infierno si éste existe, me demostró que yo tenía muchos más defectos de los que nunca había creído. Era mucho más tímida de lo que podía imaginarme. Ni siquiera me sentía capaz de soportar una conversación con nuestro encargado, aunque él nunca me dirigiese palabras despreciativas ni tampoco me demostrase, mediante su voz, que me detestaba; pero su forma de hablar era demasiado altiva e incluso agresiva a veces, probablemente porque él también estuviese en exceso estresado. No obstante, cuando se acercaba a mí para darme alguna orden o para resaltarme alguno de mis miles de errores, el corazón se me aceleraba brutalmente y apenas comprendía las palabras que me dirigía. Además, él me hablaba siempre en catalán, ignorando que yo tampoco dominaba bien esa lengua. Tuve que aprenderla cuando me esforcé por sacarme la ESO y el bachillerato, pero nunca la usaba, por lo que, lentamente, lo poco que había aprendido ya había empezado a olvidárseme. Después, cuando se iba y trataba de recordar lo que me había dicho, me encontraba totalmente bloqueada mentalmente y entonces me regañaba enfurecido por no obedecerlo. Tampoco soportaba atender a las personas que esperaban mi atención. Me parecía que las palabras que pronunciaban eran ininteligibles, pero me esforzaba muchísimo por comprender todo lo que me pedían, aunque, durante los primeros días, me equivoqué al menos diez veces cada hora. Pensaba que me expulsarían de allí en cualquier momento; pero, en lugar de eso (lo que habría sido mucho mejor que cualquier otra cosa), se dedicaban todos a echarme en cara que trabajaba mal, que era torpe, que no me aclararía nunca con nada si no me esforzaba. Nadie se imaginaba que los esfuerzos que yo hacía para adaptarme a aquellas situaciones tan estresantes eran mucho más intensos de lo que mi mente podía soportar. Aquel trabajo me hizo descubrir que el agotamiento mental es mucho más destructivo que el agotamiento físico.

Y yo sé que no era torpe, pero en esos momentos ni siquiera me dignaba creer en mí misma. Si las circunstancias hubiesen sido distintas, yo no habría cometido tantos errores. Si, en lugar de aquel infierno, hubiese trabajado en otro sitio con muchos menos estímulos, es muy probable que, incluso, hubiese disfrutado mucho con todo lo que hacía.

Además, me desanimaba sentirme tan distinta. Si apenas hablaba con mis compañeros de trabajo, no era solamente por culpa de mi timidez, sino porque todos tenían un acento muy diferente al mío y la voz se me convertía en silencio cuando me imaginaba hablando con ellos con mi desveladora forma de expresarme. Además, ellos siempre usaban el catalán y parecían despreciar a quienes no utilizasen su lengua. Puede que estos detalles carezcan de importancia, pero colaboraban en que me sintiese cada vez peor.

Puede que parezca débil, pero en aquellos instantes puedo asegurar con toda mi alma que prefería morir antes que seguir trabajando allí. Además, el inmenso agobio que me provocaban esas horas de trabajo y sobre todo el lugar donde debía permanecer hasta la noche me quitó el apetito. No me apetecía comer nunca, ni siquiera cuando llevaba casi un día sin ingerir nada, ni una triste pieza de fruta. No podía dormir apenas porque, cuando al fin conseguía conciliar el sueño, soñaba con las intensas luces que iluminaban aquel lugar, oía el chirriante chillar de los niños, oía las continuas voces de los compañeros, tan agobiados como yo, oía los gritos de nuestro encargado exigiéndonos que nos diésemos más prisa, que había una cola inmensa que atender... Y me despertaba envuelta en sudores fríos, con el corazón latiéndome a mil por hora, sintiéndome morir sobre todo cuando me acordaba de que al día siguiente tenía que volver allí. No quería, no quería por nada del mundo; pero debía ser fuerte. había que seguir adelante como fuese... pero, conforme pasaban los días, ese ímpetu y ese ánimo que me habían impulsado a enfrentar con ilusión mi primer trabajo iban convirtiéndose en horror, en un pánico que me aceleraba el corazón y la respiración cuando estaba a punto de entrar allí, donde me esperaban esas asquerosas hamburguesas, esas patatas que olían a grasa, ese queso que más bien parecía plástico... donde me esperaban esas cocinas llenas de grasa y aceite en las que se freían sin cesar kilos y kilos de carne putrefacta en forma de hamburguesa, kilos de patatas, de cebolla... De nuevo los gritos de los niños, las exigencias insoportables de nuestro encargado (¡id más rápido! ¿En qué estáis pensando? ¿Habéis visto la cola que hay?), las personas sin paciencia (¡me tocaba a mí primero! Oye, ¿me atiendes ya de una vez? ¡Te dije una hamburguesa doble y me pusiste una CBO!), los niños, sobre todo los niños. A mí sí me gustan los niños, pero en aquellos momentos de mi vida creía que los detestaba con todas mis fuerzas.

Y el olor, ese olor a aceite recalentado se me metía en el alma y no había forma de desprenderme de él, por mucho incienso que quemase a mi alrededor, por muchas esencias que oliese, por mucho que me duchase... Lo tenía hundido en el alma, clavado en la piel, insertado ya en mi cuerpo, en la ropa que llevaba.

A principios de enero, Casandra me suplicó que dejase ese trabajo cuanto antes. Ella sí se daba cuenta de que mi salud estaba deteriorándose, de que apenas me apetecía hablar y mucho menos salir y, además, estaba perdiendo peso de un modo vertiginoso. Así pues, me fui, sin más. Una tarde, acudí a ese infierno para decirles a todos que me marchaba, y nadie se molestó en detenerme, por suerte.

