lunes, 12 de noviembre de 2018

DIARIO DE ARTEMISA: LUNES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2018


Lunes, 12 de noviembre de 2018

Qué fin de semana más bonito hemos vivido Agnes y yo en Oporto. Cuando lo recuerdo, me parece que estoy evocando momentos vividos en una realidad imaginada. Fue todo tan bonito que me cuesta creer que sea real todo eso que compartimos y vivimos. La vida es muy dura a veces y, cuando nos regala tantas bendiciones, nos cuesta aceptar que nos las dé a cambio de nada, porque sí, sólo porque quizás nos las merezcamos de vez en cuando. Muy pocas veces nos detenemos a observar a nuestro alrededor y dentro de nosotros para analizar el sinfín de cosas buenas que tenemos; pero, cuando lo hacemos apreciando cada detalle bonito que forma nuestra vida, sentimos que los peores momentos de nuestra existencia ya han quedado muy atrás e incluso podemos reconocer que, si éstos no hubiesen existido, tal vez no tendríamos la capacidad de valorar las cosas buenas que tenemos o, tal vez, no nos encontraríamos donde estamos ahora. La vida nos lleva y es un puzle cuyas piezas son todas necesarias para que las otras puedan estar en su lugar.

Tengo que reconocer que, antes de empezar a escribir, me he puesto a llorar de emoción al recordar todo lo que viví con Agnes en Oporto. Cada momento que recordaba me emocionaba más que el anterior. No me emocionaba sólo rememorar cada instante que hemos compartido, sino ser consciente de que he tenido en todo momento a una mujer maravillosa a mi lado; una mujer con un alma inmensa llena de luz, de amor, de paciencia, de comprensión, de energía mágica y positiva que me ha dado en unos breves días todo lo que nadie podría haberme dado en una vida. Nadie me ha dado tanto como ella en tan poco tiempo. Es cierto que Agnes siempre se ha entregado a mí con toda su alma desde que nos conocemos, incluso desde antes de empezar a estar juntas; pero lo que hemos vivido estos días ha fortalecido infinitamente nuestra relación e incluso puedo afirmar que ha acabado de asentar los pilares de nuestra vida para que nunca más sintamos que la tierra tiembla bajo nuestros pies. Qué unidas hemos estado, qué bonito ha sido cada momento, con cuántas miradas profundas nos hemos dicho que nos queremos, qué pequeñito se ha vuelto el mundo para nosotras, qué realidad más hermosa nos ha protegido, cuánto nos hemos amado, cuánto nos hemos comunicado sólo con una sonrisa, presionándonos las manos o con infinitos abrazos que parecían no poder desvanecerse nunca, que podríamos haber alargado hasta la eternidad. Qué bonito me ha parecido abrazarla y besarla bajo la lluvia de Portugal, protegerla entre mis brazos cuando el viento soplaba mientras las dos nos reíamos por nada, por no poder llevar bien el paraguas o por no poder estar decentemente peinadas ni un solo momento, por desorientarnos por las calles antiguas de Oporto, por nada, por cualquier cosa reíamos como niñas, cualquier cosa nos emocionaba, cualquier cosa nos llamaba la atención como si nunca hubiésemos viajado antes. Agnes me hacía notar detalles que yo pasaba por alto y yo le hacía descubrir otros en los que ella no se había fijado. Qué fácil ha sido estar de acuerdo con ella en todo lo que decía y, cuando había alguna opinión diferente, siempre escogíamos la que más objetiva y razonable era sin ningún tipo de pleito. Hemos vivido cosas que ocurren en las películas. Hemos vivido esas típicas escenas románticas que, al verlas en películas o series, tan nostálgicamente romántica te hacen sentir, que te hacen pensar: “yo nunca viviré algo así, esto sólo pasa en la ficción”. Recuerdo muchos momentos bonitos, pero sobre todo recuerdo ésos en los que íbamos en el autobús turístico que nos llevaba por la ribeira do Douro (la ribera del Duero), bajo la lluvia, al atardecer, bajo un cielo totalmente gris y nostálgico mientras sonaba un fado tras otro, cuál más romántico de todos... No hacía falta decir nada. Sólo con mirarnos y apoyarnos la una en la otra nos lo decíamos todo, pero Agnes me sorprendió musitándome algo en el oído que me dejó totalmente deshecha de emoción, tanto que no pude evitar que los ojos se me llenasen de lágrimas. Me dijo (y lo escribiré en gallego para darles más hermosura a sus palabras, para escribirlas tal como ella me las dijo): “gustaríame ter vinte anos menos para ter máis tempo para amarte. Non quero que o noso tempo marche nunca. Quero estar amándote sempre”. Y es cierto que a mí también me habría gustado poder conocer a Agnes mucho antes, hace muchos más años. Habría sido muy bonito conocerla justo cuando era adolescente, ya lo he dicho muchas veces. E incluso estoy segura de que nos habríamos amado desde el primer momento en el que nos hubiésemos mirado a los ojos.

Hemos visto cosas preciosas. Oporto es muy bonito y grande, tiene mucho estilo e incluso las casas que están en ruinas tienen un encanto especial. Es muy bonita la ribera del Duero, con esos puentes tan grandes. Son preciosos los parques que hay, tan frondosos. Incluso el clima era muy atlántico y apenas nos afectaba la humedad que había, aunque tanto Agnes como yo somos más de ambientes secos; pero esta humedad no nos afecta como nos afectaba la de Barcelona, que nos ponía de mal humor incluso. También hemos comido de maravilla, compartiendo platos exquisitos. Siempre había platos vegetarianos en cualquier restaurante en el que comíamos. Es cierto que este viaje ha sido precioso, pero lo ha sido sobre todo porque lo he hecho con Agnes, con la otra mitad de mi ser, con el alma que me completa enteramente, con quien quiero estar para siempre. Me he sentido tan amada y comprendida en todo momento que me parece imposible creer que alguna vez pudiese sentirme desprotegida o sola. Agnes ha llenado con su amor y su presencia toda mi alma.

Sin embargo, hay algo que me entristece un poco; pero es algo que está fuera de nuestra realidad. Se trata de mi hermana. El viernes por la noche, la llamé por teléfono para contarle todo emocionada lo que estábamos viviendo y, cuando cortamos la llamada, acabé con una sensación de tristeza que Agnes supo atenuar muy bien; pero no dejo de pensar en todas las cosas que mi hermana me dijo. Mi hermana no suele abrir así su corazón y no es muy dada a expresar sus sentimientos, pero, cuando lo hace, te deja con el alma trémula y llena de desasosiego. Me dijo que no podía imaginarme cuánto nos extrañaba, que se sentía sola, que sí tenía amigas, pero que yo era su más íntima amiga y que ahora se ha quedado muy sola, que yo he ganado mucho yéndome a vivir a Galicia, sobre todo porque tengo a la verdadera Agnes conmigo, pero que ella ha perdido muchísimo por culpa de Agnes (así me lo dijo), que ella quería lo mejor para nosotras, pero que no soportaba pensar que yo no volvería nunca más de Galicia, que para siempre me tendría lejos, que eso no podía ni pensarlo, que no se atrevía a pensarlo, pero, cuando lo hacía, sentía que se le desgarraba el corazón, que ella nunca va a venir a Galicia a vivir y que se pregunta si para siempre vamos a vivir tan lejos la una de la otra. Es cierto, yo también siento tristeza cuando pienso en eso; pero, tal como le dije, no me iría nunca de Galicia mientras la salud anímica de Agnes dependa de estar aquí y además es que también le dije que la Agnes que tengo ahora conmigo no tiene nada que ver con la Agnes que ella conocía y recuerda, que no la conoce de verdad, que es una mujer maravillosa que en nada se asemeja a la que ella siempre trató... pero mi hermana me dijo que todo eso le daba igual, que a ella lo que le importaba era que yo no iba a volver, que tendremos que vivir para siempre así, tan separadas. Me dijo que yo estaba cegada por el amor que me une a Agnes y, al tenerla conmigo, ya lo demás no tiene tanta importancia, y tal vez sea verdad que no le doy importancia a aquello que no tenga que ver con Agnes y nuestro mundo; pero no es verdad que no eche de menos a mi hermana. Por supuesto que la extraño, por supuesto que tengo unas ganas increíbles de verla y de estar con ella; pero puedo aguantarlo. Sé que nos veremos dentro de poco e incluso pienso que es bonito vivir con la ilusión de vernos, de organizar fines de semana en los que podamos quedar y reencontrarnos.

