martes, 15 de octubre de 2019

DIARIO DE ARTEMISA: LUNES, 14 DE OCTUBRE DE 2019


Lunes, 14 de octubre de 2019:
Querida Agnes, mi queridísima Agnes:
Llevas semanas diciendo que en octubre siempre ocurre algo muy malo que deja temblando toda tu vida y que te destroza el alma. Hace dos años, hubo incendios horribles en Galicia por culpa de los cuales estuviste a punto de perder la cordura para siempre y, el año pasado, se marchó de la vida una de las personas que más quieres y quisiste. Este año, parecía que todo iría bien. En cinco días, íbamos a Casarnos, por fin, después de tanto soñar con ese momento. Tal vez esté siendo injusta o me esté precipitando, pero creo que estoy haciendo lo correcto tanto para ti como para mí, sobre todo para ti. Ahora esto nos dolerá muchísimo. Puede que no lo entiendas o que te niegues a entenderlo, pero sé que acabarás comprendiendo que es lo mejor que puede suceder.
Como muy bien dije antes, en cinco días íbamos a casarnos. Dije íbamos porque ya no va a ser así. Esta carta es una despedida. Intenté decirte mirándote a los ojos todo lo que aquí te escribiré, pero he sido completamente incapaz de hacerlo porque sé que, si trataba de ser sincera contigo, acabarías convenciéndome de que estoy equivocada y sé que lo harías por pena, no porque realmente lo pensases, y no quiero que sigamos juntas porque te dé pena dejarme, porque eres incapaz de aceptar que hace tiempo que lo nuestro ya no tiene sentido. Me has dicho ya, en varias ocasiones, que no soy la misma contigo. Me has preguntado qué puedes hacer tú para hacerme feliz, para conseguir que yo me sienta totalmente feliz. Yo nunca supe contestarte. La decisión de marcharme acabé de tomarla ayer por la noche, cuando me dijiste que no estabas segura de que casarnos fuese lo mejor. Me confesaste que tenías dudas porque ya no era la misma contigo, porque tienes la sensación de que desconfío de ti continuamente, de que no soy feliz y mil cosas más que resonaban con fuerza en mi alma, alertándome de que tenías toda la razón del mundo. Yo te dije que nada de eso tenía que ver con nuestro amor, pero sí tiene que ver. Todo eso tiene que ver con nuestro amor porque, si no estamos bien con nosotras mismas, difícilmente podremos estar bien con nadie y mucho menos con nuestra pareja. Es esencial que estemos bien para poder hacer feliz a la persona que queremos.
Agnes, yo sigo amándote con toda mi alma. Juro que no podré amar a nadie más, que te amo como jamás amé ni amaré a nadie; pero precisamente porque te amo estoy haciendo esto. Voy a sufrir muchísimo. Sé que lloraré todo lo que no he llorado en mi vida. Sin embargo, también me siento esperanzada. Vuelvo a Manresa, con mi hermana. Trabajaré en su herbolario y, mientras, buscaré trabajo de profesora porque ésa es mi vocación. También recuperaré mis prácticas religiosas y ejerceré como sacerdotisa de un templo al que a veces suele ir mi hermana. Tengo muchos motivos para dejar la vida que llevamos aquí; la que no es del todo vida para mí. Si tú y yo fuésemos del todo felices, me quedaría renunciando a todo lo que me hace feliz; pero no tiene sentido que siga viviendo contigo si no me siento igual, si me siento tan incompleta, tan vacía.
No es que desconfíe de ti. Es que desconfío de todo, del destino, de todo. En Ourense, yo no puedo ser feliz contigo y, aunque te parezca injusto y egoísta, no puedo ser feliz contigo en Ourense porque, continuamente, tengo la sensación de que no pertenezco a tu mundo. Pasas la mayor parte de tu tiempo trabajando en la cafetería, sintiéndote plenamente feliz por ello, compartiendo tus momentos con los grupos musicales en los que participas y con la gente del partido. Yo no tengo nada que ver con tu mundo. Antes sí formábamos parte del mismo mundo, cuando vivíamos en Barcelona, cuando, precisamente, eras más infeliz y yo me sentía la mujer más dichosa y feliz del mundo. Ahí radica el principal problema que tenemos, que no puedo ser feliz si tú eres feliz y tú no puedes ser feliz en mi mundo. Algo se quebró entre nosotras desde que regresaste a Ourense, pero hemos tardado mucho tiempo en aceptarlo. Puede que sí hayamos vivido momentos preciosos, pero siento que éstos fueron una despedida a todo lo que compartimos.
Sigo amándote, pero ahora ya no quiero estar contigo. No estoy bien siendo tu pareja. Prefiero que seamos amigas, las mejores amigas del mundo, pero ya no podemos ser un solo ser. Será lo mejor para las dos. Creo que lo piensas, que ya lo sientes. Presiento que necesitas todo el espacio del mundo para ti. Incluso sé que has llegado a pensar que ahora es cuando sientes que estás viva, cuando más necesitas aprovechar todo el tiempo que has perdido lejos de tu tierra. Yo no seré un obstáculo para que vivas.
Agnes, te quiero muchísimo. No pienses nunca que te dejo porque ya no te quiero, al contrario, te dejo porque te quiero demasiado y sé que yo no pego con tu mundo, que yo te amargo la vida, que te corto las alas, que soy la única sombra que se interpone entre la luz que tu tierra te da y tú. No quiero ser una nube que entorpezca el brillo de tu vida. Quiero que seas libre. Llevo bastante tiempo meditando sobre nuestra vida y siento que lo nuestro ya no tiene sentido. Lo tuvo cuando hubo de tenerlo. Hay cosas que duran un tiempo establecido y hay que aceptar que también tienen fin. Yo jamás creí que lo nuestro tendría fin hasta que te reencontraste con Lúa hace más de un año, pero sobre todo desde que supe qué había sido Lúa para ti. Fue tu primer amor. Puede que yo fuese tu amor de muchas vidas, pero Lúa fue siempre tu único amor de esta vida. Tú y yo nos reencontramos vida tras vida porque teníamos algo pendiente y sé que ese algo es poder vivir nuestro amor el tiempo que tenía asignado. Siempre nos separaron injustamente y, en esta vida, hemos podido estar juntas el tiempo que necesitábamos, sin que nadie se interpusiese entre nosotras, nadie excepto Lúa. Ella es la única que puede separarnos porque es el amor de tu vida, de esta vida, y contra eso no se puede luchar. No me atrevo a pensar que tú y yo no habríamos vuelto si ella no se hubiese ido, pero muchas veces lo pensé. Pensé que, si ella aún estuviese viva, tú y yo no estaríamos juntas; pero eso ya no importa, sin embargo. Ahora todo eso queda atrás. No siento que hayamos fracasado, al contrario. Creo que habríamos fracasado si nos hubiésemos casado ignorando esta realidad que ahora nos envuelve.
Agnes, eres una mujer maravillosa. Estoy totalmente segura de que siempre serás feliz. Sé que podrás encontrar a esa mujer que sí pueda compartir todo tu mundo contigo en cuanto te lo propongas porque tienes un inmenso poder de seducción del que apenas eres consciente. Yo he sorprendido a muchas y muchos mirándote embelesados, pero también sé que, cuando yo me vaya, no querrás tener nada con nadie, y no lo sé porque me lo hayas dicho varias veces, sino porque intuyo que ahora lo que quieres es vivir sin compromisos, sin ceñirte a nada ni a nadie.
Por favor, nunca dudes de que seguiré estando a tu lado siempre que lo necesites, que seguiré siendo una de tus mejores amigas. Funcionaremos muy bien como amigas, lo sé, porque yo siento que últimamente soy más tu amiga que tu pareja. No hay culpables de esto. No tienes la culpa de nuestra ruptura y yo tampoco la tengo. Son las circunstancias.
Te pido perdón por dejarte justo hoy. Mañana hará un año que Lúa murió y sé que éste es un momento horrible para tomar este tipo de decisiones, pero es que no quiero que lo alarguemos más. Mi hermana me animaba a que lo hiciese cuanto antes, pero he sido cobarde y he dejado pasar el tiempo estúpidamente. Perdóname, Agnes, por si te hago daño, por si te hiero. No es para nada mi intención. Tengo que reconocerte que no quiero estar mañana a tu lado. Yo nunca quise a Lúa. Nunca sentí nada bonito por ella. Por eso pienso que no es justo que asista al recordatorio que le vais a hacer todas las personas que sí la queríais. Mañana va a ser un día muy triste y yo no quiero vivirlo contigo; pero no porque no me sienta capaz de apoyarte, sino porque siento que yo no pinto nada ahí. No quiero secarte las lágrimas que derramarás por una mujer a la que amaste puede que más que a mí. Amaste a Lúa con una fuerza que yo no puedo aceptar. Lúa sigue viva en tu vida. Sigue viva porque no dejas de recordarla y porque la echas de menos siempre, en cada momento. Sé que piensas que es la única persona con la que podrías compartir todo tu mundo, la única que te entendería de verdad, con la que te entenderías sin secretos, sin sombras. Yo ya no puedo ser nada de eso para ti y me duele tanto que casi no sé sentirlo.
No estoy huyendo, Agnes. Tampoco me iría sin avisarte de ello. Te dejo esta carta para explicarte todo eso que no soy capaz de explicarte en persona. No puedo, Agnes, no puedo decirte esto mirándote a los ojos. No podría hacerlo porque el llanto no me dejaría hablar. Ahora iré a la cafetería, cuando sean las nueve, y te comunicaré que me voy, que vuelvo a Cataluña con mi hermana. Ya tengo preparada toda la maleta. No me llevo muchas cosas, sólo ésas que siento que únicamente me pertenecen a mí. Hay prendas de ropa mías que te pertenecen más a ti. Hay libros a los que tú tienes más cariño que yo y minerales que se llevan mejor contigo que conmigo. Me llevo lo justo y necesario para recordar quién soy. Iré con mi maleta a la cafetería. Sé que te impactará mucho saber que me voy, pero es lo mejor, Agnes, créeme. Sé que lo sabes. Intentarás retenerme, pero acabarás dejándome ir porque entenderás que es inútil que prolonguemos una relación que ya no se sostiene.
No sé si algún día volveremos, pero no lo creo, Agnes. Te deseo lo mejor, que seas feliz siempre, que puedas olvidarte para siempre de que estuviste enferma. Es natural e incluso lógico que de vez en cuando tengas ataques de ansiedad, pero quiero que te convenzas de que ya no estás enferma y no lo estás porque eres feliz. La felicidad aleja cualquier sombra de enfermedad y hace que cualquier síntoma se lleve con más calma.
No voy a alargarme más. Disfruta de la vida todo lo que no pudiste disfrutar antes de volver a tu tierra. Sé feliz siempre y nunca pierdas tu fortaleza, nunca dejes morir tu capacidad de soñar y de sonreír. Tienes la sonrisa más bonita que jamás pude ver y eso no cambiará nunca. Me gustaría morir mirándote a los ojos como hizo Lúa. Creo que tuvo la muerte más bonita que pudo tener un ser humano. De momento, quiero vivir mi vida todo lo que pueda y yo también tengo que recuperar mucho tiempo perdido.