Entonces volví a buscar trabajo sin cesar, ignorando las recomendaciones de Casandra, quien me aconsejaba que permaneciese al menos un mes sin hacer nada para desintoxicarme de todo lo que había vivido, pero yo desoí sus inteligentes consejos y encontré trabajo enseguida, esta vez en un supermercado, ordenando las mercancías en el almacén, colocándolas en los distintos estantes... un trabajo tan o más odioso como el primero. Sin embargo, yo me propuse ser fuerte y soportar todo lo que me sobreviniese. Deseaba ahorrar para poder regresar a Galicia para no tener que volver a irme nunca más de allí y sabía que no podía marcharme sin nada.

Aquel trabajo al principio me parecía incluso sencillo. Aprendí enseguida lo que debía hacer y me gustaba reponer los productos en cada estante; pero el paso de los días me demostró que yo tampoco servía para eso. Trabajar en un supermercado tan grande, en el que había tantos y tantos estímulos, tantas luces, tantos ruidos, tantas voces y música estridente, me agobiaba tanto que no podía soportarlo, aunque me esforzase por ignorar ese estrés tan punzante, el cual se unía al que ya tenía acumulado por culpa del anterior trabajo. No obstante, yo me esforzaba por convencerme de que podría superarlo, de que lo único que me ocurría era que no estaba habituada a trabajar tanto. Además, para llegar a ese supermercado, debía coger al menos tres transportes públicos. Debía tomar un autobús, después un tren y por último el metro y, además, tenía que andar durante media hora para conseguir llegar. Aunque me entretuviese leyendo durante el camino, estaba ya agotada cuando comenzaba mi jornada, pero no podía demostrárselo a nadie, ni siquiera me permitía demostrármelo a mí misma. Yo no sé a quién quería convencer de que yo era fuerte. Para nada lo era, o al menos yo no me creía fuerte; al contrario, cada día que vivía era un infierno para mí. El agotamiento que sentía crecía sin cesar, no me encontraba bien conmigo misma, me detestaba por ser tan débil y, lo peor de todo, continuamente me preguntaba para qué tanto esfuerzo, qué quería conseguir, si yo no me merecía nada, si la persona que más quería en el mundo se había ido. Durante las primeras semanas que permanecí trabajando allí, conseguía, con esfuerzo, ignorar esos pensamientos nada productivos; pero el paso del tiempo los intensificaba y los fortalecía sin que yo pudiese evitarlo. Me despertaba todos los días haciéndome siempre la misma pregunta: “para que todo isto?”. Artemisa era la primera respuesta que me llenaba la mente, pero enseguida yo me acordaba de que llevaba casi un año sin saber nada de ella y que ni siquiera se había molestado en intentar descubrir cómo estábamos. Sabía que Artemisa estaba bien, pues lo sentía por dentro de mí; pero su silencio me destrozaba el corazón. Por eso, poco a poco, fui perdiendo la esperanza de que volvería. Me imaginaba que era muy feliz allí, en aquel lugar en el que vivía, y que ya no nos necesitaba a ninguno de nosotros. Y lo entendía, lo entendía perfectamente, pues yo solamente creía que yo era un ser despreciable y esas convicciones fueron adueñándose cada vez más de mí. Hasta entonces, había vivido asiéndome a los últimos suspiros de mi fortaleza. Me enfrentaba a cada nuevo día intentando prestarles atención solamente a los detalles hermosos que podía encontrarme, pero éstos fueron haciéndose cada vez menos frecuentes. Me costaba mucho hallar razones para vivir y aquella tristeza contra la que había intentado luchar desde que Artemisa se marchó fue acomodándose en mi alma, debilitando mi espíritu y sobre todo ensombreciendo mi vida.

Aquella época fue delirante, aunque el trabajo que realizaba me gustaba mucho más que el anterior. El tiempo pasaba rápido cuando me dedicaba a colocar todos los productos en sus sitios correspondientes, aunque me desesperaba cuando llegaba al supermercado y me percataba de que habían cambiado la distribución de los pasillos. No obstante, apenas me costaba memorizar esos cambios. Me adaptaba enseguida a lo que tenía que hacer.

Casandra y yo apenas nos veíamos, pues yo permanecía fuera de su casa durante casi todo el día. Me marchaba por la madrugada y no regresaba hasta, al menos, las diez de la noche. Trabajar en aquel supermercado no me agotaba solamente por todas las tareas que debía realizar y por todos los estímulos que debía soportar, sino sobre todo por el largo trayecto que tenía que hacer todos los días, tanto para ir como para volver de ese lugar que quedaba a tres horas del piso de Casandra.

Estuve dos meses trabajando allí. Podría hablar de muchísimos momentos de aquellos meses, pero creo que lo más importante que he de contar es que no dejé de esforzarme por seguir adelante, por ser fuerte, a pesar de que estaba quedándome sin energía, sin ánimo, prácticamente sin nada. Incluso había días en los que tenía la sensación de que no era yo la que me movía ni hablaba, sino alguien que se había apoderado de mí. Apenas me relacionaba con las personas de mi entorno, pues siempre fui muy silenciosa y tímida y eso nunca cambiará. Además, yo notaba que entre los compañeros de trabajo había una complicidad muy bonita que a mí nunca me dedicarían, pero yo tampoco la necesitaba.