Hoy me levanté algo nostálgica, pero no porque extrañe nada, sino porque no puedo dejar de pensar en todo lo que he vivido este fin de semana. Además, el clima otoñal de Galicia intensifica esta nostalgia. Ha llovido muchísimo, tanto que ayer ni nos apeteció ir al Magosto, que hacían cosas aquí e incluso nos planteamos la posibilidad de ir a Celanova, donde también lo celebran de una manera muy bonita; pero estábamos cansadas y al final nos quedamos en casa tranquilitas y relajadas. Igualmente, no habría merecido la pena ir porque llegamos por la tarde aprovechando que hoy es fiesta en Ourense y así ya tendríamos todo el día de hoy para descansar. Nos planteamos la posibilidad de quedarnos en Portugal hasta hoy, pero ambas estábamos de acuerdo en que queríamos un día para descansar. Además, tampoco fuimos a ninguna parte porque llovía mucho y bastante lluvia y viento soportamos ya; pero todo se vuelve tan melancólico cuando llueve en Ourense... Me parece mucho más bonita la ciudad bajo la lluvia o bajo este cielo tan nublado, tan gris, tan otoñal. Se pueden adivinar los rayos de sol intentando atravesar las nubes.

Tengo que estudiar mucho. No quiero suspender el examen de gallego, que lo tengo este sábado. El viernes iremos a Santiago de Compostela para dormir allí, ya que el examen será muy temprano y es mejor estar ya allí. Agnes confía en que voy a aprobar, pero yo no estoy tan segura de ello, igual que dudo de que pueda sacarme el carné de conducir. Me da muchísima pereza estudiar todo eso. Esta mañana pensé (y también se lo dije a Agnes) que en Barcelona nunca tendría que haberme sacado el carné de conducir porque allí las comunicaciones están muy bien, que aquí es verdad que se puede ir en autobús a muchos sitios, pero que se necesita el coche para poder ir a la aldea o a cualquier sitio recóndito por el que queramos hacer alguna excursión, eso sí es verdad, y básicamente me sacaré el carné de conducir para eso, para poder descubrir Galicia con más libertad junto a Agnes; el alma que más ama este lugar del mundo.

Y creo que eso es todo por hoy.

 

 

 

 

 

 

domingo, 11 de noviembre de 2018

DIARIO DE ARTEMISA: JUEVES, 8 DE NOVIEMBRE DE 2018


Jueves, 8 de noviembre de 2018

No sé cuándo podré volver a escribir porque ahora voy a centrarme sobre todo en estudiar para el examen de gallego y también para el carné de conducir, que últimamente no estoy muy aplicada y quiero quitarme la autoescuela de encima lo antes posible. Además, esta tarde, Agnes y yo nos vamos a Portugal, a Oporto. Estamos las dos muy ilusionadas con este viaje. Las dos creemos que este viaje acabará de cerrar esas heridas que la vida nos ha hecho en el alma. Será un punto y aparte en nuestras vidas, marcará un antes y un después. No quiere decir que las dos tengamos puestas muchas expectativas en este viaje, sino que ambas intuimos que va a ser muy especial. Siempre nos ha gustado mucho descubrir juntas lugares del mundo donde no hemos estado nunca. Agnes también está muy ilusionada con este viaje y me ha dicho varias veces que hace mucho tiempo que ansía conocer Portugal. También tengo que decir que ella sí está comenzando a estudiar, aunque dice que todavía se tiene que aplicar más. Por eso no escribirá tanto a partir de ahora. Yo iré escribiendo de vez en cuando, pero creo que ella ya no va a escribir tan seguidamente como antes.

Debo decir que las dos nos sentimos como si todo brillase hasta encandilarnos. Tengo continuamente la sensación de que nuestra vida está sólo llena de bendiciones. Es cierto que ambas sentimos mucha tristeza cuando nos acordamos de Lúa, pero esa tristeza no nos impide centrarnos en toda la felicidad y el amor que inundan nuestros días. También quiero decir que noto que Agnes se ha curado definitivamente, aunque es algo que no me atrevo a afirmar con rotundidad. La última vez que escribí, no hablé de que, el lunes por la noche, Agnes tuvo una pesadilla horrible de la que me costó mucho despertarla. Esa pesadilla la dejó muy desorientada, sin saber dónde estaba ni en qué momento de su vida se hallaba; pero, cuando al fin supo que todo lo que había soñado era sólo eso, un sueño, fue como si de súbito alguien le retirase de su mente las últimas brumas que su enfermedad había dejado abandonadas en su memoria y en su alma. Está distinta desde entonces y me ha dicho ya varias veces que tiene la sensación de que los recuerdos más horribles de su vida están gritando con furia por última vez en su vida, que sabe que después ya no le hará tanto daño recordar todo lo que vivió en el hospital. A mí que diga eso me emociona muchísimo porque, cuando la oigo hablar con tanta seguridad, creo firmemente que ya nunca más volverá a caer en esa tristeza tan honda y destructiva que tanto la destrozaba, que los momentos oscuros han quedado atrás para siempre y que a partir de ahora Agnes ya podrá ser totalmente libre para siempre. También tengo que confesar que se me llena el alma de culpabilidad cada vez que soy consciente de que Agnes se ha curado al fin, aquí en su tierra, porque, por culpa mía, ella no pudo curarse antes. Sé que, si Agnes hubiese vuelto a Ourense antes, se habría ahorrado mucho sufrimiento, habría estado lejos del peligro desde mucho antes. Y me estremezco cuando pienso en que ella no me guarda rencor por mi negligencia, que ella me ha perdonado todos los graves errores que he cometido con ella, porque yo me he equivocado mucho con Agnes, tanto que muchas veces no soy consciente del alcance de mis errores; pero Agnes no me guarda rencor por nada y eso es la muestra más potente de que me ama de verdad, con una sinceridad y una fuerza que no caben en el mundo. Me ama con toda su alma, de una forma plena y constante que nunca se desvanecerá. Es eso lo que siento cada vez que nos miramos, que nos sonreímos, que nos hablamos, que nos tomamos de las manos, que nos abrazamos, nos besamos y estamos tan íntimamente unidas, compartiendo nuestra alma y nuestro cuerpo como si no hubiese más días ni momentos en el mundo ni en la Historia. Oigo tanto amor en su voz cada vez que me dice que me ama, cada vez que pronuncia mi nombre adornado con el cariñoso diminutivo con el que tanto me acoge... Y me siento tan feliz, tan afortunada que no sé ni expresarlo. Hacemos planes juntas continuamente, nos reímos con nada, estamos tan unidas que me parece mentira que alguna vez pudiésemos vivir separadas.

Además, el otoño de Ourense vuelve mucho más bonitos todos los instantes que compartimos. Está lloviendo mucho esta semana, el cielo casi no desprende luz y la lluvia impregna de un olor delicioso todos los rincones de la ciudad. Parece como si los campos, los bosques y las montañas nos enviasen su aroma para que podamos respirar con profundidad y nitidez, limpiándonos los pulmones como el cielo limpia la tierra. También estamos planeando ir a visitar a mi hermana en Navidad y pasar las fiestas con ella. Tengo ganas de volver a ver a mi hermana e incluso a Agnes parece que le haga ilusión ir a visitarla y estar con ella en su casa unos días. Ahora es que Agnes está tan distinta... De verdad, es una mujer distinta que mantiene toda la esencia de la mujer que yo siempre he amado. Sus virtudes se han hecho más brillantes y fuertes y sus ojos ya no irradian ni la menor sombra de impotencia, timidez o inseguridad. Es ella por completo, aunque es evidente que sigue siendo tímida, a pesar de que esa timidez ya no la detiene si tiene que hablar con personas que no conoce. Yo creo que trabajar en la cafetería está yéndole muy bien.

Todavía no hemos quedado con las amigas de Lúa. Ni siquiera conozco a Silvia; la mujer que le ha dado trabajo a Agnes. No se ha dado la ocasión de quedar todavía, pero Agnes me ha dicho ya varias veces que Silvia está deseando conocerme. De quienes no sé nada son las chicas del templo. No nos han escrito a ninguna de las dos, ni siquiera a Agnes le han escrito desde que llegó a Galicia y a mí tampoco me han preguntado cómo estoy, sabiendo alguna de ellas que había venido a Galicia porque quería recuperar a Agnes. Sin embargo, no me sienta mal que pasen tan olímpicamente de nosotras. Eso demuestra que no fueron amigas de verdad. En realidad, de momento no necesitamos a nadie con quien quedar porque estamos tan a gusto solas... pero también es verdad que no podemos aislarnos y construirnos un mundo donde solamente estemos nosotras dos. La verdad es que sí me gustaría que Lúa estuviese viva, siendo nuestra amiga. No lo he expresado nunca aquí, pero sí me duele que ella se haya ido así. No es justo. Considero que se merecía vivir más y disfrutar más de nuestra amistad y de la vida.