No te guardo nada de rencor. Sigo queriéndote y apreciándote con todo mi corazón y eso no va a cambiar nunca. Por favor, cuando te sientas capaz de hablar conmigo, llámame. Yo también necesito tiempo para digerir nuestra ruptura.
Sé feliz, Agnes.
Te quiere,
Artemisa.

DIARIO DE AGNES: MÉRCORES, 2 DE OUTUBRO DE 2019


Mércores, 2 de outubro de 2019
Hai ben días que non escribo porque realmente non teño tempo para facelo. Ganas non me fallan de converter en verbas todo o que penso e sinto porque escribir é coma unha menciña para min. Cando escribo dándolles forma aos meus sentimentos e aos meus pensamentos, síntome moito mellor e, amais, escribir sérveme tamén para poderme reencontrar comigo mesma cando no futuro me sinta coma me sentín no pasado. É unha maneira de me comunicar comigo mesma, coa eu que serei pasado un tempo e coa eu que fun. Non podería vivir sen escribir, igual que tampouco podería vivir sen a música.
Escribo despois de vivir un dos ensaios máis fermosos que fixemos ultimamente. Ensaiei con Iauga durante dúas horas cancións doutros artistas e tamén cancións que compuxemos entre todas. Eu ultimamente estou moi inspirada e atopo versos en calquera cor do ceo, en calquera momento ou recordo. Teño a ialma chea de bonitas descricións que reflexo na música e non me custa ren darlles melodía a esas verbas silandeiras que nacen do máis profundo do meu corazón, inspirado sempre pola beleza do lugar no que vivo. Cada vez estou máis namorada e unida a Ourense. Sabía que vivir eiquí me faría moi feliz, pero non imaxinaba que puidese estar tan vencellada coas rúas desta cidade. Tamén amo a miña aldeíña, as montañas que a protexen, os antigos bosques que sempre foron o meu refuxio. Síntome moi ditosa por vivir eiquí e por ter unhas orixes tan máxicas. Ser galega e vivir en Galiza faime ser eu mesma. Nunca estiven tan reconciliada comigo mesma. Sendo tan galega como son, será imposíbel sempre que poida ser feliz fóra de Galiza e iso aprendino ben. Nunca máis permitirei que ninguén me afaste da única terra que pode ser o meu fogar. Eu son parte destes bosques, destas árbores, da ialma desta terra antiga e chea de bondade e lendas. Son coma ela en moitos eidos e estar lonxe de eiquí enférmame porque Galiza e máis eu somos indivisíbeis.
E, despois desta declaración de amor tan profunda, tentarei confesarme. Levo tempo sentindo cousas que non sei se están ben, pero non as podo calar e tampouco o quero facer. Non quero tampouco que todo o que vivo ou a meirande parte diso caia no esquecemento e que vaian pasando os días sen que eu tente reflectir o que forma a miña vida.
Vivir eiquí en Ourense non só me fai feliz porque estea na miña terra, senón porque este lugar me deu a oportunidade de ter amigas de verdade, amigas que estarán para sempre ao meu lado e ás que eu nunca abandonarei. Silvia é unha desas amigas coas que a vida me agasallou. Non só somos amigas porque compartamos o noso amor á música, senón porque nos entendemos á perfección e temos dores en común. Ambas as dúas aínda choramos a Lúa e chorámola fondamente. Non podo compartir con ninguén máis esta dor tan profunda. A Artemisa non lle podo falar de Lúa. Lúa é para Artemisa coma unha sombra que escurece a nosa vida. Non me perdoa de todo que estivese namorada dela. Namorar de Lúa non é algo que eu decidise. O amor non se controla. Artemisa pensa que eu planifiquei estar namorada de Lúa durante toda a vida. A outra noite, antes de irmos durmir, díxome que pode que ela fose o amor das miñas vidas pasadas, pero que non dubidaba de que Lúa era o amor da miña vida, desta miña vida presente. Quedei abraiadísima cando ouvín o que me dixera, sen saber que lle debía de respostar. O meu silencio foi unha confirmación para ela.
É certo que eu quero a Artemisa coa miña ialma toda, pero tamén hei de recoñecer que me falla algo con ela, que, despois de partillar con Lúa unha andaina tan marabillosa, síntome moi baleira ao non poder estar con ela e non poder compartir todo iso que compartimos as semanas que estivemos xuntas. Si a boto moitísimo en falla, moitísimo, tanto que, ás veces, me custa respirar. Evidentemente, tento que esa nostalxia non me impida ser feliz con Artemisa, pero é que, sinceramente, ela tampouco colabora moito comigo en que iso sexa posíbel. Ela está moi estraña dende hai ben meses. Non sei se algunha vez chegou a ser feliz eiquí comigo. Eu coido que non. Coido que nunca estivo conforme e sempre se sentiu baleira. Se de veras non pode ser feliz eiquí, non entendo que fai comigo. Pode que esteamos a perder o tempo. Eu quéroa moito, pero querer a alguén non é razón de abondo para manter a ese alguén xunta nós. Eu quero ser feliz con ela, pero cada vez estou máis convencida de que iso non é posíbel e non é posíbel porque ela non pode esquecer o pasado. Amais, ten unha profunda crise de autoestima que lle fai pensar que eu me deitarei con calquera muller que me pareza atractiva. Si é certo que ultimamente me fixo moito nas mulleres e quizais tivese que disimular algo máis, pero é que non sei que me ocorre con elas. Non domeo o meu corpo. É coma se o meu sangre se tivese volto combustíbel. Amais, xa me ocorreu en máis dunha ocasión que me atrae moito algunha clienta da cafetaría e que precisamente vexa interese no ollar desa clienta. Non invento esas cousas porque o meu sexto sentido, que é moi indiscreto ás veces, mo revela. Cústame moito disimular a miña turbación cando me dou de conta de que esas mulleres corresponden á miña mirada. Evidentemente, nunca sería quen de facerlle iso a Artemisa, ao menos polo momento... pero dubido de se algunha vez o farei porque, sinceramente, teño necesidades que non consigo calar. Sinto que as cousas non van ben con Artemisa e iso fai que animicamente me custe moito sentirme completa con ela, pero non o consigo porque ela non está ben.  Non sei se debemos de casar se me sinto así.
Hoxe falei con Silvia. Non só falei con ela, senón que lle abrín totalmente o meu corazón e díxenlle chorando profundamente todo o que sentía e pensaba. Ela escoitoume coma a mellor confidente e logo aconselloume que pensase moito se quería casar con Artemisa, pero non son quen de manter unha conversación tan dura con ela. Non son capaz de preguntarlle se de verdade pensa que casarmos é o mellor agora. Eu sinto que xa non é o mesmo, que algo se foi apagando devagariño e sei que eu non teño a culpa de todo diso porque de veras que me esforcei moitísimo para que o noso puidese seguir brillando. O que noto dende hai ben tempo é que ela se afasta cada vez máis de min. Non comparte nada comigo. Non vén comigo aos ensaios, non vén ás miñas pandeiradas, non vén comigo ás ceas que facemos con Iauga ou con compañeiros do partido. Non colabora en ren comigo. Moi poucas veces veu comigo a algún evento, pero a súa presenza axiña se esvaecía, sempre se ía antes de tempo dicíndome que estaba cansa. Non lle interesa o meu mundo nin a miña vida. O domingo, estopei e boteille en cara todo o que pensaba. Díxenlle que estaba farta de que nunca vivise a miña felicidade, que nunca me acompañase a ren, que non lle importase nada do que a min me fai feliz. Díxenlle todo iso porque se negou rotundamente a me acompañar á vendima. Eu queríalle aprender un pouquiño o que debía de facer, pero sobre todo quería que vivise comigo a ledicia que todos sentimos neses momentos, pero negouse. Iso doeume moitísimo, xa non porque non quixese vivir algo tan importante e fermoso comigo, senón porque foi unha das moitas cousas que rexeitou. Non puiden máis. Dende aquela, síntome distinta, como se estivese decepcionada, e ela nótao. Ela quedou abraiadísima cando me viu tan enfadada. Non foi quen de contestarme e eu tampouco lle dixen nada máis. Collín a porta da casa da aldea e marchei e non voltei ata a tarde. A vendima esta fin de semana foi moi intensa e, por sorte, foi boísima, malia todas as treboadas que houbo estes meses, pero a ela dálle totalmente igual iso. Amais, parece que ela non teña ningunha afección e iso dáme moitísima mágoa. Desanímame que non faga ren, que só se limite a cociñar, a estar na casa lendo ou vendo a televisión. De verdade vivir eiquí en Ourense comigo a apaga tanto? Non coido que sexa o lugar no que vive porque me di a miúdo que lle gusta moito. É algo que ten máis que ver coa súa autoestima, coa confianza en si mesma. Pode que bote en falla a terra na que viviamos antes, pero tamén o fai coa illa na que medrou tanto espiritualmente. Calquera tempo pasado parécelle mellor, aínda que eu estivese doente daquela.
Non sei como acabará todo isto, pero a min dóeme moito que ela estea así porque tamén me senta mal notar a enerxía negativa que nace dela. Eu quero ser feliz, preciso estar positiva para manter a raia a miña doenza; a que, evidentemente, non se foi definitivamente, e faime dano que alguén estea sempre deprimido ao meu lado. Non sei que facer xa por ela. Fixen de todo para axudala. Mesmo lle fago reiki varias veces á semana, pero segue igual e segue igual porque non ten intencións de se curar. Está afundida nunha dor contra a que non loita e iso é o peor. Eu estiven así tamén no pasado, pero eu sabía recoñecer os motivos que me tiñan así. Ela non. Ela só se dedica a criticar todo o que fago, a botarme indirectas que me fan moito dano e que me amosan que non confía en min. Hai algo que se crebou entre nós e non sei como se pode arranxar. Podemos sentirnos ben en moitos momentos, pero sempre hai algo que turra das miñas emocións; unha sensación que me advirte de que algo non vai ben. Míroa aos ollos e non atopo neles o ollar dunha muller feliz e iso dóeme moito porque, inevitabelmente, me sinto culpábel da súa infelicidade.
Dóeme moito dicir todo isto, pero é o que sinto e xa non podo máis. Sinto que cada vez teño a ialma máis chea de impotencia. Moitas veces, procuro calquera actividade para non voltar á casa porque non me apetece para nada encontrarme coa negatividade de Artemisa. Eu síntome feliz por calquera cousiña porque eiquí vivo plenamente e a miña enerxía topa coa de Artemisa e iso faime dano.  Evidentemente, eu tamén teño malos momentos. Eu tamén teño que loitar contra a tristura e o medo que me pon pensar que podo ter outra recaída. Sei que podo recaer en calquera momento porque a miña doenza é así, maniféstase de súpeto cando menos o agardo, cando creo que xa non voltará. E este outubro... dáme medo este outubro. Levo dous anos vivindo cousas horríbeis no outubro e ponme medo que veña o cabodano de Lúa. Faremos algo especial por ela ese martes 15, pero non o quero vivir. Non son quen de ter tan presente que ela marchou para sempre. Bótoa tanto en falla que a súa morte é coma un coitelo que me racha as entrañas e que me fere a ialma con unha crueldade infinda.
