jueves, 18 de julio de 2019

DIARIO DE ARTEMISA: MARTES, 16 DE JULIO DE 2019


Martes, 16 de julio de 2019
Hace un año que Agnes volvió aquí a Ourense dejando todo lo que teníamos, propiciando el derrumbe de aquella vida que tanto nos había costado construir, en la que yo tan feliz era, removiendo nuestro mundo hasta agrietar el suelo de nuestra existencia. Eso es lo que yo sentí entonces, cuando ella se marchó aquella mañana de lunes sonriéndome esperanzada con lágrimas en los ojos, cuando se despidió de mí creyendo que yo iría tras ella en cuanto pudiese, ignorando que lo único que deseaba era retenerla a mi lado para que no se fuese. Incluso la habría encadenado a mí para que nada nos separase. Sabía que, en cuanto ella saliese por la puerta de nuestro hogar, nuestra existencia empezaría a temblar y para nada me equivoqué. No obstante, si yo hubiese conocido mejor el pasado de Agnes, jamás habría permitido que se fuese, le habría suplicado que no me abandonase, que no me dejase sola. Habría estado completa e irrevocablemente convencida de que ella no anhelaba volver a su tierra sólo por sentirse incapaz de vivir lejos de Galicia, sino porque deseaba reencontrarse con Lúa; supuestamente el amor de su adolescencia, pero yo estoy empezando a pensar que, posiblemente, sea el amor de su vida, así de claro. No niego que me ame, no dudo de que yo para ella sea el amor verdadero; pero por Lúa siente algo que va más allá de la muerte. Hay algo en su corazón que no se aquieta, ni siquiera cuando estamos juntas. Tengo la impresión de que la recuerda a todas horas, que cualquier cosa le trae su recuerdo, que no deja de pensar en ella, que la tiene presente siempre; mas también tengo que reconocer que, cuando estamos realmente juntas, parece no existir nada más que yo para ella, sólo yo y nuestro amor.
Yo ignoraba prácticamente todo lo que Agnes había vivido en su infancia y en su adolescencia. No conocía ni el dos por ciento de sus recuerdos. Si en aquel entonces los hubiese conocido, mis celos habrían acabado siendo tan destructivos que incluso me habrían enfermado más de lo que ya me enfermaron, porque los celos que me atacaron el año pasado me enfermaron, está claro, me lanzaron a una depresión que estuvo a punto de deshacer mi vida para siempre. No soportaba la idea de que Agnes amase a Lúa, de que Lúa quisiese tanto a Agnes. Aquella realidad era mucho más fuerte que yo, me aplastaba y me desvanecía, me hacía un daño que no se puede describir con palabras. Cuando Agnes y Lúa empezaron a estar juntas, yo creí que me moría, sentí que me arrancaban el alma, que perforaban mi interior con un taladro hasta dejarme vacía. Yo no puedo vivir sin Agnes, no puedo. Si ahora ella me dejase por cualquier motivo... no sé lo que haría, pero seguir viviendo sé que no. Igual que Agnes se enferma si la alejan de Galicia, si no puede respirar ni ser feliz lejos de su tierra, yo también me enfermo y me deshago si estoy lejos de Agnes. Ella me completa. Yo soy algo incompleto sin ella, una persona no del todo humana. Me convierto en un objeto absurdo sin ella. Ella es el templo donde puedo adorar la grandeza de la vida. Y me duele muchísimo recordar esos meses que pasamos separadas, esos meses tan horribles. No hablo sólo de los meses que ella estuvo con Lúa siendo su pareja, sino también del mes de julio y agosto del año pasado. Ella estaba conmigo, pero no lo estaba del todo. Y yo no sé qué habría hecho si hubiese sabido que Lúa y Agnes se querían desde hacía años, si hubiese conocido lo que había ocurrido entre las dos. Todavía ignoro muchísimos de los momentos que vivieron juntas, pero sé lo esencial. Sé que se gustaron siempre, que Agnes siempre estuvo enamorada de ella y que para Lúa Agnes era el amor de su vida. Sé eso, y no sé si necesito saber nada más.
Agnes me ha dejado leer el diario que escribió ella cuando era niña y es que no necesito preguntarle nada. Hay otro diario que no me ha mostrado, que pertenece a los años que pasó lejos de su tierra y a los meses previos a que la arrancasen de su hogar. Dice que me lo enseñará con el tiempo. Sé que no quiere que lo lea porque es plenamente consciente de que me afectará muchísimo todo lo que allí ella escribió. No puedo evitar preguntarme cuántos secretos guarda Agnes, cuántas cosas me quedan por descubrir de ella. Me duele saber que vivió mucho más de lo que jamás me reveló, pero tengo que darle tiempo, tal vez. A ella siempre le ha costado muchísimo hablar de su propia vida, de su pasado... pero yo soy el amor de su vida, o eso creo, eso quiero creer. Tengo derecho a conocer lo que ha vivido, tengo derecho a conocer sus recuerdos. Ella lo sabe todo de mí. Le he hablado de mi infancia y de mi adolescencia durante horas. No creo que me quede nada por explicarle, pero ella es un pozo de secretos, no es del todo clara nunca. Cuando me cuenta algo, tengo la sensación de que no está siendo del todo sincera, de que me oculta lo esencial de lo que me cuenta. Le hago preguntas para intentar que me revele lo que omite, pero nunca lo consigo.
Es cierto que nada de eso afecta a nuestro presente porque lo que debe importarme es que ella está bien, es feliz, plenamente feliz. Es verdad que acordarse de Lúa la entristece, pero hasta eso es bonito porque se trata de una tristeza que la incita a rebuscar en sus recuerdos, a sacar a la luz sus escritos más antiguos, a volver presente también el pasado de Lúa, y a mí eso me parece muy bonito. No me gusta que los recuerdos y el pasado de las personas mueran. Y, sinceramente, después de leer algunos fragmentos del diario que Lúa escribía cuando era adolescente, tengo que reconocer que no siento ya por ella el rencor y la rabia que siempre me inspiró. Incluso me siento profundamente identificada con lo que ella sentía. Yo también experimenté ese rechazo del que ella tanto habla, yo también me agobiaba por saberme diferente al resto, contraria a lo que todos esperaban que fuese, sobre todo mi madre. Yo también perdí a mi padre muy pronto. A mí también me faltó la figura de un padre desde muy niña. Ella tampoco la tuvo. Yo también descubrí mi sexualidad muy joven, yo también me horroricé cuando entendí lo que me ocurría... No puedo odiar a Lúa, no puedo, porque la entiendo, porque me veo reflejada en ella, porque puedo experimentar sus sentimientos como si fuesen míos, porque a ella la fascinaba Agnes, como a mí, porque ella estaba enamorada de Agnes y, cuando habla de ella, parece que verbalice o escriba mis sentimientos y mis pensamientos. No puedo odiarla porque, en muchos aspectos, éramos exactamente iguales.
Mas Lúa no es lo único que me resulta inquietante, que me afecta, que me tiene preocupada. Han ocurrido algunas cosas que me parecen señales, avisos de que Agnes no está tan bien como piensa. Ella está totalmente convencida de que es feliz, de que puede llevar adelante todo lo que tiene en su vida, que puede cargar con todas las cosas que hace, que puede aguantar sin descansar desde la mañana hasta la noche, pero yo no estoy tan segura de que todo esto no le pase factura. Yo la veo muy acelerada y frágil. Ayer intenté recomendarle que parase un poco, que descansase, pero ella me pidió que no me preocupase por ella, me dijo que estaba bien, que, sí, estaba cansada, pero no desanimada ni nada, que no necesitaba detenerse. Ella nunca tiene horas muertas en su vida. Llega del trabajo, hace la compra e incluso la cena y después o va a ensayar con los grupos en los que está o se reúne con la gente del BNG. También, muchas tardes, va a dar larguísimos paseos con Laila, de quien no se separa nunca haga lo que haga, y llega cuando ya el cielo se cansa de brillar. Además, es ella la que realiza la mayor parte de las tareas de la casa. Yo cocino y limpio también, pero casi siempre es ella quien lo mantiene todo más ordenado e impecable. A mí no me queda energía para dedicarme tanto a las tareas domésticas. Prefiero ir a comprar o cocinar, pero hay cosas que me cuesta mucho hacer como lavar los platos, fregar el suelo, barrer... Agnes se niega a comprar un lavavajillas. Dice que es un gasto inútil de agua y que, a la larga, acabaríamos contaminando todavía más el planeta. Yo soy muy ecológica, me preocupo constantemente por la salud de la tierra, pero ella llega a extremos bastante inquietantes, y eso es muy bueno porque tiene muy interiorizado todo lo que hay que hacer para no contaminar, para no usar plásticos y otros materiales que tanto daño le hacen a nuestro planeta, pero hay veces en las que yo no le doy importancia a algo y ella luego me suelta un discurso lleno de razón y lógica que me hace pensar que yo, pese a creer más profundamente en la Diosa en estos momentos, no tengo tanta conciencia como ella sobre lo que nos conviene o no. No sé cómo puede estar al tanto de esa inmensa cantidad de cosas al mismo tiempo. No se le escapa nada. Ni siquiera ignora mis reacciones, interpreta todas mis miradas y mis gestos casi sin esfuerzo, sin que me tenga que molestar mucho en hacerle saber lo que pienso y siento. Está conectada conmigo de una forma sublime, está más conectada a mí que yo conmigo misma. Está conectada a muchos temas a la vez y nada la estresa. Yo no entiendo de dónde saca tanta energía vital, tanta vida, tanto aliento.
Mas el sábado ocurrió algo que me hizo pensar que su estado anímico podía cambiar rápidamente de un momento a otro, pero de momento no ha ocurrido. Está bien, alegre y llena de energía, pese a tener un resfriado muy agresivo que, seguramente, cogió el sábado por culpa de lo que pasó. Estábamos comprando en el Gadis el sábado por la tarde cuando, de forma totalmente brutal, empezó a diluviar en Ourense. Comenzó a llover tanto que, en un momento, se inundaron las calles y algunos recintos. El Gadis en el que estábamos se llenó de agua instantáneamente. Empezó a entrar agua y más agua. Estábamos comprando cuando de pronto oímos un estruendo ininterrumpido que se acrecía con el paso de los segundos. Agnes se quedó mirándome sorprendida, sin comprender nada. Miramos hacia afuera, que estábamos cerca de la puerta, y enseguida entendimos lo que estaba sucediendo. Estaba cayendo la peor tormenta que he visto en mi vida. Nunca he visto llover de esa forma, al menos que yo recuerde, y en Galicia he visto llover ya incontables veces, menos que Agnes, claro, porque ella ha visto tormentas agresivas como la del sábado muchas veces, pero me dijo que nunca había presenciado un diluvio así. Al principio, pensábamos que aquella tormenta amainaría enseguida, pero los minutos pasaban y pasaban sin que nada se calmase. El Gadis cada vez estaba más inundado, se fue la luz, no dejaban de caer rayos y de sonar truenos que parecían agrietar el cielo... y por las calles discurrían ríos. El agua bajaba agresiva, llenándolo todo, del cielo parecían caer cubos de agua, directamente. Agnes se puso pálida, dejó la compra abandonada en un pasillo, me cogió con fuerza de la mano y me arrastró al exterior. Yo no sé qué se le pasó por la cabeza en esos momentos. Tampoco sé qué habría sido mejor hacer entonces. Sólo me dejé llevar por Agnes, creyendo que ella me llevaría a algún sitio en el que pudiésemos estar fuera del alcance del agua, pero, no, en absoluto. Me llevó a la calle, directamente, a la calle, con la que estaba cayendo. Yo no daba crédito a lo que ocurría, pero me dejé llevar, reitero, porque no sabía cómo teníamos que reaccionar. No obstante, Agnes estaba fuera de sí. Yo creía que ella tenía plena consciencia de lo que debíamos hacer, pero de repente me di cuenta de que no reaccionaba, de que lo único que deseaba era correr bajo el diluvio, atravesando las calles inundadas, corriendo hacia casa. Yo también anhelaba llegar a casa cuanto antes, pero empecé a sentir mucho miedo al notarme irrevocablemente empapada por la lluvia, al sentir que casi no podíamos caminar porque el agua nos lo impedía (el agua nos llegaba prácticamente a las rodillas), al no dejar de ver cómo los rayos lo iluminaban todo, al oír cómo el cielo se despedazaba. Parecía una pesadilla. Le pedí a Agnes que nos detuviésemos donde fuese, pero que nos detuviésemos, pero ella no me contestaba, ni siquiera me miraba. Me había tomado de la mano con una fuerza creciente y me arrastraba por las calles, sin fijarse prácticamente en su entorno. Yo la obligué a detenerse cogiéndola del brazo y mirándola con urgencia, pero ella me dijo hablando rápidamente y muy asustada que no podíamos detenernos, que teníamos que ampararnos de ellos, que nos perseguían, que la lluvia les daría ventaja, que no podíamos fiarnos de nada ni de nadie, que debíamos resguardarnos cuanto antes de la lluvia y de ellos. No sé de quién me hablaba, pero no dudaba de que la atacaba en esos momentos un recuerdo de alguna de sus vidas pasadas. Recordaba sin querer ni preverlo un momento en el que, juntas, habíamos tenido que huir de aquellas personas que no entendían nuestro amor. Sin embargo, saber aquello no me calmaba. Yo quería y necesitaba que Agnes volviese en sí, que estuviese plenamente a mi lado. Nuestra casa estaba a más de diez minutos caminando y no me sentía capaz de correr bajo aquel diluvio hasta nuestro portal; mas parecía que Agnes no deseaba