Además, me daba la sensación de que hablaban de mí cuando creían que yo no los oía. Cuando los miraba de soslayo, entonces se callaban, intuyendo quizás que yo les prestaba atención a las palabras que intercambiaban tan quedamente. También me parecía que se reían de mí porque era muy silenciosa y no hablaba nunca con ellos y las pocas veces que lo hacía solamente les dirigía monosílabos o palabras que nada revelaban sobre mi forma de ser. No obstante, en aquellos momentos dudaba de si los detalles que captaban mis sentidos eran reales o formaban parte de mi imaginación, pues a lo largo de mi vida me costó, en muchas ocasiones, distinguir entre la realidad que me rodeaba y la que mi mente creaba. Por eso no creía firmemente en lo que detectaba. Dudaba incluso de mí misma, de mis pensamientos y sobre todo de mis percepciones.

Cuando salía de aquel trabajo, ya crecida la noche, experimentaba un profundísimo desaliento cuyo origen sólo estaba en el estrés que yo sentía durante todo el día, no sólo por todas las tareas que debía realizar, sino sobre todo por la cantidad de estímulos con los que debía convivir esas diez horas que duraba mi jornada. Además de la intensa luz que había por doquier, tenía que adaptarme a las personas que allí compraban, quienes se impacientaban muchísimo cuando debían esperar a que yo colocase los productos en aquel estante en el que precisamente se habían detenido, quienes me miraban con rabia si debían apartarse de mi camino. Sí había personas amables que sonreían, pero yo sabía que todas esas sonrisas eran falsas, eran esporádicas y existían porque podían durar poco. Después esa simpatía se esfumaba y era como si nunca hubiese existido. Incluso me daba la sensación de que cualquier persona me miraba con altivez, como si yo fuese un ser completamente inferior y despreciable; pero vuelvo a dudar de que todo eso sea cierto o naciese de mi mente. Yo creo que el estrés también me condicionaba mucho y me obligaba a imaginarme cosas que en absoluto se relacionaban con la realidad o quizá el agobio que me anegaba el alma intensificase lo que captaban mis sentidos.

También me preguntaba por qué me sentía totalmente incapaz de relacionarme con las personas que me rodeaban, por qué me resultaba tan imposible iniciar una conversación con cualquiera que estuviese a mi lado cuando se notaba a leguas que la otra persona deseaba romper el intenso silencio que tan alto gritaba. Yo sabía que era tímida, nunca podría ni podré dudar de ello; pero ahora sé también que no soy tan vergonzosa como creía en aquellos momentos. Pude comprobar, las dos veces que estuve en Galicia este año (sí, al fin volví, pero esos viajes se merecen otra entrada aparte), que podía hablar con naturalidad con quien se dirigiese a mí. Pude descubrir que no me costaba hablar con quienes tenían mi mismo acento y con quienes sabían hablar mi lengua; al contrario, cuando estuve allí tanto en mayo como en octubre, me apetecía mucho hablar y expresar cualquier pensamiento o sentimiento con las personas con las que me encontraba. Sin embargo, también sé que lo que yo sentí cuando estuve en mi tierra, sobre todo en el segundo viaje, es algo que no puede compararse a ninguna sensación que haya experimentado aquí, en este lugar. Cuando estuve en Ourense hace un mes, sentía algo que yo pensaba que no existía; una emoción que me llenaba, me llenaba mucho. Cuando le confesé a Artemisa lo que experimentaba, ella me indicó que aquel sentimiento era felicidad. Sí era la felicidad más plena, pues en esos momentos nada me preocupaba y parecía como si nunca hubiese estado triste. Lo único que podía quebrar aquella felicidad tan intensa era saber que aquella estancia tenía fin; pero yo luchaba con todas las fuerzas de mi alma contra ese miedo que me helaba el corazón y me aferraba a las preciosas emociones que mi tierra me entregaba. Y, cuando tuve que volver, cuando tuve que alejarme de ella, la caída desde ese cielo al que mi tierra me había llevado fue tan brutal, tan dolorosa, tan hiriente... Cuando llegó el momento de partir, noté con mucha fuerza que el alma se me deshacía, de nuevo, pero esta vez pude experimentar otra emoción que no nacía solamente de mi ser; una emoción que me ahogaba, que me destruía por dentro como si de un devastador huracán se tratase y todo mi interior estuviese lleno de arena que ese viento arrastraba. No podía dejar de llorar y sentía que cada lágrima que me brotaba de los ojos me quemaba la piel, me quemaba el alma, y precisamente mi tierra también comenzó a arder, empezaron a quemarla con rabia, odiosamente. Yo podía sentir en mi alma la inmensa impotencia y el infinito dolor que sentía mi tierra, porque yo sé que las emociones que ella sienta se me transmiten a través de la conexión que nos une. Y, desde que me marché de Galicia por tercera vez en mi vida, ya no volví a sentirme plena. Todos los días siento, en algún momento, ganas de llorar, siempre, todos los días. Y me cuesta tanto encontrar la paz... Sé que allí está mi cura, pero ahora no podemos marcharnos... aunque ya hablaré de esto en otro momento.

Me costaba mucho entender por qué me agotaba tanto y tanto, por qué no era capaz de soportar aquella vida, por qué me derrumbaba cuando debía levantarme a las cinco de la madrugada para poder llegar a tiempo a mi puesto de trabajo, por qué me costaba tanto ilusionarme y ser fuerte. Yo sabía que era una persona muy trabajadora. Había vivido durante cuatro años sola, sin necesitar a nadie, solamente trabajando la tierra, despertándome con la primera luz del alba y yéndome a dormir cuando el cielo se llenaba de estrellas, pasándome la mayor parte del día cultivando mis hortalizas y mi trigo, recogiendo la cosecha yo sola, sin pedirle a nadie que me acompañase en aquellos momentos tan duros. Durante aquellos años, nunca me sentí desfallecer cuando debía enfrentarme a cada nuevo día, pues aquella vida me gustaba, tiraba de mí, me hacía ser fuerte. Tampoco me entristecía porque el frío me agrietase la piel ni tampoco protestaba cuando, todas las tardes, debía lavar en el río toda mi ropa. Por eso me resultaba imposible encontrarme a mí misma en esa mujer que no tenía ánimo para nada, para la que cada nuevo amanecer era una lucha, un desafío a su entereza; cualquier cosa menos una razón que me hiciese agradecer estar viva.