Silvia tamén está moi tristeiriña por ela e tamén pola súa nai, que precisamente morreu onte. Non sei que pasa no outubro...
Uxía tamén está a se converter nunha das mellores amigas que tiven nunca, pero con ela hai algo máis, por moita vergonza que me dea recoñecelo. Dende hai días, mirámonos dun xeito estraño, coma sensual e cheo de vergonza, pero ningunha das dúas o recoñecería, eu porque me metería nunha boa lea e ela porque non me contou nunca que lle gustasen as mulleres. Mesmo hai pouco rematou unha relación cun mozo co que levaba tres anos. Ela ten cinco anos menos ca min, pero ela di que eu parezo menor ca ela pola cantidade de vida que teño no meu corpo, pero ela tamén ten moita enerxía, unha enerxía moi positiva e fermosa que me fai sentir viva. Sempre vén á cafetaría nas mañás e bota alí unha hora que é unha das máis agradábeis do día. Algunha vez, por falta de traballo, quedamos falando namentres eu fago cousiñas sen importancia e fica na cafetaría ata que chega Artemisa. Artemisa fixouse en que Uxía e máis eu nos botamos miradas curiosas. Mesmo Uxía, ás veces, cando paso polo seu lado, me acariña as costas ou cólleme da cintura dicíndome algún piropiño. Ao principio, eu botábame a rir, pero agora me poño vermella, directamente, e pásame iso porque a súa actitude... me quenta, quéntame toda, inevitablemente, e parece que ela o intúa. Cada vez tarda máis en arredar as súas mans de min e mírame profundamente cun interese que non deixa de medrar. Amais, a ela síntome capaz de contarlle calquera cousa. Coñéceme cada vez máis e iso, no canto de asustarme, faime sentir feliz. Teño con ela unha relación chea de chanzas, de risos, de sorrisos, de bos momentos. Hoxe, no ensaio, cantamos xuntas unha canción de Leilía que parecía a voz do que tanto agochamos. Non sei se as demais se deron de conta do que pasaba, pero a min realmente dáme igual. Preciso pasar o meu tempo con alguén que comparta o meu mundo, que estea na mesma realidade ca min e Artemisa cada vez parece máis lonxe de min. Xaora que iso me doe... e non sei se deberiamos casar se sinto estas dúbidas. Terei que falar con ela. Non a quero deixar. Simplemente penso que deberiamos de adiar o noso casamento.
Hei de deixar de escribir porque hei de voltar á casa, pero non me apetece nada. Vai algo de friiño eiquí á beiriña do Miño, pero estou tan ben, tan relaxada.... Outra cousiña que me ocorreu o mes pasado é que xa me convertín na dona da cafetaría. Contratei a unha rapaza para que traballe nas tardes. Chámase Dana e é moi boíña. Estuda dereito, pero non está nada contenta coa carreira. A min gústame moito como traballa e como é como persoa.
E seguirei escribindo noutro momento.


Traducción:


Miércoles, 2 de octubre de 2019
Hace muchos días que no escribo porque realmente no tengo tiempo para hacerlo. Ganas no me faltan de convertir en palabras todo lo que pienso y siento porque escribir es como una medicina para mí. Cuando escribo dándoles forma a mis sentimientos y a mis pensamientos, me siento mucho mejor y, además, escribir me sirve también para poder reencontrarme conmigo misma cuando en el futuro me sienta como me sentí en el pasado. Es una manera de comunicarme conmigo misma, con la yo que seré pasado un tiempo y con la yo que fui. No podría vivir sin escribir, igual que tampoco podría vivir sin la música.
Escribo después de vivir uno de los ensayos más hermosos que hicimos últimamente. Ensayé con Iauga durante dos horas canciones de otros artistas y también canciones que compusimos entre todas. Yo últimamente estoy muy inspirada y encuentro versos en cualquier color del cielo, en cualquier momento o recuerdo. Tengo el alma llena de bonitas descripciones que reflejo en la música y no me cuesta nada darles melodía a esas palabras silentes que nacen de lo más profundo de mi corazón, inspirado siempre por la belleza del lugar en el que vivo. Cada vez estoy más enamorada y unida a Ourense. Sabía que vivir aquí me haría muy feliz, pero no imaginaba que pudiese estar tan vinculada a las calles de esta ciudad. También amo mi aldeíña, las montañas que la protegen, los antiguos bosques que siempre fueron mi refugio. Me siento muy dichosa por vivir aquí y por tener unos orígenes tan mágicos. Ser gallega y vivir en Galicia me hace ser yo misma. Nunca he estado tan reconciliada conmigo misma. Siendo tan gallega como soy, será imposible siempre que pueda ser feliz fuera de Galicia y eso lo aprendí bien. Nunca más permitiré que nadie me aleje de la única tierra que puede ser mi hogar. Yo soy parte de estos bosques, de estos árboles, del alma de esta tierra antigua y llena de bondad y leyendas. Soy como ella en muchos aspectos y estar lejos de aquí me enferma porque Galicia y yo somos indivisibles.
Y, después de esta declaración de amor tan profunda, intentaré confesarme. Llevo tiempo sintiendo cosas que no sé si están bien, pero no puedo callarlas y tampoco quiero hacerlo. No quiero tampoco que todo lo que vivo o la mayor parte de eso caiga en el olvido y que vayan pasando los días sin que yo intente reflejar lo que forma mi vida.
Vivir aquí en Ourense no sólo me hace feliz porque esté en mi tierra, sino porque este lugar me ha dado la oportunidad de tener amigas de verdad, amigas que estarán para siempre a mi lado y a las que yo nunca abandonaré. Silvia es una de esas amigas con las que la vida me agasajó. No sólo somos amigas porque compartamos nuestro amor a la música, sino porque nos entendemos a la perfección y tenemos dolores en común. Ambas todavía lloramos a Lúa y la lloramos hondamente. No puedo compartir con nadie más este dolor tan profundo. A Artemisa no puedo hablarle de Lúa. Lúa es para Artemisa como una sombra que oscurece nuestra vida. No me perdona del todo que estuviese enamorada de ella. Enamorarme de Lúa no es algo que yo decidiese. El amor no se controla. Artemisa piensa que yo planifiqué estar enamorada de Lúa durante toda la vida. La otra noche, antes de irnos a dormir, me dijo que puede que ella fuese el amor de mis vidas pasadas, pero que no dudaba de que Lúa era el amor de mi vida, de esta vida presente. Me quedé asombradísima cuando oí lo que me había dicho, sin saber qué debía responderle. Mi silencio fue una confirmación para ella.
Es cierto que yo quiero a Artemisa con toda mi alma, pero también he de reconocer que me falta algo con ella, que, después de compartir con Lúa una etapa tan maravillosa, me siento muy vacía al no poder estar con ella y no poder compartir todo eso que compartimos las semanas que estuvimos juntas. Sí la echo muchísimo en falta, muchísimo, tanto que, a veces, me cuesta respirar. Evidentemente, intento que esa nostalgia no me impida ser feliz con Artemisa, pero es que, sinceramente, ella tampoco colabora mucho conmigo en que eso sea posible. Ella está muy extraña desde hace muchos meses. No sé si alguna vez llegó a ser feliz aquí conmigo. Yo creo que no. Creo que nunca ha estado conforme y siempre se ha sentido vacía. Si de veras no puede ser feliz aquí, no entiendo qué hace conmigo. Puede que estemos perdiendo el tiempo. Yo la quiero mucho, pero querer a alguien no es razón suficiente para mantener a ese alguien a nuestro lado. Yo quiero ser feliz con ella, pero cada vez estoy más convencida de que eso no es posible y no es posible porque ella no puede olvidar el pasado. Además, tiene una profunda crisis de autoestima que le hace pensar que yo me acostaré con cualquier mujer que me parezca atractiva. Sí es cierto que últimamente me fijo mucho en las mujeres y quizás tuviese que disimular algo más, pero es que no sé qué me ocurre con ellas. No domino mi cuerpo. Es como si mi sangre se hubiese vuelto combustible. Además, ya me ha ocurrido en más de una ocasión que me atrae mucho alguna clienta de la cafetería y que precisamente vea interés en la mirada de esa clienta. No invento esas cosas porque mi sexto sentido, que es muy indiscreto a veces, me lo revela. Me cuesta mucho disimular mi turbación cuando me doy cuenta de que esas mujeres corresponden a mi mirada. Evidentemente, nunca sería capaz de hacerle eso a Artemisa, al menos por el momento.. pero dudo de si alguna vez lo haré porque, sinceramente, tengo necesidades que no consigo callar. Siento que las cosas no van bien con Artemisa y eso hace que anímicamente me cueste mucho sentirme completa con ella, pero no lo consigo porque ella no está bien. No sé si debemos casarnos si me siento así.
Hoy he hablado con Silvia. No sólo hablé con ella, sino que le abrí totalmente mi corazón y le dije llorando profundamente todo lo que sentía y pensaba. Ella me escuchó como la mejor confidente y luego me aconsejó que pensase mucho si quería casarme con Artemisa, pero no soy capaz de mantener una conversación tan dura con ella. No soy capaz de preguntarle si de verdad piensa que casarnos es lo mejor ahora. Yo siento que ya no es lo mismo, que algo se fue apagando poquiño a poco y sé que yo no tengo la culpa de eso porque de veras que me esforcé muchísimo para que lo nuestro pudiese seguir brillando. Lo que noto desde hace tiempo es que ella se aleja cada vez más de mí. No comparte nada conmigo. No viene conmigo a los ensayos, no viene a mis pandeiradas, no viene conmigo a las cenas que hacemos con Iauga o con compañeros del partido. No colabora en nada conmigo. Muy pocas veces vino conmigo a algún evento, pero su presencia enseguida se desvanecía, siempre se iba antes de tiempo diciéndome que estaba cansada. No le interesa mi mundo ni mi vida. El domingo, exploté y le eché en cara todo lo que pensaba. Le dije que estaba harta de que nunca viviese mi felicidad, que nunca me acompañase a nada, que no le importase nada de lo que a mí me hace feliz. Le dije todo eso porque se negó rotundamente a acompañarme a la vendimia. Yo quería enseñarle un poquiño lo que debía hacer, pero sobre todo quería que viviese conmigo la felicidad que todos sentimos en esos momentos, pero se negó. Eso me dolió muchísimo, ya no porque no quisiese vivir algo tan importante y hermoso conmigo, sino porque fue una de las muchas cosas que rechazó. No pude más. Desde entonces, me siento distinta, como si estuviese decepcionada, y ella lo nota. Ella se quedó sorprendidísima cuando me vio tan enfadada. No fue capaz de contestarme y yo tampoco le dije nada más. Cogí la puerta de la casa de la aldea y me marché y no volví hasta la tarde. La vendimia este fin de semana ha sido muy intensa y, por suerte, fue buenísima, a pesar de todas las tormentas que hubo estos meses, pero a ella le da totalmente igual eso. Además, parece que ella no tenga ninguna afición y eso me da muchísima pena. Me desanima que no haga nada, que sólo se limite a cocinar, a estar en casa leyendo o viendo la televisión. ¿De verdad vivir aquí en Ourense conmigo la apaga tanto? No creo que sea el lugar en el que vive porque me dice a menudo que le gusta mucho. Es algo que tiene más que ver con su autoestima, con la confianza en sí misma. Puede que eche en falta la tierra en la que vivíamos antes, pero también lo hace con la isla en la que creció tanto espiritualmente. Cualquier tiempo pasado le parece mejor, aunque yo estuviese enferma entonces.