Mas poco a poco la negrura de la tristeza se va desvaneciendo. Agnes nunca va a olvidar a Lúa porque fue alguien muy importante para ella, pero sí es cierto que, gracias a que estamos juntas, sufrir su ausencia le resulta menos costoso. Yo tengo que confesar que soy plenamente feliz, muy feliz, y sé que esta felicidad ya no se va a rasgar. Agnes también lo es. Sé que a ella le cuesta creerse que lo que vivimos sea real. Me ha dicho muchas veces que teme despertarse, que nuestra vida le parece tan bonita y mágica que le cuesta creerse que no sea un sueño. Y me trata con tanto amor que muchas veces siento que me derrito, que pierdo la sensación de la gravedad, que directamente la gravedad desaparece y sólo me siento envuelta por nuestro amor. Me siento flotar en una nube que se engrandece y se templa a medida que nos alejamos de la realidad, conforme nos internamos en nuestra mágica verdad. Mi hermana dice que Agnes y yo no somos almas gemelas, sino almas complementarias, almas que se complementan, y es cierto. Yo sin Agnes no soy yo, no estoy completa. No se trata de dependencia. Agnes forma la mayor parte de mi ser y sin ella yo no tengo sentido. Agnes también ha descubierto que, si no está conmigo, no puede ser la misma persona, es otra persona distinta. Es verdad que cuando estuvo con Lúa era ella misma, pero me ha confesado que, continuamente, sentía que le faltaba algo, que no estaba bien, que era feliz con Lúa, se sentía plena con ella, pero que, cuando se quedaba en silencio por dentro de ella, podía oír cómo su alma me llamaba, aunque ni siquiera ella misma lo quería reconocer. También, Agnes me dijo que era muy significativo que ella presintiese el momento en el que yo pretendía tirarme al río Miño. Me ha dicho que no fue una intuición, sino un aviso; un aviso que se le transmitió a su alma a través del lazo que nos une, que conecta su alma y la mía. Y eso es totalmente cierto. Agnes no intuyó el hecho de que yo podía morir. Lo que sintió fueron mis intenciones y eso es mucho más potente que cualquier acontecimiento que demuestre físicamente que nos queremos. No fuimos nosotras quienes tuvimos que demostrarle al mundo que nos amamos. Fue el destino quien nos hizo saber cuánto nos queremos, cuán fuerte puede ser la conexión que nos convierte en una sola alma.

Agnes también me ha dicho que, aunque estuviese bien con Lúa mientras duraba su relación, nunca dejó de pensar que yo era la persona junto a la que quería envejecer y estar hasta que su vida se apagase y que estar tan segura de ello la desorientaba mucho porque, cuando pensaba en ello, se preguntaba por qué estaba tan convencida de que quería compartir la vida con Lúa, aunque fuese sólo por unos meses. Me ha confesado que, desde que nosotras nos separamos y ella empezó a salir con Lúa, se había sentido como si alguien pensase por ella, como si hubiese alguien por encima de ella decidiendo lo que viviría. Y tal vez sea verdad que alguien se encargó de escoger qué hechos viviría. Lo que es innegable es que hay algo mucho más fuerte que cualquier otra cosa y ese algo es nuestro amor; el que ha sobrevivido a la muerte tantas veces, el que sigue tan vivo y tan indestructible.

También me ha confesado que no concibe vivir sin mí, que soy la luz de todos sus días y que el otoño sobre todo es hermoso porque estamos juntas, la vida es vida porque estamos juntas, y eso no va a cambiar nunca.

Creo que ya voy a dejar de escribir. Tengo muchas cosas que hacer, entre ellas preparar la maleta para este fin de semana. Ya contaré pronto cómo fue todo. Sé que va a ser maravilloso.

 

 

 

 

