sábado, 13 de enero de 2018

DIARIO DE ARTEMISA: SÁBADO, 16 DE DICIEMBRE DE 2017

Sábado, 16 de diciembre de 2017

Ayer tuve un día muy intenso en el instituto, tanto que creo que marcó un antes y un después para los alumnos de tercero y también para mí. Creo que, a partir de ahora, su visión del mundo cambiará y recibirán mis clases con otra energía y tal vez con algo más de interés. Ayer fue un día de ésos en los que de repente explotas sin poder evitarlo y expulsas todo lo que piensas casi sin valorar las palabras que componen tus frases. Estaba dando clase y, como suele ocurrir habitualmente, muchos estaban hablando, sin prestarme el menor ápice de atención, incluso dibujaban en las agendas y se pasaban notas los unos a los otros. Algunos de ellos sí me escuchaban, los más inteligentes, pero la mayoría andaba distraída, introducida en otro mundo muy distante al mío.

Faltaba media hora para que la clase terminase y sentía que no había transmitido ni la mitad de lo que ansiaba explicarles, así que me detuve enfrente de la pizarra y me quedé en silencio durante unos largos minutos. Tenía la intención de que ese silencio los avisase de que algo estaba ocurriendo y, poco a poco, se percataron de que yo había dejado de hablar. Sorprendentemente todos se callaron y me miraron intrigados, sin comprender lo que estaba pasando. Entonces fue cuando yo empecé a hablar sin dominarme, con educación, pero también con mucho sentimiento. Mis palabras salían de mis labios teñidas de una gran impotencia. Empecé a decirles lo siguiente:

«Yo comprendo que estáis en una edad malísima. Yo también fui adolescente, yo también me perdía en mí misma. Yo tampoco me comprendía, yo tampoco sabía quién era y el mundo me parecía insulso. Mi mundo interior era mucho mejor. Era mucho mejor permanecer ajena a todo, encerrada en mí misma, pero también entendía que el mundo es nuestro hogar, que la vida se basa en lo que somos, pero también en lo que nos rodea, que debemos crecer apreciando lo que tenemos y lo que somos.»

Ninguno de ellos hablaba, así que, alentada por una fuerza extraña, proseguí:

«Entiendo que prefiráis pasar el tiempo jugando con vuestros móviles, saliendo, corriendo por la calle, jugando a lo que sea, divirtiéndoos. Comprendo que para vosotros sea un inmenso rollo tener que estar cien horas en el instituto, vale, lo entiendo; pero también os pido que me entendáis a mí. Yo he estudiado para enseñar, para transmitir conocimientos preciosos a los alumnos, no para hablarles a las paredes, y lo que yo deseo es transmitiros mi amor a la naturaleza, a los animales, a cualquier tipo de vida. Quiero que aprendáis a respetar cualquier manifestación de vida. Los árboles, los animales, da igual cómo sean, todo tipo de animales, todos tienen su vida, todos, las plantas también están vivas, están vivas las hojas, están vivas las flores, la hierba, todo lo que forma la naturaleza está vivo, todo, como vosotros, como yo. Y lo que más deseo es que vosotros entendáis que este mundo se merece ser respetado, que todo lo que forma este mundo es digno de ser amado y cuidado. Lo que yo quiero es que de mis clases salgan personas que sepan amar los bosques, los ríos, los mares, las montañas, todo, todo lo que es nuestro mundo.»

En aquel momento, muchos me miraban sin comprenderme menos que nunca, pero sus miradas no me acobardaban. Seguí, cada vez más emocionada:

«Lo que yo quiero es que crezcáis sabiendo cuánto vale toda la vida que forma nuestro planeta. Yo lo que no quiero es que os convirtáis en personas que queman bosques, que destruyen el hogar de los animales, que matan animales porque sí, porque simplemente parece algo divertido, que en absoluto lo es. Yo no quiero que penséis que un árbol es un ser inerte que no siente, que no sirve para nada.»

Y en ese momento me dirigí hacia el ordenador que tengo en la mesa, abrí el navegador de internet y busqué imágenes de la reserva de la biosfera de los Ancares, de Galicia, antes de que se quemase prácticamente toda. Cuando encontré una imagen preciosa que mostraba la belleza de ese maravilloso rincón del mundo, entonces les dije:

«¿Sabéis lo que es esto? Sí, sé que podéis leer el nombre de este lugar, pero ¿alguna vez habíais oído hablar de este sitio? Era uno de los pulmones de Galicia e incluso de gran parte de España. Y digo era porque ya no existe. Lo quemaron.»

Entonces busqué imágenes de los incendios de octubre y les mostré una en la que se veía cómo había quedado aquella reserva tan mágica. Entonces proseguí:

«Mirad lo que ha quedado, mirad lo que hicieron con este lugar tan bonito. Lo destruyeron. Yo no quiero que vosotros seáis así. Sé que ni siquiera os plantearíais la posibilidad de destruir un bosque porque sé que sois buenas personas, pero lo que ansío es que jamás olvidéis que un bosque es un lugar cargado de muchísima vida, de tanta que sería imposible contar cuántos corazones laten, cuánta vida discurre por la tierra, bajo el cielo. Lo que yo quiero es que aprendáis a entender nuestro bonito mundo, nada más. Y, sí, para eso, es necesario que hagáis exámenes, que me entreguéis trabajos, pero no porque yo los necesite, sino porque es la forma de demostrarme que estáis aprendiendo, que estas horas que compartimos vosotros y yo no son en balde.»

Entonces, se hizo la hora de irnos. El timbre sonó, pero ninguno de ellos se movía. Me fijé más minuciosamente en todos y me di cuenta de que muchos de ellos tenían los ojos húmedos; lo cual me emocionó muchísimo más. Entonces, les pedí:

«Quiero que, durante este fin de semana, reflexionéis sobre esto. No os pido gran cosa, simplemente os solicito que, si sentís la necesidad de hacerlo, escribáis, escribáis sobre lo que pensáis. Será un escrito para vosotros, pero, si alguien lo desea, puede entregármelo. No contará para la nota, pero será una forma de reflexionar sobre la biología, ¿de acuerdo? Ahora os deseo que tengáis un buen fin de semana y que a partir de ahora me prestéis un poco más de atención. Mi intención no es torturaros, es sólo enseñaros.»

Se fueron en silencio, sin decir nada, y, cuando la clase se quedó vacía, me puse a llorar como una tonta. En esos momentos me preguntaba por qué había necesitado poner como ejemplo lo que había ocurrido en Galicia para reforzar mis palabras, pero no me hizo falta pensar mucho. Supe enseguida que todo lo que había dicho y la forma como había pronunciado todas esas palabras había sido una protesta por todo lo que está ocurriéndole a nuestro planeta.

Ayer Agnes y yo fuimos a Barcelona para quedar con unas amigas que tenemos. En el tren, en el viaje de ida, le expliqué todo esto, todo lo que les había dicho a mis alumnos y, cuando le conté que había puesto como ejemplo la reserva de los Ancares, se le llenaron los ojos de lágrimas. Yo ayer también estaba muy sensible, pero también me sentía orgullosa de haberles removido los sentimientos. Sabía que no se habían marchado sintiéndose indiferentes. Sabía que les había llegado al corazón con mis palabras.

Incluso Agnes me agradeció que les hubiese hablado así. Me dijo que hacía muchísima falta que alguien intentase concienciar a los demás de cuánto vale nuestro mundo y de que hay que cuidarlo mucho más de lo que lo cuidamos. También me dijo que la base de ese respeto se conseguía en esos años, cuando la mente crece y se desarrolla. Entonces me dijo que nosotras teníamos mucha suerte por haber nacido y crecido en un lugar tan lleno de naturaleza y también por haber vivido siempre en contacto con los árboles, con los animales. Me dijo que por eso éramos así, por eso sabíamos respetar tanto cualquier forma de vida, porque en nuestra vida habíamos interactuado con todo tipo de plantas, de animales, con cualquier manifestación de vida, y aquello nos hacía diferentes y especiales.

A veces me pregunto cómo es posible que alguien tan valioso y especial como Agnes se haya enamorado así de mí, pero entonces entiendo que las dos nos hallamos en la misma sintonía, en la misma realidad, aunque ella tenga otros sentimientos en el alma, aunque ella sea distinta a mí, pero las dos nos encontramos en una misma dimensión y percibimos la vida de la misma manera, entendemos el mundo de forma muy similar, por no decir idéntica, y eso es esencial para que dos personas se comprendan y se quieran.

Y sobre todo creemos las dos en la misma diosa, tenemos las mismas creencias, y eso también nos une muchísimo. Ayer tuve que reprimirme mis ganas de decirles que todo lo que existe tiene madre, pero jamás, jamás puedo hablarle a nadie sobre mis creencias, a menos que sepa que se halla en mi misma dimensión o que puede entenderme. Yo sí siento que la Diosa está continuamente con nosotras, allí, dondequiera que vayamos, dondequiera que estemos, está conmigo siempre. Ayer la sentía conmigo, en mí, hablando a través de mí, cuando les hablé tan entregadamente de la naturaleza. Yo sentía que ella había detenido el tiempo, aunque, lamentablemente, la media hora que quedaba para que se terminase la clase pasó muy rápido; pero yo sentía que ella se expresaba a través de mi voz, que en mi alma yo tenía su gran impotencia. Y sobre todo sé que está con nosotras porque nos oye, porque incluso nos ayuda. Cuando Galicia ardía, Agnes y yo rogamos por la lluvia tanto, tanto y tanto que de repente empezó a llover sin que estuviese pronosticado. Esa lluvia no estaba prevista, no lo estaba. Sé que fuimos todos los que nos volcamos en celebrar rituales para invocar la lluvia los que conseguimos que lloviese allí y se apagasen todos los incendios. Si no hubiese llovido en Galicia, posiblemente se habrían quemado muchos más bosques, posiblemente habría sido todo muchísimo más horrible; pero esa lluvia nos enseñó a todos que no hay que rendirse nunca, que siempre, siempre hay alguien allí, detrás de esta materialidad, que nos escucha, que siempre queda algo intangible que intercede, que de repente se manifiesta con una fuerza interminable.