nada más que llegar a casa cuanto antes. Volvió a apretarme la mano y a tirar de mí sin importarle que cada vez estuviésemos más empapadas ni que corriésemos peligro. Podía caernos un rayo o tener algún accidente al cruzar alguna calle, podía pillarnos algún coche descontrolado por el agua, podía ocurrirnos cualquier cosa; pero, evidentemente y por suerte, no nos pasó nada. Sólo llegamos empapadísimas a casa, peor que si nos hubiésemos tirado al Miño; el que, por cierto, también se desbordó. Yo jamás he visto llover así en Ourense... y tampoco había pasado tanto miedo por culpa de una tormenta que parecía interminable. No obstante, al cabo de una hora aproximadamente, empezó a amainar. La tormenta se convirtió en lluvia y todo fue serenándose con el paso de los minutos, pero había muchas calles y bajos inundados, se inundaron también unos túneles situados a la entrada de la ciudad, se cayeron muchos árboles... Fue un desastre, un horrible desastre, y, mientras la tormenta no pasaba, Agnes no me dirigió ni una sola palabra. Nos duchamos y nos cambiamos, pero ella estuvo ausente durante mucho tiempo. Cuando nos hubimos secado el pelo (sin secador porque no había luz) y puesto ropa seca y limpia, se sentó en el sofá y permaneció mirando por la ventana sin moverse, sin decir nada, ausente, ida, con los ojos entornados. Yo le hablaba y ella asentía o negaba, pero era incapaz de hablar. No sé si lo que le ocurría era que estaba profundamente impresionada o que no había vuelto de sus recuerdos, pero fui incapaz de conseguir que volviese. Cuando lo hizo, me confesó que lo único que le apetecía era permanecer en casa. No quería ir a ninguna parte. Esa noche, habíamos quedado con Silvia y sus amigas para cenar en su casa, pero cancelamos la quedada. Fui yo quien llamó a Silvia para decirle que no iríamos a cenar porque Agnes no se encontraba bien, pero Silvia supo que no queríamos ir por la tormenta que había caído, que había dejado Ourense hecha un desastre: calles convertidas en ríos, árboles caídos, inundaciones, no teníamos luz... No tuvimos luz durante unas horas y no dejaban de resonar los truenos. No hacía falta ocultar nada. Silvia estaba de acuerdo conmigo en que lo mejor sería que no saliésemos. Puede que parezca una tontería, pero aquella tormenta que cayó el sábado no lo era para nada. No lo era. Y Agnes estuvo muy ausente durante horas. Cuando volvió, ya me hablaba, pero de una forma muy escueta, con frases cortas y poco precisas. Cenamos en silencio, sin casi decir nada, pero yo no la presionaba. Yo esperaba a que fuese ella quien hablase, no la agobié con preguntas innecesarias. Conozco a Agnes lo suficiente para saber cuándo hay que hablarle y cuándo hay que dejarla tranquila y el sábado había que dejarla tranquila.
Mas no podía ni puedo quitarme de la cabeza el recuerdo de esos momentos delirantes en los que ella sólo ansiaba correr bajo y a través de la lluvia sin que nada ni nadie pudiese detenerla, ni siquiera mi pánico. Es cierto que casi no habríamos podido refugiarnos en ningún sitio, pues todos los comercios y bajos estaban inundándose, pero correr por la calle cuando diluviaba de esa manera no me parecía una solución eficiente. Fue una pesadilla. Yo creía que me despertaría en cualquier momento, pero notaba demasiado potente la realidad rodeándome. No era un sueño. Era verdad. Todo aquello era verdad y yo creía que Agnes había perdido la cabeza definitivamente, pero fue algo momentáneo, aunque, realmente, estuvo más de tres horas ausente. Al día siguiente, me confesó que le había impresionado muchísimo lo que había ocurrido, pero no me habló de los recuerdos que su memoria había recuperado. Tampoco le he preguntado nada sobre eso porque no quiero agobiarla y tampoco quiero revivir ese momento que le afectó tanto. Agnes es muy compleja. No es sencillo entenderla, pero, cuando lo consigues, sabes cómo tratarla en cada momento y ella es muy agradecida con quien la comprende sin que casi no tenga que decir nada. Por eso estamos tan bien juntas, porque nos entendemos a la perfección, por eso me inquieta tanto que Lúa también la entendiese, porque yo pensaba que yo había sido la única mujer que la había comprendido perfectamente y saber que no ha sido así, que ella amó a otra, me duele mucho. Yo no he amado a nadie más en mi vida ni amaré a otra persona jamás. Yo nunca me he fijado en otra persona, nunca, y no lo haré jamás. Así de claro. Por eso me duele que en su corazón haya sitio para otra mujer que le hizo tan feliz en tan poco tiempo; pero sé que es inútil mortificarme con todo esto. No tiene lógica que me agobie con cosas que no influyen en el amor que ella siente por mí.
Además, tengo que confesar que estoy algo desmotivada. Me desmotivo al ver lo activa que está siempre Agnes y lo cansada que me siento yo la mayor parte del día. Puede que todavía no me haya recuperado de la anemia, pero hace mucho que no me hago ningún análisis para comprobarlo. Además, ahora hace mucho calor en Ourense. A Agnes no le afecta, pero a mí sí, y el calor me quita energía. A ella, no, a ella, que no le gustó nunca el verano cuando vivíamos en Barcelona, ahora ni le importa que estemos a más de 35 grados. Vive igual, como si nada. Me da envidia, la verdad.
Estamos preparando ya las vacaciones de agosto. Silvia va a cerrar la cafetería durante una semana y luego nos cubrirá a las dos durante dos semanas más y la ayudará una amiga suya. Entiende perfectamente que queramos compartir juntas las vacaciones. Además, va a venir mi hermana. Yo no sé de dónde ha salido Silvia, pero es demasiado buena y comprensiva con nosotras. A mí me cae excelentemente. Incluso entiende que quiera abrir mi propio negocio. En septiembre, empezaré a organizarlo todo para abrir el herbolario que quiero abrir en la Avenida Pontevedra. Es un lugar idóneo y he encontrado un local que puedo comprar porque no cuesta mucho dinero, ya que, más bien, es pequeño, pero yo no quiero un local enorme. Puede que convenza a mi hermana de que venga a vivir aquí y llevemos las dos el negocio, pero tengo que abrirlo antes para que eso sea posible.
Silvia ya le ha propuesto a Agnes que se quede con la cafetería y Agnes le ha dicho que sí. En septiembre cambiarán nuestras vidas y eso me mantiene ilusionada porque yo no me veo toda la vida trabajando en una cafetería y no me imagino a Agnes siendo mi jefa, la verdad. Iría todo bien, lo sé, pero también siento algo de miedo y me sobrecoge esa realidad. No creo que ocurriese nada malo, pero me imagino que Agnes tendría que ser algo más severa y exigente conmigo. Yo soy la que más se equivoca en el trabajo, la que más mete la pata, a la que más se le olvidan las cosas y la que confunde comandas, pero Agnes es muy paciente conmigo y nunca se le ha ocurrido regañarme por nada, pero, si fuese mi jefa, es posible que eso cambiase y yo no quiero que sea mi jefa, básicamente, porque, aunque me cueste y me dé vergüenza reconocerlo, ya me siento inferior a su lado y sé que, si fuese mi jefa, más inferior me sentiría. Incomprensiblemente, tengo una falta de autoestima muy extraña que no sé si alguna vez he tenido. No me siento útil y tampoco me encuentro bien conmigo misma. Me falta energía vital. Mi hermana me ha dicho que, en cuanto comience a desenvolver alguna actividad que realmente me apasione, empezaré a sentirme mucho mejor conmigo misma. Me ha recomendado que busque algo que me motive y me haga feliz, pero yo no sé dónde está ese algo. Enfoco mis esperanzas en la herboristería que quiero abrir aquí en Ourense, pero, tal vez, ese negocio no me vaya bien. Tengo que estar preparada para ello.
No estoy diciendo que no sea feliz aquí en Ourense, pero me falta algo. Soy feliz porque tengo a Agnes plenamente conmigo, la tengo como jamás la tuve antes, estoy con ella como nunca estuvimos... pero me falta algo, la esencia de mí misma. Intento acercarme más a la Diosa, pero no tengo el alma abierta para recibir su voz como siempre la tuve. A mí no me costaba nada percibirla en mí, hablándome, enviándome señales... Ahora es como si se me hubiese cerrado el alma. Este estado en el que me encuentro me incita a ser demasiado sincera con Agnes y a confesarle cosas que tendría que callarme. Ayer por la noche, Agnes tuvo que preguntarme si estaba intentando discutir con ella y me dijo que no lo conseguiría, que ella no tenía ninguna gana de discutir. Me lo preguntó porque yo le había confesado que aquí me sentía vacía, que ella estaba muy feliz y se sentía muy completa, le dije que iba a hacer un año de ese día en el que ella se marchó de nuestra casa pensando solamente en ella, buscando su propia felicidad olvidándose de lo perfecta que era nuestra vida. Ella me contestó que esa vida era perfecta para mí, no para ella, pero no me habló con rencor, sólo con asombro. Además, me dijo que, si yo no estaba a gusto aquí, tenía plena libertad para irme, que yo estaba aquí porque así lo había deseado, que ella entendería que quisiese volver a Cataluña si tanto añoraba ese lugar y la vida que allí tenía, pero Agnes me decía todo eso sabiendo perfectamente que yo jamás me iría, sabiendo que aquella vida era perfecta cuando ella y yo estábamos juntas allí. Sé que decirme todo eso le dolía en el corazón, pero hacía un esfuerzo por ocultármelo porque sé que en esos momentos lo que más le interesaba era hacerme sentir que ella me entendía, pero Agnes nunca podría superar que yo me fuese. El problema que tengo es solamente mío. Ella no tiene la culpa de que me sienta poco realizada conmigo misma. Sé que es una época de crisis que pasará. Yo no digo que esté mal aquí. Ourense es muy tranquila y bonita, me gusta mucho ir a la aldea, me siento a gusto aquí... pero no acabo de ser yo misma.
Y, si Lúa siguiese viva, posiblemente yo ni siquiera estaría viva porque vivir sin Agnes habría acabado matándome. Agnes me dice que está segura de que ella y yo habríamos vuelto tarde o temprano porque, cuando yo vine a buscarla aquí a Ourense, ella empezaba a tener dudas; pero ninguna de las dos conoce realmente lo que habría ocurrido. Es muy probable que esas dudas no hubiesen sido lo suficientemente fuertes para incitarla a dejar a Lúa y volver conmigo.
Mi hermana, por cierto, el domingo, en un momento en el que empecé a desahogarme con ella, me pidió que no desconfiase de Agnes. Me dijo que Agnes me amaba de verdad, que, si no me amase, no estaría conmigo, que ella sabe que Agnes es leal y sincera y no estaría conmigo si no sintiese nada por mí. Me instó a recordar lo que ocurrió cuando quiso estar con Lúa y también esos días en los que quería volver conmigo, pero no se sentía capaz de hacerlo por notar la muerte de Lúa demasiado reciente. Ella podría haber vuelto conmigo enseguida, pero no lo hizo porque, ante todo, ella siempre actúa guiada por su alma. Y mi hermana tiene razón. Es una de las pocas veces en las que ha defendido tan hermosamente a Agnes ante mis heridos sentimientos.
Me hiere que hubiese otra mujer, que haya habido otra mujer, y no se trata de una mujer cualquiera, sino de una mujer de su misma tierra, con quien siempre se entendió a la perfección, una mujer con sus mismos gustos musicales, que habla su misma lengua, que tiene sus mismas ideas... Hablo en presente porque me parece que Lúa todavía está viva, está viva en ella. Sé que estos sentimientos son absurdos, pero no puedo luchar contra ellos.
Cuando nos reunimos todas las amigas de Silvia, Agnes y yo (cuando yo me digno ir), noto que entre todas hay una complicidad profundísima porque hablan la misma lengua o, si no, al menos tienen el mismo acento, tienen recuerdos parecidos, tienen un bagaje cultural también semejante, son de la misma cultura... Es cierto que el Bierzo también tiene muchas cosas gallegas, pero yo no crecí con ellas porque el pueblo donde nací estaba más bien lejos de Galicia, pero me siento lejos de ellas y me quedo callada porque no sé qué aportar... pero ellas son muy atentas e incluso me llevo íntimamente bien con alguna de ellas, pero no sé, no puedo ser yo totalmente, y para ellas quien merece más la pena es Agnes, es con Agnes con quien hablan más profundamente, es con Agnes con quien se ríen, con quien cantan, a quien le piden que toque, cante y baile... A todo esto, a Agnes no dejan de invitarla a eventos musicales, a fiestas, aunque sean privadas, a ella y al resto de Iauga, pero las invitan porque es Agnes quien fascina. Y es que es genial, es un dechado de virtudes. Qué forma de bailar tiene, tan llena de vida, tan hipnótica. Incluso creo que es capaz de hipnotizar a los animales con sus movimientos. Lo he visto en Laila, quien se queda mirándola fijamente en vez de saltar hacia ella cuando baila. Y parece que no tiene fin su energía, su vida. Baila y baila mientras toca o canta, brillándole siempre mucho los ojos. Y su voz es tan bonita, tan dulce y a la vez potente que creo que es capaz de amansar a la fiera más terrible. Y su manera de tocar es tan perfecta... yo adoro mirarla, me quedo embelesada viéndola bailar, oyéndola tocar y cantar, pero también he de reconocer que me siento pequeña ante tanto talento.
Y creo que dejaré de escribir porque me deprimo confesando mis pensamientos.
           