No sé cómo acabará todo esto, pero a mí me duele mucho que ella esté así porque también me sienta mal notar la energía negativa que nace de ella. Yo quiero ser feliz, necesito estar positiva para mantener a raya mi enfermedad; la que, evidentemente, no se ha ido definitivamente, y me hace daño que alguien esté siempre deprimido a mi lado. No sé qué hacer ya por ella. He hecho de todo para ayudarla. Incluso le hago Reiki varias veces a la semana, pero sigue igual y sigue igual porque no tiene intenciones de curarse. Está hundida en un dolor contra el que no lucha y eso es lo peor. Yo he estado también así en el pasado, pero sabía reconocer los motivos que me tenían así. Ella no. Ella sólo se dedica a criticar todo lo que hago, a echarme indirectas que me hacen mucho daño y que me demuestran que no confía en mí. Hay algo que se quebró entre nosotras y no sé cómo se puede solucionar. Podemos sentirnos bien en muchos momentos, pero siempre hay algo que tira de mis emociones; una sensación que me advierte de que algo no va bien. La miro a los ojos y no encuentro en ellos la mirada de una mujer feliz y eso me duele mucho porque, inevitablemente, me siento culpable de su infelicidad.
Me duele mucho decir todo esto, pero es lo que siento y ya no puedo más. Siento que cada vez tengo el alma más llena de impotencia. Muchas veces, busco cualquier actividad para no volver a casa porque no me apetece para nada encontrarme con la negatividad de Artemisa. Yo me siento feliz por cualquier cosiña porque aquí vivo plenamente y mi energía choca con la de Artemisa y eso me hace daño. Evidentemente, yo también tengo malos momentos. Yo también tengo que luchar contra la tristeza y el miedo que me da pensar que puedo tener otra recaída. Sé que puedo recaer en cualquier momento porque mi enfermedad es así, se manifiesta de repente cuando menos lo espero, cuando pienso que ya no volverá. Y este octubre... Me da miedo este octubre. Llevo dos años viviendo cosas horribles en octubre y me da miedo que venga el aniversario de la muerte de Lúa. Haremos algo especial por ella ese martes 15, pero no quiero vivirlo. No soy capaz de tener tan presente que ella se marchó para siempre. La echo tanto de menos que su muerte es como un cuchillo que me rasga las entrañas y que me lacera el alma con una crueldad infinita.
Silvia también está muy tristiña por ella y también por su madre, que precisamente murió ayer. No sé qué pasa en octubre...
uxía también está convirtiéndose en una de las mejores amigas que he tenido nunca, pero con ella hay algo más, por mucha vergüenza que me dé reconocerlo. Desde hace días, nos miramos de un modo extraño, como sensual y lleno de vergüenza, pero ninguna de las dos lo reconocería, yo porque me metería en un buen lío y ella porque no me contó nunca que le gustasen las mujeres. Incluso hace poco acabó una relación con un novio con el que llevaba tres años. Ella tiene cinco años menos que yo, pero ella dice que yo parezco menor que ella por la cantidad de vida que tengo en mi cuerpo, pero ella también tiene mucha energía, una energía muy positiva y hermosa que me hace sentir viva. Siempre viene a la cafetería por las mañanas y echa allí una hora que es una de las más agradables del día. Alguna vez, por falta de trabajo, nos quedamos hablando mientras yo hago cosiñas sin importancia y permanece en la cafetería hasta que llega Artemisa. Artemisa se ha fijado en que Uxía y yo nos echamos miradas curiosas. Incluso Uxía, a veces, cuando paso por su lado, me acaricia la espalda o me coge de la cintura diciéndome algún piropiño. Al principio, yo me echaba a reír, pero ahora me pongo roja, directamente, y me pasa eso porque su actitud... me calienta, me calienta toda, inevitablemente, y parece que ella lo intuya. Cada vez tarda más en alejar las manos de mí y me mira profundamente con un interés que no deja de crecer. Además, a ella me siento capaz de contarle cualquier cosa. Me conoce cada vez más y eso, en vez de asustarme, me hace sentir feliz. Tengo con ella una relación llena de bromas, de risas, de sonrisas, de buenos momentos. Hoy, en el ensayo, cantamos juntas una canción de Leilía que parecía la voz de lo que tanto escondemos. No sé si las demás se dieron cuenta de lo que pasaba, pero a mí realmente me da igual. Necesito pasar mi tiempo con alguien que comparta mi mundo, que esté en la misma realidad que yo y Artemisa cada vez parece más lejos de mí. Por supuesto que eso me duele... y no sé si deberíamos casarnos si siento estas dudas. Tendré que hablar con ella. No quiero dejarla. Simplemente pienso que deberíamos aplazar nuestro casamiento.
He de dejar de escribir porque he de regresar a casa, pero no me apetece nada. Hace algo de friíño aquí en la orilliña del Miño, pero estoy tan bien, tan relajada... Otra cosiña que me ocurrió el mes pasado es que ya me convertí en la dueña de la cafetería. Contraté a una chica para que trabaje por las tardes. Se llama Dana y es muy bueniña. Estudia derecho, pero no está nada contenta con la carrera. A mí me gusta mucho como trabaja y como es como persona.
Y seguiré escribiendo en otro momento.


domingo, 8 de septiembre de 2019

DIARIO DE AGNES: XOVES, 5 DE SETEMBRO DE 2019


xoves, 5 de Setembro de 2019
Aínda teño o susto no corpo. Á noitiña, espertei estarrecida por algo que non podía lembrar. Tivera un pesadelo que esquecín en canto abrín os ollos. Tiña o corpo todo cheo dunha sensación moi estraña. Era unha intuición que me avisaba de que ía ocorrer algo. Ía espertar á miña Artemisiña para compartir con ela ese desacougo tan forte cando, de súpeto, notei que todo comezaba a tremer. A cama tremeu levemente, pero foi abondo para que ese estraño medo que sentía dende que espertara se fixese máis violento. Artemisa espertou nese momento preguntándome que pasaba, pero eu non lle puiden contestar. Eses tremores case que non duraron nin dez segundos. Pasaron axiña, coma se a terra tivese sufrido un arrepío. Foi un tremor que axitou a cidade toda. Por sorte, non hai danos que lamentar. Non vivira un tremor dende había ben anos, dende unha noite na que a miña aldea toda tremeu fortemente coma se alguén a tivese sacudido con mans agresivas. Caeron algunhas árbores e nalgunhas casiñas apareceron fendas preocupantes, pero ren máis.
Amais, xa hai incendios, aínda que, polo momento, non están a ser moi destrutivos. Estaban tardando xa en aparecer. Non quero que estas cousas me afecten porque, realmente, me encontro moi ben, estaba moi tranquila, mesmo podo aturar os nervios que, de cando en vez, me enchen a ialma toda; pero estes detalliños pódenme facer caer e non quero. Quérome manter forte e sobre todo agora, cando Artemisa me necesita tanto. Ela non está tan animadiña coma min. Non obstante, non podo loitar contra a impotencia e a tristura que me domean cando sei que algún recuncho da miña terra está ardendo. Non podo facer ren nin para evitar eses terríbeis sentimentos que tanto dano me fan nin para apagar eses incendios que tanto destrúen a miña terra.
Hai case dúas semanas que voltamos á rutina. A rutina non me asusta como me ocorría cando vivía en Barcelona; ao contrario, atráeme coma se eu fose parte dela e sen min non puidese existir e eu sen ela tampouco podo existir, pois precísoa para que os meus días teñan sentido. Esa é a verdadeira razón da vida, que atopemos sentido aos nosos días grazas á rutina.
Rodéame unha tarde fermosísima, chea de sol e adornada cun ar fresquiño que zoa traendo o recendo dos campos. Áchome sentadiña na herba, perante o Miño, e sinto que o tempo se detivo. Non me parece imposíbel crer que non hai ren máis alá deste intre que me sostén. Aboio nunha realidade que se asemella a un soño, xa o dixen moitas veces. Houben de percorrer un longo camiño para chegar deica eiquí, até este momento da miña vida que xa virou na miña vida toda. Decotío ouzo no ar unha voz que me asegura que me encontro no momento indicado e preciso. Mesmo a tristura ten unha cor diferente e máis brillante. Nunca tivo tanto sentido chorar como agora. Constrúo un refuxio feito de bágoas cando a tristura me aperta o peito querendo voar lonxe do meu corazón silandeiro. Se choro, sempre teño algunha razón para facelo. A nostalxia polo que se foi é unha delas. Gustaríame compartir con aquelas persoas que marcharon para sempre todos estes logros que agora conseguín. Gustaríame que Lúa escoitase as fermosas versións que fago das cancións que máis nos gustan. Gustaríame que coñecese ben a Artemisa e puidese borrar da súa mente a imaxe desa muller celosa que case se tirou a vida por non poder aturar a existencia do noso amor. Gustaríame verme rodeada, de novo, por ela, pola miña avoa, pola nai de Lúa, nunha desas noites de foliada que de tanta vida nos enchían o corazón; pero eses momentos pertencen a unha realidade que nunca voltará, que sempre ficará detida no esquecemento do tempo, porque sei que o tempo tamén ten memoria e pode esquecer.
Non obstante, sinto que, á fin, a miña vida é perfecta, mais nada é para sempre, como di unha belísima canción que hai tempo me amosou Artemisa. Ren é para sempre e ben o sei. Esa certeza ponme medo. Non me atrevo a dicir que son feliz porque non quero que a vida ría de min tirándome algunha das cousiñas que constrúen esta felicidade. Quero que este presente dure para sempre, que non o leve o vento nin o destrúa o tempo, que para sempre fiquemos detidas nestas momentos que tan cheos de felicidade están. Quero permanecer neste momento para sempre, até que chegue a nosa fin, o momento no que pecharei os ollos para sempre. A morte non me arrepía. Non sinto medo cando penso en que, algún día, eu deixarei de existir. Non pensarei máis, non sentirei ren. Apagarase todo para min e nin tan sequera haberá silencio. Tragarame unha nada que me envolverá coma unha antiga manta e, daquela, só seguirei vivindo na memoria de quen me coñeceu; pero sei que, para daquela, ninguén quedará xa nesta vida que me poida lembrar, só a terra, a miña terra, terame para sempre con ela, na súa antiga memoria.