domingo, 4 de noviembre de 2018

DIARIO DE ARTEMISA: MARTES, 6 DE NOVIEMBRE DE 2018

Martes, 6 de noviembre de 2018
Si hace un año me hubiesen dicho que, en noviembre del año siguiente, estaría viviendo con Agnes en Ourense, habría creído que me hablaban de otra realidad muy distinta a la mía, de otra vida ajena a la mía. Yo sabía que alguna vez acabaría viviendo con Agnes en Ourense, pero no me imaginaba que éste sería el año en el que cambiaríamos tan radicalmente de vida. También pensaba que el hecho de vivir en Galicia dependía totalmente de mí, de mi disposición para iniciar en Ourense una nueva vida e incluso de mi trabajo; pero en realidad ese sueño siempre ha estado en manos de Agnes. Ella en realidad ha sido quien ha decidido y posibilitado que estemos aquí; aunque, para lograrlo, haya tenido que luchar contra todo tipo de dificultades (incluida su enfermedad) y poner en riesgo nuestro amor; el que, por enésima vez en esta vida, nos ha demostrado a todos que es mucho más fuerte de lo que jamás nadie creyó, ni siquiera nosotras mismas. Si el nuestro hubiese sido un amor cualquiera, éste se habría desvanecido en cuanto Agnes hubiese enfermado tanto cuando nos conocimos, no habría seguido vivo después de vivir cuatro años separadas sin saber nada la una de la otra y ni siquiera respiraría después de que Agnes estuviese con otra mujer, compartiendo la vida como si siempre hubiesen estado juntas. Siendo personas tan mágicas que creemos más en lo que no se ve que en lo que se percibe con los sentidos, ninguna de las dos dudamos de que el amor que Agnes y Lúa compartieron no formó parte de este mundo ni tampoco dependió del alma de cada una de ellas. Es verdad que, hace mucho tiempo, Agnes estuvo muy enamorada de Lúa y también es verdad que Lúa siempre vivió enamorada de Agnes y recordándola con desesperación; pero lo más importante de todo esto es que Lúa siempre supo que se iría muy pronto. Estamos seguras de que existe un alma poderosa que decidió que Agnes amaría a Lúa durante los últimos meses de su vida, justo cuando le quedaba cada vez menos tiempo para ser feliz. Es injusto que Lúa se haya ido, pero habría sido mucho más injusto que se hubiese marchado del mundo sin conocer qué es estar con Agnes compartiendo mucho más que la parte física de su ser, compartiendo más que la vida. Mas a mí me habría gustado saber que ella se iría pronto y que no iban a estar juntas mucho tiempo. Me habría gustado saberlo porque me habría ahorrado muchísimos disgustos. No estoy diciendo con esto que habría aceptado la relación entre Agnes y Lúa si hubiese conocido siempre la verdad, pero sí es cierto que no habría perdido la razón. No obstante, esto ya no se puede remediar, por mucho que lo deseemos.
Pero lo que más me importa es que Agnes me ama como siempre, me ama como si nada hubiese ocurrido. Yo no sé si ella refleja en su diario todo lo que vivimos y todo lo que siente. Sé que escribe, pero tiene cada vez menos tiempo para explicar lo que vivimos porque está empezando a estudiar para prepararse unas oposiciones. No sé si Agnes es capaz de convertir en palabras todo lo que compartimos y vivimos porque incluso a mí me cuesta hacerlo. Cuando hablo con mi hermana, ella me formula preguntas sobre nuestra relación, preguntas muy íntimas que a mí me cuesta mucho contestar, pero no me ocurre eso porque me resulte difícil explicar lo que vivimos Agnes y yo, sino porque me parece algo tan mágico y bonito que me cuesta encerrar todo eso en palabras fugaces y limitadas. Agnes es todo mi mundo, mi vida entera es ella, gira en torno a ella todo lo que pienso y siento y sé que el lazo que nos une es mucho más fuerte que el que une la lluvia al agua. Ese lazo que nos une nos hace experimentar las emociones más bonitas e intensas de la vida. Lo que nos une es tan mágico que incluso puedo decir que ha llegado un momento en el que Agnes y yo nos comunicamos empleando muchos más lenguajes, no sólo el de las palabras. El lenguaje de las palabras lo usamos cuando tenemos que contarnos cosas, cuando tenemos que comunicarnos cualquier cosa que pertenezca a la rutina, a las cosas que nos gusta hacer o a cualquier otro asunto que se pueda expresar rápida y superficialmente. Las palabras también nos comunican cuando nos halagamos la una a la otra, cuando necesitamos darnos las gracias, cuando sentimos que precisamos pedirnos perdón por alguna cosa; pero existe entre nosotras otro lenguaje con el que nos expresamos con muchísima más profundidad y lo más bonito es que ese lenguaje es sólo nuestro. Nadie más lo entiende. Sólo nosotras lo conocemos y podemos utilizarlo sin que nadie sepa lo que queremos decirnos. Ese lenguaje nos comunica en cualquier ocasión: estando en la calle, en compañía de otras personas y sobre todo en casa, protegidas por las paredes del hogar en el que ahora vivimos. Es el lenguaje de las miradas. Es un lenguaje contenido en la forma como nos presionamos las manos cuando nos las tomamos. Es un lenguaje que no suena, pero tiene mucha más voz que cualquier palabra. Con ese lenguaje, podemos comunicarnos tantas cosas en un momento que muchas veces me parece que ya nunca más tendremos que volver a emplear las palabras. Con ese lenguaje, nos decimos cuánto nos queremos en cualquier momento, nos confesamos cuánto nos deseamos, cómo nos sentimos, qué bien estamos juntas... Las miradas de Agnes me envuelven como si de un manto de terciopelo se tratase. Me siento tan protegida cuando me mira que me parece imposible creer que existieron momentos de mi vida en los que me sentía completamente destrozada y desgarrada por dentro. Yo no sé si Agnes hablará en su diario de lo que me entrega cada vez que está conmigo, de cómo me trata cuando estamos juntas, de las cosas tan bonitas que me dice siempre, ya sea en persona, por teléfono o por mensajes. No sé si ella habla de cómo se entrega a mí en cada momento, de todo lo que me da, aunque sólo sea con una mirada. Agnes me demuestra continuamente que me ama, que es feliz conmigo, que me agradece que esté con ella. Agnes incluso me pide perdón en cada instante, me pide perdón con sus silentes y expresivas miradas. Me pide perdón cuando me acaricia con tanto amor y dulzura, me pide perdón cuando me sonríe y me abraza; pero yo siento que ya no tengo nada que perdonarle. Ya está todo pasado, lo que tuvo que ser fue y ahora, por fin, hemos construido un mundo diferente que nos protege de toda la tristeza que hemos tenido que sufrir. Ahora estamos sumergidas por completo en nuestra preciosa realidad y siento que nadie va a separarnos nunca más, nada ni nadie.
Cuando Agnes llega del trabajo y entra en casa deseando abrazarme y besarme, deseando contarme cómo le ha ido la mañana, me parece que en realidad llevamos años así, que hemos alcanzado ese punto de la vida en el que no queremos que nada cambie, en el que queremos quedarnos para siempre. Sé que a mí me queda aún mucho camino por recorrer para conseguir dar clases, pero es que incluso a veces me planteo la posibilidad de no volver a dar clases en un instituto, sino en otro tipo de establecimiento e incluso se me ha pasado por la cabeza dejar la docencia y dedicarme a algo que vaya más acorde con mi forma de ser. Me gustaría tener un herbolario, la verdad, y estudiar mucho para poder ser fitoterapeuta. Agnes me anima a que lo haga, pero todavía no sé ni por dónde empezar, y menos aquí; pero todavía podemos permitirnos vivir sin estresarnos, aunque me sabe mal que sea Agnes sólo la que se esfuerza por traer un jornal a casa. Trabaja mucho y muy duro, madruga mucho para poder hacer las cosas lo mejor posible... y yo me siento en deuda con ella, pero sé que todo irá forjándose poco a poco. De momento, sólo queremos recuperar el tiempo que nos ha faltado para amarnos, para devolvernos todo lo que siempre quisimos entregarnos. Amo a Agnes con una fuerza que es mucho más invencible que el paso del tiempo. Mi hermana dice que mi amor raya la obsesión, pero me da igual. Me da igual lo que piense el mundo entero. Agnes y yo nos amamos de verdad, con una sinceridad absoluta, con una entrega que nunca se apagará. Nos amamos de verdad porque así lo decidió alguien hace muchísimos siglos. Yo supe siempre que Agnes nunca me abandonaría definitivamente, que Agnes y yo estaríamos juntas hasta el fin de nuestros días. Ahora entiendo por qué nunca dejé de tener claro que ella moriría tomada de mi mano dentro de muchos años. Sé que estaremos juntas hasta que nuestro aliento se apague. Sé también que yo jamás podré amar a nadie más, nunca, jamás.
También tengo que hablar del fin de semana tan bonito que vivimos en la aldea. El viernes, Agnes estuvo trabajando por la mañana y regresó por la tarde, que la trajo su tío Damián, y desde entonces ya estuvimos juntas todo el tiempo. El viernes fue un día tranquilo. La fiesta grande la celebramos el sábado. Encendimos una gran hoguera en la plaza mayor del pueblo (de plaza mayor tiene poco porque es más bien pequeña) donde asamos las castañas, donde comimos y bailamos todo lo que quisimos. Cantaron muchísimas canciones tradicionales de esta época y de cualquiera en general. Fue muy divertido. Era la primera vez que yo veía cómo se celebraba Magosto y he de reconocer que me lo pasé muy bien, sobre todo con Agnes, pero también con los demás vecinos de la aldea. Todos me tratan muy bien y me quieren mucho. No me dejan sola en ningún momento y no permiten que me quede apartada. Nos reímos mucho, sobre todo cuando a la pobre Agnes le explotaban las castañas porque se las lanzaban a la hoguera sin hacerles ese corte que es preciso hacerles para que no estallen. Agnes se tomaba a risa todas las bromas que le hacían y se rió hasta llorar de la risa. Me encantaba verla tan feliz, tan integrada con los suyos. Parecía como si nunca se hubiese marchado de allí. Y yo sentía algo parecido en todo momento: cuando asaban las castañas, cuando bebíamos y comimos y también cuando bailábamos todos al son de la música que creaban entre todos. Agnes tocó la pandereta, como viene siendo habitual, y también había un vecino que tocaba la gaita y otros, los tambores y la zanfona, pero yo sólo podía fijarme en Agnes, quien me animaba continuamente con su mirada alegre a que bailase y bailase, a que la siguiese, a que cantase con ella. Al principio, es evidente que no me conocía las letras de las canciones, pero al final me las aprendía enseguida y cantaba con ellos mientras bailábamos alrededor de la hoguera. Fue algo inmensamente mágico sin necesidad de que tuviésemos que invocar a ningún espíritu ni a la Diosa. Yo me sentía como si estuviese participando en un ritual ancestral mucho más antiguo que la existencia del mundo, como si estuviese en otra época mucho más mágica y espiritual que ésta. Notaba que todos formábamos parte de un embrujo dulce y hermoso que nos impulsaba a ser felices, que nos impulsaba a bailar desahogando a través de la danza cualquier sentimiento que nos oprimiese el alma. Y parecía como si la energía no pudiese agotarse nunca, como si nunca fuese a faltarnos el aliento. Yo no sé a dónde se fue el paso del tiempo, pero bailamos y cantamos hasta que se hicieron las cuatro de la madrugada por lo menos. No sé si Agnes habrá explicado en su diario todo lo que vivió, no sé si habrá sabido transmitir toda la felicidad que la invadía. Yo creo que no porque describir esa felicidad es imposible. No existen palabras que puedan expresar una felicidad tan grande. Esa felicidad continuamente le llenaba los ojos de lágrimas, la impulsaba a reír, a bailar con quien fuese, a tocar con toda su alma, con un ritmo y un tempo que parecían convertirse en el ritmo al que latía mi corazón. Viéndola así, tan irrevocablemente mezclada con la gente, con la música, tan feliz y libre de cualquier ápice de timidez, me parecía que la Agnes que tenía delante de mí no era la misma mujer con la que había estado durante años; pero ahora entiendo que la Agnes que yo tenía delante el sábado es la verdadera, la que siempre fue, la que nunca tendría que haber desaparecido. Ahora es cuando puedo asegurar sin equivocarme que tengo a la verdadera Agnes conmigo. Ahora es cuando la tengo plenamente, siendo ella misma, siendo quien tuvo que ser siempre, quien fue siempre. Ahora es cuando la conozco bien, hasta el último recodo de su alma. Ahora es cuando puedo afirmar con rotundidad que Agnes es la persona más dulce, alegre y a la vez nostálgica que conozco, es la más sabia y a la vez inocente que pude encontrarme nunca, y puede ser así porque está aquí en su tierra, porque ha podido regresar a todas las tradiciones de las que la obligaron a separarse, porque ella no puede estar lejos del lugar donde ha nacido siempre, vida tras vida. Hay quien dice que tenemos muchas vidas, que hemos vivido en muchísimos lugares distintos del mundo; pero tal vez Agnes sea una excepción a todo. Yo creo que ella siempre estuvo aquí en Ourense. Es como si fuese parte de la tierra, una raíz más, una capa más de este suelo, una parte indivisible del aire que lo inunda todo. Muchas veces me he planteado la posibilidad de que Agnes, en otra vida, fuese algún espíritu de estos bosques, que viviese unida a los árboles, al viento, al agua, a la tierra por un lazo que jamás podría quebrarse.
Y creo que ya voy a ir dejando de escribir porque es muy tarde y tenemos que hacer la cena. . Yo también me dedicaré a estudiar, que tengo el examen de gallego dentro de una semana. Agnes está ayudándome mucho a estudiar.
 