           


lunes, 15 de julio de 2019

DIARIO DE AGNES: MÉRCORES, 10 DE XULLO DE 2019


Mércores, 10 de xullo de 2019
Hoxe é o teu aniversario, Luíña. Hoxe cumprirías 46 anos. Non aparentabas a idade que tiñas, en absoluto. Tiñas unha ialma chea de vida, notábase que eras nova por dentro aínda, tiñas tantas ganas de vivir que parecía coma se a túa existencia nunca tivese sido dura nin difícil. Non te rendías nunca. Sempre atopabas un motivo polo que loitar, unha razón pola que vivir e unha emoción fermosa que sentir. Había algo en ti que inspiraba tenrura e, á vez, ganas de vivir, ganas de sermos cada unha o que vimos ser a este mundo. Tiveches sempre tanta vida que a min me parece que é imposíbel que non esteas, que, despois de marchar supostamente para sempre, segue latexando a túa lembranza, mesmo me parece que podo ouvir a túa voz onde queira que vaia e teño gravado nos ollos o teu sorriso.
Resúltame estraño pensar que, malia ser o teu aniversario, ti non compres anos. A túa existencia fica detida nun intre eterno que ten a cor do solpor máis brillante e a voz do río Miño discorrendo entre as rochas. Hai moito silencio na lembranza dese derradeiro intre que vivimos xuntas. Antes de que pechases os ollos para sempre, pedíchesme que fose feliz con Artemisa, que seguise loitando polos meus soños e que sempre fose eu mesma. Dixéchesme que me querías, que para ti eu sempre sería a túa vida. A túa derradeira verba foi vida, xusto cando a túa vida precisamente xa deixaba de ser vida. Nunca poderei esquecer esas fermosas verbas que me dedicaches antes de marchares. Mais cústame entender como é posíbel que soubeses con tanta claridade que o teu tempo se esgotaba. Tiveches a valentía de abondo para te enfrontares á morte coma se esta non che puxese medo. Iso faime tremer. Como é posíbel que foses tan valente? Non sei se existe alguén no mundo que se tería enfrontado á morte como ti o fixeches, con ese acougo que a min me convencía de que non estaba a ocorrer ren, que me facía pensar que non ía suceder nada terríbel, que todo estaba ben... pero axiña entendín que a calma que sentías nacía de saberes que non ías morrer soa, que deixarías de respirar estando entre os meus brazos e iso tranquilizábache de abondo para poderes estar calmada malia seres consciente de que a túa vida se che ía das mans.
Mais é moi estraño que sexa o aniversario de alguén que non está neste mundo. É o teu aniversario, pero non compres anos: non me tiro esa idea da cabeza. Séntese como un baleiro, coma se fose un día con moito senso que, non obstante, está cheo de silencio; dun silencio que non paga a pena encher de verbas. Non o quero interromper, nin eu nin ningunha desas persoas que te coñecían tan ben. Hoxe, Silvia veu á cafetaría e, despois de estar falando de ti durante un anaco, abrazámonos ambas as dúas chorando. Axiña nos decatamos de que estabamos igual de tristeiriñas, de que ambas as dúas precisabamos unha aperta. Ela tamén te bota moitísimo en falla, pero ela si o pode dicir sen sentir medo. Eu, non. Sempre que falo de ti, teño a sensación de que mesmo o vento se ofende. Non podo falar de ti con liberdade. É coma se ninguén entendese que te bote tanto en falla. Non ten ren  a ver que te bote en falla con amar a Artemisa. Eu ámoa coa miña ialma toda, de verdade, pero iso non me impide lembrarte e botarte en falla porque sempre fuches moi importante para min e iso non poderá mudar nunca, por moito tempo que teña pasado da túa morte. Segues estando comigo, na miña ialma, e a morte non me parece tan forte coma o que sempre sentín por ti. Non falo do namoro que tiña contigo dende sempre, senón doutro sentimento seica máis duradeiro; a amizade, a fonda conexión que vencella a dúas amigas que se entenden de verdade, que moitas veces non precisan falar para entendérense, que só se comprenden co ollar ou os silencios que falan por elas, que mesmo falan asemade cando queren opinar sobre algo ou propoñerlle algo á outra. Ti sempre fuches a miña amiga, aínda que compartísemos tan pouquiño tempo, un tempo tan reducido.
E, para que vexas que as miñas verbas son sinceras, dedicareiche a ti esta próxima entrada do meu diario. Escribina cando tiña oito anos, no verán de 1985, cando, unha tardiña, souben que ti chegaras á aldeíña. A ti van dedicadas estas liñas que escribín só empregando a voz da miña ialma de cativa:

20 de xullo:
Lúa veu hoxe á aldeíña xa, chegou, pero non puiden falar con ela porque estaba coa miña vaquiña, que está doente, agardando a que viñese un veterinario que foron procurar a Ourense, que o que acostuma a vir cada mes non está, está de vacaciós, e agora estamos sos, sen ninguén que poida vixiar a saúde dos nosos animais. A miña vaquiña está ben, seica só lle sentase mal algo, pero leva días doentiña, non sei que lle pasa, sen ganas de comer, e eu estou moi desacougada. O veterinario dixo que lle notara un vulto no ventre, pero non lle deu importancia, pero eu vin que ollaba á miña nai cun aceno moi estraño, como queréndolle dicir algo pero sen dicir ren para que eu non o ouvise, cando moitas veces eu entendo mellor os silencios e os xestos cás verbas, pero non me atrevín a preguntar ren porque non quero que me digan que a miña Terriña tamén se irá, como o fixo a miña avoa. Non quero saber ren diso. Ela estará ben... pero estou tan tristeiriña que non quero falar con ninguén. Lúa non se achegou a min porque realmente nunca o fai e o primeiro que fixo foi xuntarse cos demais rapaces da aldea, que algúns diles están eiquí dende principios de xullo, pero eu non quero ir con iles. Son rapaces que teñen máis ou menos a idade de Lúa, son maiores ca min porque naceron antes, pero teñen unha maneira de seren que me fai preguntarme se son maiores ou máis pequenos, porque moitas veces me pregunto por que actúan dise xeito. Parecen máis nenos, sobre todo cando rin de cousas que a min non me fan graza, e moito menos hoxe, que a cousiña máis miúda me fai dano porque teño medo pola miña vaquiña, pero iles que van entender? Pero Lúa si me mirou un pouco e logo foise, correndo porque a chamaban, e eu fiquei eilí na entrada da corte.
Non sei que contarlle e síntome parva falando con ila, non me ocorre iso con ninguén máis, pero porque, por riba, estamos un ano sen vernos e eu non quero que pense que son unha cativa sen sentidiño, coma a meirande parte dises rapaces cos que vai, que non sei que lles ve a ises se non se asemellan ren a ela, pero parece que sexa unha obriga ires cos rapaces que son da túa idade e aos cativos deixalos de lado simplemente porque teñen menos aniños. Pero eu sei que ila é diferente. Ises rapaces fan chanzas comigo, din cousas de min sempre que me ven, e ninguén lles di ren, porque son maiores, non? E iso dálles dereito a opinar sobre o que queiran. Teñen entre catorce e quince anos e son moi parvos, para o meu gusto, pero a min tampouco me gusta prexulgar á xente.
Outro ano máis pasará sen que case fale con ela. Pero o día 25 imos facer unha foliada e eu tocarei a pandeireta, que ninguén pode imaxinar o que repeniquei estes días para facelo o mellor posíbel e eisí non teñen motivos para riren de min, pero tamén ouvín que un diles dixo unha vez que a pandeireta non era un instrumento elegante. Detesto esa verba, elegante, por que sempre o elegante se ten que vencellar co bo? A min iso de elegante paréceme bonito, pero, segundo con que sexa, paréceme moi, moi aburrido, disas cousas que te fan bocexar sen que o poidas evitar.
Pero a Lúa si lle gusta como toco a pandeireta. Sei que ela lle pediu á súa nai que a levase a leccións de pandeireta, que non as fan no conservatorio, farase iso co tempo, senón que a ten que levar a obradoiros nos que alguén ensina a tocala. Pero non creo que a toque coma min, porque eu repenico os días todos, sempre lle adico algún momentiño, e ela di que pasa máis tempo tocando o piano. Pero canta moi ben. Ten unha voz moi fermosa que sempre me fai sorrir, porque tamén é unha voz alegre. Eu canto tamén alegre, pero dixéronme moitas veces que, segundo como cante, podo inspirar moita morriña, que teño a morriña na voz. A morriña é un sentimento moi bonito que só nós os galegos entendemos. Iste verán, veu eiquí a curmá dunha rapaza que ten eiquí á súa avoa, e esa curmá súa vive en... non sei que sitio de España, coido que me dixo Toledo, e, xaora, ela vén eiquí e ve que todos falamos galego e que ningún de nós fala moi ben o castelán e cando ouviu iso da morriña preguntou que era iso, se era como unha doenza, e díxolle a avoa de Lúa que se podía converter nunha doenza se non se escoitaba a súa voz, que a morriña é un sentimento que só sentimos nós os galegos cando estamos lonxe da terra e que, co tempo, se non voltamos, entón nos podemos poñer doentes, pero eu sentín morriña sen estar lonxe da terra. Síntoa ás veces cando empardece ou cando me decato de que a gaitiña ten unha voz tristeiriña, coma se fose o canto disas persoas todas que marcharon algún día en procura dunha vida mellor... e paréceme que eu boto en falla a terra imaxinando a isas persoas lonxe do seu fogar e sinto moita mágoa cando penso niles, porque eu a botaría terribelmente en falla se tivese que me ir coma isas persoas que marcharon en procura dun futuro cheo de riquezas. A min a riqueza dáme igual. Eu non sería quen de abandonar o meu fogar. Prefiro vivir eiquí sendo probe, que o somos, que non rica e lonxe de eiquí, porque eu non sei que me ocorrería se me afastasen de eiquí, se sentise unha morriña enfermiza, non sei que me ocorrería se a morriña se convertese nunha doenza, pero non o quero descubrir, prefiro sentir a morriña que me nace cando miro a cor do solpor e decátome de que esa cor xa a vin noutro momento, lonxe diste momento da miña vida, pero é unha morriña real porque a sinto no principio do estómago, onde parece que latexa a tristura, e sei que a morriña se amorea eí... nise recunchiño do noso corpo no que sei que se aloxa a nosa ialma.
Notábase que isa rapaza era moi intelixente, pero non sabía do noso, da nosa terra, dos nosos costumes, e para ela todo era novo. A min entusiasmábame a idea de amosarlle a alguén totalmente axeo a Galicia todo o que temos, pero tamén me daba vergonza falar con isa rapaza porque non me sei expresar ben en castelán e ela falaba un castelán perfecto, dise que se oe na radio, que parece finiño e elegante, outra vez a verba elegante, pero a min paréceme que o galego é unha lingua máis agarimosa. Non soa igual dicir “quérote” que “te quiero”, nin “boa noitiña” que “buenas noches”, que soa serio e aburrido. En galego cantamos as canciós máis bonitiñas que falan de calquera cousiña e podémolo facer cantando alegremente para que as mágoas do corazón non sexan tan mágoas, tan fondas, para darlle alegría ao chorar, para rir cando queremos chorar e chorar se queremos chorar. Cantámoslle á choiva (se chove, deixa chovere, se orballa, deixa orballare...) e cantámoslle ás festas, á vendima e á sega, cantámoslle a todo, a todiño, cunha alegría moi bonita pero tamén cunha morriña que só nós sentimos nacer en nós e sabemos querer, porque nós o amamos todo, mesmo a choiva e a cor do ceo cando está anubradiño, pero a isa rapaza custáballe entender como viviamos eiquí todo o ano, mesmo lle pasa iso a Lúa, que mo dixo algunha vez, pero non falei con ela tanto como para pensar que ela non querería vivir eiquí algunha vez. Eu sei que ama ista terra, istes montes, e que lle gusta o bosque e mailo río, que vai nadar todos os días. Ela agora ten doce anos, pero aínda lle parecerei cativa. Seica co paso dos anos sexa todo distinto. A min si me gustaría falar con ela, pero agora estou desacougada pola miña vaquiña. Pero que bonitiño sería que ela sentase agora eiquí no meu carón e escoitase todo o que lle podería contar. Falaríalle de todo o que pasou nistes últimos meses, como foi o Nadal, que bonito foi o Magosto, pero agora todo iso queda lonxe xa e seica non lle interesase. Pois daquela falaríalle dos libros que conseguín ler istes meses e amosaríalle antes que a ninguén as canciós que xa sei repenicar tan ben na pandeireta e que tan fermosamente canto, porque é que me gustan tanto, tanto, que non as deixo de cantar. Hai algunhas que as trouxeron da zona do Ribeiro, como o cantar da Vendima... “Vendima, vendimadora na vendima do meu pai, vendima, vendimadoira na vendima do meu pai; que o viño vai na cabaza e o pan na cestiña vai, que o viño vai na cabaza e o pan na cestiña vai... Aialailalalala, ailailalalala, Aialalalalalala... Vendima, vendimadora na vendima do teu pai, vendima, vendimadora na vendima do teu pai, heiche de come-las uvas, que outra cousa non cha hai, heiche de come-las uvas, que outra cousa non cha hai... Ailailalalala, ailailalala... Iste cantar da vendima éche un cantar moi meiguiño, iste cantar da vendima éche un cantar moi meiguiño, iste cantar é da terra onde se fai o bo viño, iste cantar é da terra onde se fai o bo viño...  Ailailalalala, ailailalalala... Vendima, vendimadora na vendima do meu pai, vendima, vendimadora na vendima do meu pai, e bebémolo o bo viño que outra cousa non che hai, e bebémolo o bo viño que outra cousa non che hai...” que bonita soa cando a repenico coa pandeireta...
Pero agora só lle falaría da miña Terriña, que está doentiña, que vai morrer, seino que vai morrer, non mo dixo ninguén, pero seino, e non o quero aceptar. Ten un vultiño no ventre. Tocouno o veterinario e quedou serio. Estou certa de que pensou: “isto non cheire ben, pero ela non o ha saber” e non o saberei ata que marche. Agora está alí na corte, pobriña, soa, non a quero mirar sabendo que eu sei que vai marchar. Pero a ela, a Lúa, si me gustaría contarlle: “Luíña, sabes que a miña vaquiña está doentiña? Non quero que se vaia porque é a miña mellor amiga. Ti cres que a poderían curar? Eu quero que a curen, non quero que me deixe, deixarame soa se marcha, pero non vai marchar”.
Seica estando eiquí no bosque, lonxe de todo, non poida falar nunca con ela. Maldita sexa a miña idade, oito anos non son ren, para ninguén, porque para todos son unha cativa, pero eu podo falar disas cousiñas das que ninguén é quen de falar, podo entender cousas que ningún cativo pensa sequera, e aínda así son cativiña, unha nena que non viviu practicamente ren, pero sinto que teño sentimentos na ialma que pode que non se teñan ata ter cumpridos moitísimos anos. Eu podería falar coma se entendese, e entendo, pero ninguén me quere escoitar. Só o facía a miña avoa. Os demais non se atreven a escoitarme porque lles poñe medo que unha nena da miña idade se exprese como me expreso eu e pensan que algo teño na mente para ser así, pero o único que me ocorre é que medrei moito máis rápido cós outros nenos. E Lúa sábeo, pero ela non se atreve a ir comigo porque cre que van rir dela por ir cunha cativa. Tanto me ten. Sei que aínda quedan moitos días de verán por diante e imos conseguir falar pase o que pase, pero dáme moitísima vergonza.
E xa contarei coma está miña vaquiña, eu sei que estará ben, pero algo me di que non, que o que vai pasar non ten ren a ver co que quero que pase, e o que eu sinta non é o que eu presinto. Presentir e sentir, non teñen ren a ver, pero parécense esas verbas. Presentir o que vai ocorrer, pero sinto o que está a ocorrer, e gustaríame que o que presinto fose o que sinto.
E non collín a libretiña na que escribo o meu diario istes meses porque estiven moito pola escola, pola terra, que tivemos colleitas algo complicadas iste ano, por iso teremos menos có ano pasado, pero, alomenos, a vendima parece que vai ir ben, iso din todos, e eu vexo as uviñas moi grandes e gordiñas xa, semellan a piques de estoupar,  e vai ser unha vendima fermosa, pero dinme que aínda teñen que ser máis doces, teñen que madurar máis, e eu véxoas tan bonitas... pero habemos de agardar.