Al llegar abril, no me renovaron aquel contrato tan precario. Trabajaba demasiado y cobraba poquísimo, por lo que apenas me dolió que no quisiesen seguir contando conmigo. El día que me comunicaron que preferían “prescindir de mis servicios”, regresé a casa sintiendo una emoción muy extraña que mezclaba alivio y decepción. Me había decepcionado que no confiasen en mí y además me sentía muy poco valorada, como si todo el esfuerzo que yo hice por adaptarme a aquel trabajo no hubiese servido para nada.

Casandra incluso se alegró cuando le comuniqué que ya no seguiría trabajando allí. Ella apenas hablaba conmigo, pero podía interpretar muy bien el significado de mis miradas. No me preguntaba nunca nada que pudiese hacerme sentir incómoda, pero yo notaba que sus ojos se adentraban hasta lo más hondo de mi ser y ella captaba con su alma las emociones que invadían la mía. Por eso no me extrañó descubrir que se había dado cuenta de que llevaba sin encontrarme bien durante meses.

Me suplicó, de nuevo, que permaneciese más de un mes en casa sin hacer nada, solamente intentando recuperarme, pero a mí me daba mucha vergüenza vivir de ese modo. Yo no quería ser una carga para Casandra. Yo le entregaba la mayor parte de mi sueldo cada mes en agradecimiento por tenerme allí, en su vida, sin ni siquiera insinuarme que yo sobraba en su hogar. Casandra era mi único apoyo, pero yo no me atrevía a pedirle que me escuchase ni tampoco quería que ella se enterase de que tenía el alma cada vez más destruida. Intentaba ocultarle la pena que llevaba por dentro, intentaba sonreírle cuando en realidad tenía solamente ganas de llorar, pero ella siempre fue muy inteligente e intuitiva y podía captar plenamente las emociones que realmente sentía.

Evidentemente, no la obedecí. En cuanto me hube recuperado un poco del inmenso agotamiento que llevaba en el alma, me dediqué a encontrar otro trabajo, con mejores condiciones que el anterior. Me hicieron muchísimas entrevistas, pero no confiaban en mí en ninguna parte, tal vez porque me percibían demasiado frágil o porque realmente tenían candidatos mucho mejores que yo, con más estudios, con más habilidades y sobre todo con más experiencia. Además, preferían escoger a personas más jóvenes que yo, que en aquel entonces solamente tenía 35 años.

Fracasar continuamente en lo único que me proponía me deprimía cada vez más, me desanimaba tanto que había días en los que ni siquiera me sentía capaz de levantarme. Casandra, en aquellos meses tan calurosos del año, estaba preparando un viaje a la India. Casandra siempre fue tan inquieta... Me inspiraba tanta envidia su espíritu incansable... Yo ni tan sólo era capaz de imaginarme realizando viajes tan largos hacia lugares tan lejanos. Mi única ilusión era regresar a Galicia. El resto del mundo no me importaba en absoluto. Casandra incluso me propuso que fuese con ella a la India, me aseguró que me vendría muy bien distanciarme de esa ciudad, de todo lo que había vivido y de mi propio presente, pero yo me negué asustada a abandonar aquel lugar en el que más o menos me sentía protegida.

Se marchó cuando junio ya brillaba con mucha intensidad y yo me quedé sola, de nuevo, en su hogar. Me halagaba que Casandra confiase en mí tanto como para dejarme al cuidado de su casa.

Al fin, cuando pensé que el verano se convertiría en otoño, a principios de septiembre encontré otro trabajo. Esta vez, me quedaba solamente a una hora de casa. Me contrató una empresa de limpieza que realizaba varias tareas de mantenimiento en fábricas, en naves enormes, en oficinas incluso. Yo tenía que limpiar una nave inmensa, yo sola. Según me contó la mujer que sería mi supervisora, la persona que antes limpiaba allí estaba de baja y necesitaban una sustituta cuanto antes.

A mí se me cayó el mundo encima cuando vi lo enorme que era aquella fábrica. Tenía que limpiarla por la noche y terminar al amanecer. No obstante, en aquellos momentos, fingí que me interesaba mucho conseguir aquel trabajo. La mujer me creyó y al día siguiente ya tenía el uniforme que debía llevar durante las horas que duraba mi jornada.

Lo peor de ese trabajo no fue sin embargo lo duro que era manejar esas máquinas tan extrañas que me costó tanto aprender a usar, sino la actitud de las personas que me rodeaban. Mi supervisora era una mujer que carecía por completo de empatía y me exigía que terminase mi trabajo en menos horas de las que era posible. MI jornada duraba, en principio, ocho horas y ella pretendía que limpiase toda la nave en menos de cuatro, cuando eso era totalmente imposible, pues no solamente debía limpiar las salas en las que se trabajaba, sino también todos los cuartos de baño, todos esos lugares inmundos que estaban insoportablemente sucios.