Mais Artemisa non é tan feliz coma min. Hai ben días que me di que non lle apetece seguir traballando na cafetaría. Explicoume que fixera algunhas entrevistas en colexios concertados e privados para ver se a contratan nalgún deles para poder recuperar a súa profesión e confesoume que se arrepentía profundamente de non terse presentado ás oposicións de educación que se convocaron este ano. En varias ocasións, antes de ir durmir, díxome que botaba moitísimo en falla cousas da vida que tiñamos en Barcelona como o seu choio. O sábado á noite, preguntoume, case chorando, se entendía o que significaba ter unha praza propia nun instituto. Díxome que se arrepentía de telo feito todo tan mal, que só se deixara levar polo amor que sente por min sen pensar en nada. Ela non o fará conscientemente, pero a min faime sentir moi culpábel cando me di todo iso. Cando ela veu eiquí a Ourense coa intención de recuperarme, eu aínda estaba con Lúa. Porén, non ten moito sentido que me sinta culpábel por algo que Artemisa fixo porque realmente llo pediu o seu corazón. Deixouse levar por unha intuición que non foi certa ata que transcorreron dous meses, alomenos, porque eu tampouco sei se lle tería suplicado que viñese a Ourense se ela era feliz en Barcelona; pero, neses momentos, Artemisa non era Artemisa, non era a muller que agora teño ao meu lado. Estaba tan tristeiriña que a tristura lle anubraba a razón. Tampouco lle atopo sentido a arrepentirse desa maneira por algo que, en verdade, nos uniu, pero agora Artemisa é incapaz de ver a parte positiva a todo o que vivimos. Si é certo que lle gusta traballar comigo e que mesmo goza compartindo comigo todo o que nos ocorre no choio, pero eu non a vexo feliz e iso dóeme moitísimo. Nin tan sequera vai abrir a herboristaría que tiña planificado abrir. A súa irmá non se atreve a vir vivir eiquí a Ourense deixándoo todo e Gabriel aseguroulle que el prefería mudar de vida. É quen de deixalo todo por ela e ir vivir a Manresa. Mesmo creo que está xestionando o seu traslado. Iso decepcionou moitísimo a Artemisa. A min tamén me desilusionou moito, a verdade, porque me facía moitísima ilusión que Casandra vivise preto de nós; pero ela é a única dona da súa vida e sabe mellor que ninguén o que máis feliz lle pode facer.
E quero deixar de falar deste presente que para min tan cheo de luz está. Trouxen eiquí, á beiriña do Miño, o meu diario de adolescente. Pouquiñas verbas me restan para transcribir, pero non o quero abandonar agora. Este e o derradeiro día que podo atopar neste libriño que eu escribín con tanto sentimento; o libriño da miña nenez e da miña adolescencia, feito con verbas que nacían no máis fundo do meu corazón, ferido e feliz a partes iguais, e sei que escribía sendo consciente de que, algún día, eu podería recuperar estas verbas que eu deixei agochadas no máis profundo dun caixón, alí onde ninguén as puidese ler, nin tan sequera a escuridade, esa escuridade que, tal como eu dicía, “era unha noite que non tiña abrente.”

Luns, 12 de febreiro de 1990:
Hoxe non fun á escola. Non fun porque non quixen. No canto, vin eiquí ao prado con Luceiriña, que é a vaquiña que temos agora dende que a Terriña morreu hai ben anos. Aínda lembro dela coma se a vise, pero á Luceiriña tamén a quero moito. Faise querer porque ten uns olliños moi sinceros. Pero dicía que vin eiquí ao bosque porque non fun á escola e que non fun porque non quixen. Non vou ir máis. A miña nai pensa que fun á escola. Saín á hora de sempre, pero, en troques de ir cara a estrada que me conduce a Carballeira de embaixo, que é onde está a escola, fun á corte e pedinlle á Luceiriña que me acompañase. Ela enténdeme. Non fala a miña lingua, pero fala a lingua dos ollares e dos silencios, que moitas veces é moito máis precisa cá das verbas.
Hai un mes que o souben e, dende aquela, ren quero saber de ninguén e moito menos da miña nai. Só me apetece estar eiquí soa entre ás árbores, namentres a Luceiriña come a herbiña, tan acougadamente, aínda que agora non hai case herba, case que non hai, porque esta invernía parece de ferro e non se vai. Choveu moito durante días, durante noites, e a choiva calaba o silencio que se amorea nos recunchos da aldea. Síntome tristeiriña e estarrecida porque non me poderei despedir da primavera.
Sinto a pobreza toda que enche os nosos días. Veu de repente, cando menos a agardaba, soterrando os sorrisos e as verbas bonitas. Veu de socato arrastrando á nada os soños. Veu e quedou eiquí ao meu lado, termando da miña man, e non me deixa moverme, case, porque me afoga nunha desesperación que ningunha cativa debería de sentir. Mais eu non son unha cativa xa. Síntome moito máis medrada mentalmente que todos eses cativos que veñen á aldea só no verán unhas dúas semanas e pensan que só vivimos así eses días que eles están eiquí, fitándonos fixamente coma se quixesen entender a nosa maneira de vivir. Que van entender eles se non están cando as festas máis importantes, cando a seitura, cando a malla, cando a vendima? Pero todo iso agora vai perdendo senso, coma se a tristura lles arrebatase o sentido ás palabras, porque vai quedando unha soidade precisa que enche os recantos.
A neve aínda é dona dos cumes das montañas, das cales vén un vento tan frío como o derradeiro laio dunha vida. Nunca me sentín tan soa coma nesta invernía que non quere marchar. Vaime tirar a visión da primavera, seino. Non me dará tempo a vela por derradeira vez na miña vida.
A miña nai está a o preparar todo para que eu marche a xalundes onde non vou ir xamais porque antes morrerei, eu mesma me tirarei a vida antes de que ma tiren os demais nunha terra que nunca poderá ser o meu fogar. Sentireime pechada coma eses animais aos que arrincan dos seus lugares para trasladalos aos circos. Nunca vin un circo, pero parécenme unha aberración e eu serei coma eses elefantiños, pobriños, aos que obrigan a entreter á xente. Non permitirei que me maten antes de que eu sinta morrer a miña ialma. Matar unha ialma é moito máis doado que matar un corpo.
Vén unha noite que non ten abrente. Vén unha noite longa e fría, profundamente escura, coma a primeira noite da Historia. Imaxino que non había estrelas, que as estrelas naceron para alumear a noite. Daquela, que luz primixenia iluminaría o primeiro ollar do mundo? Hai noites que soño cunha man que me aperta o corazón. Teño unha man na ialma, unha man xeada, e unha aperta infinda que me atrae, unha voz que me pregunta: “estás certa de que queres marchar?” Eu non podo contestar porque non teño voz. Fico en silencio ollando paseniñamente ao meu redor porque sei que non vou atopar ren. Unha fonda escuridade paralizou a vida. Non hai ren ao meu redor, só silencio, esa man que me aperta o peito, que ten o meu corazón ferido entre os seus dedos. Esa man está cada vez máis fría. Sinto que se me xea o sangue e que me custa respirar. Esperto co estómago baleiro e coa ialma treméndome, coma se de súpeto notase fisicamente a parte intanxible do meu ser, porque os seres todos están feitos dunha parte intanxible e outra que se percibe cos sentidos. Desa parte que non se percibe cos sentidos están feitas as ánimas, veñen nesa parte súa que a morte non pode desfacer. Porén, sei que non morrerei definitivamente se me boto ao Miño. O meu corpo incharase, por unha vez na miña vida, non aparecerei tan magriña perante a xente que me atope, porque sempre fun tan magriña que os meus ósos semellan de cristal., Aparecerei cos ollos abertos porque me esforzarei por non pechalos para poder observar o mundo ata o derradeiro intre da miña vida. Verei a cor da auga, pode que algún peixe se achegue a min con curiosidade, namentres o peso das pedras que me enchen a miña roupa toda me afunde. Empurrarame ese peso que non será meu e irame fallando o ar, cada vez máis, ata que sinta que a desesperación por vivir berrará por dentro de min, pero eu ficarei queda, sentindo como a vida se me vai. Vai ser horríbel, seino, pero será un intre, só,. Se non morro, daquela serán anos de sufrimento que me matarán devagariño, sen que eu mesma poida presentir cal será o derradeiro salouco da miña ialma.
E, agora, neste intre eterno, que me gustaría que fose unha vida nova, dende o seu comezo, quérome dirixir a eses seres todos que me coñecen e que me poden escoitar. Mesmo a miña vaquiña, que me olla de esguello, saberá interpretar as miñas verbas silandeiras.
Sempre estarei eiquí, por moi lonxe que o meu corpo apareza deste lugar, arrastrado pola forza do Miño. Estarei eiquí porque de eiquí nacín, destas árbores veño, este ar respirei sempre, con esta auga vivín dende o principio da miña vida. Hai tanto de min eiquí que sinto que non morrerei se me tiro a vida porque ficarán vivas as árbores que tanto me protexeron, ficará viva a miña terra. Só pido que nunca destrúan estas fragas, que nunca corten estes carballos, que nunca lles tiren a vida a estas maceiras tan raras para este lugar. A sombra das árbores da a vida. O son da auga é o murmurio do tempo que se vai e este ar tan limpo é a voz das montañas. A neve seguirá caendo, seguirán sendo de prata as folerpas que se pousen nas pólas das árbores.
Luceiriña, coida da miña nai. Segue pastando neste lugar que tanto te pertence e non chores por min. Nunca unha ialma foi tan feliz como o foi a miña estes anos.
Quérome despedir desas persoas que me souberon entender, mesmo da miña terra, da música, da vida, cunhas verbas que me sairán do máis fondo da miña ialma, a que xa treme pola chegada da morte. Vou morrer e restan só quince días para que me atreva a facelo. Como despedirme de todos vós se sinto que non hai adeus para tanto amor? Seguide vendo como pasan as nubes por este ceo, este ceo dunha terra belida onde naceu tanta fermosura, tanta bondade, tanta humildade, tanto amor, tanta música e tantas lendas, o ceo deste recunchiño do mundo do que ninguén lembra, do que ninguén ha lembrar xamais, pois a lembranza dun lugar pode esnaquizar a súa calma. Que a miña aldea siga sendo invisíbel para todos aqueles que só pensan en construíren estradas que conduzan a ningures. Non pode haber terra sen unha árbore que nos dea sombra. Esnaquizaren as árbores é o que queren eles, que non pensan en ren. Que a miña aldea estea sempre lonxe da destrución, da maldade, de ambición de todos eses que só pensan nos cartos, non na terra, no sentimento que encerra unha terra tan forte e valente que loita contra as treboadas máis agresivas, contra as nevaradas máis violentas.
Non sei se alguén algunha vez lerá o meu diario, lerá as miñas palabras. Se isto ocorre, só quero dicir... que vos quero, que vos quero de verdade, que a miña ialma foi silandeira porque se expresaba mellor coa música, coa miña pandeireta, coas miñas cancións, porque os meus ollos xa falaban por min. “Din que os meus ollos negros, ai os meus ollos negros, falan a súa lingua...” Só sei que amei de verdade porque o amor precisamente me fixo vivir, porque souben o que era vivir cando aprendín a interpretar ese sentimento que a tantas cousiñas nos une. E vencellada quedarei sempre a esta terra e a vós, para sempre.