Traducción:

Miércoles, 10 de julio de 2019
Hoy es tu cumpleaños, Luíña. Hoy cumplirías 46 años. No aparentabas la edad que tenías, en absoluto. Tenías un alma llena de vida, se notaba que eras joven por dentro aún, tenías tantas ganas de vivir que parecía como si tu existencia nunca hubiese sido dura ni difícil. No te rendías nunca. Siempre encontrabas un motivo por el que luchar, una razón por la que vivir y una emoción hermosa que sentir. Había algo en ti que inspiraba ternura y, a la vez, ganas de vivir, ganas de ser cada una lo que venimos a ser a este mundo. Tuviste siempre tanta vida que a mí me parece que es imposible que no estés, que, después de marcharte supuestamente para siempre, sigue latiendo tu recuerdo, incluso me parece que puedo oír tu voz dondequiera que vaya y tengo grabada en los ojos tu sonrisa.
Me resulta extraño pensar que, a pesar de ser tu cumpleaños, tú no cumples años. Tu existencia permanece detenida en un instante eterno que tiene el color del atardecer más brillante y la voz del río Miño discurriendo entre las rocas. Hay mucho silencio en el recuerdo de ese último instante que vivimos juntas. Antes de que cerrases los ojos para siempre, me pediste que fuese feliz con Artemisa, que siguiese luchando por mis sueños y que siempre fuese yo misma. Me dijiste que me querías, que para ti yo siempre sería tu vida. Tu última palabra fue vida, justo cuando tu vida precisamente ya dejaba de ser vida. Nunca podré olvidar esas hermosas palabras que me dedicaste antes de marcharte. Mas me cuesta entender cómo es posible que supieses con tanta claridad que tu tiempo se agotaba. Tuviste la valentía suficiente para enfrentarte a la muerte como si ésta no te diese miedo. Eso me hace temblar. ¿Cómo es posible que fueses tan valiente? No sé si existe alguien en el mundo que se habría enfrentado a la muerte como tú lo hiciste, con ese sosiego que a mí me convencía de que no estaba ocurriendo nada, que me hacía pensar que no iba a suceder nada terrible, que todo estaba bien... pero enseguida entendí que la calma que sentías nacía de saber que no ibas a morir sola, que dejarías de respirar estando entre mis brazos y eso te tranquilizaba bastante como para poder estar calmada pese a ser consciente de que tu vida se te iba de las manos.
Mas es muy extraño que sea el cumpleaños de alguien que no está en este mundo. Es tu aniversario, pero no cumples años. No me quito esa idea de la cabeza. Se siente como un vacío, como si fuese un día con mucho sentido que, no obstante, está lleno de silencio; de un silencio que no merece la pena llenar de palabras. No quiero interrumpirlo, ni yo ni ninguna de esas personas que te conocían tan bien. Hoy, Silvia vino a la cafetería y, después de estar hablando de ti durante un rato, nos abrazamos las dos llorando. Enseguida nos percatamos de que estábamos igual de tristiñas, de que ambas necesitábamos un abrazo. Ella también te echa muchísimo de menos, pero ella sí puede decirlo sin sentir miedo. Yo, no. Siempre que hablo de ti, tengo la sensación de que incluso el viento se ofende. No puedo hablar de ti con libertad. Es como si nadie entendiese que te echo tanto en falta. No tiene nada que ver que te eche de menos con amar a Artemisa. Yo la amo con toda mi alma, de verdad, pero eso no me impide recordarte y echarte en falta porque siempre fuiste muy importante para mí y eso no podrá cambiar nunca, por mucho tiempo que haya pasado de tu muerte. Sigues estando conmigo, en mi alma, y la muerte no me parece tan fuerte como lo que siempre sentí por ti. No hablo del enamoramiento que tenía contigo desde siempre, sino de otro sentimiento quizás más duradero; la amistad, la honda conexión que vincula a dos amigas que se entienden de verdad, que muchas veces no necesitan hablar para entenderse, que sólo se comprenden con la mirada o los silencios que hablan por ellas, que incluso hablan a la vez cuando quieren opinar sobre algo o proponerle algo a la otra. Tú siempre fuiste mi amiga, aunque compartiésemos tan poquiño tiempo, un tiempo tan reducido.
Y, para que veas que mis palabras son sinceras, te dedicaré a ti esta próxima entrada de mi diario. La escribí cuando tenía ocho años, en el verano de 1985, cuando, una tardiña, supe que tú habías llegado a la aldeíña. A ti van dedicadas estas líneas que escribí sólo empleando la voz de mi alma de niña:

20 de julio:
Lúa ha venido hoy a la aldeíña ya, ha llegado, pero no he podido hablar con ella porque estaba con mi vaquiña, que está enferma, esperando a que viniese un veterinario que fueron a buscar a Ourense, que el que acostumbra a venir cada mes no está, está de vacaciones, y ahora estamos solos, sin nadie que pueda vigilar la salud de nuestros animales. Mi vaquiña está bien, tal vez sólo le sentase mal algo, pero lleva días maliña, no sé qué le pasa, sin ganas de comer, y yo estoy muy preocupada. El veterinario dijo que le había notado un bulto en el vientre, pero no le ha dado importancia, pero yo vi que miraba a mi madre con un ademán muy extraño, como queriendo decirle algo pero sin decir nada para que yo no lo oyese, cuando muchas veces yo entiendo mejor los silencios y los gestos que las palabras, pero no me atreví a preguntar nada porque no quiero que me digan que mi Terriña también se irá, como lo hizo mi abuela. No quiero saber nada de eso. Ella estará bien... pero estoy tan tristiña que no quiero hablar con nadie. Lúa no se ha acercado a mí porque realmente nunca lo hace y lo primero que hizo fue juntarse con los demás chicos de la aldea, que algunos de ellos están aquí desde principios de julio, pero yo no quiero ir con ellos. Son rapaces que tienen más o menos la edad de Lúa, son mayores que yo porque nacieron antes, pero tienen una manera de ser que me hace preguntarme si son mayores o más pequeños, porque muchas veces me pregunto por qué actúan de ese modo. Parecen más niños, sobre todo cuando se ríen de cosas que a mí no me hacen gracia, y mucho menos hoy, que la cosiña más menudiña me hace daño porque tengo miedo por mi vaquiña, pero ¿ellos que van a entender? Pero Lúa sí me miró un poco y luego se fue, corriendo porque la llamaban, y yo me quedé allí en la entrada del cobertizo.
No sé qué contarle y me siento tonta hablando con ella, no me ocurre eso con nadie más, pero porque, encima, estamos un año sin vernos y yo no quiero que piense que soy una niña sin sentido común, como la mayor parte de esos rapaces con los que va, que no sé qué les ve a ésos si no se asemejan nada a ella, pero parece una obligación que vayas con los rapaces que sean de tu edad y a los niños dejarlos de lado simplemente porque tienen menos añinos. Pero yo sé que ella es diferente. Esos rapaces hacen bromas conmigo, dicen cosas de mí siempre que me ven, y nadie les dice nada, porque son mayores, ¿no? Y eso les da derecho a opinar sobre lo que quieran. Tienen entre catorce y quince años y son muy tontos, para mi gusto, pero a mí tampoco me gusta prejuzgar a la gente.
Otro año más pasará sin que casi hable con ella. Pero el día 25 vamos a hacer una foliada y yo tocaré la pandereta, que nadie puede imaginar lo que repercutí estos días para hacerlo lo mejor posible y así no tienen motivos para reírse de mí, pero también oí que uno de ellos dijo una vez que la pandereta no era un instrumento elegante. Detesto esa palabra, elegante, ¿por qué siempre lo elegante tiene que relacionarse con lo bueno? A mí eso de elegante me parece bonito, pero, según con qué sea, me parece muy, muy aburrido, de esas cosas que te hacen bostezar sin que puedas evitarlo.
Pero a Lúa sí le gusta cómo toco la pandereta. Sé que ella le ha pedido a su madre que la llevase a lecciones de pandereta, que no las hacen en el conservatorio, se hará eso con el tiempo, sino que tiene que llevarla a talleres en los que alguien enseña a tocarla. Pero no creo que la toque como yo, porque yo taño todos los días, siempre le dedico algún momentiño, y ella dice que pasa más tiempo tocando el piano. Pero canta muy bien. Tiene una voz muy hermosa que siempre me hace sonreír, porque también es una voz alegre. Yo canto también alegre, pero me han dicho muchas veces que, según cómo cante, puedo inspirar mucha morriña, que tengo la morriña en la voz. La morriña es un sentimiento muy bonito que sólo nosotros los gallegos entendemos. Este verano, ha venido aquí la prima de una chica que tiene aquí a su abuela, y esa prima suya vive en... no sé qué sitio de España, creo que me dijo Toledo, y, claro, ella viene aquí y ve que todos hablamos gallego y ninguno de nosotros habla muy bien el castellano y cuando oyó eso de la morriña preguntó qué era eso, si era como una enfermedad, y le dijo la abuela de Lúa que podía convertirse en una enfermedad si no se escuchaba su voz, que la morriña es un sentimiento que sólo sentimos nosotros los gallegos cuando estamos lejos de la tierra y que, con el tiempo, si no volvemos, entonces podemos ponernos enfermos, pero yo he sentido morriña sin estar lejos de la tierra. La siento a veces cuando atardece o cuando me doy cuenta de que la gaitiña tiene una voz tristiña, como si fuese el canto de todas esas personas que marcharon algún día en procura de una vida mejor... y me parece que yo echo en falta la tierra imaginando a esas personas lejos de su hogar y siento mucha pena cuando pienso en ellos, porque yo la echaría terriblemente de menos si tuviese que irme como esas personas que marcharon en procura de un futuro lleno de riquezas. A mí la riqueza me da igual. Yo no sería capaz de abandonar mi hogar. Prefiero vivir aquí siendo pobre, que lo somos, que no rica y lejos de aquí, porque yo no sé qué me ocurriría si me alejasen de aquí, si sintiese una morriña enfermiza, no sé qué me ocurriría si la morriña se convirtiese en una enfermedad, pero no quiero descubrirlo, prefiero sentir la morriña que me nace cuando miro el color del ocaso y me percato de que ese color ya lo he visto en otro momento, lejos de este momento de mi vida, pero es una morriña real porque la siento en el principio del estómago, donde parece que late la tristeza, y sé que la morriña se acumula ahí... en ese rinconciño de nuestro cuerpo en el que sé que se aloja nuestra alma.
Se notaba que esa rapaza era muy inteligente, pero no sabía de lo nuestro, de nuestra tierra, de nuestras costumbres, y para ella todo era nuevo. A mí me entusiasmaba la idea de mostrarle a alguien totalmente ajeno a Galicia todo lo que tenemos, pero también me daba vergüenza hablar con esa rapaza porque no sé expresarme bien en castellano y ella hablaba un castellano perfecto, de ése que se oye en la radio, que parece finiño y elegante, otra vez la palabra elegante, pero a mí me parece que el gallego es una lengua más cariñosa. No suena igual decir “quérote” que “te quiero” ni “boa noitiña” que “buenas noches”, que suena serio y aburrido. En gallego cantamos las canciones más bonitiñas que hablan de cualquier cosiña y podemos hacerlo cantando alegremente para que las penas del corazón no sean tan penas, tan hondas, para darle alegría al llorar, para reír cuando queremos llorar y llorar si queremos llorar. Le cantamos a la lluvia (se chove, deixa chovere, se orballa, deixa orballare...) y les cantamos a las fiestas, a la vendimia y a la siega, le cantamos a todo, a todiño, con una alegría muy bonita pero también con una morriña que sólo nosotros sentimos nacer en nosotros y sabemos querer, porque nosotros lo amamos todo, incluso la lluvia y el color del cielo cuando está nubladiño, pero a esa rapaza le costaba entender cómo vivíamos aquí todo el año, incluso le pasa eso a Lúa, que me lo ha dicho alguna vez, pero no he hablado con ella tanto como para pensar que ella no querría vivir aquí alguna vez. Yo sé que ama esta tierra, estos montes, y que le gusta el bosque y el río, que va a nadar todos los días. Ella ahora tiene doce años, pero aún le pareceré niña. Quizás con el paso de los años sea todo distinto. A mí sí me gustaría hablar con ella, pero ahora estoy desasosegada por mi vaquiña. Pero qué bonitiño sería que ella se sentase aquí a mi lado y escuchase todo lo que le podría contar. Le hablaría de todo lo que ha pasado estos últimos meses, cómo fue la Navidad, qué bonito fue el Magosto, pero ahora todo eso queda lejos ya y tal vez no le interesase. Pues entonces le hablaría de los libros que he conseguido leer estos meses y le mostraría antes que a nadie las canciones que ya sé tañer tan bien con la pandereta y que tan hermosamente canto, porque es que me gustan tanto, tanto, que no dejo de cantarlas. Hay algunas que las trajeron de la zona del Ribeiro, como el cantar de la vendimia... “Vendima, vendimadora na vendima do meu pai, vendima, vendimadoira na vendima do meu pai; que o viño vai na cabaza e o pan na cestiña vai, que o viño vai na cabaza e o pan na cestiña vai... Aialailalalala, ailailalalala, Aialalalalalala... Vendima, vendimadora na vendima do teu pai, vendima, vendimadora na vendima do teu pai, heiche de come-las uvas, que outra cousa non cha hai, heiche de come-las uvas, que outra cousa non cha hai... Ailailalalala, ailailalala... Iste cantar da vendima éche un cantar moi meiguiño, iste cantar da vendima éche un cantar moi meiguiño, iste cantar é da terra onde se fai o bo viño, iste cantar é da terra onde se fai o bo viño...  Ailailalalala, ailailalalala... Vendima, vendimadora na vendima do meu pai, vendima, vendimadora na vendima do meu pai, e bebémolo o bo viño que outra cousa non che hai, e bebémolo o bo viño que outra cousa non che hai...”  Qué bonita suena cuando la percuto en la pandereta...
Pero ahora sólo le hablaría de mi Terriña, que está maliña, que va a morir, lo sé que va a morir, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé, y no quiero aceptarlo. Tiene un bultiño en el vientre. Lo tocó el veterinario y se quedó serio. Estoy segura de que pensó: “esto no pinta bien, pero ella no lo ha de saber” y no lo sabré hasta que se marche. Ahora está allí en el cobertizo, pobriña, sola, no quiero mirarla sabiendo que va a marcharse. Pero a ella, a Lúa, sí me gustaría contarle: “Luíña, ¿sabes que mi vaquiña está maliña? No quiero que se vaya porque es mi mejor amiga. ¿Tú crees que podrían curarla? Yo quiero que la curen, no quiero que me deje, me dejará sola si se marcha, pero no va a marcharse”.
Tal vez estando aquí en el bosque, lejos de todo, no pueda hablar nunca con ella. Maldita sea mi edad, ocho años no son nada, para nadie, porque para todos soy una niña, pero yo puedo hablar de esas cosiñas de las que nadie es capaz de hablar, puedo entender cosas que ningún niño piensa siquiera, y aún así soy pequeniña, una niña que no ha vivido nada, pero siento que tengo sentimientos en el alma que puede que no se tengan hasta haber cumplido muchísimos años. Yo podría hablar como si entendiese, y entiendo, pero nadie quiere escucharme. Sólo lo hacía mi abuela. Los demás no se atreven a escucharme porque les da miedo que una niña de mi edad se exprese como me expreso yo y piensan que algo tengo en la mente para ser así, pero lo único que me ocurre es que crecí mucho más rápido que los otros niños. Y Lúa lo sabe, pero ella no se atreve a ir conmigo porque cree que se van a reír de ella por ir con una niña. Tanto me da. Sé que aún quedan muchos días de verano por delante y vamos a conseguir hablar pase lo que pase, pero me da muchísima vergüenza.
Y ya contaré cómo está mi vaquiña, yo sé que estará bien, pero algo me dice que no, que lo que va a pasar no tiene nada que ver con lo que quiero que pase, y lo que yo sienta no es lo que yo presiento. Presentir y sentir, no tienen nada que ver, pero se parecen esas palabras. Presentir lo que va a ocurrir, pero siento lo que está ocurriendo, y me gustaría que lo que presiento fuese lo que siento.
Y no he cogido la libretiña en la que escribo mi diario estos meses porque estuve mucho por la escuela, por la tierra, que tuvimos cosechas algo complicadas este año, por eso tendremos menos que el año pasado, pero, al menos, la vendimia parece que va a ir bien, eso dicen todos, y yo veo las uviñas muy grandes y gordiñas ya, parecen a punto de explotar, y va a ser una vendimia hermosa, pero me dicen que todavía tienen que ser más dulces, tienen que madurar más, y yo las veo tan bonitas... pero hemos de esperar.