Cuando llevaba más de un mes trabajando en ese lugar, empecé a notar que mis sentimientos cada vez estaban más desequilibrados y descontrolados. Sentía ganas de llorar de repente, cuando menos podía desahogarme, y experimentaba una inmensa rabia hacia mí misma cuando me percataba de que mi supervisora había captado plenamente la presencia de mis lágrimas. Me daba rabia que ella se diese cuenta de que me herían sus palabras, pues mi debilidad la fortalecía, le daba muchísimo más poder y entonces se crecía en sí misma, se creía con el derecho de regañarme por cualquier motivo, aunque fuese absurdo, y me hundía cada vez más.

No obstante, trabajé allí durante dos meses más. Esos dos meses fueron los que realmente me hicieron tanto daño. Trabajar por la noche era insoportable. Llegar a casa cuando el amanecer ya había rodado por el cielo y tener que dormir cuando tanto brillaba el sol me desconcertaba tanto que ni siquiera sabía cómo debía enfrentarme a esos momentos. Además, debía caminar durante una hora cuando acudía a mi lugar de trabajo porque en aquellos momentos de la noche no había ningún transporte que me llevase hasta allí. Limpiar todos los rincones de aquella nave me dejaba totalmente agotada y, en ningún momento, encontré gratitud o conformidad en los ojos de la mujer que supervisaba mi trabajo; la que me seguía continuamente como una sombra, como si yo fuese inepta y estúpida. De hecho, así me sentía yo en aquel entonces; una estúpida, un despojo absurdo que se merecía ser pisoteado y vuelto cenizas. No podía evitar que las ganas de llorar más intensas se apoderasen de mí cada vez que esa mujer se me acercaba y me decía que no había limpiado bien tal sitio o que había dejado manchas en otra parte... Cualquier motivo era suficiente para regañarme, para despreciar todo mi esfuerzo.

En aquella época, comencé a sufrir ataques cada vez más frecuentes de pánico y de ansiedad. Cuando estaba a punto de llegar a la nave donde trabajaba, el corazón ya me latía demasiado rápido y sentía unas terribles ganas de llorar que me presionaban la garganta y tenía que esforzarme por detener las lágrimas que luchaban contra mi voluntad para poder brotar libres de mis ojos. La mayoría de veces, no conseguía detener ese llanto que tan fuerte se volvía y tenía que llorar antes de entrar allí, escondida en algún lugar donde nadie pudiese verme. Entonces sentía que me faltaba la respiración, que me ahogaba y que me dolía mucho el pecho, como si alguien estuviese apretándome el corazón. Yo no sé de dónde extraía la fuerza para dejar de llorar, pero al final siempre conseguía tragarme mis lágrimas; las que no tardaban en inundarme los ojos cuando me encontraba con esa mujer tan desagradable que nunca me felicitó por nada. Para ella, todo lo que yo hacía estaba mal, yo era despreciable y absurda y una inepta sin experiencia.

Lo que más rabia me causa es saber que yo no hacía mal mi trabajo. Dejaba insuperablemente limpio cada   rincón, pero nunca era suficiente. Me esforzaba tanto que me dolían las manos, la espalda y los brazos. Me daba tanta prisa en terminar cuanto antes mi trabajo (para que ella pudiese irse a descansar) que acababa sintiendo que me estallaría la cabeza en cualquier momento. De nuevo se me quitó por completo el apetito y, además, lo poco que me atrevía a ingerir lo vomitaba, pues los nervios y la ansiedad me habían destrozado el estómago. Otra vez comencé a adelgazar de forma incontrolable, pero yo no podía evitar que mi ser menguase de ese modo, pues sentía que toda la energía que yo guardaba en mí se me iba todos los días, o mejor dicho todas las noches. Tampoco descansaba bien, pues nunca supe dormir por el día. Apenas dormía cuatro horas y lo poco que dormía estaba lleno de pesadillas. Sentía que cualquier sonido me asustaba mucho y me despertaba con el corazón acelerado.

Además, casi siempre estaba enferma de algún resfriado o virus del estómago, pero debía ignorar mi malestar físico porque no tenía derecho a protestar. Yo solamente servía para trabajar y trabajar duramente para obtener un sueldo mísero del que apenas podía ahorrar nada, pues mi orgullo me impedía quedarme con al menos la mitad de lo que ganaba. No soportaba saber que Casandra estaba ayudándome tanto económicamente. Yo soy demasiado orgullosa para vivir con alguien sin darle nada a cambio.

          Yo creo que, poco a poco, comencé a cometer errores a conciencia. No limpiaba lo mejor que podía, sino que, adrede, dejaba de fregar en bastantes rincones de aquella nave. Tampoco dejaba limpios los baños y me detenía cuando sabía que aquella mujer no me miraba. Entonces descansaba un poco apoyándome en cualquier pared y cerraba los ojos imaginándome que Artemisa de repente aparecía, me tomaba de la mano y me ayudaba a escapar de aquel lugar; pero entonces oía súbitamente la voz de mi supervisora preguntándome a gritos algo que yo no sabía contestar en esos momentos y tenía que regresar a la realidad sintiendo que todo mi ser se había convertido en piedra. Y aquello comenzó a repetirse demasiadas veces, hasta que al final ella me echó de aquel trabajo dedicándome palabras que nunca podré olvidar. Me hizo sentir tan miserable, tan torpe, tan horriblemente despreciable... pero no dudaba de que me merecía aquel rechazo tan enorme e injusto; al contrario, me preguntaba por qué no me había insultado más, por qué me había soportado durante tanto tiempo si tan asquerosa le resultaba mi existencia.