Y por eso nunca hay que perder la fe porque, si no tuviésemos fe, posiblemente no conseguiríamos ni la mitad de cosas que nos proponemos y deseamos. La fe nos ayudó a conseguir que lloviese, la fe sobre todo ayudó a Agnes a no perderse definitivamente, a no decaer de forma irrecuperable. Y fue esa fe la que nos convenció de que merecía la pena hacer algo, intentar invocar la lluvia a través de rituales y meditaciones. Si no hubiese fe en nuestra alma, habríamos permitido que Galicia siguiese ardiendo sin hacer nada, sin plantearnos la posibilidad de que nosotras podíamos hacer algo para luchar contra esa injusticia tan horrible. La fe no lo soluciona todo, es cierto, pero lo que sí es cierto es que, sin fe, no se sueña de la misma forma, no se cree en la magia de la vida y nos resignamos, aceptando que no se puede hacer nada, que las injusticias tienen mucha más fuerza que cualquier deseo o pensamiento, y eso no es cierto y jamás lo será, jamás.

miércoles, 10 de enero de 2018

DIARIO DE AGNES: MIÉRCOLES, 22 DE NOVIEMBRE DE 2017

Miércoles, 22 de noviembre de 2017:

Me pides sonriente que te escriba algo, que te hable a través de la escritura. Podría decirte muchas cosas, pero creo que lo sabes todo de mí ya y que mi alma no guarda para ti ningún secreto, porque me desnudé ya muchas veces delante de ti, supiste entenderme en los momentos que más incomprensible parecía todo lo que yo era, me descubriste en los instantes más horribles de mi vida y me tomaste de la mano cuando yo ni siquiera sabía hacia dónde debía mirar... pero entonces hay momentos en los que tengo la sensación de que no sabes encontrar en mis ojos la voz de mi alma, ésa que siempre te habla, aunque estemos lejos, aunque no nos dirijamos ninguna palabra que rompa el silencio y sea más fuerte que cualquier mirada. Hay veces en las que pienso que perderás el rastro de lo que yo soy porque la tristeza que a veces siento te separa de mí, como si de veras ésta tuviese materia y pudiese erigir un muro entre las dos; pero entonces te acercas a mí y, tan sólo con acariciarme los cabellos, alentándome a que me rompa en llanto ante ti, me haces saber que siempre estás en mi alma, siempre oyes mi voz, oyes mis pensamientos y puedes tocar mis sentimientos. Y en esos momentos en los que me demuestras con tanta sencillez que no puedo ocultarte nada es cuando siento que más me quieres, cuando siento que más te quiero, porque no puedo ser más de ti, más tuya. No puedo ser más transparente ante ti, ante todo lo que eres y me entregas.

Hay una sensación muy fuerte que a veces ni siquiera se deja explicar con palabras. Es una sensación que más bien es una situación de vida, de vivir, algo que está vigente y a lo que muchas veces no le damos la importancia suficiente, y es la sensación que nace de saber que alguien te conoce plenamente, conoce tanto tus sombras como tus destellos, sabe describir todo lo que eres, como si nuestra alma fuese un paisaje con sus tonalidades, sus rincones... y ese alguien pudiese describirlo minuciosamente, sin dejarse ni un solo detalle. Así siento que me conoces, aunque yo muchas veces lo olvido, y es eso lo que en realidad une a dos personas, esa forma de conocerse tan íntimamente... pero en nuestro caso esa forma de conocernos no es de esta vida. Es mucho más fuerte que la que puede unir a dos seres que se encontraron en esta existencia y empezaron a conocerse lenta, pero intensamente. A nosotras nos une otro tipo de lazo, mucho más potente que cualquier otro, creo yo, porque me conoces desde hace mucho más tiempo de lo que nadie sabe, y, aunque no podamos recordar las vidas que vivimos antes, sé que en cada persona, y en nosotras con mucha más intensidad, quedan los rescoldos de lo que fuimos y vivimos en las otras existencias que componen nuestro destino, la línea de nuestro hado, incansable... y allí, tan lejos en el tiempo, tú y yo nos conocimos mucho más íntimamente de lo que nadie pudo conocernos y eso tiene un valor incalculable... Saber que estuvimos unidas en otra vida nos da fuerza, pero también mistifica este lazo que nos une con tanto ímpetu.

Yo sé que te amé siempre, y, para saberlo, no es necesario que haga miles de regresiones. Sí las hice y allí estabas, pero yo lo sabía antes de descubrir cómo fue mi pasado. No sé cuántas vidas compartimos, pero estoy segura de que fueron muchas más de lo que yo pude descubrir.

Y lo sé porque cuando te miro a los ojos hay algo que grita en ti y en mí a la vez, como una antigua conexión que todavía nos habla. Yo no sé si tú lo sientes, pero, cuando yo siento que me deshago y tú me abrazas, en mí se recompone algo, no sé si esos pedacitos de mi alma que están para siempre quebrados, pero algo se une en mí y entiendo muchas cosas en un solo instante. Entiendo por qué sufrí tanto, por qué tuve que llorar tantas lágrimas, por qué tuve que volverme loca por ti, porque tú eres un tesoro que nadie se merece recibir ni tener, porque eres lo más valioso que hay en este mundo y en cualquier otro lugar, lo más valioso que pudo existir en cualquier tiempo, algo que no se puede tener sin esfuerzo ni sin merecerlo, sin haber luchado. Para tenerte, la vida te pone pruebas, te hace tropezar, te tira, te hunde, te destruye, te aniquila... pero después llegas tú... Tú eres la recompensa a todo. Tú me tomaste de la mano y me ayudaste a levantarme y me animaste a andar como si nunca me hubiese caído, y lo hiciste haciéndome entender con una sonrisa que la vida no se acababa porque me hubiese caído, al contrario, seguía, hacia adelante, contigo, tomada de tu mano. Si no me hubieses tomado de la mano, yo no me habría atrevido a caminar de nuevo. Me habría encerrado entonces, sin salir de mí prácticamente nunca, y habría dejado pasar el tiempo, lenta, pero absorbentemente, sin que nada me importase, como si todas las estrellas del cielo se hubiesen apagado para siempre, y para mí así sería sin ti todo, un cielo que nunca tuvo estrellas, una luna sin luz ceniza, sin que un sol la iluminase desde el otro lado de la Tierra. Así sería mi vida, como una tierra yerma que nunca recibió la lluvia.

Y me pides que te diga algo, pero ¿cómo reducir a unas simples líneas lo que yo quisiera que supieses? Sé que soñamos juntas con una vida mejor, lo sé, y de ti nace también ese sueño, pero sé también que dondequiera que estemos tú y yo podemos construir un refugio donde escondernos y protegernos de todo lo que puede deshacer nuestras sonrisas; pero tú nunca perderás tu luz, aunque estés triste, aunque yo, sin querer ni poder evitarlo, te contagie a veces ese desaliento que nace de mis ojos. Yo te juro que, si yo pudiese controlarlo, destrozaría toda esta oscuridad y la convertiría en luz para que a ti nunca te faltase la vida, para que para ti nunca hubiese sombras. Yo te juro que quisiera trocar en alegría y luz todo esto que nos impide avanzar y que nos detiene en esta época; pero también sé que eres consciente de que la vida se arrastra por el destino de cada ser llevando consigo emociones y sentimientos contra los que no siempre podemos luchar.

Yo convertiría en piedra estas lágrimas que me nacen sin motivo para apartarlas, arrinconarlas y sólo usarlas cuando de veras fuese necesario, para construir de nuevo ese refugio que sería sólo nuestro.

A veces pienso que tú eres luz, mucha luz, y que yo solamente me dedico a apagarte, como si yo fuese sombras toda, como si mi ser fuesen nubes que ocultan el brillo de la mañana, y ya sabes que yo adoro las nubes, la niebla, cualquier cosa que impida la fluidez de los hechos, el paso de la luz intensa del sol... pero yo no quiero deshacer tu resplandor, y no quiero porque tú te necesitas tanto... Necesitas brillar para iluminarte a ti misma. Olvida que yo también preciso de tu luz para encontrar el camino de mi vida... y de todos mis instantes. Olvida que yo necesito tu luz porque yo sería solamente sombra sin ti. Piensa en lo que tú necesitas, porque de ti solamente depende tu bienestar y tu felicidad. Y te digo todo esto porque no quiero que te ocultes lo que piensas o sientes, nunca. Si alguna vez sientes que sin mí brillarías más... no dudes de que, así como el viento aparta las nubes que no dejan brillar el sol, tú podrías decirme: déjame brillar, no me ocultes mi propia luz, y yo me apartaría de ti porque ante todo quiero que seas feliz siempre, aunque también sé que ya no podemos estar en este mundo sin tenernos, sin ser parte de una sola alma, porque así me siento yo cuando estoy contigo, cuando pienso en ti, cuando te amo y te oigo hablar, que somos una sola alma que mora en este pedacito de mundo que es nuestro mundo.

Tal vez estas palabras te parecen muy confusas y lo son, lo son porque es imposible describir unos sentimientos tan profundos y potentes mediante el lenguaje, que es tan limitado.

Me dejaste sola un momento para ir a preparar la cena... pero dejas tu energía siempre, dondequiera que estés, y eso me impide sentirme sola; porque te llevo siempre conmigo.