sábado, 6 de julio de 2019

DIARIO DE AGNES: SÁBADO, 6 DE JULIO DE 2019


Sábado, 6 de xullo de 2019
Atopei un momentiño para escribir; algo que ultimamente me custa moito porque os días pasan sen que case os poida sentir, pero, non obstante, son consciente de todo o que fago, é dicir, gozo de cada cousa coma se despois non houbese ren máis, mesmo do traballo podo gozar de verdade porque me gusta moito. Gústame facer feliz á xente con algo tan sinxelo como un xeado, un café ou infusión ou con calquera cousiña que sirvamos na cafetaría. É un choio moi bonito, en realidade, porque estás ao servizo da xente, podes amosar o mellor de ti diante de calquera persoa que agarda a túa atención. A min non me custa nada darlles o mellor de min. Ás veces, só abonda cun sorriso.
Onte foi un día impresionante. Celebrabamos o aniversario de Silvia (que foi o 4 de xullo, en realidade) e armamos unha foliada inmensa na casa de Antía; unha das pandeireteiras que tocan en Ialma, que é moi amiga de Silvia. O xoves, Silvia chamoume ás sete da mañá á cafetaría para me confesar que ía ser para ela un aniversario difícil porque era o primeiro que vivía sen Lúa, que elas sempre fixeran algo moi bonito polo seu aniversario e que este ano a ía botar moitísimo en falla. Boeno, en realidade preguntoume se podía vir á cafetaría para falar comigo. Non sei por que me fixo esa pregunta se Silvia é a dona do negocio; pero, ás veces, actúa coma se a dona fose eu, coma se a cafetaría fose miña, porque me deixa tomar decisións que lle correspondería a ela tomar, pero non me importa, ao contrario, gabéame moito que confíe tanto en min. Cada vez faino máis. Sei que dentro de pouco me propoñerá que quede coa cafetaría. Estou desexando que o faga, pero agardarei con paciencia a que chegue o momento no que me teña que converter na dona dese negocio. Sei que tela como miña é unha responsabilidade moi grande, pero o certo é que non me dá nada de medo ser a xefa de todo, ao contrario, mesmo me apetece descubrir como funciono nese senso porque moitas veces teño que ser eu quen chama aos provedores para lles preguntar cando carallo pensan traguer os pedidos cando pasa un día ou dous do que nos prometeron ou para indicar que algún pedido veu mal, e máis cousiñas. Teño a capacidade suficiente para falar con calquera persoa de boas maneiras e case nunca discutín con ninguén por ren. Se cheguei a discutir, foi porque a outra persoa non estaba disposta a aceptar reclamacións nin a escoitar e a min iso fódeme bastante, sendo claros, porque, se es responsábel dun problema, o mínimo que se pode facer é escoitar ao cliente e hai veces nas que eu mesma lle dixen a Silvia que mudásemos de provedores. Eu mesma procurei outra empresa que puidese satisfacer as nosas necesidades; pero falar do traballo eiquí é moi abafante, así que pasarei a falar doutra cousiña máis divertidiña.
Onte fixemos unha foliada impresionante á que, á fin, asistiu Artemisa, pero porque era o aniversario de Silvia, ben veces mo dixo. Non veu porque realmente lle apetecese vir, senón porque se sentía nun compromiso e tamén me dixo que, se non ía, sería moi complicado que despois as demais pensasen nela como unha posíbel amiga. Iso fíxome pensar moito. Empecei a preguntarme se Artemisa se sentía soa eiquí. É certo que non ten amigas como as tiña en Barcelona. Alí, había moita xente na que confiaba. Eiquí non. Eiquí só me ten a min e á súa irmá, pero, para falar con ela, tena que chamar por teléfono.
Eu a verdade é que moitas veces esquecía de que estaba, pero iso pasábame porque non estou adoitada a que ela veña comigo, mais os momentos nos que estivemos compartindo a música e danzando foron marabillosos. Hei de dicir que, ao principio, si toquei máis con Ialma, pero logo tocou outro grupo que invitaron á foliada e adiqueime máis a bailar e a beber, que onte si bebín un pouquiño máis cós outros días. Foi moi divertido e rin moito, pero non podía evitar lembrar a Lúa. Sei que non está ben que pense nela se estou tan ben con Artemisa, tan feliz e cómoda, se a amo tanto; pero é algo que non podo evitar, é coma se a miña ialma vivise fóra dos meus pensamentos nese eido, é coma se ela mesma tivese unha mente pensante que lle fai pensar en cousiñas que xa foron e sobre todo nela, ela ocupoume o pensamento e maila ialma durante a meirande parte da noite. A música soaba coma se xurdise do seu recordo e botábaa en falla porque me resultaba estraño que ela non estivese alí comigo tamén gozando da música. Estaba Artemisa, que me sorría continuamente, e estar entre os seus brazos facíame voar, bailar con ela e aprenderlle os puntos da muiñeira e das xotas que soaban, formar parella con ela, todo me facía soñar, era coma se estivésemos na lembranza dunha memoria antiga, e era coma se aquela non fose a primeira vez que viviamos algo así. Sei que ela tamén o pasou moi ben.
Mais aínda temos pendente esa conversación na que ela me ten que confesar o que lle ocorre comigo. Podo imaxinar que está seria e preocupadiña porque ten a sensación de que acordo demasiado de Lúa, pero eu non estou tampouco todo o día falando dela, de verdade; mais, ás veces, inesperadamente, sae algunha canción que foi nosa, sae mencionada por alguén, e o primeiro que fai Artemisa é mirarme aos ollos. Sei que o fai para adiviñar as emocións que me enchen a ialma nese momento. Non sei se me molesta que me observe tanto, pero si me sinto incómoda porque é coma se ela quixese detectar calquera sinal que lle indique que aínda lembro moito de Lúa, para logo botarme en cara que aínda penso nela, que a sigo amando.
O xoves tiven outra visita na psicóloga, pero tampouco vou contar eiquí todo o que falamos. Só me dixo que pensase no que sentía, que era moi importante que recoñecese os meus sentimentos; pero eu sei moi ben o que sinto. Sei que amo a Artemisa, que quero estar con ela para sempre, que a amei noutras vidas e o amor que nos uniu sempre foi tan forte que nin tan sequera a morte o puido desfacer; pero tamén podo recoñecer que preciso a Lúa, necesítoa na miña vida, porque ela foi moi importante dende sempre e os momentos que vivimos foron tan fermosos que non os podo esquecer. Non podo deixar de lembrar esas tardes que compartiamos, eses momentos que nada pode describir. As semanas que vivimos xuntas o ano pasado parecíanme parte dun soño, parecíanme de mentira, coma se fosen parte dunha historia que nada tiña a ver coa miña vida; pero era noso, todo iso era noso, e ela marchou tan de súpeto que nin tan sequera me puiden afacer á idea de que os nosos momentos tiñan fin. E creo que aínda non me afixen a que ela non estea. Sinto que me falla algo, pero tamén é verdade que non levo esa tristura como algo horríbel que me esnaquiza a ialma, senón como unha nostalxia fermosa que me fai lembrar con agarimo todo o que vivimos.
Descubrín que mesmo a tristura nos aprende cousiñas que outra emoción nunca nos ensinaría. É unha voz que che fala salientando detalles que nunca percibiriamos. A tristura fainos profundos e reflexivos. Vemos a vida con outras cores moito máis densas que o tinxen todo de beleza. A min gústame a tristura, gústame sentirme tristeiriña lembrando un momento fermoso, porque esa tristura é un latexar que me fai saber que a miña ialma está viva, segue viva despois de sufrir tanta dor e tanta decepción. Non sei onde está o límite da miña ialma. Seica todo o sufrimento que a encheu durante anos fíxoa inmensa, porque me custa crer que eu siga tendo a capacidade de apreciar as cousas máis bonitas da vida despois de perder ben ocasións as ganas de vivir, a consciencia de min mesma, a cordura. É como un milagre que aínda poida seguir sendo como son. Nunca morrín, nunca me matou todo o desprezo que me dedicaron durante anos, non me matou a morriña enfermiza que me esnaquizaba o corazón, que só me facía devecer desesperadamente por voltar á miña terra, que tanto dano me facía cando me decataba de que o meu soño de regresar se esvaecía na escuridade. Sigue a miña ialma viva e forte despois de ser maltratada violentamente pola ansiedade e a depresión máis fonda. E iso é o que me ten que importar de verdade, que a vida nunca me deixou de dar oportunidades para renacer, para ser eu mesma.
E hoxe vou mudar de diario. Hoxe vou transcribir unhas liñas do diario que escribía cando tiña só oito anos. Hei de dicir que non escribía nada ben o galego. Escribía contraendo practicamente todas as verbas. Escribía tal como falaba e tamén empregaba moitísimos dialectalismos (algúns dos cales deixei porque me parecen moi bonitos, pero outros tireinos por parecérenme moi distantes da norma). Decidín corrixilo todo para que a lectura poida ser comprensíbel. Digo isto pensando en Artemisa; a única persoa á que lle permitiría mergullarse no meu diario, porque a ela non lle quero agochar ren, ren de ren, quero ser sempre sincera con ela. Se algunha vez quere coñecer todo o que teño na ialma, só lle abondará con asomarse ao meu diario. Eiquí me atopará totalmente transparente, sen velos nin restricións.
Tamén hei de dicir que, cando era cativa, non me importaba moito o día no que escribía. Simplemente ía ao bosque e, sentada entre as árbores, comezaba a escribir o primeiro que se me pasaba pola testa, só sentindo que me apetecía moitísimo tentar expresarme a través das verbas. Os momentos nos que escribía non tiñan tempo. Esquecía de todo o que formaba a miña vida e só me centraba en min mesma e no que sentía. O que non corrixín case é o vocabulario que empregaba para escribir porque, daquela, mudaría o senso das miñas frases e a miña espontaneidade. E velaeiquí van os meus recordiños voltos verbas, pertencentes ao ano 1984:

8 de novembro:
Voltando da escola, espreitei entre as árbores coma sempre, procurando algún animaliño que me poida ver, pero só os paxariños máis valentes enchen o bosque escuro e frío. As follas cobren o chan da estrada pequerrechiña que une a miña aldea coa aldea na que está a escola. Gústame camiñar pisándoas, arrincándolles eses “crac, crac” que fan cando acaban de morrer. Gústame remexelas coas miñas mans, deitarme nelas e arrastrarme polo chan, envolvéndome nelas entrementres a luz morre, porque cando volvo da escola xa hai unha luz cinza no ceo, como dicía miña avoa, que dicía que o sol manda cinzas ao ceo cando morre. Gústame moito o solpor porque me fai sentir moi pertiño dela, da miña avoíña, que xa hai un mes que marchou para sempre, pero aínda non podo entender que non estea. Sei que non está porque a súa casiña segue pechadiña coma se nunca vivise eilí ninguén, pero a min paréceme que ela está aínda ao meu carón nas noites, acougándome cando teño pesadelos e inda a agardo para que vaiamos procurar ourizos, que iste ano case que non puidemos ir, e de socato lembro que ela non me vai acompañar a ningures. Nunca máis verei o seu corpo, nunca poderei coller a súa man. E teño moita saudade dela. E ademais quero entrar na súa casa e acender a lareira para sentar ao carón do lume e vela nas lapas. Pero a súa casiña está pechada e quero entrar, pero non mo permiten. E cando celebramos Magosto notábase moito que non estaba. Miña nai decidiu estar de loito e non saíu a celebrar ren, pero penso que estar de loito é unha maneira de dicirlles aos mortos que non teñen dereito a vernos felices e emporiso eu si que fun á celebración cos veciños porque sei que miña avoa querería que estivese eilí. Asamos as castañas, danzamos, cantamos moito, remexín no lume e me estouparon moitas castañas, pero rin moito, e estiven moi feliz porque a sentía moi pertiño de min, agochada entre as sombras, tamén connosco gozaba da festiña.
Na escola, a mestra tenta que lle conte por que son tan calada, faime ficar na crase cando rematan as leccións, e, cando se foron todos xa, pois dime que hei tentar relacionarme cos demais para ter amigos, que teñen amigos todos, son amiguiños todos. E a min tanto me ten que sexan amigos. Non son rapaces que vaia ver na miña aldea e, se vivisen eiquí, tanto me tiña porque a min non me gusta falar con iles. Non lles podo contar que boto en falla á miña avoa, non lles podo falar dela porque sei que non entenderían que ela morreu. Seica nin tan sequera saiban que é a morte, como se vive a morte. Son nenos, si, moi nenos. Tampouco entenderían que me guste deitarme no chan e xogar coas follas murchas, ou secais si pero como se trata de min, que son a rariña, pois seguro que non xogarían nunca comigo. Gústame estar perto do que non está neste mundo. Xogar co que non ten vida xa, como xogaría coa miña avoa se viñese a min convertida nunha aparición. Búscoa entre as sombras da noite sen que ninguén o saiba porque sei que eu podo ver aos mortos. Sóubeno axiña unha tarde na que estaba coa miña nai paseando polo bosque procurando ourizos cando vin que algo se movía entre as árbores. Díxenlle á miña nai que había algo eí que nos asexaba, pero ela non vía ren. Eu insistín, pero entón souben que ela non o vía, que non vía esa masa de luz cinza que había baixo o ceo, entre as árbores, que tiña forma humana, de corpo voando, coma se os pés non tocasen o chan. Logo contoulle isto á miña avoa e ela non lle dixo ren, pero, cando estivemos soas, díxome que non falase nunca desas cousiñas que vía e que non parecían ter corpo. Ela si sabía que eu vía ás ánimas, como soubo que vin o avexón, que foi na noite de Samaín; a mellor noite do ano, cando a fronteira que separa a vida da morte se esvaece e podemos entrar en contacto cos que se foron.
Quen pode pensar que eu vou falar con ises nenos que nin tan sequera entenderían isto, que terían pesadelos se lles contase istas cousas? Eu non teño pesadelos cos mortos. Teño outros pesadelos. A min os mortos non me poñen medo. Só son espíritos, non fan ren, non nos poden facer ren, pero eiquí a xente non fala dos mortos, téñenlles moito respeito. Eu tamén, pero trátoos con máis naturalidade. Seica me leve mellor con iles que coas persoas, como me pasa cos animais. Á miña vaquiña si lle conto todo porque ela me entende, mírame cos seus bonitos ollos cando lle falo e sei que me escoita. É a á que lle digo canto boto en falla á miña avoa. Á miña nai non lle podo dicir isto porque ela tamén está moi tristeiriña e sei que se poñería máis tristeiriña se lle dixese isto. Por iso dígollo á miña vaquiña, a Terriña, que se chama así porque é marrón coma a terra, tan bonita que é, e tan dociña. Ás veces parece dourada coma as derradeiras raiolas do día.
Nunca lle diría isto a ningún cativo deses que van á escola comigo. Non sei por que me sinto tan lonxe diles. É coma se non fósemos iguais para ren, coma se fosen doutro planeta. Hai outros planetas nos que non sei se hai vida, pero lin esta expresión nun libro e fíxome moita graza. Ser doutro planeta... Seica a que é doutro planeta son eu, que non me asemello a ningunha persoa que coñezo. Todos pensan de xeito similar. Ises nenos só pensan en correr e guindarse cousas, xogando suponse, pero eu lles vin sangue algunha vez. Eu prefiro camiñar soíña entrementres leo ou busco aos animais.
Hai unha rapaciña que vén á aldeíña nos veráns que seica si me puidese entender, pero ela é maior ca min. Non sei cantos anos ten, pero é máis outa e guapa, moi bonita, porque parece unha moura desas dos contos, cos cabelos vermelliños, case laranxas. Non sei de onde quitou isa cor de cabelos. E ten os ollos grandes e verdes coma a herba. Pero ela é maior ca min e coido que nunca se preocuparía por falar cunha rapaza coma min, porque saber que teño non sei cantos anos menos ca ela seguro botaríaa atrás. E eu non me vou achegar a ela porque non podo, non son quen de falar con alguén que non coñezo. Dáme moita vergonza e pónseme unha cousa na gorxa e non podo falar, é coma se a miña voz se convertese en pedra. Non podo falar e menos o podo facer se comezan a me dicir: “veña, Agnes, di algo, saúda, pregunta isto o aquiloutro, non dis ren, por que, que che pasa? Non teñas vergonza, non sexas tímida, que é a non sei quen, veña, fala, fala, ai esta rapaza que non di ren, é que é moi tímida e non lle gusta falar...” Se saben que non me gusta falar, por que me queren facer falar? Eu prefiro traballar en silencio a terra, que coa terra podes falar se queres, non estás obrigada a falar, e cos animais igual porque iles entenden a linguaxe que non se oe, os acenos e os ollares que lles dediquemos, eles entenden ás veces iso mellor cás verbas, e por iso síntome tan a gusto con eles, coa terra e cos animais, porque non me piden que faga ren que non quero facer.
Pero cos demais, ai, que lea, sempre igual, tendo que cumprir e calar cando quero falar, porque cando vin o avexón pois queríao comentar coa miña nai, pero, non, tiña que calar porque diso non se fala. Non se fala das cousas das que quero falar e das que non quero falar fanme falar.
Isa rapaza que digo, que se chama Lúa, é da cidade, de Ourense, e falei con ela moi pouco, pero porque me obrigaron, e sei que non me entendeu, quero dicir que non entende o meu acento, que é moi pechadiño. Din os da cidade que os de aldea falamos moi distinto e que non falamos fino nin elegante, que mesmo non sabemos falar castelán. Eu falo un castelán cheo de verbas galegas, é verdade, pero leo moito en castelán porque desgraciadamente a meirande parte dos libros que podo ler están en castelán. Supoño que algunha vez os traducirán ao galego. A min gustaríame traducir libros ao galego de moitas linguas, do inglés ao galego, do francés ao galego. Mesmo me gustaría ensinar galego aos da cidade, que o falan ben, pero con moitos castelanismos, que eisí chaman por eiquí ás verbas que non son galegas e que empregan falando en galego, sen telo que facer.
E isto tampouco o podo falar cos demais rapaces porque iles que van saber disto, se falan sen pensar en ren, pero si reflexiono sobre estas cousas todas porque me parece que o noso xeito de falar forma parte do que somos e, se tampouco nos gusta falar, tamén é unha maneira de sermos.
Eu pode que coas verbas non fale moito, pero si podo falar de abondo cando canto ou toco música. Dinme que canto moi ben, pero que a miña voz mudará cando medre. Non me gustaría perder esta dozura que teño cando canto. O que non vai mudar nunca é a voz da miña pandeireta porque a sei facer falar e cantar dende hai ben anos, dende cativiña xa miña avoa me aprendeu a tocala, a repenicar con xeito. Facemos pandeiradas as mulleres e rapaciñas todas da aldea, pero moitos dixéronme ao oído que eu tocaba dun xeito especial e é que de verdade gozo moitísimo repenicando, síntome poderosa, e as canciós que tocamos son tan bonitas... e tan alegres todas, son case que alegres todas. E gústanme tanto que non as deixo de cantar. Mesmo canto cando vou camiño á escola, cando axudo á miña nai na terra, cando vou polo monte coas vaquiñas da aldea, que eu son a que as saca para que coman nos prados, que hai moitos por eiquí e moi bonitos.
Os rapaces que veñen á aldea nas vacaciós rin de min porque din que non son unha nena fina, que son basta coma a xente do agro, pero que malo ten iso? Non son bruta nin moito menos. Brutos sono eles porque non saben tratar aos animais como os trato eu nin entenden da segada, nin da malla, nin da vendima, nin da terra, nin de cando vai chover, nin de onde vén o vento, nin de onde sae o sol, nin de onde está o norte, nin de a onde hai que ollar para saber que día vai ir mañá, nin a posición das estrelas, nin das festas que montamos eiquí, nin da linguaxe das bolboretas e dos demais insectos, que din moito dependendo de como voen, nin do que nos poden dicir os paxaros cando se desprazan polo ceo da tarde ou do abrente, nin de que significa a cor das follas que caen ao chan, que avisan da proximidade da invernía, de como vai ser o inverno segundo veña o vento e a temperatura do ar, nin de canto vai chover e durante canto tempo. Non saben ren do agro, dos bosques, nin nomear as distintas árbores saben. E eu son bruta e iñorante?
Pero a min gústame moito Ourense, fun moitas veces, aínda que quede a máis dunha horiña da aldea, aproximadamente, porque amais as estradas que temos que coller son moi estreitas e bonitas, pero moi bonitas, e tamén é verdade que temos que camiñar un bo anaco para accedermos á estrada que baixa a Ourense, porque nós vivimos na montaña, e temos que baixar a Ourense, pero a min gústame moito ir. E mesmo algunha vez me atrevín a ir camiñando, que son unha morea de horas, pero logo durmín aí coa miña nai. Pero a nós nótasenos moito que somos da aldea porque os da cidade camiñan diferente, seica máis rápido e coma se lles fallase enerxía, non obstante, e os da aldea camiñamos con máis vida. Nós somos máis veloces pero tranquilos tamén. E falamos dun xeito moi distinto, que ren ten a ver, cun acentiño máis forte, a min paréceme que cantamos falando, que non somos para ren brutos. Brutos, cando ouvín esa verba déronme ganas de guindarlles unha pedriña na faciana, para que saiban de brutalidade. Brutos. E iñorantes. Iñorantes din, que na escola de eiquí (ou da aldea do lado) non nos aprenden ren. Ren. Pois o mesmo aprenderemos, carallo. E rin de min porque prefiro estar coas vaquiñas. Son mellores ca eles, dende logo.
E esa rapaza eu sei que é distinta porque moitas veces me defendeu diante deles e díxome que non lles fixese caso. Eu unha vez vina en Ourense, unha vez que fomos miña nai e máis eu mercarmos roupa, porque a que teño xa hai anos que a poño, e estou a medrar, e non hai quen me poida dar a súa roupa, que eu levo roupa herdada. Entón fomos a Ourense, que tampouco podemos gastar moito porque non temos cartos, así que buscamos vestidiños que non custen moito. Miña nai vai vender a nosa verdura, as nosas patacas e sacos de millo aos mercados, e de pan tamén, que pan para os da cidade é a bóla que sae do forno quentiña e brandiña xa, que dura días, pero para nós é o centeo. Pois vina e ía con máis rapazas da súa idade que me ficaron ollando sen dicir ren. E Lúa dixo: “mirade, esa rapaciña é da aldea á que vou nos veráns” e elas non dixeron ren, pero sei que se estaban a fixar na miña maneira de vestir, que levaba un vestidiño de la algo desgastadiña xa, pero era bonito, e unhas zocas de madeira que tiñan as cordiñas un pouco estragadas xa, pero non era para mirarme así, e marmuraron algo, pero non me importa que digan, se a súa opinión non me vai facer rica. Pois esas rapazas non saben das foliadas que armamos nós, tan bonitas, e xa me gustaría que me vesen repenicar e cantar e que vesen que casiño me fai a miña terriña.
Pero Ourense é moi bonita, moi grande, ren a ver coa aldea, que pequerrechiña de abondo é para que poida debuxar de memoria todas as rúas que a forman, e a praciña, e a ermida que hai, que nin igrexa ten aínda. Din que a van construír, pero xa hai ben anos que din iso, e cando se trata de cousas importantes como o día do Corpus, Nadal e Semana santa, que hai ben días no calendario que son moi relixiosos de abondo... ises temos que ir á aldeíña do lado porque eiquí non vén crego ningún. A min non me gusta ir á igrexa porque me aburro infindamente, pero si me gusta estar na nosa ermida porque é silandeira e está chea de señardade e está santa Mariña cun vestidiño branco e cun ollar moi tenro que me lembra á miña avoa. Sempre está aberta por se queremos entrar para rezar. Pero eu non rezo, tanto me ten. Estou alí para ler tranquilamente e escribir canciós que logo repenico na pandeireta, pero non para falar con ise Deus no que me custa crer. Algo me di que isa non é a miña relixión, pero non lle vou dicir isto a ninguén, dirían que son... amiga do Demo, e din de min que son meiga. Pero ninguén o di outo, só con marmurios, porque esa verba din que trae mala sorte. Meiga eu. Pode que si, que algo meiga sexa se vexo aos mortos, se noto cousas que ninguén máis nota, se me podo comunicar tanto cos animais, con tanta claridade, se podo presentir feitos horríbeis, pero non atopo que iso sexa malo, para nada. Ao contrario, faime especial.
Pois digo que me gusta Ourense, que eu non teño ren en contra dos da cidade nin da cidade, se comer eilí é unha ledicia, se me gustan as súas rúas antigas e a elegancia que hai. Síntome moi pequena perante o Miño, que ben grandiño é, non como eiquí, que din que é o Miño o río que temos, pero logo os da cidade din que non, que é un amigo do Miño, pero non o Miño, e eu si sinto que é o Miño, por moitos nomes que lle dean, é o Miño porque ten as súas augas e fala coma el, en silencio.  Non fai ruído, ningún ruidiño, cando vai entre as rochiñas.
Que bonito é o Miño eiquí na aldea, pero que bonito é en Ourense, nise paseo tan longuiño con árbores, e logo que bonita é a ponte romana, tan duramente construída, tan forte, e a antigüidade das rúas. Dáme mágoa que estean a construír máis edificios porque vai desaparecer a visión das lonxanas montañas, que están alí cando as miras dende a ponte. Pero eu teño recordos que non sei se vivín alí algunha vez, porque lle falo diles á miña nai e dime que iso non o vivín, e eu si que o vivín. Mesmo ás veces sinto coma se soñase e miña nai tenme que chamar moitas veces para que reaccione porque me fun lonxe, lonxe nos pensamentos, coma se istes fosen o Miño e me arrastrasen a outro tempo.
E é un outono frío e lonxano. Ise día que vin a Lúa era primaveira e aínda eu tiña sete anos. Miña avoa quedara na aldeíña pero a min teríame gustado que viñese a Ourense connosco. E eu non sabía daquela que nunca podería vir, nunca máis.
Mercamos un vestido moi bonito e uns zapatos novos que só me poño cando son festas porque non nos quero estragar. Miña nai preguntoume se quería que me mercase algún xoguete, pero eu díxenlle que non, que quería un libro, e entón mercou o de Cantares galegos de Rosalía de Castro, unha edición sinxela e antiga, que bonita é, e estou a volver música os poemas que ten, que escribiu. Quedan moi bonitos, como “Adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos, adiós vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos”, que di “miña terra, miña terra, terra onde me criei... Miña Terra, adiós, adiós” e eu agardo non ter que dicirlle nunca abur á miña terra.  Non quero marchar de eiquí porque eiquí o teño todo. Non me falla ren e non quero máis ren, só ista terra, istes animais, ir á escola para que me aprendan cousiñas novas, ler isas cousiñas nos libros e medrar cos veciños da aldea entre pandeiradas e foliadas, medrar coas festas e cos días de invernía, coa neve e a choiva que nos alonxan do mundo todo. Quero ficar eiquí porque o mundo lonxe de Galicia para min non é mundo xa, é algo coma o universo, que sei que existe, pero non me interesa e sei que por eilí fóra de eiquí non hai ren que me poida facer tan feliz. Pero sei que ninguén entendería que unha cativa de oito anos estea a pensar nistas cousas. Mellor calar, daquela, daquela si calo, será o mellor, e só eu o saberei.
E voume porque miña nai non atura que tarde cando volto da escola. Ademais quéroa axudar cos animais.