Lúa, non sei se algunha vez poderei volver falar contigo. Só quero que saibas que o noso foi sincero, que o meu corazón non tiña doce anos cando me deches o primeiro bico. Tiña moitos máis. Tiña na ialma unha sabedoría que non me deu esta vida, que viña de máis lonxe. Aprendín a bicarte lembrando todas esas veces que soñei que o facía. Souben facelo porque o imaxinei tantas veces que mesmo me parecía que tiña ocorrido. Non me procures en ninguén máis cando saibas que nunca máis me verás de novo. Son única coma ti. Emporiso, non poderei estar en ningún lugar, só na túa memoria, tan cheíña de lembranzas bonitas. Nunca deixes de tocar e cantar as nosas cancións, miña estrela. Ogallá todo tivese sido diferente, pero sei que ren poderá ser, que rematou todo moito antes de que puidese comezar, porque nos tiraron a liberdade, acabaron por nós a nosa loita.
E eu, quen son eu? Son Agnes, unha rapaza de trece anos que naceu nun recunchiño moi pequeno do mundo, un recunchiño entre montañas altísimas que, na invernía, se enchen de neve. Nacín nunha provincia dun pequeno país inzado de lendas e de fermosísimas cancións, un país que fala unha lingua desprezada pola mesma xente que a fala, unha lingua fermosa na que se escribiron poesías moi antigas que falaban do amor agochado. Nacín nunha terra acariñada polo mar, vixiada por milleiros de árbores que están eiquí dende hai ben anos. Nacín nunha terra fértil que dá tanta vida que sería imposíbel recollela toda nunha eternidade. Son parte dun pequeno mundo que para min será sempre o mundo máis grande, o único mundo para min habitábel. Na miña memoria resoa o nome da cidade máis bonita do mundo, Ourense, na que, algunha vez, soñei poder estudar algunha carreira que me permitise ter máis coñecementos; mais eu sempre souben que quería morrer de velliña eiquí, nestas leiras que dende sempre cultivou a miña familia, nesa casiña que ten a lareira máis antiga da aldea... A miña aldea está nas montañas de Ourense. Fica incomunicada na invernía, aínda que, no resto do ano, é moi difícil chegar deica ela porque a estrada máis próxima se atopa a dous quilómetros como mínimo de eiquí e así vai ser sempre.
Son Agnes e sei que vin ao mundo para saber que é vivir de verdade. Non podo seguir neste mundo porque me van tirar a vida. Non me condenaron a morte por ningún delito. Condenáronme a morrer lonxe de eiquí sen que ninguén me teña que tirar a vida. Coñezo a tristura máis fonda, coñezo tamén a morriña, pois sentina aínda que non tivese marchado nunca de eiquí. Sentina na música, nas historias de quen se foron lonxe, sentina nas cores do solpor e no murmurio da auga. Sei que a morriña pode virar nunha doenza se se cala, se se tenta silenciar, e será o que a min me ocorrerá cando me arrinquen deste lugar. Sei que pensan que non coñezo esa verdade, pero coñézoa tan ben coma a miña propia existencia. Non vou estudar lonxe, pois non terei futuro lonxe de eiquí, arredada do que mellor coñezo.
E, como dicía miña querida Rosalía de Castro: “adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos, adiós vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos. Miña terra, miña terra, terra onde me criei, hortiña que quero tanto, figueiriñas que plantei, prados, ríos, arboredas, pinares que move o vento, paxariños piadores, casiña do meu contento... Muíño dos castañares, noites claras de luar, campaniñas timbradoras da igrexiña do lugar, amoriños das silveiras que eu lle daba ao meu amor, caminiños entre o millo, adiós para sempre adiós. Adiós gloria, adiós contento, deixo a casa onde nascín, deixo a aldea que coñezo por un mundo que non vin.”
E adiós para sempre porque eu mesma marcho antes de que me afasten de eiquí. Esa canción seguramente estaría nos beizos dun emigrante que marchaba lonxe da terra procurando unha vida mellor (non sei que vida mellor pode haber lonxe de eiquí), pero a miña ialma cántaa porque tamén me despido da vida e a vida é para min todo o que van nomeando estes versos que sempre me fixeron chorar.
Remata o meu solpor eterno, rematan os intres do meu vivir. Eiquí, este día foise entre bágoas xeadas e punxentes que me rachan a pel das meixelas, que chegan ao meu corazón xa viradas nun coitelo que me esnaquiza a ialma. Lonxe de todo quedaron xa os meus soños e a miña esperanza, pero morrerei feliz porque rematará todo eiquí, neste lugar que é o meu único fogar. Se estou tola, que ninguén me cure nunca desta tolemia que me fai amar con tanta forza.
Eiquí escribirei unha carta para a miña nai, para que saiba o que sentía antes de marchar para sempre:

Querida miña naiciña:
Escríboche esta carta como un adeus. Quéroche dicir ata loguiño, ata pronto, pero a túa vida vai durar moito máis cá miña, seguro. Estou certa de que nos volveremos ver na morte, pero tampouco o podo asegurar. Ren é seguro arestora. Nin tan sequera estou convencida de que vos poida dicir adeus. Non sei se lerás estas verbas algún día. Eu quero pensar que si, que, limpando ou ordenando o meu cuarto, atoparás algún día o meu diario e poderaste mergullar en todo o que pensaba e sentía. Levo moitos anos calando os meus sentimentos máis profundos porque sei que non é doado entendelos, pero eiquí sempre fun sincera.
Escríboche porque non son quen de dicirche todo isto que che quero dicir mirándote aos ollos. Non me sae a voz dende hai ben semanas e mesmo meses. Hai ben meses que sinto que non falo igual xa, que a miña voz perdeu volume e que non soa. Non podo cantar porque cada canción se me queda atascada na gorxa, porque teño por dentro de min unha tristura que devora todas as miñas palabras e que se alimenta da miña voz. Esta tristura naceu cando souben que ti pretendías arredarme deste o meu fogar. É o meu fogar, naiciña. Por que me queres afastar do que realmente coñezo e amo? Sei que non poderás contestar a estas preguntas cando leas estas palabras, pero, igualmente, eu quérocho preguntar porque non podo gardar por máis tempo estas preguntas en min. Que futuro cres que podo ter lonxe da miña terra? Pero non existe ese futuro para min. Eu vou facer que non exista máis futuro para min. Marcharei á morte con este pasado que non trocaría por ren e con estes anacos de presente nos que vexo a realidade tal como todos querían que a vise.
Algún día, cando nos volvamos ver na morte, entón poderás entender o fondo que foi sempre o meu amor, amor a todo, á terra, aos animais que formaron parte da nosa familia, aos veciños, a todo o que sempre foi o meu mundo, e podereiche explicar por que preferín a morte antes que o afastamento, antes que vivir lonxe. Emigrantes galegos de abondo hai xa na terra, non cres? Non quero levar tanta tristura fóra de Galiza. Prefiro que todo remate, nai.
Quérote moito, iso sempre foi así, quérote porque es a miña nai, porque, malia non entendéresme en moitas ocasións, sempre loitaches por min, sempre me deches o mellor, sempre coidaches da miña vida, sempre fuches un anxiño para min, a miña nai, a muller que me bicaba na fronte antes de durmir, que me explicaba contos antigos cando tiña medo aos pesadelos, que me cantaba cando estaba tristeiriña, que me aprendeu a labrar a terra, a segar, a mallar, a sachar o millo… a vendimar mesmo, a que me aprendeu o valor da comida máis sinxela, a facer potes deliciosos, a tecer roupiña tamén sinxela que me puidese protexer do frío da invernía, a que me ensinou a acender a lareira e a coidar dos animais. Quérote porque levo moito de ti en min e sei que agora estás trabucada. Pensas que o mellor para min está fóra deste mundo. Queres que estude para que sexa alguén de proveito na vida, pero eu sei que esa non é a intención que tes comigo. Non che podo gardar rancor por iso porque coñezo o que sentes de verdade. Ti nunca me afastarías do teu lado. Obrígante a facelo as convencións sociais que tanto nos afogan e o que dirán. Non podo estar enfadada contigo porque só sinto tristura e decepción, pero estou decepcionada coa vida, non contigo.
E eiquí che dou o meu adeus; un adeus que talvez sexa eterno, pero eu quero crer que será un ata loguiño porque te quero volver ver noutra vida.
A túa filla que te quere,
Agnes.
 Traducción: 
Jueves, 5 de septiembre de 2019

Todavía tengo el susto en el cuerpo. Anoche, desperté aterrada por algo que no podía recordar. Había tenido una pesadilla que olvidé en cuanto abrí los ojos. Tenía todo el cuerpo lleno de una sensación muy extraña. Era una intuición que me avisaba de que iba a ocurrir algo. Iba a despertar a mi Artemisiña para compartir con ella ese desasosiego tan fuerte cuando, de súbito, noté que todo comenzaba a temblar. La cama tembló levemente, pero fue suficiente para que ese extraño miedo que sentía desde que había despertado se hiciese más violento. Artemisa despertó en ese momento preguntándome qué pasaba, pero yo no pude contestarle. Esos temblores apenas duraron diez segundos. Pasaron enseguida, como si la tierra hubiese sufrido un escalofrío. fue un terremoto que agitó toda la ciudad. Por suerte, no hay daños que lamentar. No había vivido un terremoto desde hacía muchos años, desde una noche en la que mi aldea tembló fuertemente como si alguien la hubiese sacudido con manos agresivas. Se cayeron algunos árboles y en algunas casiñas aparecieron grietas preocupantes, pero nada más.
Además, ya hay incendios, aunque, por el momento, no están siendo muy destructivos. Estaban tardando ya en aparecer. No quiero que estas cosas me afecten porque, realmente, me encuentro muy bien, estaba muy tranquila, incluso puedo soportar los nervios que, de vez en cuando, me llenan toda el alma, pero estos detalliños pueden hacerme caer y no quiero. Quiero mantenerme fuerte y sobre todo ahora, cuando Artemisa me necesita tanto. Ella no está tan animadiña como yo. No obstante, no puedo luchar contra la impotencia y la tristeza que me dominan cuando sé que algún rincón de mi tierra está ardiendo. No puedo hacer nada ni para evitar esos terribles sentimientos que tanto daño me hacen ni para apagar esos incendios que tanto destruyen mi tierra.
Hace casi dos semanas que volvimos a la rutina. La rutina no me asusta como me ocurría cuando vivía en Barcelona; al contrario, me atrae como si yo fuese parte de ella y sin mí no pudiese existir y yo sin ella tampoco puedo existir, pues la necesito para que mis días tengan sentido. Ésa es la verdadera razón de la vida, que encontremos sentido a nuestros días gracias a la rutina.