En aquellos momentos, cuando ya el otoño se asomaba al cielo, ya me sentía al borde de la desesperación. Me preguntaba continuamente por qué tenía que vivir así, con tanto miedo, con tanta tristeza en el corazón, con tanto desaliento, por qué la vida no podía ser más hermosa, más sencilla, por qué en todos esos meses que había trabajado con tanto esfuerzo no había conseguido reunir casi nada que pudiese permitirme volver a Galicia, por qué no encontraba la paz en ninguna parte, por qué me sentía tan y tan mal, por qué Artemisa había desaparecido de ese modo, por qué ni siquiera me había escrito... y, además, Gaya cada vez estaba más enferma. Su enfermedad la alejaba cada vez más de nosotros y casi era imposible que nos reconociese cuando íbamos a verla. Yo la visitaba en cuanto podía. Acudía a su casa y permanecía a su lado durante horas intentando distraerla, intentando que recuperase al menos una pequeña parte de sus recuerdos, pero cada vez estaba más distante, más ausente... Y Artemisa ni siquiera podía imaginarse que Gaya estaba yéndose hacia la muerte. Aquella certeza me hacía sentir una impotencia tan grande, tan infinita... y Casandra, además, estaba tan lejos, tan inalcanzable...

Y entonces sí que empecé a decaer, mucho, como si de repente mi vida se hubiese convertido en una cuesta que descendía hacia lo más hondo de la desesperación. Es imposible soportar tanta tristeza, tanto estrés y tanto malestar físico durante tanto tiempo.

La única persona que conocía levemente lo que yo vivía era Gilbert, pero yo le ocultaba la mayor parte de mis sentimientos y de mis pensamientos, pues no quería entristecerlo más de lo que ya lo estaba. La enfermedad de Gaya le había quitado tanta vida, tanto vigor... Sus ojos aparecían tristes, cansados, casi sin luz, y yo no era nadie para pedirle atención, o al menos eso era lo que yo creía irrevocablemente.

Llegó diciembre, después enero... Llegó un año nuevo, el año 2013, llegó mientras yo vivía una existencia extraña, casi sin luz, sin luz porque trabajaba siempre por la noche, sin luz porque me faltaba Artemisa, porque me faltaba la ilusión, las ganas de seguir soñando.

Llegó un momento en el que ya no pude desprenderme de la inmensa sensación de asfixia que me dominaba, que moraba en mi ser. Hasta entonces, había sabido convivir con esa sensación que tanto me oprimía, que siempre me provocaba ganas de llorar. Cuando llegaba a casa tras una jornada durísima, lo único que podía hacer era llorar y llorar, sin consuelo, sin sentir que ese llanto perdía fuerza. Lloraba por todo y por nada en concreto, pero yo necesitaba llorar, llorar muchísimo, porque sentía además que Gaya estaba a punto de irse e intuía que Artemisa no volvería nunca más a mi lado. No obstante, ni siquiera ansiaba que ella regresase. No quería que descubriese en qué me había convertido. Me avergonzaba de mí misma, de ser tan débil, de trabajar en algo que tan poco se correspondía con la imagen que ella tenía de mí. No quería que descubriese que ya mis ojos no brillaban y que no tenía ilusión por nada, ni tan sólo por retornar a mi tierra. En aquellos momentos ni siquiera creía que me mereciese morir. Tenía que vivir esa vida que era un castigo por todo lo que yo había sido, por lo que era... Yo estaba convencida de que era absolutamente despreciable, de que mi vida no valía nada y que ni tan siquiera la muerte la quería.

Me cuesta muchísimo hablar de estos momentos, pues éstos aparecen en mi memoria de forma confusa. Durante las horas que duraba mi trabajo, solamente me centraba en hacer lo mejor posible mis tareas, pero, cuando salía de allí, todas mis preocupaciones, mis desalentadores pensamientos y mis potentes emociones se apoderaban de mí de nuevo y me abatían.

Y así ocurría día tras día, hasta que llegó un momento en el que me explotó el alma. Durante las primeras semanas de enero, empezaron a nacer en mí otros pensamientos que también me desanimaban mucho. Me preguntaba por qué no había podido cumplir ni uno solo de los propósitos que yo guardaba en mi alma desde que era niña. Yo siempre había soñado con estudiar en la universidad y, cuando me imaginaba teniendo 40 años, pensaba que viviría trabajando de algo que realmente me llenase. Cuando era pequeña, deseaba estudiar filología gallega, por ejemplo, o alguna otra carrera que me mantuviese conectada siempre al saber o también geología para estar siempre cerca de la Tierra. Aquellos recuerdos, que emergieron de mi memoria con mucha fuerza, me hicieron entender que jamás podría conseguir nada de lo que yo había soñado. Incluso me acordaba de que Gilbert me había asegurado muchas veces que yo era muy inteligente. Pues en esos momentos de mi vida me preguntaba para qué me servía tener tanta inteligencia si no podía aprovecharla. Creía que toda esa inteligencia que él había detectado en mí era un desperdicio. Se la merecía más otra persona que sí fuese capaz de luchar por su vida, no yo, que no era capaz de nada, que me despreciaba con toda el alma, que no encontraba serenidad en ninguna parte, ni siquiera por dentro de mí. En aquellos momentos de mi vida, incluso me costaba seguir creyendo en la Diosa y prácticamente nunca celebraba esos rituales que tanto podían alimentarme el alma, pues no encontraba el momento para hacerlo y tampoco tenía la energía suficiente para poder llevarlos a cabo. Había perdido todo lo que me había alentado en algún instante de mi pasado y cada vez me sentía más perdida en mí misma, más desorientada en mi vida.