DIARIO DE AGNES: MARTES, 6 DE NOVEMBRO DE 2018

Martes, 6 de novembro de 2018

A pasada noite tiven un pesadelo horríbel do que me espertei suando e co corazón latexándome con moita forza. Artemisa tentoume acougar, pero custoume moito recuperar a calma porque non me podía quitar da cabeza as imaxes dese soño que me parecía tan real, do que me parecía que non podía saír por moi esperta que estivese. Mesmo me custou moitísimo saber cal era a miña realidade, atoparme no mundo e entender que todo o que vivira fora un horríbel pesadelo. Artemisa conseguiu, á fin, acougarme, pero aínda penso no que soñei e non dei recuperado de todo o que sufrín nese pesadelo; un pesadelo no que se mesturaba a realidade coas lembranzas máis estarrecedoras da miña vida.

Soñei que estaba no hospital, outra vez, e que Artemisa falaba cunha enfermeira á que lle dicía que eu non tiña que saber que todo o que eu cría vivir era mentira, que non tiña que descubrir que eu non estaba vivindo en Ourense e que todo o que eu cría non era máis que produto da miña imaxinación. Eu, cando escoitaba esas palabras tan estrañas, quedaba detida, sen saber que pensar, sen saber que dicir; pero de súpeto reaccionaba e corría deica Artemisa para lle preguntar que quixera dicir co que acababa de afirmar. Ela ficaba sen saber que dicirme e a enfermeira que estaba con Artemisa collíame do brazo para me intentar acougar, pero eu non quería que me tocasen e comezaba a preguntar desesperada se iso que Artemisa dixera era real, pero ninguén me quería dicir nada. De repente notaba que alguén se achegaba a min e outra persoa me collía do outro brazo e trataban entre todos de levarme ao meu cuarto. Eu tentaba resistirme, pero eles eran máis fortes ca min. Entón aparecía Lúa e me salvaba das mans que me apresaban. Lúa levábame a unha peza onde puido protexerme pechando a porta tras nosa. Entón explicábame que eu levaba encerrada no hospital dende había semanas, que me encerraran cando perdín a razón por última vez, cando voltei de Galicia en maio, cando a morriña me puxo tan doente e non puideron facer nada por min, que eu sempre crin que regresara a Galicia en xullo, pero nada diso era certo. Eu escribira unha morea de palabras coas que daba conta dunha vida que nunca vivira. Mesmo Lúa me dicía que ela non era real, que estaba falando comigo porque a miña imaxinación creara a súa imaxe, pero que en verdade estaba fóra da realidade. Eu non podía entender nada e comezaba a chorar moito, sentindo que afogaba, e chamaba a Artemisa cada vez máis estarrecida. De súpeto aparecía ante min o doutor Martín, de quen hai moito tempo que non lembraba. O doutor Martín empezaba a rir de min, dicíndome que eu sempre estaría tola, que a miña mente nunca sandaría, que viviría sempre pechada nun hospital. Eu choraba cada vez con máis tristura e nervios, pero ninguén me acougaba. Estaba pechada nun cuarto moi pequeno do que non podía saír, no que non había nin unha triste xanela pola que puidese entrar o ar da noite. Eu comezaba a chamar a Artemisa con moita forza, sentindo que a desesperación me rachaba a gorxa, pero entón alguén me poñía unha man na boca para calarme. Unha voz dicíame que eu nunca podería ser libre, que nunca podería vivir en Galicia, que en realidade todo o que vivira os últimos meses da miña vida non era real, estaba só na miña imaxinación, que nin tan sequera eran reais as palabras que Artemisa escribira no seu diario, que todo iso tamén saíra da miña imaxinación, que o meu maxín era o único lugar onde de verdade era feliz. Eu só podía dicir: “iso non é certo, iso non é certo”, pero daquela aparecía Artemisa (non sei de onde saía) e me abrazaba con moito agarimo, intentando acougarme dicíndome palabras cheas de amor. Axiña me decataba de que non estabamos soas, de que había máis xente no cuarto. Estaba Casandra e unha amiga de Casandra coa que nunca me levei ben, aínda que ningunha das dúas llo comunicou á outra. A amiga de Casandra dicía: “deberías terlle dito a verdade hai tempo” e Casandra negábao, dicindo que era mellor manterme enganada antes que esnaquizarme a ialma revelándome cal era a miña realidade.

A min parecíame que ata entón vivira nunha vida comprensíbel e real, pero, axiña, cando me decatei de que todas as persoas que me rodeaban coñecían mellor ca min o que pasara, sentinme coma se de súpeto caese nun burato escuro e interminábel e que todo o que eu coñecía se esvaecía coma a brétema na mañá. Fiquei detida e sen mirar a ningures, deixando que aquela xente fixese comigo o que quixer. Sen podelo evitar, xuntáronse en min todas as emocións e as sensacións que sentira todas aquelas ocasións nas que me encerraron no hospital: a impotencia, a sensación de perder o control da miña vida, a sensación de que de súpeto a miña vida xa non me pertencía. Sentín moitísimas ganas de chorar, pero contívenme. Non quería que me visen tan débil, pero sabía que para ninguén eran un misterio os meus sentimentos. O único que podía facer era preguntarme como era posíbel que vivise enganada durante tantas semanas. Eu crera que a miña vida en Galicia era real.

Entón decateime de que musitaba en voz moi baixiña: “era real, era real”, pero ninguén me escoitaba. Notei que me arrastraban sen que eu puxese resistencia deica outra estancia escura e chea de humidade na que se concentraba un inmenso frío que me xeou toda. Perdín o ronsel da calor do meu corpo. Mirei ao meu redor antes de que me pechasen nese cuarto e entón vin a Artemisa fitándome con moitísima mágoa. Eu entón chameina desesperadamente, pedinlle que non me deixase soa, que viñese comigo, que non quería estar soa. Artemisa, desobedecendo as ordes das enfermeiras e do doutor Martín, correu deica min e me apertou moi forte contra ela namentres me dicía que todo iría ben, namentres me dicía que só tería que estar no hospital durante un tempo, que axiña podería ser libre outra vez; pero eu non a cría, non quería crer que tería que vivir outra vez eilí, sen liberdade, sen poder ser eu mesma. Díxenlle a Artemisa entre saloucos que non entendía nada, que non podía saber cando comezara aquel engano, que precisaba saber cal fora o derradeiro intre real da miña vida.

     Deixádeme falar con ela –pediu Artemisa intentando falar con claridade–. Agora ten unha cordura que despois pode que perda. É agora cando o poderá entender todo.

Ninguén se opuxo a que falásemos. Estabamos as dúas sentadas nun chan frío e húmido. Eu podía lembrar perfectamente que xa me pecharan nese cuarto había moitísimos anos, cando intentara escapar do hospital aquela noite na que morreron todas as miñas esperanzas. Quixen compartir con Artemisa aquela lembranza, pero non podía falar. Caera sobre min un muro de pedra que me esmagallaba.

     Nunca regresaches a Galicia –comezoume a dicir–. Nunca lle enviaches ningunha carta á túa nai. En maio, cando voltamos de Galicia, cando fomos para que puideses presentarte ás probas do CELGA, enfermaches moito. Estiveches de baixa moitas semanas e, no verán, comezaches a dicir que a túa nai e máis eu estabades a escribirvos cartas, pero esas cartas non existían. Despois caíches nunha realidade que ninguén podía compartir contigo. Estabas fóra de ti todo o día e só dicías que estabas vivindo xa á fin en Galicia. Non falabas practicamente en todo o día, pero, cando o facías, falabas de cousas que eu non podía entender. Despois, a miña irmá e máis eu pensamos que, en agosto, poderiamos ir a Galicia contigo para ver se reaccionabas. Si reaccionaches, pero non eras ti. Non falabas connosco e tiñamos que vixiarte moito porque fuxías do noso lado en canto nos despistabamos. Intentamos comunicarnos coa túa nai, pero ela leva morta moitos anos, Agnes. Lúa... Lúa non existe. Todo está na túa mente. Si existiu, é certo, porque dela nos falaron algunhas persoas da túa aldeíña, pero ela e máis ti nunca vos reencontrastes. A principios de setembro, comezaches a escribir moitísimo, de xeito obsesivo, día e noite, e xurábasnos que nos contarías a verdade de todo o que pasara eses meses para que soubésemos que estabamos moi trabucadas ao pensar que ti estabas doente. Entón comezaches a escribir sobre unha imaxinaria volta a Galicia, sobre un ficticio reencontro con Lúa... Nós deixamos que escribises porque pensabamos que che iría moi ben; pero, cando chegou o mes de outubro, démonos de conta de que ti estabas cada vez peor. Non comías nada, Agnes, e tiñamos que vixiarte moitísimo porque...