Y, en estos momentos, escucho una canción que bien sabes que me llega demasiado al alma, que, como te dije ya muchas veces, es la canción más triste que escuché en mi vida... la canción que se llama La magnificencia de la noche. Es una canción que me hace pensar en demasiadas cosas, que me evoca recuerdos que en nada se relacionan con esta melodía, pero resurgen tan nítidos, tanto como si perteneciesen a momentos que acabase de vivir... y en esos momentos tú no estás a mi lado. Yo sabía que existías, pero jamás se me ocurrió, hasta que mi corazón me lo desveló, que pudieses aparecer. En esos recuerdos tan cargados de soledad, tú únicamente eras la mujer que estuvo conmigo en tantas vidas, con la que yo soñaba casi todas las noches, en la que yo pensaba tanto y tanto... Eras un recuerdo intangible que no se había corporeizado en mi presente, pero tenías tanta fuerza...

Y en esos recuerdos sobre todo me percibo sola, tan sola como la misma noche, que debe sentirse tan sola con su propia oscuridad, su silencio, su quietud... Y en esos recuerdos la noche mora en ese bosque que era parte de mi hogar. Ahora me cuesta tanto aceptar que viviese durante años en medio de la naturaleza, lejos de cualquier ruido que pudiese ahogarme y agobiarme... Cómo cambió todo, todo por dentro de mí, Artemisa. Cuán distinta soy ahora... Quizá ya no sería capaz de vivir así, tal como lo hice durante al menos cuatro años, si es que no me falla la memoria... Cuatro años morando en esa soledad, sin ti, solamente teniéndote como un recuerdo hermoso al que me aferraba y en el que sin embargo no me atrevía a pensar. Y no sé por qué en esos recuerdos que esta canción me hace evocar me veo caminando entre los árboles, sola como nunca, teniendo la imperiosa sensación de que era el único ser que respiraba en el mundo. ¿Alguna vez sentiste tanta soledad, Artemisa? Me gustaría que me hablases de algún momento en el que de veras te sintieses irrevocablemente sola, en el que tuvieses la sensación de que nadie más pensaba ni respiraba en el mundo. Yo recuerdo que adoraba el silencio profundísimo de la noche, pero a la misma vez me sobrecogía tanto que casi no podía soportarlo. Ni siquiera Némesis era capaz de salir de la cabaña para acompañarme en esos momentos en los que no me daba nada de miedo la oscuridad y me pasaba horas caminando entre los árboles, lenta, pero atentamente, atenta a cualquier sonido o palabra que la naturaleza pudiese lanzar. Yo sentía que la naturaleza se comunicaba conmigo, pero, aún así, me sentía tan inmensamente sola... Esa soledad no siempre me rasgaba el alma, pero sí había noches en las que notaba que, como si fuesen unas uñas afiladas, me arañaba el corazón y me provocaba heridas sangrantes cuya sangre eran las lágrimas que de repente me inundaban los ojos. Sí era una soledad palpable, parecía que pudiese cogerla con las manos y estrujarla... Qué silencio, qué nada, Artemisa... pero al menos en esos momentos me acompañaban los árboles, el cielo, las estrellas, la luna cuando brillaba... cuando había luar...

Mas hay otra soledad mucho más agresiva, más profunda y definitiva que la que pude sentir en esas noches tan hermosas sin embargo... y esta canción también me hace evocar esos momentos en los que sí de veras creía, sin regreso, sin que nadie pudiese convencerme de lo contrario, que estaba completa e irrevocablemente sola en el mundo, y ya no porque no hubiese nadie a mi alrededor que pudiese quebrar esa soledad en la que vivía, sino porque me habían abandonado allí, en ese lugar en el que ni siquiera el aire me acogía. Y esa soledad... esa soledad sí destruye. Puede que no te esperes que te hablase precisamente de esos momentos, pero me pediste que te contase cualquier cosa y ahora necesito hablarte de esto... Tengo pensamientos que me gustaría compartir contigo y que no soy capaz de convertir en palabras porque me ahogan, me quitan el aliento y el aire y no puedo, se me quedan en la garganta y no puedo soltarlos, no puedo confesarte lo que pienso ni tampoco soy capaz de avisarte de que quiero hablarte de esos momentos, porque parece como si, al evocarlos, la mente se me convirtiese en piedra y todo mi ser se paralizase, pero ahora quiero intentarlo... y es que el otro día te pedí que, pasase lo que pasase, aunque de nuevo cayese enferma, nunca me llevases allí de nuevo, por favor. Si crees que debes llevarme allí, entonces quítame tú misma la vida y entiérrame en Galicia, pero nunca me encierres en ese lugar que solamente sirve para destrozarnos, para arrebatarnos todo lo que somos, para deshacer cualquier ilusión o esperanza que pueda morar en nuestro ser. Perdóname, Artemisa, si alguna vez te hago pensar que llevarme allí es lo mejor que puedes hacer, porque, si lo piensas, quiere decir que me convertí en lo que nunca debo ser para ti. Intenta que nunca tengas que pensar algo así de mí... No me lleves allí nunca más, Artemisa. Prefiero perderme para siempre en la nada antes que sentir otra vez esa soledad que no tiene comparación con nada, con absolutamente nada, Artemisa.

Yo quise hablar de esa soledad en la novela que escribí, pero creo que ni siquiera pude describir la mitad de todo lo que sentí porque es algo que no tiene fin, un sentimiento que no cabe en un corazón ni en ninguna parte, ni tan sólo en el mundo entero, porque es algo que deshace, que te oprime el pecho y que sabes que no puedes calmar de ninguna forma, ya que es un sentimiento que es intrínseco a una situación interminable, que nadie se dignará destruir ni cambiar, y es eso precisamente lo que lo convierte en el sentimiento más horrible del mundo y de la Historia; el saber que durará para siempre tal como durará eternamente esa soledad, ese abandono tan grande, Artemisa.

No sé cuál vez me dolió más de las tres, si la primera (en la que aún era una niña que se dignaba seguir soñando que volvería pronto a su tierra), o la segunda, en la que sentí que perdía irrevocablemente lo poquito que me quedaba, en la que sentía que me traicionaba la misma vida, en la que de vez en cuando todavía me atrevía a confiar... y saber que estaba allí de nuevo y que esta vez nadie se preocuparía por mí me quitó la vida, me arrancó el aliento y me paralizó. Durante unos largos momentos no sabía qué pensar. Lo único que tenía ante mí era oscuridad, solamente oscuridad, y esa sensación de soledad que ya estaba devorándome el alma. Y la impotencia, sobre todo la impotencia, y la rabia por no haber sabido apreciar lo que había tenido, la rabia hacia mí misma por haber sido tan débil y estúpida... y saber que el mundo seguiría su curso allí afuera, que la vida no se detenía, solamente la mía se paralizaba para morir... y que esas personas en las que yo había confiado seguirían sonriendo, viviendo, mientras yo me moría en vida, allí, porque yo sentía que me moriría para siempre, que, si no era yo la que acababa con mi vida (algo que me aterraba a la vez que deseaba), sería la pena, la inmensa tristeza y la devastadora soledad que inundarían mi vida las que me arrancarían el respirar, el seguir existiendo. O si, por el contrario, fue la tercera vez que de nuevo me descubrí encerrada allí, sin libertad, sin nada, porque allí siempre me arrastraron sin que pudiese tener casi nada mío y, si lo tenía, debía esconderlo en algún lugar donde nadie pudiese descubrirlo. No obstante, debo reconocer que la tercera vez se diferencia mucho de las anteriores porque, esa vez, yo sentí que en mi alma crecía un alivio incipiente que se fortalecería con el paso de los días. Ese alivio nacía de saber que ya no tenía que esforzarme por vivir cada día, que me hallaba lejos de ese mundo que tanto me había herido y que en aquel lugar podría protegerme de todos esos estímulos y de esas obligaciones cotidianas, que cada persona debe afrontar, que tanto me habían enfermado (porque ésa fue la primera vez que reconocí con toda mi consciencia que estaba muy enferma, que sí tenía motivos para vivir allí); aunque también me aterraba la idea de no poder ahorrar para volver a Galicia y de que tú regresases y ya no me encontrases. Yo no quería que tú supieses que nuevamente me hallaba encerrada allí. Me daba vergüenza que descubrieses que no había sabido vivir sin ti. Sin embargo, aquella vez también notaba la presencia de esa soledad que siempre moró en aquel lugar, pero esta vez me lancé a sus brazos y acepté que fuese lo único que compondría mi vida.

Yo puedo estar muy triste, es cierto, hoy estoy profundamente triste, Artemisa, pero, por favor, nunca pienses que no te quiero, que no aprecio la vida que tengo... si ésta es un inmenso tesoro, el más bonito tesoro que la vida pudo regalarme, y lo sé porque contrasta tanto con esos años malditos... Nunca pienses que no valoro lo que tenemos ni lo que me das todos los días, porque no es verdad, Artemisa, y nunca lo será, cariño, te lo prometo. Lo único que anhelo es que seamos plenamente felices en un lugar en el que nada nos haga daño. Sé que es imposible aspirar a vivir en un mundo en el que no haya nada que pueda herirnos, lo sé... Lo único que quiero es que podamos regresar juntas a mi tierra y vivir allí, ya no porque sea un lugar hermoso, que lo es, el más bonito para mí, ya lo sabes, sino porque estando allí recuperaré mucho de lo que soy... Ya lo descubriste, descubriste lo que soy cuando estoy allí. Soy yo misma, sin que nada me preocupe, porque, así como te necesito para sentirme bien, necesito estar en Galicia para sentirme completa, porque ambas sois lo más preciado y amado para mí... y sobre todo quiero estar allí para siempre contigo porque así podré entregarte sólo luz, todo lo bueno que soy te lo daré todos los días, a cada hora... Artemisa, llevo muchos años lejos de mi tierra... y la herida que me hicieron al arrancarme de allí nunca se me cerró, nunca. Lo único que anhelo es estar contigo allí porque te mereces que sea lo mejor para ti y aquí no puedo, no puedo más, Artemisa, no puedo... Y yo no sé si es esto lo que me tiene tan triste, pero es que te aseguro que lucho todos los días para seguir adelante, apreciando todo lo bueno que tenemos, te lo juro, en cada momento, todos los días cuando abro los ojos, pero hay algo en mí que no deja de sangrar, que me duele, me duele mucho, muchísimo... y me mortifica, me tortura mucho pensar que crees que no soy feliz contigo, porque contigo lo soy, sí, me completas, me das todo lo que me falta, y contigo siempre me siento bien... porque lo que siento es algo que no depende de mí ya y te aseguro que me lo arrancaría o lo convertiría en aliento para seguir viviendo con paciencia, sabiendo que llegará ese momento... No sé cómo hacerlo, Artemisa... Te aseguro que lo intento, te lo prometo que seguiré intentándolo... pero me cuesta mucho, cariño, mucho... Y también me cuesta mucho soportar esta tristeza.