Casandra regresó de su viaje cuando yo ya había dejado de trabajar en aquel horrible lugar.

Puede que esté hablando de estos momentos de forma bastante vaga, ligera e imprecisa, pero me cuesta mucho expresarlos con claridad, pues se me mezclan todos en mi mente como si fuesen horas de una misma noche. La sensación que se desprende de esos recuerdos es muy extraña y dolorosa. Es pensar en oscuridad, en frío, en soledad, en muchas lágrimas, en mucha tristeza, en falta de apetito, en carencia de energía... pero, hasta que perdí mi tercer trabajo, había vivido sintiendo que, aunque todo mi ser quisiese detenerse, alguien tiraba de mí con una cadena invisible que me arrastraba y me arrastraba por mi vida sin que yo pudiese deshacerme de esa cadena que me ataba a mi insostenible vida.

Y todo ese tiempo... sin Artemisa, extrañándola siempre. Me costaba mucho entender por qué no podía estar conmigo, por qué estaba tan lejos. Comprendía que ella hubiese querido construir su vida, pero no aceptaba que no pudiese saber nada de ella, que ni siquiera pudiese hablarle y decirle: artemisa, te echo mucho de menos, te añoro insoportablemente. Era como si nunca hubiese estado en mi vida, y yo eso no lo soportaba, lo soportaba cada vez menos.

Cuando me quedé sin trabajo otra vez, permanecí sobreviviendo durante un mes, enfrentándome a mi propia tristeza y al profundo desaliento que se había adueñado de mi vida, hasta que Casandra regresó y me descubrió sumida en una extraña existencia que ni siquiera yo podía explicar. Me costaba ser consciente de en qué momento del día me hallaba, creía que había comido hacía poco cuando, quizá, llevaba más de dos días sin alimentarme, podía permanecer durmiendo durante más de doce horas sin sentirme descansada, tenía siempre tantas pesadillas y lloraba, lloraba muchísimo, lloraba demasiado durante horas sin saber por qué, sólo sintiendo que la desesperación que me hacía llorar crecía y crecía por dentro de mí sin que nada la detuviese.

Casandra fue quien me hizo ser medianamente consciente de mi estado, pero yo no podía reconocer que me encontraba tan mal, que había decaído de nuevo y esta vez sin casi darme cuenta. Empecé a vivir dependiendo de la voluntad de Casandra. Ella era quien me obligaba a comer, quien me impulsaba a que viviese, quien me acompañaba a la calle para que saliese, quien me hablaba para distraerme. Yo sé que, en aquellos momentos, ella le preguntaba a su hermana, a través de la distancia, con una impotencia desgarradora, por qué se había ido tan lejos, por qué ni tan sólo nos había dicho hacia dónde había viajado. Casandra la necesitaba porque sabía que yo no podía renacer sin ella.

Y de nuevo llegó la oscuridad; una oscuridad de la que, efectivamente, solamente Artemisa pudo rescatarme. No recuerdo en qué momento fue exactamente, pero sé que una noche padecí un ataque de pánico horrible que me hizo perder el conocimiento incluso. Cuando recuperé la consciencia, estaba, de nuevo, en ese hospital, por tercera vez en mi vida. Sin embargo, esta vez no protesté, no grité pidiendo ayuda, no le hice saber a nadie que estaba totalmente deshecha de miedo y tristeza. Me convencí enseguida de que ése era el único lugar del mundo en el que me merecía vivir. Incluso una parte de mí sintió un inmenso alivio cuando descubrí que en aquel lugar no estaba obligada a trabajar hasta destrozarme el alma y el cuerpo. En aquel lugar podía descansar sin que nadie me dijese nada, podía permanecer sumida en mis pensamientos sin que nadie me extrajese de mi mundo. Podía estar en mí sin tregua, sin fin.

Esta vez, sí me dignaba hablar con la enfermera que cuidaba de mí. Además, Casandra me visitaba de vez en cuando y con ella podía permanecer conversando durante horas. MI enfermedad no me alejaba del mundo, sólo me hacía estar siempre muy triste, tan triste que apenas podía hablar sin llorar.

A Casandra le confesaba muy a menudo que me sentía totalmente inútil, que no confiaba en mí y que creía firmemente que no servía absolutamente para nada. Estaba demostrado que no había podido soportar ni uno solo de los trabajos que la vida había puesto en mi camino y estaba segura de que nunca podría encontrar una ocupación que realmente me llenase el alma. Casandra intentaba animarme, me contradecía siempre asegurándome que yo tenía muchas virtudes que debía desarrollar, pero aquellas palabras ni siquiera me acariciaban el alma. Para mí no eran ciertas.

Sin embargo, supe adaptarme a aquella época. Esta vez sí quise aprovechar la posible ayuda que me entregaban. Acudí a las sesiones que me ofreció la doctora del centro y empecé a confiar enseguida en aquella mujer que me escuchaba sin juzgarme, al contrario de lo que había hecho en su momento el doctor Martín. De él supe que había muerto por causa de una enfermedad que lo había destruido rápidamente, pero no sé qué enfermedad se lo llevó a la muerte. No puedo sentir pena por él, pero tampoco le guardo rencor, pues él me enseñó a reconocer enseguida a una mala persona. Además, debo agradecerle que me invitase a escribir sobre los momentos más felices de mi infancia, porque, si él no lo hubiese hecho, es muy posible que esos recuerdos hubiesen desaparecido o se hubiesen convertido en brumas muy difíciles de disipar.