Me rodea una tarde hermosísima, llena de sol y adornada con un aire fresquiño que sopla trayendo el aroma de los campos. Me hallo sentadiña en la hierba, delante del Miño, y siento que el tiempo se ha detenido. No me parece imposible creer que no hay nada más allá de este instante que me sostiene. Floto en una realidad que se asemeja a un sueño, ya lo he dicho muchas veces. Hube de recorrer un largo camino para llegar hasta aquí, hasta este momento de mi vida que ya devino en toda mi vida. Continuamente oigo en el aire una voz que me asegura que me encuentro en el momento indicado y preciso. Incluso la tristeza tiene un color diferente y más brillante. Nunca tuvo tanto sentido llorar como ahora. Construyo un refugio hecho de lágrimas cuando la tristeza me aprieta el pecho intentando volar lejos de mi corazón silencioso. Si lloro, siempre tengo alguna razón para hacerlo. La nostalgia por lo que se fue es una de ellas. Me gustaría compartir con aquellas personas que se marcharon para siempre todos estos logros que ahora conseguí. Me gustaría que Lúa escuchase las hermosas versiones que hago de las canciones que más nos gustan. Me gustaría que conociese bien a Artemisa y pudiese borrar de su mente la imagen de esa mujer celosa que casi se quitó la vida por no poder soportar la existencia de nuestro amor. Me gustaría verme rodeada, de nuevo, por ella, por mi abuela, por la madre de Lúa, en una de esas noches de foliada que de tanta vida nos llenaban el corazón; pero esos momentos pertenecen a una realidad que nunca volverá, que siempre permanecerá detenida en el olvido del tiempo, porque sé que el tiempo también tiene memoria y puede olvidar.
No obstante, siento que, al fin, mi vida es perfecta, pero nada es para siempre, como dice una bellísima canción que hace tiempo me enseñó Artemisa. Nada es para siempre y bien lo sé. Esa certeza me da miedo. No me atrevo a decir que soy feliz porque no quiero que la vida se ría de mí quitándome alguna de las cosiñas que construyen esta felicidad. Quiero que este presente dure para siempre, que no se lo lleve el viento ni lo destruya el tiempo, que para siempre permanezcamos detenidas en estos momentos que tan llenos de felicidad están. Quiero permanecer en este momento para siempre, hasta que llegue nuestro fin, el momento en el que cerraré los ojos para siempre. La muerte no me aterra. No siento miedo cuando pienso en que, algún día, yo dejaré de existir. No pensaré más, no sentiré nada. Se apagará todo para mí y ni tan siquiera habrá silencio. Me tragará una nada que me envolverá como una antigua manta y, entonces, sólo seguiré viviendo en la memoria de quien me conoció; pero sé que, para entonces, nadie quedará ya en esta vida que pueda recordarme, sólo la tierra, mi tierra, me tendrá para siempre con ella, en su antigua memoria.
Mas Artemisa no es tan feliz como yo. Hace muchos días que me dice que no le apetece seguir trabajando en la cafetería. Me explicó que había hecho algunas entrevistas en colegios concertados y privados para ver si la contratan en alguno de ellos para poder recuperar su profesión y me confesó que se arrepentía profundamente de no haberse presentado a las oposiciones de educación que se convocaron este año. En varias ocasiones, antes de irnos a dormir, me dijo que echaba muchísimo de menos cosas de la vida que teníamos en Barcelona como su trabajo. El sábado por la noche me preguntó, casi llorando, si entendía qué significaba tener una plaza propia en un instituto. Me dijo que se arrepentía de haberlo hecho todo tan mal, que sólo se había dejado llevar por el amor que siente por mí sin pensar en nada. Ella no lo hará conscientemente, pero a mí me hace sentir muy culpable cuando me dice todo eso. Cuando ella vino aquí a Ourense con la intención de recuperarme, yo aún estaba con Lúa. Por eso, no tiene mucho sentido que me sienta culpable por algo que Artemisa hizo porque realmente se lo pidió su corazón. Se dejó llevar por una intuición que no fue cierta hasta que transcurrieron dos meses, por lo menos, porque yo tampoco sé si le habría suplicado que viniese a Ourense si ella era feliz en Barcelona; pero, en esos momentos, Artemisa no era Artemisa, no era la mujer que ahora tengo a mi lado. Estaba tan tristiña que la tristeza le nublaba la razón. Tampoco le encuentro sentido a arrepentirse de esa manera por algo que, en verdad, nos unió, pero ahora Artemisa es incapaz de ver la parte positiva a todo lo que vivimos. Sí es cierto que le gusta trabajar conmigo e incluso disfruta compartiendo conmigo todo lo que nos ocurre en el trabajo, pero yo no la veo feliz y eso me duele muchísimo. Ni tan siquiera va a abrir la herboristería que tenía planificado a abrir. Su hermana no se atreve a venir a vivir aquí a Ourense dejándolo todo y Gabriel le aseguró que él prefería cambiar de vida. Es capaz de dejarlo todo por ella e ir a vivir a Manresa. Incluso creo que está gestionando su traslado. Eso decepcionó muchísimo a Artemisa. A mí también me desilusionó mucho, la verdad, porque me hacía muchísima ilusión que Casandra viviese cerca de nosotras; pero ella es la única dueña de su vida y sabe mejor que nadie lo que más feliz puede hacerle.
Y quiero dejar de hablar de este presente que para mí tan lleno de luz está. He traído aquí, a la orilliña del Miño, mi diario de adolescente. Poquiñas palabras me quedan por transcribir, pero no quiero abandonarlo ahora. Éste es el último día que puedo encontrar en este libriño que yo escribí con tanto sentimiento; el libriño de mi niñez y de mi adolescencia, hecho con palabras que nacían de lo más hondo de mi corazón, herido y feliz a partes iguales, y sé que escribía siendo consciente de que, algún día, yo podría recuperar estas palabras que yo dejé escondidas en lo más profundo de un cajón, allí donde nadie pudiese leerlas, ni tan siquiera la oscuridad, esa oscuridad que, tal como yo decía, “era una noche que no tenía amanecer.”

Lunes, 12 de febrero de 1990:
Hoy no he ido a la escuela. No he ido porque no he querido. En cambio, he venido aquí al prado con Luceiriña, que es la vaquiña que tenemos ahora desde que la terriña murió hace tantos años. Aún me acuerdo de ella como si la viese, pero a la Luceiriña también la quiero mucho. Se hace querer porque tiene unos ojiños muy sinceros. Pero decía que he venido aquí al bosque porque no he ido a la escuela y que no he ido porque no he querido. No voy a ir más. Mi madre piensa que he ido a la escuela. Salí a la hora de siempre, pero, en lugar de ir hacia la carretera que me conduce a Carballeira de embaixo, que es donde está la escuela, fui al cobertizo y le pedí a la Luceiriña que me acompañase. Ella me entiende. No habla mi lengua, pero habla la lengua de las miradas y de los silencios, que muchas veces es mucho más precisa que la de las palabras.
Hace un mes que lo supe y, desde entonces, nada quiero saber de nadie y mucho menos de mi madre. Sólo me apetece estar aquí sola entre los árboles, mientras la Luceiriña come la hierbiña, tan sosegadamente, aunque ahora no hay casi hierba, casi no hay, porque este invierno parece de hierro y no se va. Llovió mucho durante días, durante noches, y la lluvia acallaba el silencio que se acumula en los rincones de la aldea. Me siento tristiña y asustada porque no podré despedirme de la primavera.
Siento toda la pobreza que llena nuestros días. Vino de repente, cuando menos la esperaba, enterrando las sonrisas y las palabras bonitas. Vino de súbito arrastrando a la nada los sueños. Vino y se quedó aquí a mi lado, aferrándose a mi mano, y no me deja moverme, casi, porque me ahoga en una desesperación que ninguna niña debería sentir. Mas yo no soy una niña ya. Me siento mucho más crecida mentalmente que todos esos niños que vienen a la aldea sólo en verano unas dos semanas y piensan que sólo vivimos así esos días que ellos están aquí, observándonos fijamente como si quisiesen entender nuestra manera de vivir. ¿Qué van a entender ellos si no están cuando las fiestas más importantes, cuando la siega, cuando la malla, cuando la vendimia? Pero todo eso ahora va perdiendo sentido, como si la tristeza les arrebatase el sentido a las palabras, porque va quedando una soledad precisa que llena los recodos.
La nieve aún es dueña de las cimas de las montañas, de las cuales viene un viento tan frío como el último lamento de una vida. Nunca me sentí tan sola como en este invierno que no quiere marcharse. Va a quitarme la visión de la primavera, lo sé. No me dará tiempo a verla por última vez en mi vida.
Mi madre está preparándolo todo para que yo marche a alguna parte a la que no voy a ir jamás porque antes moriré, yo misma me quitaré la vida antes de que me la quiten los demás en una tierra que nunca podrá ser mi hogar. Me sentiré encerrada como esos animales a los que arrancan de sus lugares para trasladarlos a los circos. Nunca he visto un circo, pero me parece una aberración y yo seré como esos elefantiños, pobriños, a los que obligan a entretener a la gente. No permitiré que me maten antes de que yo sienta morir mi alma. Matar un alma es mucho más sencillo que matar un cuerpo.
Viene una noche que no tiene amanecer. Viene una noche larga y fría, profundamente oscura, como la primera noche de la Historia. Imagino que no había estrellas, que las estrellas nacieron para alumbrar la noche. Entonces, ¿qué luz primigenia iluminaría la primera mirada del mundo? Hace noches que sueño con una mano que me aprieta el corazón. Tengo una mano en el alma, una mano helada, y un abrazo infinito que me atrae, una voz que me pregunta: “¿estás segura de que quieres marcharte?” Yo no puedo contestar porque no tengo voz. Permanezco en silencio mirando lentamente a mi alrededor porque sé que no voy a encontrar nada. Una honda oscuridad paralizó la vida. No hay nada a mi alrededor, sólo silencio, esa mano que me aprieta el pecho, que tiene mi corazón herido entre sus dedos. Esa mano está cada vez más fría. Siento que se me hiela la sangre y que me cuesta respirar. Despierto con el estómago vacío y con el alma temblándome, como si de súbito notase físicamente la parte intangible de mi ser, porque todos los seres están hechos de una parte intangible y otra que se percibe con los sentidos. De esa parte que no se percibe con los sentidos están hechas las ánimas, vienen en esa parte suya que la muerte no puede deshacer. Por eso, sé que no moriré definitivamente si me lanzo al Miño. Mi cuerpo se hinchará, por una vez en mi vida, no apareceré tan delgadiña delante de la gente que me encuentre, porque siempre he sido tan delgadiña que mis huesos parecen de cristal. Apareceré con los ojos abiertos porque me esforzaré por no cerrarlos para poder observar el mundo hasta el último instante de mi vida. Veré el color del agua, puede que algún pez se acerque a mí con curiosidad, mientras el peso de las piedras que me llenan toda mi ropa me hunde. Me empujará ese peso que no será mío y me irá faltando el aire, cada vez más, hasta que sienta que la desesperación por vivir chillará por dentro de mí, pero yo permaneceré quieta, sintiendo que la vida se me va. Va a ser horrible, lo sé, pero será un instante, sólo. Si no muero, entonces serán años de sufrimiento que me matarán despaciño, sin que yo misma pueda presentir cuál será el último suspiro de mi alma.
Y, ahora, en este instante eterno, que me gustaría que fuese una vida nueva, desde su comienzo, quiero dirigirme a todos esos seres que me conocen y que pueden escucharme. Incluso mi vaquiña, que me mira de reojo, sabrá interpretar mis palabras silenciosas.