Lo único que quiero que tengas presente siempre es que eres lo que más quiero en el mundo y que sin ti nada brillaría, nada, ni siquiera la noche, la que también es tan hermosa cuando la comparto contigo. Contigo todo es bello, simplemente.

DIARIO DE ARTEMISA: MIÉRCOLES, 29 DE NOVIEMBRE DE 2017

Miércoles, 29 de noviembre de 2017

Nunca olvidaré aquella primera noche que Agnes y yo compartimos después de más de cuatro años sin vernos. Cenamos con Gilbert intentando que la tristeza que a ambos nos llenaba el alma no se reflejase continuamente en nuestra voz, luchando contra ese denso silencio que se había apoderado de todas las conversaciones que nos esforzábamos por mantener. Yo les hablé a Agnes y a Gilbert, durante bastante rato, de lo que había vivido en aquella lejana isla. Les conté cómo era la vida que había llevado allí, les referí los momentos más bonitos que recordaba, les describí a las personas con las que mejor me avenía, les expliqué cómo celebrábamos los rituales, cómo cosechábamos nuestra comida, cómo después la vendíamos en mercados y en otros lugares... Ellos me escuchaban con una atención y un interés indestructibles. Después, cuando terminamos de cenar y hubimos limpiado los platos y los cubiertos que utilizamos en la cena, Gilbert se marchó a dormir y Agnes y yo nos quedamos solas en el comedor, sentadas las dos en el sofá intentando encontrar la forma de romper aquel suave silencio que nos impedía pensar con claridad. Las dos teníamos demasiadas cosas que decirnos, pero ninguna de las dos sabía cómo iniciar aquella conversación tan importante. No obstante, yo podía oír perfectamente la voz del alma de Agnes, pues ésta se expresaba a través de sus preciosos ojos negros; los que en esos momentos aparecían llenos de timidez, de nervios, incluso de unas incipientes lágrimas que Agnes se esforzaba por retener en su mirada. Fue entonces cuando me percaté de que Agnes no me guardaba ni el menor ápice de rencor. Yo había creído que ella no sería capaz de perdonarme que me hubiese ido y la hubiese abandonado de ese modo, pero Agnes ni tan sólo necesitaba que yo le pidiese perdón. Aún así, intentando que mi voz sonase nítida y dulce, le supliqué, rompiendo al fin ese silencio que había devorado nuestra voz, que me perdonase, le rogué que no me guardase rencor y le aseguré, poniendo mi alma en cada palabra, que me arrepentía profundamente de haberla dejado tan sola. Exactamente no me acuerdo de todas las palabras que le dirigí, pero sé que le repetí varias veces que me arrepentía muchísimo de haberme ido, aunque hubiese vivido momentos maravillosos en aquella preciosa isla y aunque aquel tiempo me hubiese enseñado muchísimo. Le confesé que la había echado de menos siempre, que continuamente la extrañaba y soñaba con ella todas las noches. Sabía que aquellas confesiones estaban abriendo el cofre donde yo había intentado esconder el amor que sentía por Agnes. Sabía que, ya pronunciadas esas palabras, no había vuelta atrás. Éstas iniciaban ese camino que yo ansiaba recorrer junto a Agnes y cerraban para siempre esa etapa en la que tanto me había asustado el intenso modo como la había amado siempre. En aquellos momentos, todavía la amaba, la amaba más que nunca, y ansiaba que ella lo supiese. Tenía miedo a que Agnes dudase de que yo la quería con toda mi alma.

Mientras le hablaba, intentaba mirarla a los ojos, pero tan sólo notar la dulce atención que ella me prestaba me emocionaba tanto que no podía soportarlo. Y su imagen hermosísima, su profunda mirada nocturna y sus gestos suaves, tranquilos, aparecían tras mis lágrimas convertidos en tenues esplendores. En aquellos momentos necesitaba llorar entre sus brazos, llorar mientras la apretaba contra mí para que sintiese en aquel inmenso abrazo todo lo que la había añorado, pero ni siquiera me atrevía a tomarla de las manos. No sé cuánto tiempo duró mi confesión, pero, por mucho que le pidiese perdón y le asegurase que nunca más volvería a abandonarla, yo no sentía que el alma se me vaciase de toda la desesperación que había experimentado desde que me había ido dejándola tan sola. Al fin, Agnes se acercó a mí y me abrazó tan dulcemente que no pude evitar que ese llanto que trataba de reprimirme se derramase por todo mi ser, deshaciéndome al fin, por primera vez desde que había vuelto. Lloré cada vez más desconsolada junto a ella, mientras me asía con fuerza a su cuerpo, a ella, a mi Agnes, mientras le pedía que me perdonase, mientras le prometía una y otra vez que nunca más volvería a dejarla tan sola, mientras, por fin, entre suspiros de dolor, le declaraba el intenso e indestructible amor que sentía por ella. Sabía que Agnes todavía me amaba, pues sus ojos me lo habían revelado a gritos, por eso no sentí vergüenza ni miedo cuando le confesé que la amaba, que la amaba con todas mis fuerzas. Nunca olvidaré la forma desesperada como le aseguré: “te amo, Agnes, te amo con todo mi corazón, te amo como jamás creí que amaría y nunca más me separaré de ti, vida mía; te lo prometo”.

Al oírme hablarle así, con tanto sentimiento, Agnes también comenzó a llorar silenciosamente, intentando que yo no advirtiese que los ojos se le habían llenado de lágrimas; pero su llanto me consoló, me hizo sentir acogida y, extrañamente, feliz, feliz de poder llorar junto a ella, deshaciendo ese dolor que me había impedido respirar con serenidad desde que me marché.

Entonces, cuando al fin me quedé en silencio, todavía suspirando de pena, de desesperación y de alivio también, Agnes me miró fijamente y entonces, con una voz llena de amor, como jamás nadie me había hablado antes, me pidió que nunca más creyese que ella me guardaba rencor, me dijo que no debía pedirle perdón por nada porque lo único que había hecho había sido construir mi vida, vivir, simplemente, y que ella nunca, nunca había dejado de quererme. Me lo dijo así: “jamás dejé de amarte, Artemisa, y te esperé siempre, porque yo sabía que algún día volverías”. Entonces, las dos supimos que ya no era necesario decirnos nada más.

Sin embargo, aunque ambas sintiésemos que se había cerrado al fin esa época tan dolorosa en la que apenas habíamos sabido cómo respirar, aún nos quedaba mucha tristeza en el alma. Gaya estaba yéndose y las dos sabíamos que al día siguiente la veríamos irse para siempre. No era necesario que nadie nos dijese que la vida de Gaya estaba apagándose. Al día siguiente, iríamos a verla, a despedirnos de ella, y después nunca más, nunca más, podríamos volver a mirarla a los ojos. Aquella certeza era demasiado horrible. Yo no la soportaba. Esa certeza fortalecía la culpa que yo ya llevaba en mi alma; esa culpa que aún grita en mí de repente, sin esperarlo, sin que pueda evitarlo.

Mas aquella noche tan extraña, tan llena de emociones intensas, fue una de las más bonitas que vivía en mi vida. Agnes y yo nos fuimos hacia la habitación que me había asignado Gilbert y allí nos protegimos, sabiendo que aquélla sería la primera de un sinfín de noches que compartiríamos. Fue la primera vez que estuvimos tan unidas... pero creo que de eso hablaré en otra ocasión, pues son momentos tan hermosos e íntimos que me costará mucho explicarlos con palabras.

sábado, 6 de enero de 2018

DIARIO DE AGNES: MARTES, 7 DE NOVIEMBRE DE 2017

Martes, 7 de noviembre de 2017

Hoy se cumple un mes de nuestro mágico viaje a Galicia. No dejo de recordar que, hace justo un mes, ahora estábamos en Ourense, paseando por sus antiguas calles en busca de algún lugar para cenar. Llevo todo el día rememorando los instantes que viví hace un mes: el viaje de ida, la llegada, la ilusión que me latía en el alma, las ganas de vivir, la felicidad que compartía con Artemisa, la curiosidad que sentía ante todo lo que nos quedaba por vivir. Fue un día maravilloso, desde que empezó a las cuatro de la madrugada hasta que acabó más tarde de las doce de la noche. Fue un día maravilloso que iniciaba una serie de días preciosos e inolvidables que jamás pensé que podrían existir. Compartir con Artemisa esos momentos, estar con ella allí, en mi tierra, y también vivir con Casandra esos días tan especiales fue más que un sueño para mí.