La doctora que me trataba era una mujer muy amable y paciente. Me resultó complicado abrirle por completo mi corazón, a pesar de que sus ojos enseguida me inspiraron confianza, pero, poco a poco, ella fue conociendo todo lo que yo era. Yo sentía que necesitaba que alguien me escuchase así, tal como ella lo hacía, sin interrumpirme, sin dudar de lo que le contaba, invitándome a que siguiese hablando de mis sentimientos y mis pensamientos. Me entendía a la perfección cuando le explicaba cuánto había sufrido durante los dos últimos años de mi vida y, además, me ayudó a comprender que no podía ignorar que yo era una persona demasiado sensible que no podía compararse con nadie. Me ayudó a descubrir y a aceptar que mi sensibilidad me hacía muy distinta y especial y que no debía rechazarme ni odiarme por ello. También me resaltó muchas veces que mi mente funcionaba de un modo distinto y que eso me dificultaba vivir serenamente en este mundo en el que cada vez cuesta más encontrar empatía y paciencia. Entendía también que me hubiese enfermado y se extrañaba de que nadie se hubiese dignado detenerme cuando yo insistía en seguir esforzándome tanto por trabajar cuando el alma estaba deshaciéndoseme por dentro. Era una mujer muy inteligente que, a pesar de ser psiquiatra, creía plenamente en la existencia del alma, aunque sé que yo era una de las pocas personas que conocía su modo de pensar.

          Aquella tercera vez que estuve ingresada en ese hospital no me destruyó el alma como me había ocurrido antes, al contrario, incluso puedo asegurar que me ayudó estar allí esos dos años. Sabía que, fuera de allí, había un mundo al que yo no me atrevía a enfrentarme sintiéndome tan sola.

No obstante, poco a poco me convencí de que moriría en ese lugar e incluso llegué a desear que Artemisa no regresase nunca ni me buscase jamás. No quería que de nuevo supiese que me habían encerrado allí. Yo no tenía ya ninguna esperanza y había perdido todas las ilusiones que pude tener en mi pasado, pero tampoco me atrevía a irme de la vida, no me atrevía, pues sabía que para Artemisa sería insoportablemente doloroso saber que yo había muerto.

Sin embargo, Artemisa sí volvió. Lo hizo cuando ya habían transcurrido cuatro años de aquella mañana en la que se marchó. Cuando pasaron casi dos años de aquella noche en la que Casandra me llevó allí, entonces, de súbito, presentí que Artemisa regresaría. Soñé con ella una noche. Tuve un sueño muy breve e intenso en el que ella me miraba desde una ventana entreabierta. Yo caminaba por una calle antigua, una calle antigua y de piedra como las calles más antiguas de Ourense, y ella estaba asomada a la ventana de una casa también muy vieja que parecía poder derrumbarse en cualquier momento. Yo quería llamarla, pero, antes de que pudiese pronunciar su nombre, me desperté sobresaltada, sintiendo que el alma se me llenaba de una premonición que me asustaba a la vez que me emocionaba. Sin embargo, me negué a creer que fuese cierta. Que Artemisa regresase era más que un sueño para mí y me resultaba imposible confiar en que aquello ocurriría. Mas sí sucedió. Al día siguiente, por la tarde, cuando estaba a punto de llegar el ocaso, Silvia (la enfermera con la que más confianza tenía) entró en mi habitación y enseguida supe que Artemisa iba tras ella.

Además, en aquel momento, de repente también intuí que Gaya estaba a punto de morir. Supe que Artemisa había llegado a tiempo de despedirse de ella, de la mujer que fue como su madre, que fue más que su madre.

          En cuanto miré a Artemisa a los ojos, sentí que ella me pedía perdón con toda su alma, pero su voz se había quedado encerrada en un llanto que ella se esforzaba por retener. Silvia nos dejó solas enseguida porque intuía que teníamos mucho que decirnos; pero Artemisa y yo apenas nos atrevíamos a hablar. Solamente nos mirábamos con mucha timidez y también culpabilidad. Yo sentía una inmensa vergüenza por hallarme de nuevo allí, en ese hospital que parecía ser el único lugar en el que me merecía estar, y también podía percibir plenamente los sentimientos que anegaban el alma de artemisa. Supe que Artemisa sentía un arrepentimiento horrible que no le permitía pensar con claridad. Yo quería asegurarle que no debía pedirme perdón por nada, pues lo que más importaba era que estaba allí, conmigo, a pesar de que yo todavía estaba muy enferma. Aún me sentía muy frágil tanto física como anímicamente y además me aterraba pensar en el mundo que me esperaba allí afuera; pero Artemisa me había entregado de repente e inesperadamente una inmensa fortaleza que me permitía ignorar todos mis miedos y la tristeza que me latía en el alma. Lo único que yo deseaba era que me sacase de allí cuanto antes y que iniciásemos juntas una nueva vida donde fuese, aunque mi mayor anhelo era regresar con ella a Galicia, pero no me atreví a pedírselo, sobre todo porque Gaya estaba a punto de irse para siempre y ninguna de las dos deseaba dejar solo a Gilbert.

          Artemisa me abrazó como si nunca hubiese podido respirar sin mí y, casi sin decirnos nada, ambas salimos de allí, de aquella habitación que tanto me había protegido. Yo todavía estaba muy asustada, por eso me aferraba con fuerza a la mano de Artemisa. Sin embargo, me calmaba muchísimo saber que ella ya no volvería a dejarme sola. Me lo habían confesado sus ojos lacrimosos, profundos y tan hermosos.

          De lo que vivimos a partir de entonces hasta llegar a este momento de nuestra vida hablaré más adelante. Creo que escribí ya suficiente. Siento que removí ya demasiados recuerdos.