     Por que? –pregunteille incapaz de seguir aturando todo o que me contaba.

     Porque decotío intentabas quitarche a vida. En agosto, cando estivemos uns días en Ourense, moitas foron as ocasións nas que corriches deica a ponte Romana de Ourense só querendo botarche ao río. Despois, cando voltamos a Barcelona, tiven que mudarme a outra casa porque era moi perigoso que vivísemos nun oitavo. E a miña irmá axudoume moito... pero levas encerrada eiquí dende hai dous meses polo menos, Agnes. Era imposíbel...

     Xa abonda, Artemisa. Xa non quero saber nada máis –interrompina chorando cada vez máis desesperada–. Non sei por que non me permitiches matarme se a miña vida non ten sentido!

     Pero podes curarte aínda, Agnes.

     Eu non... A miña nai morreu? De verdade non está viva?

     E iso non é o peor...

     que é o peor?

     A túa aldea non existe, Agnes. Por sorte, en Toén atopamos algunhas persoas que viviron na túa aldea, pero arestora xa non vive ninguén eilí. Hai tempo que... que iso está deserto.

     Non pode ser... Iso non é certo! Eu estiven eilí! Só tedes que deixarme saír e amosareivos que aínda existe todo o que eu vivín!

     síntoo moito, Agnes. Sinto que esteas tan doente.

     Eu non estou doente!

     Agnes, has de acougarte...

Non quixen escoitar máis. Levanteime do chan e comecei a correr aproveitando que a porta do cuarto estaba aberta. Artemisa foi tras miña, pero eu corría cada vez máis rápido, cada vez máis rápido polos corredores do hospital, pasando a carón de cuartos pechados, indo deica unha luz que vía ao final dese andadeiro. Había algo que medrara en min e que me empurraba a correr e a correr. Só quería fuxir, traspasar esa realidade, voar lonxe de eilí. Non me importaba que morrese no intento de fuxir. Eu non quería estar nese lugar nin tampouco na vida que Artemisa me describira. Quería fuxir de todo, mesmo da morte.

 Ouvín que moitas persoas me chamaban, pero eu ignoreinas e seguín correndo incansábel, cada vez con máis alento. A luz que vira ao final do corredor facíase cada vez máis grande e de súpeto me envolveu toda. Artemisa seguíame chamando, pero eu só pensaba en fuxir, en fuxir. Entón notei que algo me arrastraba pola luz, levándome a algún lugar no que non había nada; outro burato escuro e infindo como a miña vida. Foi cando comecei a berrar, a chamar á miña nai, a Lúa, a Artemisa, sobre todo a Artemisa, e cando sentín que alguén me axitaba o ombreiro queréndome espertar.

Era Artemisa. Artemisa chamábame con moito agarimo. Decateime axiña de que eu choraba, de que tiña as meixelas cheas de bágoas e que mesmo tremía. Artemisa tíñame entre os seus brazos, acougándome. Estaba eu tan confundida que crin que aínda nos atopabamos no cuarto frío, escuro e húmido no que ela me confesara toda a verdade.

     Tranquila, cariño. Foi só un pesadelo –dicíame namentres me acariñaba os cabelos–. Tranquila, Agnesiña.

     Onde estamos, Artemisa? –pregunteille case sen poder falar.

     En Ourense, na nosa casa. Onde imos estar? –riu agarimosamente.

     Non estou no hospital, verdade? –pregunteille con vergonza.

     No hospital? Que hospital, miña vida?

     Eu non estou doente...

     Non, xaora que non. Estás ben, á fin. Que soñaches, cariño?

     E a miña nai está viva e a miña aldea aínda existe...

     Xaora que está viva a túa nai e esta fin de semana estivemos celebrando Magosto na túa aldea.

     De verdade? Non me dis todo iso para acougarme, verdade?

     Non, xaora que non. Agnesiña, que pasa?

     E Lúa... Lúa...

     Lúa non está, Agnes. Ela non está connosco.

     Pero... pero é certo que estamos vivindo ti e máis eu en Ourense, eiquí...? –tatexei separándome de Artemisa para mirala aos ollos. Ela acendera a luz da lámpada da mesiña de noite. Mirei a Artemisa aos ollos aínda sentíndome moi desorientada.

     Estamos vivindo en Ourense e estaremos eiquí para sempre, vida miña. Cálmate. Foi só un pesadelo.

     Un pesadelo horríbel, Artemisa –chorei desafogando toda a tensión que sentía.

     Tranquila, cariño.

     Todo era mentira, nada era real, nunca estiveramos eiquí...

Tiven que chorar moito para sentirme acougada. Cando me sentín moito mellor, volvemos durmir, pero non durmín nada ben. Todo o tempo espertaba lembrando todos os detalles dese pesadelo tan horríbel que tanto dano me fixo. Hoxe aínda penso nel, malia que a luz do día brile, aínda que brile a nosa vida, porque a nosa vida brila moitísimo, tanto que me encandea; mais agora sei que ese pesadelo tan estarrecedor foi o derradeiro berro que botou a miña doenza antes de desaparecer. Agora sei que ese pesadelo pechou unha andaina da miña vida para que outra moito máis brilante e fermosa entrase e puidese converterse no meu presente. Sei que aínda hai tristura no mundo e que moitas cousas me farán chorar, pero tamén sei que a doenza desapareceu. Seino porque dende a noite pasada me sinto distinta, coa mente máis clara. Aínda estou tristeiriña pola marcha de Lúa, pero confío en que o paso do tempo sande esas feridas que xa case non sangran. Estar con Artemisa eiquí en Ourense, vivindo a vida que tanto soñei vivir con ela, faime sentir viva, viva de verdade. É algo tan grande que me custa moito aceptar que sexa real todo o que vivimos. Seica por iso tivese ese pesadelo, porque á miña mente aínda lle custa aceptar que todo isto sexa real. Cústame tanto aceptalo que moitas veces me sorprendo crendo que de súpeto desaparecerá todo e que de novo me atoparei no hospital, pechada nun cuarto sen fiestra e sen ar. Non sei por que, pero sinto que agora os recordos de todo o que vivín nese hospital me fan moito máis dano que nunca, coma se tivesen que expresarse antes de calar para sempre. Sempre me fixeron moito dano eses recordos, pero ata agora os mantiven caladiños, sempre loitei contra eles para que non me esnaquizasen a ialma de xeito continuo, pero agora fixéronse de súpeto fortes, seica para desaparecer despois de berrar tanto. Este día está sendo moi estraño precisamente por iso, porque non me podo quitar da mente todo o que vivín aqueles anos; pero sei que despois deste día todo será moito mellor. Seino. Igual que a miña ialma me avisa da chegada dalgún acontecemento horríbel, tamén me pode avisar de que van vir cousas fermosas e marabillosas. E sei que son cousas marabillosas e fermosas as que imos vivir a partir de agora, cando a dor marche devagariño. Non obstante, tamén sei que me vén unha época de estudar moito. O temario das oposicións ten que ser a miña vida e seica por iso non escribirei tanto a partir de agora. De cando en vez, irei escribindo para contar como van as cousas, pero xa a miña escrita non será tan seguida. E iso será moi bo sinal.

Só quero dar as grazas á vida por facernos vivir todo isto, por ensinarnos a valorar o mellor que temos e tamén a superar os momentos tristes e duros. Só eses momentos fan posíbel que a nosa ialma sexa forte e que poidamos sorrir cando a luz da vida o inunda todo. Só vivindo a tristura podemos rir despois, porque sabemos apreciar os contrastes da vida. E é con iso co que me quedo, con que cada vez estarei mellor, con que sinto que xa comezaron a marchar todas esas emocións negativas que chovían das miñas lembranzas máis tristes e ferintes. E o que máis me impulsa a vivir é que estou á fin con Artemisa na miña terra, no meu paraíso, no meu ceo. Agora si podo morrer tranquila. Agora xa non me dá medo morrer porque me atopo no lugar ao que o meu corpo e a miña ialma pertenceron e pertencerán para sempre, coa persoa que me completa e á que tamén pertencerei para sempre.