Hoy, en cambio, fue un día totalmente simple, en el que continuamente me evadía pensando en lo que vivimos hace un mes. Incluso puedo decir que fue un día carente de momentos especiales. Me levanté a las cinco y veinte de la mañana, me fui al trabajo como todos los días, llegué, trabajé mis 7 horas, aguanté como pude a todas esas personas que llamaban enfadadas y comí sola, como siempre, en esa mesa pequeña en la que prefiero refugiarme. Podría compartir la comida con algunos compañeros de trabajo, pero no me apetece en absoluto hablar con nadie. Con nadie establecí ninguna conversación interesante y dudo mucho de que lleguemos a conocernos bien; al contrario, tengo la sensación de que les caigo mal a todos y de que ni siquiera comprenden el significado de mis miradas. Alguna vez intercambiamos algún comentario, les pregunté alguna duda que tenía o los ayudé a resolver alguna suya, pero ya está, nada fue más allá. Lo único que saben de mí es que soy gallega y que vivo a más de dos horas del trabajo, nada más. Ninguno de ellos se molestó en conocerme más, pero yo tampoco le di pie a nadie a que se interesase por mí. Siempre supe que la primera impresión que la gente tiene de mí no es muy buena. Parezco alguien inaccesible. Parezco demasiado tímida e incluso sé que desconfían de mi mirada. Hay quien ni siquiera se esfuerza por comprobar si sus percepciones se corresponden con la realidad, pero otras personas sí se molestaron en conocerme mejor, haciéndome preguntas que yo sí me sentía capaz de responder, agrietando con paciencia y cariño la vergüenza que siempre envuelve mi voz cuando me hallo ante alguien que no conozco. Así lo hicieron en el templo, cuando los conocimos a todos, hace un año, así lo hizo Casandra cuando acabamos viviendo juntas. Yo sé que soy difícil de conocer, que soy inaccesible y que no desprendo mucha confianza, pero eso me ocurre porque no me motiva nada conocer a nadie, porque me cuesta mucho abrirme a los demás y porque aún pienso que no merece la pena que la gente me conozca, ya no porque mi forma de ser carezca de sentido o sea absurda, sino porque sé que es muy difícil comprenderme plenamente. Siempre me sentí muy distinta al resto de las personas, aunque pueda compartir con alguien algunos gustos o preferencias. Y, sinceramente, muchas veces me pregunto cómo es posible que sea tan sencillo compartir mi vida con Artemisa, cómo es posible que ella me soporte y me ame tanto, cómo es posible que aún estemos juntas después de los momentos difíciles que vivimos. Yo la amo con toda mi alma, la amo con una fuerza que no cabe en mí, siempre lo hice; pero también pensaba que este amor moriría conmigo sin que hubiese podido entregárselo o desahogarlo, sin que hubiese sido libre. A mí no me cuesta nada querer a las personas que forman mi vida. Enseguida empiezo a quererlas sin que yo pueda evitarlo. Me ocurrió con Gilbert y con Gaya cuando los conocí. Empecé a quererlos al instante porque enseguida me di cuenta de cómo eran, enseguida detecté lo buenas personas que eran. Los quise siempre de la misma forma, aunque no me atreviese a demostrárselo por sentirlos lejos, aunque prefiriese permanecer lejos de ellos para no contaminar su vida con mi tristeza. Yo creía que ellos siempre estarían conmigo, que siempre estaríamos juntos y que, incluso, llegaría un momento en el que acabaríamos viviendo juntos; pero el transcurso del tiempo me demostró que los quería en balde, que todo lo que yo soñaba no era más que una utopía, como siempre, como todo lo que soñé a lo largo de mi vida.

¿Y por qué ha de ser todo así, por qué? ¿Quién decide que tengamos que vivir la decepción y la desilusión? ¿Y por qué ciertas personas somos más propensas a recibir estos golpes?

Hay algo de lo que nunca le hablé a nadie porque realmente me duele mucho reconocerlo. Artemisa me preguntó por ello alguna vez y yo sólo pude darle leves nociones sobre ese tema; las justas para que no siguiese indagando más, pues nunca me apeteció hablar de ese asunto. La segunda vez que me encerraron en el hospital, Gilbert renunció a mi tutela. Yo no sé cómo lo hizo, pero un día el doctor Martín me anunció con su fría forma de hablar que Gilbert ya no era mi tutor legal, que iban a hacerme estudios para comprobar si yo podía depender de mí misma. Yo le dije (ya me atrevía a hablarle) que estaba totalmente capacitada para gestionar todos mis bienes y para decidir lo que quería para mí, para decidir por mí, y que no necesitaba a nadie que respondiese por mí ante nadie. Le expliqué que lo único que me ocurría era que estaba profundamente triste, pero nada más. No estaba separada del mundo que me rodeaba, era plenamente consciente de todo lo que vivía y que sería así siempre, a pesar de que desease con tanta fuerza irme de este mundo. El doctor Martín gestionó todo lo necesario para que yo declarase estas mismas palabras ante un juez y, al final, después de un largo procedimiento que viví sola, sin contar con nadie, el juez declaró a mi favor, aunque también me reconocieron una discapacidad de la cual no podré desprenderme nunca; algo que, por un lado, me otorga algunos beneficios, pero, por el otro, me hace sentir de nuevo diferente y especial.

A veces me pregunto qué me habría ocurrido si Gilbert no hubiese renunciado a mi tutela. Posiblemente ahora ni siquiera tendría trabajo, no podría vivir con Artemisa o no sé a cuántas cosas tendría que renunciar ahora; pero me dolió mucho que él me abandonase de ese modo y, a partir de entonces, ya no volvió a ser para mí la misma persona. No obstante, siempre entendí que él se hubiese alejado así de mí. Comprendía perfectamente que él ya estaba demasiado mayor para cuidar de alguien que estaba tan enfermo. Entendía que él quisiese dejarme atrás, lo entendía perfectamente, pero una cosa es lo que pensemos y otra muy distinta es lo que sintamos. Los sentimientos no entienden, no atienden a razones y a los sentimientos no les importa si hay motivos que justifiquen una acción que nos duele profundamente en el alma. Nunca le pregunté por qué lo hizo y sé también que él siempre supo que jamás lo haría. Muchas veces, me di cuenta de que evitaba mi mirada, de que no se atrevía a mirarme directamente a los ojos cuando me hablaba. Otras veces, noté que se reprimía las ganas de decirme o preguntarme algo. A mí nunca me costó advertir esos detalles. Adivino muy fácilmente cuándo alguien se reprime las ganas de hablar, sé cuándo alguien miente, sé cuándo alguien se guarda para sí algún comentario o alguna palabra; pero jamás se me ocurrió preguntar nada y tampoco forzar a nadie a liberar lo que piensa y siente. Yo sentía que Gilbert y yo nos hablábamos a través de esos silencios que ocultaban lo que él deseaba decirme en realidad. No me hizo falta preguntarle nada. Yo sabía que él me pedía perdón con su esquiva mirada y que ansiaba preguntarme cómo me encontraba de veras.

Hace más de un año que no vemos a Gilbert. Él se fue a vivir con un hermano suyo a un pueblo de Huesca, muy lejos, allí donde transcurrió la mayor parte de su infancia. De vez en cuando nos llamamos, pero jamás volvimos a estar tan unidos como cuando nos conocimos. Nos contamos, brevemente, cómo nos van las cosas, pero en realidad es Artemisa quien más habla con él.

Hoy, sin embargo, también pensé mucho en él. Por la tarde, cuando llegué de trabajar, estuve hablando con Artemisa, mientras merendábamos, de cómo podían cambiar las cosas de un año para otro. Artemisa me contó que hace tiempo que pensaba en ir a visitar a Gilbert, pues lo echa de menos, pero a mí no me apetece mucho hacer ese viaje, básicamente porque siento que ya apenas nos une nada. Cuando vivíamos con él, Gilbert era para nosotras como un padre, pero también estaba ya muy triste, muy cansado de luchar por la vida. Y realmente yo sentía que estaba deseando que nos fuésemos para poder irse él también. Nos habló muchas veces de ese hermano que vivía allí, en la casa en la que nació, y que ansiaba regresar a sus orígenes. Tal vez por eso también nos esforzamos tanto por encontrar un lugar en el que vivir.

Lo que me sobrecoge es que noto que Artemisa extraña a Gilbert y a Gaya mucho más que yo. Y entiendo por qué los añora tanto. Ellos fueron como unos padres para ella, siempre, desde el momento en el que la conocieron hasta que se separaron de ella, Gaya porque partió hacia otra tierra de la que puede que no haya regreso, y Gilbert porque se mudó a un lugar algo lejano; pero siempre estuvieron con ella, siempre la adoraron, siempre la quisieron con plena sinceridad, aunque de vez en cuando también se equivocasen con ella; pero nunca la abandonaron como a mí, nunca la traicionaron. Yo tampoco puedo decir que me traicionasen a conciencia, pero yo sí me sentí muy traicionada por ellos, y lamentablemente por todas las personas que me conocían. Salvo Artemisa, nadie se molestó en intentar evitar que me encerrasen allí de nuevo. Artemisa fue la única que trató de convencerlos de que no me llevasen allí, pero ni siquiera a ella la escucharon. Y yo, si hubiese sido consciente en ese momento de lo que ocurría, habría convencido a Artemisa de que no merecía la pena que luchase contra mi destino. Lo único que yo me merecía era vivir allí, lejos del respeto y del amor que tanto ansiaba que me entregasen, lejos de la vida, de las bendiciones de la vida.

Por suerte, ahora todo eso queda muy atrás. Queda atrás también el pequeño ápice de rencor que pude sentir alguna vez por ellos. En mi alma ya no hay nada de resentimiento, nada, ni siquiera siento rabia cuando recuerdo esos instantes. Lo único que queda en mí es respeto y mucho cariño hacia todo lo que vivimos, porque es único, porque realmente fueron ellos los primeros en demostrarme que lejos de mi tierra también podía encontrar amor.

Y ahora es Artemisa todo mi mundo, es Artemisa la que día tras día, en cada momento que compartimos, me da todo el amor que no tuve a lo largo de esos años tan solitarios. Es Artemisa la luz que me despierta todos los días, el calor de mi ser, es la razón que me hace sonreír y confiar en que la vida es hermosa. Realmente Artemisa es la que me dio la vida de nuevo y quien me dio la oportunidad de existir con plenitud. Y lo hace siempre, sin darse cuenta, quizás sin ni siquiera intuir que es tan sencillo hacerme sentir viva. Sólo necesito verla sonreír, sólo necesito oír su risa o su voz y hundirme en sus ojos castaños para notar en todo mi ser el sentido de la vida.