Traducción:


Nota de la traductora: Indico la traducción de algunos dialectalismos que no quise traducir para no restarle personalidad ni profundidad al texto:
Erizos: en gallego ourizo es la castaña entera, envuelta en su dura piel con espinas semejante a un erizo.
Saudade: nostalgia extrema, casi tristeza depresiva, por algo o alguien.
Avexón: una manera de llamar a la Santa Compaña en Ourense.
Moura: el hada gallega.
Foliada: sinónimo de fiesta, fiesta en la que se toca música, se baila, se bebe...

Sábado, 6 de julio de 2019
Encontré un momentiño para escribir; algo que últimamente me cuesta mucho porque los días pasan sin que casi pueda sentirlos, pero, no obstante, soy consciente de todo lo que hago, es decir, disfruto de cada cosa como si después no hubiese nada más, incluso del trabajo puedo disfrutar de verdad porque me gusta mucho. Me gusta hacer feliz a la gente con algo tan sencillo como un helado, un café o infusión o con cualquier cosiña que sirvamos en la cafetería. Es un trabajo muy bonito, en realidad, porque estás al servicio de la gente, puedes mostrar lo mejor de ti delante de cualquier persona que espera tu atención. A mí no me cuesta nada darles lo mejor de mí. A veces, sólo basta con una sonrisa.
Ayer fue un día impresionante. Celebrábamos el cumpleaños de Silvia (que fue el 4 de julio, en realidad) y armamos una foliada inmensa en la casa de Antía; una de las pandereteras que tocan en Ialma, que es muy amiga de Silvia. El jueves, Silvia me llamó a las siete de la mañana a la cafetería para confesarme que iba a ser para ella un cumpleaños difícil porque era el primero que vivía sin Lúa, que ellas siempre habían hecho algo muy bonito por su cumpleaños y que este año iba a echarla muchísimo de menos. Bueno, en realidad me preguntó si podía venir a la cafetería para hablar conmigo. No sé por qué me hizo esa pregunta si Silvia es la dueña del negocio; pero, a veces, actúa como si la dueña fuese yo, como si la cafetería fuese mía, porque me deja tomar decisiones que le correspondería a ella tomar, pero no me importa, al contrario, me halaga mucho que confíe tanto en mí. Cada vez lo hace más. Sé que dentro de poco me propondrá que me quede con la cafetería. Estoy deseando que lo haga, pero esperaré con paciencia a que llegue el momento en el que tenga que convertirme en la dueña de ese negocio. Sé que tenerla como mía es una responsabilidad muy grande, pero lo cierto es que no me da nada de miedo ser la jefa de todo, al contrario, incluso me apetece descubrir cómo funciono en ese sentido porque muchas veces tengo que ser yo quien llama a los proveedores para preguntarles cuándo carallo piensan traer los pedidos cuando pasa un día o dos de los que nos prometieron o para indicar que algún pedido ha venido mal, y más cosiñas. Tengo la capacidad suficiente para hablar con cualquier persona de buenas maneras y casi nunca he discutido con nadie por nada. Si llegué a discutir, fue porque la otra persona no estaba dispuesta a aceptar reclamaciones ni a escuchar y a mí eso me jode bastante, siendo claros, porque, si eres responsable de un problema, lo mínimo que se puede hacer es escuchar al cliente y hay veces en las que yo misma le dije a Silvia que cambiásemos de proveedores. Yo misma busqué otra empresa que pudiese satisfacer nuestras necesidades; pero hablar del trabajo aquí es muy agobiante, así que pasaré a hablar de otra cosiña más divertidiña.
Ayer hicimos una foliada impresionante a la que, al fin, asistió Artemisa, pero porque era el cumpleaños de Silvia, muchas veces me lo dijo. No vino porque realmente le apeteciese venir, sino porque se sentía en un compromiso y también me dijo que, si no iba, sería muy complicado que después las demás pensasen en ella como una posible amiga. Eso me hizo pensar mucho. Empecé a preguntarme si Artemisa se sentía sola aquí. Si es cierto que no tiene amigas como las tenía en Barcelona. Allí, allí había mucha gente en la que confiaba. Aquí no. Aquí sólo me tiene a mí y a su hermana, pero, para hablar con ella, tiene que llamarla por teléfono.
Yo la verdad es que muchas veces me olvidaba de que estaba, pero eso me pasaba porque no estoy acostumbrada a que ella venga conmigo, mas los momentos en los que estuvimos compartiendo la música y bailando fueron maravillosos. He de decir que, al principio, sí toqué más con Ialma, pero luego tocó otro grupo al que invitaron a la foliada y me dediqué más a bailar y a beber, que ayer sí bebí un poquiño más que otros días. Fue muy divertido y me reí mucho, pero no podía evitar recordar a Lúa. Sé que no está bien que piense en ella si estoy tan bien con Artemisa, tan feliz y cómoda, si la amo tanto; pero es algo que no puedo evitar, es como si mi alma viviese fuera de mis pensamientos en ese ámbito, es como si ella misma tuviese una mente pensante que le hace pensar en cosiñas que ya fueron y sobre todo en ella, ella me ocupó el pensamiento y el alma durante la mayor parte de la noche. La música sonaba como si surgiese de su recuerdo y la echaba de menos porque me resultaba extraño que ella no estuviese allí conmigo también disfrutando de la música. Estaba Artemisa, que me sonreía continuamente, y estar entre sus brazos me hacía volar, bailar con ella y enseñarle los puntos de la muiñeira y de las jotas que sonaban, formar pareja con ella, todo me hacía soñar, era como si estuviese en el recuerdo de una memoria antigua, y era como si aquélla no fuese la primera vez que vivíamos algo así. Sé que ella también se lo pasó muy bien.
Mas todavía tenemos pendiente esa conversación en la que ella tiene que confesarme lo que le ocurre conmigo. Puedo imaginar que está seria y preocupadiña porque tiene la sensación de que me acuerdo demasiado de Lúa, pero yo no estoy tampoco todo el día hablando de ella, de verdad; mas, a veces, inesperadamente, sale alguna canción que fue nuestra, sale mencionada por alguien, y lo primero que hace Artemisa es mirarme a los ojos. Sé que lo hace para adivinar las emociones que me llenan el alma en ese momento. No sé si me molesta que me observe tanto, pero sí me siento incómoda porque es como si ella quisiese detectar cualquier señal que le indique que aún recuerdo mucho a Lúa, para luego echarme en cara que todavía pienso en ella, que sigo amándola.
El jueves tuve otra visita en la psicóloga, pero tampoco voy a contar aquí todo lo que hablamos. Sólo me dijo que pensase en lo que sentía, que era muy importante que reconociese mis sentimientos; pero yo sé muy bien lo que siento. Sé que amo a Artemisa, que quiero estar con ella para siempre, que la amé en otras vidas y el amor que nos unió siempre fue tan fuerte que ni tan siquiera la muerte pudo deshacerlo; pero también puedo reconocer que necesito a Lúa, la necesito en mi vida, porque ella fue muy importante siempre y los momentos que vivimos fueron tan hermosos que no puedo olvidarlos. No puedo dejar de rememorar esas tardes que compartíamos, esos momentos que nada puede describir. Las semanas que vivimos juntas el año pasado me parecían parte de un sueño, me parecían de mentira, como si fuesen parte de una historia que nada tenía que ver con mi vida; pero era nuestro, todo eso era nuestro, y ella se marchó tan de repente que ni tan siquiera pude hacerme a la idea de que nuestros momentos tenían fin. Y creo que todavía no me he acostumbrado a que ella no esté. Siento que me falta algo, pero también es verdad que no llevo esa tristeza como algo horrible que me destroza el alma, sino como una nostalgia hermosa que me hace recordar con cariño todo lo que vivimos.
Descubrí que incluso la tristeza nos enseña cosiñas que otra emoción nunca nos enseñaría. Es una voz que te habla resaltando detalles que nunca percibiríamos. La tristeza nos hace profundos y reflexivos. Vemos la vida con otros colores mucho más densos que lo tiñen todo de belleza. A mí me gusta la tristeza, me gusta sentirme tristiña rememorando un momento hermoso, porque esa tristeza es un latido que me hace saber que mi alma está viva, sigue viva después de sufrir tanto dolor y tanta decepción. No sé dónde está el límite de mi alma. Quizás todo el sufrimiento que la hinchió durante años la hizo inmensa, porque me cuesta creer que yo siga teniendo la capacidad de apreciar las cosas más bonitas de la vida después de perder en tantas ocasiones las ganas de vivir, la consciencia de mí misma, la cordura. Es como un milagro que aún pueda seguir siendo como soy. Nunca morí, nunca me mató todo el desprecio que me dedicaron durante años, no me mató la morriña enfermiza que me destrozaba el corazón, que sólo me hacía ansiar desesperadamente volver a mi tierra, que tanto daño me hacía cuando me daba cuenta de que mi sueño de regresar se desvanecía en la oscuridad. Sigue mi alma viva y fuerte después de ser maltratada violentamente por la ansiedad y la depresión más profunda. Y eso es lo que tiene que importarme de verdad, que la vida nunca me ha dejado de dar oportunidades para renacer, para ser yo misma.
Y hoy voy a cambiar de diario. Hoy voy a transcribir unas líneas del diario que escribía cuando tenía sólo ocho años. He de decir que no escribía nada bien el gallego. Escribía contrayendo prácticamente todas las palabras. Escribía tal como hablaba y también empleaba muchísimos dialectalismos (algunos de los cuales he dejado porque me parecen muy bonitos, pero otros los quité por parecerme muy distantes de la norma). He decidido corregirlo todo para que la lectura pueda ser comprensible. Digo esto pensando en Artemisa; la única persona a la que le permitiría sumergirse en mi diario, porque a ella no quiero esconderle nada, nada de nada, quiero ser siempre sincera con ella. Si alguna vez quiere conocer todo lo que tengo en el alma, sólo le bastará con asomarse a mi diario. Aquí me encontrará totalmente transparente, sin velos ni restricciones.
También he de decir que, cuando era niña, no me importaba mucho el día en el que escribía. Simplemente iba al bosque y, sentada entre los árboles, comenzaba a escribir lo primero que se me pasaba por la cabeza, sólo sintiendo que me apetecía muchísimo intentar expresarme a través de las palabras. Los momentos en los que escribía no tenían tiempo. Olvidaba todo lo que formaba mi vida y sólo me centraba en mí misma y en lo que sentía. Lo que no he corregido casi es el vocabulario que usaba para escribir porque, entonces, cambiaría el sentido de mis frases y mi espontaneidad. Y he aquí mis recuerdiños vueltos palabras, pertenecientes al año 1984:

8 de noviembre:
Volviendo de la escuela, espié entre los árboles como siempre, buscando algún animaliño que pueda verme, pero sólo los pájaros más valientes llenan el bosque oscuro y frío. Las hojas cubren el suelo de la carretera pequeñina que une mi aldea con la aldea en la que está la escuela. Me gusta caminar pisándolas, arrancándoles esos “crac, crac” que hacen cuando acaban de morir. Me gusta removerlas con mis manos, acostarme en ellas y arrastrarme por el suelo, envolviéndome en ellas mientras la luz muere, porque cuando vuelvo de la escuela ya hay una luz ceniza en el cielo, como decía mi abuela, que decía que el sol manda cenizas al cielo cuando muere. Me gusta mucho el crepúsculo porque me hace sentir muy cerquiña de ella, de mi abueliña, que ya hace un mes que se marchó para siempre, pero aún no puedo entender que no esté. Sé que no está porque su casiña sigue cerradiña como si no hubiese vivido allí nadie, pero me parece que ella está aún a mi lado en las noches, calmándome cuando tengo pesadillas y aún la espero para que vayamos a buscar erizos, que este año casi no pudimos ir, y de repente recuerdo que ella no va a acompañarme a ninguna parte. Nunca más veré su cuerpo, nunca podré coger su mano. Y tengo mucha saudade de ella. Y además quiero entrar en su casa y encender la lareira para sentarme al calor del fuego y verla en las llamas. Pero su casiña está cerrada y quiero entrar, pero no me lo permiten. Y cuando celebramos Magosto se notaba mucho que no estaba. Mi madre decidió estar de luto y no salió a celebrar nada, pero pienso que estar de luto es una manera de decirles a los muertos que no tienen derecho a vernos felices y por eso yo sí que fui a la celebración con los vecinos porque sé que mi abuela querría que estuviese allí. Asamos las castañas, danzamos, cantamos mucho, removí en el fuego y me explotaron muchas castañas, pero me reí mucho, y estuve muy feliz porque la sentía muy cerquiña de mí, oculta entre las sombras, también con nosotros disfrutaba de la fiestiña.
En la escuela, la maestra intenta que le cuente por qué soy tan callada, me hace permanecer en la clase cuando acaban las lecciones, y, cuando se han ido todos ya, pues me dice que he de intentar relacionarme con los demás para tener amigos, que tienen amigos todos, son amiguiños todos. A mí tanto me da que sean amigos. No son rapaces que vaya a ver en mi aldea y, si viviesen aquí, tanto me daba porque a mí no me gusta hablar con ellos. No puedo contarles que echo de menos a mi abuela, no puedo hablarles de ella porque sé que no entenderían que ella ha muerto. Sé que ni siquiera saben qué es la muerte, cómo se vive la muerte. Son niños, sí, muy niños. Tampoco entenderían que me guste tumbarme en el suelo y jugar con las hojas marchitas, o quizás sí pero como se trata de mí, que soy la rariña, pues no jugarían nunca conmigo. Me gusta estar cerca de lo que no está en este mundo. Jugar con lo que no tiene vida ya, como jugaría con mi abuela si viniese a mí convertida en una aparición. La busco entre las sombras de la noche sin que nadie lo sepa porque sé que yo puedo ver a los muertos. Lo supe enseguida una tarde en la que estaba con mi madre paseando por el bosque buscando erizos cuando vi que algo se movía entre los árboles. Le dije a mi madre que había algo ahí que nos acechaba, pero ella no veía nada. Insistí, pero entonces supe que ella no lo veía, que no veía esa masa de luz ceniza que había bajo el cielo, entre los árboles, que tenía forma humana, de cuerpo volando, como si los pies no tocasen el suelo. Luego le contó esto a mi abuela y ella no le dijo nada, pero, cuando estuvimos solas, me dijo que no hablase nunca de esas cosiñas que veía y que parecían no tener cuerpo. Ella sí sabía que yo veía a las ánimas, como supo que vi el Avexón, que fue en la noche de Samaín, la mejor noche del año, cuando la frontera que separa la vida de la muerte se desvanece y podemos entrar en contacto con los que se fueron.
¿quién puede pensar que yo voy a hablar con esos niños que ni tan siquiera entenderían esto, que tendrían pesadillas si les contase estas cosas? Yo no tengo pesadillas con los muertos. Tengo otras pesadillas. A mí los muertos no me dan miedo. Sólo son espíritus, no hacen nada, no pueden hacernos nada, pero aquí la gente no habla de los muertos, les tienen mucho respeto. Yo también, pero los trato con más naturalidad. Tal vez me lleve mejor con ellos que con las personas, como me pasa con los animales. A mi vaquiña sí le cuento todo porque ella me entiende, me mira con sus bonitos ojos cuando le hablo y sé que me escucha. Es a la que le digo cuánto echo de menos a mi abuela. A mi madre no puedo decirle esto porque ella también está muy tristiña y sé que se pondría más tristiña si le dijese esto. Por eso se lo digo a mi vaquiña, la Terriña, que se llama así porque es marrón como la tierra, tan bonita que es, y tan dulciña. A veces parece dorada como los últimos rayos del día.
Nunca le diría esto a ningún niño de ésos que van a la escuela conmigo. No sé por qué me siento tan lejos de ellos. Es como si no fuésemos iguales para nada, como si fuesen de otro planeta. Hay otros planetas en los que no sé si hay vida, pero leí esta expresión en un libro y me hizo mucha gracia. Ser de otro planeta... Quizás la que es de otro planeta soy yo, que no me parezco a ninguna persona que conozco. Todos piensan de modo similar. Esos niños sólo piensan en correr y tirarse cosas, jugando se supone, pero yo les he visto sangre alguna vez. Yo prefiero caminar soliña mientras leo o busco a los animales.
Hay una rapaciña que viene a la aldeíña los veranos que tal vez sí pudiese entenderme, pero ella es mayor que yo. No sé cuántos años tiene, pero es más alta y guapa, muy bonita, porque parece una moura de ésas de los cuentos, con los cabellos rojiños, casi naranjas. No sé de dónde sacó ese color de cabellos. Y tiene los ojos grandes y verdes como la hierba. Pero ella es mayor que yo y creo que nunca se preocuparía por hablar con una rapaza como yo, porque saber que tengo no sé cuántos años menos que ella seguro la echaría atrás. Y yo no me voy a acercar a ella porque no puedo, no soy capaz de hablar con alguien que no conozco. Me da mucha vergüenza y se me pone una cosa en la garganta y no puedo hablar, es como si mi voz se convirtiese en piedra. No puedo hablar y menos puedo hacerlo si comienzan a decirme: “venga, Agnes, di algo, saluda, pregunta esto o aquello otro, no dices nada, ¿por qué? ¿Qué te pasa? No tengas vergüenza, no seas tímida, que es la no sé quién, venga, habla, habla, ay esta rapaza que no dice nada, es que es muy tímida y no le gusta hablar...” si saben que no me gusta hablar, ¿por qué quieren hacerme hablar? Yo prefiero trabajar en silencio la tierra, que con la tierra puedes hablar si quieres, no estás obligada hablar, y con los animales igual porque ellos entienden el lenguaje que no se oye, Los gestos y las miradas que les dediquemos, ellos entienden eso mejor que las palabras, Y por eso me siento tan a gusto con ellos, con la tierra y con los animales, porque no me piden que haga nada que no quiero hacer.  
Pero con los demás, ay, qué lío, siempre igual, teniendo que cumplir y callar cuando quiero hablar, porque cuando vi el “Avexón” pues quería comentarlo con mi madre, pero, no, tenía que callar porque de eso no se habla. No se habla de las cosas de las que quiero hablar y de las que no quiero hablar me hacen hablar.
Esa rapaza que digo, que se llama Lúa, es de la ciudad, de Ourense, y he hablado con ella muy poco, pero porque me obligaron, y sé que no me entendió, quiero decir que no entiende mi acento, que es muy cerradiño. Dicen los de la ciudad que los de aldea hablamos muy distinto y que no hablamos fino ni elegante, que incluso no sabemos hablar castellano. Yo hablo un castellano lleno de palabras gallegas, es verdad, pero leo mucho en castellano porque desgraciadamente la mayor parte de los libros que puedo leer están en castellano. Supongo que alguna vez los traducirán al gallego. A mí me gustaría traducir libros al gallego de muchas lenguas, del inglés al gallego, del francés al gallego. Incluso me gustaría enseñar gallego a los de la ciudad, que lo hablan bien, pero con muchos castellanismos, que así llaman por aquí a las palabras que no son gallegas y que emplean hablando en gallego, sin tener que hacerlo.
Y esto tampoco puedo hablarlo con los demás rapaces porque ellos qué van a saber de esto, si hablan sin pensar en nada, pero sí reflexiono sobre todas esas cosas porque me parece que nuestro modo de hablar forma parte de lo que somos y, si tampoco nos gusta hablar, también es una manera de ser.
Yo puede que con las palabras no hable mucho, pero sí puedo hablar suficiente cuando canto o toco música. Me dicen que canto muy bien, pero que mi voz cambiará cuando crezca. No me gustaría perder esta dulzura que tengo cuando canto. Lo que no va a cambiar nunca es la voz de mi pandereta porque sé hacerla cantar y hablar desde hace muchos años, desde niña ya mi abuela me enseñó a tocarla, a percutir con estilo. Hacemos pandeiradas todas las mujeres y rapaciñas de la aldea, pero muchos me dijeron al oído que yo tocaba de un modo especial y es que de verdad yo disfruto mucho percutiendo, me siento poderosa, y las canciones que tocamos son tan bonitas ... y tan alegres todas, son casi alegres todas. Y me gustan tanto que no dejo de cantarlas. Incluso canto cuando voy de camino a la escuela, cuando ayudo a mi madre en la tierra, cuando voy por el monte con las vaquiñas de la aldea, que yo soy quien las saca para que coman en los prados, que hay muchos por aquí y muy bonitos.
Los rapaces que vienen a la aldea en vacaciones se ríen de mí porque dicen que no soy una niña fina, que soy basta como la gente del campo, pero ¿qué malo tiene eso? No soy bruta ni mucho menos. Brutos lo son ellos porque no saben tratar a los animales como los trato yo ni entienden de la siega, ni de la malla, ni de la vendimia, ni de la tierra, ni de cuándo va a llover, ni de dónde viene el viento, ni de dónde sale el sol, ni de dónde está el norte, ni de a dónde hay que mirar para saber qué día va a hacer mañana, ni de la posición de las estrellas, ni de las fiestas que montamos aquí, ni del lenguaje de las mariposas y de los demás insectos, que dicen mucho dependiendo de cómo vuelen, ni de lo que pueden decirnos los pájaros cuando se desplazan por el cielo de la tarde o del amanecer, ni de qué significa el color de las hojas que caen al suelo, que avisan de la cercanía del invierno, de cómo va a ser el invierno según venga el viento y la temperatura del aire, ni de cuánto va a llover y durante cuánto tiempo. No saben nada del campo, de los bosques, ni nombrar a los distintos árboles saben. ¿Y yo soy bruta e ignorante?
Pero a mí me gusta mucho Ourense, he ido muchas veces, aunque quede a más de una horiña de la aldea, aproximadamente, Porque además las carreteras que tenemos que coger son muy estrechas y bonitas, pero muy bonitas, y también es verdad que tenemos que caminar un buen trozo para acceder a la carretera que baja a Ourense, Porque nosotros vivimos en la montaña y tenemos que bajar a Ourense, Pero a mí me gusta mucho ir. Incluso alguna vez me atreví a ir caminando, que son un montón de horas, pero luego dormí ahí con mi madre. Pero a nosotras se nos nota mucho que somos de la aldea porque los de la ciudad caminan diferente, quizás más rápido y como si les faltase energía, no obstante, y los de aldea caminamos con más vida. Nosotros somos más veloces, pero tranquilos también. Y hablamos de un modo muy distinto, que nada tiene que ver, con un acentiño más fuerte, a mí me parece que cantamos hablando, Que no somos para nada brutos. Brutos, cuando oí esa palabra me dieron ganas de tirarles una piedriña en la cara, para que sepan de brutalidad. Brutos. E ignorantes. Ignorantes dicen, que en la escuela de aquí (o de al lado) no nos enseñan nada. Nada. Pues lo mismo aprenderemos, carallo. Y se ríen de mí porque prefiero estar con las vaquiñas. Son mejores que ellos, desde luego.
Y esa rapaza yo sé que es distinta porque muchas veces me ha defendido delante de ellos y me ha dicho que no les hiciese caso. Yo una vez la vi en Ourense, una vez que fuimos mi madre y yo para comprar ropa, porque la que tengo ya hace años que me la pongo, y estoy creciendo, y no hay quien pueda darme su ropa, que yo llevo ropa heredada. Entonces fuimos a Ourense, que tampoco podemos gastar mucho porque no tenemos dinero, así que buscamos vestidiños que no cuesten mucho. Mi madre va a vender nuestra verdura, nuestras patatas y sacos de millo a los mercados, y de pan también, que pan para los de la ciudad es la bola que sale del horno calentiña y blandiña ya, que dura días, pero para nosotros es el centeno. Pues la vi e iba con más rapazas de su edad permanecieron mirándome sin decir nada. Y Lúa dijo: “mirad, esa rapaciña es de la aldea a la que voy en verano” y ellas no dijeron nada, pero sé que estaban fijándose en mi manera de vestir, que llevaba un vestidiño de lana algo desgastadiña ya, pero era bonito, y unos zuecos de madera que tenían las cuerdiñas un poco estropeadas ya, pero no era para mirarme así, y murmuraron algo, pero no me importa que digan, si su opinión no me va a hacer rica. Pues esas rapazas no saben de las foliadas que armamos nosotros, tan bonitas, y ya me gustaría que me viesen percutir y cantar y viesen qué casiño me hace mi Terriña.
Pero Ourense es muy bonita, muy grande, nada que ver con la aldea, que bastante pequeñina es para que pueda dibujar de memoria todas las calles que la forman, y la placiña, y la ermita que hay, que ni iglesia tiene todavía. Dicen que van a construirla, pero ya hace muchos años que dicen eso, y cuando se trata de cosas importantes como el día del Corpus, Navidad y Semana Santa, que hay muchos días en el calendario que son bastante religiosos... ésos tenemos que ir a la aldeíña de al lado porque aquí no viene cura ninguno. A mí no me gusta ir a la iglesia porque me aburro infinitamente, pero sí me gusta estar en nuestra ermita porque es silente y está llena de soledad y está santa Mariña con un vestidiño blanco y con una mirada muy tierna que me recuerda a mi abuela. Siempre está abierta por si queremos entrar para rezar. Pero yo no rezo, tanto me da. Estoy allí para leer tranquilamente o escribir canciones que luego percuto en la pandereta, pero no para hablar con ese Dios en el que me cuesta creer. Algo me dice que ésa no es mi religión, pero no voy a decirle esto a nadie, dirían que soy... amiga del Demonio, y dicen de mí que soy meiga. Pero nadie lo dice alto, sólo con murmullos, porque esa palabra dicen que trae mala suerte. Meiga yo. Puede que sí, que algo meiga sea si veo a los muertos, si noto cosas que nadie más nota, si puedo comunicarme tanto con los animales, con tanta claridad, si puedo presentir hechos horribles, pero no encuentro que eso sea malo, para nada. Al contrario, me hace especial.
Pues digo que me gusta Ourense, que yo no tengo nada en contra de los de la ciudad ni de la ciudad, si comer allí es una delicia, si me gustan sus calles antiguas y la elegancia que hay. Me siento muy pequeña ante el Miño, que bien grandiño es, no como aquí, que dicen que es el Miño el río que tenemos, pero luego los de la ciudad dicen que no, que es un amigo del Miño, pero no el Miño, pero yo sí siento que es el Miño, por muchos nombres que le den, es el Miño porque tiene sus aguas y habla como él, en silencio. No hace ruido, ningún ruidiño, cuando va entre las roquiñas.
Qué bonito es el Miño aquí en la aldea, pero qué bonito es en Ourense, en ese paseo tan larguiño con árboles, y luego qué bonito es el puente romano, tan duramente construido, tan fuerte, y la antigüedad de las calles. Me da pena que estén construyendo más edificios porque va a desaparecer la visión de las lejanas montañas, que están ahí cuando las miras desde el puente. Pero yo tengo recuerdos que no sé si viví allí alguna vez, porque le hablo de ellos a mi madre y me dice que eso no lo he vivido, y yo sí que lo he vivido. Incluso a veces siento como si soñase y mi madre tiene que llamarme muchas veces para que reaccione porque me fui lejos, lejos en los pensamientos, como si éstos fuesen el Miño y me arrastrasen a otro tiempo.
Y es un otoño frío y lejano. Ese día que vi a Lúa era primavera y yo todavía tenía siete años. Mi abuela se había quedado en la aldeíña pero a mí me habría gustado que viniese a Ourense con nosotras. Y yo no sabía entonces que nunca podría venir, nunca más.
Compramos un vestido muy bonito y unos zapatos nuevos que sólo me pongo cuando son fiestas porque no quiero estropearlos. Mi madre me preguntó si quería que me comprase algún juguete, pero yo le dije que no, que quería un libro, y entonces compró el de Cantares Galegos de Rosalía de Castro, una edición sencilla y antigua, qué bonita es, y estoy volviendo música los poemas que tiene, que escribió. Quedan muy bonitos, como “Adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos; adiós vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos”, que dice “miña terra, miña terra, terra onde me criei... Miña terra, adiós, adiós” y yo espero no tener que decirle nunca adiós a mi tierra. No quiero marcharme de aquí porque aquí lo tengo todo. No me falta nada y no quiero más nada, sólo esta tierra, estos animales, ir a la escuela para que me enseñen cosiñas nuevas, leer esas cosiñas en los libros y crecer con los vecinos de la aldea entre pandeiradas y foliadas, crecer con las fiestas y con los días de invierno, con la nieve y la lluvia que nos alejan de todo el mundo. Quiero permanecer aquí porque el mundo lejos de Galicia para mí no es mundo ya, es algo como el universo, que sé que existe, pero no me interesa y sé que por allí fuera de aquí no hay nada que pueda hacerme tan feliz. Pero sé que nadie entendería que una niña de ocho años esté pensando en estas cosas. Mejor callar, entonces sí callo, será lo mejor, y sólo yo lo sabré.
Y me voy porque mi madre no soporta que tarde cuando vuelvo de la escuela. Además quiero ayudarla con los animales.