 

Traducción:

Martes, 6 de noviembre de 2018

Anoche tuve una pesadilla horrible de la que me desperté sudando y con el corazón latiéndome con mucha fuerza. Artemisa intentó sosegarme, pero me costó mucho recuperar la calma porque no podía quitarme de la cabeza las imágenes de ese sueño que me parecía tan real, del que me parecía que no podía salir por muy despierta que estuviese. Incluso me costó muchísimo saber cuál era mi realidad, encontrarme en el mundo y entender que todo lo que había vivido había sido una horrible pesadilla. Artemisa consiguió, al fin, serenarme, pero aún pienso en lo que soñé y no me he recuperado de todo lo que sufrí en esa pesadilla; una pesadilla en la que se mezclaba la realidad con los recuerdos más espantosos de mi vida.

Soñé que estaba en el hospital, otra vez, y que Artemisa hablaba con una enfermera a la que le decía que yo no tenía que saber que todo lo que yo creía haber vivido era mentira, que no tenía que descubrir que yo no estaba viviendo en Ourense y que todo lo que yo creía no era más que producto de mi imaginación. Yo, cuando escuchaba esas palabras tan extrañas, me quedaba detenida, sin saber qué pensar, sin saber qué decir; pero de súbito reaccionaba y corría hasta Artemisa para preguntarle qué había querido decir con lo que acababa de afirmar. Ella se quedaba sin saber qué decirme y la enfermera que estaba con Artemisa me cogía del brazo para intentar sosegarme, pero yo no quería que me tocasen y comenzaba a preguntar desesperada si eso que Artemisa había dicho era real, pero nadie quería decirme nada. De repente notaba que alguien se acercaba a mí y otra persona me cogía del otro brazo y trataban entre todos de llevarme a mi habitación. Yo intentaba resistirme, pero ellos eran más fuertes que yo. Entonces aparecía Lúa y me salvaba de las manos que me apresaban. Lúa me llevaba a un cuarto donde pudo protegerme cerrando la puerta tras de nosotras. Entonces me explicaba que yo llevaba encerrada en el hospital desde hacía semanas, que me habían encerrado cuando perdí la razón por última vez, cuando volví de Galicia en mayo, cuando la morriña me puso tan enferma y no pudieron hacer nada por mí, que yo siempre creí que había regresado a Galicia en julio, pero nada de eso era cierto. Yo había escrito una gran cantidad de palabras con las que daba cuenta de una vida que nunca había vivido. Incluso Lúa me decía que ella no era real, que estaba hablando conmigo porque mi imaginación había creado su imagen, pero que en verdad estaba fuera de la realidad. Yo no podía entender nada y comenzaba a llorar mucho, sintiendo que me ahogaba, y llamaba a Artemisa cada vez más aterrada. De súbito aparecía ante mí el doctor Martín, de quien hace mucho tiempo que no me acordaba. El doctor Martín empezaba a reírse de mí, diciéndome que yo siempre estaría loca, que mi mente nunca sanaría, que viviría siempre encerrada en un hospital. Yo lloraba cada vez con más tristeza y nervios, pero nadie me tranquilizaba. Estaba encerrada en una habitación muy pequeña de la que no podía salir, en la que no había ni una triste ventana por la que pudiese entrar el aire de la noche. Yo comenzaba a llamar a Artemisa con mucha fuerza, sintiendo que la desesperación me rasgaba la garganta, pero entonces alguien me ponía una mano en la boca para callarme. Una voz me decía que yo nunca podría ser libre, que nunca podría vivir en Galicia, que en realidad todo lo que había vivido los últimos meses de mi vida no era real, estaba sólo en mi imaginación, que ni tan siquiera eran reales las palabras que Artemisa había escrito en su diario, que todo eso también había salido de mi imaginación, que mi imaginación era el único lugar donde de verdad era feliz. Yo sólo podía decir: “eso no es cierto, eso no es cierto”, pero entonces aparecía Artemisa (no sé de dónde salía) y me abrazaba con mucho cariño, intentando sosegarme diciéndome palabras llenas de amor. Enseguida me percataba de que no estábamos solas, de que había más gente en la habitación. Estaba Casandra y una amiga de Casandra con la que nunca me he llevado bien, aunque ninguna de las dos se lo ha comunicado a la otra. La amiga de Casandra decía: “deberías haberle dicho la verdad hace tiempo” y Casandra lo negaba, diciendo que era mejor mantenerme engañada antes que destrozarme el alma revelándome cuál era mi realidad.

A mí me parecía que hasta entonces había vivido en una vida comprensible y real, pero, enseguida, cuando me di cuenta de que todas las personas que me rodeaban conocían mejor que yo lo que había pasado, me sentí como si de súbito hubiese caído en un agujero oscuro e interminable y que todo lo que yo conocía se desvanecía como la bruma en la mañana. Permanecí detenida y sin mirar a ninguna parte, dejando que aquella gente hiciese conmigo lo que quisiese. Sin poder evitarlo, se unieron en mí todas las emociones y las sensaciones que había sentido todas aquellas ocasiones en las que me encerraron en el hospital: la impotencia, la sensación de perder el control de mi vida, la sensación de que de súbito mi vida ya no me pertenecía. Sentí muchísimas ganas de llorar, pero me contuve. No quería que me viesen tan débil, pero sabía que para nadie eran un misterio mis sentimientos. Lo único que podía hacer era preguntarme cómo era posible que hubiese vivido engañada durante tantas semanas. Yo había creído que mi vida en Galicia era real.

Entonces me percaté de que musitaba en voz muy bajiña: “era real, era real”, pero nadie me escuchaba. Noté que me arrastraban sin que yo pusiese resistencia hasta otra estancia oscura y llena de humedad en la que se concentraba un inmenso frío que me heló toda. Perdí el rastro del calor de mi cuerpo. Miré a mi alrededor antes de que me encerrasen en ese cuarto y entonces vi a Artemisa mirándome con muchísima lástima. Yo entonces la llamé desesperadamente, le pedí que no me dejase sola, que viniese conmigo, que no quería estar sola. Artemisa, desobedeciendo las órdenes de las enfermeras y del doctor Martín, corrió hasta mí y me apretó muy fuerte contra ella mientras me decía que todo iría bien, mientras me decía que sólo tendría que estar en el hospital durante un tiempo, que enseguida podría ser libre otra vez; pero yo no la creía, no quería creer que tendría que vivir otra vez allí, sin libertad, sin poder ser yo misma. Le dije a Artemisa entre sollozos que no entendía nada, que no podía saber cuándo había comenzado aquel engaño, que precisaba saber cuál había sido el último instante real de mi vida.

     Dejadme hablar con ella –pidió Artemisa intentando hablar con claridad–. Ahora tiene una cordura que después puede que pierda. Es ahora cuando podrá entenderlo todo.

Nadie se opuso a que hablásemos. Estábamos las dos sentadas en un suelo frío y húmedo. Yo podía recordar perfectamente que ya me habían encerrado en ese cuarto hacía muchísimos años, cuando había intentado escapar del hospital aquella noche en la que murieron todas mis esperanzas. Quise compartir con Artemisa aquel recuerdo, pero no podía hablar. Había caído sobre mí un muro de piedra que me aplastaba.

     Nunca regresaste a Galicia –comenzó a decirme–. Nunca le enviaste ninguna carta a tu madre. En mayo, cuando volvimos de Galicia, cuando fuimos para que pudieses presentarte a las pruebas del CELGA, enfermaste mucho. Estuviste de baja muchas semanas y, en verano, comenzaste a decir que tu madre y tú estabais escribiéndoos cartas, pero esas cartas no existían. Después caíste en una realidad que nadie podía compartir contigo. estabas fuera de ti todo el día y sólo decías que estabas viviendo ya al fin en Galicia. No hablabas prácticamente en todo el día, pero, cuando lo hacías, hablabas de cosas que yo no podía entender. Después, mi hermana y yo pensamos que, en agosto, podríamos ir a Galicia contigo para ver si reaccionabas. Sí reaccionaste, pero no eras tú. No hablabas con nosotras y teníamos que vigilarte mucho porque huías de nuestro lado en cuanto nos despistábamos. Intentamos comunicarnos con tu madre, pero ella lleva muerta muchos años, Agnes. Lúa... Lúa no existe. Todo está en tu mente. sí existió, es cierto, porque de ella nos hablaron algunas personas de tu aldeíña, pero ella y tú nunca os reencontrasteis. A principios de septiembre, comenzaste a escribir muchísimo, de modo obsesivo, día y noche, y nos jurabas que nos contarías la verdad de todo lo que había pasado esos meses para que supiésemos que estábamos muy equivocadas al pensar que tú estabas enferma. Entonces comenzaste a escribir sobre una imaginaria vuelta a Galicia, sobre un ficticio reencuentro con Lúa... Nosotras dejamos que escribieses porque pensábamos que te iría muy bien; pero, cuando llegó el mes de octubre, nos dimos cuenta de que tú estabas cada vez peor. No comías nada, Agnes, y teníamos que vigilarte muchísimo porque...