Artemisa me propuso que nos dedicásemos algunos párrafos de nuestro diario y de veras me parece una idea muy bonita, pero no sé cómo empezar a escribirle, no sé cómo dirigirme a ella. Siento una especie de vergüenza al saber que ella leerá algo tan íntimo, tan mío, pero al mismo tiempo sé que no puede haber nada de mí que ella no pueda tener, pues la mayor parte de lo que soy se lo debo a ella. Me apetece mucho narrarle experiencias de mi pasado de las que no le hablé nunca y también confesarle lo que siento y pienso, aunque lo sabe siempre. Si no se lo confieso con palabras, son mis ojos los que le desvelan las emociones que me llenan el alma. Con Artemisa yo no tengo secretos.

Pero creo que será la próxima vez cuando me atreva a empezar a escribirle directamente a ella, sólo a ella.

martes, 2 de enero de 2018

DIARIO DE ARTEMISA: SÁBADO, 11 DE NOVIEMBRE DE 2017

Sábado, 11 de noviembre de 2017:

Quisiera hablarte de muchas cosas. Quisiera compartir contigo muchos recuerdos que siguen en mi alma en forma de sensaciones. Quisiera poder abrirte mi corazón de par en par. Quisiera que te asomases a mi alma y descubrieses qué matices la tiñen y qué emociones la invaden, pero sólo me queda el lenguaje, sólo me quedan las palabras y la voz de mis gestos y de mis miradas. Una pequeña parte de mí puede escaparse a través de mis ojos y volar hasta tu alma para posarse allí para ayudarte a imaginar breve y levemente lo que yo siento y pienso y a convertir en imágenes esos recuerdos de los que te hablo. Mas, muchas veces, el lenguaje no puede expresar ni la mitad de lo que llevamos por dentro porque lo que sentimos no se forma solamente de hechos que pueden expresarse con palabras, hechos que están enlazados a la parte terrenal de la vida, sino también de sensaciones y emociones que no tienen nada equivalente en esta realidad, que, más bien, están unidas a esa fracción de la vida que no tiene explicación ni tampoco ninguna palabra que la defina con claridad. Sé que, si me cuesta hablarte de mi infancia y de esos años que preceden al momento de reencontrarnos en esta vida, no es porque me resulte difícil hallar las palabras que puedan narrar esos recuerdos, sino porque a mí me parece casi imposible poder exteriorizar esa parte de mi existencia de la que nunca le hablé a nadie. Esos recuerdos están vigentes en mi alma sin que nunca hayan volado libres, sin que nunca hayan conocido el mundo exterior en el que vivimos. Son recuerdos que siempre moraron en mi alma sin que nadie más los conociese. Además, cuesta mucho hablar de una vida yendo de minuto en minuto, de año en año. Lo único que puedo hacer es evocar momentos concretos y hablarte de algunas experiencias que nunca podré olvidar.

Yo puedo asegurarte que recuerdo mi infancia como una serie muy larga de días que apenas se distinguen los unos de los otros. El recuerdo de mi infancia no se compone por distintos momentos separados muy claramente por el paso del tiempo, sino de una continua experiencia que se divide en horas y en pensamientos que me marcaron y que me ayudaron a crecer. MI infancia es una época de color dorado y de olor a lumbre. Es una época de unos años inconcretos que nunca he sabido contar realmente. Puede que el recuerdo más antiguo que conservo en mi memoria pertenezca a un momento en el que yo tenía solamente tres años. Recuerdo que estaba sentada en la hierba de un parque en el que siempre jugaba, en el que me pasaba las horas leyendo o mirando cómo jugaban los demás niños. Estaba ojeando un libro muy bonito de hojas muy gruesas en las que había dibujos preciosos de mariposas, de pajaritos, de árboles, de flores... Era mi libro preferido. Me gustaba mucho sumergirme en los limpios y brillantes colores de los dibujos y me fijaba mucho en los trazos que los componían para aprender a dibujar yo también así.

Era una tarde primaveral en la que el sol brillaba con cuidado. Soplaba, de vez en cuando, una brisa muy tibia que me hacía sentir protegida. Cuando soplaba esa brisa, cerraba los ojos y aspiraba las fragancias que traía. Olía a flores. De hecho, me rodeaba una ingente cantidad de margaritas y de otras flores cuyo nombre todavía no me conocía. Yo sí conocía muy bien las margaritas porque la margarita era y siempre fue mi flor preferida, porque la margarita era la flor que me avisaba de que la primavera ya había llegado. Me encantaba agacharme y oler profundamente su aroma a vida, a renacimiento.

Esa tarde estaba mirando distraída ese libro, concretamente una hoja en la que se veía dibujada una preciosa mariposa posada en una flor amarilla, cuando de repente noté que algo se movía a mi alrededor, muy sutilmente. Entonces alcé los ojos y vi que una pequeña mariposa de alas vaporosas y de color verdoso se había posado en una flor que yo tenía enfrente. Me quedé mirándola hipnotizada, como si los colores de sus alas me hubiesen robado la noción del tiempo. Me fijé en que su cuerpecito frágil brillaba sutilmente bajo la luz de la tarde.

Entonces me pregunté qué sentiría la mariposa en esos momentos. Fue la primera vez en mi vida que me pregunté si los animales sentían como nosotros o si se movían solamente por instinto, solamente guiados por su función en el mundo y en la vida. Me pregunté si la mariposa había acudido a esa flor porque le había gustado de entre todas las que había o porque realmente había una fuerza que la dominaba y le ordenaba lo que tenía que hacer, como me pasaba a mí con mis padres y con la profesora de la escuela. Yo también tenía que hacer siempre lo que me ordenaban. Pocas veces podía hacer lo que quería, salvo cuando me dejaban sola en mi habitación o en el parque. Entonces sí tenía libertad para leer, para dibujar o para jugar sin que nadie cortase las alas de mi imaginación y sin que tuviese que estar pendiente de si hacía algo que no estaba bien. Yo no entendía que, dentro de un juego, hubiese cosas que no estaban bien. Yo pensaba que, por ser niña, podía hacer cualquier cosa, pero mi madre siempre estaba muy pendiente de mis juegos, cuando jugaba delante de ella mientras ella tejía o limpiaba la casa. Me pedía que no dijese ciertas frases o que no pensase en hadas ni en cualquier otro ser mágico por el que yo sentía tanta curiosidad y admiración. A mí me encantaban las hadas. Me gustaban tanto que creía firmemente que existían. Por eso me gustaban también tanto las mariposas, porque para mí eran lo más parecido a un hada que existía en el mundo.

Vi cómo la mariposa sacaba su lengua espiral y absorbía el néctar de la flor en la que se había posado. Creí que la mariposa, en esos momentos, era el ser más feliz del mundo. Yo todavía no sabía por qué las mariposas acudían a las flores para absorberles el néctar. Sólo sabía que era algo que hacían porque así estaba mandado por la naturaleza, pero en esos momentos me imaginé que el sabor del néctar era el más delicioso que existía y que no había nada que se pareciese al sabor dulce de ese líquido que la mariposa absorbía con tanta calma.

Al cabo de unos pequeños instantes, la mariposa se separó de la flor y voló, voló lejos de mí, no sin antes detenerse un instante en ese preciso lugar en el que empezaba la luz de la tarde, que en esa tarde llovía con calma y pausa del cielo, como si no quisiese intimidar a las flores con su presencia. Lo que más me conmovió fue saber que yo no había inspirado miedo a la mariposa. La mariposa se había acercado a esa flor sin sentir miedo al verme sentada junto a ella. Y después había reemprendido el vuelo sin demostrarme que me temía; al contrario, me miró durante unos efímeros instantes y después se fue. Me pregunté si se había dado cuenta de que la observaba con tanto interés y fascinación.

Nunca podré olvidar ese momento. Fue para mí uno de los momentos más bonitos que vivía en mi vida, hasta entonces, y creo que es el primer momento realmente hermoso de mi infancia.

Después, sin que me lo esperase, mi padre vino a buscarme y tuve que regresar a casa todavía pensando en la mariposa y en lo bonito que era que existiesen flores y mariposas. Yo pensaba que el mundo era bonito porque existían flores y mariposas, porque había colores, porque el día podía hacerse tarde y porque, cuando refrescaba, podía entrar en casa y cobijarme junto a la lumbre mientras todavía sostenía en mis manos ese libro que tanto me hechizaba.

Le conté a mi padre, con mi lengua torpe (a mí me costó mucho aprender a pronunciar bien las erres), que había visto una mariposa y que me había parecido muy bonita. Le dije que quería dibujarla y mi padre me pidió que lo hiciese al llegar a casa. Cuando llegamos, cogí mis lápices de madera y una libretita que tenía, en la que había comenzado a hacer mis primeros dibujos, y, sentada junto a la lumbre, empecé a dibujar con tranquilidad y a la vez precisión la mariposa que había visto posarse en esa flor tan bonita.

MI madre cocinaba una sopa de hortalizas en la cocina y el olor me llegaba como una manta cálida que me arropaba. Yo apenas me daba cuenta de que el tiempo pasaba y de que ya habían muerto esos rayos de sol tan bonitos que a mí tanto me habían amparado. La noche ya dominaba los campos y el pueblo y para mí solamente existía el calor del fuego y los colores que brotaban de los movimientos de mi mano al dibujar.

Y así fui creciendo, poco a poco, protegida en esa burbuja de terciopelo y lumbre que tanto me arropaba. Los meses de verano eran lo más apasionante del año para mí, ya que no tenía que ir a la escuela. Podía pasarme las horas en el parque sin sentir que tenía que volver para hacer deberes. Yo era de las que terminaba de hacer los cuadernos de vacaciones en cuanto éstas empezaban. Era de las que se desocupaba cuando ni siquiera hacía un mes que habíamos terminado la escuela. Y por eso podía vivir esos tres meses sin sentir ninguna obligación.