Siempre estaré aquí, por muy lejos que mi cuerpo aparezca de este lugar, arrastrado por la fuerza del Miño. Estaré aquí porque de aquí nací, de estos árboles vengo, este aire respiré siempre, con esta agua viví desde el principio de mi vida. Hay tanto de mí aquí que siento que no moriré si me quito la vida porque permanecerán vivos los árboles que tanto me protegieron, permanecerá viva mi tierra. Sólo pido que nunca destruyan estas arboledas, que nunca talen estos robles, que nunca les quiten la vida a estos manzanos tan raros para este lugar. La sombra de los árboles da la vida. El sonido del agua es el murmullo del tiempo que se va y este aire tan limpio es la voz de las montañas. La nieve seguirá cayendo, seguirán siendo de plata los copos que se posen en las copas de los árboles.
Luceiriña, cuida de mi madre. Sigue pastando en este lugar que tanto te pertenece y no llores por mí. Nunca un alma fue tan feliz como lo fue la mía estos años.
Quiero despedirme de esas personas que supieron entenderme, incluso de mi tierra, de la música, de la vida, con unas palabras que me saldrán de lo más hondo de mi alma, la que ya tiembla por la llegada de la muerte. Voy a morir y faltan sólo quince días para que me atreva a hacerlo. ¿Cómo despedirme de todos vosotros si siento que no hay adiós para tanto amor? Seguid viendo cómo pasan las nubes por este cielo, este cielo de una tierra bella donde nació tanta hermosura, tanta bondad, tanta humildad, tanto amor, tanta música y tantas leyendas, el cielo de este rinconciño del mundo del que nadie se acuerda, del que nadie ha de acordarse jamás, pues el recuerdo de un lugar puede destrozar su calma. Que mi aldea siga siendo invisible para todos aquéllos que sólo piensan en construir carreteras que conduzcan a ninguna parte. No puede haber tierra sin un árbol que nos dé sombra. Destrozar los árboles es lo que quieren ellos, que no piensan en nada. Que mi aldea esté siempre lejos de la destrucción, de la maldad, de la ambición de todos ésos que sólo piensan en el dinero, no en la tierra, en el sentimiento que encierra una tierra tan fuerte y valiente que lucha contra las tormentas más agresivas, contra las nevadas más violentas.
No sé si alguien alguna vez leerá mi diario, leerá mis palabras. Si esto ocurre, sólo quiero decir... que os quiero, que os quiero de verdad, que mi alma fue silenciosa porque se expresaba mejor con la música, con mi pandereta, con mis canciones, porque mis ojos ya hablaban por mí. “Din que os meus ollos negros, ai os meus ollos negros, falan a súa lingua...” Sólo sé que amé de verdad porque el amor precisamente me hizo vivir, porque supe lo que era vivir cuando aprendí a interpretar ese sentimiento que a tantas cosiñas nos une. Y vinculada quedaré siempre a esta tierra y a vosotros, para siempre.
Lúa, no sé si alguna vez podré volver a hablar contigo. Sólo quiero que sepas que lo nuestro fue sincero, que mi corazón no tenía doce años cuando me diste el primer beso. Tenía muchos más. Tenía en el alma una sabiduría que no me dio esta vida, que venía de más lejos. Aprendí a besarte recordando todas esas veces que soñé que lo hacía. Supe hacerlo porque lo imaginé tantas veces que incluso me parecía que había ocurrido. No me busques en nadie más cuando sepas que nunca más me verás de nuevo. Soy única como tú. Por eso, no podré estar en ningún lugar, sólo en tu memoria, tan lleniña de recuerdos bonitos. Nunca dejes de tocar y cantar nuestras canciones, mi estrella. Ojalá todo hubiese sido diferente, pero sé que nada podrá ser, que acabó todo mucho antes de que pudiese comenzar, porque nos quitaron la libertad, acabaron por nosotras nuestra lucha.
Y yo, ¿quién soy yo? Soy Agnes, una rapaza de trece años que nació en un rinconciño muy pequeño del mundo, un rinconciño entre montañas altísimas que, en invierno, se llenan de nieve. Nací en una provincia de un pequeño país lleno de leyendas y de hermosísimas canciones, un país que habla una lengua despreciada por la misma gente que la habla, una lengua hermosa en la que se escribieron poesías muy antiguas que hablaban del amor escondido. Nací en una tierra acariciada por el mar, vigilada por millones de árboles que están aquí desde hace muchos años. Nací en una tierra fértil que da tanta vida que sería imposible recogerla toda en una eternidad. Soy parte de un pequeño mundo que para mí será siempre el mundo más grande, el único mundo para mí habitable. En mi memoria resuena el nombre de la ciudad más bonita del mundo, Ourense, en la que, alguna vez, soñé poder estudiar alguna carrera que me permitiese tener más conocimientos; mas yo siempre supe que quería morir de viejeciña aquí, en estas eras que desde siempre cultivó mi familia, en esa casiña que tiene la lareira más antigua de la aldea... Mi aldea está en las montañas de Ourense. Queda incomunicada en invierno, aunque, en el resto del año, es muy difícil llegar hasta ella porque la carretera más cercana se encuentra a dos kilómetros como mínimo de aquí y así va a ser siempre.
Soy Agnes y sé que vine al mundo para saber qué es vivir de verdad. No puedo seguir en este mundo porque me van a quitar la vida. No me condenaron a muerte por ningún delito. Me condenaron a morir lejos de aquí sin que nadie tenga que quitarme la vida. Conozco la tristeza más honda, conozco también la morriña, pues la sentí aunque no me hubiese marchado nunca de aquí. La sentí en la música, en las historias de quienes se fueron lejos, la sentí en los colores del ocaso y en el murmullo del agua. Sé que la morriña puede devenir en una enfermedad si se calla, si se intenta silenciar, y será lo que a mí me ocurrirá cuando me arranquen de este lugar. Sé que piensan que no conozco esa verdad, pero la conozco tan bien como mi propia existencia. No voy a estudiar lejos, pues no tendré futuro lejos de aquí, alejada de lo que mejor conozco.
Y, como decía mi querida Rosalía de Castro: “adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos, adiós vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos. Miña terra, miña terra, terra onde me criei, hortiña que quero tanto, figueiriñas que plantei, prados, ríos, arboredas, pinares que move o vento, paxariños piadores, casiña do meu contento... Muíño dos castañares, noites claras de luar, campaniñas timbradoras da igrexiña do lugar, amoriños das silveiras que eu lle daba ao meu amor, caminiños entre o millo, adiós para sempre adiós. Adiós gloria, adiós contento, deixo a casa onde nascín, deixo a aldea que coñezo por un mundo que non vin.”
Y adiós para siempre porque yo misma me marcho antes de que me alejen de aquí. Esa canción seguramente estaría en los labios de un emigrante que marchaba lejos de la tierra buscando una vida mejor (no sé qué vida mejor puede haber lejos de aquí), pero mi alma la canta porque también me despido de la vida y la vida es para mí todo lo que van nombrando esos versos que siempre me hicieron llorar.
Termina mi ocaso eterno, acaban los instantes de mi vivir. Aquí, este día se fue entre lágrimas heladas y punzantes que me rasgan la piel de las mejillas, que llegan a mi corazón ya convertidas en un cuchillo que me destroza el alma. Lejos de todo quedaron ya mis sueños y mi esperanza, pero moriré feliz porque acabará todo aquí, en este lugar que es mi único hogar. Si estoy loca, que nadie me cure de esta insania que me hace amar con tanta fuerza.
Aquí escribiré una carta para mi madre, para que sepa lo que sentía antes de marcharme para siempre:

Querida madreciña mía:
Te escribo esta carta como un adiós. Quiero decirte hasta lueguiño, hasta pronto, pero tu vida va a durar mucho más que la mía, seguro. Estoy convencida de que volveremos a vernos en la muerte, pero tampoco puedo asegurarlo. Nada es seguro ahora mismo. Ni tan siquiera estoy convencida de que pueda deciros adiós. No sé si leerás estas palabras algún día. Yo quiero pensar que sí, que, limpiando u ordenando mi cuarto, encontrarás algún día mi diario y podrás sumergirte en todo lo que pensaba y sentía. Llevo muchos años callando mis sentimientos más profundos porque sé que no es sencillo entenderlos, pero aquí siempre fui sincera.
Te escribo porque no soy capaz de decirte todo esto que quiero decirte mirándote a los ojos. No me sale la voz desde hace muchas semanas e incluso meses. Hace muchos meses que siento que no hablo igual ya, que mi voz ha perdido volumen y que no suena. No puedo cantar porque cada canción se me queda atascada en la garganta, porque tengo por dentro de mí una tristeza que devora todas mis palabras y que se alimenta de mi voz. Esta tristeza nació cuando supe que tú pretendías alejarme de éste mi hogar. Es mi hogar, madreciña. ¿Por qué quieres separarme de lo que realmente conozco y amo? Sé que no podrás contestar a estas preguntas cuando leas estas palabras, pero, igualmente, yo quiero preguntártelo porque no puedo guardar por más tiempo estas preguntas en mí. ¿Qué futuro crees que puedo tener lejos de mi tierra? Pero no existe ese futuro para mí. Yo voy a hacer que no exista más futuro para mí. Me marcharé a la muerte con este pasado que no cambiaría por nada y con estos pedazos de presente en los que veo la realidad tal como todos querían que la viese.
Algún día, cuando volvamos a vernos en la muerte, entonces podrás entender lo hondo que fue siempre mi amor, amor a todo, a la tierra, a los animales que formaron parte de nuestra familia, a los vecinos, a todo lo que siempre fue mi mundo, y podré explicarte por qué preferí la muerte antes que el alejamiento, antes que vivir lejos. Suficientes emigrantes gallegos hay ya en la tierra, ¿no crees? No quiero llevar tanta tristeza fuera de Galicia. Prefiero que todo acabe, madre.
Te quiero mucho, eso siempre ha sido así, te quiero porque eres mi madre, porque, a pesar de no entenderme en muchas ocasiones, siempre luchaste por mí, siempre me diste lo mejor, siempre cuidaste de mi vida, siempre fuiste un angeliño para mí, mi madre, la mujer que me besaba en la frente antes de dormir, que me explicaba  cuentos antiguos cuando tenía miedo a las pesadillas, que me cantaba cuando estaba tristiña, que me enseñó a labrar la tierra, a segar, a mallar, a sachar el trigo... a vendimiar incluso, la que me enseñó el valor de la comida más sencilla, a hacer potajes deliciosos, a tejer ropiña también sencilla que me pudiese proteger del frío del invierno, la que me enseñó a encender la lareira y a cuidar de los animales. Te quiero porque llevo mucho de ti en mí y sé que ahora estás equivocada. Piensas que lo mejor para mí está fuera de este mundo. Quieres que estudie para que sea alguien de provecho en la vida, pero yo sé que ésa no es la intención que tienes conmigo. No puedo guardarte rencor por eso porque conozco lo que sientes de verdad. Tú nunca me alejarías de tu lado. Te obligan a hacerlo las convenciones sociales que tanto nos ahogan y lo que dirán. No puedo estar enfadada contigo porque sólo siento tristeza y decepción, pero estoy decepcionada con la vida, no contigo.
Y aquí te doy mi adiós, un adiós que tal vez sea eterno, pero yo quiero creer que será un hasta lueguiño porque quiero volver a verte en otra vida.
Tu hija que te quiere,
Agnes.