     ¿Por qué? –le pregunté incapaz de seguir soportando todo lo que me contaba.

     Porque continuamente intentabas quitarte la vida. En agosto, cuando estuvimos unos días en Ourense, muchas fueron las ocasiones en las que corriste hacia el puente Romano de Ourense sólo queriendo lanzarte al río. Después, cuando volvimos a Barcelona, tuve que mudarme a otra casa porque era muy peligroso que viviésemos en un octavo. Y mi hermana me ayudó mucho... pero llevas encerrada aquí desde hace dos meses por lo menos, Agnes. Era imposible...

     Ya es suficiente, Artemisa. Ya no quiero saber nada más –la interrumpí llorando cada vez más desesperada–. ¡No sé por qué no me permitisteis matarme si mi vida no tiene sentido!

     Pero puedes curarte aún, Agnes.

     Yo no... ¿Mi madre ha muerto? ¿De verdad no está viva?

     Y eso no es lo peor...

     ¿Qué es lo peor?

     Tu aldea no existe, Agnes. Por suerte, en Toén encontramos a algunas personas que vivieron en tu aldea, pero ahora mismo ya no vive nadie allí. hace tiempo que... que eso está desierto.

     ¡No puede ser... eso no es cierto! ¡Yo he estado allí! ¡Sólo tenéis que dejarme salir y os demostraré que aún existe todo lo que yo he vivido!

     Lo siento mucho, Agnes. Siento que estés tan enferma.

     ¡Yo no estoy enferma!

     Agnes, has de tranquilizarte...

No quise escuchar más. Me levanté del suelo y comencé a correr aprovechando que la puerta del cuarto estaba abierta. Artemisa fue tras de mí, pero yo corría cada vez más rápido, cada vez más rápido por los pasillos del hospital, pasando junto a cuartos cerrados, yendo hacia una luz que veía al final de ese pasadizo. Había algo que había crecido en mí y que me empujaba a correr y a correr. Sólo quería huir, traspasar esa realidad, volar lejos de allí. No me importaba que muriese en el intento de huir. Yo no quería estar en ese lugar ni tampoco en la vida que Artemisa me había descrito. Quería huir de todo, incluso de la muerte.

Oí que muchas personas me llamaban, pero yo las ignoré y seguí corriendo incansable, cada vez con más aliento. La luz que había visto al final del corredor se hacía cada vez más grande y de súbito me envolvió toda. Artemisa seguía llamándome, pero yo sólo pensaba en huir, en huir. Entonces noté que algo me arrastraba por la luz, llevándome a algún lugar en el que no había nada; otro agujero oscuro e infinito como mi vida. Fue cuando comencé a gritar, a llamar a mi madre, a Lúa, a Artemisa, sobre todo a Artemisa, y cuando sentí que alguien me agitaba el hombro queriendo despertarme.

Era Artemisa. Artemisa me llamaba con mucho cariño. Me percaté enseguida de que yo lloraba, de que tenía las mejillas llenas de lágrimas y que incluso temblaba. Artemisa me tenía entre sus brazos, tranquilizándome. Estaba yo tan confundida que creí que todavía nos encontrábamos en el cuarto frío, oscuro y húmedo en el que ella me había confesado toda la verdad.

     tranquila, cariño. Fue sólo una pesadilla –me decía mientras me acariciaba los cabellos–. Tranquila, Agnesiña.

     ¿Dónde estamos, Artemisa? –le pregunté casi sin poder hablar.

     En Ourense, en nuestra casa. ¿Dónde vamos a estar? –rió cariñosamente.

     No estoy en el hospital, ¿verdad? –le pregunté con vergüenza.

     ¿En el hospital? ¿Qué hospital, vida mía?

     Yo no estoy enferma...

     No, claro que no. Estás bien, al fin. ¿Qué has soñado, cariño?

     Y mi madre está viva y mi aldea todavía existe...

     Por supuesto que está viva tu madre y este fin de semana estuvimos celebrando Magosto en tu aldea.

     ¿De verdad? NO me dices todo eso para tranquilizarme, ¿verdad?

     No, claro que no. Agnesiña, ¿qué pasa?

     Y Lúa... Lúa...

     Lúa no está, Agnes. Ella no está con nosotras.

     Pero... pero ¿es cierto que estamos viviendo en Ourense, aquí...? –titubeé separándome de Artemisa para mirarla a los ojos. Ella había encendido la luz de la lámpara de la mesiña de noche. Miré a Artemisa a los ojos aún sintiéndome muy desorientada.

     Estamos viviendo en Ourense y estaremos aquí para siempre, vida mía. Cálmate. Fue sólo una pesadilla.

     Una pesadilla horrible, Artemisa –lloré desahogando toda la tensión que sentía.

     Tranquila, cariño.

     Todo era mentira, nada era real, nunca habíamos estado aquí...

Tuve que llorar mucho para sentirme sosegada. Cuando me sentí mucho mejor, volvimos a dormirnos, pero no dormí nada bien. Todo el tiempo me despertaba recordando todos los detalles de esa pesadilla tan horrible que tanto daño me hizo. Hoy todavía pienso en ella, a pesar de que la luz del día brille, aunque brille nuestra vida, porque nuestra vida brilla muchísimo, tanto que me encandila; mas ahora sé que esa pesadilla tan espantosa fue el último grito que lanzó mi enfermedad antes de desaparecer. Ahora sé que esa pesadilla ha cerrado una etapa de mi vida para que otra mucho más brillante y hermosa entrase y pudiese convertirse en mi presente. Sé que aún hay tristeza en el mundo y que muchas cosas me harán llorar, pero también sé que la enfermedad ha desaparecido. Lo sé porque desde anoche me siento distinta, con la mente más clara. Todavía estoy tristiña por la marcha de Lúa, pero confío en que el paso del tiempo sane esas heridas que casi no sangran. Estar con Artemisa aquí en Ourense, viviendo la vida que tanto soñé vivir con ella, me hace sentir viva, viva de verdad. Es algo tan grande que me cuesta mucho aceptar que sea real todo lo que vivimos. Tal vez por eso haya tenido esa pesadilla, porque a mi mente todavía le cuesta aceptar que todo esto sea real. Me cuesta tanto aceptarlo que muchas veces me sorprendo creyendo que de súbito desaparecerá todo y que de nuevo me encontraré en el hospital, encerrada en un cuarto sin ventana y sin aire. No sé por qué, pero siento que ahora los recuerdos de todo lo que viví en ese hospital me hacen mucho más daño que nunca, como si tuviesen que expresarse antes de callar para siempre. Siempre me han hecho mucho daño esos recuerdos, pero hasta ahora los he mantenido calladiños, siempre he luchado contra ellos para que no me destrozasen el alma de modo continuo, pero ahora se han hecho de súbito fuertes, quizás para desaparecer después de gritar tanto. Este día está siendo muy extraño precisamente por eso, porque no puedo quitarme de la mente todo lo que viví aquellos años; pero sé que después de este día todo será mucho mejor. Lo sé. Igual que mi alma me avisa de la llegada de algún acontecimiento horrible, también puede avisarme de que van a venir cosas hermosas y maravillosas. Y sé que son cosas maravillosas y hermosas las que vamos a vivir a partir de ahora, cuando el dolor se marche poquiño a poco. No obstante, también sé que me viene una época de estudiar mucho. El temario de las oposiciones tiene que ser mi vida y tal vez por eso no escribiré tanto a partir de ahora. De vez en cuando, iré escribiendo para contar cómo van las cosas, pero ya mi escritura no será tan seguida. Y eso será muy buena señal.

Sólo quiero dar las gracias a la vida por hacernos vivir todo esto, por enseñarnos a valorar lo mejor que tenemos y también a superar los momentos tristes y duros. Sólo esos momentos hacen posible que nuestra alma sea fuerte y que podamos sonreír cuando la luz de la vida lo inunda todo. Sólo viviendo la tristeza podemos reír después, porque sabemos apreciar los contrastes de la vida. Y es con eso con lo que me quedo, con que cada vez estaré mejor, con que siento que ya han comenzado a marcharse todas esas emociones negativas que llovían de mis recuerdos más tristes e hirientes. Y lo que más me impulsa a vivir es que estoy al fin con Artemisa en mi tierra, en mi paraíso, en mi cielo. Ahora sí puedo morir tranquila. Ahora ya no me da miedo morir porque me encuentro en el lugar al que mi cuerpo y mi alma pertenecieron y pertenecerán para siempre, con la persona que me completa y a la que también perteneceré para siempre.