Cuando mi padre llegaba de trabajar, siempre me buscaba en el parque y entonces íbamos a pasear juntos por el bosque, donde apenas se acumulaba el calor. Las sombras que hacían las copas de los árboles estaban hechas de humedad y fresquito. Y en esos momentos de la tarde el calor parecía una ilusión. En mi pueblo hacía mucho calor. Mi padre me decía que era habitual que hiciese tanto calor, pero solamente sufríamos esas altas temperaturas en agosto. El resto de los meses las noches eran muy frescas, aunque estuviésemos en verano.

Puedo hablarte de muchos momentos de mi infancia. Incluso puedo hablarte de mi hermana, de esa niña con la que de vez en cuando jugaba en el parque y con la que mi madre me prohibía estar, pero creo que esos momentos no tienen tanto peso como los que viví al principio de mi adolescencia, cuando me di cuenta de que crecía siendo diferente.

Y quiero contártelo a ti porque creo que ambas vivimos momentos parecidos y sentimos emociones semejantes cuando nuestra infancia ya comenzó a devenir en adolescencia. Yo había sido una niña muy feliz. Creo que la infancia que viví estuvo llena de amor, de calidez, de dibujos y de lecturas junto a la lumbre, de comprensión y de aprendizaje... a pesar de que para mi madre yo era una niña muy distraída que apenas respondía a lo que ella deseaba encontrar en mí; pero mi madre me demostraba que me quería cuando por la mañana me despertaba con un beso, cuando me preparaba el desayuno y cuando me despedía con otro beso y me deseaba que me fuese bien en la escuela. MI madre solamente me demostró que la había decepcionado cuando crecí, cuando pude desarrollar mi personalidad y cuando se dio cuenta de que yo era mucho más distinta de lo que jamás pudo haberse imaginado. Incluso creo que mi madre podía ver en mí la persona en la que acabaría convirtiéndome. Yo creo que detectaba en mis ojos mis creencias paganas. Yo creo que ella siempre supo que yo era pagana y eso la asustaba a la vez que la decepcionaba.

Muchas veces, me pregunto cómo habría sido nuestra vida si tú y yo nos hubiésemos conocido mucho antes, cuando ni siquiera la vida nos hubiese golpeado tanto el alma. Me he imaginado cómo habría sido nuestra vida si nos hubiésemos conocido siendo niñas y sé que, aunque tú hubieses sido siempre mayor que yo, habríamos podido entendernos muy bien. Incluso pienso que tú me habrías protegido y yo te habría entregado un cariño muy inocente que nadie más habría sabido darte; pero de lo que no dudo es que, si te hubiese conocido teniendo yo quince años y tú veinte, me habría enamorado profundamente de ti, habría encontrado en ti el motivo por el cual tiene sentido creer en nuestra Diosa. Ya sabes que yo creía en la Diosa sin saber que se llamaba así y, al enterarme de que tú también creías en Ella, yo la habría encontrado en ti. Te imagino tan hermosa siempre, tan altamente poderosa, tan imponente y a la vez dulce, tierna y cariñosa, como lo es la gente de tu tierra.

No te rías de mí, Agnes, cuando leas esto. Muchas veces me he imaginado que yo, teniendo siete u ocho años, veraneaba con mis padres precisamente en tu aldea. Me imagino que tu madre y la mía son primas, por inventarme algún vínculo, y que todos los veranos íbamos a Ourense, a tu aldea, a pasar esos meses tan asfixiantes de calor. Entonces yo me reencontraba contigo año tras año e intentaba seguirte y pasarme las horas contigo, pero tú siempre te escondías de mí, hasta que por fin, cuando te dabas cuenta de que podía entenderte, me tomabas de la mano y me llevabas a tu bosque querido y me enseñabas a amar tus árboles, me mostrabas los rincones que más te gustaban y más te acogían... Y que vivíamos el resto del año deseando que llegase por fin el verano. Me imagino que nos escribíamos cartas en las que nos contábamos cosas banales sobre la escuela, sobre los libros que nos gustaba leer... Y no te enfades conmigo, pero en esas ensoñaciones tú te expresas siempre en un castellano muy torpe lleno de galleguismos porque, claro, no tienes práctica hablando castellano, ya que en la escuela no te hablan mi lengua y tampoco tienes interés en aprenderla, pero por mí te esfuerzas e intentas hablarme en castellano, sin conseguirlo realmente, lo cual a mí me hace siempre mucha gracia. No puedo evitar corregirte y, siempre que lo hago, te quedas mirándome interesada y a la vez demostrándome con tus ojos negros y grandes que te preguntas para qué quieres saber cómo se dice en mi lengua si nunca vas a tener que usarla, o eso es lo que tú quieres creer.

Y me imagino también que, cuando va faltando poco para que llegue el verano, no dejo de preguntarles a mis padres cuándo vamos a ir a Galicia, y para mí Galicia eres tú, tú eres Galicia, porque yo no sé imaginármela sin ti, es decir, no puedo pensar en Galicia sin vincularla contigo. Lo que ahora me ocurre, me habría ocurrido en esa imaginada infancia.

Me imagino también la primera vez que llegase a tu aldea; cuánto me habrían fascinado los bosques que la rodean, cuánto me habría extrañado y conmovido que existiese gente que hablaba otro idioma que, aunque se pareciese un poco al mío, era muy distinto y melódico, y también cuánta curiosidad habría sentido al saber que en ese lugar en el que yo pasaba solamente un mes vivían personas todo el año, soportando los crudos y blancos inviernos, viviendo siempre allí, los trescientos sesenta y cinco días del año, hiciese frío, calor, lloviese... Yo vivía en un pueblo muy pequeño, es cierto, pero tu aldea me habría impresionado mucho porque sería mucho más pequeña que mi pueblo, en el que vivíamos al menos doscientas personas, cuando en tu aldea solamente viviríais cincuenta como mucho... Y a mí todo eso me habría despertado una fascinación y una curiosidad insoportables.

Me imagino bajando del coche y siguiendo a mis padres a través de las calles arenosas e inclinadas de tu aldea hasta llegar a la casa que le perteneciese a mi madre, que sería muy pequeñita, con una planta sólo, con una gran y antigua cocina, con un pozo cerca... y yo habría observado con mucho interés cada rincón de ese hogar, pero sobre todo me habría fijado en el entorno, en los cercanos árboles, en el misterioso bosque que protegía aquel pequeño lugar del mundo. Les habría pedido permiso a mis padres para recorrer la aldea y para acercarme al bosque y me imagino que me lo habrían concedido con la condición de que no me alejase mucho y de que estuviese allí cuando las campanadas de la iglesia tocasen las siete de la tarde.

Sería verano, por lo que al sol le quedaría todavía mucho brillo por lanzar a la tierra, y yo me imagino que las hojas de los árboles resplandecerían bajo la intensa luz de la tarde. Habría caminado con curiosidad e interés por las calles de la aldea hasta acabar en la linde del bosque. Me habría introducido en esa naturaleza sintiendo que el alma se me encogía y me habría fijado en los altos y poderosos árboles que la poblaban. Me habría detenido miles de veces para escuchar el rumor del agua del río y para detectar qué animales podía oír.

Y entonces te veía por primera vez, caminando decidida entre los árboles, resplandeciendo tu piel bajo la luz intensa de la tarde, pero también uniéndose el color negro de tus largos cabellos a los oscuros troncos de los árboles. Te habría seguido sin dudarlo. TE imagino llevando un vestido de verano de color azul oscuro y unos zuecos de madera con tiras de cuero, atadas a los tobillos. Te imagino caminando sin saber que alguien te observa. Yo solamente tenía siete años y tú... tú ya estabas en la adolescencia, creciendo con tu singular carácter, con ese amor a la soledad y a la naturaleza.

Te sigo sin dudarlo rogando que no te des cuenta de que alguien va tras de ti. Te observo pidiendo que no sientas mi mirada, que no te apercibas de que tienes tan cerca a alguien a quien has fascinado sin saberlo; pero de repente, cuando estás a punto de llegar a la orilla del río, te detienes y te volteas intuyendo que alguien te mira. Y me descubres entre los árboles, observándote como si tú fueses una de esas hadas en las que yo tan cariñosamente creí siempre.

Me imagino que te preguntas quién soy yo y por qué nunca me has visto. Te imagino pensando que no soy de la aldea y preguntándote qué hago ahí, pero no me dices nada. Solamente me miras, interesada y desconfiada, de arriba abajo, fijándote en mi forma de vestir, en mi vestido azul y rosa, en mis sandalias blancas, en mi pelo rizado y largo, en mis ojos marrones... Aunque ambas seamos de aldea, sientes que entre tú y yo hay mucha distancia, como si yo fuese una niña de la ciudad. Piensas que parezco de ciudad, que no soy de allí y que no quieres que nadie vague por tus tierras porque tienes miedo a que alguien pueda apartarte de esos bosques que quieres tanto; pero enseguida te das cuenta de que te miro con cariño y de que en mis ojos no hay ni la menor sombra de amenaza ni peligro; pero te quedas con la idea de que soy de ciudad porque mi forma de vestir no es la propia de alguien de aldea y contrasta mucho con la tuya, que es tosca y elegante, pero demuestra mucho que es de alguien de aldea. En cambio, te fijas en que yo llevo unas sandalias muy bonitas como para que las lleve alguien que esté acostumbrado a caminar por la naturaleza.

Eres alta y muy delgada, lo cual a mí me fascina, porque yo siempre creí que las hadas del bosque eran tan altas y delgadas como tú. Además, me intranquilizan un poco tus ojos grandes y tan negros, que me miran como si quisiesen oír la voz de mi alma; pero al mismo tiempo tu mirada me protege. Sé que a tu lado no va a ocurrirme nada malo.

Entonces me atrevo a hablarte. Me acerco a ti y te digo hola y te pregunto si puedo estar contigo. Te aseguro que no te molestaré, que solamente quiero estar en el bosque sin estar sola. Y entonces te sobresaltas porque lo último que te esperabas era que no hablase tu lengua y que ni siquiera tuviese el acento de tu tierra. No sabes qué decirme. Nunca has tenido que hablar en castellano porque toda la gente que te rodea habla tu lengua y, aunque en la escuela te han dado algunas nociones de esa lengua, sabes que no puedes utilizarla con fluidez y te da vergüenza que yo no te entienda. Al mismo tiempo piensas que hay palabras que son iguales en ambas lenguas, pero no tienes muy claro cuáles son. Yo vuelvo a pedirte si puedo estar contigo y entonces solamente afirmas con la cabeza y sigues andando, sin decirme nada. Yo pienso que eres muy tímida, que eres en exceso tímida, y no entiendo por qué no sabes hablar mi lengua. Es cierto que yo sabía que no hablaban allí la misma lengua que yo, pero también pensaba que todas las personas del mundo sabían hablar cualquier lengua. Ése es uno de los pensamientos más potentes de mi infancia y es lo que más me decepcionó descubrir en el mundo cuando apenas tenía siete años. Tú me demostraste que lo que yo pensaba era imposible.

Entonces sigues andando preguntándote qué puedes decirme, cómo podemos entendernos, porque, aunque no me conozcas, tampoco quieres hacerme el vacío porque sientes que soy muy educada y no quieres que piense que las chicas de aldea son unas brutas. Sí, sé que piensas todo eso mientras andas con decisión entre los árboles sabiendo que te sigo, que te seguiría al fin del mundo.

El río sigue cantando a nuestro lado, casi quedo. De repente a mí se me ocurre preguntarte por qué el río no suena casi, por qué el agua apenas hace ruido al pasar entre las piedras. Te detienes y vuelves a mirarme con curiosidad y con inquietud. Te inquieta no saber contestarme en mi lengua. Lo único que dices es: “O Miño é así, silencioso”, y sigues andando. Yo me quedo pensando en lo del Miño, que es silencioso. Y de repente te giras otra vez y me dices: “hai unha cantiga que di: río Miño, río Miño, pasa caladiño, non espertes ao meu meniño”, y me preguntas: o entendes? Yo te digo que sí, que ma´s o menos, y me explicas en tu lengua que esa cantiga es de una historia que cuenta que la virgen María paseaba por estas tierras con su niño en brazos y que el ruido del agua al pasar lo despertaba y entonces ella le pidió al río que pasase calladiño para que el niño no se despertase.

Entonces me sonríes y dices: “ista terra está chea de lendas”, y seguidamente me preguntas: de onde es ti? Yo me hago un lío en ese momento con el verbo es y creo que estás preguntándome por alguien distinto a mí. Tú te das cuenta y me preguntas: de onde vés? Entonces sí te entiendo y te digo que soy de un pueblo de León y que he venido a veranear aquí con mis padres, que tu madre y la mía son primas lejanas. Noto que te esfuerzas mucho por entenderme. Abres los ojos y te quedas pensativa. Yo estoy convencida de que me preguntarías por cualquier palabra que no entendieses, pero no me dices nada. Agachas los ojos y sigues andando, aunque enseguida me preguntas si vendré todos los veranos y yo te digo que sí, que a mí me encantaría porque este lugar es muy bonito, te digo, y me gusta mucho más que mi casa. Y entonces me sonríes.

Y entonces me dices que vas a llevarme a un sitio que me gustará mucho, pero me pides que no se lo diga a nadie, que a nadie le hable de ese rincón del bosque porque no quieres que nadie sepa que existe. Y yo te prometo que no se lo diré a nadie. Mágicamente, cada vez nos entendemos mejor, aunque tú hables tu lengua y yo la mía, pero nos entendemos porque ambas nos hemos dado cuenta de que formamos parte del mismo mundo; ambas adoramos la naturaleza y preferimos pasarnos las horas vagando por el bosque antes que estar con otra persona que no pueda entendernos. Y eso para ti pesa mucho más que ser de distintos lugares y que hablemos diferentes idiomas.

Me llevas a ese valle tan bonito en el que las hojas caídas, las raíces salidas y los troncos de los árboles crean una muralla que nos protege de cualquier mirada, incluso de la del aire, y te sientas allí, en la hierba adornada con cachitos de troncos y de hojas, y me pides que lo haga a tu lado y entonces me hablas de que tú eres muy feliz allí y que no necesitas nada más para serlo. Yo te escucho con muchísima atención y placer. Me hablas de que dentro de poco serán las fiestas de agosto y entonces vendrá un “gaiteiro” a tocar canciones preciosas y que resonarán los tambores, la zanfoña y la gaita en una melodía muy poderosa que llega a todos los rincones del bosque, y me dices que podemos bailar y bailar sin que nadie nos detenga, que podemos reír y ser felices sin pensar en nada más, mientras los demás comen, beben y ríen también, celebrando la vida, celebrando que podemos ser libres en este mundo tan sólo por esas tardes brillantes que para ti son lo más bonito y vivo del año, y sonríes con tanta luz, te brillan tanto los ojos al decirme eso... y a mí se me contagia ese amor que tú sientes por las fiestas de tu tierra. me cuentas que la excusa de esa fiesta es una romería en la que casi nadie piensa y me revelas, bajando la voz, que hacen esa romería para que el cura os permita celebrar esa fiesta que, según me explicas, tiene orígenes muy lejanos y que proviene de cuando ni siquiera había curas en tu tierra. Me cuentas que esa fiesta celebra que se puede recoger la cosecha de maíz y la abundancia dorada que os da la siega. Me dices que tu pueblo aún conserva esas costumbres con las que la Iglesia ha intentado acabar sin éxito y te ríes de un modo muy gracioso porque te hace mucha gracia que se quiera acabar con costumbres tan antiguas. A mí me sorprende muchísimo que sepas tanto. Yo nunca había conocido a nadie que supiese tanto como tú. TE considero alguien muy sabio, posiblemente la persona más sabia que he conocido en mi vida, pero no me atrevo a decírtelo, aunque de repente sé que intuyes lo que pienso y te quedas mirándome fijamente. Enseguida me pides que no le diga a nadie que te he hablado de todo eso, que son cosas que no todo el mundo puede saber, y yo entonces sé con mucha certeza y me convenzo totalmente de que eres alguien muy especial que está muy vinculado a su tierra y que a la vez no forma parte de este mundo. Esos pensamientos me asustan un poco y me hacen sentir pequeña, pero tú apenas me demuestras que soy menos por no conocer tanto sobre tu tierra.

Y puedo hablarte de esa fiesta que a ti tanto te fascina, aunque me aseguras varias veces que todas las fiestas de tu tierra son así, tan alegres. Esa tarde en la que oigo por primera vez la gaita, los tambores y la zanfoña me parece que nunca había visto ni conocido algo tan bonito. Me gusta ver cómo tus ojos brillan y cómo sonríes al oír la gaita. Al empezar cada canción, me dices el título de la muiñeira que suena y te ríes mientras me tomas de las manos y me enseñas a bailarla. Yo soy torpe y no sigo tus movimientos ni tus pasos, me tropiezo de repente y me equivoco todo el tiempo, pero no dejamos de reírnos. Incluso mi torpeza nos hace reír más y más y más hasta que al final ambas acabamos cogiéndonos de las manos y empezamos a saltar y a bailar como nos sale del alma, sin seguir nada, aunque tú no dejas de bailar tal como lo haría alguien de tu tierra, con esa precisión y esa alegría que parece contenida y que en realidad solamente está dosificada para que no se termine tan pronto la energía que la impulsa. Me dices que hay una muiñeira que te gusta mucho y que es típica de un lugar de Lugo que se llama Chantada y de repente empiezan a sonar esas notas que desvelan su llegada y ríes eufóricamente mientras te brillan cada vez más los ojos. Los cierras porque de repente se te han llenado de lágrimas y me aprietas las manos con mucha fuerza y emoción. Me dices que esa muiñeira te recuerda mucho a tu avoíña y yo te pregunto qué es avoíña, pero no me contestas. Me dices que es avoa y yo deduzco que es abuela. Yo no tenía ya abuelita, pero te entendía perfectamente.

Y ese momento tan cargado de felicidad y a la vez emoción nos arrastra, nos llena el alma, la música nos guía, nos hace felices, nos separa del resto de instantes de nuestra vida, y solamente bailamos mientras la luz de la tarde nos envuelve y llegan a nosotras los olores del bosque.

Yo habría comenzado a quererte sin esfuerzo porque enseguida me habría dado cuenta de que eras una persona única, de que valías mucho y de que eras muy especial. Te habría querido muchísimo enseguida porque habría descubierto sin esfuerzo todas las virtudes que tienes y que siempre has tenido, porque me habría costado muy poco entenderte. Enseguida me habría dado cuenta de que eras solitaria y muy inteligente y que no te gustaba relacionarte con los demás y que conmigo hacías una excepción porque nos parecíamos mucho. Te habría querido con toda sinceridad porque habría descubierto enseguida cuán grande era tu alma, cuánto amor tenías en tu corazón y cuán sola estabas, a pesar de que amases la soledad. Me habría percatado al instante de que no te gustaba estar con nadie porque nadie podía entenderte como necesitabas y por eso no me habría separado de ti, porque yo sí podría entenderte, porque yo no te juzgaría e incluso te habría ayudado a confesarme que eras distinta. Me habrías contado que tienes facultades especiales, que puedes presentir la muerte de tus seres queridos y que supiste que tu abuelo y tu abuela iban a morir mucho antes de que lo hiciesen y que nadie te había creído. Me habrías confesado que no te gusta ir a la iglesia y que tienes un alma muy poderosa que es capaz de detectar los sentimientos de los demás. Yo no me habría asustado al descubrir que eras una meiga, figura que tanto se temía en esos lugares y contra la que la gente deseaba protegerse tanto, al contrario, me habría fascinado que lo fueses.

Habrían sido los veranos más bonitos de mi vida si los hubiese vivido; pero, no, mis veranos eran largos, aunque llenos de mucha inspiración, hasta que me hice mujer, Agnes... de lo que te hablaré más adelante.